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Khayman en la Ciudad
Comentarios sobre la vida
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Se trata de una columna en la que me gusta publicar mis impresiones acerca de la vida, el sexo, en fin, muchas cosas, ..."Disfrutenla"
Sindicación
 
One More Addiction
En su disco llamado Life For Rent, la cantante Dido puso una canción, que sacó como single llamada Don’t Leave Home, o en castellano “No te vayas de casa”. A primera vista parece un tema de amor argumentado a través de una balada bastante bien conseguida. Y así lo han creído muchos de sus fans y demás amantes de la música en general. Pero nada más lejos de la realidad. Según la propia autora, ese tema trata de la adicción. Y es cuando la letra toma un significado oscuro que no hubiésemos imaginado. Y en realidad es cuando pensamos que la traducción correcta del título es más bien “No salgas de casa” y pega mucho más con algunas estrofas de la canción.
No voy a contar toda la canción, pero si que me resultó curioso que una balada que a primera oída va de una persona que le dice a otra que desde que ha entrado a su vida ya no necesita a nadie más, pueda ser en realidad un tema que trate de las adicciones. Lo cual me dejo pensando en lo que tienen en común ambos temas. El amor y la adicción. ¿Cuándo dejamos de querer algo normalmente y nos obsesionamos con su posesión? ¿A partir de qué momento podemos considerar un simple e inocente placer como una adicción?
Hoy, a la hora de comer, un compañero del trabajo comentaba lo incomprensible que le resultaba que un “vicio” como el fumar, empujase a ciertos compañeros a salir a hacerlo con el frío que hacía en la calle. Y ciertamente, si lo pensamos de forma racional, tiene que tener mucho enganche para obligarnos a someternos a las condiciones climáticas adversas que estamos teniendo con tal de satisfacer dicha necesidad.
A partir de ahí estuve pensando en lo que realmente nos motiva en esos vicios, y de por qué son tan atractivos y tan posesivos, a la vez que se liberan por completo del raciocinio y de la lógica más básica.
Si hablamos de drogas, de alcohol o de tabaco, todo el mundo se permite opinar. Pero no todas las adicciones son tan simples ni tan “bien vistas”. Porque hemos de admitir, que aunque socialmente se les tenga en la mirilla, hay muchas más que no son las que ya he citado, y que por su desconocimiento se les tiene como más tidicia. No todo es fumar, beber o drogarse. Hay más cosas en esta vida, que a veces no las consideramos como vicios, y que sin embargo nos alienan de nuestra voluntad. Ejemplos simples son la televisión, los videojuegos, el sexo o las compras. De hecho para este último sector existe el término comprador compulsivo que se refiere a aquella persona que realiza la actividad económica sin pensarlo.
La palabra “compulsivo” suele ir asociada a la adicción, ya que como su definición reza se trata de algo que hacemos de forma irracional. O al menos sin darnos cuenta de ello y de manera exagerada, porque no se trata de un acto reflejo, sino de la repetición hasta la saciedad de ese comportamiento reflejo, y de forma enfermiza. Por lo tanto podemos considerar que cuando realizamos una acción sin ser conscientes de ello y de forma repetida estamos adictos.
Ahí me diréis que la respiración no es una adicción. Pues es un error. Lo primero que tengo que recordar es que el oxigeno se considera una droga, y por eso en los aviones, cuando hay problemas suelen soltar las máscaras de O2 y de esa forma nos abstraen de la fatal realidad que nos espera. Y por otra, dejad de respirar y me contáis después si lo que se siente no es igual que cuando tienes el mono. De hecho muchas veces se asemeja el estado de falta con el “no poder respirar”.
Aparte de la irracionalidad del acto, también entran en juego unas fuerzas poderosas que nos sumergen y controlan nuestros actos. Muchas veces, cuando padeces de una adicción, te ves realizándola sin saber por qué. Y lo más curioso es que no te das cuenta de cómo has llegado ahí. De repente te encuentras en el bingo, como si alguien te hubiese poseído y hubiese tomado las riendas de tu cuerpo y voluntad y te hubiese llevado hasta ahí. Realmente no tenemos el control ni de nuestros actos ni de nuestra voluntad. Hacemos las cosas controlados por el vicio.
Entonces se entiende que mis compañeros fumadores sean capaces de salir a la terraza a fumar, a pesar de que llueve o se los lleve el viento: no pueden evitar no hacerlo, es más fuerte que ellos, y lo hacen de forma irracional.
