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Khayman en la Ciudad
Comentarios sobre la vida
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Se trata de una columna en la que me gusta publicar mis impresiones acerca de la vida, el sexo, en fin, muchas cosas, ..."Disfrutenla"
Sindicación
 
Los Carnavales
Hay una época del año que algunas personas esperan con ansiedad, mientras que otras simplemente la desprecian porque lo ven como algo ridículo. Pero lo cierto es cada año que pasa hay más ocasiones para disfrazarse. Por mucho que algunas personas no quieran, al final es una tradición que va cobrando más fuerza en nuestras vidas, muchos dicen que porque se importa de fuera, pero lo que no saben es la necesidad innata que tenemos a llevar máscaras y disfraces en al vida cotidiana. Carnavales, y cada día más Halloween, no son más que una excusa para que podamos quitarnos el disfraz que tenemos al ponernos uno físico.
En un mundo en el que estamos acostumbrados a tener que fingir cosas, y llevar máscaras todos los días ¿por qué nos gusta tanto disfrazarnos a la mínima ocasión? ¿Tienen razón aquellos escépticos de las máscaras? ¿Acaso no tenemos suficiente con el día a día? O ¿podemos considerar las fiestas de disfraces y los carnavales como una catarsis?
Si bien no voy a entrar en los orígenes de las fiestas de disfraces, de los bailes de máscaras y demás, he de reconocer que es algo que está presente en todas las culturas del orbe, por lo tanto ha de ser algo importante, y no simplemente una chorrada como piensa mucha gente. Se ve que es una tradición que se lleva perpetuando desde las culturas más primitivas como las del Amazonas o las africanas, donde el llevar máscaras tiene un significado práctico, hasta los tiempos más modernos. Si no es así no tendría sentido toda la parafernalia que se monta para los Carnavales de Rio de Janeiro, como es haber traído a los Rolling Stones para un concierto masivo en la playa, o bien los de nuestro país que se celebran en las Canarias.
Claro que muchas personas dirán que estamos ante algo tan comercial como podría ser la reciente San Valentín, o bien otras fechas que no tienen sentido como Halloween o las Navidades. Pero refiriéndome a estas últimas, diría que la culpa ya no es de la fiesta en sí, que existía desde tiempos inmemoriales, sino que es la sociedad que las ha convertido en unas celebraciones puramente comerciales y capitalistas, donde no se mide el valor de la fiesta sino la cantidad de dinero desembolsado para realizarlas.
Porque la mayoría de fiestas que nos vienen de hace más de 200 años, cuando el capitalismo no era lo que regia el mundo, tienen una base tradicional que es la que debemos de respetar. Hay gente que lucha por la independencia de zonas de nuestra geografía bajo la excusa de que el gobierno central está minando su tradición, que les oprime, y sin embargo otras tradiciones más importante si que son rechazadas en masa por la gente por una simple cuestión de ignorancia, porque piensan que son fruto del poder capitalista americano.
Si quitamos aquellas personas que no soportan eso de disfrazarse porque lo encuentran ridículo, o porque piensan que ya es bastante rollo eso de tener que llevar una máscara durante el día (tema que ya trataré más abajo), hay mucha gente a la que le encanta la idea de poder ser otra persona durante un día o al menos durante unas horas.
Muchísimas personas aprovechan cualquier ocasión para dejar atrás sus traumas y poder ser otra persona. Es ponerse un disfraz y cambiar el chip. Las estadísticas indican que la mayoría de los hombres se disfrazan de mujer para los carnavales, lo cual no indica que muchos quieran ser mujer, sino que eso les permite sacar su lado femenino durante unas horas sin que por ello su hombría corra peligro.
Otras personas pueden aprovechar el hecho de que llevan una máscara o un disfraz que les hace irreconocibles por sus amigos o conocidos, y aprovechan para hacer lo que no pueden hacer durante el resto del año. Con una buena máscara puedes meterte en todos aquellos locales a los que no accederías en tiempo normal y a cara descubierta. Por ejemplo, si el tío en cuestión está armarizado por completo y quiere saber como es un local de ambiente, es consciente de que puede acudir allí sin miedo a ser reconocido por sus amigos. Es una protección contra los demás.
Esta es una de las funciones más tradicionales de las máscaras, las de proteger nuestra intimidad de la curiosidad de los demás. No pueden reconocernos, así que somos un extraño entre nuestros amigos. Es una forma de poder liberarnos de las ataduras que conlleva la vida que llevamos sin que por ello corramos el peligro de cargar con las consecuencias. Eso es lo que hacen los ladrones y los atracadores, para que no les reconozcan y luego no puedan ser inculpados. Aquí no estoy hablando de nada ilegal, pero en la base, el propósito es el mismo, el poder hacer algo de lo que no seríamos capaces, por vergüenza, tal vez, y que sin embargo al saber que estamos seguros lo haremos.
