El Poder De La Razón.
La mayoría de la gente considera que lo que nos diferencia de los demás seres del reino animal es que somos animales pensantes, es decir que al contrario que los demás nosotros podemos elaborar sistemas complejos gracias a nuestro cerebro más desarrollado que el de los bichos. Según ellos nuestra ventaja es justamente que no contamos ni con la intuición ni con los sentimientos para poder sobrevivir. Nuestra inteligencia hace que seamos los reyes del mundo animal y vegetal, porque claro si ya somos superiores a los animales ni hablemos de las plantas que esas sí que no pintan nada.
En un mundo en el que la ciencia es la religión de la mayoría de las personas, en el que nada existe si no se ha demostrado empíricamente que lo es, y en el que el cerebro pesa más que el corazón, ¿nos hemos vuelto seres exclusivamente racionales? ¿Dónde están los sentimientos? ¿Qué sucede con todo aquello que la razón no puede demostrar o concebir? ¿Si no piensas, entonces no existes?
Obviamente la disputa entre ciencia y religión es demasiado antigua y demasiado básica para que la pueda explicar, sin embargo hay que entender que ambas van unidas en la búsqueda de una misma finalidad. Tanto la ciencia como la religión quieren contestar a las preguntas que nos hacemos o al menos calmar nuestra sed de respuestas acerca de todo lo que nos rodea. Una lo hace por demostración y otra simplemente por fe, porque es así y punto en boca. Pero la base de eso es nuestra curiosidad y nuestra voluntad de que todo tenga una explicación coherente.
En ese afán de que todo encaje en nuestro coco, nos olvidamos de que como los demás seres del reino animal, hay otras cosas que son igualmente importantes para nuestra vida y supervivencia, y que dejamos de lado por completo, como podrían ser los sentimientos o la intuición. Porque no concebimos que las cosas puedan pasar o existir si no se pueden explicar, tanto de forma empírica como por que así son.
Lo primero que tenemos que racionalizar en nuestra vida son los sentimientos. Siempre nos preguntamos por qué sentimos eso por la persona que tenemos delante, o por qué con otras no podemos ser amables sino que nos ponen de los nervios, por qué somos antipáticos con unos y con otros no, cuando ni les conocemos ni sabemos como son. No podemos dar una explicación a esa reacción lo cual nos perturba, ya que todo ha de poder explicarse de una forma lógica.
Pero hay cosas que la propia razón no puede explicar. No nos puede decir por qué nos enamoramos de alguien, aunque lo intenta por todos los medios. La ciencia intenta hacer del sentimiento algo químico o físico que pueda entrar en sus leyes matemáticas y fijas. No podemos decir por qué nos enamoramos de una persona, y de hecho sería ridículo decir que la combinación de feromonas que segrega esa persona hace que nos sintamos atraídos hacia él o ella. Porque si fuese el caso bastaría con saber cual es la formula para obtener dicha combinación y entonces podríamos hacer que cualquier persona se enamorase de nosotros, podríamos influirle y decidir por esa persona. Eso nos gustaría a todos, pero no es lo más ético, porque estaríamos privando a la persona de opinión y de libre albedrío.
En resumen, sería como cuentan en las películas de brujas, que nos hacen un conjuro para enamorarnos. Todos hemos visto alguna película que cuente lo que he dicho. En ella siempre hay un momento en el que se preguntan si realmente todo lo que sienten los protagonistas es verdad o si es tan solo los efectos de un hechizo. Y es ahí cuando nos damos realmente cuenta de la importancia que tienen los sentimientos, sin querer explicarlos. Por un lado eso que sienten tienen que saber si es producto de una manipulación por parte de una persona interesada o bien si es tan sólo una casualidad, cosa que al final terminarán achacando a que el “destino” lo ha decidido así, otra entidad pensante y poderosa que hace que todo tenga una razón de ser; por otra parte se olvidan de aquello que sienten, no pueden dejar que eso ocurra sino que han de darle una explicación al fenómeno.
