El Ridículo
Hay muchas situaciones en la vida que nos ponen en el punto de mira de las risas de los demás. Son aquellas veces en las que metemos la pata de manera estrepitosa, haciendo el ridículo de forma demasiado evidente. Y es que para eso somos los mejores. Aunque a veces no nos pase a nosotros sino a una persona de al lado, entonces es cuando la cosa cambia radicalmente, más que nada porque ya no nos importa sino que por el contrario nos hace gracia. Y lo peor de todo es que mientras más grande es la metedura de pata, más divertida nos resulta la situación. De hecho la mayoría de chistes, de videos, efectos cómicos, etc., van de eso justamente, de gente que se pone en situaciones bochornosas.
Lo cual me hace pensar si realmente podemos sentirnos orgullosos de reaccionar así. ¿Somos tan malos que nos reímos del mal ajeno? ¿Cuántos tipos de ridículos hay? ¿Podemos sobrevivir a ellos? ¿De qué nos sirven todas esas humillaciones?
Yo las he clasificado en dos tipos según dos categorías distintas. Por un lado están las que nos conciernen porque las vivimos en primera persona, y por otro las que se viven en tercera persona, y la reacción que desencadenan no es la misma, claro está. Y luego se pueden dividir en las que son bochornosas porque nos ponen incómodos y las que simplemente provocan que queramos morirnos en ese mismo instante.
Las menos violentas siempre son aquellas situaciones o circunstancias de la vida que hacen que si nos lo tomamos con un poco de perspectiva las encontremos incluso curiosas. La que más se repite es aquella de la vergüenza ajena, o mejor dicho de cuando se nos declara alguien que no nos atrae en absoluto y te pone en el mal paso de tener que desilusionarle. El otro día es lo que me paso con un amigo de un amigo. Al final como veía que la cosa no le surtía el efecto deseado, el pobre chaval fue incluso hasta rebajarse a decirme que si lo único que quería con él era sexo que aun así lo aceptaría, porque estar conmigo es lo que más deseaba en este mundo. Y claro, cuando te dicen eso, no sabes de qué manera contestar para que a la otra persona no le den ganas de hacerse el seppuku. Y eso más que nada porque a todos nos ha pasado lo de declararnos en vano y siempre duele mucho que nos rechacen. Entonces es cuando te pone la persona en el compromiso de hacerlo sin herir sus sentimientos. Porque decir que no siempre es algo difícil y que suele hacerle daño a terceras personas. Pero no hay más remedio que hacerlo.
Luego están los casos en los que realmente haces o hacen el ridículo y lo que quieres es que te trague la tierra, o que alguien pueda hacer retroceder el tiempo, lo justo como para que no metas la pata hasta la ingle. Tengo un amigo, del cual no daré muchos datos porque no quiero que se mosquee conmigo dado que lo que voy a contar es bastante íntimo, que me contó que en una ocasión tuvo que ir al medico del hospital por un problema en cierta parte del cuerpo que solemos usar para sentarnos. Pues el caso es que en el departamento de dermatología no habían visto un caso tan agudo como el suyo en mucho tiempo y aprovecharon la ocasión para que los nuevos aspirantes a médicos pudieran disfrutar de semejantes vistas. El caso es que en cuestión de 10 minutos, toda la plantilla de dermatología del hospital, las enfermeras, los alumnos y los médicos estaban viendo al pobre, a 4 patas, mirando a la meca, con el culo en pompa y “admirando” lo que tenia. Lo peor, según me ha contado, es cuando llego el médico jefe del sector, y le dijo que le iba a tomar fotos para documentaciones posteriores. Mi amigo sobrevivió, pero porque se lo tomó con humor, otros igual habríamos sucumbido a que nuestro culo tuviesen más éxito que nosotros mismos.
