Diario del azar (1)
Hoy estuve en una inauguración, en la que tenía dos piezas. Todo salía mal desde el principio. La organización se había visto obligada a abandonar dos de los espacios ocupados por la exposicion y trasladar las obras a otros nuevos, conseguidos a última hora. El recorrido entre los diferentes espacios, alejados entre sí, se convirtió en un errabundeo en coche que derivó en total extravío. Llegamos tarde a casi todas partes. Y cuando entré en la sala donde estaban mis piezas, un amigo que las conocía, me preguntó si eran nuevas. No lo eran, sólo que las habían colgado al revés.
Me dediqué a sopesar el resultado de aquel azar. Me acordé de Kandinsky, cuando entró en su estudio y se sorprendió ante un cuadro cuyo funcionamiento emanaba simplemente de las fuerzas plásticas y tensiones de los colores y formas. Entonces se percató de que estaba al revés. Había descubierto la abstracción.
En mi caso no era necesario, ya estaba descubierta. Así que la reflexión fué: habré de marchar a las antípodas para crear al revés de como lo hago ahora. Y me imaginé en Nueva Zelanda o Australia, entre los aborígenes, aprendiendo a dar saltos de canguro y a tocar el didjeridoo.
Miércoles, 29 de septiembre de 2005.

Me dediqué a sopesar el resultado de aquel azar. Me acordé de Kandinsky, cuando entró en su estudio y se sorprendió ante un cuadro cuyo funcionamiento emanaba simplemente de las fuerzas plásticas y tensiones de los colores y formas. Entonces se percató de que estaba al revés. Había descubierto la abstracción.
En mi caso no era necesario, ya estaba descubierta. Así que la reflexión fué: habré de marchar a las antípodas para crear al revés de como lo hago ahora. Y me imaginé en Nueva Zelanda o Australia, entre los aborígenes, aprendiendo a dar saltos de canguro y a tocar el didjeridoo.
Miércoles, 29 de septiembre de 2005.

Diario del azar (2)
Por fin conseguí despertar al Pistoles (todo un mérito) y hacerlo caminar medio sonámbulo hasta la frontera con Gibraltar. La policía española que franqueba el puesto era una chica morena, pelo oscuro y largo; bastante guapa, lo contrario que mi foto del carnet. Le muestro muy digno la documentación y me suelta con una sonrisa:
-Este carnet está caducado desde hace cuatro años, caballero.
La cara del Pistoles era un cuadro. Yo me quedé en suspenso, meditación trascendental, mientras contemplaba la verdad impresa en el dni: Val 12-05-2001. Por fin, vi la luz y hablé: "Y si no llego a venir a Gibraltar, cuatro años más".
De nada sirvió que Pistoles intentara convencer al bello miembro del cuerpo nacional para que me dejara entrar. "Si fuera por un mes..., pero cuatro años...", y ese argumento era (yo lo sabía en lo más profundo de mi ser) irrebatible.
Yo trataba de demorar lo más posible la penosa retirada porque la chica era una perla, prácticamente mi tipo. Pensé en la posibilidad de que me detuviera por algún cargo, pero no se me ocurría nada. Lo único que se me ocurrió fué comentar, así como quien no quiere la cosa: "Bueno, qué le vamos a hacer, yo me libré de la mili por despistao". Conseguí arrancarle una sonrisa que me devolvió cierta autoestima. Mediavuelta y retirada.
Pistoles fué bondadoso y no se cagó en mis castas. Luego, mientras se desayunaba un plato combinado de nombre hortera y presencia poco estimulante, puede meditar ante mi café sobre el miserable fracaso en el intento de cruzar la frontera. "Menos mal que no he cometido ningún crimen en estos cuatro años, no hubiera podido huir de la justicia española" . Por supuesto, mi pasaporte también estaba caducado.
Lo más importante fue la toma de conciencia del paso del tiempo. En cuatro años no me habían pedido el dni; recordé los tiempos en que me registraban la mochila y los bolsillos como sospechoso de narcotráfico. La desertización incontenible del cuero cabelludo inspira inocencia y honradez. Y te hablan de usted.
De esto, un mes hace, aún no he recogido mi nuevo dni. En cuanto lo tenga, disparado para la frontera a ver a la bella agente de los cuerpos de seguridad del estado. Mmmmm, ¿se acordará de mí?