Nos sirve para poder sacar de dentro aquello que tenemos y que necesitamos exteriorizar.
Muchas veces no es solo por lo de llevar una máscara que nos gusta disfrazarnos, y la libertad que ello conlleva. A veces es porque realmente queremos ser otra persona, el llevar un traje de esos nos permite ser por el espacio de una noche alguien diferente. Si siempre hemos querido ser un vaquero o una princesa, es el día en el que podemos serlo. De hecho una de las mayores diversiones de la noche de carnavales o de las fiestas de disfraces es poder meterse en el papel del personaje que representamos.
Ese día tenemos la oportunidad de hacer lo que deseamos por unas horas, de ahí que a tanta gente le guste disfrazarse de cosas totalmente opuestas a lo que son realmente, por eso tantos hombres se visten de mujer ese día, no hablo de aquellos que lo hacen con frecuencia, otros se visten de sus héroes de la infancia, o bien ellas se ponen trajes de época para poder ser princesas o reinas durante un corto periodo de tiempo. Puedes sacarte esa espinita que tenias dentro y ser lo que te gustaría ser por un día.
Pero no siempre hay que llevar máscaras en fiestas de carnavales. A veces tenemos la desgracia de tener que hacerlo todos los días. No me refiero a aquellas personas que trabajan en los parques temáticos y que deben de convertirse en el pato Donald todos los días. Estoy hablando de que la sociedad nos obliga a ocultar nuestro rostro o como realmente somos.
La vida cotidiana no siempre nos permite ser como nos gustaría ser, y muchas veces la sinceridad es un privilegio que no nos podemos permitir. Esto es algo que muchos hombres con tendencias sexuales contrarias a lo que deberían ser tienen que padecer, y que comúnmente se le llama estar dentro del armario. Para estas personas el día a día es un baile de disfraces, o como decía yo, es ser Batman, porque de noche son una persona y durante el día, en el trabajo, y para la gente de su familia son otra persona, que no tiene por que ser incompatible, pero que la mayoría de veces lo es.
Esas personas llevan el disfraz durante el día, con sus seres cercanos, a los que no les revelan su verdadera identidad, y por la noche, o en la intimidad, se quitan esa máscara y son como ellos querrían ser realmente, aunque siempre les quede algo de disfraz puesto.
Pero no únicamente la gente que está en el armario tiene por qué llevar un disfraz, todo ser humano tiene que hacerlo para que la sociedad lo respete. Nuestras acciones o comportamientos nunca serían reconocidos y aprobados por todo el mundo. Muchas veces hemos de ocultar la verdad a los ojos de los demás. Los jóvenes muchas veces tienen que esconderse para fumar y que no les pillen los padres, o se hacen tatuajes en zonas donde sus progenitores no irán a mirar. Las chicas han de mentir acerca de los chicos con los que han estado en la cama porque la sociedad no admite que una mujer sea sexualmente desinhibida, aunque esto cada día es más frecuente, pero no lo queremos admitir. Incluso las personas adultas han de ocultar ciertos datos de sus vidas que no han de saber los demás, porque no les entenderían, les podrían rechazar o marginar.
Hemos de llevar esas máscaras todo el día para poder sobrevivir a la sociedad y ser felices. Pero la cantidad de capas de llevemos va en relación con el estado de satisfacción que tengamos hacia nosotros mismos. Porque hay ciertas personas que se disfrazan para no reconocerse a sí mismos. Es cierto que para algunas personas el mirarse al espejo es una especie de bailes de disfraces, porque hacen todo lo posible por no reconocer a quien tienen delante. No se aceptan a sí mismos y por lo tanto intentan engañarse a ellos mismos con artilugios diversos. Ellos siempre llevan una máscara porque no se aceptan como son, y por lo tanto intentan esconder aquello que no soportan de ellos mismos.
Al final son unas fechas para pasarlo bien, únicamente. No se trata de buscarle los tres pies al gato, a aquellas personas que les gusta hacerse pasar por otra cosa durante unas horas, les viene bien, a aquellos que no les gusta, siempre pueden irse de viaje, o simplemente pasar de todo. Pero al final de cuentas, el verdadero carnaval es aquel al que debemos acudir todos los días. El de la vida.