En una ocasión, estaba en una librería que hay en Madrid por la Gran Vía, de varias plantas, y como en todos los sitios culturales, el silencio impera. El caso es que estaba buscando a mi madre, y de repente empezó a sonar mi teléfono. En esa época tenia las llamadas por grupos, y según la persona que me llamase sonaba una melodía u otra. Pero el que llamaba, al ser mi pareja tenia una que no era muy apropiada para el lugar. Tenia un archivo de voz sacado de un concierto de Madonna que venia a decir “esta es mi polla” a todo volumen. El caso es que mi madre me encontró enseguida, pero casi le pido que me rematase en la cabeza con alguna enciclopedia de las que estaba mirando. Cuando en el silencio de la sala empezó a sonar a toda voz aquella frase me quise hacer pequeñito y desaparecer, y lo peor de todo es que no encontraba el móvil así que estuvo sonando interminables segundos.
Los ridículos más comunes suelen ser de caídas, torpezas varias, etc. siempre nos reímos de aquellos que se dan hostias por la calle. En una ocasión en la que me hostié en la playa bajando de la montaña, recuerdo que lo primero que hice fue ver que nadie se había dado cuenta para luego centrarme en las heridas que me había hecho. La gente siempre me dice que es por vanidad, pero el caso es que mi ex siempre me decía que si algún día me caiga o me pasaba algo así que no me mosquease porque se iba a estar partiendo el culo de la risa durante horas. Hombre, a mí eso nunca me hizo gracia ya que si le pasase lo mismo a él me preocuparía de que no se hubiese hecho daño, no me reiría de que haya hecho el ridículo.
Lo cierto es que sí que es gracioso cuando les pasa a los demás. Es muy fácil olvidarnos de lo que se siente, cuando solo nos preocupamos de nosotros mismos. Yo no soy de piedra y he de admitir que siempre me ha hecho gracia cuando alguien se la pega por la calle. De ahí que me da la impresión de que en el fondo nos hace gracia el mal ajeno. Más que nada porque no nos toca a nosotros, si es tu pareja la que se despendola por una montaña entonces ya no es divertido, pero si es otra persona entonces te partes de risa. Es curioso pero es así. El mal ajeno nos hace gracia. Siempre y cuando no nos involucre emocionalmente, porque cuando le pasa a familiares, amigos cercanos o parejas entonces ya no sólo es de mal gusto el reírse, sino que además nos puede traer problemas ya que la otra persona puede sentirse ofendida por nuestra reacción.
Sin embargo he de admitir que ese mal a veces viene por bien, como dice el refrán. Puesto que realmente la única manera de aprender es a base de hostias, lo cual a veces me parece triste, pienso que sin esos chascos no podríamos hacernos más fuertes. Ya nos decían que lo que no nos matase nos haría más fuertes. Una humillación nunca ha matado a nadie, así que ya se sabe. Mi hermana que es muy tímida no entiende eso, pero es como yo le intento explicar siempre, la cuestión está en reírse de uno mismo y seguir como si nada. Esto nos ayuda a perder la vergüenza, lo cual siempre es positivo, ya sea en el ámbito laboral como afectivo. Muchos amigos me dicen que no son capaces de entrarle a nadie porque les da corte. Yo siempre intento aconsejarles que el “no” ya lo tienen, y el que no se arriesga no gana. Entonces sólo se trata de echarle morro al asunto y de enfrentarse al posible bochorno de ser rechazados. Pero no siempre tiene por qué ser así. Las pocas veces que yo e he echado cara al tema me ha ido bien. Aunque siempre hay alguna vez que te dan en las narices, pero entonces los groseros son ellos, porque uno va siempre de buen rollo, no hace falta que se pongan bordes. Y s te rechazan pues allá ellos, como dicen siempre “ellos se lo pierden”, lo cual es cierto.
