Paréntesis por el insomnio

Pensaba en ella de vez en cuando y me acordaba de sus ojos chicos tras la mirilla. Sólo sabía repasar los ratos en los que compartíamos secretos. Ni siquiera de mañana nos molestaba el deseo. Cuando vino, de repente, aprendí como se siente un ladrón con vicio. Me jactaba de contar las fechorías y me tapaba las orejas cuando no iba borracha. Incluso alguna vez describimos con detalle nuestra lejana y abstracta noche de amor. Amor, no, esa palabra no existía, pero ahora no atino a recordar cual nos gustaba. Me paré a veces a mirar al cielo y pintar castillos y en un descuido le mandé aquel momento lleno de colores y con pocos detalles. Ya teníamos un sitio donde dormir. Sólo quedaba que las doce horas de antes de la cama nos chivaran algo bueno. Y sin embargo, una noche, los muelles chirriaron y se rompió aquella magia. No quedó otro remedio que tirarse al suelo y salir reptando. A mi se me dio muy bien. Ella no sé, porque desaparecí y borré todos sus recuerdos. Después de todo tampoco me gustaban tanto, pero había que fingir un poco para no aburrirse.
Ahora descubro de nuevo que sus ganas se quedaron en el colchón y ha vuelto a recogerlas. Y bien, yo que me sigo enamorando de los vaivenes no tengo nada que pueda darle, quitando aquellas canciónes que ya casi son más de todos que mías. Pero no le voy a negar una palabra porque la sufrí de cerca y me dolió el proceso de deshabituación . Por lo tanto, una vez recuperada me creo lo suficientemente preparada para beberme el agua de las flores sin atragantarme.