Luego, lo curioso de las adicciones es que lo que nos engancha no es la acción en sí sino sus consecuencias o sus efectos. Por ejemplo el tabaco o el alcohol, no es que tengan unos sabores geniales, pero lo que hace que nos enganchemos son las sensaciones que producen. La desinhibición que nos dan un par de copas son un efecto muchas veces buscado por la gente, y poco a poco se dan cuenta de que no son capaces de afrontar los retos si no es con esa pequeña “ayuda”, por lo que recurren a ella cada vez que pueden.
En cuanto al tabaco, el efecto relajante es lo que más engancha. Porque no me creo que haya gente que diga que el sabor que tiene un cigarrillo sea agradable. Sin embargo el bajón que pega sí que es el efecto que se busca y que engancha.
Al parecer con las drogas duras pasa lo mismo, no es el producto en sí lo que nos posee, sino más bien sus consecuencias sobre nosotros. Si nos permiten huir de la realidad, es esa vía de escape lo que buscamos y lo que echamos de menos, lo que necesitamos y lo que anhelamos con todas nuestras fuerzas. No es el producto en sí mismo. De hecho, si se descubriese otro producto que nos proporcionase tales sensaciones sin ser una “droga” lo aceptaríamos enseguida.
Casi siempre es la intención de perder la responsabilidad sobre nuestros actos lo que nos lleva a probar estas substancias. El poder escaparnos de nuestras propias vidas, porque no podemos afrontarlas o porque no sabemos cómo hacerlo. Al estar bajo los efectos del alcohol o las drogas, no podemos ser responsables de nuestros actos, podemos comportarnos como queramos, sin la consecuencia de la conciencia y la moral que nos entorpezcan nuestros actos. Es esa liberación la que se busca muchas veces por medio del tabaco, el alcohol o las drogas. El suprimir el súper yo y atontar al yo, para que el eso sea quien se libere de las presiones que le ejercen los otros dos. Es cuando dejamos libre a nuestro lado reprimido.
Hay otros vicios que son menos fáciles de establecer. Por ejemplo el sexo, ahí es más bien lo contrario. Porque si bien pegar un polvo es placentero, si se hace de forma indiscriminada, cuando se pasan los efectos del placer, nos quedamos igual de vacíos, por lo que no se busca el efecto a largo plazo, sino algo más bien instantáneo y simultáneo a la acción adictiva. Las dos cosas se producen a la vez.
En el caso del amor viene a ser más o menos lo mismo que con este último.
Si lo pensamos con detenimiento, cuando estamos colgados por alguien, es decir enamorados, padecemos los mismos síntomas que durante una adicción. Sentimos una necesidad física y dolorosa de estar con el ser amado, y cuando no podemos cumplir con ello, nos cambia el temperamento, llegando a entrar en estados de cólera inexplicable y sobretodo irracional.
Ya no es ningún secreto que cuando estamos enamorados, el cerebro produce unas substancias que tienen en nosotros los mimos efectos que las drogas duras. De ahí que no sean sorprendentes los síntomas que padecemos al estar bajo el influjo del amor. Nuestro pulso se acelera, tenemos cambios de humor y de temperatura que no responden a ninguna lógica, vivimos en un mundo fuera de la realidad en el que las sensaciones negativas son mitigadas y las positivas magnificadas. Algunas veces incluso alucinamos, en cierta medida.
Y cuando se rompe la relación, aquel que se queda colgado, porque siempre de las dos personas hay una enamorada (adicta) y otra que no lo está; pues el primero es quien realmente lo pasa fatal. Entonces demuestra poseer todas las señales del “mono”. Se cabrea, se pelea con todo el mundo, se vuelve irascible, y siente un dolor físico real al no poder tener su chute de amor con la persona querida. Es por lo tanto comprensible que, en esos momentos, muchos de nosotros nos sintamos mal, con depresión y con el síndrome de abstinencia en todo su esplendor.
Aquí es donde creo que quería llegar Dido con su canción, a que el amor es una adicción más.
En 1998, Natalia Imbruglia sacó una canción llamada One More Addiction (Una adicción más) en su disco Left Of The Middle. Aquí no hay duda alguna, ya por el título o por el tempo que tiene la pieza musical de que no es una canción romántica. Y de hecho termina repitiendo varias veces “Es lo único que sé cómo hacer”, refiriéndose a que, al final, aquello que nos hace adictos a es lo único que sabemos hacer correctamente. Hemos perdido la capacidad de hacer otra cosa. Porque realmente, cuando nos dejamos poseer por completo por ese vicio, perdemos todo control sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea. Ya no somos un ser activo, sino que nos dejamos dominar por la adicción hasta que nos termine por llevar adonde quiera, generalmente a la autodestrucción.
