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Las manos de Kalayaan
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A solas con mujeres solas
Recuerdo a la niña que reptó cuando se rompieron los muelles de mi cama, la niña que me llamaba “azul” por aquella canción que hablaba de amapolas. ¿Querría insinuarme que soy de pueblo? Si ella hubiera querido hubiera sido niña de pueblo, o niña de campo o niña suya. Si ella hubiera querido y si yo no hubiera vuelto a comer de la mano de mi señora.
Creo que sabía la falta que me hacía sonreír y hoy me vuelve con aquellas palabras tan bajitas y mentirosas, diciéndome que sonríe con mis cuatro letras. Que mi vida merece una emoción, y que ella aunque con cambios sigue sin cambiar el gusto por los vaivenes del tiempo. Anda buscando cuartos con las paredes pintadas con teclas, con la banda sonora de niña candela, con el manso y dulce humo de las velas que coloreaba nuestras noches de insomnio. “Ando buscando un castillo en el cielo con un ala este para que me pinten tus manos”.

Recuerdo a mi Reina, tocada con el velo el día de nuestra boda, que eran todos los días. Sin anillo, ni testigos nos prometíamos amarnos cada instante de nuestras vidas. Juramos adorarnos, respetarnos, y no morir nunca lejos de la muerte de la otra. Viejas. Habiendo vivido.
Las rutinas, los malos tiempos, las manzanas podridas, las piedras que Dios se empeña en ponernos en medio, los amantes, los caminos diversos, el misterioso eco que se esconde detrás de las montañas acabaron dejando un mensaje en nuestro corazón que decía “palabras”.
Todas las noches la pienso y la doy vueltas en mi cama, rebozándola con el amor que nunca le supe dar. La quito la ropa y me mojo las manos en yodo, la acaricio y la mimo las heridas. Ella duerme tranquila aunque de vez en cuando parece que se diera cuenta de que es en mi cama donde descansa. Curándola las heridas, amándola en la distancia que es donde mejor se me da.
Hay días que se me da mejor y cuando ella despierta sonríe y se ve con fuerzas para asimilar su soledad. Hay días que duermo fuera y entonces la sangre emana y cuando se da cuenta se agarra del mástil de los barcos que nunca creía que iban a zarpar, se funde con ellos y con el mar, follándose al aire que no la deja respirar. Es entonces cuando me manda un mensaje en una botella que dice “A veces te odio y a veces te amo. No te marches lejos, mi lugar está en la orilla, al lado del tuyo”.

Recuerdo a la amante del pecado. Esa niña pija y consentida que llegó descolocando mi cubo de Rubick y me susurraba que procurara coquetearla más metiendo su mano entre mis piernas. Esa niña que sorprende porque sabe mentir tanto o más que una sin ponerse roja. La que dice que su estado anímico depende de mis amaneceres, y yo que tanto la digo que despierte conmigo…
Sus muñecas tienen la marca de las esposas que le oprimieron durante un tiempo. Ay, me río yo de esos aparatos inservibles, tan solo útiles con el tiempo para la cama o ataques de locura nocturna. Los demás usos engañan a uno mismo y dejan la llave colgada en la puerta para que salgas, te desahogues, y vuelvas al hogar con las manos oliendo a sexo.
Esas mujeres que te llaman cáncer porque ellas lo son o lo fueron. De esas que tienes que mirar cuando bajan la escalera por si las espera su amante escondido… Esas que con cada hostia que te meten te están perdonando la vida. Esas que te ponen a mil, te atan, te pelean, te suavizan, y que son igual que las demás porque te consienten todo, hasta lo que no se ve, para que el día que tu andes muy enamorada regreses a casa y te encuentres una nota que diga “Fui feliz mientras eras imposible, ahora la vida me demuestra que eres como las demás, accesible, sensible, fácil. Se acabó el amor”

Nunca descubres si son putas o se mueren por serlo, algo me dice que son mujeres espejo.
 
Comentarios:
Volvemos a casa por Navidad?
No