Blogs.ya.com Quitar publicidad
La Amante (al completo)
¿Cómo no va a gustarme el matrimonio? Es mi fuente de amantes...
Acerca de
Me contaron que podía elegir entre ser una mujer soltera, y ser una mujer casada. Y decidí que se casaran otras. Así me daban la oportunidad de tener muchos amantes entre los que elegir.
Archivos
Sindicación
 
1. CÓMO HE LLEGADO HASTA AQUÍ
- ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Lo preguntó con tristeza, casi con compasión. Me miraba inquieta, dolida, como si la pequeña intimidad que acababa de revelarle hubiera sido para ella la mas sucia de las confesiones, el secreto prohíbido, la fatalidad hecha palabras.

Yo sonreí. Adoraba a esa mujer que vestía camisas de estrecha cintura, pantalones marrón claro, zapatos perfectamente conjuntados con bolso a juego, pendientes de perlas y cinturón de piel. La miraba y pensaba "¡claro, Lidia querida! ¿Cómo ibas tú a sentir que lo que yo estaba viviendo estaba bien?".

Mi Lidia querida. Perfectamente adaptada a la sociedad de pareja occidental. Casada a los 29, madre a los 31, re-madre a los 33. Hipoteca a 40 años. Ecuatoriana dos días por semana para limpiar la casa y otro día más para planchar. Trabajo de 9 a 3. Reducción de jornada. Sueldo justito. Marido que llega tarde todos los días, auditor en una de las Big Five. La adoraba porque ella me compadecía y yo la compadecía a ella.

Acababa de explicarle que desde hace tres años me escondo en habitaciones de hotel y en sms codificados para amar. En chats nocturnos. En llamadas ocasionales. Que no hago el amor los sábados después de una paella y un poco de helado. Ni los domingos volviendo de una barbacoa. Que no hago el amor. Que yo robo sexo a otra mujer. Su mujer. Esa que no he sido jamás, durante tres años, capaz de imaginar.

- Porque he querido, Lidia.
- Nadie quiere ser segundo plato. Nadie quiere ser "la otra". Y ese hombre... ¿quién es? o más bien... ¿qué es? ¿cómo puede utilizarte así, como puede engañar a la madre de sus hijos?
- Se llama Luís. Y no es más que eso: un hombre.

Es cierto, han pasado tres años. Le conocí queriendo conocerle. No a él. No sabía que él existía. Pero quería tener una aventura con un hombre casado. La primera vez que me acosté con un hombre casado fue en Málaga. En un congreso. En uno de esos típicos y aburridos congresos médicos a los que acudo por mi profesión. Me alojé en un hotel del centro y después de la primera jornada, fui sola a tomar una copa de vino al bar del hotel. Ese hombre estaba allí, también solo. Le había visto en una de las ponencias. Era alto, moreno, delgado, muy atractivo. Nos miramos, él primero, yo despúes y se acercó a hablar conmigo.

Hablamos veinte minutos, el tiempo justo para dos vodkas con naranja. Y de pronto me vi en su cama. Me desnudó rápido, casi torpe. Me besó dos o tres veces. Tocó algo mis pechos. Ni siquiera pudo excitarme. Pero me excité yo sola, pensando que estaba con un médico casado en la habitación de un hotel. O más bien, que estaba con un perfecto desconocido follando. Duró diez minutos. No tuve tiempo de llegar a ninguna parte. Pero miraba su cuerpo perfecto, su deseo descontrolado, su pasión desbordada y me parecía la situación más erótica que había vivido en mi vida, yo, que era como Lidia, perfectamente adaptada. Estaba teniendo mi experiencia, mi aventura. La gran diferencia.

Al acabar, él se recostó a mi lado. Me abrazó. Encendió un cigarrillo. Me dijo que era preciosa y maravillosa. Me hizo sentir más deseada y especial que nunca en mis seis años de matrimonio. Mantuvimos una conversación acerca del amor, de la pasión, del sexo, de la pareja. No hablamos de trabajo, ni de familia, ni de amigos, ni de la última película que habíamos visto... sólo amor y sexo. Fue perfecto. Y tras la conversación, él se animó de nuevo y lo volvimos a hacer. Esta vez mucho más lento. Esta vez llegué al cielo. Y pensé "¿en qué momento exacto me pedirá que le deje dormir, que mañana tiene que irse a trabajar temprano?". Pero no lo hizo. Pidió champagne y volvimos a hacerlo otra vez. Pronunció mi nombre en su tercer orgasmo. Y después, a las cinco de la mañana, se quedó dormido a mi lado hasta que el despertador de su móvil nos hizo vislumbrar la realidad.

Así empezó todo, creo. En su realidad, él se fue a las pocas horas a su ciudad, llegó a casa y besó a su mujer y a sus dos hijos. Yo llegué a la mía, le pedí la separación a mi marido, besé a mi hija y supe, ese día, que estaba enganchada al amor clandestino.

De eso hace hoy más de siete años. Y de aquella aventura con un médico en un congreso le siguieron decenas fantásticas historias hasta que Luís apareció en mi vida y dio un sentido único al sexo, al amor y a mi existencia.
 
2. SEAMOS OBJETIVOS

Seamos objetivos. Hasta que conocí a Luís, me acosté con todo tío que se pusiera a tiro. O me tiré a todo tío que se pusiera a mi costado, que también puede ser. Con Luís las cosas cambiaron. Me enamoré y ya se sabe que cuando una mujer se enamora deja de acostarse con otros hombres. O casi. Yo dejé de acostarme con todo tío viviente, al menos descarté al 90% de ellos. Y empecé a follar selectivamente. Tú sí, tú no.

Empecé a tener "amantes de fin de semana". Luís no está para mí los fines de semana. Los pasa con su mujer en la casita de la playa, en la del campo, en la de sus suegros o en la de sus padres. Con sus tres hijos. Tipo familia feliz. Salen el viernes por la tarde de la gran ciudad y regresan el domingo por la tarde en una inmensa caravana en la que, imagino, habla con su mujer mientras escucha el partido del Real Madrid por la radio.

Yo paso los fines de semana con mis amantes. Uno de cada dos. Ese en que mi hija, Lili, está con su padre. Mis amantes no saben que son mis amantes. Creen que son mis novios. Creen que les quiero y que cualquier día les empezaré a pedir compromisos diversos:

- Me gustaría pensar que tenemos un futuro juntos
- Me gustaría saber que soy la única mujer con la que te acuestas
- Me gustaría conocer a tus padres
- Me gustaría que me acompañaras a la boda de mi mejor amiga
- Me gustaría ser solo tuya.

Por eso aguantan un par o tres de meses recibiendo una única llamada un viernes cada dos. Porque creen que un día haremos algo diferente a salir a cenar, emborracharnos, follar con condón y dormir cada uno en su casa, con la excusa de que tengo un problema de insomnio y prefiero dormir sola.

Después de ese tiempo, dejo de llamarles. Me aburren. Y me preocupa que algún día se les ocurra llamarme justo cuando estoy con Luís y éste me haga preguntas. Ellos tampoco insisten mucho. Quizás mandan algún mensaje:

- Hola guapa. No me llamas desde hace tres semanas, ¿estás bien?

Y yo contesto:

- Es cierto, perdona. Mucho trabajo. Sí, estoy bien. Un beso.

Sí, ya sé que ellos esperan que les pida rápidamente una cita, pero no lo hago. Y entonces los borro de mi agenda en la tarjeta SIM y espero a que otro "novio" aparezca en mi vida.

No es difícil. Tengo 35 años, estoy buenísima, tengo un trabajo repleto de compañeros estresados, divorciados, separados, aburridos y amargados. Así que basta encontrarme uno de ellos, reírme un poco, interesarme por cómo llevan la separación y dejarles mi tarjeta por si algún día quieren charlar. He olvidado comentar: soy psicóloga clínica en un hospital comarcal.

Llaman y me dicen que sí, que tienen ganas de charlar. Y siempre acabamos en la cama. Con condón.

Con Luís no uso condón. No me parecería decente. A quien amas no le pones barreras. Me da igual si me pasa alguna enfermedad. Sería la enfermedad de mi amor. Pero por si acaso me hago análisis cada tres meses. La mujer de Luís debe ser muy buena, porque nunca me ha pasado nada. Ni yo a él. Claro que a lo mejor la mujer hace como yo, y utiliza condón con todos menos con él. Y puede que Luís utilice condón con todas menos conmigo.

Da igual. A mi amor no le pongo barreras. Aunque le ponga los cuernos.
 
3. EL SEXO DE LA AMANTE

El sexo de una amante no tiene nada que ver con el sexo de una esposa. Yo he sido las dos cosas. Y además lo escucho diariamente en mis pacientes. No. No tiene nada que ver.

Cuando estás casada haces el amor sólo en tres supuestos:

Supuesto 1: tienes una necesidad imperativa de practicar sexo. Tu cuerpo se excita con un anuncio de calzoncillos, leyendo un artículo del “Cosmopolitan” o viendo a una pareja de adolescente en el bus metiéndose mano. Tienes una necesidad. Y hay que cubrirla. Así que miras con ojitos picarones a tu marido, a este se le nota la erección bajo el pantalón del pijama y... ¡zas! ya lo tienes comiéndote los bajos fondos. Perfecto. Acabas, lo besas, te pones la bata y sigues haciendo la cena. Es lo que yo llamo "el polvo orgasmo".

Supuesto 2: Te reconcilias. Sí. Has tenido una buena pelotera con tu marido por el tema más absurdo que te puedas imaginar. Empezasteis hablando de como os vais a repartir en Navidad y acabasteis recordando el día en que, de novios, él te dijo que el vestido gris no te sentaba del todo bien. La conversación os ha llevado a tres días de mutismo. Os cruzáis por los pasillos agachando la cabeza y le has contado a todas tus amigas que lo vuestro ya no funciona. Pero al cuarto día él te ha pedido perdón, os habéis dicho que os queréis, habéis hablado de tener otro crío y ... ¡ya lo tienes haciéndote el amor en la posición del misionero! Igual ni tienes un orgasmo, pero tú encantada. Es el "polvo romántico".

Supuesto 3: Has bebido más vino de la cuenta. Por la noche te han invitado a cenar en casa de los amigos del amigo del cliente de un amigo, cena a la que te daba cien patadas ir, pero lo has pasado bien. La comida estaba riquísima, la conversación sobre qué le pasa a la sociedad actual ha sido apasionante, y tu anfitrión, que no ha dejado de mirarte el escote, te ha servido la botella entera de Marqués de Riscal. Así que al llegar a casa tienes un calentón, tu marido te parece el tío más atractivo del mundo contando chistes malos y ... ¡zas! ya lo tienes sacando un vibrador y haciéndote el amor salvajemente en la posición del perrito y con el vibrador masajeándote los pechos. Es el "polvo guarro".

Yo no pego polvos-orgasmos, polvos-románticos o polvos-guarros con Luís. Con Luís pegamos polvos divertidos y originales. Largos e intensos. Sin nada que los provoque. Solo porque nos apetece. Porque lo deseamos. Él me mira mientras estamos comiendo en nuestro restaurante de siempre, me mira fijamente, se detiene en mi alma, la absorbe, la recubre con su mirada, y luego dice: "¡qué buena estás, Amanda!". Y en ese momento siento que se me electriza el cuerpo, el vello entero se eriza, se humedecen todos mis sentidos, y siento que nada en este mundo, nada, sería capaz de evitar que en unos minutos él esté entrando en mí, buscando mi alma, haciéndola estallar, entregándome sin pudor su vida entera.

Y cuando acabamos, cuando se supone que hemos llegado a dónde queríamos llegar, miramos el reloj, y vemos que nos quedan aun dos horas antes de que él regrese a su casa y doy gracias al tiempo por darme dos horas más con él, y no se me ocurre nada mejor que hacer para agradecérselo que volverme a entregar a él.

Sí, los polvos con Luís son siempre "polvos polvos".
 
4. SEXO, MENTIRAS Y CD'S DEL KAZAA

De vez en cuando, Luís me regala un Cd con canciones que se ha bajado del Kazaa. Yo no tengo Kazaa instalado en mi pc. Me entró un virus y bastante tengo ya con pillar todos los virus de las gripes, gastroenteritis y enfermedades varias que me contagian los aires del Hospital. Así que Luís se pasa un ratito pasando de su mujer, que tiene la costumbre de irse a la cama antes de las once de la noche para leer vete a saber qué, y ese ratito me lo dedica a mí.

Busca canciones suyas que me quiere entregar. La primera vez que me regaló un cd, en nuestra segunda cita, me quedé un poco decepcionada. No conocía ni una sola de las canciones. Después entendí que me estaba regalando "sus canciones", y me pareció tan emotivo y enorme, que no he apreciado con más cariño ningún otro regalo.

Luís tiene diecisiete años más que yo. Sí, es el elemento que faltaba en esta aventura. Ah, y es el Director General de una multinacional que todos conocemos. ¡Toma aventura! Directivo importante casado con dos hijos y cincuenta y dos años se tira a tía buena de 35. Parece un título de la revista "¡Qué me dices!". Es tópico. Es típico. Pero nada me parece menos típico que Luís, sus canciones del Kazaa y su fabulosa manera de quererme.

Como no quiero perderle por nada del mundo, le miento. Le digo que le soy fiel, que desde que le conozco no ha habido otro hombre más que él. Él no es especialmente celoso. Pero es coherente. Cree en esta relación, cree en mis palabras, cree en mi amor. Y como tiene cincuenta y dos años y una vida de lo más clásica, no entiende el amor sin la fidelidad.

Cuando nos acostamos la primera vez, pensé que si me volvía a llamar sería por lo buena que era yo en la cama. Me dije a mí misma: "quien quiera ser la amante de un hombre así, tiene que ser un as en la cama". Me llamó. Al día siguiente. Me dijo que quería volver a verme, que lo había pasado realmente bien conmigo. ¿Soy un as en la cama?

Hace tres días recordábamos aquella primera noche. Le dije que había sido fantástica, que habíamos congeniado perfectamente en la cama. Y me sorprendió diciéndome que para él no había sido tampoco nada del otro mundo.

Casi me llevo un disgusto. ¿Acaso no le gustó como le hice la felación? ¿Fue quizás mi empeño en ponerme yo sobre él, para evitar a toda costa la posición del misionero? ¿O fue mi insistencia en hacerlo cuatro veces en una noche?

- Amor mío, -le pregunté-, y entonces ¿por qué me llamaste al día siguiente?
- Porque quería volver a pasar seis maravillosas horas escuchándote.

