Talk On Corners
Después de varios años escribiendo artículos, me he dado cuenta de que por mucho que intentes pulir la escritura o lo que dices, siempre hay quien lo entiende a su manera. Y tal vez esto sea una de las cosas que hacen de este hobbie algo bonito. Sin embargo muchas veces lo que decimos, aquello que expresamos pasa totalmente al lado de lo que queremos que la gente asimile y lo entienden de una forma totalmente opuesta a la deseada.
Muchas veces aprendemos de los errores, y algunas de ellas no somos conscientes de los que cometemos si no es porque hay alguien que se encarga de hacérnoslo notar. Si el fin justifica los medios, cuando obtenemos algo opuesto a lo que queremos, ¿Dónde nos deja eso? Dado que con la práctica se llega a la precisión, ¿por qué hay tanta gente que se regocija de los fallos de los demás? Y ya no solo de ellos, sino que les da placer el poder criticarlos. Pero digo yo, ¿acaso la crítica no nos hace mejores? ¿Podemos progresar en algo si nunca se nos comunica nuestro fallo?
Esta claro que para quien es perfecto esto no sirve, porque nunca cometerán ningún error. Pero para el resto de la imperfecta humanidad, esto es lo que hay.
Puedo poner varios ejemplos de lo que la gente piensa al leer lo que escribo.
El primero es mi amigo C. al leer mis artículos sobre cómo lo paso cuando no estamos juntos. Para él son sólo paranoias que me dan y que se van conforme pasa el tiempo. La valoración de lo que pueda sentir en ese momento es nula, puesto que lo considera todo una simple pataleta pasajera, y como me conoce ya tan bien, según sus propias palabras, no las tiene en cuenta ya que sabe que a las pocas horas o días habré vuelto a mi estado normal. Por lo tanto es simplemente una cuestión “hormonal” o algo parecido, y es que claro, acostumbrado a tratar con mujeres y sus cambios de humor, pues como que no se toma esas cosas en serio. Aunque he de admitir que efectivamente son ataques paranoicos míos, pero eso no quita que no sean mis sentimientos o lo que siento en ese preciso momento.
Otro nuevo lector me ha comentado que después de leer lo que escribo se ha quedado impresionado y ha cambiado la imagen que tenia de mí. Por un lado se ha dado cuenta de que tengo sentimientos, efectivamente, dentro del cuerpo hay algo más, no soy como un jarrón en una repisa o una especie de florero bonito pero vacío, sino que también dice que para mal. Y esto viene en consecuencia a la imagen externa que tenía de mi, según sus propias palabras no entiende como un “monumento” como yo se puede agobiar por estar solo cuando yo debería de poder tener a quien quisiera. Vamos, que chasqueo con los dedos y tengo a quien quiera o le doy una patada a una piedra y me salen 3…
Bueno, yo, para empezar nunca me he considerado un monumento, si bien es cierto que hay a quien le guste más y a quien menos, como pasa en todas partes, también he de decir que hay cosas mías que se deberían de valorar mucho más que mi físico, y que según dicen mis amigas soy todo un partido. Cierto. Pero no en el mundo en el que vivo. Aquí se valoran otros aspectos, como lo fácil que eres a la hora de irte a la cama con alguien (o no, porque la gente se mueve en dos polos opuestos sin medias tintas), cuánto te mide o cuanto aguantas en un polvo. Y sobretodo si tienes sitio y dinero, porque a la peña le gusta hacerlo en una cama y no en el coche, y que encima les pagues los condones.
Mis amigas, como mujeres que son, valoran otras cosas, aparte del cuerpo, lo cual está muy bien, pero no me sirve de consuelo, puesto que no son las reglas del juego que me toca jugar. Y seguro que alguno habrá que valore lo que ellas, de hecho, sin ir más lejos C. lo hace. Pero no es suficiente.
Hablando de ellas, una de mis amigas me ha comentado acerca de mi último artículo que denota mi tendencia masoquista en mi relación con C., puesto que según ella, juega al perro del hortelano y yo se lo permito, cuando yo debería de ser quien lo mande a freír monas y rehaga mi vida a solas. “Más vale solo que mal acompañado” dice. No estoy de acuerdo, hay veces que la soledad es mucha soledad. Y además yo no le reprocho a C. su actitud hacia mí, puesto que como ella dice, la culpa la tengo yo por no querer salir de ahí. Ciertamente estamos en un punto en el que nos resulta muy cómodo estar así, y no buscamos cambiarlo, por lo que la culpa es mutua.