 
El Que Espera Desespera
Si bien en un artículo anterior he escrito que la esperanza suele ser algo positivo, he de reconocer que se basa sobretodo en la paciencia, lo cual es algo que no todos poseemos. Muchas veces aquello que más deseamos es aquello que más se hace de rogar. Suelen decir que lo que vale la pena cuesta, pero no dinero sino tiempo. Pues de todos es sabido que lo que realmente vale la pena es difícil de obtener y por lo general nos resultara complicado llegar a esa meta.
En un mundo en el que estamos acostumbrados a que todo sea inmediato, donde las cartas llegan en menos de un segundo, (gracias a Internet), donde la velocidad de la red se mide en megas, ¿hay sitio para la espera? ¿Sabemos ser pacientes? ¿Sigue teniendo valor aquello que se hace esperar? En un mundo acelerado ¿es necesario que algunas cosas sigan siendo parsimoniosas?
Si estamos buscando trabajo, aunque lo hagamos por Internet las cosas no son tan rápidas como nos gustaría. Primero tenemos que darnos de alta en alguna página de ofertas de empleo, en el que nos hacen todo tipo de preguntas, luego tenemos que ponernos a mirar aquellas ofertas que más nos interesan. Probablemente estemos toda la tarde o toda la mañana en esta labor. Lo divertido es lo que ponen en requisitos deseados, ya que por desear algo que no sea, pero la mayoría de las veces lo que piden es realmente ridículo. Desde experiencia en un sector en el que si la tienes no estarías buscando empleo, hasta que seas de una edad o sexo determinado.
Luego tú les mandas tu currículo y tienes que esperar el largo proceso de selección. Lo primero es que alguien al otro lado de la red selecciona aquellos candidatos que le resultan interesantes, luego lee sus datos personales, los estudios y los anteriores puestos de trabajo. Y finalmente se ponen en contacto con la persona en cuestión. Pero para que lleguemos a este punto ya ha pasado por lo menos una semana o más. Algunas veces tienen incluso que recordarte en qué consiste el puesto de trabajo para el que te has apuntado.
Luego te presentas a las entrevistas para el puesto, y ya ha pasado un mes desde que presentaste la solicitud. Pero la demora no termina ahí, porque cuando sales de ser entrevistado, te dicen que tiene que ver a otros candidatos, por lo que te llamarán para decirte si el puesto es tuyo en un par de semanas. Es decir que aun cuando ya te han hecho la entrevista eres consciente de que para saber si el puesto es tuyo o no aun tiene que pasar más tiempo en el que estarás esperando a ver si tienes trabajo o no.
Por mucho que lo digan, eso de buscar trabajo no es tan rápido como podríamos pensarlo, y por lo general hace falta por lo menos un mes de tiempo hasta que entras en la plantilla, eso si has tenido suerte.
Pero no es el único ámbito de la vida en el que hay que saber esperar. Por lo general en casi todo es así. Ya no solo en el trabajo sino también en la vida personal. Cuando por ejemplo una pareja decide tener hijos es lo que sucede. Ya sea que pongan todos los medios de los que disponen o bien que les pille por sorpresa un embarazo espontáneo, lo mínimo que tienen que esperar serán 9 meses. Es más rápido ir a una tienda de animales y comprarse un perro. Pero claro no se trata de lo mismo, aunque ahí también se tarda.
Cuando a uno de mis peces le dio un ataque psicótico y se cargo a todo ser vivo que había en la pecera, pensé que sería hora de renovar las existencias acuáticas. Así que me fui a cambiarlo a la tienda de siempre, y eso fue lo más veloz de la transacción. Porque cuando quise comprar nuevos peces la cosa fue más difícil. No tenían los que yo quería, y los que podrían haber servido estaban en cuarentena porque estaban enfermos, así que me dijeron que pasase la semana siguiente. En la otra tienda en la que estuve me dijeron que volviese en dos días que tendrían más variedad. Y así en todos lados. Al final esa decisión tan rápida no se derivó en una acción tan veloz. Pero bueno, todo llega y al final sí que pude comprarme mis peces antes de que pasase una semana, pero me costó.
Pues bien, en el campo de las relaciones el tiempo es un factor crucial. Muchas veces creemos que porque en las películas nos metan por todos lados el tema del flechazo, que eso es lo único que existe. Mi experiencia me dice que no es así. Por el contrario la mayoría de relaciones que conozco que han funcionado se han basado en un comienzo muy lento. Pero esto se me olvida siempre que conozco a alguien nuevo.
De todas las relaciones que he tenido, la única que ha durado algo más que una temporada (más bien invierno, porque aquí el verano dura más que en el resto de España) ha sido una en la que las cosas se fueron desarrollando de forma lenta pero solidamente. Pasaron muchas semanas hasta que la cosa no se puso seria, y aun así fue algo bastante rápido en comparación con lo que me cuentan algunos amigos que son capaces de ir detrás de alguien durante meses sin saber si la cosa va a salir bien o no.