-Este carnet está caducado desde hace cuatro años, caballero.
La cara del Pistoles era un cuadro. Yo me quedé en suspenso, meditación trascendental, mientras contemplaba la verdad impresa en el dni: Val 12-05-2001. Por fin, vi la luz y hablé: "Y si no llego a venir a Gibraltar, cuatro años más".
De nada sirvió que Pistoles intentara convencer al bello miembro del cuerpo nacional para que me dejara entrar. "Si fuera por un mes..., pero cuatro años...", y ese argumento era (yo lo sabía en lo más profundo de mi ser) irrebatible.
Yo trataba de demorar lo más posible la penosa retirada porque la chica era una perla, prácticamente mi tipo. Pensé en la posibilidad de que me detuviera por algún cargo, pero no se me ocurría nada. Lo único que se me ocurrió fué comentar, así como quien no quiere la cosa: "Bueno, qué le vamos a hacer, yo me libré de la mili por despistao". Conseguí arrancarle una sonrisa que me devolvió cierta autoestima. Mediavuelta y retirada.
Pistoles fué bondadoso y no se cagó en mis castas. Luego, mientras se desayunaba un plato combinado de nombre hortera y presencia poco estimulante, puede meditar ante mi café sobre el miserable fracaso en el intento de cruzar la frontera. "Menos mal que no he cometido ningún crimen en estos cuatro años, no hubiera podido huir de la justicia española" . Por supuesto, mi pasaporte también estaba caducado.
Lo más importante fue la toma de conciencia del paso del tiempo. En cuatro años no me habían pedido el dni; recordé los tiempos en que me registraban la mochila y los bolsillos como sospechoso de narcotráfico. La desertización incontenible del cuero cabelludo inspira inocencia y honradez. Y te hablan de usted.
De esto, un mes hace, aún no he recogido mi nuevo dni. En cuanto lo tenga, disparado para la frontera a ver a la bella agente de los cuerpos de seguridad del estado. Mmmmm, ¿se acordará de mí?

Diario del azar (3)
GÚIKAND DE VINO Y ROSAS.
Lo juro, yo no quería, yo quería ser bueno. El morao del viernes lo achaco a que conducía el Secretario, que es abstemio, y eso provocó que el demonio de la perversidad me incitara a consumir algún espirituoso que otro de más. Entre las cañas, el Southern Comfort y el Drambuie en copa caliente, hacía más curvas al andar que una escuela de samba brasileña. Un par de muchachas me pidieron un cigarro y tardé como un minuto (con sus 60 segundos contados) en extraer el pitillo y ofrecerlo parsimoniosamente. "Se lo tiene que pensar y todo", dijo la tía descarada. La miŕe y le respondí con calma. "No hay prisa, amiga, prisa mata". Creo que estaban perplejas, o asustadas incluso.
El sábado fué una consecuencia de todo esto. El cerebro no se conectó hasta la noche, justo cuando acudí a un cumpleaños. En vez de irme en el coche de unos amigos que me encontré al salir de mi casa, me fuí en el mío alegando que regresaría pronto. Un mojón pa mí.
Resulta que al llegar a la fiesta, la ventanilla del coche no subía (estos puñeteros elevalunas eléctricos y la humedad) y encima me dejé puesto el contacto al intentar solucionarlo. Puto despiste.
Así que a las seis de la mañana, cuando todo el mundo se había pirado, yo estaba todavía allí, moraito de vino, esperando que se recargara la batería del coche. Menos mal que el padre de la chavala tenía un transformador y alargadores por un tubo. Y claro, para hacer más grata la espera, el hombre, un pedazo de pan, sacó un tarro de uvas en aguardiente con dos años de maceración y pon-pon gorrión, nos pusimos de grana y oro.
El domingo tenía propósito de enmienda y me tiré de la cama a las diez. Empezé la mañana visitando a mis amigos uruguayos Daniel y Bea. Me encuentro que tienen allí a un par de compatriotas más que también conozco y una peaso de parrillada que cómo iba a decirles que no. Pues eso, entre las once y las siete nos habíamos metido entre pecho y espalda, lenta y ceremoniosamente, cuatro botellas de vino (dos de "Viajero" chileno y dos riojas, Marqués de Grñón) con kilos de embutidos y carnes variadas, pimientos morrones y chimichurri, que no se lo salta un galgo con siete patas.

He llegado a mi casa en piloto automático. Afortunadamente vivo al laíto. Pa cenar, una fruta y un yogurt, y de pura pena. Y pa postre me llama Daniel, para decirme que me he dejado las gafas en su casa. Menos mal que eran las de sol, y mañana hay previsto un eclipse.