El sexo y el amor son dos cosas diferentes. Luís no sabe mentir. Luís ama y utiliza el sexo para amar. Yo no miento, yo no le soy infiel. Yo no he pasado nunca seis horas escuchando o hablando con ningún otro hombre que no fuera él desde que le conocí. Otra cosa es lo que haga mi cuerpo.

Y para Luís amarme es como las canciones que me graba en el Kazaa. Es su manera. Me la entrega y me la graba para mí. Y a veces no le entiendo. Pero no sé apreciar mejor regalo que el regalo de su amor a su manera.
 
5. NO HAY FUTURO

- No hay futuro.

Lidia vuelve a adoptar ese aire de compasión al que ya me empiezo a acostumbrar desde que le hablé de Luís. Se coloca un mechón de cabello tras la oreja izquierda y fija su mirada en mí, queriendo escuchar una renuncia.

- ¿Qué futuro tienes tú con Arturo, Lidia?
- Toooooooooooodo. -dice ese "toooooooodo" alargando las "o" para conferirle mucha más importancia y trascendencia a su afirmación.
- Define todo.
- Ver crecer a nuestros hijos.

Los hijos de Lidia se llaman Anna y Oriol. Son dos chiquitines deliciosos de 4 y 2 años. Mi hija Liliana tiene 8 años. Es un monstruo. Sí, un monstruo de 8 años de inconmensurable personalidad. Caprichosa, brillante, ocurrente, zalamera, incansable.

- No veo por qué no iba yo a ver crecer a Lili. O Luís a sus dos chicos.
- Pero no serán vuestros, de los dos.
- No. Serán sus tres chicos y será mi Lili. Pero crecerán y lo veremos.
- No envejecerás junto a él.
- Cuando dices "junto" ¿te refieres a estar a su lado 24 horas?
- Exacto. ¿Sabes lo maravilloso que es envejecer junto a alguien?
- No sé. Mi abuela está alzhéimica desde hace diez años. No creo que se de mucha cuenta de si está sola o con alguien.
- Y ¿las navidades? ¿Las vacaciones? ¿Los fines de semana?
- Con mis padres, con mis amigos, con mi hija.
- Sola.
- Repito: con mis padres, con mis amigos, con mi hija.
- Me pones nerviosa.
- Tú me pareces maravillosa.

Un día, Luís me dijo que lo nuestro no tenía futuro. Pasamos una mala época en nuestra relación. Su empresa le mandó a la Conchinchina durante dos meses y coincidió con un expediente de regulación de empleo en el Hospital. Me suspendieron de empleo y sueldo durante tres meses hasta que la reestructuración permitiera mi re-ingreso. Todo muy legal. Pero muy jodido. Sin un duro, con Luís a más de 10.000 km., y Lili dándome cada día por saco exigiéndome una Play Station que no podía pagarle.

Una noche Luís llamó. Con el cambio de horario ni siquiera se dio cuenta de que para mí eran las 3 de la mañana. Me sorprendió medio dormida, dolida y deprimida. Lloré desconsolada y le pedí que volviera pronto a abrazarme, que necesitaba estar junto a él.

Él me dijo que no podía decirle al Consejo de Administración que dejaba por unos días la fusión para venir a darme un abrazo. Y después de decir esa frase se sintió culpable como un ladronzuelo improvisado y entonces dijo:

- Esto no puede ser. Yo no puedo darte lo que tú mereces. Lo nuestro no tiene futuro.

Y colgó.

Dos noches enteras pasé sin dormir. O más bien, durmiendo a medias. Hasta Lili sintió mi desconsuelo y dejó de pedir la play durante esos días.

A los tres días, me escribió un mail desde el otro lado del planeta. No recuerdo bien qué dijo exactamente. Pero sí recuerdo que me dijo que yo era la ilusión de su vida.

Y supongo que eso bastó.

- Lidia querida, Luís y yo tenemos un futuro, te lo aseguro.
- Pues dime cuál, anda, Amanda, dímelo. - lo dijo con cierto rintintín-
- Saber como manejar todo este fabuloso lío en que nos hemos metido para seguir siendo la ilusión de nuestras vidas.

En ese momento Lidia calla, mira su café un instante, levanta su rostro de porcelana y me dice:

- Ese es un futuro jodidamente encantador, cabrona, qué suerte tienes.

Quiero a Lidia. Y quiero el futuro en donde no hay niños, navidades ni vejez, sino ilusiones.
 
6. EL PSICÓLOGO DE ENFRENTE

Cuando has estudiado una carrera en la que el 90% de los licenciados acaban trabajando de cualquier cosa menos de lo suyo, supongo que pertenecer al 10% restante es un verdadero éxito. Mis compañeras de facultad se mueren de envidia cuando les explico los casos que veo a diario, las formaciones a las que acudo, las investigaciones en las que participo. Yo miro sus audis y bemeuves en la puerta del restaurante aparcados, su ropa de Massimo Dutti, sus bolsos de cientos y pico mil pesetas (euros, Amanda, son euros), y los niños vestidos en Comme des Garçons y a mí me da por pensar que quizás hubiera sido mejor idea no tener tanto éxito y tener mucho más dinero.

Me paseo con un renault de la era de Neanderthal, visto en H&M (aunque sólo veo en época de Rebajas), el bolso que llevo bien podría ser de mercadillo (siempre el mismo desde hace tres años) y mi hija viste en Carrefour, que total, para lo que le va a durar...

Pero tener éxito en mi profesión, a pesar de no aportarme ni un duro, tiene sus ventajas. No sólo el hecho de que me encanta mi trabajo, sino porque a veces tienes la suerte de liarte con el psicólogo de enfrente. Los turnos van como van, y yo llevo ya demasiados años en este hospital como para renunciar a mi turno normalito. Pero cada seis o siete meses se incorpora el psicólogo de prácticas, via máster o vía PIR (que es como el MIR, pero con la "P" de Psicólogo) y suelen adjudicarle los horarios más chungos: guardias, noches, festivos.

No suelo coincidir, pero hace un par de años, estando yo en la flor de mi amor por Luís, conocí a Marcos en la cafetería, un psicólogo del PIR, cinco años menor que yo, poco agraciado físicamente aunque muy educadito:

- Buenos días.
- Buenos días.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes.

Hasta que un martes a las nueve de la noche, me encuentro con él saliendo a la vez de la consulta y me dice:

- ¿Te vienes a tomar una cerveza?

Y así que me voy con el PIR poco agraciado y como a la cuarta cerveza que me tomo con él me empieza a parecer mucho más agraciado y ya es la bomba cuando el tío, sin pudor ni vergüenza me dice:

- Sabes... yo tengo un problema.
- Ey, Marcos, cielo, encanto, ricura (sí, cuando me emborracho me da por ser suuuuuuper cariñosa), que el trabajo finaliza saliendo del hospital.
- El problema no es mental, sino físico.
- ¿?
- Tengo un enorme pollón de 24 centímetros.

Me da la risa. Jajajajajaja. Pero el tío está impasible, mirándome. Y no sé, a mí Marcos no me gusta un pelo, pero ese descaro de pronto, ese acercamiento tan brutal... pues vale, vamos a verlo, tío.

Y en mi cama me doy cuenta de que no miente nada de nada. Me lo paso increíble. Se queda a dormir. A las ocho se despierta para irse a trabajar.

- ¿Vamos juntos?
- No, tranquila, tengo que pasar antes por casa.

Y así son algunas de las cosas que me pasan a veces. Porque ya no volví a coincidir con Marcos nunca más y no tengo ni idea de qué ha sido de su vida.

Luís tiene el pene normalito. Aunque imagino que él sí es el verdadero psicólogo de enfrente. El del alma de 24 centímetros y el enorme corazón.
 
6. CAÍDA Y VISITA A TRAUMA

Luís y yo estamos en crisis. En pleno mes de agosto resulta un tanto insoportable ser La Amante, sobre todo cuando sabes que se ha ido de viaje con su mujer y los dos chavales a Cartagena de Indias. Imagino que entre visita y visita, playa y cóctel, cenita y desayuno continental, Luís tiene tiempo de contentar a su mujer en la cama, compartir con ella confidencias y hasta afianzar su matrimonio.

Yo me he quedado en mi ciudad que, por cierto, no es la misma que la suya. Decidí tomar mis vacaciones en septiembre, para poder huir de las depresiones post-verano con las que se inunda la planta 2ª del hospital, esa que en el letrero de la entrada indica que es la "unidad de psiquiatría y psicología clínica".

Así que mientras yo estoy aquí construyendo pajaritas de papel a falta de pacientes por tratar (no sé por qué todos parecen muy sanos en esta época del año), me reconcomen los pensamientos de Luís y su mujercita jugando a las casitas.

En venganza por mi desasosiego, hace seis días me acosté con el nuevo médico de la Unidad de Traumatología. Tiene 42 años, está bueno a rabiar, se acaba de divorciar y no ha dejado de lanzarme miraditas desde que entró hace unos tres meses.

Los cuernos por despecho son, en mi caso, los más absurdos. Por nada del mundo haría algo que pudiera hacer sospechar a mi amor respecto a mi infidelidad. Es decir: no me sirven para nada. Él nunca sabrá que me acosté con el médico y no estoy muy convencida de que mi despecho sea menor por haberlo hecho.

El caso es que Emilio, el traumatólogo, me invitó a cenar hace dos semanas con la excusa de ser nuevo en el hospital y tener la necesidad de relacionarse un poco con sus compañeros.

La cena salió bien. Nos morreamos a la salida del restaurante y me hice un poco la difícil:

- No, Emilio, todavía no.

Y Emilio que de tonto no tiene ni un pelo (de hecho, es calvo) ya sabía que le estaba dando la pista para invitarme de nuevo.

El caso es que me emocioné un pelín estos días encontrándomelo cada dos por tres en la cafetería. Quizás sí pueda tener una relación normal, vivir en pareja, tener otro hijo. Quizás sí exista el hombre perfecto. Quizás sí sea Emilio. Quizás, quizás... Hay, Amanda, deja de soñar...

Segunda cita. Sigo sin saber nada de Luís. Emilio me lleva a un restaurante caro-carísimo y me sirve vino cada vez que descubre mi copa a medias. Me embolingo exageradamente y nos tomamos un par de vodkas con naranjas antes de que me tome la mano y me diga que le gusto.

Me acompaña a casa y me pregunta si tomamos la última copa. No tengo copas pero sí, pasa, Emilio.

Y ¡ala venganza! Dos veces me vengué. Una rapidita y la otra mucho más lenta. Le grito ¡EmiliooooooooooooooHHHHHH! y nos fumamos un cigarrillo para redondearlo. Emilio se va a las tres de la mañana y me dice que unas horas más tarde tiene que tomar un avión e irse a un congreso en Murcia.

Creo que volvió hace cuatro días, pero no he vuelto a saber de él. Imagino que ya ha conocido bastante a sus nuevos compañeros. Así que ayer, cuando Luís me llamó, yo estaba medio mosca por la revancha que no me sirvió de nada y tuvimos una conversación subidita de tono acerca de nosotros y del famoso "no hay futuro".

Hoy me ha vuelto a llamar. Me dice que se siente culpable porque no puede darme lo que yo merezco, porque no está a mi lado cuando le necesito. Le digo que si quiere que lo dejemos y me líe con el nuevo médico de Trauma. Me dice que ni de coña. Nos reímos después de llorar un poco. Le digo que le quiero y pienso seguir amándole y queriéndole aunque se folle a su mujer. Me dice que él lo que quiere es follar conmigo. No sé, lo tenemos difícil, estando tú en Cartagena de Indias y yo aquí. Otra vez jaja.

No sé por qué Luís se siente culpable de mi amor por él. Cuando él y yo nos acostamos la primera vez, me llamó a las nueve de la mañana, dos horas después de despedirnos. Y hasta entonces nadie había hecho algo así conmigo. Y nadie lo ha vuelto a hacer. A veces pienso que estoy tan enomarada porque nadie me ha querido como él.

Sí, pasamos nuestras crisis. Pero en cada una de ellas, siento que hago lo correcto. Que enamorarse de un hombre casado no es malo, ni inútil, ni una fantasía. Quizás porque yo no me enamoré de un hombre casado. Me enamoré de Luís.
 
7. LOS CUERNOS, CUESTIÓN DE GÉNEROS

No soy demasiado original al hablar de este tema. Creo que se han escrito cientos de miles de ensayos, artículos, mensajes, blogs y hasta presentaciones Power Point acerca de por qué las mujeres somos infieles y por qué lo son los hombres. Bata con que alguien lea el último “Cosmopolitan.”

Pero una cosa es todo lo que yo pienso, todos pensamos, ellos piensan y piensan nuestras madres y otra es lo que yo escucho de mis pacientes. En el marco del hospital, con el ventilador lanzando brisas a destajo, la luz de neón parpadeante, y Amanda en bata blanca, las personas dicen lo que realmente sucede en sus vidas. Y ya no se trata de pensar, sino de saber.

Y yo sé lo que pasa por la cabeza de una mujer cuando es infiel. Hay dos actitudes distintas. La primera: ella quiere que él se entere. La segunda: ella no quiere que él se entere por nada del mundo. En la primera actitud, la infidelidad tiene que ver con despecho, venganza, deseo de separación, provocación, mal rollo, "mi marido es un capullo y le voy a poner los cuernos", en fin, lindezas similares.

En la segunda actitud está la verdadera infidelidad. La mujer es infiel por inseguridad. Sí, básicamente eso. Me siento insegura porque no sé si esto del matrimonio es lo que quiero, porque no sé si le quiero, porque no sé si él me quiere, porque no estoy segura de estar segura... El orgasmo robado y prohibido es el más inseguro.

Hoy me cuenta Natalia, 47 años, trastorno adaptativo con ánimo deprimido, que en su primera infidelidad contuvo su orgasmo hasta el imposible por que no estaba segura de querer tener un orgasmo.

Luego está todo eso del amor, enamoramiento, complementos... bla bla bla. La mujer infiel es insegura y luego se enamora o no, pero ya no está tan insegura de estar segura.

Los hombres, en cambio, ponen los cuernos a sus mujeres por motivos variopintos. Para muestra, un botón:

- "Mi mujer no soporta el sexo oral y a mí nada me gusta más que una mamada"
- "Llevamos doce años casados y necesito algo más que un polvo por encuentro sexual"
- "Me siento solo en mis viajes de negocios"
- "Irse de putas no es ser infiel"
- "Me encantó que hablara inglés con acento americano"
- "Iba borracho"
- "Se me tiró encima y uno no es de piedra"
- "Quiero sentir que aun soy un tío atractivo"
- "Me enamoré"

Luís es infiel porque su mujer le fue infiel hace diez años. Se enamoró de otro tío y le pidió la separación. A él se le hundió el mundo. Su perfecto mundo de ejecutivo agresivo casado con perfecta mujer bellísima e inteligente. Su autoestima se le cayó hasta los pies. Y le pidió que no le dejara.

