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Khayman en la Ciudad
Comentarios sobre la vida
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Se trata de una columna en la que me gusta publicar mis impresiones acerca de la vida, el sexo, en fin, muchas cosas, ..."Disfrutenla"
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En Todo Lados Cuecen Habas (Parte 3)
Una de las cosas que debemos aprender en esta vida es que todo es muy imprevisible, y si bien hay cosas que vemos venir, hay otra que por mucho que queramos somos incapaces de predecir.
Yo no pensaba alargarme tanto con este tema, porque creía que sería algo más común y más corto, y eso que lo he resumido al máximo. Pero al final me veo escribiendo la Trilogía de la Fundición al puro estilo de la trilogía de Color, o las películas de Tarantino, (por no meterme con los clásicos en las trilogías).
Al final pasó el mes sin poder encontrar una excusa de peso para poder irme, y la cual se me esfumó al recibir mi nómina. Ellos habían cumplido con todo lo prometido. Conforme pasa en las fábulas de los genios malvados y sus tres deseos, todo lo que yo había pedido para irme de donde estaba lo cumplieron, pero al pie de la letra, sin dejar libre la imaginación. Entré con contrato indefinido directamente y con el aumento salarial que había pedido. Sin embargo con lo que yo no contaba es que mis peticiones se volverían contra mí, ya que no había pensado en la letra pequeña, ni en todo aquello que no solemos pedir, que damos por contado, y que es por donde nos estallan a la cara.
Así pues, mi última esperanza, que era que pagasen mal y poder utilizarla como excusa, no funcionó. Y me quedé con las ganas de poder ir a renunciar...
Pero como bien dice la gente, “no hay mal que por bien no venga” o mejor dicho “hay que saber verle el lado positivo a las cosas”. Y es cierto. Porque si bien a nivel laboral he ido como los cangrejos, es decir, hacia atrás, estoy haciendo el trabajo de un becario, pero con un sueldo de administrativo, con lo cual no me debería quejar.
Pero muchas veces el dinero no lo es todo, es cierto que donde estaba me hubiese quedado si me hubiesen pagado más o al menos si me hubiesen compensado mis horas extraordinarias, pero aquí no es el caso, porque hay momentos en los que debemos decir basta, y la salud es algo con lo que no se juega.
Como bien ya se lo he dicho a aquellos amigos que me incitan a ser paciente y seguir aquí, en darles la oportunidad de que mis condiciones mejoren, el problema no es que me ninguneen, ni que sea el chico de los recados, ni aquel que hace todo el trabajo sucio de los demás. Eso no me importa porque pagan bien. Pero el estar todo el día en un ambiente de fumadores es algo por lo que no pienso pasar, así paguen de bien.
Hace unos días, cuando mi desesperación llegó a unos límites insospechados, me fui a ver a mis amigos de donde estaba antes a pedirles consuelo. Una de ellas me escuchó las quejas que tenía, y cuando ya hube terminado me recordó las razones por las que me había ido. Me contó los problemas que tenía en esos momentos con sus líneas, lo que había pasado en el departamento en el que yo estaba desde que me fui, y me recordó todas la veces en las que llegaba el viernes sin saber qué ibas a meter en los camiones de ese día. Me hizo darme cuenta de que es todo un privilegio poder dejar los problemas en la oficina, y simplemente poder irte a la hora que te toca, habiendo o no terminado la faena.
Y tenía razón. Porque no me acordaba de lo mal que se pasaban los jueves, cuando tenías que elaborar las listas de lo que ibas a meter en los camiones, de cuando llegaba el jueves por la tarde y te anulaban un pedido, lo cual te dejaba colgado medio camión o más, o al contrario, cuando un cliente se emocionaba y en lugar de producir 100 cajas de calzado se presentaba con 500. Esto era lo que solía suceder los viernes por la tarde. Yo no me acordaba de las broncas y los malos rollos que teníamos los lunes y los martes, cuando habíamos dejado en tierra un cargamento de medio camión por falta de espacio en el vehículo, simplemente porque al cliente no se le había ocurrido otra cosa que llamar el viernes al medio día a decirnos que él nos entregaría tantos pares de zapatos y que nosotros ya veríamos como los sacábamos. Ni de todas las veces que los transportistas nos llamaban los viernes por la tarde amenazándonos con hacer que el chofer se fuese sin la carga, porque a algún fabricante se le había estropeado una máquina y eran las diez de la noche y no habían terminado todavía la producción.