Lo chungo del flechazo es que es algo que la industria de los medios de comunicación nos ha hecho aceptar como lo único que vale, cuando se trata de un porcentaje ínfimo de éxito. Es muy difícil que cuando conoces a alguien sientas todo aquello que los años han conseguido hacer madurar en el corazón de las personas. Con esto no digo que no pueda pasar que conoces a alguien y que a los dos días ya te cases con él o ella, que eso también existe, pero seamos sinceros, son muy pocas personas las que han vivido eso y no se han dado con los dientes en el bordillo. La mayoría de veces eso sale mal, lo cual no significa que no pueda pasar. Pero por lo general son relaciones basadas únicamente en la pasión del primer encuentro, y una vez que eso se acaba, porque todo acaba, ya no queda nada porque la pasión ha sido capaz de oscurecer lo demás de tal forma que no somos capaces de apreciarlo.
En las relaciones que se producen de forma más lenta, el factor pasión también está presente, pero de forma más controlada. Las cosas se demoran más en suceder, pero cuando lo hacen no es de la forma tan torpe como cuando nos movemos cegados por la libido. El resultado que se hace esperar suele ser mejor, aunque claro, las expectativas suelen jugarnos malas pasadas. Por eso es importante que conservemos los pies en la tierra.
Si nos fijamos en las relaciones que nos rodean que han funcionado, como la de nuestros padres, tíos, abuelos, etc. la mayoría se han forjado con el paso del tiempo. Aunque está claro que el atractivo es importante, que si la persona no le ha entrado a la otra por los ojos en un primer momento la cosa está complicada, pero el roce es el que hace el cariño.
En una relación que pretende ser duradera, las cosas han de consolidarse de una forma natural, sin que sean forzadas, y para eso, por mucho que me cueste admitirlo, hace falta tiempo. Como bien dicen algunas personas, las escaleras se suben peldaño a peldaño, si no lo haces así es posible que te rompas la cadera.
Muchas personas basan las relaciones en el físico, con lo cual el problema es que, cuando estas acostumbrado a que solo te interese alguien por su cuerpo, no sueles dejar sitio para conocer realmente el interior de la persona, que es lo que realmente importa en la relación. Si bien lo de fuera está bien, porque es algo que no podemos obviar, es con el interior de la persona con el que hay que convivir. Lo de fuera es pasajero. Tú puedes salir con un cañón de persona, pero si de repente le da por aficionarse al chocolate, puedes decirle adiós a su forma física, y darle la bienvenida a los michelines. Si lo único que te interesaba de esa persona era que estaba buena, pues está claro que la cosa no podrá durar mucho. Por el contrario el interior es lo que no podemos cambiar porque nos de por comer o dejar de hacerlo. Cuando hemos llegado a cierta edad ya es muy difícil dejar aquellas cosas que forman parte de nuestra personalidad. Y todo ello no se conoce en un día, se va conociendo con el paso del tiempo. Con lo cual para que la relación funcione habría que ir lentamente, pero con pasos decididos.
El problema es que hoy en día estamos acostumbrados a que todo se suceda de una forma vertiginosa. Queremos que todo sea para ayer, cuando no nos damos cuenta de que las cosas que realmente merecen la pena, son aquellas que han tardado en producirse.
Si nos fijamos en la economía, uno de los productos más importantes de nuestra vida, el petróleo, tarda millones de años en generarse, de ahí que sea tan raro y por lo tanto tan valioso. Los diamantes también tardan millones de años en formarse, y todos lo considerareis algo valioso. Las carreras universitarias que más prestigio tiene son aquellas que duran más, y no por eso salimos mejor preparados, pero se les considera de mayor relevancia.
En fin, que todo aquello que la sociedad considera importante, muchas veces sin razón, pero algunas veces (las que más nos interesan) con toda la del mundo, son aquellas que no podemos conseguir en un abrir y cerrar de ojos, sino las que nos cuesta sufrimientos y mucha paciencia. Aquello que se nos resiste es a lo que mayor valor le damos, y una de las mayores pruebas de resistencia es la paciencia. ¡Ánimo!
 
La Falsa Dualidad
Una costumbre que tenemos los seres humanos es la de querer encasillar a la gente, las acciones y todo lo que nos rodea. Si no podemos ponerle una etiqueta a algo es como si no existiese. De ahí que intentemos siempre que todo encuadre en un eje que va desde un polo al otro. Las cosas que se encuentran a nuestro alrededor han de moverse sobre ese eje polarizado. Va de un punto a otro opuesto. Nos movemos guiados por la voluntad de que todo lo que existe tenga su opuesto que haga que sea complementario.