A fin de cuentas de lo que se trata es de aprender de nuestros errores, de hacernos más fuertes y más eficientes. Si no fuese por ellos no podríamos aprender nada. Por un lado aprendemos a ser más valientes a base de ostiones, y por otro perdemos esa vergüenza que muchas veces nos impide conseguir aquello que deseamos y que tenemos al alcance de la mano, simplemente por miedo. Y como ya lo he dicho, la vida es demasiado corta para perder el tiempo con esas pajas mentales. Sobretodo cuando no nos van a servir de nada porque se quedarán únicamente en ilusiones.
Lo cual me hace pensar si realmente podemos sentirnos orgullosos de reaccionar así. ¿Somos tan malos que nos reímos del mal ajeno? ¿Cuántos tipos de ridículos hay? ¿Podemos sobrevivir a ellos? ¿De qué nos sirven todas esas humillaciones?
Yo las he clasificado en dos tipos según dos categorías distintas. Por un lado están las que nos conciernen porque las vivimos en primera persona, y por otro las que se viven en tercera persona, y la reacción que desencadenan no es la misma, claro está. Y luego se pueden dividir en las que son bochornosas porque nos ponen incómodos y las que simplemente provocan que queramos morirnos en ese mismo instante.
Las menos violentas siempre son aquellas situaciones o circunstancias de la vida que hacen que si nos lo tomamos con un poco de perspectiva las encontremos incluso curiosas. La que más se repite es aquella de la vergüenza ajena, o mejor dicho de cuando se nos declara alguien que no nos atrae en absoluto y te pone en el mal paso de tener que desilusionarle. El otro día es lo que me paso con un amigo de un amigo. Al final como veía que la cosa no le surtía el efecto deseado, el pobre chaval fue incluso hasta rebajarse a decirme que si lo único que quería con él era sexo que aun así lo aceptaría, porque estar conmigo es lo que más deseaba en este mundo. Y claro, cuando te dicen eso, no sabes de qué manera contestar para que a la otra persona no le den ganas de hacerse el seppuku. Y eso más que nada porque a todos nos ha pasado lo de declararnos en vano y siempre duele mucho que nos rechacen. Entonces es cuando te pone la persona en el compromiso de hacerlo sin herir sus sentimientos. Porque decir que no siempre es algo difícil y que suele hacerle daño a terceras personas. Pero no hay más remedio que hacerlo.
Luego están los casos en los que realmente haces o hacen el ridículo y lo que quieres es que te trague la tierra, o que alguien pueda hacer retroceder el tiempo, lo justo como para que no metas la pata hasta la ingle. Tengo un amigo, del cual no daré muchos datos porque no quiero que se mosquee conmigo dado que lo que voy a contar es bastante íntimo, que me contó que en una ocasión tuvo que ir al medico del hospital por un problema en cierta parte del cuerpo que solemos usar para sentarnos. Pues el caso es que en el departamento de dermatología no habían visto un caso tan agudo como el suyo en mucho tiempo y aprovecharon la ocasión para que los nuevos aspirantes a médicos pudieran disfrutar de semejantes vistas. El caso es que en cuestión de 10 minutos, toda la plantilla de dermatología del hospital, las enfermeras, los alumnos y los médicos estaban viendo al pobre, a 4 patas, mirando a la meca, con el culo en pompa y “admirando” lo que tenia. Lo peor, según me ha contado, es cuando llego el médico jefe del sector, y le dijo que le iba a tomar fotos para documentaciones posteriores. Mi amigo sobrevivió, pero porque se lo tomó con humor, otros igual habríamos sucumbido a que nuestro culo tuviesen más éxito que nosotros mismos.
En una ocasión, estaba en una librería que hay en Madrid por la Gran Vía, de varias plantas, y como en todos los sitios culturales, el silencio impera. El caso es que estaba buscando a mi madre, y de repente empezó a sonar mi teléfono. En esa época tenia las llamadas por grupos, y según la persona que me llamase sonaba una melodía u otra. Pero el que llamaba, al ser mi pareja tenia una que no era muy apropiada para el lugar. Tenia un archivo de voz sacado de un concierto de Madonna que venia a decir “esta es mi polla” a todo volumen. El caso es que mi madre me encontró enseguida, pero casi le pido que me rematase en la cabeza con alguna enciclopedia de las que estaba mirando. Cuando en el silencio de la sala empezó a sonar a toda voz aquella frase me quise hacer pequeñito y desaparecer, y lo peor de todo es que no encontraba el móvil así que estuvo sonando interminables segundos.