Ella no le dejó. Pero Luís se dedica desde entonces a serle infiel. A veces creo que soy la gran revancha de Luís. Pero él me dijo un día:

- De ti me enganché.

Y supongo que le creí. Ahora yo soy infiel porque creo que cualquier día su mujer se dará cuenta del tesoro que tiene a su lado, le dirá que le ama y volverán a hacer el amor como en los primeros años de matrimonio.

Y sigo sin saber por qué Luís, además de ser infiel, sigue enganchado de mí.
 
8. AMOR EN ESPERA

- Lo que tenemos difícil es lo de vernos. Nada más volver de vacaciones he de viajar a París y más tarde a Milán.

No sé en qué momento exacto de la conversación Luís ha sentido la necesidad de “cantarme” su agenda. No le he preguntado cuándo vendría, ni cuándo volvería a sentir su abrazo, ni cuándo íbamos a volver a besarnos. Hubiera preferido no saberlo. Al cuantificar en tiempo nuestro próximo encuentro, siento la desolación de volver a poner mi amor en espera, o mejor, en “stand-by”, que queda mucho más fashion. Me anuncia tajante y distante que debo colocar mis sentimientos en cuarentena hasta nueva orden, quizás sean semanas, quizás sean meses, e imagino que espera rebeldía adolescente por mi parte, a veces incluso soluciones adultas que él no quiere pensar.

- Mi ciudad no la va a mover nadie. Cuando puedas venir, vendrás.
- ¡Caray! ¡Sí que eres conformista! ¡Contigo da gusto hablar! ¡Cualquier cosa que haga te parece bien!

No, no me parece bien que hundas mis ilusiones, mis fantasías, mis emociones, a golpe de Palm. No me parece bien saber que no voy a verte en tanto tiempo. No me parece bien que no me propongas que me escape a tu lado, huya de mí misma para encontrarme contigo y ser más yo misma que nunca. No me parece bien escuchar tu voz lejana sin posibilidad alguna a atraparla, a masticarla, a sentirla mía. No me parece bien pedirle a mi alma que detenga su camino hacia ti, se sienta a esperar en el banco de la estación, como Penélope, viendo pasar trenes y trenes que no son tú, leyendo una y otra vez en el panel de la estación que tu llegada está aun sin confirmar.

- No puedo hacer nada, supongo. Si vienes, perfecto. Si no vienes, pues también.

Mentirosa. Quisiera decirte, gritarte: "si no vienes pronto me voy a morir de pena. Me pudrirán las lágrimas oscuras que brotan del dolor de no tenerte a mi lado. Me encontrarás fría y descompuesta, ahogada en mis esperanzas. Los músculos de mi corazón rotos por la falta de ejercicio. El cuerpo bañado de amores de barra, amantes de fin de semana, sexo fantástico al que renunciaría sin dudar ni un segundo, por una sola de tus miradas. Las retinas fijas en recuerdos de tus sabores, como cuando paseo mi lengua por tu intenso cuerpo de 52 años, en tu piel ajada en experiencias, en tus labios cansados de tantas cosas dichas". Mentirosa.

- Bueno, pues nada cariño, te dejo, un beso.

Siento que se te clavan mis palabras que vislumbras derrotadas. Siento que esperas un “te quiero”. Siento que no entiendes por qué no me rebelo. Siento que sientes que me pierdes. Siento, de pronto, el frío apoderándose de los dos, implacable, la incomunicación buscando un hueco entre Méjico y España, siento que los dos colgamos el teléfono sin querer hacerlo. Pero se oye el “clonk” y Luís ya no está para Amanda y Amanda ya no está para Luís.

Vuelta a la consulta. La administrativa suplente me pasa dos historiales para esta tarde. Ni siquiera le digo mi acostumbrado “buenas tardes”.

Mi amor está en espera. Pero mi vida no puede pararse. Te quiero Luís. Pero tienes razón: me he vuelto conformista.

Y cuando estoy conforme, abrumada por mis propias reacciones, escasa de ilusiones, cansada de fantasías, cuando estoy a punto de empezar a pensar si hago bien o hago mal, si sé o no sé, si amo o no debo amar, Luís aparece de nuevo en el display del móvil.

Su voz viene con retraso desde Méjico, pero lo que he oído lo he oído entero, completo, sin interferencias:

- Vente conmigo a París

Entonces me acuerdo de por qué esto tiene sentido. Porque en ese mundo suyo en el que yo soy "la otra", "la amante", "la segunda", Luís lee en mí y yo leo en Luís y no importa lejos, prohibidos, antisociales, pecadores, cobardes, infieles... nada puede impedir que rompamos de nuevo las normas y de nuevo estemos juntos, y de nuevo tengamos un futuro: el futuro que nos espera en París.
 
9. HORMONAS DE VERANO
No siempre he sido "La Amante". Hubo un largo y obviable tiempo en que fui "La Esposa" y un tierno momento en que fui "La Novia". Enrique era paciente de mi compañera Teresa. Acudía a consulta cada quince días, no más de treinta minutos. Teresa no habla mucho acerca de sus casos. Practica psicoterapia de orientación dinámica, casi opuesta a la que practico yo, y que se basa en la confidencialidad extrema en las conversaciones entre paciente y terapeuta. Todos en la Unidad estamos sujetos al secreto profesional, pero algunos de nosotros, con el consentimiento del paciente, podemos exponer su caso en las sesiones clínicas, en congresos o en artículos científicos. Teresa no. Ella se limita a decir: "hoy viene Enrique". Todos sabemos quien es Enrique, pero nadie sabe qué le sucede a Enrique.

Pero el mundo es un pañuelo, eso lo sabemos todos. Así que hace seis años, me presento en la fiesta de cumpleaños de mi amiga Laura, cuyo hermano Armando tiene un amigo llamado Juan que resulta ser el primo de Enrique. La situación es incómoda al principio. Le noto cohibido y molesto con mi presencia, especialmente cuando Juan, dos cervezas y tres cubatas dando vueltas en su cabeza, se empeña en que su tímido primo Enrique me saque a bailar una salsa de Gloria Stefan. Consigo que Juan desista, pero me las ingenio para hacerme con un rincón y arrastrar discretamente a Enrique:

- Puedes estar tranquilo. -le digo mientras le invito a un Chester-
- No te preocupes, no tengo nada que ocultar.

Y desde luego no lo tenía. A las ocho de la mañana, Enrique aun seguía contándome, ya en la puerta de mi casa, como arrancó su depresión hace dos años. Algo agobiada (nada me molesta más que ejercer fuera de horas de consulta), trato de hallar la manera de colar un "bueno, pues gracias por acompañarme" entre relatos de la infancia, traumas y represiones.

Al final él mismo se despide y cuando me dispongo a darle un beso en la mejilla me encuentro morro con morro y pronto lengua con lengua y me sucede algo que no he vuelto a vivir: a pesar de que el tío es un auténtico coñazo, me pongo cachonda como una moto con su manera de besar y le arrastro a mi cama para culminar la "terapia nocturna" en dos polvos gloriosos en que grito, casi sin darme cuenta "¡qué vivaaaaa la depresión!".

Me engancho sexualmente a Enrique. Tiene una curiosa técnica en que es capaz de lamerte el clítoris mientras te hunde dos dedos en lo más profundo de la vagina y otros dos en el culo con pasmosa habilidad. Y supongo que después de pasarme tres meses follando en posturas imposibles, teniendo orgasmos que nunca antes había tenido y probando juguetitos sexuales, vestiditos de colegiala y hasta unas esposas atadas al hierro de la cama, me enamoro de Enrique, su depresión y todos y cada uno de sus dedos.

Aunque pueda parecer frívola: no he amado nunca tanto a nadie como a Enrique. Mantenemos una convencional relación en que nos entendemos a la perfección en la cama, de marcha, en la convivencia, en las ilusiones y hasta en la posibilidad de volver a ser madre.

¡Qué bonito! Hasta que, jódete Amanda, Enrique me llama un día, once meses después de haber decidido apostar por el rol de "novia", me dice que ya no me quiere (jodido, ayer mientras me metías el vibrador por el culo no decías eso precisamente), y hete aquí que Enrique se larga con su depresión y sus dedos a lamer otros clítoris.

Lo que más dolió fue el llanto inocente de Lili, mi hija, entonces con tres años, cuando le dije que Enrique ya no volvería a casa.

Pues bien, cada verano, puntualmente desde hace cinco años, Enrique llama de nuevo. Cada vez con una excusa diferente. ¿Cómo estás? ¿Cómo está la niña? ¿Cómo va el trabajo? ¿Cómo llevas el pelo ahora? ¿Cómo has pintado la pared de la habitación?

Y después de una aburrida conversación (Enrique no ha dejado de ser un coñazo excepto el tiempo en que estuve enamorada de él: entonces sus lamentaciones vitales me parecían hermosos cantos a la vida) me pregunta si recuerdo la vez en que me puso helado de cookies de Häggen Dasz en los pezones, o aquella en que nos fuimos a un peep show y acabamos masturbándonos en el parking porque la calentura no nos permitió esperar hasta llegar a casa o la noche en que nos pegamos una sesión de cine porno imitando todas las posturas. Entonces me suben las hormonas, a él le sube el enorme aparato hasta tocarle el ombligo y nos damos un homenaje de sexo telefónico con muchos "sí, sí" y "ay, ay" y "ya, ya".

Antes de colgar, Enrique me dice:

- Te echo de menos. Te quiero, lo sabes, ¿verdad?
- Yo también te echo de menos.
- Un beso, preciosa.

Y así hasta el próximo verano. Le cuento a Luís que Enrique me ha llamado. Quizás lo hago para provocar sus celos. Pero Luís conoce muy bien a los hombres, por algo él es uno de ellos, y cada verano, tras la conversación "Enrique-me-ha-llamado", Luís siempre pregunta lo mismo:

- Qué... ¿ya tiene el depresivo las hormonas revueltas por el verano?

Supongo que el día que Enrique me llame en pleno invierno no se lo contaré a Luís, porque lo más probable es que no conteste a su llamada.
 
10. EN TRAUMA NO SE DESCANSA
Tres días sin saber de Luís. En su última llamada, el viernes, con un decalaje horario de diez horas, Luís me comenta que le aburre soberanamente la Riviera Maya y ha decidido llevar a los chicos a Disneylandia, en Los Ángeles, aun teniendo en cuenta que el mayor de ellos, Luisito, anda medio salido atacando a toda mejicana viviente y desde luego muy poco interesado por pasar un par de días abrazado a Minnie y comiendo nubes de algodón.

Lili sigue con su padre, en la otra punta de España, por lo que rápidamente pierdo el interés en la conversación paternal de mi amante y me dedico a escuchar su voz sin prestar cuidado al mensaje, imaginando su polla fabulosa en mi boca y esa pasión con la que acompaña el movimiento de mi lengua por su capullo, algo así como "¡jóder que bien la comes, cariño!".

Al despedirme de él con un sincero "te quiero", mi móvil vuelve a sonar casi de inmediato y apenas reacciono cuando aparece en el display el nombre de Emilio, el traumatólogo que creí no volver a catar.

Emilio me dice que está solo esta noche en casa y que si yo también lo estoy me invita a tomar un par de copas de cava. No me apetece especialmente, pero la escena calenturienta de Luís agarrándome la cabeza por el cogote para evitar que suelte su miembro cuando está a punto de correrse, ha revuelto mis hormonas y, ¡qué cojones! no tengo nada mejor que hacer esta noche.

Llego a casa de Emilio a las once y media. Tiene un insultante piso de millonario en el mejor barrio de mi cuidad, con piscina comunitaria, portero (y no automático), y sofás de Natuzzi de piel negra.

Nada más servirme una copa del prometido cava (un "Anna" de Codorniu muy apropiado), me suelta una disculpa que me sume en una profonda alucinada, como si me hubiera metido medio LSD con un Bourbon triple:

- Siento no haberte llamado antes, Amanda. He estado desbordado de trabajo.

Me apetece decirle: "Francamente, querido, me importa un bledo", pero me reprimo y le suelto un diplomático:

- No te preocupes, encanto. Yo también he ido de cabeza estos días.

La conversación me parece de lo más aburrida. Me cuenta un poco de su vida, del último viaje que hizo a no recuerdo dónde y algo acerca de su reciente divorcio que me la trae bastante floja. Me pregunto cuándo me va a besar o cuándo vamos al tema o cuánto le falta para dedicarse a mi coñito o cuándo cojones dejará de hacerse el inteligente y empezará a hacerse lo que es: el polvo de esta noche.

Se coloca un condón en un plís plas, pero a mí me apetece comérsela, así que se lo quito y forcejeamos un rato, él "que te la quiero meter" y yo "que te la quiero comer" y gano yo, o gana él, según se mire, porque el tío tiene un orgasmo fabuloso gracias a mis artes.

Una vez acabada la relación, se pone a hablar de nuevo. Yo me quiero ir a mi casa, pero me saca un álbum de fotos (diós, ¿qué le pasa hoy a este tío?) y me enseña a sus hijos, dos churumbeles de 4 y 2 años rubitos como de anuncio de pañales.

Como veo que el tío tiene para rato, decido amorrarme de nuevo al pilón y allí que le hago otra mamada, él con el álbum ya tirado por los suelos, todo con tal de que se calle y deje de contarme su vida.

Media hora más tarde, se queda abrazado a mí y me dice:

- La semana que viene podríamos ir a cenar juntos.
- Uy, buena idea, pero para eso, hay que descansar desde ya... así que lo mejor será que me vaya a casa.

Me las apaño para largarme por patas. De regreso a casa, con música de los Gypsy Kings sonando rollo hortera a todo trapo en mi coche, con mi Chester sabiéndome a gloria, me pregunto si Emilio me gusta.

Tiene unos impresionantes ojos verdes, un cuerpo musculado a base de muchas horas de gimnasio y un pollón que harías las delicias de cualquiera. Y se siente solo, muy solo. Me inspira cierta ternura.

Pero ya en mi cama, a punto de caer rendida, con el sabor del cava mezclado aun por el de su semen, mi último pensamiento está en Luís y en la frase con la que se despidió de mí antes de partir hacia Los Ángeles:

- En realidad, mi amor, todo lo que hago sólo lo hago feliz porque sé que es un momento menos, un día menos, para volver a estar contigo.