En un mundo en el que el polo norte se opone al polo sur, donde el frío se encuentra en constante pelea con el frío, y donde el Madrid siempre se enfrentará al Barça, ¿existen puntos intermedios? ¿Somos irremediablemente maniqueos? ¿Existe un tercero en discordia que es el que se encarga de que haya variedad y equilibrio en el universo? ¿Realmente es factible la idea de que el universo entra en equilibrio? o ¿se mueve simplemente entre polos opuestos?
Si nos remitimos a la religión, que es aquella institución que intenta darnos respuestas desde tiempos inmemoriales, hay una dualidad irrevocable. Sea cual sea nuestra religión, o nuestro credo, siempre hay un bien y un mal que se oponen. De ahí no nos pueden sacar. Por lo tanto siempre habrá algo malo y algo bueno, pero el término intermedio, algo neutro no existe. O al menos eso es lo que nos indica esta institución.
Podemos reducir a la gente entre los que creen, ya sea en Dios, Alá, Buda, los extraterrestres o lo que sea, y los que no creen en nada más que el cuerpo, que una vez que muramos no hay nada más. Hasta ahí todo quedaba claro, pero luego apareció un grupito de gente que no se conformaba con esa dualidad. Y llegaron los agnósticos y todos aquellos que piensan que puede haber algo no demostrado. No quieren tomar partido por ningún grupo.
Si nos metemos ya en lo que es la religión cristiana, siempre ha habido ese concepto del bien y del mal, de hecho si eras bueno ibas al cielo, pero si eras malo irías al infierno. Claro que luego se dieron cuenta de que no todo el mundo podía ser clasificado de forma tan simplista, por lo que se inventaron un tercer lugar adonde ir una vez muertos, que era el limbo. Lo malo es que con la llegada del nuevo Papa esto se ha reducido a la antiquísima dualidad. Porque si hasta entonces aquellos que no eran ni buenos ni malos tenían algún sitio adonde ir, pero ahora ya no es así, ahora solo están los buenos y los malos, hay que tomar partido por algún bando. Esto viene a ser como una especie de retroceso en el proceso evolutivo, puesto que primero pensamos en línea y luego en tres dimensiones, pero eso ya lo comentaré más adelante.
Si nos vamos a cosas más mundanas, nos daremos cuenta de que casi todo lo que nos rodea se mueve por ese sistema de dualidades. Por ejemplo, están los hombres y las mujeres, lo masculino y lo femenino. Aunque claro cada día es más difícil hacer diferencia entre ambos, por lo que se crean una frontera cada vez más difusa.
Luego si nos fijamos bien es muy difícil poder encasillar a las personas en dos grupos. Si ya no son sólo hombres y mujeres, luego se crearon los grupos de heterosexuales y homosexuales, los gays y las lesbianas, los machos y las hembras (aunque no se correspondan con el sexo que pone en su DNI). Pero claro, había mucha gente que no podía entrar en esos dos grupos, y aparecieron los bisexuales (una sexualidad dual, de nuevo), que son aquellos a los que les gusta tanto la carne como el pescado. Según mi amiga Carmen, eso es trampa porque juegan a dos bandas, pero claro, es el tercero en discordia. Ellos se mueven en un eje que va desde aquel a que le gustan los hombres como a un tonto un lápiz, pero que como se ha liado una vez con una mujer, no quiere reconocer que es homosexual; hasta los casos contrarios, que les van las mujeres y porque una vez tocaron un miembro sexual masculino ya se dicen bisexuales (o bien porque está de moda). Y si nos ponemos a hablar de aquellas personas a las que no les gustan ni los hombres ni las mujeres sino los animales pues ya tenemos aquel tercero en discordia, porque obviamente los bisexuales se polarizan en gustos opuestos, pero no entran a ver una tercera posibilidad.
En lo que concierne a las personas, sin hablar de su sexualidad, también hay una tendencia, algo falsa, a la dualidad. Están los diestros y los zurdos, que se oponen, pero luego llegan aquellos que no son ni lo uno ni lo otro, y que se llaman ambidiestros. Los guapos y los feos, y luego un montón enorme que se le denomina como “gente del montón” y que no son ni guapos ni feos. Los altos y los bajos, y los de estatura media. Los gordos y los flacos, y aquellos que no son ni lo uno ni lo otro. A fin de cuentas si nos remitimos a este ámbito, por mucho que queramos no podemos dividir a las personas en dos grupos, sino por lo menos en tres. Por lo tanto queda casi imposible hablar de dualidad real, sino más bien de mucha gente que va de un extremo a otro, con muchas medias tintas. De hecho tantas medias tintas, que los extremos ni se ven.