 
Oscuro San Valentín
La verdad es que de todas las fiestas que hay a lo largo del año, esta es una de las que menos me han gustado. Ya de pequeño mi madre intentaba consolarme con que era el día del amor y la amistad, más que nada porque amigos sí tenía, pero amor no. Y probablemente no quería que me sintiese mal por no tener a nadie a quien felicitar en ese día, cuando mis demás compañeros/as se la pasaban de compras y pensando en qué regalarle al ser querido.
Y hoy en día la cosa no ha mejorado mucho. Como ya sabréis hemos elegido la semana ideal para cortar, y aunque nunca lo hayamos celebrado, en este día tan “especial”, saber que tienes a alguien es mucho mejor que estar soltero. Aunque a veces es mejor estar solo que no con alguien que no desea estar contigo, o que por lo menos no siente lo mismo que tú.
En aquellos momentos en los que se le da mayor importancia a lo que tienes, ¿es realmente mejor estar solo que mal acompañado? ¿Cómo podemos sobrevivir los solteros al día de los enamorados? ¿Acaso no nos merecemos un respiro?
Hay muchas épocas del año que son particularmente difíciles para los solteros. No porque no nos lo pasemos bien, sino porque los medios se encargan de recordarnos lo solos que estamos la mayor parte del tiempo, y sobretodo porque parecen querer decirnos que si no tienes pareja no puedes ser feliz. Que sin tu media naranja sólo tienes derecho a ser desgraciado. Y a pesar de que a veces pueda pensar que sin alguien a mi lado, y no hablo de los amigos, no soy sino media persona, quiero reivindicar el derecho a ser soltero y no ser patético.
Parece ser que en esas fechas, sólo aquellos que están con alguien cuentan. Los demás no somos más que marginales, cuando realmente somos casi la mayoría. No me refiero únicamente a San Tontín como dice mi amiga Carmen, sino a las navidades, la semana santa y las vacaciones de verano. Fechas en las que la tasa de suicidio aumenta seguramente impulsada por la conciencia de la gente sobre su propia soledad.
Nos podríamos preguntar, efectivamente, por qué en esos periodos de tiempo aumenta el número de gente desgraciada que no soporta más su vida. Mi idea es que son momentos ya de por sí difíciles, y si además te lo andan recordando continuamente, eso no suele ayudar. Si bien muchos sobrevivimos a esa voluntad de eliminarnos que tienen algunos medios, hay bastantes que no son tan afortunados, ni tan valientes y sucumben a la oscuridad.
Lo curioso del asunto es que si nos comportásemos de manera contraria no tendríamos el beneplácito de la sociedad. Si celebrásemos el día del soltero, en el cual le pusiésemos los dientes largos a todas aquellas parejas que ya han perdido la ilusión, se nos tacharía de promiscuos, de pervertidos o de facilones. Y de ahí a la hoguera solo hay una cerilla o un mechero de diferencia.
Pero cuidado, no quiero empezar una guerra entre solteros y comprometidos, ni nada por el estilo. Anteriormente he dejado claro que ambos estados civiles tiene sus pros y sus contras, como todo en esta vida, y que hay momentos en los que no tenemos más remedio que aceptar la situación en la que estamos, nos guste o no, y buscarle el lado bueno. Por lo tanto quiero aclarar este punto. No me meto con los “casados”, me molesta el rollo que se trae la sociedad de menospreciarnos a los que no tenemos esa suerte (o desgracia según el tiempo que lleves con pareja) alabándoles y haciéndonos creer que somos raros por no haber tenido la suerte de encontrar a alguien especial, por haberle perdido o simplemente por haber optado por seguir buscando.
Si eres una persona con dinero, y te vas a lucirlo entre la gente que vive en la miseria, seguramente se te critique fuertemente. Eso si no te apalean en un callejón oscuro y te roban lo que llevas por opulento. Lo mismo sucede cuando estamos en una terraza comiendo copiosamente y pasan niños muertos de hambre. Para eso nos ponen los anuncios de apadrinar niños pobres a la hora de la comida, para darnos lástima. Para hacernos sentir culpables y jugar con el tema de la conciencia. Pero el caso es que a nadie se le ocurriría festejar el día de la opulencia o el día de la comida, sabiendo que hay gente que no tiene esa suerte.