En "Trauma" no descansan, Luís, pero sólo tú, haga lo que haga, eres capaz de darle a mi alma el verdadero descanso que necesita.
 
11. LA PRIMERA VEZ

Congreso en Palma. Son las siete de la tarde y el sopor de la primavera que, exultante, invade la ciudad me está transportando a un estado semicomatoso a medio camino entre el sueño y la pereza. Salgo de la sala de conferencias del hotel para fumar un cigarrillo y respirar un poco de aire acondicionado no viciado por los ochenta asistentes al evento. Fuera, un cartel en fondo negro y letras doradas me cuenta que en ese mismo momento dos multinacionales ocupan las salas media y pequeña. Mientras cotilleo descaradamente los motivos de ambas convocatorias, observo un cogote sobrepasando un pequeño sofá de terciopelo rojo, situado junto a una mesa de cristal baja.

Me detengo en el cogote. Adivino a un hombre alto, delgado, camisa blanca y traje oscuro. Enciendo un Chester y sigo mirando. De pronto el dueño del cogote se gira, me mira, provoca un molesto color rojizo en mis mejillas y no se me ocurre hacer otra cosa mejor que sonreír.

El hombre se levanta. Es más alto de lo que imaginé en un primer momento, quizás metro noventa. Cabello oscuro salpicado de algunas canas, cuerpo atlético, ojos verdes muy claros, casi transparentes, labios finos, nariz delgada y algo descarada.

- No se puede fumar aquí.
- ¿En serio?
- Está indicado en al menos veinte carteles a lo largo de todo el pasillo.
- Es que no sé leer.
- Lástima. Iba a recomendarte la lectura del famoso "Dejar de fumar es fácil".
- ¿A ti te funcionó?
- No. Pero tuve que aprender a leer para entenderlo. Y eso me ha servido de mucho.

Me rio. Apago el cigarrillo en la suela de mi zapato y tiro la colilla en la papelera. Vuelvo al congreso. Siento como ese par de ojos verdes siguen los movimientos de mi cuerpo caminando por el estrecho pasillo.

Por la noche, después de una cena de Gala con el equipo de Marketing del Laboratorio patrocinador, me encuentro al hombre del cogote sexy en el ascensor.

- ¿Algún letrero en donde diga que no puedo fumar aquí?
- Bufff, cientos. De hecho, ese que está sobre los mandos del ascensor indica que deberías dejarte invitar a una copa por un intelectual como yo.
- ¿Podré fumar?
- Como un carretero.

El hombre del cogote sexy se llama Luís, tiene 49 años, dos carreras, habla cinco idiomas, trabaja en la multinacional que ocupa la sala pequeña, me extiende su tarjeta y leo "Iberian General Manager". Yo tengo 32 años, no tengo tarjeta de visita, y lo único que sé hablar es un castellano correctito.

Pero Luís está emborrachándose con mi discurso vivaz y optimista, me contempla curioso, inquieto, me penetra con su voz madura, rellena una y otra vez mi copa de deseos, me excita con sus ojos transparentes, con su interior intenso y diferente.

Creo que me va a invitar a follar en su habitación. Pero a las cuatro de la mañana, me acompaña cortésmente hasta la puerta de la 112 y se despide de mí.

- ¿Me darías tu teléfono?
- Te daría un beso si me lo pidieras.
- Ya. Pero he pedido tu teléfono.

Anota las nueve cifras de mi móvil en el reverso de su paquete de Marlboro Light.

- Prometo llamarte pronto. - me dice antes de plantarme un beso suave en los labios.

Ya en la habitación, me desnudo con cierta dificultad a consecuencia de la neblina alcohólica que invade mis sentidos. Me acuerdo de pronto de la tímida sonrisa del hombre del cogote sexy cuando le digo que "soy psicóloga pero no psicoanalizo a nadie... a menos que me extienda un talón de 100 euros". ¡Menuda estupidez! Ese tío debe extender cheques de 1.000 euros todos los días como quien usa Kleenex en un resfriado. Me siento pequeñita, tonta, carente de cualquier glamour.

Tumbada en la enorme cama de dos por dos que no aprovecharé esta noche, estoy a punto de encontrarme con Morfeo cuando suena el teléfono de mi habitación.

- ¿Quién-coño-es-a-estas-horas-joder-me-cago-en-la?
- Sólo quería demostrarte que cumplo mis promesas.

Su voz suena lejana, aunque sé que está tres habitaciones más allá de la mía. Tiene una de esas voces serenas, monocordes, sin estridencias, la voz de un hombre hecho, seguro, entero, que esconde una intensa necesidad de sentir.

- Y ¿cuál será tu siguiente promesa? ¿"Te amaré para toda la vida?"
- Y ¿qué tal un simple "te amaré toda la noche"?

En menos de tres minutos, Luís atraviesa la puerta de la 112. Sigue enfundado en su traje de ejecutivo agresivo. Pero a medida que el parquet de la habitación se va cubriendo de sus prendas, se despoja de la palabrería multinacional, para regalarme un cuerpo de hombre inseguro, una mente de niño, una mirada que esconde miedos, fantasías que buscan complicidad y magia.

A las siete de la mañana, unidos en tres orgasmos y mil pasiones, Luís se marcha.

Es de nuevo su voz la que me despierta dos horas más tarde.

- Quiero volver a verte -me dice- quiero volver a amarte muchas noches más.

Y no hace falta contestar. Porque a veces sucede eso en la vida. Sucede cuando menos te lo esperas. Sucede una o dos veces y sabes perfectamente reconocerlo. Sin vacilar. Sin miedos. Sin inquietud alguna. Sucede que a veces tienes la completa certeza de que algo acaba de empezar y no tienes ni idea de cómo, ni porqué, pero será algo tan grande, tan diferente, tan hermoso, que acabarás escribiéndolo.
 
12. LA ERÓTICA DEL PODER

Si estás en mitad de un local abarrotado de gente cuyo aliento podría encender una cerilla con sólo acercarse a ella, incapaz de vislumbrar la punta de tu zapato, ni de diferenciar los sonidos que emite tu compañero y de pronto sientes una fuerte presencia que proviene del otro lado de la barra... es que Clara acaba de entrar en el local.

No es guapa, ni siquiera atractiva. Tiene una cabellera de esas indefinidas, que no sabrías decir si es morena, castaña, rubia oscura o pelirroja, ni si es rizada, lisa, ondulada o desfilada. Su nariz no deja nunca indiferente, por grande, delgada y aguileña. Ojos juntos pequeños, oscuros, enmarcados en pobladas cejas que en su vida conocieron unas pinzas. Algo gruesa en la parte superior de su cuerpo, pero delgada como un pollo de cintura para abajo. Pero Clara es Clara. Su presencia y carisma lo invade todo. Su personalidad arrolladora, firme, a veces incontrolada, te arrastra sin remedio. Por muy hermosa que seas, por muy inteligente que parezcas, por muy ocurrente que estés, si Clara está junto a ti, nadie se percatará de tu presencia. Ella se lo come todo.

Clara se casó bien casada. Piso de 250 m2 cuadrados en el centro de la ciudad. Muebles hechos a medida. Parquet natural. Marido salido de una revista de prensa rosa, rico hasta la cejas, Director General en una empresa de Telecomunicaciones, contribuyente activo del PP, Miembro honorario en todos los Clubs de Poderosos que os podáis imaginar, y apenas 32 años. Así que Clara siembra su personalidad a base de vestidos de Victorio y Luccino, Chanel, Versace, en cenas honoríficas nadie sabe en honor a qué, codeándose con la insoportable Jet Set, hablándote de Anita, Piluca, Lulita, Pitita, Ritita y muchas "itas" más.

Pero a Clara le gusta más follar que a un tonto un lápiz, así que de tanto en tanto desenfunda sus vaqueros de todo a cien, llama a Amanda cuyos fines de semana se dividen en amantes ocasionales y aburridas noches sola en casa, y se la lleva a ligar por los bajos mundos.

Hasta que llega el día en que Clara se enamora del Comercial de una empresa de Seguros, EGB como título de cabecera, lector asiduo de folletos publicitarios, reenviador compulsivo de e-mails que no se atreve a comentar por no poner en evidencia sus innumerables faltas ortográficas, pantalón marca paquete y camisetas de mercadillo. Se enamora locamente de quien la quiere sin regalos, sin cenas suntuosas, quien la lleva a la tasca de la esquina ilusionado por presentarle a su amigo Paco, el "camarata", quien la llama desde el fijo porque no sabe usar el móvil, o la lleva a un campeonato de Tunning para enseñarla orgullosa junto a su Ford Fiesta maqueado.

Y lo deja todo. Pide la separación y se instala con Míster Seguros Llama a Su Puerta en un pisito en la barriada que ni siquiera sabía que existía, para hacer el amor noche sí y noche también y ser, por primera vez en su vida, feliz.

Pero dos meses más tarde, llama llorando a mi puerta para anunciarme que vuelve con su marido. Pienso que su caballero asegurador la ha dejado en la estacada y me entristezco. No. No la ha dejado... es que se la ha muerto la pasión, me cuenta.

- ¿Muerto? ¡Clara! ¡No te había visto tan enamorada jamás! ¿Qué coño me estás contando ahora?
- Es la erótica, Amanda, la erótica del poder. Quiero volver a estar allí arriba, follarme a ese poder, manejarlo y manipularlo como me venga en gana.

Han pasado dos años desde aquello, y de momento Clara sigue paseando su palmito por la Jet Set y follándose a su Poder. Aunque se escapa de vez en cuando conmigo a la más humana realidad, no ha vuelto a vibrar como en aquella corta etapa de dos meses.

Y eso me hace pensar... ¿Cómo me siento yo respecto a Luís y su inherente posición profesional? ¿Me deslumbran sus cinco idiomas, sus reuniones trascendentales, su presencia en Juntas de Accionistas que a veces incluso leo en prensa o veo en televisión? ¿Soy capaz de amarle despojado de ese halo de poder y dinero? ¿Podría instalarme con él en un pisito de 40 m2 con un televisor en blanco y negro, acompañándole a competiciones de tunning, yendo a Benidorm por vacaciones? ¿No es también su título en la tarjeta de visita que me enseñó ya el primer día, el saber que siempre acabamos en hoteles de cinco estrellas con cava y jamón cinco jotas, los restaurantes a los que me invita en dónde un somellier me explica los aromas del vino de 120 euros que tomaremos, parte de mi pasión hacia él?

La respuesta, al menos para mí, es sencilla. Al contrario que Clara, jamás he podido compartir su poder con nadie. Es un secreto prohibido y cómplice, del que no puedo hacer gala, del que no puedo pavonearme, del que sólo puedo sentirme orgullosa por ser una parte más del hombre al que amo.

Ya lo dijo Clara una vez:

- Follarse al Poder está bien. Pero explicárselo a los demás, es mejor que un orgasmo.

La única erótica del poder que yo conozco respecto a Luís, es la erótica de saber que voy a poder verle pronto.
 
13. VECINITOS

El mejor sexo tiene lugar alcohol mediante. Hace tiempo que dejé de creerme eso de que el colmo de la sexualidad se sitúa justo en el punto en que se cruzan un hombre y una mujer y un amor sincero. Mis mejores orgasmos los he tenido con tipos que no me interesaban en absoluto, pero que habían puesto la cantidad exacta de vodka en mi cubata, el morbo ocurrente y nunca ordinario necesario, y una extrema capacidad para dejarse llevar.

La relación que mantuve hace ya un tiempo con mi vecino del segundo A escalera derecha, tuvo poco de amor, y demasiado de sexo. Nos conocimos como se conocen todos los vecinos: en el ascensor. Yo acababa de separarme y llevaba apenas unos días instalada en mi actual morada, un pisito correctito en el cuarto rellano de un edificio correctito en un barrio correctito. Estando casada, había tenido una breve aventura con otro vecino, así que eso del vecindario para mí tiene un sentido mucho más allá de la reunión anual de la comunidad de propietarios.

Con cualquier excusa, el vecino del segundo y yo empezamos a tomar café juntos, a salir con su hijo de siete años y mi hija de tres al parque, a cenar ya sin niños y, esta vez sin excusas, a compartir cama. Tenía 14 años más que yo, llevaba divorciado dos años, y era un hombre cuyas experiencias sexuales dejarían sin aliento a Catherine Millet o a Nacho Vidal (por poner un par de ejemplos antagónicos). Sin embargo, yo no acababa de conectar con él. Era violento, amante de las palabras obscenas en pleno acto, tremendamente machista y poco dado al sexo oral.

Tras cuatro meses en que yo empezaba a echarle indirectas acerca de la necesidad de tener otras experiencias y no centrarnos únicamente el uno en el otro, mi vecino debió captar algo de mi insatisfacción y decidió motivarme de otra manera.

Un sábado por la noche, tras una opípara cena, una botella de Marqués de Riscal a medias, dos cubatas cada uno, un par de chupitos, y dos Cardhu con hielo, me arrastró hasta casa diciéndome que tenía una sorpresa para mí. Con absoluta ingenuidad, creí que iba a encontrarme con un ramo de rosas o una gargantilla de oro, pero lo que me encontré fue a Chelo, metro setenta y cinco, rubia, esbelta como una modelo, ojos pardos achinados, minifalda roja y tacones de aguja negros.

- ¿Y esta quién es?
- Es tu regalo, cielito. Me ha costado mucho más que una gargantilla de oro.

Y yo, que iba borracha como una cuba, me eché a reír nerviosamente, mientras Chelo se presentó amablemente y me plantó un beso en cada mejilla. Seguí riendo cuando pasó su mano joven y fina sobre mis pechos bajo un top de lycra negro. Dejé de reír cuando sus movimientos suaves, tan diferentes a los embistes a que me había acostumbrado mi vecino, empezaron a excitarme.

Él se sentó al borde de la cama, mirando, mientras Chelo seguía acariciando mis pechos hasta tomar mi mano y posarla sobre los suyos, tersos y perfectos, pequeños pero duros como rocas, que tímidamente empecé a tocar, primero con la mano abierta rodeándolos, luego centrándome en sus pezones.

