Los Regalos
Ya lo dije en mi anterior artículo: el consumismo masivo lo dejo para después. Mejor dicho, lo dejo para este artículo, ya que dedicarle un párrafo únicamente a algo en lo que nos vamos a gastar la paga de navidad o más lo veo poca cosa. Mejor dedicarle el espacio que se merece.
El otro día decían en las noticias que la media de los españoles nos vamos a gastar alrededor de unos 600 euros en estas fechas. Bueno, los datos son los datos, pero a mí no me convencen. Si bien, es cierto que evitar hacer compras en esa época del año es algo casi imposible. Entre la publicidad y las noticias, nos recuerdan que hay que gastar dinero. Aunque no lo tengamos. En estas fechas religiosas se nos olvida un pecado capital que es la gula.
Bueno, esto de los pecados capitales es algo que me hace mucha gracia y que me genera interés. No porque me vaya el rollo bíblico, sino porque como bases éticas, la mayoría de los pecados capitales (mejor dicho los 7) son unos fundamentos que deberíamos tener en cuenta ya fuera de las consideraciones religiosas.
Con el que me quiero meter hoy es con el de la gula. Pero ya no como consumo masivo de alimentos, sino como consumo masivo a secas.
En una sociedad de consumo como la nuestra, es cada día más difícil conseguir llegar a final de mes sin marcarse en rojo en las cuentas corrientes. Si bien estas fechas son las más consumistas, los mensajes de solidaridad no nos dejan en paz. ¿Podemos realmente soportar económicamente tanto gasto? ¿Cómo es posible que por un lado nos “obliguen” a comprar y por otro a ser generosos? ¿Dónde se ha quedado la buena voluntad de la gente? ¿Acaso es que ya nade recuerda que la gula no es sólo referente a la comida? ¿Es la moda algo tan ineludible como parece o podemos vivir sin ella?
Lo cierto es que dicen los medios de comunicación que la media de consumo en euros será de 600 a 700 euros por persona antes del día 6 de enero. Yo no sé de donde sacan esas estadísticas, pero está claro que si se refieren a compras voluntarias, que conmigo no cuenten.
Es cierto que yo me he gastado en el mes de diciembre probablemente el doble de lo que salen en esas estadísticas, pero no ha sido de forma voluntaria. Si bien he realizado un viaje a Málaga, donde me he gastado unos 400 euros entre alojamiento y turismos varios, el resto no ha sido por placer. La revisión del coche ha sido la que la mejor parte de la tajada se ha llevado, unos 700 euros en reparaciones y cambios de elementos del coche que ni siquiera sé para qué sirven o si existían antes de dicha revisión. Pero está claro que la seguridad ante todo, y prefiero tener el coche como nuevo a que me deje tirado en cualquier cuneta.
Otros gastos imprevistos son los que se van a llevar algunos ayuntamientos. Lo malo de viajar es que muchas veces no conoces las normas de ciertos lugares, lo cual sirve para que se aprovechen de ti la policía y demás personajes de la autoridad y te puedan sacar el dinero por las multas. Para los que no lo sabían, que esto les sirva de referencia. Hay ciudades de España en las que se puede aparcar a según qué lado de la acera por quincenas. Y si da la casualidad de que aparcas en cambio de quincena ten cuidado de que al día siguiente cambies el vehículo de acera. Porque de lo contrario puedes llegar a buscar tu coche y que resulte que se lo ha llevado la grúa porque estaba mal aparcado. Como me pasó a mí ayer por la noche. La broma no ha acabado porque de momento solo he pagado unos 80 euros para poder retirar el coche del depósito. Ahora falta que me llegue la multa y si tengo suerte que me hagan un descuento, aunque no estemos de rebajas. Y de los puntos prefiero no hablar por si soy gafe.
Todo esto no viene mucho a cuento, pero es para que os deis cuenta de que una persona que gana menos de 1000 euros al mes, no puede permitirse gastarse lo que indican los medios de comunicación, a no ser que además se saque un sueldo en negro, o que se haya ganado la lotería.
Por un lado dicen lo de las comidas navideñas, cosa de la que ya he hablado la semana pasada. Dinero bien invertido en los michelines y en las cartucheras. Pero por si eso no fuera poco, tienes que comprarle los regalos a todas aquellas personas que se supone que aprecias y a las que si no les regalas nada se van a ofender.
Por la cuenta que me toca, yo ya he advertido que con la multa y el gasto de la grúa ya hay por lo menos dos personas que se han quedado sin regalo, y no voy a ser yo. El que avisa no es traidor. Pero yo no pienso gastarme toda la paga del mes por quedar bien con gente a la que le tengo que regalar cosas por imposición de la televisión y de los medios de comunicación.