Entiendo que dichas comparaciones son odiosas, pero el punto al que quiero llegar es por qué si está mal visto socialmente pavonearse de lo que se tiene delante de los que no, no se ve con malos ojos el celebrar algo que mucha gente no puede y encima restregárselo por la cara.
No quiero tampoco entrar en la discusión tan típica de por qué hay un día para los enamorados, siendo que todos los días del año deberíamos acordarnos de ese ser especial y valorar a esa persona, y no únicamente el día que las grandes superficies eligen para que le demos precio al amor que sentimos. Este es un tema que ya he tocado antes, y sigo pensando lo mismo: ponerle un valor monetario a una relación es un asco, y más si es porque te “obliguen” las tiendas o el mercado a hacerlo. Cualquier día es bueno para regalar flores o chocolates, o lo que te dé la gana a esa persona amada. O al menos eso es lo que piensa la gran mayoría de gente con la que he hablado del tema, y cabe destacar que muchos de ellos tienen pareja. Así que no es un tema de solteros únicamente.
Pasa lo mismo en navidades, cuando por razones ajenas a tu voluntad, tienes que estar a sola, y sin embargo te recuerdan que es un periodo para estar en familia o con los seres queridos. Pues bien, si da la mala suerte que la familia está lejos, o que los seres queridos no pueden estar contigo y tienes que estar sólo, ahí sí que no te dicen qué tienes que hacer. Simplemente te recuerdan que eres raro por la situación en la que estás y te dan dos soluciones: o eres una persona muy fuerte y pasas de todo, o te vienes abajo y te entra de todo y al final acabas donde no deberías ni pensarlo.
La sociedad no se da cuenta del daño que hace al festejar algo, que por un lado están en su derecho de celebrar, pero que no todos tenemos esa suerte, y el recuerdo de nuestras carencias no suele ser agradable. Y lo peor es que no todo el mundo está preparado para soportar que nos restrieguen la felicidad de los otros sin más.
Para los que hacemos esfuerzos sobrehumanos para ver la poca luz que hay entre las tinieblas en las que estamos, nos recuerdan que sólo hay oscuridad alrededor nuestro. Se afanan en diferenciarnos y en marginarnos fuera de lo “normal”. Porque en San Valentín la gente normal tiene pareja, los que no la tienen somos los raros.
Realmente los solteros son la mayoría. En vacaciones se ven cada vez más ofertas de viajes para gente soltera, ya no te venden los dúos, sino que hay promociones especiales para gente que vaya sola. Es una forma de aprovechar un segmento cada vez más grande. La tendencia de la sociedad es hacia los individuos solitarios. Ahora todos los móviles llevan o bien reproductor de mp3 o radio, para que cuando estemos solos no nos sintamos así. No quieren que recordemos que no tenemos pareja, excepto cuando les conviene. Y entonces se ponen las botas.
Ya sea para aprovecharse de las parejas, hacernos sentir mal por no tener una, y obligándonos por vergüenza o por derrota a quedar con cualquiera con tal de no estar solos en Navidades o el 14 de febrero. Siendo que en cuanto se acaba el festejo se acaba el amorío y nos deshacemos del consorte como una serpiente abandona su piel usada. O bien por el contrario, aprovechan nuestra situación para fines económicos dándonos la posibilidad de ser “felices”, es decir viajar, aunque no tengamos con quien hacerlo. Eso no importa, porque aunque seamos los raros, nos dan esa oportunidad.
Cometemos un error al pensar que los motores de la sociedad económica se preocupan por nosotros. Sólo tenemos que ver los anuncios, las series y los programas de televisión de esta semana, para darnos cuenta de que nuestro bienestar les preocupa bien poco. Si se tiran todo el día recordándonos que estamos solos, haciéndonos sentir envidia de aquellos que no lo están, e incluso sacándonos de quicio al vernos tan vulnerables ante ellos. Nos empujan lentamente hacia ese agujero negro de donde no sale nadie, porque no les somos interesantes. Y si sobrevivimos a la oscuridad, entonces dentro de un mes nos venderán viajes para poder salir de nuestra rutina, aunque no tengamos con quien ir, ya ni siquiera como para pedir perdón, sino porque les interesa vender. Y si tienen que vendernos la moto de que “los viajes para solteros” están de moda, lo harán. Y les daremos las gracias por ser tan considerados, por pensar en nosotros y habernos perdonado la existencia.