Lo juro, yo no quería, yo quería ser bueno. El morao del viernes lo achaco a que conducía el Secretario, que es abstemio, y eso provocó que el demonio de la perversidad me incitara a consumir algún espirituoso que otro de más. Entre las cañas, el Southern Comfort y el Drambuie en copa caliente, hacía más curvas al andar que una escuela de samba brasileña. Un par de muchachas me pidieron un cigarro y tardé como un minuto (con sus 60 segundos contados) en extraer el pitillo y ofrecerlo parsimoniosamente. "Se lo tiene que pensar y todo", dijo la tía descarada. La miŕe y le respondí con calma. "No hay prisa, amiga, prisa mata". Creo que estaban perplejas, o asustadas incluso.
El sábado fué una consecuencia de todo esto. El cerebro no se conectó hasta la noche, justo cuando acudí a un cumpleaños. En vez de irme en el coche de unos amigos que me encontré al salir de mi casa, me fuí en el mío alegando que regresaría pronto. Un mojón pa mí.
Resulta que al llegar a la fiesta, la ventanilla del coche no subía (estos puñeteros elevalunas eléctricos y la humedad) y encima me dejé puesto el contacto al intentar solucionarlo. Puto despiste.
Así que a las seis de la mañana, cuando todo el mundo se había pirado, yo estaba todavía allí, moraito de vino, esperando que se recargara la batería del coche. Menos mal que el padre de la chavala tenía un transformador y alargadores por un tubo. Y claro, para hacer más grata la espera, el hombre, un pedazo de pan, sacó un tarro de uvas en aguardiente con dos años de maceración y pon-pon gorrión, nos pusimos de grana y oro.
El domingo tenía propósito de enmienda y me tiré de la cama a las diez. Empezé la mañana visitando a mis amigos uruguayos Daniel y Bea. Me encuentro que tienen allí a un par de compatriotas más que también conozco y una peaso de parrillada que cómo iba a decirles que no. Pues eso, entre las once y las siete nos habíamos metido entre pecho y espalda, lenta y ceremoniosamente, cuatro botellas de vino (dos de "Viajero" chileno y dos riojas, Marqués de Grñón) con kilos de embutidos y carnes variadas, pimientos morrones y chimichurri, que no se lo salta un galgo con siete patas.

He llegado a mi casa en piloto automático. Afortunadamente vivo al laíto. Pa cenar, una fruta y un yogurt, y de pura pena. Y pa postre me llama Daniel, para decirme que me he dejado las gafas en su casa. Menos mal que eran las de sol, y mañana hay previsto un eclipse.

Diario del azar (4)
OTOÑO (I)

Cualquiera diría que es la crisis de los 40 -apenas hace dos semanas que cumplí 38-, pero he decidido volver a la universidad. No se trata, lo juro sobre las obras completas de Alan Moore, de recuperar en un patético intento el aura mediática de la vida estudiantil (que por otra parte era la mejor del mundo). Y menos ahora, que la ciencia médica me ha retirado de todo. Sí, debo reconocer que estoy hecho un desecho, físico y mental. La diabetes y el colesterol por un lado, la "ansiedad de desempeño" por otro. A veces pienso en mí como el signo encarnado de esta humanidad enferma que llevó a mis estimados aborígenes a tomar la decisión de extinguirse (algo con lo que he estado íntimamente de acuerdo mucho antes de conocer tal noticia) y al bigotudo Nietszche a sentenciar desde su atalaya que "la tierra es la piel y el hombre la enfermedad".
Así es. Tengo que dejar, además del azúcar y similares, al alcohol, la nicotina, la cafeina y el sexo. Cielos, cómo vivir creativamente prescindiendo de la drogadicción. Es un dilema. Toda mi obra hasta ahora, como casi todos los artistas, no era más que una prolongación de mi mismidad. Qué puede manar ahora de un ser abstemio, no fumador y célibe. Sólo me faltaría ingresar a un seminario, aunque la única diferencia entre un cura y yo (creencias aparte) es que el cura bebe vino al menos una vez al día, a lo mejor fuma y seguro que folla más que yo en mis último cinco años.
Luego está, por supuesto, el tema de dios. No me va ese señor, demasiado tiempo lo he sufrido en mi educación católica y mi trabajo me ha costado desprenderme de sus dictados como hojas molestas en mi copa. Nunca del todo, me temo. Siempre queda algo, aunque sea como destinatario de los arrebatos escatológicos; en fin, como mal menor, lo he sustutuido por ese gordo sonriente que me resulta más simpático y he fundado una escuela de zen llamada andalú-zen, que pa eso soy de Cai. De buda madre.
El caso es que siento que me estoy ahogando, y no me basta ya con profundizar en el conocimiento como hasta ahora, por libre y en solitario. En este mundo hacen falta títulos, patentes de corso que te permitan vivir de la teta pública, dando clases, seminarios, conferencias, coordinando cursos o asistiendo invitado como ponente o tertuliano a foros donde sacar una tajadilla miserable pero útil para pagar facturas. Qué patético, tener que llegar a esta conclusión en este otoño de oro viejo, pero como dicen, a la vejez viruela, y nunca es tarde si la dicha es buena.
Y esa será mi dicha, que en mi otoño, con 40 años, obtenga licenciatura y doctorado a posteriori y acaben por titularme como nunca se me debiera titular, no a mí, un cúmulo de enfermedades crónicas físicas y psicológicas propias de la sociedad del bienestar: el Doctor Fram. De Copenhague, añadiría yo (rememorando al entrañable personaje del TBO). Pero casi mejor, más exacto, sería decir Doctor Liendre, que de todo sabe y de nada entiende.
Yo que sé.