Porque hemos de ser sinceros. Cuando eres un niño, lo único que te gusta de la navidad son los regalos. Es cierto que los belenes son curiosos, e incluso algunas veces divertidos, las luces de las calles son muy bonitas, pero también las tenemos en carnavales y en hogueras, o en otras festividades locales, y el frío no es algo muy emocionante a no ser que te guste. Los niños solo quieren los regalos. Pasan de tener que ver a los primos mayores que les torturan, de tener que aguantar a los tíos con aliento pestilente y que no saben como te llamas, y también de ir a comilonas en las que les toca comer cosas que odian y donde no les dejan ver los dibujos animados ni los programas que ponen en las fiestas de Nochebuena y Nochevieja.
Pero los regalos no son siempre lo que uno espera. La ilusión del día de antes se puede tornar en fraude al día siguiente. Los chavales se dan cuenta de que a pesar de que han sido “buenos” todo el año, los Reyes no les han traído la nueva consola que acaba de salir, o la casa-mansión de la nueva Barbie con todos sus complementos. O que se han equivocado y te han traído el CD que ya tenias y el que querías no. Al final no siempre aciertan con los regalos y poco a poco vas perdiendo la ilusión.
Cuando eres mayor ya no son juguetes lo que quieres ni videoconsolas sino perfumes caros y joyas. Pero aun así es difícil que consigan sorprenderte para bien, regalándole lo que deseas. La mayoría de las veces te regalan colonias de las que usan los abuelos, o baratijas que no sirven para nada. Pero las cosas útiles y que te puedan interesar no suelen venir ahí. Por lo general se trata de salir del paso, y la gente hace regalos por obligación.
Cuando somos adultos también nos dejamos llevar por el afán consumista de los regalos. Y la mayoría de la gente no lo hace porque le apetezca hacer regalos, sino porque como toda acción lleva su reacción, cuando haces algo al universo él te lo devuelve, por lo tanto el que regala será regalado. De ahí que muchas personas se preocupen mucho de lo que les van a ofrecer a los demás, del valor que entregan, porque así se aseguran que lo que van a recibir será caro y les gustará. Poca gente es realmente altruista y se deja llevar por el “espíritu navideño” como debería de ser.
Un ejercicio que nos ponían en la carrera era analizar el tipo de productos que se publicitan en la televisión y demás medios de comunicación durante las navidades. Son todo juguetes, perfumes, juegos de mesa y comida. Lo cual nos deja muy claro lo que busca la gente en estos días.
Este ejercicio nos permite ver también las modas que hay. Porque por mucho que digamos que no, al final nos obligan a seguirlas. Bueno, según mi amigo C. solo los imbéciles siguen las modas. Pero lo cierto es que la publicidad consigue que si no la seguimos, al menos que nos sintamos incómodos por no hacerlo. Socialmente queda muy mal no ir como los demás o desmarcarse por la forma de vestir. Los accesorios que llevamos han de ir en acorde con lo que se tiene que llevar esa temporada, de lo contrario nos marginarán. Lo curioso de la sociedad actual, es que hagas lo que hagas no puedes escapar de la moda, ya que incluso ir en contra de ella es algo que se lleva. Hay corrientes sociales que están a la última por ser rebeldes e intentar escaparse de lo que la sociedad exige.
Que ha salido una nueva consola, hay que tenerla porque sino cuando invites a tus amigos a cenar o a ver tu piso nuevo y no la vean puesta en la mesita delante de la tele, vas a quedar mal. Aunque no tengas ni puñetera idea de cómo va o que no tengas tiempo de utilizarla, pero es un símbolo de estatus. Si no llevas los nuevos vaqueros de la Bechkham, aunque sean iguales que los que hay en el mercadillo, no eres persona. No tienes ni siquiera derecho a votar. Y si encima vienen tus amigos a tu casa y no está puesto el árbol, ni les ofreces polvorones, turrones o demás productos azucarados, es que eres un raro. A fin de cuentas has de seguir la moda, porque lo quieras o no es tu deber. Tienes que comprar el perfume nuevo que ha salido, aunque huela a rayos, porque es nuevo. Lo mismo pasa con los móviles. Ya no se trata de un instrumento de comunicación verbal, sino de comunicación no verbal, porque el móvil que lleves dirá más de ti de lo que tu puedas hablar a través de él. La mayoría de elementos o de complementos que tengamos no los llevamos por su utilidad real, sino por lo que representan. Son símbolos más que herramientas.
Al final la mayoría de la gente no usa lo que quiere sino lo que le obligan a ponerse, ya no somos dueños de lo que vestimos sino simplemente una copia de los demás. Y si es cierto que a veces lo que llevemos esté de moda, pero no debemos de usarlo porque nos digan que lo hagamos, sino porque queremos realmente hacerlo. Eso sin importarnos si está de moda o no.
