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HEREJIAS EN LA EDAD MEDIA
Uno de los fenómenos más curiosos de la Edad Media fue la ola de herejías que se produjeron durante la Baja Edad Media, las cuales llegaron a su culmen en el siglo XIII para luego ir perdiendo importancia hasta prácticamente desaparecer. De todas ellas, una es la que más ha captado la atención tanto de historiadores como de aficionados a la historia, tanto por lo que tiene de mito como de realidad: los cátaros.
Pero ¿cuáles fueron las causas de estos ataques contra la Iglesia católica romana? Sin profundizar demasiado, ya que éste sería tema para otro pasaje, digamos que obedecen por un lado a una profunda crisis social y por otro a un deseo de cambio de la iglesia.

La Baja Edad Media es una época de cambios en todos los sentidos, y al tiempo de acontecimientos dramáticos que influyeron notablemente en el modo de vida y pensamiento de la sociedad europea. Las epidemias, las hambrunas, las guerras y los saqueos subsiguientes, las malas cosechas consecutivas, y, al final, la Peste Negra, crearon un grupo muy numerosos de desheredados, de pobres de solemnidad, muchos de ellos sometidos a la Iglesia como siervos, ya que los monasterios ejercían su poder como cualquier otro señor feudal y no tenían misericordia a la hora de recoger gabelas, cargas y tributos. Además, la riqueza y el oropel de los que hace gala la Iglesia hace que la indignación de muchos de estos hombres creciera hasta limites insospechados.

Por otra parte, hay un deseo de renovación eclesial que nace dentro de la propia Iglesia, poniendo de manifiesto los pecados de la misma, en especial el nicolaísmo (las relaciones sexuales de los clérigos) y la simonía (compra de cargos eclesiásticos). Ya desde los siglos X y XI se había puesto sobre el tapete la cuestión, reclamando una solución, desde algunas altas jerarquías eclesiales, indicándola incluso como la causa de la llegada del fin del mundo en el cambio de milenio. Pero, evidentemente, el fin del mundo no llegó, ni tampoco cambiaron los vicios de la Iglesia.

Esto llevo a muchos, tanto intelectuales como gente del pueblo llano, a reclamar una vuelta al cristianismo primitivo, a la pobreza de la iglesia, y al respeto absoluto a las reglas. Esos movimientos, evidentemente, atentaban contra el poder eclesiástico, y por lo tanto, fueron condenados como heréticos y como tal perseguidos.

Pero, ¿qué papel tuvieron los cátaros en todo esto? ¿Fue una herejía como las demás? ¿Qué buscaban? ¿Cuál fue su influencia para que por su causa se creara la Inquisición y fueran tan brutalmente perseguidos?

EL INICIO DEL CATARISMO

Los cátaros, también llamados albigenses por ser una de sus sedes principales la ciudad de Albi, no son herejes, en el sentido estricto del término, aunque como a tales se les incluya en los diferentes tratados y artículos sobre las herejías medievales. No es una disensión en el seno de la ortodoxia eclesiástica, sino una religión distinta. En este sentido, entrarían en el campo de los "infieles", con judíos y musulmanes.

El catarismo hunde sus raíces en el Zoroastrismo, que, a través de los esenios, los gnósticos, neoplatónicos y maniqueos de los primeros siglos cristianos, pervivió en la región de Tracia, dando origen al bogomilismo. ¿Cómo llegó entonces desde zonas tan lejanas al Languedoc francés? La causa más probable son las cruzadas: a la vuelta de una de ellas, algunos nobles de la zona pasarían por esta zona, de donde tomarían los conceptos religiosos para luego llevarlos a su tierra natal.

De allí pasaría la nueva religión a otras zonas, como Italia, donde reciben el nombre de "gazzari" o "patarinos". Aparecen ya en documentos de mediados del siglo XII.

LA RELIGIÓN CÁTARA
La religión cátara se basa en el dualismo o maniqueísmo. Defiende la existencia de dos dioses: uno bueno, creador de los espíritus, y otro Malo, creador de lo material. Todo lo material está en manos de este dios perverso, y, por tanto, todo lo material es perverso. Lo único puro es el alma, el espíritu, que, sin embargo, se ve aprisionada en un cuerpo material dentro de un mundo material, de todo lo cual no puede deshacerse sino a través de múltiples purificaciones, las cuales se llevan a cabo en sucesivas reencarnaciones. No existe el infierno, ya que el infierno está en la Tierra: el infierno es lo material y todos los obstáculos con los que se enfrenta el alma en su camino de purificación.

