La Meta
Si nos fijamos en aquellas personas que nos rodean, ya sean nuestra familia, los amigos o simplemente aquellas personas que vemos en la televisión, nos podemos dar cuenta de que en esta vida todos vamos como si persiguiésemos algo que no conseguimos alcanzar. Las metas que buscan cada uno son diferentes entre sí, e incluso podemos llegar a pensar que algunas personas andan equivocadas en cuanto a lo que pretenden obtener.
En un mundo regido por objetivos, donde lo que importa es conseguir lo que deseas, cueste lo que cueste, ¿son realmente tan importantes las metas que nos fijemos? ¿Existe en realidad una meta de nuestra vida? Si es el caso, ¿qué pasa cuando la conseguimos alcanzar? ¿Es posible que nos fijemos en obtener solo cosas que son inalcanzables?
Parece ser que para que las personas funcionemos, hemos de fijarnos unos objetivos en la vida que son los que debemos conseguir alcanzar. Por lo general dichos objetivos suelen ir modificándose al paso del tiempo, siendo de cierta índole cuando somos niños, y haciéndose cada vez más materialistas conforme crecemos en edad.
Recuerdo que cuando era un crío, había pocas cosas que me interesasen en comparación con los demás chavales de clase. Mis metas estaban organizadas en 3 periodos, los de corto, medio y largo plazo. Las primeras eran las típicas de cualquier chico “empollón” de cualquier instituto, y era aprender el máximo posible, para así poder sacar las mejores notas posibles y que el calvario del instituto acabase lo antes posible, a la vez que gracias a esas notas excelentes podría salir airoso de ahí. Las buenas notas parecían ser mi billete de salida de aquel infierno en el que estaba metido. (Aparte del hecho de que al no tener ni amigos ni nada con lo que perder el tiempo, lo único en lo que lo podía emplear era en aprender y en estudiar.)
Las metas a medio plazo eran las de sobrevivir como fuese al instituto y que cuando llegasen las vacaciones me pudiese ir lo más lejos posible y el mayor tiempo posible de aquel lugar. Cuando tus únicos amigos son aquellos con los que veraneas, es muy frecuente que lo único que deseas es que lleguen pronto las vacaciones y que les vuelvas a ver. Y mientras tanto intentas sobrevivir al año lectivo mediante la comunicación escrita con ellos, para no perder el contacto y que de esa forma en las siguientes vacaciones podáis veros y pasarlo bien, y así compensar aquella mala pasada en el cole.
Y luego están los planes a largo plazo que incluyen la huida gracias a los billetes de la universidad de aquel infierno en el que te has visto obligado a vivir. Por lo general cualquier carrera serviría para poder poner la excusa de irte a estudiar fuera, pero si encima es algo que te gusta y te interesa desde siempre, pues es aun mejor. En mi caso me veía dividido entre estudiar biología, con eso de que me encantan los bichos (incluso hoy en día), para con ello poder ser biólogo, pero de los de verdad y no como nuestra querida actriz-bióloga-guionista…y estudiar psicología, ya que los follones de la mente humana siempre me han interesado.
Lo curioso con esas cosas, es que echando la vista atrás todo ello me parecía tan simple y tan interesante, y sin embargo después de que hayan pasado los años universitarios y que haya conseguido, efectivamente, salir de aquel infierno, las cosas no sucedieron como deberían haberlo hecho.
Para empezar el lado de los estudios fue todo un fracaso. Las notas que sacaba en los últimos años de la universidad eran apenas pasables, y el trabajo que me requería ponerme a estudiar era tan grande que muchas veces pasaba rozando el aprobado por pura inercia. Hoy en día la idea de tener que estudiar lo que sea me pone los pelos de punta. Así que digamos que las metas a corto plazo fueron superadas pero con más penas que glorias.
En el medio plazo solo diré que aquellos amigos del verano se quedaron en poco más de eso. Porque cuando ellos llegaron a la universidad empezaron a tener más complicaciones que cuando iban al instituto y decidieron dejar de veranear aquí, la relación se fue enfriando y un buen día desaparecieron. Obviamente la culpa no es únicamente de ellos, porque yo podría haber intentado mantener el contacto con ellos, pero es difícil hacerlo cuando únicamente compartís los días de playa. Total que al final ellos también han pasado a mejor plan. Otra meta que se cumplía únicamente en el corto plazo y que al final pasó a otra vida.