La navidad es lo que tiene, hay que adornarlo todo, hinchar el recibo de la luz y sobretodo gastarse el dinero en gente que no te lo va a devolver. Ya no se trata de hacer las cosas por recibir algo a cambio, sino simplemente de que no se lo merecen. Y lo peor de todo es que lo tengas que hacer por obligación y no porque realmente lo quieras hacer. Yo no necesito que me digan que es navidad para hacerle regalos a las personas que aprecio. El defecto de la sociedad global es que te obligan a que hagas las cosas en días determinados, obviando tu posibilidad a decidir cuándo quieres hacer las cosas y cómo las quieres hacer.
El otro día decían en las noticias que la media de los españoles nos vamos a gastar alrededor de unos 600 euros en estas fechas. Bueno, los datos son los datos, pero a mí no me convencen. Si bien, es cierto que evitar hacer compras en esa época del año es algo casi imposible. Entre la publicidad y las noticias, nos recuerdan que hay que gastar dinero. Aunque no lo tengamos. En estas fechas religiosas se nos olvida un pecado capital que es la gula.
Bueno, esto de los pecados capitales es algo que me hace mucha gracia y que me genera interés. No porque me vaya el rollo bíblico, sino porque como bases éticas, la mayoría de los pecados capitales (mejor dicho los 7) son unos fundamentos que deberíamos tener en cuenta ya fuera de las consideraciones religiosas.
Con el que me quiero meter hoy es con el de la gula. Pero ya no como consumo masivo de alimentos, sino como consumo masivo a secas.
En una sociedad de consumo como la nuestra, es cada día más difícil conseguir llegar a final de mes sin marcarse en rojo en las cuentas corrientes. Si bien estas fechas son las más consumistas, los mensajes de solidaridad no nos dejan en paz. ¿Podemos realmente soportar económicamente tanto gasto? ¿Cómo es posible que por un lado nos “obliguen” a comprar y por otro a ser generosos? ¿Dónde se ha quedado la buena voluntad de la gente? ¿Acaso es que ya nade recuerda que la gula no es sólo referente a la comida? ¿Es la moda algo tan ineludible como parece o podemos vivir sin ella?
Lo cierto es que dicen los medios de comunicación que la media de consumo en euros será de 600 a 700 euros por persona antes del día 6 de enero. Yo no sé de donde sacan esas estadísticas, pero está claro que si se refieren a compras voluntarias, que conmigo no cuenten.
Es cierto que yo me he gastado en el mes de diciembre probablemente el doble de lo que salen en esas estadísticas, pero no ha sido de forma voluntaria. Si bien he realizado un viaje a Málaga, donde me he gastado unos 400 euros entre alojamiento y turismos varios, el resto no ha sido por placer. La revisión del coche ha sido la que la mejor parte de la tajada se ha llevado, unos 700 euros en reparaciones y cambios de elementos del coche que ni siquiera sé para qué sirven o si existían antes de dicha revisión. Pero está claro que la seguridad ante todo, y prefiero tener el coche como nuevo a que me deje tirado en cualquier cuneta.
Otros gastos imprevistos son los que se van a llevar algunos ayuntamientos. Lo malo de viajar es que muchas veces no conoces las normas de ciertos lugares, lo cual sirve para que se aprovechen de ti la policía y demás personajes de la autoridad y te puedan sacar el dinero por las multas. Para los que no lo sabían, que esto les sirva de referencia. Hay ciudades de España en las que se puede aparcar a según qué lado de la acera por quincenas. Y si da la casualidad de que aparcas en cambio de quincena ten cuidado de que al día siguiente cambies el vehículo de acera. Porque de lo contrario puedes llegar a buscar tu coche y que resulte que se lo ha llevado la grúa porque estaba mal aparcado. Como me pasó a mí ayer por la noche. La broma no ha acabado porque de momento solo he pagado unos 80 euros para poder retirar el coche del depósito. Ahora falta que me llegue la multa y si tengo suerte que me hagan un descuento, aunque no estemos de rebajas. Y de los puntos prefiero no hablar por si soy gafe.
Todo esto no viene mucho a cuento, pero es para que os deis cuenta de que una persona que gana menos de 1000 euros al mes, no puede permitirse gastarse lo que indican los medios de comunicación, a no ser que además se saque un sueldo en negro, o que se haya ganado la lotería.
Por un lado dicen lo de las comidas navideñas, cosa de la que ya he hablado la semana pasada. Dinero bien invertido en los michelines y en las cartucheras. Pero por si eso no fuera poco, tienes que comprarle los regalos a todas aquellas personas que se supone que aprecias y a las que si no les regalas nada se van a ofender.