Con los sentimientos amorosos siempre hay este problema. Como seres pensantes debemos encontrar una razón para que todo ocurra, incluso le hecho de que sintamos las cosas. Porque si no lo podemos explicar no podemos creer en ello. Es cuando la gente dice frases como “estábamos destinados a estar juntos” o “es mi media naranja” o lo que sea. Porque debemos pensar en ese sentimiento antes que sentirlo. Debemos saber que estamos enamorados antes de sentir que lo estamos.
Y el problema viene cuando dedicamos tanto tiempo a descubrir las razones por las cuales eso sucede que pasamos de ello y cuando nos damos cuenta el momento se ha acabado, hemos perdido el tren y nos quedamos solos, preguntándonos dónde nos hemos equivocado y por qué. Y entonces la dinámica se retroalimenta, porque nos arrepentimos de haber perdido lo que teníamos, o de no haberlo disfrutado lo suficiente, por haber estado haciéndonos preguntas que no iban a tener respuesta.
Esta búsqueda de unas razones para todo lo que sucede ha llevado a muchas personas a crearse falsos estímulos. Por un lado están los científicos, que únicamente creen en lo que se pueda demostrar en un laboratorio. Pero no todo lo que existe se puede ver en un tubo de ensayo o en una probeta. Hay cosas que no caben ahí dentro. Por mucho que lo intenten, el amor de una madre por sus hijos, la felicidad que nos da conseguir algo que deseamos con toda nuestra alma, la muerte de un ser querido, o la pérdida de alguien, son cosas que no caben en un laboratorio. Hay cosas que los propios científicos no pueden explicar. Y sin embargo, lo quieren hacer, y pasan sus vidas metidos en centros de investigación, bajo la luz de los neones, entre tubos y líquidos corrosivos, con vapores nefastos, pasando su vida al margen de lo que realmente importa. Esas personas sacrifican todo aquello que quieren explicar con tal de encontrar respuestas. Esas personas han perdido su vida y las oportunidades de tener todo aquello que no se puede explicar y de vivirlo con tal de encontrar algo que no existe. Hay personas que no son científicos de renombre, o que no tienen ni idea de las ciencias, y que se pasan la vida pasando de todo aquello que vale la pena porque no pueden racionalizarlo o explicarlo.
Otras sin embargo delegan la responsabilidad a un ser supremo que es la razón por la que todo sucede. La gente muy religiosa por el contrario no pierde su vida buscando respuestas, sino que lo hace temeroso de un castigo celestial por disfrutar de todo aquello que, por otro lado, ha sido creado por esa misma entidad. Según eso Dios es un sádico, porque nos proporciona un montón de cosas que nos pueden dar felicidad y ocasiones de serlo, y sin embargo nos prohíbe hacer uso de ellas porque en esta vida debemos ser desgraciados para ser felices después de ella. Estas personas viven en el miedo, no se paran a sentir aquello que les rodea, sino que piensan todo antes y lo juzgan y califican en función de parámetros que se han establecido hace miles de años, por gente que les quería controlar. Todo aquello que sea bueno para el corazón, o para los sentimientos, es malo, y sólo la razón o alma son lo que vale.
El problema es cuando la razón pasa por delante de los sentimientos. Cuando pensamos algo que no debemos, porque no es lo suyo, ya estamos en el error. Hay cosas que son sin tener por ello que necesitar que sepamos su razón de ser. Pero nosotros debemos poder explicarlo para aceptarlo, y entonces lo podremos aceptar o no, y sentirlo o no, porque ya lo habremos perdido. No somos capaces de entender que el cerebro y el corazón pueden funcionar por separado, que a veces podemos amar a alguien que no entendemos por qué amamos, o bien que la persona que consideramos como el mejor partido, la persona ideal según lo que tenemos pensado y estudiado, es alguien por la cual no sentimos nada. En vez de dejar que eso suceda y disfrutarlo, lo intentamos explicar y perdemos el tiempo en eso.
En el Universo todo lo que hacemos tiene una repercusión, toda acción tiene una reacción, y en su momento llega. Pero el problema es que muchas veces nos centramos únicamente en buscar las razones por las que suceden las cosas, cuando no es el momento de hacerlo. Las cosas suceden por una razón, eso es cierto, pero a veces la explicación no se nos puede dar cuando lo queremos sino que lo entenderemos cuando sea el momento, y si desaprovechamos el presente pensando en un futuro improbable, lo único que conseguiremos será arrepentirnos de no haberlo disfrutado cuando teníamos la ocasión. Ya tendremos tiempo de pensar, pero hay momentos en los que lo que debemos es sentir sin pensar y sin buscar respuestas.