Me tumbó en la cama, sin dejar de acariciarme, esta vez ya por debajo del top, poniéndome a cien, mientras bajaba otras de sus manos hasta mi sexo, húmedo como no lo había estado en meses, recreándose en los labios de mi vagina, hasta que, de golpe, introdujo sus dedos en ella. Sentí como si me penetraran, y me abordó la extraña sensación de ver la rubia melena de una mujercita bajando hasta mi clítoris, iniciando con su lengua suaves movimientos en él, chupándomelo todo, tomando todo el flujo que estaba ya expulsando para ayudarse en la más increíble comida de coño que me habían hecho jamás. Se desnudó rápida, se colocó sobre mí, pechos contra pechos, sin dejar de acariciarme y me besó metiéndome su lengua hasta el fondo de la garganta. Estaba tan excitada, que ni siquiera tuve tiempo de darme cuenta que su lengua cambiaba y volvía otra vez a mi clítoris, encontrándome en la boca con la polla de mi vecino, que no dejaba de jadear "cómeselo, cómeselo".

Con la mano, tomé su polla mientras él la movía en ella, masturbándose a la vez con la punta de mi lengua que, ansiosa, no dejaba de moverse al mismo ritmo que la lengua prodigiosa de Chelo sobre mi coñito hirviendo. Noté la otra mano de Chelo colocarse en su propio clítoris y estuvimos un par de minutos en esa masturbación a tres, cada uno gimiendo a su ritmo. Mi vecino se levantó entonces y me pidió que yo la comiera a ella. Chelo se estiró en la cama abriendo sus piernas perfectas de par en par y yo, que en mi vida había comido otra cosa que no fueran pollas duras, me perdí en aquel sexo rosado totalmente depilado, sorbiendo sus sabores como si lo hubiese hecho de toda la vida, hasta que mi vecino me penetró desde atrás, tomando mis caderas y ayudándome con su movimiento a seguir en mi cometido de provocar un orgasmo en una mujer hermosa.

Pero ella, insaciable, dobló su torso para poder masturbarme mientras me penetraban por el culo sin dejar de sentir mi lengua. Y entonces la escuché avisar:

- me voy a correr, jodida, qué bien me lo estás haciendo.

Esa sensación de estar dando placer a una mujer y a un hombre a la vez provocó un orgasmo en mí increíble, unos segundos más tarde de notar como el coñito de Chelo se contorsionaba en mil contracciones sobre mi boca y medio segundo antes de que mi vecino me regalara una fenomenal corrida sobre mi espalda.

Nos quedamos unos minutos estirados los tres sobre los tres, hasta que mi vecino dijo:

- Gracias, Chelo, has estado muy bien.
- De nada, un placer. Y cuando queráis repetir, ya sabéis dónde llamar.

Se vistió. La miré de arriba a abajo. Imaginé que sería una de esas estudiantes de las que se dice se dedican a la prostitución de lujo después de clase y viéndola salir de casa, los tacones en la mano, sentí cierta ternura hacia ella.

Mi vecino y yo pegamos un polvo salvaje después de que se fuera. Sólo se me ocurrió decirle:

- Era mi regalo... ¿o era el tuyo?

Después de aquello, la relación con mi vecino se volvió perversa. Se empeñó en llevarme a Clubs de Intercambio, a Peep Shows, a Clubs de Gays para probar la experiencia a tres pero cambiando los roles, incluso a probar algo de sado maso ligth o a jugar roles de amo y esclava, también llamado Bondage. Y ya no me sentí cómoda con todo aquello.

No diré que no lo pasé bien esa noche. Fue fantástica en términos de sexo, sensualidad y placer. Pero traspasé la línea una vez, y por mucho que Luís insista en hacer eso de un trío y yo le conteste "¿pero cómo puedes ser tan vulgar?" creo, curiosamente, que sólo pude hacerlo aquella vez porque no estaba enamorada de mi vecino y porque realmente necesitaba algo de sexo femenino entre tanto "putita, cómo me gusta verte gozar".
 
14. EL REGRESO

Llamaste a la una y cuarto de la mañana. Por primera vez en cuatro semanas, escuché tu voz sin pausa ni retorno. Sonabas deliciosamente enamorado, adornando cada una de tus frases con cursiladas impropias de tu edad. No me preguntaste qué tal estaba, ni cómo me encontraba. Tu primera pregunta fue un rodeo fabuloso a tu inseguridad, que en aquel momento era la misma que la mía:

- ¿Me sigues queriendo?

Después de tres años, aun temíamos que esas separaciones inevitables pudieran derribar nuestro amor frágil, basado en la única emoción del sentimiento, sin nada a lo que asirse, amor puro y simple, en mitad del complejo entramado en que los dos nos encontrábamos.

- Te quiero como nunca te he querido.
- Y yo a ti, princesa.

Podríamos haber estado horas en silencio tras aquella declaración de continuidad, pero fue como un pistoletazo de salida hacia conversaciones que llevábamos semanas deseando tener: conversaciones acerca de nada. Tú y yo, que tan trascendentes solíamos iluminar nuestras charlas, buscábamos ansiosos los momentos en que discurres acerca del tiempo, del día a día vacacional, de paisajes vistos, lugares visitados, conocidos que no se volverán a conocer jamás. Nada importante de lo que hablar. Sólo sentirse escuchado por la persona amada, como vecinos en un ascensor, consecuentes con el deseo que nos embriagaba pero sin molestar.

- ¿Sólo nos quedan quince días para estar juntos?
- Sólo.
- ¿Imaginas todo lo que haremos en esas horas que nos pertenecerán a ti y a mí?
- No dejo de pensar en ello.

Y volvimos a los "te quiero", "te echo de menos", "te deseo", "me muero por estar entre tus brazos".

Estabas agotado, notaba tu voz rota por horas sin dormir, viajando de una ciudad a otra, cargando maletas y niños y esposa, regresando al hogar que tanto despreciamos en el día a día, y tanto echamos de menos cuando nos alejamos apenas unas semanas.

Eran las dos y media y seguíamos juntos. Tú, en tu ciudad, escondido en el garaje, rodeado de trastos viejos y recuerdos amontonados. Yo, en la mía, sentada en la cocina, sirviéndome una copita de vino tinto para saborearte en cada una de tus palabras. Nos invadió el deseo reprimido durante una hora de conversación e hicimos el amor con la imaginación, sintiendo tu intenso e inmenso cuerpo rodear la fragilidad del mío, tus brazos tomando mi vida entera, tus besos recorriendo mi alma, tu olor emborrachándome cerca de mi cuello. Escuché tu placer a través del teléfono, y fue como tenerte en mi cama, esa en la que construimos momentos tan perversos como limpios, tan salvajes como serenos.

A las tres, después de fumarnos cinco o seis cigarrillos ("¿tienes fuego, muñeca?", "¿Así es cómo aprendiste tú a ligar?") nos despedimos "por esta noche" - añadiste - y me mandaste un "te amo" que se me clavó no sé bien dónde, porque no soy capaz de sacarlo de allí.

Habías vuelto. Aun nos separaban cientos de quilómetros, pero yo sabía que habías vuelto a tu rutina, y que sólo ésta podía devolvernos a nuestra relación oculta... Volverían las llamadas de madrugada, los mensajes a media tarde, los mails llenos de sentimientos a primera hora de la mañana, justo antes de esa reunión... volverían las sensaciones de tenerte cerca estando tan lejos, volverían las escapadas, las fugas, las huidas de tu mundo para encontrarte con el mío.

Y volvía la ilusión. Pusimos el contador hacia atrás: quince días, catorce, trece... A los dos ya nos unía la misma fecha, esa en que podríamos hacer el amor sin teléfono como espectador sonrojado, París como telón de fondo.

- Ya está, dijiste antes de colgar.
- ¿Ya está?
- Sí, ya está. Ya hemos superado otro verano más.

Y nos reímos medio minuto antes de empezar con las chorradas del "cuelga tú" "no, tú primera" "no, tonto, cuelga tú". Y creo que en ese momento entendí porque te amaba tanto y porque tú me amabas tanto: porque en cada uno de tus regresos los dos sentíamos que era el regreso de un viaje desmedido, el regreso a nosotros mismos.
 
15. CARGÁNDOME TODA ÉTICA PROFESIONAL

Todos los que nos dedicamos a escuchar experiencias vitales más o menos descontroladas con el único fin de encaminarlas hacia experiencias vitales más o menos controladas, conocemos el mandamiento no explícito (y nunca escrito en ningún código deontológico conocido) de "no te liarás con tu paciente, por muy bueno que esté".

Seamos serios: ¿qué psicólogo en su sano juicio desearía compartir cama con quien confiesa, vomita, rezuma enfermedad mental, mesa / silla / bata / cita mediante? Es evidente, al menos para mí, que el psicólogo no puede utilizar su poder de influencia (sesgado por la inexplicable confianza que el paciente le otorga en cuanto ve su título de Licenciado en Psicología en la pared de una consulta) para enamorarlo, engatusarlo o, incluso, invitarle a café.

Pero yo, sí señor, la Amante, la odiosa mujer que roba amores a esposas abnegadas, me enamoré (aproximadamente) de uno de mis pacientes.

Fue ocho meses antes de conocer a Luís. Entró en mi consulta como un elefante en una cacharrería, derribando mi responsabilidad y, de paso, toda mi ética profesional. De nombre Eduardo, "Edu" en adelante, diagnosticado desde los 24 años de Trastorno Bipolar (sí, como Míster Jones, pero mucho menos escandaloso y romántico), 40 años en el momento de ser derivado a terapia por uno de los psiquiatras de la Unidad, bastante compensado (vida relativamente normal: casado, tres hijos, empresa propia) y con esporádicos episodios maníacos en que se creía el Rey del Mundo pero sin el Titanic bajo sus pies.

Un par de meses de consultas semanales y Edu empieza a personalizar la terapia con descaro y cierta ternura:

“Hoy vengo feliz porque sé que vengo a verte a ti.”
“¿Te han dicho ya lo bien que te sienta la bata blanca?”
“Me gustaría hablar de todo lo que te hablo como si fuéramos amigos.”
“Esta noche he soñado contigo y no voy a podértelo contar: estamos en horario infantil.”
“Y... ¿por qué tú nunca me cuentas algo de ti?”
“Hoy no saldré de la consulta sin saber si estás casada.”

A cada alusión personal, las técnicas de psicoterapia me obligaban al consabido: "no estamos aquí para hablar de mí, sino de ti". Pero se me escapaba una inevitable sonrisa. Y aquello daba pié a nuevas entregas:

“¿A qué horas sales hoy?”
“Tengo que estar en Londres la semana que viene, ¿me acompañas?”
“Creo que estoy haciéndome el enfermo más de lo que lo estoy para ver si consigo verte al menos tres veces por semana.”
“Sólo pido una cosa: verte sin la bata... entiéndeme... quiero verte vestida como una mujer, no como una psicóloga.”

Y yo empiezo a ceder:

“Salgo a las siete.”
“Tú sabes que no puedo acompañarte... pero no me tientes mucho.”
“No te servirá de nada, soy yo quien decide cuántas veces nos vemos por semana.”
“Por mucho que me vista en vaqueros y camiseta heavy metal, seguirás viéndome como tu psicóloga.”

Lo peor, o lo mejor, era que me había enganchado a su vida. Adoraba ese aire de triunfador frustrado, admirado pero inseguro, adinerado pero pobre en emociones, apartado de la vida de su mujer, mucho más preocupada por asistir a fiestas infantiles que por compartir una conversación con su marido, que me contaba al detalle sus infidelidades constantes, sus visitas a prostíbulos, su fantasiosa idea del amor eterno, su insatisfecha vida sentimental que era incapaz de romper... creo que encontrarme el nombre de Eduardo en mi hoja diaria de visitas fue mi gran ilusión durante aquel tiempo.

Y entonces ocurrió. Un viernes por la noche, arrastrada por mi amiga Clara, me planté en la más famosa discoteca de ligoteo "+ de 30" de mi ciudad. Tras tres vodkas muy cargados y cinco conversaciones estúpidas con sendos estúpidos moscones, Edu aparece frente a mí, vistiendo vaquero negro y jersey de cuello vuelto del mismo color, canas incipientes en los costados de su abundante cabello negro, ojos pequeños oscuros, sonrisa abierta, corazón de niño en cuerpo de hombre. Me presenta sin pudor a su amigo:

- Esta es Amanda, mi psicóloga.-le dice-
- Joder, tá qué te cagas, tío. Así también me pongo yo pá llá.-comenta el amigo con cara de salido-llevo-dos-años-sin-follar.-
- Eduardo, seamos serios, por favor (versión original: "edduarrrdo, zeamos zerios, ¡hip! pó favós").-suelto yo-

Me agarra de la mano y nos ponemos a bailar un lento con música techno que no pega ni con cola.

- ¿Te puedo besar?
- Uy, me voy a meter en un lío.
- No. No quiero eso. Te despido, ¿vale? Ya no eres mi psicóloga. Ahora... ¿te puedo besar?
- Tú no me puedes despedir. Soy tu psicóloga asignada por la Seguridad Social.
- Pues quiero el alta voluntaria.
- No tengo los impresos a mano.
- ¿Pido una servilleta y un boli al camarero y hago una declaración firmada?
- ¡Bah! a tomar por culo.

Y me fundo en un morreo con un tío vestido que a mí me parece que está completamente desnudo, tanto sé de él.

Edu pidió la derivación al lunes siguiente. Y expuse mi caso, éticamente, en la sesión clínica de los jueves. A Teresa casi le dio un síncope y pidió que me abrieran un expediente disciplinario. Pero la psicóloga coordinadora, mi superior jerárquica, se fundió en una enorme carcajada y comentó: "¡si es que está buenorro, el tal Eduardo! Ala, reina, a disfrutarlo".

Edu me dejó un mes antes de conocer a Luís. Me mandó un sms con la frase: "me muero por vivirte; pero habré de conformarme con morir por ti". Digo yo que en plena fase maníaca le dio por creerse Rosalía de Castro. Pero guardo un tierno recuerdo de esa relación de amantes, especialmente porque tras aquel primer beso en la discoteca, Edu jamás volvió a contarme ni uno solo de sus problemas. Quizás tuviera razón, y bastó quitarme la bata, para que me viera como a una mujer.
 
16. VENTAJAS DE SER LA AMANTE
La amante no plancha camisas: la amante se las quita a su hombre amado y las deja hechas una piltrafa sobre el suelo de la habitación de hotel. Y el hombre amado nunca dice: "joder, reina, ¡mira cómo me has dejado la camisa de Hugo Boss que tanto me costó conseguir!" Tampoco mete calzoncillos en la lavadora, con el consabido riesgo de encontrarse sospechosas manchas marronáceas en ellas. Ni tiende pantalones imposibles, vaqueros inexplicablemente rotos de manera simétrica, ni tiene que escuchar como el maravilloso hombre que le hace el amor con pasión le pide que los cuelgue por la parte del bajo, ¡hay que ver, si te viera mi madre!