Otro ejemplo de crítica, esta vez en el trabajo, bueno, mejor dicho en el gimnasio, fue aquella que me hizo una alumna en la primera clase que di en público. Lo cierto es que ha sido de las mejores que me hayan hecho, puesto que me permitió ver los errores que hacía y donde podía mejorar. Como bien le dije cuando me lo comentó, yo no me puedo ni ver ni oír a la hora de dar una clase, por lo que no tengo referencia alguna de lo que hago, y siempre viene bien que alguien que sepa del tema me diga dónde fallo para poder mejorar. Y eso intento todos los días. No cometer esos mismos errores. Por lo tanto no todas las críticas han de ser tomadas como negativas.
Sin embargo hay una vertiente maligna de este deporte nacional. Y es aquella que se refiere a los rumores de pasillo. Desde el instituto no me había pasado lo que me ha pasado en la empresa donde estoy trabajando ahora, sí, aquella tan guay. La única diferencia es que ya no soy aquel chaval asustadizo e inseguro de la adolescencia. Supongo que es gracias a la experiencia que nos da la vida, que nos hacemos más fuertes y más resistentes a los cuchicheos a nuestras espaldas.
Pues bien, la semana pasada me enteré de que la gente presta cierto interés en saber con quién me gusta irme a la cama. No porque les interese estar ahí, sino porque es diferente a lo que la norma indica. Claro si yo fuese un tío rudo, con mogollón de ligues femeninos, de los que estaría presumiendo todo el día, pues soy rarito. Eso además de que no soy de esos que van a cargar cajas a pulso en el almacén, ni me la paso escupiendo entre los palets de biberones. De ahí que una de las cosas que dicen de mi es que soy “muy fino”. Y a partir de ahí ya le dan rienda suelta a la imaginación. Y digo yo, menos mal que no soy de esos que van perdiendo aceite o soltando pluma como si viviese en un gallinero.
Puede que el interés lo suscite más ese aspecto no tan declarado, que a veces se sabe y a veces no. Pero al final los rumores se extienden, y aquellas personas que tienen ojo crítico por tener amistades con inclinaciones como las mías los terminan por corroborar.
En el primer trabajo que tuve, sólo una persona me sacó esa información, y debido justamente a ese tipo de amistades. Lo cual no influyó en absoluto en nuestra relación laboral. Simplemente que cuando sabes como es un pato, ya no lo confundes con una gallina ni con un pavo, aunque vivan en la misma granja. Pero si no lo sabes, para ti todo son aves de corral.
Aquí la cosa fue más o menos la misma, solo que en un entorno mayoritariamente femenino, o les tiras lo tejos a todas de forma indiscriminada o salta la liebre. Y como yo no soy de aquellos que tengan que fingir cosas que no soy, pues el animal saltó y salió huyendo de la pradera.
Nada más conocerme, de esto me he enterado la semana pasada, una de mis compañeras pensó en que tenía que presentarme a su cuñado… lo dicho, menos mal que no soy de aquellos que lo gritan a los 4 vientos. Luego otra sacó el tema de forma muy natural en plan “cuando salgo de marcha por el ambiente, ya sabes…” y yo “sí, lo sé”. Y luego han sido ellas dos las que me han confirmado que “dicen por ahí que…” acerca de si me va la carne o el pescado. Y yo que me quejaba que no había rumores ni cotilleos en la empresa, me he visto en pleno centro de ellos. Eso me pasa por hablar.
C. me ha dicho que la solución es muy sencilla, y consiste “únicamente” en tirarle los tejos indiscriminadamente a toda mujer que se me ponga a tiro, y de paso si cuela, pues eso que me llevo. Además, “nunca se sabe si luego te gusta o no”. Está claro que si no pruebas algo no puedes saber si te va a gustar o no. Pero yo no soy así.
Como bien he dicho ya anteriormente, mi periodo del instituto lo he dejado atrás. Ya no tengo ganas de ir llevando una doble vida, como si fuera algún súper héroe enmascarado, yo le llamo el “complejo de Batman”, fingiendo tener una personalidad totalmente distinta, y viviendo en el temor a que cualquier día me descubran y me prendan fuego en la hoguera pública donde queman todos los chupetes caducados. Esos tiempos oscuros se han acabado. Bastantes mentiras he tenido que inventarme en esa época para que no me pillaran cuando volvía con chupetones en el cuello. Y ahora que lo pienso, es increíble que mis compañeros se tragaran semejantes trolas, porque yo sabía mentir, pero eso ya era descarado. Muchas veces ya rozaba la ciencia ficción.
Mi pensamiento es que si la empresa en la que estoy valora más con quien me acuesto que el trabajo que desempeño en ella, no merece la pena que siga ahí. Porque a pesar de que el mercado laboral está muy mal, conozco otros lugares donde la orientación de la persona no es lo que se valora, sino su profesionalidad. Y más hoy en día que he descubierto lo mucho que me gusta dar clases de pilates.