Todas esas cosas se pasaron bien rápido al campo del olvido, motivadas por el malestar generado por mi situación actual. Siempre te acuerdas del pasado con cierta nostalgia, olvidando o incluso omitiendo aquellos momentos terribles que fueron los que te impulsaron a buscarte la vida, a huir, o simplemente a cambiar de puesto de trabajo, agarrándote a la primera oferta que te hacen.
Esto es algo que todos tendemos a hacer, y yo soy el que más abusa de esta postura. Todos los fines de semana me voy a mi casa aliviado de que ya se haya acabado la semana, y durante esos dos días me olvido de lo mal que lo he llegado a pasar. De esta forma llego el lunes, y no me acuerdo de por qué me quiero ir de aquí. Y esto es un problema, porque puede llegar el caso de que me saliese una oportunidad de oro y la deje pasar porque ese día me haya ido bien en el trabajo, y me olvide del humo, de la falta de consideración y de los despropósitos de los compañeros. Por eso es importante recordar y escribirlo todo. La memoria es algo que no debemos subestimar y que no debemos dejar de lado, porque es gracias a ella que evitaremos cometer errores en el futuro.
Por un lado nos ayuda a recordar las cosas buenas que tenemos, lo cual es importante, y así nos permite valorar nuestra situación. Pero por otra parte también nos ayuda a no pasar por encima de aquello que nos fastidia, y que la rutina hace que traguemos.
Siempre hay que saber hacer valoraciones de cada situación. Porque no todo es ni blanco ni negro, y cada caso es diferente. Por lo tanto en cada uno de ellos debemos pararnos a mirar qué es lo que hay, poner en una balanza tanto lo bueno como lo malo, y ver si el resultado final, una vez hecha la media, es bueno o malo. Tenemos que valorar si al final salimos ganando o si por el contrario no nos merece la pena seguir luchando, por mucho que digan que hay que morir la espada en la mano, hay casos en los que la victoria no sólo es imposible, sino que no merece la pena.
Si bien con las parejas este tipo de evaluación es bastante más subjetivo, ya que entran en juego los sentimientos, en el caso del trabajo, debemos de olvidarnos de esos sentimientos, porque a fin de cuentas a nosotros nos pagan por unas condiciones de trabajo y no porque seamos mejores o peores personas, o porque algunos compañeros nos caigan mejor o peor. El ambiente es algo a tener en cuenta, obviamente, pero entran en juego otros factores.
Desgraciadamente las evaluaciones suelen salir a deber en lugar de lo contrario. Podemos encontrar puestos de trabajo donde estamos muy a gusto por el ambiente que se respira ahí dentro, porque tenemos amigos con nosotros o porque reina el buen rollo, y sin embargo donde se paga poco o mal. Pero también, y suele ser el caso, encontramos lugares de trabajo, donde los compañeros son unos tiburones, el trabajo es una mierda y nuestro jefe un capullo sin igual; pero ahí pagan bien o el horario es ideal. Es en esos casos donde la valoración se hace difícil.
Al final todo se resume a una evaluación matemática, en la que le adjudicaremos valores a cosas y a acciones según nuestro propio criterio, de forma totalmente subjetiva y personal. Pero es lo que nos servirá en el futuro para poder tomar la decisión de quedarnos o por el contrario de irnos de donde estamos. O simplemente podemos optar, hoy que el trabajo es algo tan difícil y escaso, en seguir donde estamos mientras encontramos algo mejor. Y una vez que lo hayamos encontrado, le damos la patada y “hasta luego Lucas”.
Debemos aprovechar que podemos hacer esto, porque en el mundo de las relaciones, por muy parecido que sea, es una canallada el estar con alguien por conformismo, o simplemente mientras llega algo mejor. Si bien en el mundo laboral es algo que se aconseja, (más vale trabajo en mano aunque sea malo mientras llegue otro mejor), en el lado afectivo es mejor no hacerlo, porque entran en juego los sentimientos de la gente. De un jefe o de los compañeros pasas página y no sucede nada, pero de alguien querido no.
Como epílogo, diré que al poco tiempo de haber escrito esto, recibí una llamada de una amiga, diciéndome que tenía el puesto. Y efectivamente a los 5 minutos me llamó mi actual jefa a darme una cita para una entrevista de trabajo. A las dos semanas estaba contratado, y desde entonces en el plan laboral, soy la persona más feliz del mundo. Al final no hay mal que por bien no venga.
No