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La Amante (al completo)
¿Cómo no va a gustarme el matrimonio? Es mi fuente de amantes...
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Me contaron que podía elegir entre ser una mujer soltera, y ser una mujer casada. Y decidí que se casaran otras. Así me daban la oportunidad de tener muchos amantes entre los que elegir.
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1. CÓMO HE LLEGADO HASTA AQUÍ
- ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Lo preguntó con tristeza, casi con compasión. Me miraba inquieta, dolida, como si la pequeña intimidad que acababa de revelarle hubiera sido para ella la mas sucia de las confesiones, el secreto prohíbido, la fatalidad hecha palabras.

Yo sonreí. Adoraba a esa mujer que vestía camisas de estrecha cintura, pantalones marrón claro, zapatos perfectamente conjuntados con bolso a juego, pendientes de perlas y cinturón de piel. La miraba y pensaba "¡claro, Lidia querida! ¿Cómo ibas tú a sentir que lo que yo estaba viviendo estaba bien?".

Mi Lidia querida. Perfectamente adaptada a la sociedad de pareja occidental. Casada a los 29, madre a los 31, re-madre a los 33. Hipoteca a 40 años. Ecuatoriana dos días por semana para limpiar la casa y otro día más para planchar. Trabajo de 9 a 3. Reducción de jornada. Sueldo justito. Marido que llega tarde todos los días, auditor en una de las Big Five. La adoraba porque ella me compadecía y yo la compadecía a ella.

Acababa de explicarle que desde hace tres años me escondo en habitaciones de hotel y en sms codificados para amar. En chats nocturnos. En llamadas ocasionales. Que no hago el amor los sábados después de una paella y un poco de helado. Ni los domingos volviendo de una barbacoa. Que no hago el amor. Que yo robo sexo a otra mujer. Su mujer. Esa que no he sido jamás, durante tres años, capaz de imaginar.

- Porque he querido, Lidia.
- Nadie quiere ser segundo plato. Nadie quiere ser "la otra". Y ese hombre... ¿quién es? o más bien... ¿qué es? ¿cómo puede utilizarte así, como puede engañar a la madre de sus hijos?
- Se llama Luís. Y no es más que eso: un hombre.

Es cierto, han pasado tres años. Le conocí queriendo conocerle. No a él. No sabía que él existía. Pero quería tener una aventura con un hombre casado. La primera vez que me acosté con un hombre casado fue en Málaga. En un congreso. En uno de esos típicos y aburridos congresos médicos a los que acudo por mi profesión. Me alojé en un hotel del centro y después de la primera jornada, fui sola a tomar una copa de vino al bar del hotel. Ese hombre estaba allí, también solo. Le había visto en una de las ponencias. Era alto, moreno, delgado, muy atractivo. Nos miramos, él primero, yo despúes y se acercó a hablar conmigo.

Hablamos veinte minutos, el tiempo justo para dos vodkas con naranja. Y de pronto me vi en su cama. Me desnudó rápido, casi torpe. Me besó dos o tres veces. Tocó algo mis pechos. Ni siquiera pudo excitarme. Pero me excité yo sola, pensando que estaba con un médico casado en la habitación de un hotel. O más bien, que estaba con un perfecto desconocido follando. Duró diez minutos. No tuve tiempo de llegar a ninguna parte. Pero miraba su cuerpo perfecto, su deseo descontrolado, su pasión desbordada y me parecía la situación más erótica que había vivido en mi vida, yo, que era como Lidia, perfectamente adaptada. Estaba teniendo mi experiencia, mi aventura. La gran diferencia.