En cuanto a Cristo, para los cátaros el mundo había estado gobernado por el mal hasta su venida, pero no lo consideraban como Dios, sino como un Eón venido para enseñar a los hombres el camino para llegar al Espíritu. No creían ni en su muerte (que habría sido solo simbólica) ni en su resurrección. En cuanto a la Iglesia católica, la consideraban como una especie de templo diabólico, ya que su culto es visible y muy material (sacramentos, culto a santos y reliquias y organización). Rechazan por lo tanto los sacramentos, a los que consideran como una divinización de algo intrínsecamente maligno. Claro ejemplo es el matrimonio, donde a través del sacramento se intenta dar un cariz divino a algo tan material como el amor por una persona (de carne y hueso) o el sexo; en tal caso, ya que la carne es débil, era mejor para ellos el amor libre que manchar la acción del espíritu con algo tan material.

El culto cátaro no tenía, pues, ni imágenes, ni sacramentos, ni templos, y consistía simplemente en reuniones en las que se leía el Nuevo Testamento traducido en lengua vulgar (lo cual estaba prohibido por el Concilio de Toulouse de 1229), se hacía una homilía, se recitaba el pater y se bendecía el pan, a lo que a veces seguía una comida en común. Una vez al mes se celebrara una confesión genérica de los pecados ante los diáconos (apparelhamentum), aunque hubo casos de confesión secreta, específica e individual.

LA ORGANIZACIÓN DE LOS CÁTAROS

El catarismo se extendió por toda la sociedad languedociana, sin tener en cuenta estatus económico ni social. Incluso muchos miembros de la Iglesia se convirtieron a esta nueva religión (como el obispo de Narbona). Su organización social no se basaba en criterios materiales como dinero o poder, sino en el mayor o menor grado de acercamiento al Espíritu, a la pureza total del alma. Así, hay dos grupos diferenciados: los Perfectos y los Creyentes.

Los Perfectos ocupaban el rango más alto de su jerarquía social. Su alma ya estaba totalmente purificada y unida con el Espíritu, de manera que a su muerte conseguirán la total perfección con su cuerpo glorioso. No tenían nada propio y practicaban la abstinencia sexual. No comían carne ni leche (ni derivados de ésta). No juraban. No guerreaban. Se vestían de negro y vivían en comunidad, hombres y mujeres por separado. Entre los hombres se escogía a los diáconos, cuya misión era viajar constantemente predicando y dando el consolamentum.

En cuanto a los Creyentes, todavía estaban demasiado atados a los bienes materiales y sentimientos mundanos para conseguir a su muerte la unión con el Espíritu. Podían casarse y tener hijos (aunque, como se ha señalado antes, era preferible el amor libre). Podían comer carne y tener bienes materiales. Sólo les estaba vetado los juramentos y matar animales (ya que eran posibles receptáculos de reencarnación). Se les recomendaba intentar zafarse de acudir a guerras, salvo que les fuera imposible.

Para llegar de Creyente a Perfecto, era necesario el Consolamentum o comunicación del Espíritu Consolador (equivalente en cierta forma al Espíritu Santo cristiano). El Consolamentum consistía en la imposición de manos por parte de un Perfecto al Creyente, de modo que este alcanzaba el grado de Perfecto y por tanto, a su muerte, pasaría a gozar de la gloria de Dios. Los asistentes al acto veneraban al nuevo "santo" mediante el melioramentum, que consistía en una genuflexión, besando el cielo y pidiéndole la bendición. Sin embargo, para muchos Creyentes llegar al estado de Perfecto no era tarea fácil, ya que se seguían sintiendo atraídos por el mundo material, aunque sólo fuera por los afectos a su familia. En estos casos, se pactaba recibir el Consolamentum a la hora de la muerte (convenentia convenensa). Esta costumbre dio lugar más tarde a la endura, o suicidio pasivo, que practicaron los enfermos graves para poder llegar más rápidamente a su unión con el Espíritu.

EL CATARISMO EN FRANCIA E ITALIA

Las zonas donde más se desarrolló el catarismo fue el Languedoc francés y el norte de Italia. El Languedoc, por su posición geográfica, conservaba una cierta autonomía entre los territorios franceses del norte, los ingleses de Aquitana, los catalano-aragoneses del Sur y los imperiales del este. Por su parte, el norte de Italia era independiente del control imperial y papal.

