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Khayman en la Ciudad
Comentarios sobre la vida
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Se trata de una columna en la que me gusta publicar mis impresiones acerca de la vida, el sexo, en fin, muchas cosas, ..."Disfrutenla"
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En Todos Lados Cuecen Habas (Parte 2)
Da la casualidad de que el día que yo me fui era fin de mes, y además el primer día del mes siguiente fue festivo, por lo que tuve en medio un día de limbo.
La verdad es que poco me imaginaba yo que ese periodo de paz espiritual en el que todas las canciones de la radio suenan alegres y en el que el sol brilla, esté lloviendo o no, iba a ser tan breve.
En efecto los primeros días uno está bajo una especie de efectos psicotrópicos que hacen que no nos demos cuenta de las cosas que nos rodean, que no le prestemos atención a las señales de peligro y que nos dé todo igual.
En mi caso el hecho de poder salir a una hora fija, era como una especie de Cielo ganado. Y nada más que por el simple hecho de tener un horario fijo, y poder hacer planes el fin de semana, ya era feliz. Lo cual no hace que la cosa sea menos difícil, porque si bien es algo merecido, no me esperaba a lo que vendría después.
Ahora que miro hacia atrás me doy cuenta de la cantidad de señales que presagiaban algo nefasto, y que sin embargo fui demasiado ciego para ver y que hoy en día puedo volver a valorar como debería haberlo hecho en su momento. Lo primero fue la llegada. Era un día en el que la mayoría de empresas hizo puente, y aquí no se hizo. Aun así la mitad de la plantilla no vino a trabajar. Pero claro al ser yo uno de los que sí vino, pues no me pareció extraño.
Lo primero que ves cuando llegas a un sitio puede dejarte una buena o una mala impresión de por vida, sin embargo en mi caso, no fue así. Aunque debería de haber sido de esa manera. Llegué y por suerte uno de mis futuros compañeros me enseñó la fábrica, porque a la hora a la que llegó quien me había contratado, no se procedió a ningún tipo de protocolo de bienvenida. Lo cierto es que yo no esperaba nada del otro mundo, pero sí al menos que me presentasen a mis compañeros como lo habían hecho en donde yo estaba antes. Aquí no fue así. Apenas si se me indicó cual iba a ser mi puesto de trabajo. Que por otra parte parecía ser un lugar itinerante para otros empleados de la empresa. Cosa que pude comprobar después.
Otro de los elementos que debió de marcarme y que no lo hizo fue la presencia de un cenicero lleno de colillas en mi mesa, o en la que se supone que es la mesa en la que más tiempo he de pasar. Pero ese es un tema sobre el que volveré más tarde, por desgracia.
Mi primer día fue de desorientación como debe de ser, y un momento de adaptación al nuevo medio, en el cual me enseñarían como funciona la empresa. Aunque mis expectativas fueron otras muy superiores a lo que se refería la realidad. Me enseñaron cómo archivar los distintos documentos escritos y donde se guardaban las carpetas para archivar: en la sala de juntas. He de señalar que donde yo estaba, que no es una gran empresa, sino todo lo contrario, la sala de juntas era más conocida como el mausoleo, debido a la gran mesa de mármol sobre la que se discutían los temas de interés cuando venía alguna personalidad a la oficina (más que nada los directores de fuera). Aquí dicha sala es un cuartucho lleno de archivadores roñosos, de cables y de todo el material del que la empresa no prescinde pero del que ya no quiere hacer uso (¿pronto acabaré yo ahí?). Pude darme cuenta de la presencia de archivos de 1988, lo cual me asombró pero no llego a darme en la raíz.
La verdad es que la sala de juntas de las polillas y las ratas está muy en acorde con la calidad de los archivadores, los cuales, en su gran mayoría, piden a gritos ser jubilados y reciclados ya, al igual que la gran mayoría de papeles inútiles que residen ahí dentro. Pero pronto iba a descubrir que esa habitación no es la única que sirve de zona de almacenamiento de los informes.
Yo soy una persona bastante justa por lo que por una cutrez así no emití ningún juicio de valor. Ni siquiera teniendo en cuenta el estado de suciedad en el que me iba a desenvolver. Mi excusa fue la de trabajar en una fundición. Claro, al ver la cantidad de roña que había en el almacén, las cenizas y el polvo proveniente de los cortes en el metal, di por seguro que esa mierda no se iba a quedar quieta, sino que podría moverse y entrar en las oficinas. Pero eso no les disculpa de que las instalaciones parezcan las del castillo de Drácula.
Eso sí, me hice una nota mental en la que apunté que nadie llevaba máscaras y que todos respiraríamos ese aire mineralizado.