En el mundo de la política nos quieren hacer creer que sólo hay dos grupos, los de derechas y los de izquierdas, el PP y el PSOE, los republicanos y los demócratas, los fachas y los rojos, etc. Pero claro, esto es una forma muy simple de ver las cosas, porque no todos son de un lado o del otro, algunos fluctúan entre ambos y que tendemos a decir que son del centro. Porque claro, si hay una izquierda y una derecha, pues tiene que haber un centro también, que sea el equilibrio entre ambos.
En lo social es lo mismo, están los ricos y los pobres, pero cada día es más difícil encontrar ejemplares puros de ambos grupos (aunque sea más fácil encontrarlos del segundo que del primero), por lo que se crea una clase intermedia que viene a agrupar a todo lo que no se puede polarizar. Son las clases medias. De hecho en la mayoría de manuales de sociología se suele dividir a la población en 3 grupos en lugar de 2. Así que ahí tampoco tenemos una dualidad clara.
Incluso en lo que se refiere a los juegos del azar suele haber una tercera opción. Por ejemplo en la quiniela hay tres opciones, una en la que gana un equipo, otra en la que gana el otro, y por último aquella en la que ninguno gana. Aunque claro esta que este ámbito es el que mejor se adapta a la dualidad porque o ganas o pierdes, pero no te sueles quedar a medias (a no ser que te toque el reintegro con lo cual no se sabe donde meterlo).
El universo mismo se rige por una triada, vivimos en 3 dimensiones (X, Y y Z), y no en dos como estamos acostumbrados a imaginar. De hecho muchas veces nos cuesta encontrar soluciones a nuestros problemas porque pensamos de forma lineal sin acordarnos de que existen otras dos direcciones para encontrar lo que buscamos. No existe únicamente el largo y el ancho, sino también el alto. Esto nos produce muchas más combinaciones que la simple dualidad y es una señal de un pensamiento más desarrollado y que busca algo más perfecto y estable.
Los pares a fin de cuentas son una repetición de la dualidad. Por ejemplo, una mesa tiene 4 patas para apoyarse, y muchas veces cojea. Sin embargos las estructuras que se sustentan en 3 apoyos suelen ser más firmes y estar en equilibrio, si no fuese así en fotografía no se utilizaría un trípode para aguantar la cámara de fotos.
Si nos referimos a la lengua, en la que tenemos no se nota mucho, al igual que en la mayoría de lenguas latinas, pero las lenguas anglosajonas han pasado de la dualidad, lo cual las suele hacer más ricas. Si bien en esos idiomas hay como en el nuestro un genero masculino y otro femenino, ellos han ido más lejos y han agregado un tercero para todo aquello que no ha de entrar en una de estas dos categorías, es el neutro. Es una especie de cajón de sastre donde entra todo aquello que no tiene género marcado, que no puede ser considerado de uno o del otro porque no tendría lógica. Por ejemplo, ¿por qué una mesa ha de ser femenina y no masculina? A fin de cuentas es un objeto y por lo tanto no tiene diferenciación sexual. De ahí que sean idiomas que se consideren más ricos a nivel de vocabulario, puesto que se mueven en 3 dimensiones.
Y si esto sucede con el género, también lo hace con el número, pero de forma menos evidente. Si bien podemos reducirlo todo a plural o a singular, luego hemos tenido que crear una nueva categoría para todo aquello que no es ni lo uno ni lo otro, por que no se puede contar. Son los incontables. Es decir todo aquello que no se puede dividir o multiplicar porque no es medible. Se refiere por lo general a términos abstractos, puesto que todo lo que es material se puede contar, pero lo que no se puede tocar o que solo existe en nuestra mente. Esto proviene de una evolución del pensamiento, que nos hace más complejos en ese ámbito, como pasa con la aparición del neutro. Al tener una conciencia más compleja, debemos encontrar el equilibrio saliendo de la dualidad.
Si nos fijamos bien todo lo que nos rodea se mueve en una falsa dualidad que viene a encubrir un estado de equilibrio que solamente es posible si consideramos un tercer elemento que viene a darnos lo que los dos primeros no consiguen completar. Si bien el universo siempre tiende al equilibrio, no lo hace porque se mueva en un eje de un lado positivo a uno negativo, sino que lo hace porque se mueve en las 3 dimensiones, con lo cual al final siempre llega a un punto neutro.