La secta estuvo compuesta por gentes de todas las clases sociales: desde la alta nobleza, pasando por la pequeña nobleza (hostil al poder eclesiástico y civil), la burguesía (que ansiaba el libre comercio y poder efectuar prestamos con interés), los artesanos, hasta llegar a los campesinos (motivados por la aversión a los diezmos y primicias que debían dar a la iglesia). Por lo tanto no es, como muchas otras herejías, un movimiento contestatario de las clases bajas solamente, sino que hay que buscar en su arraigo un deseo de perfección espiritual.

En su difusión también parece que actuó la poesía trovadoresca, cuyos ideales de valoración de la mujer, o la sublimación del amor, con claras insinuaciones al amor carnal, entroncan claramente con la filosofía cátara.

LA LUCHA CONTRA LOS CÁTAROS: FASE DE LOS COLOQUIOS

Aunque al principio, y dada la autonomía de que gozaban estas regiones, el movimiento cátaro se pudo expandir sin muchos problemas, desde finales del siglo XII, y al unirse a ellos los Valdenses, Roma puso sus ojos en esta nueva secta, plenamente consciente de los problemas que sus postulados podían acarrear al poder temporal eclesiástico. Para ello en un primer momento acude a misioneros, que recorren estas zonas predicando la verdad y manteniendo diversos debates con los Perfectos, para tratar de convencerles de su error. Estas misiones fueron encomendadas primero a los cistercienses y más tarde con los dominicos.

En este sentido, la figura de Domingo de Guzmán es especialmente importante. Su orden, mendicante y por tanto a favor de la pobreza, estuvo fuertemente vigilada en sus comienzos por si pudiera tratarse de una nueva herejía. Pero al conseguir el visto bueno papal se la consideró como ideal para mantener las discusiones teológicas con los cátaros, ya que los dominicos llevaban un modelo de vida renovado y en gran medida semejante al de éstos. Los coloquios fueron tan importantes que incluso algunos estuvieron presididos por reyes, como el que se organizó en Carcassonne en 1204, que presidió el rey Pedro II de Aragón.

LA LUCHA CONTRA LOS CÁTAROS: FASE ARMADA. LA CRUZADA

La fase pacífica, por la vía de la conversión, acabó en 1208, cuando el legado papal Pedro de Castelnau es asesinado. El papa Inocencio III proclama entonces la Cruzada contra los cátaros, a la que se unen rápidamente las tropas francesas, que ven en la cruzada la ocasión para apoderarse de dichos territorios. Esta fase fue larga y sangrienta a más no poder.

El mando de la cruzada cae en manos de Simón de Monfort como legado papal, cuya crueldad será largamente recordada. En la toma de la ciudad de Béziers murieron unas 17.000 personas; la consigna era clara: "Matadlos a todos: Dios conocerá a los suyos". A continuación se acomete el sitio de Toulouse, pero la ciudad consigue resistir y recibe la ayuda de Pedro II de Aragón, cuyo socorro habían pedido los jerarcas tolosanos, unidos a él por lazos de parentesco. Esto hizo que el lado cátaro tomara nuevos bríos, hasta que Pedro II muere en 1213 en la batalla de Muret. Sin jefe, la tropa aragonesa regresa a sus territorios y Toulouse cae. Poco después, en 1215, el Concilio de Letrán condena ya explícitamente el catarismo. De momento, la balanza se inclina hacia el bando papal - francés. Sin embargo, Inocencio III muere en 1216, hecho que aprovecha todo el Languedoc para volver a sublevarse. Esta vez al conde de Toulouse, Raimundo VI, le ayuda Jaime I, prestándole tropas, mientras que su hijo, Raimundo VII, consigue desembarcar en Marsella. Los cátaros ganan nuevamente terreno y reconquistan Toulouse en 1217. A esto se une la muerte del temible Simón de Monfort el año siguiente. Las tropas papales y francesas, acosadas, deciden darse un respiro. Por unos años vuelve la calma al Languedoc y los Perfectos regresan a la zona. Se recuperan otras plazas anteriormente perdidas, como Carcassonna (1226).
Pero Luis VIII, el monarca francés, no está satisfecho. Deseando aún el territorio, vuelve a lanzar una ofensiva en 1226, que devastará prácticamente todo el Languedoc. Raimundo VII, viéndose perdido, firma el tratado de Meaux en 1226, por el que él mismo se compromete a hacer penitencia por sus pecados en Notre-Dame, al tiempo que promete en matrimonio a su hija Juana con Alfonso de Poitiers, hijo de Luis VIII, por lo que el Languedoc pasa ya en la práctica a manos francesas, hecho que se corroborará más adelante con la alianza de Beatriz de Provenza con Carlos de Anjou, hermano de Alfonso.