Muchas veces las críticas están bien fundadas sobre cosas reales, pero sacadas de quicio, otras simplemente son un error de percepción de la gente de nuestro alrededor, que no sabe ver la imagen al completo. La mentalidad cerrada y el miedo a lo desconocido nos empujan a juzgar y a castigar todo aquello que no entendemos o que es diferente. Pero algunas veces esos prejuicios o valoraciones nos permiten mejorar en nuestra vida, hacernos más fuertes al pasar de lo que digan, o aprender de lo que hacemos mal para no cometer los mismos errores. Al final la experiencia es lo que no da.
Muchas veces aprendemos de los errores, y algunas de ellas no somos conscientes de los que cometemos si no es porque hay alguien que se encarga de hacérnoslo notar. Si el fin justifica los medios, cuando obtenemos algo opuesto a lo que queremos, ¿Dónde nos deja eso? Dado que con la práctica se llega a la precisión, ¿por qué hay tanta gente que se regocija de los fallos de los demás? Y ya no solo de ellos, sino que les da placer el poder criticarlos. Pero digo yo, ¿acaso la crítica no nos hace mejores? ¿Podemos progresar en algo si nunca se nos comunica nuestro fallo?
Esta claro que para quien es perfecto esto no sirve, porque nunca cometerán ningún error. Pero para el resto de la imperfecta humanidad, esto es lo que hay.
Puedo poner varios ejemplos de lo que la gente piensa al leer lo que escribo.
El primero es mi amigo C. al leer mis artículos sobre cómo lo paso cuando no estamos juntos. Para él son sólo paranoias que me dan y que se van conforme pasa el tiempo. La valoración de lo que pueda sentir en ese momento es nula, puesto que lo considera todo una simple pataleta pasajera, y como me conoce ya tan bien, según sus propias palabras, no las tiene en cuenta ya que sabe que a las pocas horas o días habré vuelto a mi estado normal. Por lo tanto es simplemente una cuestión “hormonal” o algo parecido, y es que claro, acostumbrado a tratar con mujeres y sus cambios de humor, pues como que no se toma esas cosas en serio. Aunque he de admitir que efectivamente son ataques paranoicos míos, pero eso no quita que no sean mis sentimientos o lo que siento en ese preciso momento.
Otro nuevo lector me ha comentado que después de leer lo que escribo se ha quedado impresionado y ha cambiado la imagen que tenia de mí. Por un lado se ha dado cuenta de que tengo sentimientos, efectivamente, dentro del cuerpo hay algo más, no soy como un jarrón en una repisa o una especie de florero bonito pero vacío, sino que también dice que para mal. Y esto viene en consecuencia a la imagen externa que tenía de mi, según sus propias palabras no entiende como un “monumento” como yo se puede agobiar por estar solo cuando yo debería de poder tener a quien quisiera. Vamos, que chasqueo con los dedos y tengo a quien quiera o le doy una patada a una piedra y me salen 3…
Bueno, yo, para empezar nunca me he considerado un monumento, si bien es cierto que hay a quien le guste más y a quien menos, como pasa en todas partes, también he de decir que hay cosas mías que se deberían de valorar mucho más que mi físico, y que según dicen mis amigas soy todo un partido. Cierto. Pero no en el mundo en el que vivo. Aquí se valoran otros aspectos, como lo fácil que eres a la hora de irte a la cama con alguien (o no, porque la gente se mueve en dos polos opuestos sin medias tintas), cuánto te mide o cuanto aguantas en un polvo. Y sobretodo si tienes sitio y dinero, porque a la peña le gusta hacerlo en una cama y no en el coche, y que encima les pagues los condones.
Mis amigas, como mujeres que son, valoran otras cosas, aparte del cuerpo, lo cual está muy bien, pero no me sirve de consuelo, puesto que no son las reglas del juego que me toca jugar. Y seguro que alguno habrá que valore lo que ellas, de hecho, sin ir más lejos C. lo hace. Pero no es suficiente.
Hablando de ellas, una de mis amigas me ha comentado acerca de mi último artículo que denota mi tendencia masoquista en mi relación con C., puesto que según ella, juega al perro del hortelano y yo se lo permito, cuando yo debería de ser quien lo mande a freír monas y rehaga mi vida a solas. “Más vale solo que mal acompañado” dice. No estoy de acuerdo, hay veces que la soledad es mucha soledad. Y además yo no le reprocho a C. su actitud hacia mí, puesto que como ella dice, la culpa la tengo yo por no querer salir de ahí. Ciertamente estamos en un punto en el que nos resulta muy cómodo estar así, y no buscamos cambiarlo, por lo que la culpa es mutua.