Al acabar, él se recostó a mi lado. Me abrazó. Encendió un cigarrillo. Me dijo que era preciosa y maravillosa. Me hizo sentir más deseada y especial que nunca en mis seis años de matrimonio. Mantuvimos una conversación acerca del amor, de la pasión, del sexo, de la pareja. No hablamos de trabajo, ni de familia, ni de amigos, ni de la última película que habíamos visto... sólo amor y sexo. Fue perfecto. Y tras la conversación, él se animó de nuevo y lo volvimos a hacer. Esta vez mucho más lento. Esta vez llegué al cielo. Y pensé "¿en qué momento exacto me pedirá que le deje dormir, que mañana tiene que irse a trabajar temprano?". Pero no lo hizo. Pidió champagne y volvimos a hacerlo otra vez. Pronunció mi nombre en su tercer orgasmo. Y después, a las cinco de la mañana, se quedó dormido a mi lado hasta que el despertador de su móvil nos hizo vislumbrar la realidad.

Así empezó todo, creo. En su realidad, él se fue a las pocas horas a su ciudad, llegó a casa y besó a su mujer y a sus dos hijos. Yo llegué a la mía, le pedí la separación a mi marido, besé a mi hija y supe, ese día, que estaba enganchada al amor clandestino.

De eso hace hoy más de siete años. Y de aquella aventura con un médico en un congreso le siguieron decenas fantásticas historias hasta que Luís apareció en mi vida y dio un sentido único al sexo, al amor y a mi existencia.
 
2. SEAMOS OBJETIVOS

Seamos objetivos. Hasta que conocí a Luís, me acosté con todo tío que se pusiera a tiro. O me tiré a todo tío que se pusiera a mi costado, que también puede ser. Con Luís las cosas cambiaron. Me enamoré y ya se sabe que cuando una mujer se enamora deja de acostarse con otros hombres. O casi. Yo dejé de acostarme con todo tío viviente, al menos descarté al 90% de ellos. Y empecé a follar selectivamente. Tú sí, tú no.

Empecé a tener "amantes de fin de semana". Luís no está para mí los fines de semana. Los pasa con su mujer en la casita de la playa, en la del campo, en la de sus suegros o en la de sus padres. Con sus tres hijos. Tipo familia feliz. Salen el viernes por la tarde de la gran ciudad y regresan el domingo por la tarde en una inmensa caravana en la que, imagino, habla con su mujer mientras escucha el partido del Real Madrid por la radio.

Yo paso los fines de semana con mis amantes. Uno de cada dos. Ese en que mi hija, Lili, está con su padre. Mis amantes no saben que son mis amantes. Creen que son mis novios. Creen que les quiero y que cualquier día les empezaré a pedir compromisos diversos:

- Me gustaría pensar que tenemos un futuro juntos
- Me gustaría saber que soy la única mujer con la que te acuestas
- Me gustaría conocer a tus padres
- Me gustaría que me acompañaras a la boda de mi mejor amiga
- Me gustaría ser solo tuya.

Por eso aguantan un par o tres de meses recibiendo una única llamada un viernes cada dos. Porque creen que un día haremos algo diferente a salir a cenar, emborracharnos, follar con condón y dormir cada uno en su casa, con la excusa de que tengo un problema de insomnio y prefiero dormir sola.

Después de ese tiempo, dejo de llamarles. Me aburren. Y me preocupa que algún día se les ocurra llamarme justo cuando estoy con Luís y éste me haga preguntas. Ellos tampoco insisten mucho. Quizás mandan algún mensaje:

- Hola guapa. No me llamas desde hace tres semanas, ¿estás bien?

Y yo contesto:

- Es cierto, perdona. Mucho trabajo. Sí, estoy bien. Un beso.

Sí, ya sé que ellos esperan que les pida rápidamente una cita, pero no lo hago. Y entonces los borro de mi agenda en la tarjeta SIM y espero a que otro "novio" aparezca en mi vida.

No es difícil. Tengo 35 años, estoy buenísima, tengo un trabajo repleto de compañeros estresados, divorciados, separados, aburridos y amargados. Así que basta encontrarme uno de ellos, reírme un poco, interesarme por cómo llevan la separación y dejarles mi tarjeta por si algún día quieren charlar. He olvidado comentar: soy psicóloga clínica en un hospital comarcal.

Llaman y me dicen que sí, que tienen ganas de charlar. Y siempre acabamos en la cama. Con condón.