Por la cuenta que me toca, yo ya he advertido que con la multa y el gasto de la grúa ya hay por lo menos dos personas que se han quedado sin regalo, y no voy a ser yo. El que avisa no es traidor. Pero yo no pienso gastarme toda la paga del mes por quedar bien con gente a la que le tengo que regalar cosas por imposición de la televisión y de los medios de comunicación.
Porque hemos de ser sinceros. Cuando eres un niño, lo único que te gusta de la navidad son los regalos. Es cierto que los belenes son curiosos, e incluso algunas veces divertidos, las luces de las calles son muy bonitas, pero también las tenemos en carnavales y en hogueras, o en otras festividades locales, y el frío no es algo muy emocionante a no ser que te guste. Los niños solo quieren los regalos. Pasan de tener que ver a los primos mayores que les torturan, de tener que aguantar a los tíos con aliento pestilente y que no saben como te llamas, y también de ir a comilonas en las que les toca comer cosas que odian y donde no les dejan ver los dibujos animados ni los programas que ponen en las fiestas de Nochebuena y Nochevieja.
Pero los regalos no son siempre lo que uno espera. La ilusión del día de antes se puede tornar en fraude al día siguiente. Los chavales se dan cuenta de que a pesar de que han sido “buenos” todo el año, los Reyes no les han traído la nueva consola que acaba de salir, o la casa-mansión de la nueva Barbie con todos sus complementos. O que se han equivocado y te han traído el CD que ya tenias y el que querías no. Al final no siempre aciertan con los regalos y poco a poco vas perdiendo la ilusión.
Cuando eres mayor ya no son juguetes lo que quieres ni videoconsolas sino perfumes caros y joyas. Pero aun así es difícil que consigan sorprenderte para bien, regalándole lo que deseas. La mayoría de las veces te regalan colonias de las que usan los abuelos, o baratijas que no sirven para nada. Pero las cosas útiles y que te puedan interesar no suelen venir ahí. Por lo general se trata de salir del paso, y la gente hace regalos por obligación.
Cuando somos adultos también nos dejamos llevar por el afán consumista de los regalos. Y la mayoría de la gente no lo hace porque le apetezca hacer regalos, sino porque como toda acción lleva su reacción, cuando haces algo al universo él te lo devuelve, por lo tanto el que regala será regalado. De ahí que muchas personas se preocupen mucho de lo que les van a ofrecer a los demás, del valor que entregan, porque así se aseguran que lo que van a recibir será caro y les gustará. Poca gente es realmente altruista y se deja llevar por el “espíritu navideño” como debería de ser.
Un ejercicio que nos ponían en la carrera era analizar el tipo de productos que se publicitan en la televisión y demás medios de comunicación durante las navidades. Son todo juguetes, perfumes, juegos de mesa y comida. Lo cual nos deja muy claro lo que busca la gente en estos días.
Este ejercicio nos permite ver también las modas que hay. Porque por mucho que digamos que no, al final nos obligan a seguirlas. Bueno, según mi amigo C. solo los imbéciles siguen las modas. Pero lo cierto es que la publicidad consigue que si no la seguimos, al menos que nos sintamos incómodos por no hacerlo. Socialmente queda muy mal no ir como los demás o desmarcarse por la forma de vestir. Los accesorios que llevamos han de ir en acorde con lo que se tiene que llevar esa temporada, de lo contrario nos marginarán. Lo curioso de la sociedad actual, es que hagas lo que hagas no puedes escapar de la moda, ya que incluso ir en contra de ella es algo que se lleva. Hay corrientes sociales que están a la última por ser rebeldes e intentar escaparse de lo que la sociedad exige.
Que ha salido una nueva consola, hay que tenerla porque sino cuando invites a tus amigos a cenar o a ver tu piso nuevo y no la vean puesta en la mesita delante de la tele, vas a quedar mal. Aunque no tengas ni puñetera idea de cómo va o que no tengas tiempo de utilizarla, pero es un símbolo de estatus. Si no llevas los nuevos vaqueros de la Bechkham, aunque sean iguales que los que hay en el mercadillo, no eres persona. No tienes ni siquiera derecho a votar. Y si encima vienen tus amigos a tu casa y no está puesto el árbol, ni les ofreces polvorones, turrones o demás productos azucarados, es que eres un raro. A fin de cuentas has de seguir la moda, porque lo quieras o no es tu deber. Tienes que comprar el perfume nuevo que ha salido, aunque huela a rayos, porque es nuevo. Lo mismo pasa con los móviles. Ya no se trata de un instrumento de comunicación verbal, sino de comunicación no verbal, porque el móvil que lleves dirá más de ti de lo que tu puedas hablar a través de él. La mayoría de elementos o de complementos que tengamos no los llevamos por su utilidad real, sino por lo que representan. Son símbolos más que herramientas.