La amante no cocina seis días por semana comidas que le repelen, como dos huevos fritos con patatas y chorizo picante ni tiene que ver a su amado chorrear hilos rojos del chorizo en cuestión sobre el mantel que le regaló su suegra y que le provoca un ataque cada vez que lo extiende sobre la mesa. La amante va a restaurantes lujosos, originales, recónditos, sacados de la guía de "lugares con encanto", comparte vino de 30 euros la botella mientras su amor brinda a cada cena "por nosotros" mirándola a los ojos y recordándole lo mucho que la desea. La amante no abre la botella de Don Simón y se la da de mala gana a su querido, mientras éste se sirve a él primero y ni siquiera la mira.

La amante no duerme con un amplificador de ronquidos pegado a su oreja todas las noches. Si acaso, duerme con el dulce ronroneo de su amado una noche al mes y además está tan cansada después de haber follado durante cuatro horas, que ni se entera. La amante se despierta junto a su chico con un "buenos días, mi amor" y un tierno beso en sus labios. Nada que ver con la que no es amante, que se despierta con el estridente ruido del despertador que su chico no oye y tiene que parar ella, eso pasando por encima de él que sigue roncando tan ricamente y que además le espeta un "joder, nena, no toques los cojones de buena mañana".

Una ducha de la amante es un momento de glamour, en que su amado la enjabona por todo el cuerpo, y acaba haciéndole el amor mientras la coloca apoyando sus delicadas manos sobre la pared y contorneando sus caderas para encajarla perfectamente a su pene. La ducha de la no amante empieza con un "¡quieres salir de una puta vez! ¡Voy a llegar tarde al trabajo!" y finaliza con un "¡Joder, ya te has vuelto a pimplar el champú entero!". La amante no recoge pelos de la bañera del hotel (para eso están las camareras de piso), ni limpia con salfumán el retrete, ni pasa la fregona por el suelo del cuarto de baño. No. La amante ve un charquito junto a la ducha y mira a su amante, y los dos se ríen porque les parece un delicioso charco símbolo del ímpetu con el que follaron hace unos minutos.

La amante no va al súper con su amado. Si acaso van un día al Mercado, cogidos de la mano, eligiendo fresas y solomillo para preparar juntos una deliciosa cena acompañada de música de Bach. La que no es amante se pelea con su amado por comprar pescado en lugar de carne, y por encontrar una moneda para el carrito. La que no es amante acaba hasta el gorro de salir a comprar con su pareja mientras que para la amante es una experiencia diferente y llena de glamour.

La amante se depila justo dos días antes de que su amado venga a verla. Y si no tiene tiempo, no importa. A su amor le parecen encantadores esos pelitos saliendo de la línea del bikini. Los lame dulcemente y juguetea con ellos. La no amante, si olvida ir cada dos semanas a embadurnarse de cera y pegar unos cuantos gritos en cada tirón, se encontrará con su amor diciéndole "nena, ¡raaaascaaaas!" y esa semana se quedará sin polvo.

La amante nunca descubrirá a su hombre maravilloso sentado en la taza del water con un periódico. La no amante, tendrá que ir cada día al baño con el ambientador en la mano, por si acaso. A la amante le importa un pepino si la madre de su amor es una bruja insoportable, una pueblerina que la hace comer cocido "¡pa' verte más mocica, hija, que estás mu delgá!" o si es una madre sobreprotectora que la odiará profundamente y le hará la vida imposible. A la amante también le traen sin cuidado los hermanos, los sobrinitos, los vecinos del quinto, el jefe de él, la secretaria de él y sus escotes provocativos, si sale demasiado tarde de trabajar, si entra demasiado pronto, si viaja demasiado o si gana menos que el vecino del sexto.

La amante tiene su casa como le da la real gana, y si le apetece serle infiel a su amor, lo es, y no tiene sentimientos de culpa. La amante duerme a pierna suelta, trabaja en lo que quiere y las únicas críticas que oye de su amante son las referidas a lo exagerado de los gritos en sus orgasmos. La amante no tiene hora de llegada a casa, no pide dinero a nadie, no depende de nadie y no se va de vacaciones al odioso pueblo de 100 habitantes de sus suegros, que es lugar preferido de su amor. No. Con él se va en fines de semana robados a París, a Bruselas, a Amsterdam a fumar porros y a reírse con su amor, a follar a todas horas, a probar nuevas y exóticas comidas, y siempre tiene un "te quiero" para recibir y uno para dar.

La amante nunca se preocupa por si él le será infiel. Sabe que se folla a otra mujer, así que, ¿para qué preocuparse? Es una cornuda orgullosa porque nunca ha sido engañada.

La amante no vestirá de blanco delante de un altar con el amor de su vida. Pero subirá a los altares del cielo cada vez que él, enamorado, huya del lado de su esposa y la abrace como si le fuera la vida en ello. Y sabrá que cada llamada es auténtica, es real, es deseada. Que cada "te amo" le sale del alma. Que cada escapada es una aventura maravillosa. Y sobre todo sabe que aunque él no quiera cambiar de vida, no ha sentido amor más real y menos social que el amor que le demuestra en cada gesto y en cada palabra.

Eso es ser la amante, más o menos.
 
17. LUÍS, CASTIGADO

Ayer tuve un momento "odio a Luís". Suceden cada tres o cuatro semanas. Son cortos, a veces tanto que soy incapaz de recordarlos. Y siempre, sin excepción, vienen provocados por los celos, que él maneja a su antojo hacia mí.

He de decir, en honor a la verdad y pese a quien le pese, que Luís es un tío tremendamente atractivo. Y no hablo de atractivo físico. Aunque también. Pero a Luís le rodean unos cientos de elementos que resultan como imanes para algunas mujeres, muy concretamente, las que le rodean. Por ejemplo: tiene el don de la conversación. Es inteligente, irónico, ocurrente, brillante, zalamero, carismático y además culto. Puede atraparte en una conversación durante horas y nunca será suficiente. Siempre quieres más. Lo quieres cuando está en plena conferencia contándote un rollo insoportable acerca de la facturación de la empresa. Y lo quieres cuando te está contando cómo descubrió el Palacio Imperial de Japón. Y lo quieres cuando está explicándote en qué momento supo que iba a ser padre. Pero no te engancha sólo su conversación. Te engancha su seguridad. Luís nunca deja de decir "sí" o "no" ante una pregunta. Le dices: "Luís, ¿me quieres?" y contesta "sí". "Luís, crees que me sienta bien este vestido negro?" y contesta "no". "Luís, ¿te apetece ir a cenar comida paquistaní en un local de inspiración hinduista con un maître rumano". "No". "Luís, ¿me comes el coñito durante diez minutos sin apartar tu lengua de mi clítoris?". "Sí, sí, sí". En fin, a muchas mujeres nos gusta esa seguridad. Nada de "Pues verás, cariño, la realidad es que no estoy del convencido de poder decirte que no sería del todo un sí". Más cosas que hacen a Luís atractivo: es atento. ¿Sales del cine y está lloviendo a mares? Luís se saca la americana Hugo Boss y te cubre con ella. ¿Se te ha roto el tacón corriendo a coger un taxi? Luís te rompe el otro tacón y santas pascuas. ¿Te has resfriado y no dejas de estornudar? Luís tiene un pañuelo con iniciales bordadas para ti. ¿Llevas dos meses sin echar un kiki? Luís te pega tres en un plís plas (o en tres horas de plís plas).

Y encima con pasta. Pues sí. Pero no pasta para casarte con él (que él ya está casado), sino pasta para darte todos tus caprichos.

- Luís, quiero ese vestido del escaparate
- Sí.
- Luís, quiero pedir una botella de Vega Sicilia para mezclarla con la gaseosa.
- Sí.
- Luís, quiero que el servicio de habitaciones me traiga un jamón 5jotas con jamonero para llevárselo a mi madre.
- Joder, princesa, se te está yendo un poco la pelota. Pero sí.

Luís sabe pedir perdón. Si te hiere, rectifica y no lo vuelve a hacer. Si dice algo impropio, pide perdón y dice "lo siento, no volverá a ocurrir". Si le dices que lo mínimo es que te pida perdón, te dice "sí" y además te regala un jamón.

Es detallista. De todos los viajes que hace trae algo para mí. A veces es la tarjeta de un restaurante en dónde estuvo y deseó estar conmigo. A veces es una carta que te escribió durante una reunión aburrida. A veces es un libro, o una foto, o una cajita de té, o una figurita de barro, o un paquete de tabaco con letras árabes. (Estoy deseando que viaje a Guinea Konakri y le de por traerme un diamante).

Tiene pelo. Sí, Luís tiene 52 tacos y todo su pelo. No tiene barriga cervecera. Qué va. Tiene un cuerpazo espectacular. Y además es sensible, dulce, cariñoso, romántico, un poco misterioso, marchoso... bueno, estaría horas hablando de todo lo bueno de Luís. Pero no era el tema. El tema es que le gusta más una tía que a un tonto un lápiz, y a veces se permite comentarme qué tal señorita le pone o que le gustaría follarse a tal otra o que ha coqueteado con aquella. Y ellas encantadas y todas deseando ser su amante, y ¡joder! ya lidio con los celos hacia su mujer, a ver si además me tengo que tragar los de la secretaria de turno, la becaria nueva, la niña de la recepción, la Delegada Argentina, la comercial Tailandesa y ¡increíble pero cierto! las putas de lujo que le ofrecen en casi todos los viajes que hace a la India, Brasil, Cuba o Japón.

Ya ni me pongo a preguntar si a alguna se la folla, prefiero no saber, y además, mientras me quiera lo que me quiere, a mí plin, que dudo que se enamore de la becaria (todos sabemos lo que se hace con una becaria y un puro).

Pero ayer me puso celosa y más celosa cuando me acordé de lo celosa que estaba y súper celosa cuando me di cuenta de lo celosa que estaba por acordarme de lo celosa que me había puesto.

Y decidí castigarle.

No le grité (no lo hago nunca), no le lancé un rollo moral, no le dije "estoy hasta los huevos de oírte hablar de las putas de lujo que te pusieron en el último viaje", ni le envíe a la mierda ni nada de eso. Sólo hay una manera para castigar a Luís (y de paso, a todos los hombres) y eso es pasarte las siguientes tres conversaciones contestando con monosílabos.

Ejemplo:

- Hola mi amor, ¿cómo está mi princesita adorada?
- Bien.
- ¿Ha ido hoy todo bien en el trabajo?
- Sí.
- ¿Qué has hecho hoy, tesoro?
- Lo de siempre.
- ¿Pero no ha habido ningún problema verdad? Te noto rara.
- No.
- ¿Te pasa algo?
- No.
- Joder, estás muy mal. ¿He hecho algo que te haya molestado?
- No, ¿por?
- No sé, estás rara. No hablas nada. No dices nada.
- Estoy hablando.
- Ya, pero no como siempre. Joder, me tengo que ir, me están esperando.
- Vale. Ciao.
- Te quiero, dime, ¿me quieres?
- Sí.

Y así cuatro conversaciones más. Al final Luís no puede más y acaba mandándote un jamón, una botella de Vega Sicilia, un billete para las Islas Seychelles, tres cartas de amor apasionadas, dos invitaciones a cenar en París y seis vídeos porno (por si acaso lo que me pasa tiene que ver con que no hemos follado en dos meses).

Al final siempre le cuento el porqué de mi "momento odio", y siempre acaba dándome la razón, diciéndome que me ama, pidiéndome perdón y haciéndome el amor como nunca, pero puedo aseguraros que nada asusta y desorienta más a un hombre que empezar a hablarle con monosílabos.
 
18. VOLVERTE A VER

Me invadían emociones encontradas. Había pasado la noche inquieta, discreta, ensoñada, enamorada, perdida, temerosa. Todo se fundía en un único instante, aquel en el que, por fin, dos meses más tarde, íbamos a encontrarnos pupila contra pupila o labio contra labio o palabras contra palabras. Eran las seis de la tarde. Estaba cansada y vestía un simple conjunto negro, botas altas, paraguas por si acaso, mucho maquillaje, demasiado pintalabios, un cigarrillo en un espacio prohibido. Y todo hacia ti, buscándote, imaginándote, desesperándome. Un segundo, quizás dos, y te vería entero, completo, te olería, te tocaría. Y se me estaba haciendo eterno, mientras los demás que no conocía empujaban maletas a rastras y yo seguía perdida buscando mi norte, en aquel inmenso aeropuerto, hacía frío fuera, y no se veía el sol a través de los grandes ventanales y no te veía, no te veía a ti, y me estaba muriendo ya por atravesarte y saber, sólo verte y ya saber.

Entonces volví a escudriñar la sala de llegadas, como una veleta que gira y gira al ritmo del viento y todo desapareció de pronto. No había gente, no había ruido, no había espacio, no había tiempo. Se paró el reloj, el tuyo y el mío, y se paró el reloj de todos los demás. La sala se hizo pequeña, el sol entró con fuerza por los ventanales e iluminaron tu rostro. O no. No fue el sol. Fue tu sonrisa al verme. Y me salió del alma lanzarme a tus brazos, besarte por todas partes, lamerte la punta de las orejas, y los párpados, y tomar tu rostro entre mis manos y besar tus labios y luego tirarme en tu pecho, hundirme en tu cuerpo de metro noventa y dos, coger tus brazos y atraparme en ellos y pedirle al mundo que jamás me sacaran de allí. Pero no hice eso. Me acerqué lenta, cauta, deseé que no dejaras de sonreír ni un solo instante, y no lo hiciste, seguiste sonriendo hasta que me acerqué a ti, dejé la maleta en el suelo y alcé mis brazos y con ellos rodeé tu cuello. Y en ese abrazo tus labios finos y a veces fríos, besaron mi cuello. Y nos quedamos unos segundos en ese momento, sintiendo tus labios en mi cuello y abrazada yo al tuyo. Hubiera estado toda una vida así. Nada me importaba más que ese instante. Y luego empezamos a hablar.

No dejamos de hablar durante tres días. Hablamos paseando. Hablamos cenando. Hablamos desayunando. Hablamos haciendo el amor. Hablamos bebiendo vodka. Hablamos abrazados sin decir nada. Hablamos en cada silencio. Hablamos tanto, que nos parecía imposible poder decir tantas cosas en tan poco tiempo.

Dijiste: "nadie me ha querido como tanto como tú".
Y yo te dije: "no se me ocurre persona más hermosa a la que querer".
Y también dijiste: "eres un soplo de aire fresco en mi vida. Eres la felicidad de mi vida".
Y yo te dije: "Creo en esto con más fuerza que nunca".