Otra curiosidad fue la función que yo iba a desempeñar. Desde el primer momento el “departamento de contabilidad” me echó la mano encima para hacer su trabajo sucio. Lo cual no me resultó incomodo ya que gracias a ello yo podía aprender cosas nuevas, ser útil y estar trabajando en algo en lugar de mirar al techo. He de hacer otra comparación odiosa con el lugar donde estaba antes. Cuando yo entré, aparte de que me presentaron a todos mis compañeros, mis colegas de tráfico me prohibieron terminantemente hacer un trabajo que no fuese el mío a no ser que fuera bajo órdenes de la dirección. Pero aquí no fue el caso, como ya me daría cuenta a continuación. Después de haber ordenado los apuntes, tuve que archivarlos en sus carpetas y esconderlas en el cuarto de las ratas. Y cuando llegó el director y le comenté que puesto que mi trabajo iba a ser de atención telefónica principalmente, debería de saber cómo iba el teléfono. El departamento de contabilidad se quejó alegando que aprender demasiadas cosas a la vez iba a liarme y que no podría con ello. ¿Pero quien se han creído que soy? Que yo tengo una licenciatura. Claro que esto no lo podían saber ya que en mi contrato pone que sólo tengo estudios primarios...
Después de pasar la mañana entre archivadores llenos de polvo y de basuras varias, me fui a mi casa al medio día a disfrutar de la tarde libre. Durante el fin de semana no le di más vueltas al asunto, aunque ya tenía material para ello.
El lunes siguiente ya me enseñaron el funcionamiento del teléfono. Que es un objeto al que le he cogido cierta manía. Para empezar no es que sea complicado su uso, ya que cuando crearon el aparato que tengo en la mesa, no debían de existir muchas opciones de llamada. Para empezar ni siquiera existe el reconocimiento de llamada, que muchas veces es útil ya que te evita perder el tiempo con llamadas que no son para ti, o simplemente el pedirle al cliente unas diez veces seguidas que te den el número del que llaman porque no les oyes bien. Porque el mayor defecto que tienen es que la acústica es una basura. Además puesto que la mayoría de clientes son del norte de España y tienen algunos nombres raros, hace casi imposible que una persona normal y de fuera les entienda. Lo cual me iba a traer algún que otro tirón de orejas en el futuro.
Durante esa semana ya me fui oliendo, nunca mejor dicho, lo que me esperaba, pero la idea de tener un horario fijo, casi como en una fábrica era más fuerte que las dudas que me surgían.
Hasta que me enfrenté a la dura realidad: el cenicero asqueroso que tenía en mí mesa. Los primeros días estuve evitándolo, como si el hecho de no mirarlo pudiese hacer que aquella realidad no existiese. Pero no es así. En esta empresa se puede fumar en la oficina. Sí amigos, la ley antitabaco no tiene curso en algunos lugares de España.
Esto no es algo nuevo, porque la mayoría de locales de marcha se pasan dicha ley por el arco del triunfo. O por donde más os guste. Está claro que muchas veces uno se pregunta si merece la pena ducharse y perfumarse antes de salir o si por el contrario no es mejor hacerlo al regresar a casa que es cuando más uso le vas a dar. Pero de ahí a que se pueda hacer en el lugar de trabajo, siempre y cuando no trabajes de camarero o de DJ en un pub o en una discoteca, es algo que no se me habría pasado jamás por la mente. Un ser ingenuo como yo piensa que una ley que prohíbe terminantemente algo está para que la respeten y ninguna empresa se atrevería a ir en contra. Es como si en una empresa de transportes los conductores fuesen bebidos. Claro que esto es algo que he podido ver con mis propios ojos por lo que no debería de haberme sorprendido.
Así pues poco a poco me fui dando cuenta de que no solo la alta dirección fuma en su despacho, cosa que por otra parte también está prohibida, sino que los ceniceros que andan repartidos por las mesas son para cuando está fuera del despacho, de tal manera que las cenizas no caigan al suelo (tampoco es que se fuesen a notar mucho).
Después de dos semanas expuesto a los malos humos de 3 compañeros únicamente, que además son los intocables ya que se trata del dueño, su mujer y su hija, mi paraíso terrenal empezó a disiparse como lo hace el humo del cigarrillo a cielo abierto.