Al final la mayoría de la gente no usa lo que quiere sino lo que le obligan a ponerse, ya no somos dueños de lo que vestimos sino simplemente una copia de los demás. Y si es cierto que a veces lo que llevemos esté de moda, pero no debemos de usarlo porque nos digan que lo hagamos, sino porque queremos realmente hacerlo. Eso sin importarnos si está de moda o no.
La navidad es lo que tiene, hay que adornarlo todo, hinchar el recibo de la luz y sobretodo gastarse el dinero en gente que no te lo va a devolver. Ya no se trata de hacer las cosas por recibir algo a cambio, sino simplemente de que no se lo merecen. Y lo peor de todo es que lo tengas que hacer por obligación y no porque realmente lo quieras hacer. Yo no necesito que me digan que es navidad para hacerle regalos a las personas que aprecio. El defecto de la sociedad global es que te obligan a que hagas las cosas en días determinados, obviando tu posibilidad a decidir cuándo quieres hacer las cosas y cómo las quieres hacer.
La Última Cena
Sé que no son épocas en las que se pueda evitar hablar de algunos temas como las cenas de empresa, las comilonas en casa de la familia y los kilos de más. Si bien para ciertos animales como los pavos, los corderos y la mayoría de animales comestibles marinos como las gambas o las langostas no es una época muy esperada, para otros sectores es todo lo contrario. Únicamente esperan a que lleguen las navidades para hacer su agosto. Soy perfectamente consciente de que no es nada original hacer un artículo sobre este tema, pero a decir verdad no estaba muy inspirado. Y tampoco podía pensar en otra cosa sin ser distraído por tanta publicidad y tantas luces por la calle.
En un mundo en el que continentes enteros se están muriendo de hambre, en el que el agua potable es un bien más preciado que el oro o en el que la miseria es el pan de cada día de la gente, ¿es realmente ético dejarse llevar por la lujuria navideña? ¿Por qué debemos fingir cosas que no somos, o sentimientos que no tenemos en estas fechas? ¿Podemos escapar a tanto consumismo inútil?
Personalmente no son unos días del año que me hagan mucha gracia. En realidad es más bien todo lo contrario, por mucho que le duela a mis padres, pero es la verdad: no me gusta la Navidad. Y lo divertido del asunto es que no soy el único al que le pasa esto. El otro día lo estaba comentando con unos compañeros del trabajo que piensan, como yo, que la Navidad sólo es bonita para los niños. Pero cuando pierdes la inocencia y te das cuenta de lo que es la vida, pasas de ese tipo de fiestas.
Mis padres, muy católicos ellos, siempre me dicen que son fechas para estar en familia, para olvidar los rencores y para perdonar y ser feliz. Hasta ahí todo bien. Lo chungo del asunto es que el día 7 de enero se les han olvidado esas promesas de bondad y siguen con las rivalidades de costumbre. Eso si llegan. La verdad es que resulta curioso que digan esas cosas cuando las mayores broncas que hemos tenido han sido casi siempre durante la cena de Navidad. Y suelen ser peores que las del resto del año porque hay testigos. Y esos testigos no son cualquiera sino la propia familia.
Lo curioso del asunto es que son momentos del año en el que deberíamos ser más comprensivos los unos con los otros y tratar de ser mejores personas, pero está claro que el exceso de comida y el abuso del alcohol que corre en abundancia con tanto brindar, no son buenos consejeros y suelen sacar lo peor de nosotros mismos. Al final por mucho que queramos fingir, nuestros rencores y demás demonios interiores salen a la luz, y lo hacen en el peor momento del año.
Además está todo el tema de la hipocresía que conllevan esas fiestas. Tienes que verte con miembros de la familia que no soportas y que intentarías envenenar si te pillasen en cualquier otra época del año. Tienes que soportar a personas con las que no te llevas bien simplemente por el hecho de que son de la familia. Y si por si con eso no fuera poco, además tienes que tragarles las bromas porque encima estamos en Navidad. Es decir, que en cualquier otra época del año tienes derecho a ponerles verdes, pero en esos momentos tienes que ser bondadoso y tragar. Lo curioso es que ellos no tienen por qué ser compasivos ni buenas personas, sino que por el contrario parece que mientras más difícil te lo pongan mejor.
Pero las cenas familiares no son las únicas en las que nos obligan a hacer cosas que no queremos. Las cenas de empresa también suelen ser la ocasión de hacer el ridículo.