Es cierto que quien tiene a alguien a su lado es muy afortunado. Aunque también hay muchísimos casos en los que estas personas preferirían estar solas, ya que son desgraciados con quien comparten sus vidas. Por lo tanto quien realmente debería celebrar es quien ha encontrado a alguien especial y lo sigue manteniendo en su vida. Aquellos que han encontrado a otra persona con la que estar en los buenos y malos momentos son afortunados, y con ello me refiero a una simple amistad. Pero una de verdad. Porque a fin de cuentas, mi madre tiene razón, es el día del amor y la amistad, y quien tiene un Amigo tiene un tesoro.
Feliz San Valentín C.
 
Y Vendrán Tiempos Oscuros
Como dice Madonna en una canción de 1998, que los que son fans reconocerán enseguida, y los que no probablemente pasen de saber cuál es: “Tu corazón no está abierto por lo que me tengo que ir (...)no queda nada más que intentar, no queda ningún sitio donde esconderse(...) no queda nada más que perder, no queda más corazón que retorcer (...)”; hay veces en una relación que has llegado al punto en el que no se puede ya ir para adelante. Cuando llegamos al punto sin retorno muchas veces no tenemos más remedio que tener la fuerza de decir adiós. Tenemos que ser valientes y arriesgarnos al cambio, a la libertad y a la soledad, ya que de lo contrario la relación terminaría por destruirnos a los dos.
Cuando estamos en el borde de ese precipicio nos preguntamos muchas cosas. ¿Vale la pena saltar y arriesgarlo todo por un futuro mejor pero incierto? ¿Es verdad que es mejor malo conocido que bueno por conocer? ¿Le quiero lo suficiente para dejarle libre?
La semana pasada me hice un mini-maratón de Embrujadas, de la temporada III a la IV. La verdad es que en momento ¡s changos, cualquier cosa sirve como señal de lo que nos está pasando. Al igual que en la serie, Phoebe y Cole eran una pareja que provenían cada uno de un mundo, ambos mundos opuestos, mi pareja y yo teníamos los nuestros que eran imposibles de mezclar. Y cuando quieres a alguien de tal manera, no puedes pedirle que abandone su vida por ti, y por lo tanto es mejor dejarle ir antes que de destrozar su vida, y luego la tuya. Y si no fijaos que en Embrujadas, al final, de tanto que los intentaron, con eso de que por amor todo es posible, al final Phoebe y sus hermanas tienen que optar por cagárselo a punta de pociones destructoras. Y no quiero llegar a ese punto ;)
Sin embargo, a pesar de ser por un bien mejor, siempre es algo muy difícil de hacer. Y por mucho que hayamos vivido, decir adiós, aunque se trate simplemente de un “hasta luego”, sigue siendo muy doloroso. Pero de eso se trata, de evolucionar y hacernos más fuertes. Justamente por eso algunas relaciones tocan a su final, porque no pueden seguir adelante. Porque llegan a un momento en el que se estancan y dejan de progresar. Y en esta vida no se nos está permitido ir hacia atrás.
Lo cierto es que he llegado a un momento en el que he tomado el tiempo de mirar hacia atrás, en pensar en todo lo que he visto, todo lo que he vivido, y los cambios que he padecido. Ha sido el momento de darme cuenta de que a veces dejar ir ha sido la mejor opción que he tenido, a veces tienes que romper las cosas para que evolucionen de una forma positiva. A veces tienes que pasar por un rato de dolor para poder disfrutar de lo que tienes, y a veces tienes que arriesgar para poder ganar.
Siempre había pensado que el amor merece todos los esfuerzos del mundo, pero echando un vistazo atrás, en lo que he vivido, en lo que he visto, y en lo que he oído, es cierto, pero no hay que pasarse. Hay muchos sacrificios que no merecen la pena, ni siquiera por amor. Simplemente porque el Amor no los requeriría. Se nos olvida que las relaciones no tienen por qué ser sólo sufrimiento y sacrificio, y que no tenemos por qué perderlo todo por estar con alguien. A veces hay que saber decir “hasta aquí”. Y no debemos de temerlo.
La evolución consiste muchas veces en rompernos algo que queremos para hacernos más fuertes. Y desgraciadamente el amor no siempre funciona así. Yo lo he vivido en esta relación, he probado a hacer daño a ver si reaccionaba, a darle celos, a hacerle sufrir. Y si bien es cierto que muchas veces daba resultado, me he dado cuenta de que no merece la pena. Si realmente quieres a la persona no la puedes obligar a que quiera estar contigo. Ni tampoco merece que la saques de su mundo.