Los dolores de cabeza y el malestar fueron los primeros en llegar, seguidos de la voz ronca y del mal rollo que me genera el olor a tabaco en la ropa y pronto incluso en mi propio coche. Porque una cosa es salir una noche de marcha, que tú decides si te expones al tabaco o no, y que al cabo de un par de horas puedes eliminar de tu vida. Pero otra cosa muy distinta es que tengas, por obligación, que estar 8 horas al día durante 5 días a la semana metido en ese ambiente. Que no seas fumador y que todas tus prendas huelan a humo, y que no dejes que nadie fume en tu coche, para que no apeste y sin embargo entres por la mañana en él y ya tengas ese olorcillo, eso ya colmó el vaso y me hizo estrellarme contra la realidad.
Entonces fue cuando emprendí una campaña silenciosa contra el tabaquismo de los intocables. Lo primero fue fulminar de mi mesa el maldito cenicero. Lo cual pasó totalmente desapercibido. El paso siguiente fue la presión más climática que psicológica al estar yo todo el día con la ventana abierta, y eso que estamos en otoño y hay días que la rasca se hace notar. Pero mi único resultado con esta actuación es un “joder, hace frío. Cierra la ventana que nos helamos.” Por parte de mis compañeros. Así que en vista de que no captaban las indirectas ni a la de tres decidí tomar un rol más activo.
Un día que estaba a solas con un compañero, le pregunté si fumaba, y al contestarme que no, le comenté el tema de la atmósfera nebulosa en la que nos encontrábamos. Su respuesta fue que no le gustaba ese ambiente, pero que al tratarse de la hija del dueño, cualquiera le decía que no fumase en la oficina, y más cuando sus propios padres eran los que más fumaban. Si les quitamos a ellos, el resto de la plantilla no consume ese tipo de “drogas”, por lo que numéricamente hablando deberíamos de tener la razón. Pero no es el caso, ya que cuando la ley antitabaco fue puesta en marcha, y que los compañeros expusieron la prohibición de fumar en la oficina, la respuesta del director fue que en su despacho sería la zona para fumadores. Cosa que después se expandió al resto de la oficina como lo hacía el humo de las zonas permitidas a las no permitidas antes de que se diesen cuenta de que es un elemento que fluye y no suele quedarse donde lo dejan, se mueve. Así que por ese lado la batalla estaba perdida.
En el sindicato se frotaron las manos cuando fui a verles a pedirles consejo. Claro que siendo quienes son, no es de sorprender su postura tan radical: mi opción es denunciarles. Luego si quiero irme de la empresa es asunto mío, pero la ley me ampara y mi deber es denunciar. Bueno, la cosa no es tan fácil, no creo que puedas entrar de nuevo en un sitio y ponerte a pedir que multen a la empresa en la que estás. Pero la cuestión es que legalmente si me voy de la empresa, lo haría con lo puesto, a no ser que alegase problemas de salud por lo que podría beneficiarme del subsidio.
Sin embargo considero que esta opción es un buen as en la manga, pero no creo que deba de llegar a esos extremos. Aunque ¿quién sabe si más adelante lo haga?
He preferido seguir una estrategia algo más sutil para poder escapar de los malos humos de mis compañeros intocables, al menos mientras encuentro otro sitio mejor al que ir. Porque hay que ser realistas, hoy en día el mundo laboral está muy mal y más vale pájaro en mano que ciento volando.
Pero este es un plan que ya desvelaré más adelante
 
En Todo Lados Cuecen Habas (Parte 1)
Esta es otra de las frases que debería escribir en algún lugar donde la pueda leer todos los días al igual que esa que reza que “todo sucede por una razón”.
Hace mucho tiempo que no escribo nada, uno por la falta de tiempo, entre el trabajo, las amistades y las relaciones fallidas o no; y por otra parte porque consideraba que todo aquello que me sucedía, aunque algunas veces fuese digno de contar, no era interesante como para escribir sobre ello. Sin embargo es muy posible que un día me entren las ganas de hacerlo y saque a la luz todo lo acontecido desde la última vez que me puse manos a la obra. Como se dice ha llovido mucho desde entonces, pero no me olvido.
Hace mucho tiempo escribí un artículo en el que comparaba la vida laboral con la vida sentimental, esto es muy cierto, sin embargo es como pasa con el sexo, que hasta que no lo pruebas no lo terminas de entender. Pues bien en lo que concierne mi vida laboral, no me podía imaginar que llegase a ser tan “curiosa” como mi vida sentimental.
Para que podáis entender a lo que me refiero, os voy a tener que poner en situación para que sepáis de lo que hablo, por lo tanto es muy posible que este artículo en particular no siga la estructura de los que he ido escribiendo hasta ahora, sino que se parezca más bien un poco más a un diario o a una historia más.