Comienza entonces un amplio proceso de represión inquisitorial, ya que la Inquisición se fundó concretamente para luchar contra los cátaros. Esta represión fue tan dura que culminó en un nuevo levantamiento en 1240. Pero dicho levantamiento, al que se unió en principio una conspiración Toulouse - Inglaterra - Aragón contra el poder francés, fracasó de nuevo. El territorio fue violentamente pacificado por las tropas del nuevo rey francés, Luis IX (San Luis), y solo quedó un pequeño reducto: Montségur.
Montségur era un pequeño monte, de 1200 metros de altura, que se encontraba cerca de Foix. En la fortaleza que se alzaba en su cumbre se refugiaron los últimos combatientes cátaros. Allí se decía que los Perfectos guardaban su tesoro, conseguido a través de los donativos que percibían. El asedio fue tenaz, y la resistencia también. Montségur no era solo una fortaleza: era todo un símbolo, relacionado con un templo solar e incluso con la leyenda del Grial, reliquia que se creía guardada entre sus muros. Al final, Montségur cayó, el 2 de marzo de 1244, y el día 16 del mismo mes, en la llanura que se extendía frente al castillo, 205 Perfectos fueron quemados. La llanura quedó hasta tal punto arrasada por las llamas que se la conoce desde entonces como el Prat dels crematz. Sin embargo, siguió siendo un símbolo de poder y misterio, hasta nuestros días. La caída de Montségur significó el fin del movimiento cátaro, aunque otra fortaleza, la de Quéribus, no se rindió hasta 1255. Con ella, el catarismo fue aniquilado, y, aunque algunos sobrevivieron, estos pasaron a la clandestinidad, y lentamente fueron desapareciendo.

EL FIN DEL CATARISMO: LA INQUISICIÓN

La región se había sometido por la fuerza, las fortalezas estaban destruidas, los jefes habían sido ejecutados o se habían reconciliado con la Iglesia católica. Sin embargo, esto no quiere decir que los cátaros desaparecieran: si bien eran pocos, mal organizados, y mantenían su fe y sus costumbres en la más secreta clandestinidad, todavía seguían existiendo.

La inquisición se dedicó a acabar con los últimos cataros. Al principio se había organizado una inquisición secular, que más tarde pasó a ser episcopal. En 1231 el papa Gregorio IX confió la inquisición monástica a los dominicos. Todos ellos fueron implacables. Las hogueras se contaban por cientos, y a ella iban a para tanto cátaros como no cátaros: una simple sospecha, una simple denuncia, costaba el pase para la hoguera. Se llegó a límites tan espeluznantes que el propio papa tuvo que ordenar a los inquisidores que moderaran sus acciones, uniendo a los dominicos (conocidos desde entonces como los canis dei [perros de dios]) los franciscanos, bastante más tolerantes. Aún así fueron muchas las atrocidades cometidas. Los acusados no podían recurrir a abogados. En 1252 se autorizó la tortura para conseguir confesiones. Y la hoguera no era el único castigo. También estaba la pena de prisión perpetua, que podía ser largus (que permitía cierta movilidad), strictus (con cadenas en pies y manos, celda mínima y escasísima comida), o strictissimus (que consistía en una especie de enterramiento en vida). Incluso se practicó la exhumación de condenados ya difuntos y la quema de sus cuerpos.

Los pocos Perfectos que quedaron huyeron a Italia, donde lograron supervivir algún tiempo, y algunos llegaron también a Cataluña. En el Languedoc se mantuvo un pequeño rescoldo en casas particulares, y hubo pequeñas intentonas de rebelión hasta el siglo XIV, sin ningún éxito. El movimiento cátaro, cada vez más recluido a aldeas y campos, se extinguió.

De todos modos, el catarismo dejó una profunda huella espiritual que perdurará a través de los siglos, llegando hasta el siglo XVI, donde vemos ciertos parecidos con la aparición del protestantismo. Su pasado se hunde en lo más remoto de los tiempos, en el zoroastrismo persa y el maniqueísmo, y su presente se halla, aunque transformado, en las religiones protestantes, especialmente el calvinismo. Y siempre estará rodeado de un halo de misterio que nos atrae.



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