Me hiciste el amor de todas las maneras y a todas horas. A veces me reía divertida entre tus besos y tus caricias. A veces me llevabas hasta el cielo en orgasmos infinitos. A veces me hacías llorar al decirme "te amo, mi vida" justo cuando te corrías mirándome a los ojos. A veces nos sentíamos como perros en celo follando barato y vulgar. A veces fuimos exquisitos y sensuales. No dejaste de hacerme el amor ni una sola mañana, ni una sola tarde, ni una sola noche.

Y todo lo hicimos con París como telón de fondo. Hablando francés y comiendo francés. Bebiendo vino y paseando bajo la lluvia. Nada nos molestaba. Nada nos parecía mal. Me sentía tranquila y princesa, me sentía amada y deseada, me sentía enamorada y me sentía feliz.

Entonces, no sé en que momento de ese maravilloso reencuentro de amor, sexo, pasión, complicidad y compañía tú preguntaste:

- Dime, cariño, ¿qué es lo que más feliz te hace de este mundo?

Y contesté:

- Volverte a ver.

Nos despedimos emocionados después de habernos reído durante una hora acerca de la posibilidad de hacer el amor otra vez más y perder el avión. Y entonces, ya que lo habría perdido, me quedaría contigo todos los días del mundo y haríamos el amor cada uno de ellos y sería perfecto. Y tú me tomaste las manos y sonreíste (Dios, cómo iluminas todo con tu sonrisa, mi amor) y me besaste fuerte, casi se nos acaba el aliento y dijiste sereno:

- Tienes que irte. O perderás el avión. Y perderás la oportunidad de hacerlo de nuevo.
- ¿El qué, mi vida?
- Alimentar mi alma con la posibilidad de volverte a ver.

Y después de tres días contigo en París, después de volverte a ver y volverte a amar, y volver a entender porqué te amo tanto y porque sé que me amas tanto, sólo pude pensar, regresando, que me siento orgullosa de, por primera vez en mi vida, amar a un hombre que sonríe y lo ilumina todo.
 
19. ENTRE LUÍS Y EMILIO

Ayer ocurrió algo, que no fue Luís. Así que ayer fue ayer, y mañana será mañana y ayer estaba a las nueve de la noche en mi consulta y estaba escuchando a muchos de mis compañeros despedirse entre ellos con el clásico "nos vemos mañana" y pensé que mañana no sé qué pasará, pero que podía tratar de que hoy pasara algo.

Entonces llamé a Emilio. Sabía que había vuelto de un congreso médico en Túnez y le había visto por la mañana entrar en el hospital con su vaquero azul y su camisa blanca y sé que no me gusta Emilio, pero quizás sentí que le debía una explicación, quizás un simple "tenía un amante", porque cada vez que Emilio y yo nos cruzamos siento su mirada interrogante, como si no entendiera nada. O quizás no pensé nada de eso y sólo me apeteció sentirme acompañada, o estaba cachonda, o Emilio me pareció guapísimo en sus vaqueros. O estaba despechada o estaba triste. No tengo ni idea de qué pasó exactamente por mi cabeza. Pero me apeteció llamar a Emilio, y lo hice.

- Amanda, ¡guapísima! ¿Cómo estás?
- Muy bien encanto... ¡no me has contado nada de Túnez, niño malo! ¿Qué tal si te pasas por mi despachito y nos ponemos al día?
- ¿En serio?
- No, es una broma de los 40 principales, ¡no te jode!
- Joder, ¡cómo me pone ese sarcasmo!
- Ey, niño malo, que empezamos diciendo eso de Joder y acabamos practicándolo.
- ¡Qué me gustas, Amanda! Oye... ¿quieres que venga a verte hoy a casa? Tengo una presentación mañana acerca del estudio que hicimos para los Laboratorios de los que te hablé... ¿te la puedo enseñar?
- Coño, ¡qué giro más extraño ha dado esta conversación! ¡Y yo que creí que acabaríamos follando sobre la mesa de mi consulta!
- ¡Jajajajajajajajaja! Me apetece mucho verte.

Y quedamos en casa después de su turno, que acababa a las once de la noche.

Media hora después de esa hora, estando Lili ya acostada, Emilio llamó a mi puerta y apareció con su vaquero y su camisa sexy. También llevaba un portátil (lo de la presentación iba en serio). Nos sentamos alrededor de la mesa de la cocina y compartimos una cerveza. Emilio encendió su pc y me enseñó la presentación. Tuve que ayudarle con las faltas de ortografía (debe de ser porque Emilio lleva menos de seis años viviendo aquí, por lo que aun no se ha adaptado del todo a nuestro idioma) y con algunos errores gramaticales. También me pidió consejo acerca de qué me parecía la presentación. La verdad es que traumatología no es lo mío, y no entendía el 90% de las palabras allí escritas, pero él estuvo explicándome una por una qué querían decir, de qué iba la presentación y porqué habían realizado aquel estudio para el laboratorio. Estaba fascinada escuchándole. Nada me parece más fascinante que escuchar lo que no entiendo, lo que no sé. En la Unidad me llaman "Dra. Inquieta" porque tengo inquietud desmedida por saber de todo, escucharlo todo, aprenderlo todo. Emilio se reía ante mis preguntas inocentes: "¿Pero entonces ponéis ese clavo con un destornillador en el hueso? ¿Como si colocaras un clavo en la pared con su broca y todo?" ... "¿De verdad quieres que te lo cuente?" y así pasamos una hora los dos, él hablando y yo escuchando y mirando el ordenador y rectificando sus faltas y él venga a reír "¿en serio va con "ge" en lugar de "jota"?"

Cuando acabó con su presentación, cerró el pc y se lo colocó bajo el brazo y me dijo:

- Bueno, me voy a casa a enviarlo por Internet a mi colega. La presentación es a las nueve de la mañana... así que aun me queda un ratito de trabajo.
- Te acompaño a la puerta.

Y juntos pasamos por el salón, nos dirigimos al pasillo, nos detuvimos frente a la puerta ya abierta y nos dijimos "hasta mañana". Iba a darle un beso en cada mejilla, porque estaba contenta de haber pasado aquel momento junto a Emilio, y entonces Emilio me rodeó con sus brazos y me dio un morreo que me dejó sin habla. El beso se prolongó un par de minutos. Parábamos medio segundo para respirar, o ladear la cabeza hacia la izquierda o hacia la derecha, y volvíamos a reemprender ese beso sin decir ni una sola palabra, como si no hiciera falta. Cuando creí que había acabado de besarme, se separó de mí un instante. Yo dije: "sientan bien esos besos". Y entonces volvió a besarme. Y nos volvimos a pasar otro par de minutos lengua contra lengua, labio contra labio, mientras sentía todas esas ganas de abrazarle y seguir besándole, y Emilio soltó su pc que casi se le cae al suelo y nos reímos y seguimos besándonos.

- Joder, -le interrumpí-, me voy a poner cachonda.
- Yo ya lo estoy... ¡eres muy sexy, Amanda!
- Anda, ¡vete! O mi hija nos va a sorprender jugando a los médicos en pleno umbral.

Eso desencadenó las carcajadas de Emilio. Y me contagié de ellas y nos reímos otro rato más y volvimos a besarnos y entonces él dijo:

- Si no tengo guardia este fin de semana, ¿nos vamos a cenar juntos?
- Lo que Usted diga, Doctor.
- Sí, señorita, creo que necesita Usted que la invite a cenar.
- ¿Me hará una receta?
- Le haré el amor... es mucho más eficaz.

Y dijo eso mientras entraba en el ascensor y éste se cerraba.

No sé que significó aquel momento. No tengo ni idea. Pero hoy me apetecía contar lo que me sucedió ayer, y no hablar de Luís.
 
20. COMPROMETIDA

La frase que más odio en un hombre es esa de "Pero sin ningún compromiso, ¿eh?". Y la odio no porque a mí me encanten los compromisos, sino porque no tiene ningún sentido. La palabra "compromiso" proviene del verbo "comprometerse", que es sinónimo de "contraer una obligación". Vamos, que todos tenemos un compromiso con el banco a principios de mes para pagar el piso que tan amablemente se ha prestado a pagarnos él por anticipado.

Es decir: la mayoría de los hombres imaginan que nosotras salimos una noche, conocemos a un tío, ligoteamos como todas sabemos, acabamos echando un kiki y a partir de allí, nos convertimos en un sicario de la mafia que pone una pistola en la sien para decirle al pasable tío del pito tirando a muy pequeño que, después de tocar nuestro cuerpo, deben contraer la obligación de volvernos a llamar, convertirse en nuestros novios, casarse con nosotras, hacernos unos cuantos hijos, y sernos fieles hasta la muerte.

Así que ellos, muy previsores, ya te dejan claro que no saques la pistola, que ni con esas van a volver a llamarte. O sea, que los ves salir por la puerta, y tú ya soñando con echarte una siesta y le escuchas decir: "te llamaré... pero sin ningún compromiso, ¿eh?". Gracias por puntualizar, querido. Estaba a punto de llamar a mi notario para hacerte firmar ante él que ibas a llamarme o te iban a caer siete años de cárcel... anda, lindo, déjame dormir.

Las distintas variaciones son esperpénticas: "tengo sexo con ella pero sin ningún compromiso". O sea, que cuando tienes sexo, la mayoría de las mujeres también obligamos a los hombres a contraer obligaciones para con nosotras (una de ellas debe ser la de llamarnos, que parece que es un obsesión puntualizar que no nos van a llamar más que cuando a ellos les salga del pito. Vale, vale, tranquilo, que no suelo anotar en mi agenda que tienes que llamarme a esa hora y no a esa otra). "Salgo con ella todos los fines de semana, me la follo todos los fines de semana, y me encanta y es la tía más cojonuda y de puta madre que he conocido... pero sin ningún compromiso". Es decir, ellos están convencidos de que la tía más cojonuda y de puta madre que han conocido y con la que salen todos los fines de semana y a la que se follan todos los fines de semana, cualquier día de estos les pedirá un anillo de diamantes, una hipoteca a medias y que cambie su golf por un BMW familiar. O sea, han de dejar muy clarito que no se comprometen a hacer eso.

Y digo yo que la frase debió acuñarse por culpa de alguna mujer que, siglos atrás, debió de ser así de pesadita. Pero eso ya pasó, mis niños, tened calma, y no pronunciéis la puñetera frase a menos que sea indispensable, porque, a priori, al menos yo, os aseguro que no tengo intención de obligar a nadie a hacer nada.

Eso sí, pensad un poco... ante una relación en la que él especifica a todo aquel con quien le da por hablar que no tiene ningún compromiso resulta que las que los tienen todos somos nosotras. Ejemplo: "te llamaré, sin ningún compromiso. Pero si te llamo ya puedes contestar, eh, o no veas lo que voy a decir de ti por allí". O también: "follamos sin compromiso. Bueno, ella tiene el compromiso de estar dispuesta cada vez que yo tenga ganas y que no se le ocurra decir que no, porque entonces ya tengo claro que tipo de tía es". O esta: " Nos vemos todos los fines de semana, pero sin ningún compromiso. Ella lo único que tiene que hacer es comprometerse a salir conmigo todos los fines de semana si yo quiero, y si no quiero, se tiene que comprometer a no quejarse y a estar otra vez dispuesta para cuando yo quiera. Pero yo, compromiso lo que se dice compromiso, ni uno solo."

¡Qué coñazo es ser mujer!

Como odio esa frase, a veces me entreno y la suelto yo, a ver qué tal reaccionan ellos. Y es sorprendente. En un caso de esos de "bar, tío bueno en la esquina de la barra, tío bueno se acerca, charla intrascendente con tío bueno, y folleteo por fin intenso en mi cama de dos por dos" el tío bueno se va a las ocho de la mañana y dice "te llamaré" y yo: "Pero no tengas ningún compromiso en hacerlo, ¿eh?" y en esas que se detiene ante el umbral:

- ¿Qué quieres decir exactamente? Si no quieres que te llame dímelo.
- No he dicho eso. Sólo he dicho que no tenemos ningún compromiso.
- O sea, que tú follas con cualquiera y luego, ¡ala! a paseo.
- Bueno, es que no tengo ningún compromiso.
- Tendrás un compromiso con tu ética, digo yo. ¿O tú no tienes ética?
- Hombre, ética y compromiso no es lo mismo. Yo tengo la ética de no tener compromisos.
- Pues así te va a ir en la vida, bonita, allí te quedes tú y tus no-compromisos.

Dejo a la imaginación de mis lectoras el pensar cuántas milésimas de segundo hubiera tardado en salir de mi casa el mismo tío si al decir "te llamaré" yo hubiera dicho "Pero ¿te comprometes realmente a hacerlo?"

En realidad, queridos míos, el compromiso es algo absurdo e inexistente. Y prueba de ello soy yo misma. Llevo cuatro amantes a mis espaldas y todos, Dios mediante, se comprometieron a ser fieles a sus esposas. Conmigo se comprometen ellos mismos a arrancarme orgasmos que harían temblar las paredes del Castillo más robusto y mientras lo consigan, yo me comprometo a hacer lo propio con ellos.
 
21. A VECES LE ECHO DE MENOS

A las siete y cuarto de la mañana, estando yo tan ricamente tomándome un café y preparándome unas tostadas con aceite, recibo un mensaje en mi móvil. Leo: "Si puedes, llámame". Firmado: Emilio. Me detengo un momento en el análisis del mensaje. Es un defecto que tengo: ante cualquier acercamiento escrito, desgrano hasta las últimas palabras. A ver: como poder - poder, sí puedo. No estoy en plena visita, ni en una reunión, ni probándome sujetadores en un probador de El Corte Inglés. Querer, ya es otro tema. Me gusta despertarme lenta y tranquila, recrearme en mi café, leer el periódico al que estoy suscrita desde hace años, mirar por la ventana tratando de adivinar el tiempo. Así que, Emilio, va a ser que no.

Me meto en la ducha durante diez minutos y salgo de ella envuelta en toallas, dispuesta a embadurnarme de crema y a despertar a mi hijita para llevarla al colegio. Mi móvil vuelve a sonar: pip-pip, pip-pip. "Tiene tres llamadas perdidas". ¡Qué estrés de buena mañana!. Las llamadas son de Emilio. Así que ya me preocupo. A lo mejor no puede ir a trabajar, o se está medio muriendo en un accidente de tráfico, o le han secuestrado. Coño, mejor llamo.