En un mundo en el que la ciencia es la religión de la mayoría de las personas, en el que nada existe si no se ha demostrado empíricamente que lo es, y en el que el cerebro pesa más que el corazón, ¿nos hemos vuelto seres exclusivamente racionales? ¿Dónde están los sentimientos? ¿Qué sucede con todo aquello que la razón no puede demostrar o concebir? ¿Si no piensas, entonces no existes?
Obviamente la disputa entre ciencia y religión es demasiado antigua y demasiado básica para que la pueda explicar, sin embargo hay que entender que ambas van unidas en la búsqueda de una misma finalidad. Tanto la ciencia como la religión quieren contestar a las preguntas que nos hacemos o al menos calmar nuestra sed de respuestas acerca de todo lo que nos rodea. Una lo hace por demostración y otra simplemente por fe, porque es así y punto en boca. Pero la base de eso es nuestra curiosidad y nuestra voluntad de que todo tenga una explicación coherente.
En ese afán de que todo encaje en nuestro coco, nos olvidamos de que como los demás seres del reino animal, hay otras cosas que son igualmente importantes para nuestra vida y supervivencia, y que dejamos de lado por completo, como podrían ser los sentimientos o la intuición. Porque no concebimos que las cosas puedan pasar o existir si no se pueden explicar, tanto de forma empírica como por que así son.
Lo primero que tenemos que racionalizar en nuestra vida son los sentimientos. Siempre nos preguntamos por qué sentimos eso por la persona que tenemos delante, o por qué con otras no podemos ser amables sino que nos ponen de los nervios, por qué somos antipáticos con unos y con otros no, cuando ni les conocemos ni sabemos como son. No podemos dar una explicación a esa reacción lo cual nos perturba, ya que todo ha de poder explicarse de una forma lógica.
Pero hay cosas que la propia razón no puede explicar. No nos puede decir por qué nos enamoramos de alguien, aunque lo intenta por todos los medios. La ciencia intenta hacer del sentimiento algo químico o físico que pueda entrar en sus leyes matemáticas y fijas. No podemos decir por qué nos enamoramos de una persona, y de hecho sería ridículo decir que la combinación de feromonas que segrega esa persona hace que nos sintamos atraídos hacia él o ella. Porque si fuese el caso bastaría con saber cual es la formula para obtener dicha combinación y entonces podríamos hacer que cualquier persona se enamorase de nosotros, podríamos influirle y decidir por esa persona. Eso nos gustaría a todos, pero no es lo más ético, porque estaríamos privando a la persona de opinión y de libre albedrío.
En resumen, sería como cuentan en las películas de brujas, que nos hacen un conjuro para enamorarnos. Todos hemos visto alguna película que cuente lo que he dicho. En ella siempre hay un momento en el que se preguntan si realmente todo lo que sienten los protagonistas es verdad o si es tan solo los efectos de un hechizo. Y es ahí cuando nos damos realmente cuenta de la importancia que tienen los sentimientos, sin querer explicarlos. Por un lado eso que sienten tienen que saber si es producto de una manipulación por parte de una persona interesada o bien si es tan sólo una casualidad, cosa que al final terminarán achacando a que el “destino” lo ha decidido así, otra entidad pensante y poderosa que hace que todo tenga una razón de ser; por otra parte se olvidan de aquello que sienten, no pueden dejar que eso ocurra sino que han de darle una explicación al fenómeno.
Con los sentimientos amorosos siempre hay este problema. Como seres pensantes debemos encontrar una razón para que todo ocurra, incluso le hecho de que sintamos las cosas. Porque si no lo podemos explicar no podemos creer en ello. Es cuando la gente dice frases como “estábamos destinados a estar juntos” o “es mi media naranja” o lo que sea. Porque debemos pensar en ese sentimiento antes que sentirlo. Debemos saber que estamos enamorados antes de sentir que lo estamos.
