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Escrito te lo dejo
Disquisiciones variopintas sobre
la personalidad múltiple de un haragán
Acerca de
Soy yonki de la escritura y no entiendo nada. Y ya no quiero entenderlo. Vivo a gusto en la absoluta incomprensión. Escribo sobre ella, para pasar el mono y para entender menos.
Sindicación
 
Historia de un desencuentro (Capítulo Uno)
Un mail tuyo, de contenido eminentemente profesional, me dio pie, y lo sabes, cabrona, a malinterpretar una frase tuya y responder con esos dobles sentidos que hacen de la vida una estrategia de divertimento.

Habíamos tenido un problemilla entre tu empresa y la mía, y tú me dijiste en un mail que me recompensarías por ello. Textualmente. Provocando que mi egocéntrica imaginación leyese entre líneas todo tipo de cosas, y ninguna laboral. Así que contesté, claro, diciéndote algo así como “tía, no puedes poner frases como esas en un mail dirigido a un tío, porque da pie a decirte de todo, pero yo, que soy un caballero, no te digo nada, cuando en realidad también te lo estoy diciendo todo”.

Y no me contestaste, y yo concluí que no había tema, que tu frase sólo podía ser interpretada como un bonito juego desde la perspectiva de mi polla. Así que ahí se quedó la historia.

Hasta otro mail tuyo. También dado a ser malinterpretado, y ya me parecía demasiada casualidad, así que volví a tirar del hilo. Y esta vez sí entraste al trapo.

Cuatro mails después tu móvil quedaba grabado en mi agenda.

Íbamos a quedar para unas cañas.
Fuimos posponiéndolo, hasta el punto de que los mails que nos enviábamos ya llevaban como asunto “Historia de un desencuentro”.

A lo largo del juego cibernético, yo mantenía una misma línea, con textos llenos de provocaciones, algún piropo e incluso una rima para hacerte reír.

Tú en cambio resultabas más misteriosa, más juguetona todavía, más lista.

Dos semanas después de haber iniciado el juego, quedamos. Ayer. A las nueve de la noche de un jueves festivo, para tomarnos unas cañas y picar algo por ahí. A las dos y media de la madrugada te dejé en un taxi camino de tu casa, después de cinco horas de intensas charlas, de miradas golfas, y de insinuaciones que ya no lo eran.

Menuda lección me diste.

Ahora que puedo decir que algo te conozco, afirmo que eres borde, que eres directa, que te gusta el juego cuando marcas las reglas, y que te gusta ponerme nervioso. Porque me pusiste nervioso, aunque ya te diste cuenta, ya me lo hiciste confesar. Huyes de hipocresías y convenciones sociales, te conoces bastante, no te cortas en decir lo que te viene a la cabeza y eres una profesional en eso de meter pullas. Y conoces a las personas. Yo pregunté para saber de ti, y a ti te bastaba con leerme los ojos.

Tanta confianza fluyó en ese ambiente de supuestos desconocidos que terminamos hablando del motivo de la cita. Yo apunté que parecía obvio que había tema. Y tú no me lo negabas, pero seguías mostrándote ambigua mientras me clavabas tus ojos de agua de mar y te maquillabas con una sonrisa enorme. Y me decías que sí, que parecía obvio, pero que qué pasaba por eso. Que habías quedado como quedas con otros del sector, como buena relaciones públicas que eres. Mentirosa te reconocías luego, para que me creciera y tenerme cual cordero, relajado y feliz, sin sospechar el estacazo que me darías después, haciéndome descender como un meteorito, desintegrándose mi ilusión de galán contra tu atmósfera de mujer fatal. Y, sin pestañear, insertando tu pupila en mi medula espinal, me preguntabas que qué era lo que yo me esperaba de esa cita. Y yo ya, con dos cervezas de nombre Fin del Mundo - elegidas por ti, mujer de armas tomar - y un cacique-limón rellenando mi estomago, confesaba que tal vez echarte un cacho de polvo, y que lo sabías, que era evidente que esa podía ser mi pretensión. Y decías que sí, que lo sabías. Y punto. Y te quedabas ahí, callada. Y yo te decía que joder, que aún sabiéndolo ibas a ser capaz de quitarme la cara si me lanzaba a comerte la boca. Y me volvías a decir que sí, y que no me pusiera nervioso, mientras me agarrabas la pierna y acercabas la cara, invadiendo un espacio vital que yo no quería que existiera, porque estabas provocando la mayor de las lujurias.

Y así se quedó la cosa, en un toma y daca continuo, envasado en mis carcajadas y en tus sentencias demoledoras. Y me propusiste comer hoy. En mi casa. Y lo pactamos con un gracioso apretón de manos (me gustan tus manos, de dedos finos y blancos).

Y me voy que ya me has mandado el mensaje de aviso de que estás en camino. Mensaje de dos frases que me recuerdan con quien me estoy enfrentando: “Salgo ya, así que calcula y no me hagas esperar”. Toma zapatilla. Como para no apagar el ordenador, ducharme y salir escopetado. Qué perra, yo que inicié el juego, y ahora soy pieza y tú la que tiras los dados. No sé a que nos llevará esto, ayer yo esperaba que a la cama, pero ahora la verdad es que me da igual, porque lo estás haciendo más intenso y divertido de lo que me esperaba, aunque quiera seguir probando tu boca. Me has impresionado, gratamente, y me has puesto nervioso, hija de puta. Comamos, pues.

 
Comentario:
Saltan chispas... de fuego.

Menudo curriculum vitae. Imparable, comienzas a paracerte al Warren Beatty.

Un abrazo y sigue disfrutando, pequeño.
 
Comentario:
Nene, las mujeres van a acabar contigo! Y sin embargo, te veo disfrutando más que nunca, jejeje, el único perro que hay aquí eres tú! Jugón...

Has dado con otra jugona de las tuyas y es divertido seguirle el rollo, asi pues, disfruta, juega, seduce y manten ese cosquilleo en el estómago que tan rara vez nos visita.

Quiero la segunda parte ya! Aunque creo que tu mensaje de anoche en mi móvil ya me daba alguna pista... juassssss

Un besazo golfo de mis amores!
No