En mi caso he tenido más suerte de la que os podéis imaginar. La empresa en la que trabajo a anulado la cena de navidad este año. Justo el que entro yo a trabajar y van y la quitan. ¡Que lástima! Porque según me han contado solía estar muy bien, ya que al menos tenías el hotel y la cena gratis para dos personas en Valencia. Hasta ahí todo bien. Y en mi caso hubiese sido divertido ya que me habría permitido conocer a mis compañeros de Valencia con los que hablo por teléfono todos los días pero que no sé como son. Pero al final, por una razón misteriosa y desconocida, los altos cargos han anulado dicha cena. La cuestión es que nos lo veníamos oliendo desde hacía tiempo, ya que pasaban los días y las semanas y no había fechas barajadas para la comilona. Al final, a principios de diciembre, y ya sin noticias de ellos, nos temíamos que no habría comida de empresa. Y se cumplió nuestro presagio, ya que al final, sin razón aparente o al menos comunicada, nos dijeron que este año no iríamos a Valencia.
La verdad es que a mí no me hacía mucha ilusión, más que nada porque me habían dicho que la tradición era que los nuevos hiciesen un discurso de presentación, porque la invitación era para dos, y yo iba a ir sólo, y más que nada porque si iba era un fin de semana que no podría ver a C. y eso sí que tiene delito.
Las cenas de empresa se suelen hacer para crear un ambiente extra laboral amable entre los empleados. Mucha gente no conoce a sus compañeros de trabajo más allá del curro. No sabe como son fuera de él. Y eso cuando pasamos con ellos la mayor parte del día, más tiempo que con nuestra familia o que con nuestra pareja. Por eso muchas entidades preocupadas por su ambiente corporativo se esfuerzan en crear actividades extra-laborales para los empleados. De esa forma crean un buen ambiente laboral y generan mayores ganas de trabajar en los empleados. Pero cuando la mayoría de trabajadores ven las cenas de empresa como un compromiso del que querrían librarse por cualquier medio, la cosa se torna a malas y se crea mal ambiente. La gente va obligada a dicha cena, y en lugar de pasarlo bien, lo único que hace es desear que se acabe. De ahí que algunos directivos decidan poner un final a esa tradición y pasar por completo de hacerles la putada a los trabajadores. Eso es lo que creo que ha pasado en nuestra empresa.
Lo que pasa es que la gente no sabe aprovechar esas situaciones a su favor. En la mayoría de cenas, al igual que en las de la familia, el alcohol corre a chorros. Es el momento en el que los jefes se ponen pedo y son más divertidos que en la oficina. Eso suele venir bien cuando son ellos los que beben. Pero si no es el caso mal asunto, porque el que hace el ridículo delante de los superiores es el empleado.
Sin embargo, siempre es la ocasión de aprovechar para conocer los puntos débiles de los compañeros o para verlos en situaciones graciosas. Es lo mismo que pasa en las bodas. Seguro que todos habéis visto alguna en la que los padres de los novios terminan liándola, o en la que la novia acaba borracha perdida, o bien en la que acaba la mitad de los invitados en la piscina. Vamos que si sabes aprovechar la ocasión, puede ser muy divertida. Siempre y cuando no seas el que monta el pollo.
Lo chungo realmente de las cenas de navidad es la cantidad de comida que se ingiere. Los gimnasios hacen su agosto en enero, cuando toda la gente va preocupada por las comilonas que se han pegado y que quieren hacer desaparecer de sus cartucheras o michelines. A los centros de adelgazamiento les pasa lo mismo y los vales por liposucciones vuelan. Y todo eso por comer como si se acabase el mundo.
Los médicos especializados en ello nos aseguran que la cena debe de ser la comida más ligera del día. Pero en estas fechas es más bien todo lo contrario. En estos días del año mucha gente deja de comer al medio día para poder tener hambre por la noche y pegarse el atracón en casa de la familia. Las celebraciones se hacen entre pechugas de pavo y piernas de cordero. Parece que a más festividad y alegría más gula hay que tener.
Y tratándose de gula, no solo hablamos de comida, sino de consumismo masivo. Por eso son fechas que les gustan a los niños. Es ahora cuando reciben regalos por cualquier buena acción, o no, que hayan hecho. Los niños disfrutan de las fiestas porque esperan con ilusión a ver qué les traen los Reyes Magos o Papá Noel o el Niño Jesús o el que sea. Pero los adultos no tenemos esa esperanza sino que por el contrario tenemos la faena de comprar dichos regalos. Es el momento del año en el que nos obligan a consumir, porque si no regalas nada eres mala persona, y los comercios se aprovechan para encarecerlo todo. Si bien el día 7 de enero empiezan las rebajas y todo cuesta la mitad que dos días antes, pero de eso no se acuerda nadie. Tú tienes que hacer los regalos el día 24 o el día 6, pero si tardas y los compras más baratos no eres una persona lista, sino malvada, perversa y egoísta. De todos modos no me quiero meter mucho con los regalos, puesto que ya vendrá el momento de hacerlo con más ganas.