Y el problema viene cuando dedicamos tanto tiempo a descubrir las razones por las cuales eso sucede que pasamos de ello y cuando nos damos cuenta el momento se ha acabado, hemos perdido el tren y nos quedamos solos, preguntándonos dónde nos hemos equivocado y por qué. Y entonces la dinámica se retroalimenta, porque nos arrepentimos de haber perdido lo que teníamos, o de no haberlo disfrutado lo suficiente, por haber estado haciéndonos preguntas que no iban a tener respuesta.
Esta búsqueda de unas razones para todo lo que sucede ha llevado a muchas personas a crearse falsos estímulos. Por un lado están los científicos, que únicamente creen en lo que se pueda demostrar en un laboratorio. Pero no todo lo que existe se puede ver en un tubo de ensayo o en una probeta. Hay cosas que no caben ahí dentro. Por mucho que lo intenten, el amor de una madre por sus hijos, la felicidad que nos da conseguir algo que deseamos con toda nuestra alma, la muerte de un ser querido, o la pérdida de alguien, son cosas que no caben en un laboratorio. Hay cosas que los propios científicos no pueden explicar. Y sin embargo, lo quieren hacer, y pasan sus vidas metidos en centros de investigación, bajo la luz de los neones, entre tubos y líquidos corrosivos, con vapores nefastos, pasando su vida al margen de lo que realmente importa. Esas personas sacrifican todo aquello que quieren explicar con tal de encontrar respuestas. Esas personas han perdido su vida y las oportunidades de tener todo aquello que no se puede explicar y de vivirlo con tal de encontrar algo que no existe. Hay personas que no son científicos de renombre, o que no tienen ni idea de las ciencias, y que se pasan la vida pasando de todo aquello que vale la pena porque no pueden racionalizarlo o explicarlo.
Otras sin embargo delegan la responsabilidad a un ser supremo que es la razón por la que todo sucede. La gente muy religiosa por el contrario no pierde su vida buscando respuestas, sino que lo hace temeroso de un castigo celestial por disfrutar de todo aquello que, por otro lado, ha sido creado por esa misma entidad. Según eso Dios es un sádico, porque nos proporciona un montón de cosas que nos pueden dar felicidad y ocasiones de serlo, y sin embargo nos prohíbe hacer uso de ellas porque en esta vida debemos ser desgraciados para ser felices después de ella. Estas personas viven en el miedo, no se paran a sentir aquello que les rodea, sino que piensan todo antes y lo juzgan y califican en función de parámetros que se han establecido hace miles de años, por gente que les quería controlar. Todo aquello que sea bueno para el corazón, o para los sentimientos, es malo, y sólo la razón o alma son lo que vale.
El problema es cuando la razón pasa por delante de los sentimientos. Cuando pensamos algo que no debemos, porque no es lo suyo, ya estamos en el error. Hay cosas que son sin tener por ello que necesitar que sepamos su razón de ser. Pero nosotros debemos poder explicarlo para aceptarlo, y entonces lo podremos aceptar o no, y sentirlo o no, porque ya lo habremos perdido. No somos capaces de entender que el cerebro y el corazón pueden funcionar por separado, que a veces podemos amar a alguien que no entendemos por qué amamos, o bien que la persona que consideramos como el mejor partido, la persona ideal según lo que tenemos pensado y estudiado, es alguien por la cual no sentimos nada. En vez de dejar que eso suceda y disfrutarlo, lo intentamos explicar y perdemos el tiempo en eso.
En el Universo todo lo que hacemos tiene una repercusión, toda acción tiene una reacción, y en su momento llega. Pero el problema es que muchas veces nos centramos únicamente en buscar las razones por las que suceden las cosas, cuando no es el momento de hacerlo. Las cosas suceden por una razón, eso es cierto, pero a veces la explicación no se nos puede dar cuando lo queremos sino que lo entenderemos cuando sea el momento, y si desaprovechamos el presente pensando en un futuro improbable, lo único que conseguiremos será arrepentirnos de no haberlo disfrutado cuando teníamos la ocasión. Ya tendremos tiempo de pensar, pero hay momentos en los que lo que debemos es sentir sin pensar y sin buscar respuestas.