Las metas a corto y medio plazo es lo que tienen, que se suelen cumplir enseguida y que no importa si lo hacen o no, porque al final no son las más importantes.
Pero las que duelen en su carencia de realización, son las que hacemos a largo plazo y que al final no conseguimos obtener. Hoy en día no soy psicólogo, no tengo ninguna consulta en la que investigo los problemas de la gente (aparte de este blog), tampoco he descubierto ninguna especia animal nueva, ni conozco mejor el lenguaje de las ballenas, no he estudiado biología y la carrera que he terminado ha sido la que más he odiado en toda mi vida. Al final el trabajo de oficina me parece un alivio, cuando recuerdo que de pequeño yo quería ser explorador, porque eso de pasarme el día en la oficina me parecía terrible. Hoy en día no es así, la rutina que me ofrece ese tipo de trabajo es un alivio.
Sin embargo sí que hay personas que consiguen llenar sus objetivos. Algunos se plantean una carrera difícil, pero exitosa, que consiguen superar con unas notas impresionantes, gracias a la motivación que les aportaba el saber que podrían conseguir sus metas. Hoy en día han escrito libros publicando sus descubrimientos y plasmando sus años de investigación en esos tomos. Han estudiado algo que les ha permitido salirse de la rutina en la que se veían inmersos, han salido adelante y han conseguido mantenerse activos investigando aquello que tanto les interesaba. A fin de cuentas han terminado haciendo algo que les ha gustado siempre. Tienen sus empleos consolidados y se encuentran en un sitio parecido al que imaginaban cuando emitían sus deseos de futuro de pequeños.
Otras personas no están donde habían planeado, pero sus metas en la vida se han conseguido. Para aquellos que querían tener una familia y que han luchado por ello, puede que hoy en día no estén trabajando de directivos de una gran multinacional. Peor lo están haciendo en una empresa bastante buena, lejos de su familia, eso sí, pero al menos han conseguido salir adelante y sacar tanto a su pareja como a sus hijos adelante. Han podido salir de los talleres de coches y llegar al estrellato, relativo, pero estrellato. Por las noches pueden sentirse satisfechos de haber hecho algo de provecho con sus vidas. Y sobretodo cuando están haciendo algo que realmente les aporta satisfacción al tratarse de un empleo que les llena como personas, porque es lo que les gusta hacer. No es el mejor trabajo del mundo, pero les gusta lo que hacen.
Algunas personas no están donde quieren estar, pero al menos están, y con ello se sienten satisfechas. Han aprendido a aceptar la realidad de las cosas que les rodean, y no piden más porque saben que no son capaces de obtener más. Conocen sus limitaciones y las admiten, se conforman con lo que hay y son felices, porque saben que podrían estar en peor lugar, sus metas no han sido conseguidas, pero han llegado a sitios en los que no se está mal del todo. Podrían aspirar a más, pero se contentan con lo que tienen, siguiendo la máxima de “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Su trabajo no les ilusiona, pero no les da asco.
Otras personas son el caso opuesto. Se me ocurre el ejemplo de mi gran musa, Madonna. En ella tenemos a una persona cuya meta no es visible debido a su afán de superación constante. Podríamos decir que su meta sería la de llegar más allá cada día de adonde ha llegado. Es algo así como que cada día intentará conseguir algo nuevo. Es una forma de concebir la vida bastante interesante, pero tiene el fallo de que nunca se obtendrá la felicidad, porque siempre se ambicionará algo superior, con la diferencia de que probablemente no haya un tope en el que se pueda mirar hacia atrás y decir “ya he llegado”, como diría el alpinista que ha conseguido llegar a la cima del Everest. En este caso se trata de subir a una montaña que no tiene cima, porque siempre es posible ir más lejos. La meta en la vida de estas personas es inalcanzable, por lo que siempre están en movimiento y siempre consiguen cosas mejores y nuevas.
Por lo tanto las metas que nos establecemos pueden ser fáciles de alcanzar, por lo que no aportan ninguna satisfacción a no ser que sepamos conformarnos con lo que nos dan, o bien pueden ser inalcanzables, lo cual no las hace desmerecedoras sino que hace que siempre estemos en su búsqueda. En este caso es cuando, en realidad, disfrutamos del viaje más que de la meta. Mientras que en el otro caso lo único que nos interesa es el fin (de “el fin justifica los medios”). Al final, somos nosotros los que decidimos en qué parte de la pirámide de Maslow queremos quedarnos, y muchas veces no es en la altura en la que pensábamos, sino más abajo.