Las Navidades son el momento del año en el que deberíamos ser más nosotros mismos, pero por el contrario conseguimos alienarnos por completo, sumergidos entre el consumismo y la abundancia de alimentos. Nos olvidamos que la mayoría de los seres humanos no pueden acceder a aquellos lujos a los nosotros nos damos sin reparo. No recordamos que la esencia misma de la Navidad es el agradecimiento a lo que tenemos y el compartir con aquellos que no lo tienen. No es necesario ir buscando gente pobre y regalarles cenas ni joyas ni bienes materiales, simplemente habría que pensar un poco más en los demás y lo que nos sobre compartirlo. Algunas veces, pensar en el futuro puede ser una buena cosa, pensar en que dentro de 2 semanas todo lo que compremos será más barato y podremos ahorrar, que no es necesario hincharse como un cerdo para celebrar nada, y que deberíamos acordarnos de ser buenas personas todo el año y no únicamente en Navidad.
En un mundo en el que continentes enteros se están muriendo de hambre, en el que el agua potable es un bien más preciado que el oro o en el que la miseria es el pan de cada día de la gente, ¿es realmente ético dejarse llevar por la lujuria navideña? ¿Por qué debemos fingir cosas que no somos, o sentimientos que no tenemos en estas fechas? ¿Podemos escapar a tanto consumismo inútil?
Personalmente no son unos días del año que me hagan mucha gracia. En realidad es más bien todo lo contrario, por mucho que le duela a mis padres, pero es la verdad: no me gusta la Navidad. Y lo divertido del asunto es que no soy el único al que le pasa esto. El otro día lo estaba comentando con unos compañeros del trabajo que piensan, como yo, que la Navidad sólo es bonita para los niños. Pero cuando pierdes la inocencia y te das cuenta de lo que es la vida, pasas de ese tipo de fiestas.
Mis padres, muy católicos ellos, siempre me dicen que son fechas para estar en familia, para olvidar los rencores y para perdonar y ser feliz. Hasta ahí todo bien. Lo chungo del asunto es que el día 7 de enero se les han olvidado esas promesas de bondad y siguen con las rivalidades de costumbre. Eso si llegan. La verdad es que resulta curioso que digan esas cosas cuando las mayores broncas que hemos tenido han sido casi siempre durante la cena de Navidad. Y suelen ser peores que las del resto del año porque hay testigos. Y esos testigos no son cualquiera sino la propia familia.
Lo curioso del asunto es que son momentos del año en el que deberíamos ser más comprensivos los unos con los otros y tratar de ser mejores personas, pero está claro que el exceso de comida y el abuso del alcohol que corre en abundancia con tanto brindar, no son buenos consejeros y suelen sacar lo peor de nosotros mismos. Al final por mucho que queramos fingir, nuestros rencores y demás demonios interiores salen a la luz, y lo hacen en el peor momento del año.
Además está todo el tema de la hipocresía que conllevan esas fiestas. Tienes que verte con miembros de la familia que no soportas y que intentarías envenenar si te pillasen en cualquier otra época del año. Tienes que soportar a personas con las que no te llevas bien simplemente por el hecho de que son de la familia. Y si por si con eso no fuera poco, además tienes que tragarles las bromas porque encima estamos en Navidad. Es decir, que en cualquier otra época del año tienes derecho a ponerles verdes, pero en esos momentos tienes que ser bondadoso y tragar. Lo curioso es que ellos no tienen por qué ser compasivos ni buenas personas, sino que por el contrario parece que mientras más difícil te lo pongan mejor.
Pero las cenas familiares no son las únicas en las que nos obligan a hacer cosas que no queremos. Las cenas de empresa también suelen ser la ocasión de hacer el ridículo.
En mi caso he tenido más suerte de la que os podéis imaginar. La empresa en la que trabajo a anulado la cena de navidad este año. Justo el que entro yo a trabajar y van y la quitan. ¡Que lástima! Porque según me han contado solía estar muy bien, ya que al menos tenías el hotel y la cena gratis para dos personas en Valencia. Hasta ahí todo bien. Y en mi caso hubiese sido divertido ya que me habría permitido conocer a mis compañeros de Valencia con los que hablo por teléfono todos los días pero que no sé como son. Pero al final, por una razón misteriosa y desconocida, los altos cargos han anulado dicha cena. La cuestión es que nos lo veníamos oliendo desde hacía tiempo, ya que pasaban los días y las semanas y no había fechas barajadas para la comilona. Al final, a principios de diciembre, y ya sin noticias de ellos, nos temíamos que no habría comida de empresa. Y se cumplió nuestro presagio, ya que al final, sin razón aparente o al menos comunicada, nos dijeron que este año no iríamos a Valencia.
La verdad es que a mí no me hacía mucha ilusión, más que nada porque me habían dicho que la tradición era que los nuevos hiciesen un discurso de presentación, porque la invitación era para dos, y yo iba a ir sólo, y más que nada porque si iba era un fin de semana que no podría ver a C. y eso sí que tiene delito.