 
Una Nueva Esperanza
Hay momentos en la vida en la que parece que todo lo que hacemos nos sale mal. Hagamos lo que hagamos, al final el resultado es negativo, y lo peor de todo es que no sabemos por qué nos sucede eso. La reacción que solemos tener es de rechazo y negatividad. Pero como siempre digo, a veces las cosas suceden por una razón, aunque no sepamos cual es. Pero por alguna razón nos agarramos a lo malo que nos sucede sin querer mirar en perspectiva las señales que nos envían para que cambiemos lo que hacemos o pensamos de forma errónea.
Cuando las cosas que nos suceden son tan negativas que pensamos que formamos parte de una conspiración universal en contra nuestra, ¿Cómo podemos conservar la esperanza? ¿Realmente si pensamos en positivo nos irá todo mejor? ¿Podemos seguir teniendo fe en que encontraremos a alguien que merezca la pena? O ¿es mejor tirar la toalla y pasar de todo y de todos?
A veces las cosas nos salen mal porque nosotros mismos hemos atraído ese mal funcionamiento por nuestras acciones. Hoy en día estamos todos coaccionados por la máxima que dice que “más vale malo conocido que bueno por conocer” de ahí que nos conformemos, a veces, con cosas que no nos engrandecen. Podemos tener un trabajo que nos aburre o para el que no servimos, con lo cual nos agobiamos de sobremanera ya que pensamos que lo haremos mal. Es posible que nuestra pareja no sea la que nos conviene, que nos trate mal, o que simplemente no le amamos. Y estaremos deprimidos sin saber por qué, cuando la solución está antes nuestros ojos. A veces permitimos que todo esto suceda porque somos cobardes y tenemos miedo a quedarnos solos, a que no encontremos el amor o bien a que no consigamos otro trabajo mejor. Perdemos la esperanza y cuando hacemos eso nos volvemos conformistas y pasotas, y al final acabamos mal.
Muchas veces el propio miedo es el que nos coarta la libertad, ya que pensamos que si renunciamos a un puesto de trabajo que sabemos que nos hace infelices, no seremos capaces de encontrar otro mejor (lo cual es fácil ya que estamos jodidos y peor no nos podría ir). Nos da miedo intentar saltar al vacío en vista de mejorar porque solo pensamos en el batacazo que nos vamos a dar, y no en que es posiblemente una oportunidad para mejorar nuestra calidad de vida.
Lo mismo sucede con las parejas. Es cierto que yo siempre digo que hay que hacer intentos y sacrificar, pero no cuando es en sentido único. Yo soy muy conocido por darlo todo y luego quedarme sin nada, porque la otra persona no se lo curra, sino que se acostumbra a que sea yo el que cede y se lo dé todo sin el menor esfuerzo por su parte, y por lo tanto luego lo único que consigo es que me despojen de todo y no recibo lo que deseaba a cambio. Esto es algo que debo aprender a no hacer. Por eso insisto en que si bien hay que sacrificarse, no en plan mártir. Debemos aprender a valorar lo que tenemos, y si no nos convence somos libres de poder rechazarlo. El miedo a quedarnos solos y a no encontrar a nadie más (sobretodo en invierno que hace tanto frío), es lo que nos hace débiles y nos impide progresar.
Ahí es cuando debemos darnos cuenta de que lo que nos hace desgraciados es algo que hemos traído sobre nosotros mismos, por lo tanto somos la clave para salir del mal paso. Somos los únicos que podemos cambiar las cosas para que vayan a mejor. Pero no seamos locos y calibremos los peligros. No se trata de saltar al vacío sin red, y sin saber volar, se trata de arriesgarse de forma prudente, pero sabiendo que merece la pena. Y sino de conformarnos con lo que tenemos y callarnos, dejar de anhelar lo ajeno y ser felices con lo que hay.
Algunas personas piensan (yo mismo a veces me lo creo, y es cuando me doy cuenta de que estoy perdido) que la esperanza lo único que aporta es la infelicidad, porque nos hace creer que hay algo mejor, cuando tal vez no exista. Bueno, en parte es cierto, tener esperanzas de algo imposible es perder el tiempo, porque viviremos en una mentira. Pero en esta vida, prácticamente nada es imposible, con lo cual debemos de mantener una pequeña llamita viva, por si acaso. Más que nada porque si lo que tanto deseamos aparece en nuestras vidas, y estamos cerrados a cal y canto a que eso sea cierto, no lo veremos, lo dejaremos pasar y luego viviremos arrepintiéndonos el resto de nuestra vida.