Como todos ya sabéis hace tiempo entré a trabajar en una empresa, que constituiría mi primer empleo remunerado “dignamente” y con alta en la Seguridad Social y todas las demás cosas oficiales que se supone que deben de tener todos. Digo esto porque no hemos de olvidar que hay mucha gente que trabaja en negro, y ahora entiendo por qué, y es un mundillo en el que hice una pequeña incursión antes que aquí, y del que no guardo muy buen recuerdo.
Pues bien, las cosas me iban bien, poco a poco fui haciéndome mi sitio en ese mundo, me gane un nombre, un puesto de trabajo más o menos fijo e incluso un aumento de salario. Lo cual va sucediendo con el paso del tiempo, al igual que en cualquier relación. Primero os conocéis, poco a poco, os adaptáis el uno al otro, y un buen día te das cuenta de que tienes una relación seria con esa persona. Pero digamos que el error que no se debe cometer, y que muchas veces hacemos, es el de empezar la casa por el tejado. Es decir, que de buenas a primeras ya lo quieres todo. Esto en el mundo de las relaciones es una muy mala idea, sin embargo en el mundo laboral puede tener una oportunidad de existir.
Para volver a mí historia, os diré que aparte de que era un puesto que me gustaba, y con el que me sentía a gusto, también he conocido gente allí con la que he congeniado, y que al ser de un medio extraño al que yo solía frecuentar, me han enseñado lo que es el mundo real. Así que hasta ahora todo parece estar pintado de color de rosa.
Pero nada más lejos de la realidad. No quiero ser injusto con mi antiguo trabajo, por lo que he querido dar una parte positiva de ello, ya que yo creo que toda cosa, mala o buena, tiene su contrapartida.
Así que si bien a nivel legal estaba bien (aunque no del todo y ya veréis por qué), y en el ámbito de las amistades no me puedo quejar, no todo el monte era orégano. Lo peor de todo era el horario. Contrariamente a muchos puesto de trabajo más estrictos, ahí no se fichaba, por lo cual las horas trabajadas eran relativas (la teoría de la relatividad nunca ha sido tan bien demostrada). Muchas veces he tenido que rechazar planes interesantes con los amigos simplemente porque sabía a la hora a la que entraba, pero no a la que iba a terminar.
Muchos me diréis que me estoy quejando de vicio. Pues no es el caso. Yo soy una persona responsable, y considero que si tienes que hacer una hora extra de vez en cuando porque tienes que rematar una faena, lo haces y no pasa nada. El problema es cuando esas horas extraordinarias las tienes que hacer por costumbre, o que simplemente se dan por supuestas. Si te tienes que quedar un día un poco más para terminar un trabajo lo haces. Pero tener que hacerlo obligatoriamente todos los viernes y a saber hasta qué hora, pues no.
Hay convenios que observan este tipo de anomalías más que nada porque se generan por el tipo de trabajo desempeñado. Me explico, cuando se trabaja en el mundo de la logística, muchas veces no se es puntual, siempre hay retrasos, siempre hay atascos, o bien proveedores a los que se les estropea una maquina y la producción se ve frenada por dicho incidente. Hasta ahí todo correcto. Pero el problema sobreviene cuando la empresa lo asume pero no compensa esas horas de más, como lo indica el convenio. Ahí está explicado claramente que todas horas extraordinarias deben de ser restituidas como horas libres o bien pagadas. Cosa que no se hacía donde yo estaba. Por lo tanto llegó un momento en el que yo trabajaba de gratis para la empresa, que ni siquiera se me daban las gracias y que además me estaban afectando a mi vida social, que como todos sabréis no es que sea la de Paris Hilton precisamente.
Aparte de esto, habían ciertos temas estructurales de la empresa que me estaban sacando de quicio. Uno de ellos era la imposibilidad de aspirar a más a nivel laboral. Con la edad que tengo, y pensando que me queda mucho por vivir, pensar que ya he tocado techo en una empresa no es lo más motivador que se me pueda ocurrir. Además de eso me encontraba con ciertos temas de incompetencia debido al mal trabajo de ciertas personas, que afectaban directamente a la función que yo desempeñaba en la empresa. Hablando en plata, porque algunos compañeros metiesen la pata o fueran irresponsables, yo tenía que comerme el marrón y solucionarles la papeleta. Y esto lo haces una vez o dos, pero que se tome como costumbre, pues tampoco. Lo mismo que sentir que donde trabajas, la dirección no se preocupa de buscar innovaciones si estas no les vienen impuestas por otras sucursales más fuertes. Quiero decir que allí no se les ocurría pensar en que hay cosas que pueden hacerse de otra manera, y llegar a hacerlas, si no fuese porque las sedes de las grandes capitales no se las inventaban y las imponían.