Con Luís no uso condón. No me parecería decente. A quien amas no le pones barreras. Me da igual si me pasa alguna enfermedad. Sería la enfermedad de mi amor. Pero por si acaso me hago análisis cada tres meses. La mujer de Luís debe ser muy buena, porque nunca me ha pasado nada. Ni yo a él. Claro que a lo mejor la mujer hace como yo, y utiliza condón con todos menos con él. Y puede que Luís utilice condón con todas menos conmigo.

Da igual. A mi amor no le pongo barreras. Aunque le ponga los cuernos.
 
3. EL SEXO DE LA AMANTE

El sexo de una amante no tiene nada que ver con el sexo de una esposa. Yo he sido las dos cosas. Y además lo escucho diariamente en mis pacientes. No. No tiene nada que ver.

Cuando estás casada haces el amor sólo en tres supuestos:

Supuesto 1: tienes una necesidad imperativa de practicar sexo. Tu cuerpo se excita con un anuncio de calzoncillos, leyendo un artículo del “Cosmopolitan” o viendo a una pareja de adolescente en el bus metiéndose mano. Tienes una necesidad. Y hay que cubrirla. Así que miras con ojitos picarones a tu marido, a este se le nota la erección bajo el pantalón del pijama y... ¡zas! ya lo tienes comiéndote los bajos fondos. Perfecto. Acabas, lo besas, te pones la bata y sigues haciendo la cena. Es lo que yo llamo "el polvo orgasmo".

Supuesto 2: Te reconcilias. Sí. Has tenido una buena pelotera con tu marido por el tema más absurdo que te puedas imaginar. Empezasteis hablando de como os vais a repartir en Navidad y acabasteis recordando el día en que, de novios, él te dijo que el vestido gris no te sentaba del todo bien. La conversación os ha llevado a tres días de mutismo. Os cruzáis por los pasillos agachando la cabeza y le has contado a todas tus amigas que lo vuestro ya no funciona. Pero al cuarto día él te ha pedido perdón, os habéis dicho que os queréis, habéis hablado de tener otro crío y ... ¡ya lo tienes haciéndote el amor en la posición del misionero! Igual ni tienes un orgasmo, pero tú encantada. Es el "polvo romántico".

Supuesto 3: Has bebido más vino de la cuenta. Por la noche te han invitado a cenar en casa de los amigos del amigo del cliente de un amigo, cena a la que te daba cien patadas ir, pero lo has pasado bien. La comida estaba riquísima, la conversación sobre qué le pasa a la sociedad actual ha sido apasionante, y tu anfitrión, que no ha dejado de mirarte el escote, te ha servido la botella entera de Marqués de Riscal. Así que al llegar a casa tienes un calentón, tu marido te parece el tío más atractivo del mundo contando chistes malos y ... ¡zas! ya lo tienes sacando un vibrador y haciéndote el amor salvajemente en la posición del perrito y con el vibrador masajeándote los pechos. Es el "polvo guarro".

Yo no pego polvos-orgasmos, polvos-románticos o polvos-guarros con Luís. Con Luís pegamos polvos divertidos y originales. Largos e intensos. Sin nada que los provoque. Solo porque nos apetece. Porque lo deseamos. Él me mira mientras estamos comiendo en nuestro restaurante de siempre, me mira fijamente, se detiene en mi alma, la absorbe, la recubre con su mirada, y luego dice: "¡qué buena estás, Amanda!". Y en ese momento siento que se me electriza el cuerpo, el vello entero se eriza, se humedecen todos mis sentidos, y siento que nada en este mundo, nada, sería capaz de evitar que en unos minutos él esté entrando en mí, buscando mi alma, haciéndola estallar, entregándome sin pudor su vida entera.

Y cuando acabamos, cuando se supone que hemos llegado a dónde queríamos llegar, miramos el reloj, y vemos que nos quedan aun dos horas antes de que él regrese a su casa y doy gracias al tiempo por darme dos horas más con él, y no se me ocurre nada mejor que hacer para agradecérselo que volverme a entregar a él.

Sí, los polvos con Luís son siempre "polvos polvos".
 
