¿Cuál Es El Nombre Del Juego?
Hay quien piensa que todo lo que no nos mata nos hace más fuertes, de ahí que esas personas crean que la vida es una especie de juego en el que cada dificultad que encontramos simplemente es una prueba para saber si estamos preparados para pasar al nivel superior.
Si este es el caso ¿Quién establece las reglas del juego? ¿Cómo sabemos si las pruebas se adecuan a nuestros “poderes”? ¿Quién nos asegura que nadie hace trampas?
En realidad si cogemos cualquier concurso podemos establecer una serie de leyes universales que al final encontramos en la vida misma. Una de ellas es que siempre se juega y se arriesga por algo que uno quiere conseguir o ganar al final. En la mayoría de juegos se trata de dinero, de premios en metálico, o bien de viajes.
En el juego de la vida depende de la religión que tengas o bien de tus expectativas. Para algunos el premio final es ir al Cielo, para otros escapar del Infierno, algunos lo que no quieren es ir al purgatorio. Para los que no pertenecen a las grandes religiones monoteístas, esa voluntad se traduce en que buscan que su Alma consiga acercarse cada vez más a la luz, o bien que el Karma que tengan en sus siguientes vidas no esté mancillado de los pecados cometidos en este mundo, o por el contrario, pagar lo que han hecho en el pasado y de esta forma limpiarlo para que no tengan que volver a pasar por los castigos por los que pasan en esta vida. Cada vida seria entonces una especie de plataforma en la que el monstruo del final se vence al morir.
Las personas no creyentes tienen esperanzas mucho más terrenales. Algunas buscan conseguir pareja, para no acabar solos (porque todos tenemos miedo a que el día de nuestra muerte no haya nadie que nos llore), otras personas buscan tener descendencia que nos asegure la continuidad de lo que hemos emprendido en nuestra vida. Los que no piensan en esas cosas simplemente desean que en el momento en el que dejen de trabajar puedan llevar una vida desde decente hasta de lujos, que lo que no han tenido en su juventud lo puedan “disfrutar” en su vejez, es decir tener una lapida lujosa, más que nada. En resumen, tener mucho dinero para cuando sean mayores. Algunas personas sin embargo buscan respetabilidad. Pero a fin de cuentas serán cosas que no nos llevaremos a la tumba o a la urna si deseamos ser incinerados.
Sin embargo, por muy diferentes que sean los premios que aspiramos llegar a obtener, tanto en un concurso como en la vida, la manera de conseguirlos suele tener un denominador común: la auto-superación. En todos se trata de llegar lo más cerca posible a lo anhelado, y para eso hay que conseguir pasar unas pruebas y cumplir unos requisitos de forma que cada vez seamos más fuertes, más rápidos, más listos, en definitiva mejores.
Entonces la vida sería como una especie de carrera de obstáculos en la que las pruebas son cada vez más difíciles, hasta que llega un momento que ya no podemos superarlas o bien que las hemos ganado todas y ya conseguimos lo que buscamos. Siempre tenemos que afrontar aquello que más miedo nos da, aunque sean cosas del día a día, al final tenemos que enfrentarnos a eso, si algo nos cuesta nos tendremos que dejar los cuernos en ello hasta que lo superemos, porque de alguna forma nunca podremos seguir adelante sin haber pasado por ese aro. El caso es que en cuanto hemos acabado con una prueba nos sale otra, que por un lado nos hace olvidar la anterior, pero por otro lado nos resulta tan insuperable como la anterior, aunque al final lo consigamos. La cuestión es no dejarnos un momento de respiro.