Otro ejemplo de crítica, esta vez en el trabajo, bueno, mejor dicho en el gimnasio, fue aquella que me hizo una alumna en la primera clase que di en público. Lo cierto es que ha sido de las mejores que me hayan hecho, puesto que me permitió ver los errores que hacía y donde podía mejorar. Como bien le dije cuando me lo comentó, yo no me puedo ni ver ni oír a la hora de dar una clase, por lo que no tengo referencia alguna de lo que hago, y siempre viene bien que alguien que sepa del tema me diga dónde fallo para poder mejorar. Y eso intento todos los días. No cometer esos mismos errores. Por lo tanto no todas las críticas han de ser tomadas como negativas.
Sin embargo hay una vertiente maligna de este deporte nacional. Y es aquella que se refiere a los rumores de pasillo. Desde el instituto no me había pasado lo que me ha pasado en la empresa donde estoy trabajando ahora, sí, aquella tan guay. La única diferencia es que ya no soy aquel chaval asustadizo e inseguro de la adolescencia. Supongo que es gracias a la experiencia que nos da la vida, que nos hacemos más fuertes y más resistentes a los cuchicheos a nuestras espaldas.
Pues bien, la semana pasada me enteré de que la gente presta cierto interés en saber con quién me gusta irme a la cama. No porque les interese estar ahí, sino porque es diferente a lo que la norma indica. Claro si yo fuese un tío rudo, con mogollón de ligues femeninos, de los que estaría presumiendo todo el día, pues soy rarito. Eso además de que no soy de esos que van a cargar cajas a pulso en el almacén, ni me la paso escupiendo entre los palets de biberones. De ahí que una de las cosas que dicen de mi es que soy “muy fino”. Y a partir de ahí ya le dan rienda suelta a la imaginación. Y digo yo, menos mal que no soy de esos que van perdiendo aceite o soltando pluma como si viviese en un gallinero.
Puede que el interés lo suscite más ese aspecto no tan declarado, que a veces se sabe y a veces no. Pero al final los rumores se extienden, y aquellas personas que tienen ojo crítico por tener amistades con inclinaciones como las mías los terminan por corroborar.
En el primer trabajo que tuve, sólo una persona me sacó esa información, y debido justamente a ese tipo de amistades. Lo cual no influyó en absoluto en nuestra relación laboral. Simplemente que cuando sabes como es un pato, ya no lo confundes con una gallina ni con un pavo, aunque vivan en la misma granja. Pero si no lo sabes, para ti todo son aves de corral.
Aquí la cosa fue más o menos la misma, solo que en un entorno mayoritariamente femenino, o les tiras lo tejos a todas de forma indiscriminada o salta la liebre. Y como yo no soy de aquellos que tengan que fingir cosas que no soy, pues el animal saltó y salió huyendo de la pradera.
Nada más conocerme, de esto me he enterado la semana pasada, una de mis compañeras pensó en que tenía que presentarme a su cuñado… lo dicho, menos mal que no soy de aquellos que lo gritan a los 4 vientos. Luego otra sacó el tema de forma muy natural en plan “cuando salgo de marcha por el ambiente, ya sabes…” y yo “sí, lo sé”. Y luego han sido ellas dos las que me han confirmado que “dicen por ahí que…” acerca de si me va la carne o el pescado. Y yo que me quejaba que no había rumores ni cotilleos en la empresa, me he visto en pleno centro de ellos. Eso me pasa por hablar.
C. me ha dicho que la solución es muy sencilla, y consiste “únicamente” en tirarle los tejos indiscriminadamente a toda mujer que se me ponga a tiro, y de paso si cuela, pues eso que me llevo. Además, “nunca se sabe si luego te gusta o no”. Está claro que si no pruebas algo no puedes saber si te va a gustar o no. Pero yo no soy así.
Como bien he dicho ya anteriormente, mi periodo del instituto lo he dejado atrás. Ya no tengo ganas de ir llevando una doble vida, como si fuera algún súper héroe enmascarado, yo le llamo el “complejo de Batman”, fingiendo tener una personalidad totalmente distinta, y viviendo en el temor a que cualquier día me descubran y me prendan fuego en la hoguera pública donde queman todos los chupetes caducados. Esos tiempos oscuros se han acabado. Bastantes mentiras he tenido que inventarme en esa época para que no me pillaran cuando volvía con chupetones en el cuello. Y ahora que lo pienso, es increíble que mis compañeros se tragaran semejantes trolas, porque yo sabía mentir, pero eso ya era descarado. Muchas veces ya rozaba la ciencia ficción.
