Fui a recogerte, y llegué a tiempo, no te hice esperar. Llegué un cigarro antes que tú. Apareciste del subsuelo madrileño, con cara cansada y los ojos rojos. No habías dormido mucho, y yo tenía parte de culpa. Habías trabajado esa mañana después de haberte acostado tarde, muy tarde, pero no tanto como lo habrías hecho si me hubieses dejado.
En un principio íbamos a comer a mi casa algo preparado por estas manos que teclean pero que poco saben de materias culinarias. Mi nevera estaba en estado de sitio, y la cocina era como el paralelo 54 coreano. Así que te llevé a comer por ahí, decepcionándote un tanto, que siempre alegra que cocinen para uno, aunque sea mal. Quise llevarte a un gallego, pero no te hace gracia el arroz, especialidad de la casa, con su fundamental botella de Ribeiro. Echabas por tierra mi plan y yo me quedaba en blanco. Terminamos en un restaurante cualquiera, de los de camareros de pelo grasiento y menú de todos los días. Vamos, que te impresioné tanto como el neón a un ciego. Comida mundana en un lugar anodino. Elegancia cero, gracia toda. La historia de mi vida…
Y desde ahí, yo, claro, que siempre estoy al quite, te propuse ir a mi casa a tomar café, por ejemplo, pero el tiempo pedía no encerrarnos entre cuatro paredes, así que terminamos en el Retiro, tirados en el césped, a la vera del lago, aprovechando la última hora de sol. En la comida, en el trayecto y en el parque hablamos de trabajo, que venías de él mientras yo seguía de puente festivo. Un trabajo que te gusta pero te agota, que nos entretiene pero nos esclaviza. Comentamos la noche anterior, las seis horas que le robamos a Cronos. Y buscamos el motivo por el cual habíamos sellado con un apretón de manos la comida que acabábamos de compartir. ¿Quién la propuso? Quiero pensar que tú, pero a ti te pasa lo mismo.
Seguimos el juego. Tú en tu rol de Diosa de la Ambigüedad, y yo en el mío de Lacayo de Tu Mente. Lancé indirectas que pillabas al vuelo y las hice directas para toparme con más preguntas y más sonrisas y más palos en la nuca. La palabra que más repetí aquella tarde fue joder, con muchas ‘o’, alargando la primera sílaba y matando la segunda, como hacías tú conmigo, vaya. Te llamaste puta riendo, me llamaste niño impaciente y me dejaste con la nariz oliendo tu cara pero sin que mi boca pudiese rozar la tuya, sin mostrar resistencia, sólo diciéndome que no y mirándome directo al cerebro. Jooooder, claro. Te dije que me hacías pensar, y que eso sí que te lo debías tomar como un piropo, porque eso sí que es culpa tuya, y no el tener esos ojos.
Tú tenías que estar en casa a una hora, pronto, cuando meriendan los adultos. Yo lo que quería era llevarte a mi casa y follarte hasta reventar ese halo de mandona y hacerte sumisa por fin. Y te lo dije. Y tú me decías que qué bien, sin más, pero que no. Tus ojos aguijoneando mi hipotálamo me decían que sí, que querías, pero me lo negabas con la palabra, jugando conmigo con maestría.
Andando hacia Callao, que Cenicienta se recogía, seguí bombardeando tus defensas, Aníbal ad portas. Hice de niño bueno, hice de chulo, hice de alumno, hice de experto follador. Hice, hice, hice… y tú siempre eras un muro de gelatina, fácil de golpear, pero con trampa a la hora de traspasarlo. Tú me decías cosas de “mira, majo, por la edad que tienes y lo golfo que eres, lo normal es que hayas follado mucho, por lo que es normal que folles bien”. Así, aleccionando. Y yo respondía lindezas del tipo “nena, yo no cuento como te follo… yo te follo”. Y me echaba a reír, para luego ver tu cara, donde había hecho mella mi osadía.
En el metro me agarré a la barra del techo y se me vieron los gayumbos y tú me vacilaste por encontrar a Garfield bajo mi ombligo. Y me tocaste la tripa desnuda con la excusa de comprobar que estoy plano (venga, coño, qué excusa más paupérrima). Tus manos estaban heladas, y mi cuerpo alcanzó los ciento cincuenta grados. Hija de puta, no puedes hacerme eso. Estás contra la pared, no puedes quitar la cabeza, y si lo hicieras, fíjate que cara de gilipollas iba yo a tener si me pongo a besar el mapa del Metro. Y ante eso tú decías que sí, que menuda cara de gilipollas iba yo a tener, y eras capaz de decirlo con los ojos tan cerca de los míos que en lo de jugar al cíclope de Cortázar éramos dominadores.
En la estación donde ambos cambiábamos de tren, cada uno hacia su casa, mierda, dejamos que se fueran unos cuantos Metros para seguir despidiéndonos, o para ultimar los flecos de la tregua, más bien. El bando atacante (yo) pedía prolongar la batalla hasta sus últimas consecuencias, aunque hubiese toque de queda en unos minutos. El bando defensor (tú) mostraba un dominio sin igual en el arte de la diplomacia y la retórica sofista. Y así se iban yendo los trenes. Hasta que decidí usar la táctica de la guerra de guerrillas, atacando puntualmente y con tal rapidez que dejaba las guardias del enemigo en estado de confusión. Y probé tu boca confusa, en un adelanto del asalto final, en el que tu cara quedó atrapada entre mis manos y tus ojos se cerraron para dar paso al único final que podía tener aquella batalla.
Y llegó otro tren y lo cogí y nos dijimos “hasta que nos veamos”. Hoy. Capítulo Tres.
Un abrazo.