4. SEXO, MENTIRAS Y CD'S DEL KAZAA

De vez en cuando, Luís me regala un Cd con canciones que se ha bajado del Kazaa. Yo no tengo Kazaa instalado en mi pc. Me entró un virus y bastante tengo ya con pillar todos los virus de las gripes, gastroenteritis y enfermedades varias que me contagian los aires del Hospital. Así que Luís se pasa un ratito pasando de su mujer, que tiene la costumbre de irse a la cama antes de las once de la noche para leer vete a saber qué, y ese ratito me lo dedica a mí.

Busca canciones suyas que me quiere entregar. La primera vez que me regaló un cd, en nuestra segunda cita, me quedé un poco decepcionada. No conocía ni una sola de las canciones. Después entendí que me estaba regalando "sus canciones", y me pareció tan emotivo y enorme, que no he apreciado con más cariño ningún otro regalo.

Luís tiene diecisiete años más que yo. Sí, es el elemento que faltaba en esta aventura. Ah, y es el Director General de una multinacional que todos conocemos. ¡Toma aventura! Directivo importante casado con dos hijos y cincuenta y dos años se tira a tía buena de 35. Parece un título de la revista "¡Qué me dices!". Es tópico. Es típico. Pero nada me parece menos típico que Luís, sus canciones del Kazaa y su fabulosa manera de quererme.

Como no quiero perderle por nada del mundo, le miento. Le digo que le soy fiel, que desde que le conozco no ha habido otro hombre más que él. Él no es especialmente celoso. Pero es coherente. Cree en esta relación, cree en mis palabras, cree en mi amor. Y como tiene cincuenta y dos años y una vida de lo más clásica, no entiende el amor sin la fidelidad.

Cuando nos acostamos la primera vez, pensé que si me volvía a llamar sería por lo buena que era yo en la cama. Me dije a mí misma: "quien quiera ser la amante de un hombre así, tiene que ser un as en la cama". Me llamó. Al día siguiente. Me dijo que quería volver a verme, que lo había pasado realmente bien conmigo. ¿Soy un as en la cama?

Hace tres días recordábamos aquella primera noche. Le dije que había sido fantástica, que habíamos congeniado perfectamente en la cama. Y me sorprendió diciéndome que para él no había sido tampoco nada del otro mundo.

Casi me llevo un disgusto. ¿Acaso no le gustó como le hice la felación? ¿Fue quizás mi empeño en ponerme yo sobre él, para evitar a toda costa la posición del misionero? ¿O fue mi insistencia en hacerlo cuatro veces en una noche?

- Amor mío, -le pregunté-, y entonces ¿por qué me llamaste al día siguiente?
- Porque quería volver a pasar seis maravillosas horas escuchándote.

El sexo y el amor son dos cosas diferentes. Luís no sabe mentir. Luís ama y utiliza el sexo para amar. Yo no miento, yo no le soy infiel. Yo no he pasado nunca seis horas escuchando o hablando con ningún otro hombre que no fuera él desde que le conocí. Otra cosa es lo que haga mi cuerpo.

Y para Luís amarme es como las canciones que me graba en el Kazaa. Es su manera. Me la entrega y me la graba para mí. Y a veces no le entiendo. Pero no sé apreciar mejor regalo que el regalo de su amor a su manera.
 
5. NO HAY FUTURO

- No hay futuro.

Lidia vuelve a adoptar ese aire de compasión al que ya me empiezo a acostumbrar desde que le hablé de Luís. Se coloca un mechón de cabello tras la oreja izquierda y fija su mirada en mí, queriendo escuchar una renuncia.

- ¿Qué futuro tienes tú con Arturo, Lidia?
- Toooooooooooodo. -dice ese "toooooooodo" alargando las "o" para conferirle mucha más importancia y trascendencia a su afirmación.
- Define todo.
- Ver crecer a nuestros hijos.

Los hijos de Lidia se llaman Anna y Oriol. Son dos chiquitines deliciosos de 4 y 2 años. Mi hija Liliana tiene 8 años. Es un monstruo. Sí, un monstruo de 8 años de inconmensurable personalidad. Caprichosa, brillante, ocurrente, zalamera, incansable.