Mi pensamiento es que si la empresa en la que estoy valora más con quien me acuesto que el trabajo que desempeño en ella, no merece la pena que siga ahí. Porque a pesar de que el mercado laboral está muy mal, conozco otros lugares donde la orientación de la persona no es lo que se valora, sino su profesionalidad. Y más hoy en día que he descubierto lo mucho que me gusta dar clases de pilates.
Muchas veces las críticas están bien fundadas sobre cosas reales, pero sacadas de quicio, otras simplemente son un error de percepción de la gente de nuestro alrededor, que no sabe ver la imagen al completo. La mentalidad cerrada y el miedo a lo desconocido nos empujan a juzgar y a castigar todo aquello que no entendemos o que es diferente. Pero algunas veces esos prejuicios o valoraciones nos permiten mejorar en nuestra vida, hacernos más fuertes al pasar de lo que digan, o aprender de lo que hacemos mal para no cometer los mismos errores. Al final la experiencia es lo que no da.
Las Arenas Movedizas
Hoy me he dado cuenta de que mi no-relación no es mejor que estar solo, es algo que me consume. Es algo que ha apagado mi luz, me ha hecho dejar de ver la luz de los demás, me ha dejado ciego, me ha hecho perder el rumbo, y no se conforma con eso, sino que además me ha hecho perder la esperanza.
Es un poco fuerte como inicio, pero a veces escribir y decir lo que siento es la única forma que tengo de impedir que todo aquello se quede dentro de mí y me destruya de adentro afuera.
He llegado a pensar que esta relación es como estar en arenas movedizas, si te mueves y pataleas por seguir, te hundes más, pero si estás quieto y no te mueves, entonces te hundes irremediablemente. Hagas lo que hagas no puedes salir de ahí por ti mismo.
Cuando llega el momento en el que te das cuenta de eso ¿cómo sabes que no debes tirar la toalla? ¿Realmente puedes seguir luchando eternamente? ¿De donde sacamos las fuerzas para seguir peleando por salir adelante?
Supongo que lo más fácil es pedir ayuda, pero lo complicado es saber a quien. Porque en mi caso, mi mejor amigo es el responsable de este estado en el que estoy, por lo tanto no puedo pedirle ayuda, ya que haga lo que haga, si me ayuda, no lo entenderé como amistad sino como algo más, me dará esperanza y me volveré a hacer daño. Pero si no pido ayuda, no valoro su amistad, y esto podría deteriorarla, y no se trata de perder amigos tan buenos.
Una de las cosas que hacen esta perdición llevadera es el saber que no estamos solos, que hay mas gente que pasa por ahí y que sabe como salir de ahí, o que sale de alguna manera de ese estado. Podemos seguir su ejemplo, pero el problema es que cuando estamos solos en casa, la cabeza no nos deja seguir adelante. Porque no hay nadie para darnos fuerzas, porque no hay quien nos diga que todo este mal trago merece la pena, porque hay luz al final del túnel. Nos olvidamos que después de la tormenta siempre viene la calma, y que las noches más oscuras siempre tienen su final. Pero mientras eso llega, nos consumimos, y a veces pensamos en no llegar al día siguiente, porque no merece la pena.
Pero volviendo al tema del título, debe existir una forma de que no nos hundamos eternamente, y podamos salir de esa situación sin ayuda de nadie. Más que nada porque hay veces en las que no hay nadie que nos pueda ayudar.
Por eso es importante por un lado tener amigos que nos rodeen y nos cuiden, pero cuando no es el caso, hay que buscar otras alternativas.
Como ya he dicho antes, en mi caso, los amigos no sirven, pero creo que la alternativa más eficaz es el trabajo. Por un lado el trabajo me permite desconectar durante gran parte del día, pero el problema es que no me puedo quedar ahí, refugiado toda la semana. Llega la noche, llega el fin de semana y los demonios que me acosan me esperan. Últimamente les he conseguido dar esquinazo con los hobbies, pero llega un momento que no puedes huir más. No hay más adonde ir, no tienes más sitios dónde esconderte de ellos. La soledad llega a alcanzarte y no tienes con qué ahogarla. Aunque tengas varias botellas de alcohol al lado, no es suficiente.
Recurrir a los vicios o a los sustitutos no suele ser una buena solución, porque al final llega el momento de despertar, de abrir los ojos y de darnos cuenta de que seguimos metidos en la arena, y que cada vez nos cubre más.
Llega el momento de la acción. Hay que hacer algo para que no desaparezcamos ahí. Algunas veces es simplemente que la otra persona encuentra a alguien, te destroza el corazón, y entonces pasas por todos los estados de la ruptura que ya he compensado varias veces. Personalmente pienso que ese dolor es bueno. Pero por desgracia no siempre es así.