Y siempre que llegas a este conocimiento, es cuando te das cuenta del dolor que representa dejar ir. Aunque no tenga por qué ser así. Sabes que es lo mejor, que era inevitable, y que es para bien. “No hay mal que por bien no venga” ni “mal que cien años dure”. Sin embargo tenemos que ser conscientes de que vendrán tiempos oscuros, tiempos de dolor, de rabia y de sufrimiento, el mar de lágrimas y la soledad, hasta que todo regrese a su sitio.
Sí, habrá un tiempo en el que todo nos haga daño, todos los recuerdos estarán ahí para que no nos olvidemos de él tan fácilmente. Es un periodo oscuro, en el que cualquier canción, cualquier palabra, o cualquier gesto es capaz de hacernos saltar las lágrimas. Y es cuando debemos ser fuertes y recordar por qué hemos decidido estar ahí. Son momentos en los que tendremos la tentación de llamarle llorando, o de intentar volver, pero no sería una buena idea. Debemos dejar libre a la otra persona, tiene que hacer su vida y ser feliz. Son esos momentos en los que no debemos ser egoístas y pensar en el bien de la otra persona, y por lo tanto dejarle marchar.
Es cuando debemos pensar en aquellas personas que tuvimos que dejar en el camino, y como les ha ido la vida. Muchas han caído en desgracia, y por suerte no estábamos con ellas para que nos llevasen al agujero con ellos. En esos casos hemos tenido suerte de haber saltado del barco a tiempo. A otras personas por el contrario les ha ido mejor, ya que estaban en un momento oscuro para ellos, y les has permitido salir a la luz al hacerles reaccionar. Han evolucionado, han prosperado y has podido seguir a su lado y disfrutar de ello, pero de otra manera. Probablemente si la relación hubiese seguido, habrían perdido esa oportunidad y tú habrías perdido esa relación de amistad ya que habríais terminado como el rosario de la Aurora.
Además a veces es bueno pensar en uno mismo, en lo que quieres y en lo que mereces. Y pensar en positivo siempre. Es un momento de cambios, en los que es importante estar conectados con nuestra realidad. Tener trabajo, uno que nos guste (y es mi caso) es fundamental, porque ya nos mantiene ocupados todo el día prácticamente. Luego hay que echar mano a la agenda de esos amigos desaparecidos u olvidados, y de los que hemos seguido conservando. Es importante tener una vida fuera de la pareja para poder volver a ella. Y es gracias a eso que podremos seguir adelante y construir un futuro nuevo y mejor. Yo tengo mi trabajo, tengo mis clases de pilates, gracias a las cuales he conocido mucha gente excepcional, y es una faceta que quiero aprovechar y en la que tengo que profundizar. De ahí que me esté sacando el curso de monitor. Además tengo mi blog, en el que no he escrito desde hace tiempo, porque desgraciadamente cuando las cosas van bien, no nos acordamos de ello. Tengo mi mundo, en el que él no podía estar, él tiene su mundo en el que yo no hubiese podido existir. Y gracias a ese mundo sé que saldré adelante, y sé que ha sido una buena elección.
Una de las cosas que he aprendido, es que no es necesario tener pareja, muchas veces no hace falta, lo único que necesitamos son buenos amigos que nos acompañen en los momentos en los que estamos mal, que nos apoyen y que estén ahí cuando les necesitamos. Y una de las cosas que se consiguen al dejar marchar a la otra persona es eso, hacer un nuevo amigo.
En los momentos de oscuridad, por los que hemos de pasar siempre en algún momento después de la ruptura, es cuando debemos de echarle mano a esas amistades, a esos universos que tenemos, y a nuestro mundo interior, para no permitir que se derrumbe. Siempre es un periodo que está al acecho, y si nos descuidamos la oscuridad que conlleva nos puede cegar, nos puede hundir y por lo tanto nos puede consumir. Podemos perdernos entre las tinieblas, perder el rumbo y terminar quién sabe donde, en algún sitio horrible donde no merecemos estar. De ahí que sea fundamental retener algo de luz a nuestro alrededor, para que nos guíe en la penumbra, siempre hay que mirar hacia la luz, y dirigirse a ella, aunque estemos metidos entre las sombras. Y esa luz son nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestras aficiones, todo aquello que nos hace seguir a delante aunque en un principio no tengamos ganas de hacerlo. El mundo no se va a detener por nosotros.