Las cenas de empresa se suelen hacer para crear un ambiente extra laboral amable entre los empleados. Mucha gente no conoce a sus compañeros de trabajo más allá del curro. No sabe como son fuera de él. Y eso cuando pasamos con ellos la mayor parte del día, más tiempo que con nuestra familia o que con nuestra pareja. Por eso muchas entidades preocupadas por su ambiente corporativo se esfuerzan en crear actividades extra-laborales para los empleados. De esa forma crean un buen ambiente laboral y generan mayores ganas de trabajar en los empleados. Pero cuando la mayoría de trabajadores ven las cenas de empresa como un compromiso del que querrían librarse por cualquier medio, la cosa se torna a malas y se crea mal ambiente. La gente va obligada a dicha cena, y en lugar de pasarlo bien, lo único que hace es desear que se acabe. De ahí que algunos directivos decidan poner un final a esa tradición y pasar por completo de hacerles la putada a los trabajadores. Eso es lo que creo que ha pasado en nuestra empresa.
Lo que pasa es que la gente no sabe aprovechar esas situaciones a su favor. En la mayoría de cenas, al igual que en las de la familia, el alcohol corre a chorros. Es el momento en el que los jefes se ponen pedo y son más divertidos que en la oficina. Eso suele venir bien cuando son ellos los que beben. Pero si no es el caso mal asunto, porque el que hace el ridículo delante de los superiores es el empleado.
Sin embargo, siempre es la ocasión de aprovechar para conocer los puntos débiles de los compañeros o para verlos en situaciones graciosas. Es lo mismo que pasa en las bodas. Seguro que todos habéis visto alguna en la que los padres de los novios terminan liándola, o en la que la novia acaba borracha perdida, o bien en la que acaba la mitad de los invitados en la piscina. Vamos que si sabes aprovechar la ocasión, puede ser muy divertida. Siempre y cuando no seas el que monta el pollo.
Lo chungo realmente de las cenas de navidad es la cantidad de comida que se ingiere. Los gimnasios hacen su agosto en enero, cuando toda la gente va preocupada por las comilonas que se han pegado y que quieren hacer desaparecer de sus cartucheras o michelines. A los centros de adelgazamiento les pasa lo mismo y los vales por liposucciones vuelan. Y todo eso por comer como si se acabase el mundo.
Los médicos especializados en ello nos aseguran que la cena debe de ser la comida más ligera del día. Pero en estas fechas es más bien todo lo contrario. En estos días del año mucha gente deja de comer al medio día para poder tener hambre por la noche y pegarse el atracón en casa de la familia. Las celebraciones se hacen entre pechugas de pavo y piernas de cordero. Parece que a más festividad y alegría más gula hay que tener.
Y tratándose de gula, no solo hablamos de comida, sino de consumismo masivo. Por eso son fechas que les gustan a los niños. Es ahora cuando reciben regalos por cualquier buena acción, o no, que hayan hecho. Los niños disfrutan de las fiestas porque esperan con ilusión a ver qué les traen los Reyes Magos o Papá Noel o el Niño Jesús o el que sea. Pero los adultos no tenemos esa esperanza sino que por el contrario tenemos la faena de comprar dichos regalos. Es el momento del año en el que nos obligan a consumir, porque si no regalas nada eres mala persona, y los comercios se aprovechan para encarecerlo todo. Si bien el día 7 de enero empiezan las rebajas y todo cuesta la mitad que dos días antes, pero de eso no se acuerda nadie. Tú tienes que hacer los regalos el día 24 o el día 6, pero si tardas y los compras más baratos no eres una persona lista, sino malvada, perversa y egoísta. De todos modos no me quiero meter mucho con los regalos, puesto que ya vendrá el momento de hacerlo con más ganas.
Las Navidades son el momento del año en el que deberíamos ser más nosotros mismos, pero por el contrario conseguimos alienarnos por completo, sumergidos entre el consumismo y la abundancia de alimentos. Nos olvidamos que la mayoría de los seres humanos no pueden acceder a aquellos lujos a los nosotros nos damos sin reparo. No recordamos que la esencia misma de la Navidad es el agradecimiento a lo que tenemos y el compartir con aquellos que no lo tienen. No es necesario ir buscando gente pobre y regalarles cenas ni joyas ni bienes materiales, simplemente habría que pensar un poco más en los demás y lo que nos sobre compartirlo. Algunas veces, pensar en el futuro puede ser una buena cosa, pensar en que dentro de 2 semanas todo lo que compremos será más barato y podremos ahorrar, que no es necesario hincharse como un cerdo para celebrar nada, y que deberíamos acordarnos de ser buenas personas todo el año y no únicamente en Navidad.





