TARDES DE VERANO

Niña en el Columpio (de Margarita del Valle Sánchez)
No sé muy bien el motivo, quizá que ya se marchó ese frío invernal que nos congeló hasta la raíz del pelo, quizá la desidia de estos días o la proximidad del estío; el caso es que llevo todo el día intentando evocar las tardes de verano de mi niñez y me enrabieta que me cueste tanto esfuerzo acordarme ¿Acaso no fueron tiempos felices?.
Recuerdo la casa en una planta baja, en una calle larga y estrecha, sin asfaltar, por por donde apenas circulaban automóviles. Tenía un patio pequeño y enlosado, con una zona de lavadero techada con vigas de madera y una uralita encima. Nada más mudarnos, desde casa de mi abuela, mi padre colgó dos sogas, le añadió una tabla de madera y nos hizo un columpio del que inmediatamente tomé posesión, con el disgusto pasajero de mi hermano, que acabó reconociéndolo como de mi propiedad. Los días transcurrían entre juegos, lecturas y siestas, expuestos al sofocante calor, que aliviábamos refrescándonos con el agua de la pila, a modo de improvisada piscina. Al anochecer cenábamos en el patio, a la fresca. Luego nos íbamos a la cama con ese gratificante cansancio del tiempo que se disfruta.
Las horas transcurrían con parsimonia y no sentíamos esa apremiante necesidad de aprisionar los momentos felices, en la certeza que no permanecerían para siempre. Quizá por eso me resulte dificultoso invocar aquellas imágenes, aunque las emociones que sentí permanecen y surgen siempre que quiero evocar aquellas tardes de verano de mi niñez.