A veces no puedes esperar a que te rompan el corazón. Sería de cobardes esperar a que la otra persona dé el paso, y sobretodo cuando es un amigo tuyo, y no quiere que sufras. Tienes que sacar fuerzas de dónde sea para poder sobrevivir, para poder seguir adelante, para poder salir por ti mismo de la arena. No tienes a nadie, no tienes excusa, no tienes cuerda, no tienes nada.
Ahí tienes dos opciones, la de dejarte hundir para siempre, y acabar ahí, o la de buscar la forma de sobrevivir. Es importante que recordemos que en esta vida, todas las pruebas que nos ponen están a la medida de nuestras fuerzas. El Universo no nos pondría a luchar contra algo que sabe que no somos capaces de vencer a no ser que el morir luchando sea la lección que hemos de aprender. Pero no creo que sea lo que tengo que aprender ahora mismo.
Sinceramente no tengo la solución para las preguntas de más arriba, me gustaría poder tenerlas, pero probablemente no sea lo que debo hacer. Sin embargo pienso que todo sucede por una razón, y que de alguna manera el sol saldrá al día siguiente. Tiene que ser así. Tiene que haber alguna ventana que se abra cuando las puertas se cierran. De lo contrario el Universo jamás estaría en equilibrio.
Y como siempre suele pasar, después de la noche, siempre sale el sol. Porque incluso la noche más oscura y más larga tiene un final.
Esto no significa que al día siguiente todo vaya bien, simplemente que las cosas ya no parecen tan terribles. En mi caso sigo metido hasta el cuello en mi propia trampa, pero digamos que veo las cosas de otra forma. Todo sigue invariable, no hay cambios significativos en mi vida sentimental, y los días son todos iguales, los fines de semana llegan y se van como las olas del mar, invariablemente, con la única diferencia que no consiguen borrar las huellas que dejo en la arena del pasado.
Puede que nunca consiga salir de ella, o puede que sí, no lo sé. Sólo sé que al día siguiente de escribir la primera parte, me desperté sin esa sensación de desesperación tan intensa. Las cosas en mi vida laboral tomaron un rumbo diferente, lo cual me mantiene ocupado. Durante la semana no tengo tiempo de ponerme a pensar en la soledad, porque llego a casa reventado y tarde. Y el fin de semana lo tengo para reponer fuerzas, y ya sea sólo en casa, con mis amigos, o hundiéndome más en mi cuadrado de arena, el tiempo va pasando, y las cosas siguen iguales.
Lo malo es cuando esa desesperación nos llega en plena mitad del día, sobretodo los fines de semana, y no podemos irnos a dormir ya porque pareceríamos unos ermitaños. En tal caso, yo creo que lo mejor es salir a la calle a que nos dé el sol. Muchas veces simplemente con eso, la mayoría de las paranoias desaparecen, como si se derritiesen bajo la nieve. Y si no funciona, por lo menos hemos salido a que nos dé el aire y nos hemos quitado de encima el olor a polilla encerrada. Hasta ahí, somos nosotros mismos los que nos podemos prestar ayuda en momentos de crisis.
Muchas veces pienso que estar tan ocupado entre el trabajo y mi otro trabajo es bueno, que me permitirá conocer gente nueva y a lo mejor alguien que me saque del pozo, pero otras pienso que igual esa persona no aparecerá y quien tiene que salir sin ayudas soy yo sólo. Y tal vez no aparezca, pero mientras tanto puedo ir ahorrando para poder independizarme y vivir yo sólo.
Dicen que lo que no nos mata nos hace más fuertes, pero también pienso que hay momentos en los que por muy fuertes que seamos, deberíamos poder extender la mano hacia el cielo, cuando toda esperanza parece perdida, cuando ya no vemos más que oscuridad, y que alguien nos coja de ella y nos ayude. Sin embargo eso todavía no ha sucedido.
También hay quien piensa que las pruebas a las que somos sometidos van en función de la fuerza que tenemos, que nunca nos pedirán algo que de antemano saben que no seremos capaces de lograr. Que si nos equivocamos, debemos aprender de los errores, y no volver a cometerlos. Pero que nunca a nadie se le pedirá algo que no podrá conseguir. Nunca se le pondrá en una situación de la que no pueda salir con sus propios medios. De lo contrario no tendría sentido que aprendiésemos de nuestros errores o a ser más fuertes con cosas que somos incapaces de superar.
No creo que un clavo quite otro clavo, ni en las relaciones puente, porque me parecen injustas hacia la otra persona, pero a veces no tenemos más remedio que meternos en una, para poder salir adelante. Probablemente porque solos no seamos capaces de salir, y necesitamos que alguien nos eche un cable. Esa persona que conocemos en ese momento puede que no sea el amor de nuestra vida, pero nos ayuda a olvidar el pasado y a seguir hacia el futuro.