Debemos darnos cuenta de que las cosas malas que nos pueden suceder lo hacen para que aprendamos a ser más fuertes. No podremos valorar lo bueno que nos suceda si no nos han pasado cosas malas. Muchas veces nos somos capaces de darnos cuenta de que aquello negativo que nos sucede es para que aprendamos a sobrevivir, a ser mejores personas, a no contar con la gente que no sirve, o bien a reconocer a aquellos que nos vana hacer daño. Aprendemos a conocernos mejor, cuales son nuestros puntos débiles y cuales los fuertes. Esto es importante porque si nos conocemos mejor, podemos ser mejores amos de nuestras vidas y hacer lo que deseamos conociendo nuestras limitaciones y posibilidades.
En marketing a esto se le llama hacer un análisis DAFO, es decir, determinar las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades que tiene la empresa. S esto lo aplicamos a nosotros mismos seremos capaces de conocernos mejor. Cuales son nuestros puntos flacos, nuestras fortalezas y qué posibilidades tenemos de mejorar. Ahí es donde entra, en parte, la esperanza, porque sabemos hasta qué punto podemos tener fe y qué cosas no podremos tener nunca y no perder el tiempo deseando cosas que sabemos de ante mano que no van a llegar nunca. Aprender a conocernos es muy importante para evitarnos sufrimientos y para saber hasta donde podemos llegar, lo que nos merecemos y lo que sabemos que no podemos obtener por mucho que queramos.
Yo creo que en esta vida hay tres tipos de personas, que claro, nosotros adoptamos esas tres posturas antes la vida en el transcurso de nuestra existencia.
Unas son las que viven en el pasado, de los recuerdos de lo que eran. Por lo general solo sienten nostalgia, arrepentimiento de lo que pudo ser y no fue y lamentos de no haber cambiado las cosas a su tiempo. No son capaces de avanzar porque no ven el presente ni el futuro, sino solo lo que ya ha sucedido y que sienten no poder haber hecho de otra forma.
Luego están los que viven en el presente, que viven el día a día, sin preocuparse del mañana ni de lo que han hecho. La vida es corta y hay que aprovechar cada segundo porque podría ser el último.
Y para terminar están los que viven de esperanza, que son aquellos con la mirada al futuro, sin darse la vuelta a observar y aprender de sus errores, ni de lo que está sucediendo en el momento presente. Por lo tanto no son capaces de apreciar lo que tienen ahora mismo, sino que anhelan lo que no poseen y desean obtener en el futuro. No valoran el día a día, sino que viven en un mundo que no ha legado y que n se sabe si llegará.
Está claro que nadie es de una sola manera, todos pasamos por esas tres fases, pero lo malo es quedarse demasiado tiempo en una de ellas. Todas tienen sus ventajas y sus inconvenientes, de ahí que debamos hacer un equilibrio entre las tres. Porque si bien la esperanza es buena, no lo es cuando la ponemos en cosas que no existen, porque nos impide ser felices hoy en día (ya que si no sabemos si mañana llegará debemos intentar ser lo más felices a día de hoy, y que nos quiten lo bailado), la ausencia de ella es tan perniciosa como su exceso, ya que nos hace ser unas personas incapaces de avanzar y de progresar, no podremos conseguir lo que queríamos, y eso nos hará infelices. Y por último vivir en la despreocupación total, es algo genial, pero las acciones que realizamos en el presente van a condicionar nuestro futuro. Si no somos capaces de ahorrar algo para un posible momento malo, ni prever que no todo el monte de la vida será orégano, cuando lleguen las vacas flacas lo vamos a pasar mal.
Lo malo siempre nos permite valorar mejor lo que tenemos, ya que por desgracia solamente somos concientes de lo que poseemos cuando lo perdemos, de ahí que tengamos que pasar algunas veces por malos tragos que luego nos permitirán aprovechar más lo que tenemos y, sobretodo, valorarlo más. Aprendemos a desear lo que tenemos y no a desear aquello que no podremos llegar a tener nunca.
El problema que tiene eso de la esperanza es que no llega nunca cuando queremos, sino cuando ha de ser. A veces nos desesperamos porque queremos que las cosas sucedan cuando nosotros lo decimos y no cuando han de hacerlo. Todo llega, pero no cuando nosotros lo queramos sino cuando lo necesitemos de verdad. Por eso es fácil perder la paciencia y la esperanza, porque nos sentimos frustrados de que aquello que anhelamos no aparece. De hecho, la misma palabra lo indica. Esperanza y esperar tienen el mismo origen en latín, de ahí que debamos tenerlo en cuenta, que una parte del acto va a ser el de aguardar a que suceda. La paciencia se convierte entonces en una verdadera virtud.