De ahí que tenga que decir que a veces ni yo mismo entiendo del todo las reglas del juego, porque para mi que se trata de putearte a fondo hasta que revientas o bien sobrevives. Y muchas veces lo que tienes que ceder para poder superar las pruebas es demasiado valioso para perderlo. Lo primero que todos perdemos en este juego es la inocencia. Y aunque parezca un poco infantil por mi parte decirlo, creo que es lo más valioso que hemos tenido nunca y sin embargo no nos ha costado nada perderla. A veces envidio a los niños. Aunque he de admitir que cada vez pierden su inocencia más pronto, llegara un momento que nada más nacer ya sean unos cabritos. Sin embargo, es un estado en el que no tenemos miedo de lo que nos espera porque pensamos que las reglas del juego van a ser justas y que con seguirlas al pie de la letra bastará, pero no es así, en cuanto menos te lo esperas sale algún tramposo que te demuestra que a veces tienen fallos, y que si quieres ganar a veces tiene que ser más malo que el de al lado.
Así pues cuando has comprendido que en esta vida la justicia es una tía con un sentido del humor muy retorcido, has subido de nivel. No se sabe hacia adonde, pero ya estás en el segundo punto. Y así, poco a poco vas acercadote a aquello que crees que es lo que buscas, pero al final o no lo consigues o bien no es lo que esperabas. Porque conforme has ido perdiendo cosas para hacerte más fuerte, (la inocencia, la virginidad, la voluntad, el ego, etc.), has perdido algo que te hacia desear eso que no tenias, y al final consigues un premio que no eres capaz de disfrutar porque te has olvidado del por qué de la lucha. Llega un momento en el que lo que has tenido que dejar atrás es tan grande que ya no te compensa. De ahí que me pregunte si realmente este juego que es la vida tiene un moderador realmente justo o bien si su sentido del humor es un poco pésimo.
Si nos ponemos a pensar que esto es una especie de juego a gran escala en la que unos espectadores invisibles están sufriendo de las pruebas que tenemos que pasar, o bien se alegran de cuando conseguimos una puntuación mayor, entonces las cosas se complican aun más. Pero el pensar que estamos entre las manos de unas fuerzas que nos controlan y nos ponen a prueba, se ríen de nosotros o por el contrario nos intentan ayudar, es, a veces, lo único que nos permite seguir adelante. Porque si todo este sufrimiento no tiene una recompensa al final que haga que valga la pena, la verdad es que lo mejor que podemos hacer es desesperarnos.
Si este es el caso ¿Quién establece las reglas del juego? ¿Cómo sabemos si las pruebas se adecuan a nuestros “poderes”? ¿Quién nos asegura que nadie hace trampas?
En realidad si cogemos cualquier concurso podemos establecer una serie de leyes universales que al final encontramos en la vida misma. Una de ellas es que siempre se juega y se arriesga por algo que uno quiere conseguir o ganar al final. En la mayoría de juegos se trata de dinero, de premios en metálico, o bien de viajes.
En el juego de la vida depende de la religión que tengas o bien de tus expectativas. Para algunos el premio final es ir al Cielo, para otros escapar del Infierno, algunos lo que no quieren es ir al purgatorio. Para los que no pertenecen a las grandes religiones monoteístas, esa voluntad se traduce en que buscan que su Alma consiga acercarse cada vez más a la luz, o bien que el Karma que tengan en sus siguientes vidas no esté mancillado de los pecados cometidos en este mundo, o por el contrario, pagar lo que han hecho en el pasado y de esta forma limpiarlo para que no tengan que volver a pasar por los castigos por los que pasan en esta vida. Cada vida seria entonces una especie de plataforma en la que el monstruo del final se vence al morir.
Las personas no creyentes tienen esperanzas mucho más terrenales. Algunas buscan conseguir pareja, para no acabar solos (porque todos tenemos miedo a que el día de nuestra muerte no haya nadie que nos llore), otras personas buscan tener descendencia que nos asegure la continuidad de lo que hemos emprendido en nuestra vida. Los que no piensan en esas cosas simplemente desean que en el momento en el que dejen de trabajar puedan llevar una vida desde decente hasta de lujos, que lo que no han tenido en su juventud lo puedan “disfrutar” en su vejez, es decir tener una lapida lujosa, más que nada. En resumen, tener mucho dinero para cuando sean mayores. Algunas personas sin embargo buscan respetabilidad. Pero a fin de cuentas serán cosas que no nos llevaremos a la tumba o a la urna si deseamos ser incinerados.