En un mundo regido por objetivos, donde lo que importa es conseguir lo que deseas, cueste lo que cueste, ¿son realmente tan importantes las metas que nos fijemos? ¿Existe en realidad una meta de nuestra vida? Si es el caso, ¿qué pasa cuando la conseguimos alcanzar? ¿Es posible que nos fijemos en obtener solo cosas que son inalcanzables?
Parece ser que para que las personas funcionemos, hemos de fijarnos unos objetivos en la vida que son los que debemos conseguir alcanzar. Por lo general dichos objetivos suelen ir modificándose al paso del tiempo, siendo de cierta índole cuando somos niños, y haciéndose cada vez más materialistas conforme crecemos en edad.
Recuerdo que cuando era un crío, había pocas cosas que me interesasen en comparación con los demás chavales de clase. Mis metas estaban organizadas en 3 periodos, los de corto, medio y largo plazo. Las primeras eran las típicas de cualquier chico “empollón” de cualquier instituto, y era aprender el máximo posible, para así poder sacar las mejores notas posibles y que el calvario del instituto acabase lo antes posible, a la vez que gracias a esas notas excelentes podría salir airoso de ahí. Las buenas notas parecían ser mi billete de salida de aquel infierno en el que estaba metido. (Aparte del hecho de que al no tener ni amigos ni nada con lo que perder el tiempo, lo único en lo que lo podía emplear era en aprender y en estudiar.)
Las metas a medio plazo eran las de sobrevivir como fuese al instituto y que cuando llegasen las vacaciones me pudiese ir lo más lejos posible y el mayor tiempo posible de aquel lugar. Cuando tus únicos amigos son aquellos con los que veraneas, es muy frecuente que lo único que deseas es que lleguen pronto las vacaciones y que les vuelvas a ver. Y mientras tanto intentas sobrevivir al año lectivo mediante la comunicación escrita con ellos, para no perder el contacto y que de esa forma en las siguientes vacaciones podáis veros y pasarlo bien, y así compensar aquella mala pasada en el cole.
Y luego están los planes a largo plazo que incluyen la huida gracias a los billetes de la universidad de aquel infierno en el que te has visto obligado a vivir. Por lo general cualquier carrera serviría para poder poner la excusa de irte a estudiar fuera, pero si encima es algo que te gusta y te interesa desde siempre, pues es aun mejor. En mi caso me veía dividido entre estudiar biología, con eso de que me encantan los bichos (incluso hoy en día), para con ello poder ser biólogo, pero de los de verdad y no como nuestra querida actriz-bióloga-guionista…y estudiar psicología, ya que los follones de la mente humana siempre me han interesado.
Lo curioso con esas cosas, es que echando la vista atrás todo ello me parecía tan simple y tan interesante, y sin embargo después de que hayan pasado los años universitarios y que haya conseguido, efectivamente, salir de aquel infierno, las cosas no sucedieron como deberían haberlo hecho.
Para empezar el lado de los estudios fue todo un fracaso. Las notas que sacaba en los últimos años de la universidad eran apenas pasables, y el trabajo que me requería ponerme a estudiar era tan grande que muchas veces pasaba rozando el aprobado por pura inercia. Hoy en día la idea de tener que estudiar lo que sea me pone los pelos de punta. Así que digamos que las metas a corto plazo fueron superadas pero con más penas que glorias.
En el medio plazo solo diré que aquellos amigos del verano se quedaron en poco más de eso. Porque cuando ellos llegaron a la universidad empezaron a tener más complicaciones que cuando iban al instituto y decidieron dejar de veranear aquí, la relación se fue enfriando y un buen día desaparecieron. Obviamente la culpa no es únicamente de ellos, porque yo podría haber intentado mantener el contacto con ellos, pero es difícil hacerlo cuando únicamente compartís los días de playa. Total que al final ellos también han pasado a mejor plan. Otra meta que se cumplía únicamente en el corto plazo y que al final pasó a otra vida.
Las metas a corto y medio plazo es lo que tienen, que se suelen cumplir enseguida y que no importa si lo hacen o no, porque al final no son las más importantes.