A pesar de que pueda parecer que no haya esperanza, el cambio siempre es positivo, y no debemos olvidar que siempre hay que verle el lado positivo a las cosas. La tormenta siempre se va y deja paso al sol, aunque sea un huracán. Y para terminar vuelvo a la misma canción con la que he abierto este artículo “el dolor es la señal de que algo va mal, le pido a Dios que no dure mucho”.
 
En Todo Lados Cuecen Habas (Parte 3)
Una de las cosas que debemos aprender en esta vida es que todo es muy imprevisible, y si bien hay cosas que vemos venir, hay otra que por mucho que queramos somos incapaces de predecir.
Yo no pensaba alargarme tanto con este tema, porque creía que sería algo más común y más corto, y eso que lo he resumido al máximo. Pero al final me veo escribiendo la Trilogía de la Fundición al puro estilo de la trilogía de Color, o las películas de Tarantino, (por no meterme con los clásicos en las trilogías).
Al final pasó el mes sin poder encontrar una excusa de peso para poder irme, y la cual se me esfumó al recibir mi nómina. Ellos habían cumplido con todo lo prometido. Conforme pasa en las fábulas de los genios malvados y sus tres deseos, todo lo que yo había pedido para irme de donde estaba lo cumplieron, pero al pie de la letra, sin dejar libre la imaginación. Entré con contrato indefinido directamente y con el aumento salarial que había pedido. Sin embargo con lo que yo no contaba es que mis peticiones se volverían contra mí, ya que no había pensado en la letra pequeña, ni en todo aquello que no solemos pedir, que damos por contado, y que es por donde nos estallan a la cara.
Así pues, mi última esperanza, que era que pagasen mal y poder utilizarla como excusa, no funcionó. Y me quedé con las ganas de poder ir a renunciar...
Pero como bien dice la gente, “no hay mal que por bien no venga” o mejor dicho “hay que saber verle el lado positivo a las cosas”. Y es cierto. Porque si bien a nivel laboral he ido como los cangrejos, es decir, hacia atrás, estoy haciendo el trabajo de un becario, pero con un sueldo de administrativo, con lo cual no me debería quejar.
Pero muchas veces el dinero no lo es todo, es cierto que donde estaba me hubiese quedado si me hubiesen pagado más o al menos si me hubiesen compensado mis horas extraordinarias, pero aquí no es el caso, porque hay momentos en los que debemos decir basta, y la salud es algo con lo que no se juega.
Como bien ya se lo he dicho a aquellos amigos que me incitan a ser paciente y seguir aquí, en darles la oportunidad de que mis condiciones mejoren, el problema no es que me ninguneen, ni que sea el chico de los recados, ni aquel que hace todo el trabajo sucio de los demás. Eso no me importa porque pagan bien. Pero el estar todo el día en un ambiente de fumadores es algo por lo que no pienso pasar, así paguen de bien.
Hace unos días, cuando mi desesperación llegó a unos límites insospechados, me fui a ver a mis amigos de donde estaba antes a pedirles consuelo. Una de ellas me escuchó las quejas que tenía, y cuando ya hube terminado me recordó las razones por las que me había ido. Me contó los problemas que tenía en esos momentos con sus líneas, lo que había pasado en el departamento en el que yo estaba desde que me fui, y me recordó todas la veces en las que llegaba el viernes sin saber qué ibas a meter en los camiones de ese día. Me hizo darme cuenta de que es todo un privilegio poder dejar los problemas en la oficina, y simplemente poder irte a la hora que te toca, habiendo o no terminado la faena.
Y tenía razón. Porque no me acordaba de lo mal que se pasaban los jueves, cuando tenías que elaborar las listas de lo que ibas a meter en los camiones, de cuando llegaba el jueves por la tarde y te anulaban un pedido, lo cual te dejaba colgado medio camión o más, o al contrario, cuando un cliente se emocionaba y en lugar de producir 100 cajas de calzado se presentaba con 500. Esto era lo que solía suceder los viernes por la tarde. Yo no me acordaba de las broncas y los malos rollos que teníamos los lunes y los martes, cuando habíamos dejado en tierra un cargamento de medio camión por falta de espacio en el vehículo, simplemente porque al cliente no se le había ocurrido otra cosa que llamar el viernes al medio día a decirnos que él nos entregaría tantos pares de zapatos y que nosotros ya veríamos como los sacábamos. Ni de todas las veces que los transportistas nos llamaban los viernes por la tarde amenazándonos con hacer que el chofer se fuese sin la carga, porque a algún fabricante se le había estropeado una máquina y eran las diez de la noche y no habían terminado todavía la producción.