Sin embargo, por muy diferentes que sean los premios que aspiramos llegar a obtener, tanto en un concurso como en la vida, la manera de conseguirlos suele tener un denominador común: la auto-superación. En todos se trata de llegar lo más cerca posible a lo anhelado, y para eso hay que conseguir pasar unas pruebas y cumplir unos requisitos de forma que cada vez seamos más fuertes, más rápidos, más listos, en definitiva mejores.
Entonces la vida sería como una especie de carrera de obstáculos en la que las pruebas son cada vez más difíciles, hasta que llega un momento que ya no podemos superarlas o bien que las hemos ganado todas y ya conseguimos lo que buscamos. Siempre tenemos que afrontar aquello que más miedo nos da, aunque sean cosas del día a día, al final tenemos que enfrentarnos a eso, si algo nos cuesta nos tendremos que dejar los cuernos en ello hasta que lo superemos, porque de alguna forma nunca podremos seguir adelante sin haber pasado por ese aro. El caso es que en cuanto hemos acabado con una prueba nos sale otra, que por un lado nos hace olvidar la anterior, pero por otro lado nos resulta tan insuperable como la anterior, aunque al final lo consigamos. La cuestión es no dejarnos un momento de respiro.
De ahí que tenga que decir que a veces ni yo mismo entiendo del todo las reglas del juego, porque para mi que se trata de putearte a fondo hasta que revientas o bien sobrevives. Y muchas veces lo que tienes que ceder para poder superar las pruebas es demasiado valioso para perderlo. Lo primero que todos perdemos en este juego es la inocencia. Y aunque parezca un poco infantil por mi parte decirlo, creo que es lo más valioso que hemos tenido nunca y sin embargo no nos ha costado nada perderla. A veces envidio a los niños. Aunque he de admitir que cada vez pierden su inocencia más pronto, llegara un momento que nada más nacer ya sean unos cabritos. Sin embargo, es un estado en el que no tenemos miedo de lo que nos espera porque pensamos que las reglas del juego van a ser justas y que con seguirlas al pie de la letra bastará, pero no es así, en cuanto menos te lo esperas sale algún tramposo que te demuestra que a veces tienen fallos, y que si quieres ganar a veces tiene que ser más malo que el de al lado.
Así pues cuando has comprendido que en esta vida la justicia es una tía con un sentido del humor muy retorcido, has subido de nivel. No se sabe hacia adonde, pero ya estás en el segundo punto. Y así, poco a poco vas acercadote a aquello que crees que es lo que buscas, pero al final o no lo consigues o bien no es lo que esperabas. Porque conforme has ido perdiendo cosas para hacerte más fuerte, (la inocencia, la virginidad, la voluntad, el ego, etc.), has perdido algo que te hacia desear eso que no tenias, y al final consigues un premio que no eres capaz de disfrutar porque te has olvidado del por qué de la lucha. Llega un momento en el que lo que has tenido que dejar atrás es tan grande que ya no te compensa. De ahí que me pregunte si realmente este juego que es la vida tiene un moderador realmente justo o bien si su sentido del humor es un poco pésimo.
Si nos ponemos a pensar que esto es una especie de juego a gran escala en la que unos espectadores invisibles están sufriendo de las pruebas que tenemos que pasar, o bien se alegran de cuando conseguimos una puntuación mayor, entonces las cosas se complican aun más. Pero el pensar que estamos entre las manos de unas fuerzas que nos controlan y nos ponen a prueba, se ríen de nosotros o por el contrario nos intentan ayudar, es, a veces, lo único que nos permite seguir adelante. Porque si todo este sufrimiento no tiene una recompensa al final que haga que valga la pena, la verdad es que lo mejor que podemos hacer es desesperarnos.





