La Última Cena
Sé que no son épocas en las que se pueda evitar hablar de algunos temas como las cenas de empresa, las comilonas en casa de la familia y los kilos de más. Si bien para ciertos animales como los pavos, los corderos y la mayoría de animales comestibles marinos como las gambas o las langostas no es una época muy esperada, para otros sectores es todo lo contrario. Únicamente esperan a que lleguen las navidades para hacer su agosto. Soy perfectamente consciente de que no es nada original hacer un artículo sobre este tema, pero a decir verdad no estaba muy inspirado. Y tampoco podía pensar en otra cosa sin ser distraído por tanta publicidad y tantas luces por la calle.
En un mundo en el que continentes enteros se están muriendo de hambre, en el que el agua potable es un bien más preciado que el oro o en el que la miseria es el pan de cada día de la gente, ¿es realmente ético dejarse llevar por la lujuria navideña? ¿Por qué debemos fingir cosas que no somos, o sentimientos que no tenemos en estas fechas? ¿Podemos escapar a tanto consumismo inútil?
Personalmente no son unos días del año que me hagan mucha gracia. En realidad es más bien todo lo contrario, por mucho que le duela a mis padres, pero es la verdad: no me gusta la Navidad. Y lo divertido del asunto es que no soy el único al que le pasa esto. El otro día lo estaba comentando con unos compañeros del trabajo que piensan, como yo, que la Navidad sólo es bonita para los niños. Pero cuando pierdes la inocencia y te das cuenta de lo que es la vida, pasas de ese tipo de fiestas.
Mis padres, muy católicos ellos, siempre me dicen que son fechas para estar en familia, para olvidar los rencores y para perdonar y ser feliz. Hasta ahí todo bien. Lo chungo del asunto es que el día 7 de enero se les han olvidado esas promesas de bondad y siguen con las rivalidades de costumbre. Eso si llegan. La verdad es que resulta curioso que digan esas cosas cuando las mayores broncas que hemos tenido han sido casi siempre durante la cena de Navidad. Y suelen ser peores que las del resto del año porque hay testigos. Y esos testigos no son cualquiera sino la propia familia.
Lo curioso del asunto es que son momentos del año en el que deberíamos ser más comprensivos los unos con los otros y tratar de ser mejores personas, pero está claro que el exceso de comida y el abuso del alcohol que corre en abundancia con tanto brindar, no son buenos consejeros y suelen sacar lo peor de nosotros mismos. Al final por mucho que queramos fingir, nuestros rencores y demás demonios interiores salen a la luz, y lo hacen en el peor momento del año.
Además está todo el tema de la hipocresía que conllevan esas fiestas. Tienes que verte con miembros de la familia que no soportas y que intentarías envenenar si te pillasen en cualquier otra época del año. Tienes que soportar a personas con las que no te llevas bien simplemente por el hecho de que son de la familia. Y si por si con eso no fuera poco, además tienes que tragarles las bromas porque encima estamos en Navidad. Es decir, que en cualquier otra época del año tienes derecho a ponerles verdes, pero en esos momentos tienes que ser bondadoso y tragar. Lo curioso es que ellos no tienen por qué ser compasivos ni buenas personas, sino que por el contrario parece que mientras más difícil te lo pongan mejor.
Pero las cenas familiares no son las únicas en las que nos obligan a hacer cosas que no queremos. Las cenas de empresa también suelen ser la ocasión de hacer el ridículo.
En mi caso he tenido más suerte de la que os podéis imaginar. La empresa en la que trabajo a anulado la cena de navidad este año. Justo el que entro yo a trabajar y van y la quitan. ¡Que lástima! Porque según me han contado solía estar muy bien, ya que al menos tenías el hotel y la cena gratis para dos personas en Valencia. Hasta ahí todo bien. Y en mi caso hubiese sido divertido ya que me habría permitido conocer a mis compañeros de Valencia con los que hablo por teléfono todos los días pero que no sé como son. Pero al final, por una razón misteriosa y desconocida, los altos cargos han anulado dicha cena. La cuestión es que nos lo veníamos oliendo desde hacía tiempo, ya que pasaban los días y las semanas y no había fechas barajadas para la comilona. Al final, a principios de diciembre, y ya sin noticias de ellos, nos temíamos que no habría comida de empresa. Y se cumplió nuestro presagio, ya que al final, sin razón aparente o al menos comunicada, nos dijeron que este año no iríamos a Valencia.
