El Miedo
Si bien por un lado, como ya lo he comentado antes, nos encanta sufrir, también es cierto que por una lado no soportamos ciertos estímulos, aquellos responsables de nuestro miedo. Si bien es un sentimiento que nos permite sobrevivir o al menos evitar daños mayores, en muchas ocasiones no nos deja ni vivir.
¿Por qué incluso cuando no las tenemos nos inventamos fobias? ¿Podemos realmente afrontar todos nuestros temores? ¿Qué hay detrás de todos ellos?
Conozco el caso de una pareja cuyos miedos terminaron por destruirlos. Cuando empezaron a salir juntos ambos pusieron en común lo que les aterrorizaba de esa relación. Se sentaron en el salón y lo hablaron detenidamente, porque una forma de vencer los miedos es darles forma con palabras. Para el mayor de ellos, su peor temor era el de tener que empezar una relación y que un buen día se acabase todo y tuviese que volver a la casilla de salida, porque según él se le iba a terminar pasando el arroz y ya no le quedaba mucho tiempo por delante. Quería una relación estable y duradera. Para el menor de los dos el miedo era parecido aunque no el mismo, temía al igual que todo se acabase de repente por miedo a volver a estar solo y tener que volver a confiar en alguien desde el principio, pero más que nada tenía miedo a perder a su pareja. Pues bien, la relación les fue bien, hasta que como suele suceder en las películas de miedo, cuando ya estaban confiados, surgió el asesino y los destripó. O mejor dicho, un buen día, en medio de una discusión que es tan ridícula que ni siquiera vale la pena dar los motivos por los que tuvo lugar, ambos discutieron, sus miedos cobraron vida, y la relación se rompió. El mayor de ellos tuvo que enfrentarse a su temor, la relación estable se le hizo muy grande y al final por miedo a acabar solo prefirió dejarlo todo, su propio miedo le agobió; lo mismo que el menor, que por temor a perderle empezó a dudar de sí mismo y de él y su miedo le corrompió. Ambos perdieron lo que tenían por puro temor a que se convirtiese en realidad.
Pero no es el único caso de relaciones de pareja que se desmoronan por culpa de los fantasmas internos de cada uno. El problema es cuando perdemos el control de ellos, ya que todos los tenemos, en más o menos mayor medida, y siempre estarán ahí. Pero hay que saber hacerles caso o no.
El problema que tiene eso de tener miedo a algo o a alguien es que casi siempre acaba haciéndose realidad lo que nos aterra. Tal vez es una especie de ley cósmica que hace que para que nos fortalezcamos más, tenemos que enfrentarnos a todo aquello que nos asusta. Porque si lo pensáis bien al final nuestras peores pesadillas terminan por hacerse realidad.
Yo creo que una de ellas, o si no la más común, es la pérdida de los padres, y todos sabemos que eso es algo a lo que estamos destinados a padecer. Lo mismo que la muerte, son dos cosas de la vida que tenemos casi aseguradas, la primera en menor medida que la segunda, porque si algo define a la vida misma es su carácter finito, por lo que todos sabemos que un buen día vamos a fallecer. Y a pesar de esta certeza es a lo que más miedo le tenemos. Los filósofos dicen que lo que nos diferencia de los animales es el miedo a la muerte, ellos no lo tienen, tienen miedo en sí, peor no saben que van a morir, por lo que viven más tranquilos que nosotros, que nos torturamos día y noche con que en cualquier momento dejamos esta existencia. Ellos por el contrario viven en la ignorancia, por lo que no tiene por qué temer a algo que no conocen, y son más felices.