Pero las que duelen en su carencia de realización, son las que hacemos a largo plazo y que al final no conseguimos obtener. Hoy en día no soy psicólogo, no tengo ninguna consulta en la que investigo los problemas de la gente (aparte de este blog), tampoco he descubierto ninguna especia animal nueva, ni conozco mejor el lenguaje de las ballenas, no he estudiado biología y la carrera que he terminado ha sido la que más he odiado en toda mi vida. Al final el trabajo de oficina me parece un alivio, cuando recuerdo que de pequeño yo quería ser explorador, porque eso de pasarme el día en la oficina me parecía terrible. Hoy en día no es así, la rutina que me ofrece ese tipo de trabajo es un alivio.
Sin embargo sí que hay personas que consiguen llenar sus objetivos. Algunos se plantean una carrera difícil, pero exitosa, que consiguen superar con unas notas impresionantes, gracias a la motivación que les aportaba el saber que podrían conseguir sus metas. Hoy en día han escrito libros publicando sus descubrimientos y plasmando sus años de investigación en esos tomos. Han estudiado algo que les ha permitido salirse de la rutina en la que se veían inmersos, han salido adelante y han conseguido mantenerse activos investigando aquello que tanto les interesaba. A fin de cuentas han terminado haciendo algo que les ha gustado siempre. Tienen sus empleos consolidados y se encuentran en un sitio parecido al que imaginaban cuando emitían sus deseos de futuro de pequeños.
Otras personas no están donde habían planeado, pero sus metas en la vida se han conseguido. Para aquellos que querían tener una familia y que han luchado por ello, puede que hoy en día no estén trabajando de directivos de una gran multinacional. Peor lo están haciendo en una empresa bastante buena, lejos de su familia, eso sí, pero al menos han conseguido salir adelante y sacar tanto a su pareja como a sus hijos adelante. Han podido salir de los talleres de coches y llegar al estrellato, relativo, pero estrellato. Por las noches pueden sentirse satisfechos de haber hecho algo de provecho con sus vidas. Y sobretodo cuando están haciendo algo que realmente les aporta satisfacción al tratarse de un empleo que les llena como personas, porque es lo que les gusta hacer. No es el mejor trabajo del mundo, pero les gusta lo que hacen.
Algunas personas no están donde quieren estar, pero al menos están, y con ello se sienten satisfechas. Han aprendido a aceptar la realidad de las cosas que les rodean, y no piden más porque saben que no son capaces de obtener más. Conocen sus limitaciones y las admiten, se conforman con lo que hay y son felices, porque saben que podrían estar en peor lugar, sus metas no han sido conseguidas, pero han llegado a sitios en los que no se está mal del todo. Podrían aspirar a más, pero se contentan con lo que tienen, siguiendo la máxima de “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Su trabajo no les ilusiona, pero no les da asco.
Otras personas son el caso opuesto. Se me ocurre el ejemplo de mi gran musa, Madonna. En ella tenemos a una persona cuya meta no es visible debido a su afán de superación constante. Podríamos decir que su meta sería la de llegar más allá cada día de adonde ha llegado. Es algo así como que cada día intentará conseguir algo nuevo. Es una forma de concebir la vida bastante interesante, pero tiene el fallo de que nunca se obtendrá la felicidad, porque siempre se ambicionará algo superior, con la diferencia de que probablemente no haya un tope en el que se pueda mirar hacia atrás y decir “ya he llegado”, como diría el alpinista que ha conseguido llegar a la cima del Everest. En este caso se trata de subir a una montaña que no tiene cima, porque siempre es posible ir más lejos. La meta en la vida de estas personas es inalcanzable, por lo que siempre están en movimiento y siempre consiguen cosas mejores y nuevas.
Por lo tanto las metas que nos establecemos pueden ser fáciles de alcanzar, por lo que no aportan ninguna satisfacción a no ser que sepamos conformarnos con lo que nos dan, o bien pueden ser inalcanzables, lo cual no las hace desmerecedoras sino que hace que siempre estemos en su búsqueda. En este caso es cuando, en realidad, disfrutamos del viaje más que de la meta. Mientras que en el otro caso lo único que nos interesa es el fin (de “el fin justifica los medios”). Al final, somos nosotros los que decidimos en qué parte de la pirámide de Maslow queremos quedarnos, y muchas veces no es en la altura en la que pensábamos, sino más abajo.