La verdad es que a mí no me hacía mucha ilusión, más que nada porque me habían dicho que la tradición era que los nuevos hiciesen un discurso de presentación, porque la invitación era para dos, y yo iba a ir sólo, y más que nada porque si iba era un fin de semana que no podría ver a C. y eso sí que tiene delito.
Las cenas de empresa se suelen hacer para crear un ambiente extra laboral amable entre los empleados. Mucha gente no conoce a sus compañeros de trabajo más allá del curro. No sabe como son fuera de él. Y eso cuando pasamos con ellos la mayor parte del día, más tiempo que con nuestra familia o que con nuestra pareja. Por eso muchas entidades preocupadas por su ambiente corporativo se esfuerzan en crear actividades extra-laborales para los empleados. De esa forma crean un buen ambiente laboral y generan mayores ganas de trabajar en los empleados. Pero cuando la mayoría de trabajadores ven las cenas de empresa como un compromiso del que querrían librarse por cualquier medio, la cosa se torna a malas y se crea mal ambiente. La gente va obligada a dicha cena, y en lugar de pasarlo bien, lo único que hace es desear que se acabe. De ahí que algunos directivos decidan poner un final a esa tradición y pasar por completo de hacerles la putada a los trabajadores. Eso es lo que creo que ha pasado en nuestra empresa.
Lo que pasa es que la gente no sabe aprovechar esas situaciones a su favor. En la mayoría de cenas, al igual que en las de la familia, el alcohol corre a chorros. Es el momento en el que los jefes se ponen pedo y son más divertidos que en la oficina. Eso suele venir bien cuando son ellos los que beben. Pero si no es el caso mal asunto, porque el que hace el ridículo delante de los superiores es el empleado.
Sin embargo, siempre es la ocasión de aprovechar para conocer los puntos débiles de los compañeros o para verlos en situaciones graciosas. Es lo mismo que pasa en las bodas. Seguro que todos habéis visto alguna en la que los padres de los novios terminan liándola, o en la que la novia acaba borracha perdida, o bien en la que acaba la mitad de los invitados en la piscina. Vamos que si sabes aprovechar la ocasión, puede ser muy divertida. Siempre y cuando no seas el que monta el pollo.
Lo chungo realmente de las cenas de navidad es la cantidad de comida que se ingiere. Los gimnasios hacen su agosto en enero, cuando toda la gente va preocupada por las comilonas que se han pegado y que quieren hacer desaparecer de sus cartucheras o michelines. A los centros de adelgazamiento les pasa lo mismo y los vales por liposucciones vuelan. Y todo eso por comer como si se acabase el mundo.
Los médicos especializados en ello nos aseguran que la cena debe de ser la comida más ligera del día. Pero en estas fechas es más bien todo lo contrario. En estos días del año mucha gente deja de comer al medio día para poder tener hambre por la noche y pegarse el atracón en casa de la familia. Las celebraciones se hacen entre pechugas de pavo y piernas de cordero. Parece que a más festividad y alegría más gula hay que tener.
Y tratándose de gula, no solo hablamos de comida, sino de consumismo masivo. Por eso son fechas que les gustan a los niños. Es ahora cuando reciben regalos por cualquier buena acción, o no, que hayan hecho. Los niños disfrutan de las fiestas porque esperan con ilusión a ver qué les traen los Reyes Magos o Papá Noel o el Niño Jesús o el que sea. Pero los adultos no tenemos esa esperanza sino que por el contrario tenemos la faena de comprar dichos regalos. Es el momento del año en el que nos obligan a consumir, porque si no regalas nada eres mala persona, y los comercios se aprovechan para encarecerlo todo. Si bien el día 7 de enero empiezan las rebajas y todo cuesta la mitad que dos días antes, pero de eso no se acuerda nadie. Tú tienes que hacer los regalos el día 24 o el día 6, pero si tardas y los compras más baratos no eres una persona lista, sino malvada, perversa y egoísta. De todos modos no me quiero meter mucho con los regalos, puesto que ya vendrá el momento de hacerlo con más ganas.
Las Navidades son el momento del año en el que deberíamos ser más nosotros mismos, pero por el contrario conseguimos alienarnos por completo, sumergidos entre el consumismo y la abundancia de alimentos. Nos olvidamos que la mayoría de los seres humanos no pueden acceder a aquellos lujos a los nosotros nos damos sin reparo. No recordamos que la esencia misma de la Navidad es el agradecimiento a lo que tenemos y el compartir con aquellos que no lo tienen. No es necesario ir buscando gente pobre y regalarles cenas ni joyas ni bienes materiales, simplemente habría que pensar un poco más en los demás y lo que nos sobre compartirlo. Algunas veces, pensar en el futuro puede ser una buena cosa, pensar en que dentro de 2 semanas todo lo que compremos será más barato y podremos ahorrar, que no es necesario hincharse como un cerdo para celebrar nada, y que deberíamos acordarnos de ser buenas personas todo el año y no únicamente en Navidad.