Lo importante es no perder paciencia, y saber que si hoy las cosas no salen bien, mañana puede que tampoco, pero tiene que llegar el momento en el que cambien. Hoy puede que sea un mal día, que todo salga mal, pero como todo en esta vida tiene su final. Por eso muchas veces, cuando las cosas no salen como queremos, o cuando perdemos la esperanza, en lugar de ponernos tristes o paranoicos, lo que deberíamos hacer es cerrar las cortinas, apagarlo todo e irnos a dormir, teniendo la certeza de que un nuevo día llegará.
Es un poco fuerte como inicio, pero a veces escribir y decir lo que siento es la única forma que tengo de impedir que todo aquello se quede dentro de mí y me destruya de adentro afuera.
He llegado a pensar que esta relación es como estar en arenas movedizas, si te mueves y pataleas por seguir, te hundes más, pero si estás quieto y no te mueves, entonces te hundes irremediablemente. Hagas lo que hagas no puedes salir de ahí por ti mismo.
Cuando llega el momento en el que te das cuenta de eso ¿cómo sabes que no debes tirar la toalla? ¿Realmente puedes seguir luchando eternamente? ¿De donde sacamos las fuerzas para seguir peleando por salir adelante?
Supongo que lo más fácil es pedir ayuda, pero lo complicado es saber a quien. Porque en mi caso, mi mejor amigo es el responsable de este estado en el que estoy, por lo tanto no puedo pedirle ayuda, ya que haga lo que haga, si me ayuda, no lo entenderé como amistad sino como algo más, me dará esperanza y me volveré a hacer daño. Pero si no pido ayuda, no valoro su amistad, y esto podría deteriorarla, y no se trata de perder amigos tan buenos.
Una de las cosas que hacen esta perdición llevadera es el saber que no estamos solos, que hay mas gente que pasa por ahí y que sabe como salir de ahí, o que sale de alguna manera de ese estado. Podemos seguir su ejemplo, pero el problema es que cuando estamos solos en casa, la cabeza no nos deja seguir adelante. Porque no hay nadie para darnos fuerzas, porque no hay quien nos diga que todo este mal trago merece la pena, porque hay luz al final del túnel. Nos olvidamos que después de la tormenta siempre viene la calma, y que las noches más oscuras siempre tienen su final. Pero mientras eso llega, nos consumimos, y a veces pensamos en no llegar al día siguiente, porque no merece la pena.
Pero volviendo al tema del título, debe existir una forma de que no nos hundamos eternamente, y podamos salir de esa situación sin ayuda de nadie. Más que nada porque hay veces en las que no hay nadie que nos pueda ayudar.
Por eso es importante por un lado tener amigos que nos rodeen y nos cuiden, pero cuando no es el caso, hay que buscar otras alternativas.
Como ya he dicho antes, en mi caso, los amigos no sirven, pero creo que la alternativa más eficaz es el trabajo. Por un lado el trabajo me permite desconectar durante gran parte del día, pero el problema es que no me puedo quedar ahí, refugiado toda la semana. Llega la noche, llega el fin de semana y los demonios que me acosan me esperan. Últimamente les he conseguido dar esquinazo con los hobbies, pero llega un momento que no puedes huir más. No hay más adonde ir, no tienes más sitios dónde esconderte de ellos. La soledad llega a alcanzarte y no tienes con qué ahogarla. Aunque tengas varias botellas de alcohol al lado, no es suficiente.
Recurrir a los vicios o a los sustitutos no suele ser una buena solución, porque al final llega el momento de despertar, de abrir los ojos y de darnos cuenta de que seguimos metidos en la arena, y que cada vez nos cubre más.
Llega el momento de la acción. Hay que hacer algo para que no desaparezcamos ahí. Algunas veces es simplemente que la otra persona encuentra a alguien, te destroza el corazón, y entonces pasas por todos los estados de la ruptura que ya he compensado varias veces. Personalmente pienso que ese dolor es bueno. Pero por desgracia no siempre es así.
A veces no puedes esperar a que te rompan el corazón. Sería de cobardes esperar a que la otra persona dé el paso, y sobretodo cuando es un amigo tuyo, y no quiere que sufras. Tienes que sacar fuerzas de dónde sea para poder sobrevivir, para poder seguir adelante, para poder salir por ti mismo de la arena. No tienes a nadie, no tienes excusa, no tienes cuerda, no tienes nada.
Ahí tienes dos opciones, la de dejarte hundir para siempre, y acabar ahí, o la de buscar la forma de sobrevivir. Es importante que recordemos que en esta vida, todas las pruebas que nos ponen están a la medida de nuestras fuerzas. El Universo no nos pondría a luchar contra algo que sabe que no somos capaces de vencer a no ser que el morir luchando sea la lección que hemos de aprender. Pero no creo que sea lo que tengo que aprender ahora mismo.