Yo llamaba a esa situación entrar en estado de fosilización, por una parte porque la mayoría de los compañeros ya tienen cierta edad, y no como pasa en otras empresas que he visitado en la que la mayoría de la plantilla no supera los 35 años; y por otro lado porque al igual que los restos de dinosaurios, me estaba empezando a anquilosar, a sentirme cómodo en esa pasividad tan calentita, y estaba empezando a perder la ilusión de mejorar, de aprender y de moverme. Te vas petrificando lentamente.
Así que un día, cabreado por la falta de motivación y la perspectiva negativa que tenía, me metí en una pagina de búsqueda de empleo, y mandé mi historial a la empresa que se sitúa justo enfrente.
Con lo de perspectiva negativa me refiero a que una persona con mis conocimientos, ya sean de idiomas, de estudios o de trabajo, no puede aspirar a quedarse el resto de su vida siendo mileurista. Eso y que ya me habían dicho en el banco que con lo que gano no puedo pedir una hipoteca. Yo quiero independizarme y me hicieron sentirme marginado porque gano muy poco. Y todo esto después de haber pedido un aumento de sueldo, por lo que tampoco podría haber intentado negociar condiciones económicas más favorables. Así que decidí probar suerte. Y eso hice.
Me presenté a la entrevista, en la cual a los 10 minutos ya me decían que si quería el puesto era mío. Lo cual me recuerda el dicho de que “no es oro todo lo que reluce”. Debería haberme acordado de ello.
El caso es que aceptaron las condiciones que les puse para marcharme de donde estaba, e incluso el plazo de reflexión que les pedí. Dicho plazo fue abreviado debido a que la semana siguiente estuve sobrecargado de una manera inusual de trabajo. Mis compañeros se fueron a una ceremonia en Barcelona, dejándome al mando de las expediciones. Esto me lo tomé como que tenían tanta confianza en mí que consideraban que yo era digno de llevar esa tarea. Y así se lo demostré. Pero los niveles de estrés a los que me llevó esa situación fueron los que me empujaron a barajar el cambio, ya que mi cuerpo no podría soportar mucho tiempo esa situación. Y los nervios son algo que debemos de tener muy en cuenta. Total, que al final les dije que sí, que me iba de allí y en la empresa di el preaviso legal y me preparé para irme.
Los altos cargos se limitaron a desearme buena suerte en mi marcha y que esperaban que hablase bien de la empresa. Me quedó claro la poca valoración que tenían de mí y de mi trabajo en la empresa, con lo cual me hicieron más fácil el partir. Algún que otro compañero intentó disuadirme, regateando o incluso haciendo una contra-oferta, pero los que deberían de haberlo hecho pasaron. Hoy en día sé que uno de mis compañeros me reprocha el haberle abandonado después de haberme enseñado todo lo que sé de ese trabajo. Es cierto, es una putada, pero así como ellos me enseñaban, yo trabajaba para ellos por debajo del salario que deberían haberme pagado, así que no sé muy bien quien es peor persona. Yo me aprovechaba de lo que me enseñaban y ellos me hacían trabajar casi gratis. No he podido hablar con esta persona desde entonces, pero sí les he dicho a mis demás amigos que la culpa no es mía, yo dije que me iba y ninguno de los que debería haberlo hecho intentó retenerme. Así que las culpas se las debería de echar a ellos.
Esos quince días fueron los más curiosos que he vivido nunca. La situación en la que estaba era incluso divertida. Es como cuando sabes que te vas a morir y entonces quieres cerrar todas las cuentas pendientes que tienes y quedar bien y en paz con todo el mundo. Al menos es la impresión que me daba. Las personas con las que me llevaba mal se portaban bien conmigo, y aquellos que siguen a día de hoy siendo mis amigos me miraban con nostalgia. En cuanto a los problemas con los que me encontraba en el trabajo, esa era la mejor parte. Conforme me llegaban los trataba sabiendo que todo eso no importaba, y esa libertad es algo de lo que disfruté muchísimo. Esta muy bien decir eso de “¿que no ha llegado su mercancía? Pues me da lo mismo porque yo la semana que viene no estaré aquí.”
Al final el último día fue el más aburrido, fue un desfile de gente despidiéndose, como cuando te vas a morir. Y lo curioso del asunto es que yo me iba justo enfrente. Al final pasó el día, me despedí de todo el mundo con la alegría de que iba a otro sitio mejor y me fui.
Ahora que lo veo todo escrito, lo recuerdo todo muy bonito, y lo añoro, sobretodo sabiendo lo que me iba a tocar después.