Hoy toca: Un primer beso

Era la última tarde de un invierno lento. El polvo del parque había manchado su uniforme azul.
Sara deshacía sus trenzas mientras ella le susurraba poemas al oído. Distraídas del mundo se sentaron en un columpio. Cuando la mecía no podía dejar de fijarse en la magia de su melena dorada, ahora ondulada por la presión del peinado.
La sensación de no tocar el suelo, flotar en un aire frío, con la única ayuda de sus manos suaves de niña.
De un salto se dejó caer en sus brazos, y corrieron hacía la playa, lejos de las miradas.
Apenas llegaron a la arena empezaron a desnudar sus pies, tras carreras y bromas entraron en el mar. Con el agua hasta las rodillas, entre gritos y risas jugando a no dejarse atrapar.
Y el tiempo cómplice de su secreto pasaba de puntillas por no molestar.
Finalmente agotadas cayeron rendidas en la orilla, a un paso del agua. Sus dedos se entrelazaron mientras sus ojos se buscaban y sus labios se juntaban en un beso. Uno de esos besos que se quedan en el limbo de las cosas, mecido por el romper de las olas. Cuando no eres niña ni mujer.
En el tiempo en que amas a las personas ignorando la culpa.
Sus caricias no llegaron más allá de la piel mojada, aunque el deseo pedía fundirse con su cuerpo.
No se hacían promesas, cuando los años se cuentan por veranos, el mañana es un horizonte eterno y no hay prisa por vivir. Así, como solo ellas podían hacerlo, sin temor a ser traicionadas, confiando plenamente en la otra. Y nada cambiaría mientras pudieran retener ese momento.
Prisioneras de aquella sensación, deleitadas en el placer descubierto como un juego. Rodando por la arena, arrugando sus uniformes azules.
Ni siquiera aquel vagabundo que miraba desde lejos se atrevía a reprochar su comportamiento, dibujando la mueca de una sonrisa que lo acompañaría siempre.
Sabiendo que aquel no fue más que el primer beso de un amor inocente, en la última tarde de un invierno lento.
Hoy toca: Se acepta mentira como arma de defensa?

Supero diariamente mi marca de palabras seguidas sin tomar aliento.
Curiosa sensación estar sentada con miles de frases agolpándose en mi cabeza, hundiéndose los codos en la cara por salir primeras, sin espacio para pensar.
Es como jugar al scrabble sin vocales.
Y el silencio congela la luz que veo reflejada en los cristales, mientras intento poner orden en este caos de errores.
Con mi traje de dura, rompiéndome por dentro a cada roce de sus ojos. Un armario lleno de disfraces y hoy vengo desnuda.
Piedras, rodeada de paredes de piedra que vieron cien escenas como esta, sonríen entre ellas pues saben de antemano que acabaré golpeándome la cabeza en sus grises cuerpos.
Y si?, mi historia está llena de esas preguntas de apariencia inocente, como la pequeña grieta por la que se rompe el cristal. Hace tiempo que descubrí que intentar contestar es contraproducente. Lo más que conseguí fue una caída de morros en la que perdí algo más que un diente.
Sería tan sencillo todo si los sentimientos fueran líquidos que se pudieran expulsar por los poros, un exceso de calor y sus gotas resbalarían por mi piel quedando prisioneras en las huellas que dejan mis manos sobre todo lo que toco. Y yo, libre de su peso podría seguir hablando sin decir nada.
Tal vez la próxima vez conteste las preguntas cortas, deje de mirar al espejo de reojo, y me salgan más vocales.
Pero es difícil ser sincero cuando hablas sino dejas de mentirte a ti mismo, la verdad se mezcla con la mentira y el resultado es un gris mediocre que no convence a nadie.
Normalmente este sería el momento en el que escribo la última frase, pero hoy no será así. Leo lo que escribo y me siento traicionada por las teclas. Pretendía escribir todo lo que no dije, pero una vez más se camufló entre el texto. Así que quedara abierto hasta la próxima noche de insomnio, en la que decida sincerarme y acepte que yo también miento.
Hoy toca: Prohibido pisar el césped.

En la seguridad de las cuatro paredes que contenían su espacio, donde podía controlar hasta la inclinación de los cuadros. Fuera del alcance de los cambios que pasaban sin apenas rozarle la piel.
Las palabras sin sonido desterradas al fondo de algún cajón, junto a los recuerdos improbables y demás trastos.
Cosas inservibles como cero, nada y amor.
Hace tiempo que descubrió que no servían las puertas, como esconderse de las cosas cuando la que cambias eres tu?.
El más mínimo movimiento, el pasar de una página, puede provocar una cadena imparable de situaciones con exceso de velocidad.
Tampoco le gustaban los silencios vacíos, tenia la mala costumbre de llenarlos con estupideces, como las paredes blancas, que llenaba con estanterías donde poner más estupideces.
Se marcaba reglas que rompía a cada momento, como la de olvidarse de las personas que la hicieron llorar, llevar paraguas cuando llovía o comer donuts con el café.
Pero también había muchas cosas que la hacían sentirse bien, una sonrisa, la llama de una vela, una postal.
Las tormentas, adoraba las tormentas, el sonido de los truenos amenazando los tejados, los pies mojados, una gota deslizándose por la nariz acompañada de un cosquilleo, el pelo empapado de agua, el perfume de la tierra húmeda, un apagón que lo escondía todo.
Fue en una de esas noches de tormenta apocalíptica en la que decidió tatuarse aquella frase que siempre olvidaba:
- Esclavo de lo que dices, dueño de lo que callas.
Al salir del local descubrió, tarde cómo siempre, que era alérgica a la tinta, y que no hay que dejar que los demás escriban en tu piel.