Sinceramente no tengo la solución para las preguntas de más arriba, me gustaría poder tenerlas, pero probablemente no sea lo que debo hacer. Sin embargo pienso que todo sucede por una razón, y que de alguna manera el sol saldrá al día siguiente. Tiene que ser así. Tiene que haber alguna ventana que se abra cuando las puertas se cierran. De lo contrario el Universo jamás estaría en equilibrio.
Y como siempre suele pasar, después de la noche, siempre sale el sol. Porque incluso la noche más oscura y más larga tiene un final.
Esto no significa que al día siguiente todo vaya bien, simplemente que las cosas ya no parecen tan terribles. En mi caso sigo metido hasta el cuello en mi propia trampa, pero digamos que veo las cosas de otra forma. Todo sigue invariable, no hay cambios significativos en mi vida sentimental, y los días son todos iguales, los fines de semana llegan y se van como las olas del mar, invariablemente, con la única diferencia que no consiguen borrar las huellas que dejo en la arena del pasado.
Puede que nunca consiga salir de ella, o puede que sí, no lo sé. Sólo sé que al día siguiente de escribir la primera parte, me desperté sin esa sensación de desesperación tan intensa. Las cosas en mi vida laboral tomaron un rumbo diferente, lo cual me mantiene ocupado. Durante la semana no tengo tiempo de ponerme a pensar en la soledad, porque llego a casa reventado y tarde. Y el fin de semana lo tengo para reponer fuerzas, y ya sea sólo en casa, con mis amigos, o hundiéndome más en mi cuadrado de arena, el tiempo va pasando, y las cosas siguen iguales.
Lo malo es cuando esa desesperación nos llega en plena mitad del día, sobretodo los fines de semana, y no podemos irnos a dormir ya porque pareceríamos unos ermitaños. En tal caso, yo creo que lo mejor es salir a la calle a que nos dé el sol. Muchas veces simplemente con eso, la mayoría de las paranoias desaparecen, como si se derritiesen bajo la nieve. Y si no funciona, por lo menos hemos salido a que nos dé el aire y nos hemos quitado de encima el olor a polilla encerrada. Hasta ahí, somos nosotros mismos los que nos podemos prestar ayuda en momentos de crisis.
Muchas veces pienso que estar tan ocupado entre el trabajo y mi otro trabajo es bueno, que me permitirá conocer gente nueva y a lo mejor alguien que me saque del pozo, pero otras pienso que igual esa persona no aparecerá y quien tiene que salir sin ayudas soy yo sólo. Y tal vez no aparezca, pero mientras tanto puedo ir ahorrando para poder independizarme y vivir yo sólo.
Dicen que lo que no nos mata nos hace más fuertes, pero también pienso que hay momentos en los que por muy fuertes que seamos, deberíamos poder extender la mano hacia el cielo, cuando toda esperanza parece perdida, cuando ya no vemos más que oscuridad, y que alguien nos coja de ella y nos ayude. Sin embargo eso todavía no ha sucedido.
También hay quien piensa que las pruebas a las que somos sometidos van en función de la fuerza que tenemos, que nunca nos pedirán algo que de antemano saben que no seremos capaces de lograr. Que si nos equivocamos, debemos aprender de los errores, y no volver a cometerlos. Pero que nunca a nadie se le pedirá algo que no podrá conseguir. Nunca se le pondrá en una situación de la que no pueda salir con sus propios medios. De lo contrario no tendría sentido que aprendiésemos de nuestros errores o a ser más fuertes con cosas que somos incapaces de superar.
No creo que un clavo quite otro clavo, ni en las relaciones puente, porque me parecen injustas hacia la otra persona, pero a veces no tenemos más remedio que meternos en una, para poder salir adelante. Probablemente porque solos no seamos capaces de salir, y necesitamos que alguien nos eche un cable. Esa persona que conocemos en ese momento puede que no sea el amor de nuestra vida, pero nos ayuda a olvidar el pasado y a seguir hacia el futuro.
Lo importante es no perder paciencia, y saber que si hoy las cosas no salen bien, mañana puede que tampoco, pero tiene que llegar el momento en el que cambien. Hoy puede que sea un mal día, que todo salga mal, pero como todo en esta vida tiene su final. Por eso muchas veces, cuando las cosas no salen como queremos, o cuando perdemos la esperanza, en lugar de ponernos tristes o paranoicos, lo que deberíamos hacer es cerrar las cortinas, apagarlo todo e irnos a dormir, teniendo la certeza de que un nuevo día llegará.