Cualquiera diría que es la crisis de los 40 -apenas hace dos semanas que cumplí 38-, pero he decidido volver a la universidad. No se trata, lo juro sobre las obras completas de Alan Moore, de recuperar en un patético intento el aura mediática de la vida estudiantil (que por otra parte era la mejor del mundo). Y menos ahora, que la ciencia médica me ha retirado de todo. Sí, debo reconocer que estoy hecho un desecho, físico y mental. La diabetes y el colesterol por un lado, la "ansiedad de desempeño" por otro. A veces pienso en mí como el signo encarnado de esta humanidad enferma que llevó a mis estimados aborígenes a tomar la decisión de extinguirse (algo con lo que he estado íntimamente de acuerdo mucho antes de conocer tal noticia) y al bigotudo Nietszche a sentenciar desde su atalaya que "la tierra es la piel y el hombre la enfermedad".
Así es. Tengo que dejar, además del azúcar y similares, al alcohol, la nicotina, la cafeina y el sexo. Cielos, cómo vivir creativamente prescindiendo de la drogadicción. Es un dilema. Toda mi obra hasta ahora, como casi todos los artistas, no era más que una prolongación de mi mismidad. Qué puede manar ahora de un ser abstemio, no fumador y célibe. Sólo me faltaría ingresar a un seminario, aunque la única diferencia entre un cura y yo (creencias aparte) es que el cura bebe vino al menos una vez al día, a lo mejor fuma y seguro que folla más que yo en mis último cinco años.
Luego está, por supuesto, el tema de dios. No me va ese señor, demasiado tiempo lo he sufrido en mi educación católica y mi trabajo me ha costado desprenderme de sus dictados como hojas molestas en mi copa. Nunca del todo, me temo. Siempre queda algo, aunque sea como destinatario de los arrebatos escatológicos; en fin, como mal menor, lo he sustutuido por ese gordo sonriente que me resulta más simpático y he fundado una escuela de zen llamada andalú-zen, que pa eso soy de Cai. De buda madre.
El caso es que siento que me estoy ahogando, y no me basta ya con profundizar en el conocimiento como hasta ahora, por libre y en solitario. En este mundo hacen falta títulos, patentes de corso que te permitan vivir de la teta pública, dando clases, seminarios, conferencias, coordinando cursos o asistiendo invitado como ponente o tertuliano a foros donde sacar una tajadilla miserable pero útil para pagar facturas. Qué patético, tener que llegar a esta conclusión en este otoño de oro viejo, pero como dicen, a la vejez viruela, y nunca es tarde si la dicha es buena.
Y esa será mi dicha, que en mi otoño, con 40 años, obtenga licenciatura y doctorado a posteriori y acaben por titularme como nunca se me debiera titular, no a mí, un cúmulo de enfermedades crónicas físicas y psicológicas propias de la sociedad del bienestar: el Doctor Fram. De Copenhague, añadiría yo (rememorando al entrañable personaje del TBO). Pero casi mejor, más exacto, sería decir Doctor Liendre, que de todo sabe y de nada entiende.
Yo que sé.