Todas esas cosas se pasaron bien rápido al campo del olvido, motivadas por el malestar generado por mi situación actual. Siempre te acuerdas del pasado con cierta nostalgia, olvidando o incluso omitiendo aquellos momentos terribles que fueron los que te impulsaron a buscarte la vida, a huir, o simplemente a cambiar de puesto de trabajo, agarrándote a la primera oferta que te hacen.
Esto es algo que todos tendemos a hacer, y yo soy el que más abusa de esta postura. Todos los fines de semana me voy a mi casa aliviado de que ya se haya acabado la semana, y durante esos dos días me olvido de lo mal que lo he llegado a pasar. De esta forma llego el lunes, y no me acuerdo de por qué me quiero ir de aquí. Y esto es un problema, porque puede llegar el caso de que me saliese una oportunidad de oro y la deje pasar porque ese día me haya ido bien en el trabajo, y me olvide del humo, de la falta de consideración y de los despropósitos de los compañeros. Por eso es importante recordar y escribirlo todo. La memoria es algo que no debemos subestimar y que no debemos dejar de lado, porque es gracias a ella que evitaremos cometer errores en el futuro.
Por un lado nos ayuda a recordar las cosas buenas que tenemos, lo cual es importante, y así nos permite valorar nuestra situación. Pero por otra parte también nos ayuda a no pasar por encima de aquello que nos fastidia, y que la rutina hace que traguemos.
Siempre hay que saber hacer valoraciones de cada situación. Porque no todo es ni blanco ni negro, y cada caso es diferente. Por lo tanto en cada uno de ellos debemos pararnos a mirar qué es lo que hay, poner en una balanza tanto lo bueno como lo malo, y ver si el resultado final, una vez hecha la media, es bueno o malo. Tenemos que valorar si al final salimos ganando o si por el contrario no nos merece la pena seguir luchando, por mucho que digan que hay que morir la espada en la mano, hay casos en los que la victoria no sólo es imposible, sino que no merece la pena.
Si bien con las parejas este tipo de evaluación es bastante más subjetivo, ya que entran en juego los sentimientos, en el caso del trabajo, debemos de olvidarnos de esos sentimientos, porque a fin de cuentas a nosotros nos pagan por unas condiciones de trabajo y no porque seamos mejores o peores personas, o porque algunos compañeros nos caigan mejor o peor. El ambiente es algo a tener en cuenta, obviamente, pero entran en juego otros factores.
Desgraciadamente las evaluaciones suelen salir a deber en lugar de lo contrario. Podemos encontrar puestos de trabajo donde estamos muy a gusto por el ambiente que se respira ahí dentro, porque tenemos amigos con nosotros o porque reina el buen rollo, y sin embargo donde se paga poco o mal. Pero también, y suele ser el caso, encontramos lugares de trabajo, donde los compañeros son unos tiburones, el trabajo es una mierda y nuestro jefe un capullo sin igual; pero ahí pagan bien o el horario es ideal. Es en esos casos donde la valoración se hace difícil.
Al final todo se resume a una evaluación matemática, en la que le adjudicaremos valores a cosas y a acciones según nuestro propio criterio, de forma totalmente subjetiva y personal. Pero es lo que nos servirá en el futuro para poder tomar la decisión de quedarnos o por el contrario de irnos de donde estamos. O simplemente podemos optar, hoy que el trabajo es algo tan difícil y escaso, en seguir donde estamos mientras encontramos algo mejor. Y una vez que lo hayamos encontrado, le damos la patada y “hasta luego Lucas”.
Debemos aprovechar que podemos hacer esto, porque en el mundo de las relaciones, por muy parecido que sea, es una canallada el estar con alguien por conformismo, o simplemente mientras llega algo mejor. Si bien en el mundo laboral es algo que se aconseja, (más vale trabajo en mano aunque sea malo mientras llegue otro mejor), en el lado afectivo es mejor no hacerlo, porque entran en juego los sentimientos de la gente. De un jefe o de los compañeros pasas página y no sucede nada, pero de alguien querido no.
Como epílogo, diré que al poco tiempo de haber escrito esto, recibí una llamada de una amiga, diciéndome que tenía el puesto. Y efectivamente a los 5 minutos me llamó mi actual jefa a darme una cita para una entrevista de trabajo. A las dos semanas estaba contratado, y desde entonces en el plan laboral, soy la persona más feliz del mundo. Al final no hay mal que por bien no venga.