Los ridículos más comunes suelen ser de caídas, torpezas varias, etc. siempre nos reímos de aquellos que se dan hostias por la calle. En una ocasión en la que me hostié en la playa bajando de la montaña, recuerdo que lo primero que hice fue ver que nadie se había dado cuenta para luego centrarme en las heridas que me había hecho. La gente siempre me dice que es por vanidad, pero el caso es que mi ex siempre me decía que si algún día me caiga o me pasaba algo así que no me mosquease porque se iba a estar partiendo el culo de la risa durante horas. Hombre, a mí eso nunca me hizo gracia ya que si le pasase lo mismo a él me preocuparía de que no se hubiese hecho daño, no me reiría de que haya hecho el ridículo.
Lo cierto es que sí que es gracioso cuando les pasa a los demás. Es muy fácil olvidarnos de lo que se siente, cuando solo nos preocupamos de nosotros mismos. Yo no soy de piedra y he de admitir que siempre me ha hecho gracia cuando alguien se la pega por la calle. De ahí que me da la impresión de que en el fondo nos hace gracia el mal ajeno. Más que nada porque no nos toca a nosotros, si es tu pareja la que se despendola por una montaña entonces ya no es divertido, pero si es otra persona entonces te partes de risa. Es curioso pero es así. El mal ajeno nos hace gracia. Siempre y cuando no nos involucre emocionalmente, porque cuando le pasa a familiares, amigos cercanos o parejas entonces ya no sólo es de mal gusto el reírse, sino que además nos puede traer problemas ya que la otra persona puede sentirse ofendida por nuestra reacción.
Sin embargo he de admitir que ese mal a veces viene por bien, como dice el refrán. Puesto que realmente la única manera de aprender es a base de hostias, lo cual a veces me parece triste, pienso que sin esos chascos no podríamos hacernos más fuertes. Ya nos decían que lo que no nos matase nos haría más fuertes. Una humillación nunca ha matado a nadie, así que ya se sabe. Mi hermana que es muy tímida no entiende eso, pero es como yo le intento explicar siempre, la cuestión está en reírse de uno mismo y seguir como si nada. Esto nos ayuda a perder la vergüenza, lo cual siempre es positivo, ya sea en el ámbito laboral como afectivo. Muchos amigos me dicen que no son capaces de entrarle a nadie porque les da corte. Yo siempre intento aconsejarles que el “no” ya lo tienen, y el que no se arriesga no gana. Entonces sólo se trata de echarle morro al asunto y de enfrentarse al posible bochorno de ser rechazados. Pero no siempre tiene por qué ser así. Las pocas veces que yo e he echado cara al tema me ha ido bien. Aunque siempre hay alguna vez que te dan en las narices, pero entonces los groseros son ellos, porque uno va siempre de buen rollo, no hace falta que se pongan bordes. Y s te rechazan pues allá ellos, como dicen siempre “ellos se lo pierden”, lo cual es cierto.
A fin de cuentas de lo que se trata es de aprender de nuestros errores, de hacernos más fuertes y más eficientes. Si no fuese por ellos no podríamos aprender nada. Por un lado aprendemos a ser más valientes a base de ostiones, y por otro perdemos esa vergüenza que muchas veces nos impide conseguir aquello que deseamos y que tenemos al alcance de la mano, simplemente por miedo. Y como ya lo he dicho, la vida es demasiado corta para perder el tiempo con esas pajas mentales. Sobretodo cuando no nos van a servir de nada porque se quedarán únicamente en ilusiones.