En un mundo en el que continentes enteros se están muriendo de hambre, en el que el agua potable es un bien más preciado que el oro o en el que la miseria es el pan de cada día de la gente, ¿es realmente ético dejarse llevar por la lujuria navideña? ¿Por qué debemos fingir cosas que no somos, o sentimientos que no tenemos en estas fechas? ¿Podemos escapar a tanto consumismo inútil?
Personalmente no son unos días del año que me hagan mucha gracia. En realidad es más bien todo lo contrario, por mucho que le duela a mis padres, pero es la verdad: no me gusta la Navidad. Y lo divertido del asunto es que no soy el único al que le pasa esto. El otro día lo estaba comentando con unos compañeros del trabajo que piensan, como yo, que la Navidad sólo es bonita para los niños. Pero cuando pierdes la inocencia y te das cuenta de lo que es la vida, pasas de ese tipo de fiestas.
Mis padres, muy católicos ellos, siempre me dicen que son fechas para estar en familia, para olvidar los rencores y para perdonar y ser feliz. Hasta ahí todo bien. Lo chungo del asunto es que el día 7 de enero se les han olvidado esas promesas de bondad y siguen con las rivalidades de costumbre. Eso si llegan. La verdad es que resulta curioso que digan esas cosas cuando las mayores broncas que hemos tenido han sido casi siempre durante la cena de Navidad. Y suelen ser peores que las del resto del año porque hay testigos. Y esos testigos no son cualquiera sino la propia familia.
Lo curioso del asunto es que son momentos del año en el que deberíamos ser más comprensivos los unos con los otros y tratar de ser mejores personas, pero está claro que el exceso de comida y el abuso del alcohol que corre en abundancia con tanto brindar, no son buenos consejeros y suelen sacar lo peor de nosotros mismos. Al final por mucho que queramos fingir, nuestros rencores y demás demonios interiores salen a la luz, y lo hacen en el peor momento del año.
Además está todo el tema de la hipocresía que conllevan esas fiestas. Tienes que verte con miembros de la familia que no soportas y que intentarías envenenar si te pillasen en cualquier otra época del año. Tienes que soportar a personas con las que no te llevas bien simplemente por el hecho de que son de la familia. Y si por si con eso no fuera poco, además tienes que tragarles las bromas porque encima estamos en Navidad. Es decir, que en cualquier otra época del año tienes derecho a ponerles verdes, pero en esos momentos tienes que ser bondadoso y tragar. Lo curioso es que ellos no tienen por qué ser compasivos ni buenas personas, sino que por el contrario parece que mientras más difícil te lo pongan mejor.
Pero las cenas familiares no son las únicas en las que nos obligan a hacer cosas que no queremos. Las cenas de empresa también suelen ser la ocasión de hacer el ridículo.
En mi caso he tenido más suerte de la que os podéis imaginar. La empresa en la que trabajo a anulado la cena de navidad este año. Justo el que entro yo a trabajar y van y la quitan. ¡Que lástima! Porque según me han contado solía estar muy bien, ya que al menos tenías el hotel y la cena gratis para dos personas en Valencia. Hasta ahí todo bien. Y en mi caso hubiese sido divertido ya que me habría permitido conocer a mis compañeros de Valencia con los que hablo por teléfono todos los días pero que no sé como son. Pero al final, por una razón misteriosa y desconocida, los altos cargos han anulado dicha cena. La cuestión es que nos lo veníamos oliendo desde hacía tiempo, ya que pasaban los días y las semanas y no había fechas barajadas para la comilona. Al final, a principios de diciembre, y ya sin noticias de ellos, nos temíamos que no habría comida de empresa. Y se cumplió nuestro presagio, ya que al final, sin razón aparente o al menos comunicada, nos dijeron que este año no iríamos a Valencia.
La verdad es que a mí no me hacía mucha ilusión, más que nada porque me habían dicho que la tradición era que los nuevos hiciesen un discurso de presentación, porque la invitación era para dos, y yo iba a ir sólo, y más que nada porque si iba era un fin de semana que no podría ver a C. y eso sí que tiene delito.
