Será porque hoy estoy regodeándome en la nostalgia, disfrutando de mi gen predominante, ese que me hace vago, pero el caso es que a cualquier nimiedad le encuentro, sin buscarla, creo, una doble lectura relacionada con el amor, con la vida en pareja. Con mi vida de ayer, la que no es hoy, y la que no tengo ni puta idea de si será o no mañana.
Harina de trigo, el cariño y la confianza sobre la que se cimentan las rosquillas, digo, las relaciones. Grasa vegetal comestible, esas discusiones y berrinches que terminan siendo positivas pero que no resultan agradables cuando ocurren. Pero, ya digo y así lo especifica la bolsa, al final son comestibles. Extracto de malta, o un poco de pasión, que no falte para dar brío. Levadura, que todo lo aglutina y lo compacta, como los lugares comunes y el vocabulario exclusivo de la pareja. Y sal marina, eso último que termina de darle sabor, ese no sé qué que no hay idioma capaz de explicar. Es parte del mar condensada en una rosquilla, cómo coño vas a contar eso.
Así que ya ves, filosofía barata a partir de una rosquilla. Yo, Jonás, me siento como Samuel L. Jackson en Pulp Fiction, cuando le está explicando a Tim Roth si el pastor es la pistola o si lo es él.
Al final Jackson deja que Roth se vaya con el botín y con su chica, y yo me como las rosquillas.
La bolsa a la basura, un duchazo y para la calle, que hace sol y quiero aire, y la ciudad está llena de tapas y golosinas que comer, y de pequeñas cosas que me harán recordar. Algún día le sonreiré al pasado. Hasta entonces, picar entre horas no sé si me quitará el hambre, pero a ver quien es el hábil que le quita a un ocioso su bolsa de rosquillas.
Y no, mejor no quitarle al ocioso su bolsa de rosquillas.