- ¿Emilio? ¿Pasa algo?
- No. ¿Qué haces?
- Pues estaba a punto de alcanzar la cima del Himalaya, ¿por?
- ¡Jajajajajajaja! Eres la hostia, me encantas.. . bufff, me encantas.
- Oye, ¿cachondeíto a estas horas? ¿no teníamos huesos que soldar hoy?
- ¡Jajajajajaja! Es que acabo de llegar de marcha. ¡qué nochecita más genial! Vente a casa, anda.
- Sí, voy corriendo. Espera que dejo a mi hija en mitad de la calle haciendo auto-stop y corro a tus brazos.
- ¡Ah! ¿Tienes que llevar a la niña al cole?
- No. Ella es autodidacta. Aprende a restar mirando el telediario.
- Pues déjala en el cole y luego te vienes... anda, Amanda... que tengo ganas de comerte el coñito.
- Jóder, Emilio, ante una propuesta así, ¿quién va a pensar en los doce pacientes que tienen cita hoy conmigo para tratar de encontrar una salida a su idea recurrente de tirarse de un puente? Ya lo veo en los periódicos: "suicidio masivo: su terapeuta, mientras, dejándose comer el coñito".
- No te lo tomes así, mujer. Trabajas demasiado. Anda, vente. Lo pasaremos bien.
- Emilio: ¡que te folle un pez!

Y cuelgo. A los dos minutos, vuelve a llamar.
- Ey, perdona, es que estoy un poco taja. ¿Me llamas tú el martes y salimos a cenar?
- Llama a mi secretaria y que te busque un hueco en mi agenda.
- ¡Mala leche tienes, rica!
- Pues eso.

Cuelgo de nuevo. Lili ya se ha despertado con la conversación. Y mientras la llevo al colegio, me da por pensar: ¿esto es lo que me espera cuando no estoy con Luís? ¿Un capullo integral tipo Emilio que regresa de marcha cachondo y desesperado por no haber pillado nada? ¿Y recurre a mi número de móvil pensándose que iré corriendo a amorrarme a su polla porque no tengo nada más importante en mi vida que la polla de Emilio?

Eché de menos esa mañana a Luís. Sus palabras siempre comedidas y siempre respetuosas. Su caballerosidad y delicadeza frente a mis sentimientos y a mis sensaciones. Su desmedida necesidad de demostrarme, día a día, que me ama por lo que soy, no por lo que le doy. Su polla: eché de menos su polla que es mi amiga. Su cuerpo, que es mi cómplice. Su amor, que es mi motor. Su voz, que es mi descanso.

No hay nada más desalentador que echar de menos a Luís porque lo único que suena en tu teléfono es un traumatólogo a las siete y cuarto de la mañana desesperado por echar un polvo.
 
22. PARÉNTESIS

A las ocho de la tarde, José Antonio me pide que me quede para hacer una primera visita a una paciente que derivan desde urgencias. Tiene su agenda repleta, a Mónica y a Teresa nunca les confiaría una primera visita de urgencias, Jorge está visitando y Carlos y Yolanda están haciendo la ronda en la Unidad de Crónicos.

Vaaaaleeeeee. Me has convencido. Me las ingenio en dos minutos para que mi padre recoja a Lili y se quede a dormir con ellos, y me paso hora y media con la paciente en cuestión, cuyo trastorno no viene a cuento ahora mismo.

Saliendo a las diez menos cuarto de la noche, y casi catárquica, José Antonio me alcanza en el parking y me pregunta si me uno a él, Jorge, Yolanda y Mónica para cenar y tomar una copa.

Vaaaaaleeeee. Me has vuelto a convencer. Cenamos en un restaurante casi vacío, nos alcoholizamos en dos horas a base de Protos, chupitos y cubatas y cuando Mónica y Yolanda están derrapando contando chistes malos que, curiosamente, nos hacen partirnos de risa, decidimos acercarnos hasta la discoteca que está a cincuenta metros.

Allí, José Antonio se marca un punto y nos invita a un par de cubatas más a cada uno. Cuando estoy a punto de confundir la "ese" con la "zeta" y la "o" con la "ouuuu" se me acerca un tío de metro ochenta y cinco, moreno, un poco ancho de cuerpo (que no gordo), vestido con vaqueros y camisa gris. Me agarra de la mano y se pega un bailoteo con lo que queda de mí, ante la atenta mirada de mis compis, muertos de la risa.

- ¡Gracias, maaaajete! -le digo-
- Gracias a ti: he quedado como un fenómeno delante de mis amigos.

Me giro. Veo a cuatro jovencitos con los ojos clavados en nosotros dándose codazos los unos a los otros y sonriendo picaronamente.

- ¿Esos son tus amigos? ¿Estáis en la fiesta de fin de curso de la ESO?
- ¡Jajajajaja! ¡Qué cachonda! Son mis compañeros de facu.
- Uy, ¡qué mayor! ¿Ya estás en la facu?
- ¿Tú todavía no?
- No. Aun no me han aprobado la sele.
- ¡Qué putada! ¿Y a qué te has apuntado?
- Oye, cachondo... ¿no te has dado cuenta de que mis compañeros de allí al lado ya pintan canas?
- Yo qué sé... soy muy malo para las edades. Además, he pasado una hora entera deslumbrado por tu sonrisa. No me he fijado en nada más. Bueno, en tus ojos.
- ¡Olé! Los Bollycaos de esta generación sois mucho mejores que los de la mía.

Se ríe. Me gusta su sonrisa. Veo a José Antonio haciéndome gestos ("¿Todo bien?"). Todo bien, Jefe, no te preocupes.

Bollycao se presenta, se llama Dani, estudiante de quinto de Ingeniería Industrial, 30 años. Leches, te costó la carrerita, eh, guapito. No, es que primero hice la técnica en mecánica, trabajé un par de años y luego me dio por volver a estudiar, para sacarme la de Organización. Pero... ¿lo haces a la vez que trabajas? Sí, claro, trabajo en una farmacéutica, en mantenimiento. ¿Y qué mantienes, si se puede saber? De momento mantengo el buen humor, sobre todo después de conocerte.

¡Jodido! Eso es justo lo que necesitaba escuchar hoy. Anda, me voy a dejar, venga, no te cortes, sigue mintiéndome y conquistándome así. Me encanta como me tocas el pelo y coqueteas con tus ojos. Tienes unos ojos negros increíbles. Sigue contándome eso de tu trabajo. Me gusta escucharte hablar de las máquinas. ¿En serio se hacen así las capsulitas? ¿y tienes que entrar vestido de blanco en producción?

Jorge y Mónica salen de la discoteca medio borrachos agarrados el uno en el otro. Yo creo que estos dos se gustan, pero los dos están casados. Sí, ya, como si eso quisiera decir algo. Ni me saludan al pasar frente a Dani y a mí. Dani está a punto de besarme. Me apetece un buen morreo con sabor a máquinas y a fábricas. Mmmmmm. ¡Qué rico besas, Bollycao! Esto no puede acabarse aquí. No, querido, besas demasiado bien. Y tu cuerpo grandote me envuelve entera, y sigues hablándome tras cada beso: "me gustas, me gustas desde que te ví entrar en la discoteca con todo aquel grupo".

Nos echan de la discoteca a las seis menos diez. Dani me toma la mano:

- ¿Quieres...? Bueno, no sé. Ya sabes. Eso. En fin, no quería parecer demasiado atrevido. Me he pasado. Vale. Lo entiendo. Si es que soy un bestia...
- ¡Sí, quiero!
- ¿Sí?
- Pero sí, ¡sí! Anda... vamos a tomar un taxi.
- Hoy es mi día, coño, hoy es mi día. Ahora no me acuerdo de si tomé donuts o no, pero hoy es mi día redondo.

Me hace reír. No me suelta la mano ni un solo instante. Subimos al taxi y nos seguimos besando. El taxista nos mira por el retrovisor.

- ¿Le ponemos más cachondo? -le pregunto al oído-
- ¿Cómo?

Le meto la mano disimuladamente por el vaquero. Toco algo grande entre el pantalón y los calzoncillos. Me lanzo. Lo tiene enorme. Subo y bajo lentamente, mientras me pongo a hablar del tiempo:

- ¿Y crees que lloverá este fin de semana?
- Sí, no. Sí. Digo no. Joder, joder.
- Pues yo creo que no lloverá, el cielo está bastante abierto.

Y sigo arriba y abajo, y él se pone a gemir a mi oído mientras yo sigo hablando del tiempo.

- Es que cuando está tan abierto no suele llover. Y eso que lo necesitamos.
- Para, -susurra-, vas a conseguir que me corra.
- Ya, pero es necesario para llenar los embalses, no podemos seguir al 30% de su capacidad.
- Me voy a correr, Amanda, joder, joder, joderrrrrrrr.

Limpio los restos de mi descaro en su calzoncillo. Y sigo hablando del tiempo. Me besa apasionadamente. El del taxi sigue impasible su ruta. Nos deja en mi casa. Tardamos dos segundos en despelotarnos y lamernos hasta la punta de los pies. Me folla con ansia y tiene la delicadeza de esperar a que yo me corra antes de volver a hacerlo él. Nos fumamos un piti. Hablamos de las veces que hemos hecho algo así, follar con un desconocido. Él dice que una vez. Yo no contesto, por si acaso.

Volvemos a follar tras muchos besos y muchos "me encantas, eres preciosa, eres preciosa y eres sexy". A las ocho y media, nos quedamos dormidos abrazados, con la luz entrando por la ventana.

A las nueve y media suena mi despertador. Estoy hecha polvo. Me levanto para llamar al hospital: "sí, llegaré tarde. ¿Cuándo la primera? Vale, estaré allí a las once. Sí, díselo a José Antonio". Beso la espalda de mi compañero efímero.

- Me tengo que ir a trabajar.
- ¿Qué hora es?
- Las nueve y media.
- Coño, hostia puta, mierrrrrdaaaa.

Salta disparado de mi cama y se enfunda los vaqueros sin pasar siquiera por el lavabo. Me besa y sale hacia la puerta. Se detiene medio segundo:

- Oye... te llamaré, vale? Me gustaría volver a verte.
- Vale. Cuídate.

Cierra la puerta. Ya en la ducha, medio dormida y completamente resacosa me sonrío. No ha estado nada mal. Pero no me sonrío por eso. Lo hago porque ni él ni yo nos intercambiamos los teléfonos.
 
23. LA PRIMERA VEZ QUE FUI LA AMANTE

La primera vez que fui La Amante, tenía 30 años. El casado se llamaba (llama aun) Toni. Tenía 40 años. Y desde luego no tenía ni un ápice de glamour. Toni era un cuarentón desfasado, pasado de moda, de los ochenta, no sé, algo así como un casado que no debería andar buscando amantes. Trabajaba en mi hospital (también soy reincidente en el tema de liarme con hombres que me cruzo por los pasillos de mi trabajo), en administración. Dónde yo llevaba bata blanca, Toni llevaba bata marronácea que creaba una barrera infinita entre él y yo. Pero no hablo de una barrera profesional, sino pasional. Los "bata-blanca" solemos ir a trabajar dando las gracias a la providencia por habernos colocado allí justo dónde soñábamos estar. Los "bata-marrones" maldicen el día en que les comentaron que archivar expedientes de pacientes era un trabajo cojonudo.

Y Toni llegaba todos los días a trabajar con media mueca amargada, lo que, añadido a su ya de por sí insignificante sentido del humor, pasión por la vida, ambición por respirar cada día, y una mujer afanada en preparar la receta ganadora del mes en el "Diez Minutos" le daban cierto aire repelente.

Por eso nunca me fijé en él. O más bien, me fijé por la poca gracia que me hacía encontrarme con sus miradas indiscretas hacia mi minifalda.

Pero me acosté con él en la cena de Navidad de la empresa. Es decir: él se acostó conmigo, porque yo iba tan descompuesta neuronalmente, que no recuerdo especialmente haber hecho algo significativo con su insignificante miembro y sus besos que denotaban muchas necesidades.

De regreso al hospital, tras aquella noche a la que siguieron tres días y sus correspondientes lunas arrepentida por tal ida de la olla, me encontré con una nota de Toni en mi despacho:

"Te espero a la hora del desayuno".

Por educación y casi por inercia, acudí al desayuno. Empecé con el clásico "lo que pasó ha sido un error" pero Toni dió hábilmente la vuelta a la tortilla y me contó veinte penurias, treinta desencantos y unos doscientos desengaños. A esta daga directa a mi empatía y compasión, le siguieron notitas, llamadas internas, libros de poesía en mi mesa, cd's flamencos muy sentíos y cierto romanticismo adornado incluso con flores y plantitas.

Así que me dejé querer. El chico era feíto, soso, insulso, besaba fatal y torpe amante, pero era buena persona. Y estaba ilusionado conmigo. Y me ilusionó. Le creí tan enamorado de mí, que dejé de lado el detalle de su matrimonio. Me repetía sin cesar lo infeliz que era con ella y lo feliz que yo le estaba haciendo. Mentía descaradamente a su mujer inventándose formaciones de fin de semana en que me llevaba a comprar libros, a museos, a teatros, a hotelitos bucólicos en el campo, en la montaña o en la playa, tratándome como una reina y mirándome a los ojos para clavarme unos "te quiero" que me hacían sentir de puta madre.

En el hospital, todo el mundo se enteró de lo nuestro. No fuimos precisamente discretos. Además, a Toni se le empezó a adivinar una sonrisa, se puso a régimen, se compró camisas caras y se atiborró a perfume de marca. Todos sospecharon que tenía una amante, y no era difícil saber que era yo: me esperaba a la salida de mi trabajo, llegábamos juntos por las mañanas o desayunábamos todos los días entre risas y caricias robadas bajo la mesa.

A los seis meses de chorradas similares, empezaron ciertas discusiones (o discrepancias). No quería que saliera sola del trabajo, no le gustaba como me reían con Jorge, no le parecía bien que llevara las mismas minifaldas que antes le ponían a mil y empezó a exigir una serie de cosas indignas de un casado, de un caballero y hasta de un hombre.

Como yo no me callo ni una sola, me revolvía ante sus indecentes peticiones y aquello empezó a parecerse a un matrimonio mal avenido (que para matrimonios ya tenía el suyo).

Así que en una de las fuertes, le dije que no estaba enamorada (nunca le dije que sí lo estaba) y que no quería seguir con aquello.

La separación fue complicada. Toni seguía dejándome notitas como si tal cosa, enviando mensajes a mi móvil o yendo a desayunar para coincidir conmigo.

A los seis meses, conocí a Armando, mi segundo amante, un tipo de lo más curioso, pero arrebatadoramente sexy, del que no me enamoré tampoco, pero con el que mantuve una relación de amantes mucho más a la usanza: polvo a mediodía en hotel clandestino, cena erótica en restaurante escondido, escapadas nocturnas para follar en menos