Las cenas de empresa se suelen hacer para crear un ambiente extra laboral amable entre los empleados. Mucha gente no conoce a sus compañeros de trabajo más allá del curro. No sabe como son fuera de él. Y eso cuando pasamos con ellos la mayor parte del día, más tiempo que con nuestra familia o que con nuestra pareja. Por eso muchas entidades preocupadas por su ambiente corporativo se esfuerzan en crear actividades extra-laborales para los empleados. De esa forma crean un buen ambiente laboral y generan mayores ganas de trabajar en los empleados. Pero cuando la mayoría de trabajadores ven las cenas de empresa como un compromiso del que querrían librarse por cualquier medio, la cosa se torna a malas y se crea mal ambiente. La gente va obligada a dicha cena, y en lugar de pasarlo bien, lo único que hace es desear que se acabe. De ahí que algunos directivos decidan poner un final a esa tradición y pasar por completo de hacerles la putada a los trabajadores. Eso es lo que creo que ha pasado en nuestra empresa.
Lo que pasa es que la gente no sabe aprovechar esas situaciones a su favor. En la mayoría de cenas, al igual que en las de la familia, el alcohol corre a chorros. Es el momento en el que los jefes se ponen pedo y son más divertidos que en la oficina. Eso suele venir bien cuando son ellos los que beben. Pero si no es el caso mal asunto, porque el que hace el ridículo delante de los superiores es el empleado.
Sin embargo, siempre es la ocasión de aprovechar para conocer los puntos débiles de los compañeros o para verlos en situaciones graciosas. Es lo mismo que pasa en las bodas. Seguro que todos habéis visto alguna en la que los padres de los novios terminan liándola, o en la que la novia acaba borracha perdida, o bien en la que acaba la mitad de los invitados en la piscina. Vamos que si sabes aprovechar la ocasión, puede ser muy divertida. Siempre y cuando no seas el que monta el pollo.
Lo chungo realmente de las cenas de navidad es la cantidad de comida que se ingiere. Los gimnasios hacen su agosto en enero, cuando toda la gente va preocupada por las comilonas que se han pegado y que quieren hacer desaparecer de sus cartucheras o michelines. A los centros de adelgazamiento les pasa lo mismo y los vales por liposucciones vuelan. Y todo eso por comer como si se acabase el mundo.
Los médicos especializados en ello nos aseguran que la cena debe de ser la comida más ligera del día. Pero en estas fechas es más bien todo lo contrario. En estos días del año mucha gente deja de comer al medio día para poder tener hambre por la noche y pegarse el atracón en casa de la familia. Las celebraciones se hacen entre pechugas de pavo y piernas de cordero. Parece que a más festividad y alegría más gula hay que tener.
Y tratándose de gula, no solo hablamos de comida, sino de consumismo masivo. Por eso son fechas que les gustan a los niños. Es ahora cuando reciben regalos por cualquier buena acción, o no, que hayan hecho. Los niños disfrutan de las fiestas porque esperan con ilusión a ver qué les traen los Reyes Magos o Papá Noel o el Niño Jesús o el que sea. Pero los adultos no tenemos esa esperanza sino que por el contrario tenemos la faena de comprar dichos regalos. Es el momento del año en el que nos obligan a consumir, porque si no regalas nada eres mala persona, y los comercios se aprovechan para encarecerlo todo. Si bien el día 7 de enero empiezan las rebajas y todo cuesta la mitad que dos días antes, pero de eso no se acuerda nadie. Tú tienes que hacer los regalos el día 24 o el día 6, pero si tardas y los compras más baratos no eres una persona lista, sino malvada, perversa y egoísta. De todos modos no me quiero meter mucho con los regalos, puesto que ya vendrá el momento de hacerlo con más ganas.
Las Navidades son el momento del año en el que deberíamos ser más nosotros mismos, pero por el contrario conseguimos alienarnos por completo, sumergidos entre el consumismo y la abundancia de alimentos. Nos olvidamos que la mayoría de los seres humanos no pueden acceder a aquellos lujos a los nosotros nos damos sin reparo. No recordamos que la esencia misma de la Navidad es el agradecimiento a lo que tenemos y el compartir con aquellos que no lo tienen. No es necesario ir buscando gente pobre y regalarles cenas ni joyas ni bienes materiales, simplemente habría que pensar un poco más en los demás y lo que nos sobre compartirlo. Algunas veces, pensar en el futuro puede ser una buena cosa, pensar en que dentro de 2 semanas todo lo que compremos será más barato y podremos ahorrar, que no es necesario hincharse como un cerdo para celebrar nada, y que deberíamos acordarnos de ser buenas personas todo el año y no únicamente en Navidad.