Sin embargo ir venciendo los miedos únicamente nos asegura que vendrán otros más difíciles de superar. Porque si de niños todos tenemos miedo a perder a nuestros padres, llega un momento en el que eso ya no nos aterroriza, o bien porque ya los hemos perdido, o bien porque nos resignamos a que es algo que no podremos evitar. Entonces llega el miedo a los exámenes, que son también inevitables, a los suspensos, a los profesores, pero uno a uno los vamos superando, de forma que el cupo queda libre para que otra nueva fobia se nos instale dentro de la cabeza. Es como la escala de las necesidades, cuando las de la base se satisfacen, llegan las de más arriba y así progresivamente.
Y claro, si tenemos en cuenta que siempre vamos a vivir bajo algún tipo de amenaza, fantasma o no, muchos pensaran que mejor ni intentarlo. Hay mucha gente que por miedo a algo, o por temor a que al final se realice, no toman los riesgos que hacen que valga la pena vivir y sentir. La pareja de la que antes hablé, seguramente por ese miedo que tuvieron los dos, han perdido un montón de experiencias enriquecedoras. Pero como ellos hay mucha gente que antes que arriesgarse a perder algo, prefiero no intentarlo, porque sus miedos les paralizan, les impiden ver más allá de sus temores, y al final están viviendo a bajo rendimiento, desaprovechando todas las oportunidades que ofrece la vida.
Dicen que el que no arriesga no gana, pues bien, un riesgo es afrontar aquello que nos aterroriza. De ahí que estén tan de moda los deportes de riesgo, porque incluso físicamente hablando, el cuerpo está preparado para reaccionar a situaciones extremas y producirnos una sensación de alivio al haberlo superado. Cuando nos tiramos del tobogán más alto del parque de agua o nos subimos a aquella montaña rusa que tanto miedo nos da. Al bajar y saber que hemos podido afrontarlo, nos sentimos mejor, y nuestro propio cuerpo nos da la recompensa que buscábamos.
Es posible que conforme vayamos aprendiendo a vencer nuestros miedos vayamos necesitando nuevas pruebas de fuerza para hacernos mejores personas, para crecer como individuos. Pero si algo he aprendido es que todo aquello a lo que le tenemos miedo al final termina haciéndose realidad, así que lo mejor que podemos hacer es librarnos de los miedos. Y así viviremos más felices y sin temores que vengan a ocultarnos la luz del sol.
¿Por qué incluso cuando no las tenemos nos inventamos fobias? ¿Podemos realmente afrontar todos nuestros temores? ¿Qué hay detrás de todos ellos?
Conozco el caso de una pareja cuyos miedos terminaron por destruirlos. Cuando empezaron a salir juntos ambos pusieron en común lo que les aterrorizaba de esa relación. Se sentaron en el salón y lo hablaron detenidamente, porque una forma de vencer los miedos es darles forma con palabras. Para el mayor de ellos, su peor temor era el de tener que empezar una relación y que un buen día se acabase todo y tuviese que volver a la casilla de salida, porque según él se le iba a terminar pasando el arroz y ya no le quedaba mucho tiempo por delante. Quería una relación estable y duradera. Para el menor de los dos el miedo era parecido aunque no el mismo, temía al igual que todo se acabase de repente por miedo a volver a estar solo y tener que volver a confiar en alguien desde el principio, pero más que nada tenía miedo a perder a su pareja. Pues bien, la relación les fue bien, hasta que como suele suceder en las películas de miedo, cuando ya estaban confiados, surgió el asesino y los destripó. O mejor dicho, un buen día, en medio de una discusión que es tan ridícula que ni siquiera vale la pena dar los motivos por los que tuvo lugar, ambos discutieron, sus miedos cobraron vida, y la relación se rompió. El mayor de ellos tuvo que enfrentarse a su temor, la relación estable se le hizo muy grande y al final por miedo a acabar solo prefirió dejarlo todo, su propio miedo le agobió; lo mismo que el menor, que por temor a perderle empezó a dudar de sí mismo y de él y su miedo le corrompió. Ambos perdieron lo que tenían por puro temor a que se convirtiese en realidad.