- No veo por qué no iba yo a ver crecer a Lili. O Luís a sus dos chicos.
- Pero no serán vuestros, de los dos.
- No. Serán sus tres chicos y será mi Lili. Pero crecerán y lo veremos.
- No envejecerás junto a él.
- Cuando dices "junto" ¿te refieres a estar a su lado 24 horas?
- Exacto. ¿Sabes lo maravilloso que es envejecer junto a alguien?
- No sé. Mi abuela está alzhéimica desde hace diez años. No creo que se de mucha cuenta de si está sola o con alguien.
- Y ¿las navidades? ¿Las vacaciones? ¿Los fines de semana?
- Con mis padres, con mis amigos, con mi hija.
- Sola.
- Repito: con mis padres, con mis amigos, con mi hija.
- Me pones nerviosa.
- Tú me pareces maravillosa.

Un día, Luís me dijo que lo nuestro no tenía futuro. Pasamos una mala época en nuestra relación. Su empresa le mandó a la Conchinchina durante dos meses y coincidió con un expediente de regulación de empleo en el Hospital. Me suspendieron de empleo y sueldo durante tres meses hasta que la reestructuración permitiera mi re-ingreso. Todo muy legal. Pero muy jodido. Sin un duro, con Luís a más de 10.000 km., y Lili dándome cada día por saco exigiéndome una Play Station que no podía pagarle.

Una noche Luís llamó. Con el cambio de horario ni siquiera se dio cuenta de que para mí eran las 3 de la mañana. Me sorprendió medio dormida, dolida y deprimida. Lloré desconsolada y le pedí que volviera pronto a abrazarme, que necesitaba estar junto a él.

Él me dijo que no podía decirle al Consejo de Administración que dejaba por unos días la fusión para venir a darme un abrazo. Y después de decir esa frase se sintió culpable como un ladronzuelo improvisado y entonces dijo:

- Esto no puede ser. Yo no puedo darte lo que tú mereces. Lo nuestro no tiene futuro.

Y colgó.

Dos noches enteras pasé sin dormir. O más bien, durmiendo a medias. Hasta Lili sintió mi desconsuelo y dejó de pedir la play durante esos días.

A los tres días, me escribió un mail desde el otro lado del planeta. No recuerdo bien qué dijo exactamente. Pero sí recuerdo que me dijo que yo era la ilusión de su vida.

Y supongo que eso bastó.

- Lidia querida, Luís y yo tenemos un futuro, te lo aseguro.
- Pues dime cuál, anda, Amanda, dímelo. - lo dijo con cierto rintintín-
- Saber como manejar todo este fabuloso lío en que nos hemos metido para seguir siendo la ilusión de nuestras vidas.

En ese momento Lidia calla, mira su café un instante, levanta su rostro de porcelana y me dice:

- Ese es un futuro jodidamente encantador, cabrona, qué suerte tienes.

Quiero a Lidia. Y quiero el futuro en donde no hay niños, navidades ni vejez, sino ilusiones.
 
6. EL PSICÓLOGO DE ENFRENTE

Cuando has estudiado una carrera en la que el 90% de los licenciados acaban trabajando de cualquier cosa menos de lo suyo, supongo que pertenecer al 10% restante es un verdadero éxito. Mis compañeras de facultad se mueren de envidia cuando les explico los casos que veo a diario, las formaciones a las que acudo, las investigaciones en las que participo. Yo miro sus audis y bemeuves en la puerta del restaurante aparcados, su ropa de Massimo Dutti, sus bolsos de cientos y pico mil pesetas (euros, Amanda, son euros), y los niños vestidos en Comme des Garçons y a mí me da por pensar que quizás hubiera sido mejor idea no tener tanto éxito y tener mucho más dinero.

Me paseo con un renault de la era de Neanderthal, visto en H&M (aunque sólo veo en época de Rebajas), el bolso que llevo bien podría ser de mercadillo (siempre el mismo desde hace tres años) y mi hija viste en Carrefour, que total, para lo que le va a durar...