Pero no es el único caso de relaciones de pareja que se desmoronan por culpa de los fantasmas internos de cada uno. El problema es cuando perdemos el control de ellos, ya que todos los tenemos, en más o menos mayor medida, y siempre estarán ahí. Pero hay que saber hacerles caso o no.
El problema que tiene eso de tener miedo a algo o a alguien es que casi siempre acaba haciéndose realidad lo que nos aterra. Tal vez es una especie de ley cósmica que hace que para que nos fortalezcamos más, tenemos que enfrentarnos a todo aquello que nos asusta. Porque si lo pensáis bien al final nuestras peores pesadillas terminan por hacerse realidad.
Yo creo que una de ellas, o si no la más común, es la pérdida de los padres, y todos sabemos que eso es algo a lo que estamos destinados a padecer. Lo mismo que la muerte, son dos cosas de la vida que tenemos casi aseguradas, la primera en menor medida que la segunda, porque si algo define a la vida misma es su carácter finito, por lo que todos sabemos que un buen día vamos a fallecer. Y a pesar de esta certeza es a lo que más miedo le tenemos. Los filósofos dicen que lo que nos diferencia de los animales es el miedo a la muerte, ellos no lo tienen, tienen miedo en sí, peor no saben que van a morir, por lo que viven más tranquilos que nosotros, que nos torturamos día y noche con que en cualquier momento dejamos esta existencia. Ellos por el contrario viven en la ignorancia, por lo que no tiene por qué temer a algo que no conocen, y son más felices.
Sin embargo ir venciendo los miedos únicamente nos asegura que vendrán otros más difíciles de superar. Porque si de niños todos tenemos miedo a perder a nuestros padres, llega un momento en el que eso ya no nos aterroriza, o bien porque ya los hemos perdido, o bien porque nos resignamos a que es algo que no podremos evitar. Entonces llega el miedo a los exámenes, que son también inevitables, a los suspensos, a los profesores, pero uno a uno los vamos superando, de forma que el cupo queda libre para que otra nueva fobia se nos instale dentro de la cabeza. Es como la escala de las necesidades, cuando las de la base se satisfacen, llegan las de más arriba y así progresivamente.
Y claro, si tenemos en cuenta que siempre vamos a vivir bajo algún tipo de amenaza, fantasma o no, muchos pensaran que mejor ni intentarlo. Hay mucha gente que por miedo a algo, o por temor a que al final se realice, no toman los riesgos que hacen que valga la pena vivir y sentir. La pareja de la que antes hablé, seguramente por ese miedo que tuvieron los dos, han perdido un montón de experiencias enriquecedoras. Pero como ellos hay mucha gente que antes que arriesgarse a perder algo, prefiero no intentarlo, porque sus miedos les paralizan, les impiden ver más allá de sus temores, y al final están viviendo a bajo rendimiento, desaprovechando todas las oportunidades que ofrece la vida.
Dicen que el que no arriesga no gana, pues bien, un riesgo es afrontar aquello que nos aterroriza. De ahí que estén tan de moda los deportes de riesgo, porque incluso físicamente hablando, el cuerpo está preparado para reaccionar a situaciones extremas y producirnos una sensación de alivio al haberlo superado. Cuando nos tiramos del tobogán más alto del parque de agua o nos subimos a aquella montaña rusa que tanto miedo nos da. Al bajar y saber que hemos podido afrontarlo, nos sentimos mejor, y nuestro propio cuerpo nos da la recompensa que buscábamos.
Es posible que conforme vayamos aprendiendo a vencer nuestros miedos vayamos necesitando nuevas pruebas de fuerza para hacernos mejores personas, para crecer como individuos. Pero si algo he aprendido es que todo aquello a lo que le tenemos miedo al final termina haciéndose realidad, así que lo mejor que podemos hacer es librarnos de los miedos. Y así viviremos más felices y sin temores que vengan a ocultarnos la luz del sol.