Pero tener éxito en mi profesión, a pesar de no aportarme ni un duro, tiene sus ventajas. No sólo el hecho de que me encanta mi trabajo, sino porque a veces tienes la suerte de liarte con el psicólogo de enfrente. Los turnos van como van, y yo llevo ya demasiados años en este hospital como para renunciar a mi turno normalito. Pero cada seis o siete meses se incorpora el psicólogo de prácticas, via máster o vía PIR (que es como el MIR, pero con la "P" de Psicólogo) y suelen adjudicarle los horarios más chungos: guardias, noches, festivos.

No suelo coincidir, pero hace un par de años, estando yo en la flor de mi amor por Luís, conocí a Marcos en la cafetería, un psicólogo del PIR, cinco años menor que yo, poco agraciado físicamente aunque muy educadito:

- Buenos días.
- Buenos días.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes.

Hasta que un martes a las nueve de la noche, me encuentro con él saliendo a la vez de la consulta y me dice:

- ¿Te vienes a tomar una cerveza?

Y así que me voy con el PIR poco agraciado y como a la cuarta cerveza que me tomo con él me empieza a parecer mucho más agraciado y ya es la bomba cuando el tío, sin pudor ni vergüenza me dice:

- Sabes... yo tengo un problema.
- Ey, Marcos, cielo, encanto, ricura (sí, cuando me emborracho me da por ser suuuuuuper cariñosa), que el trabajo finaliza saliendo del hospital.
- El problema no es mental, sino físico.
- ¿?
- Tengo un enorme pollón de 24 centímetros.

Me da la risa. Jajajajajaja. Pero el tío está impasible, mirándome. Y no sé, a mí Marcos no me gusta un pelo, pero ese descaro de pronto, ese acercamiento tan brutal... pues vale, vamos a verlo, tío.

Y en mi cama me doy cuenta de que no miente nada de nada. Me lo paso increíble. Se queda a dormir. A las ocho se despierta para irse a trabajar.

- ¿Vamos juntos?
- No, tranquila, tengo que pasar antes por casa.

Y así son algunas de las cosas que me pasan a veces. Porque ya no volví a coincidir con Marcos nunca más y no tengo ni idea de qué ha sido de su vida.

Luís tiene el pene normalito. Aunque imagino que él sí es el verdadero psicólogo de enfrente. El del alma de 24 centímetros y el enorme corazón.
 
6. CAÍDA Y VISITA A TRAUMA

Luís y yo estamos en crisis. En pleno mes de agosto resulta un tanto insoportable ser La Amante, sobre todo cuando sabes que se ha ido de viaje con su mujer y los dos chavales a Cartagena de Indias. Imagino que entre visita y visita, playa y cóctel, cenita y desayuno continental, Luís tiene tiempo de contentar a su mujer en la cama, compartir con ella confidencias y hasta afianzar su matrimonio.

Yo me he quedado en mi ciudad que, por cierto, no es la misma que la suya. Decidí tomar mis vacaciones en septiembre, para poder huir de las depresiones post-verano con las que se inunda la planta 2ª del hospital, esa que en el letrero de la entrada indica que es la "unidad de psiquiatría y psicología clínica".

Así que mientras yo estoy aquí construyendo pajaritas de papel a falta de pacientes por tratar (no sé por qué todos parecen muy sanos en esta época del año), me reconcomen los pensamientos de Luís y su mujercita jugando a las casitas.

En venganza por mi desasosiego, hace seis días me acosté con el nuevo médico de la Unidad de Traumatología. Tiene 42 años, está bueno a rabiar, se acaba de divorciar y no ha dejado de lanzarme miraditas desde que entró hace unos tres meses.

Los cuernos por despecho son, en mi caso, los más absurdos. Por nada del mundo haría algo que pudiera hacer sospechar a mi amor respecto a mi infidelidad. Es decir: no me sirven para nada. Él nunca sabrá que me acosté con el médico y no estoy muy convencida de que mi despecho sea menor por haberlo hecho.

El caso es que Emilio, el traumatólogo, me invitó a cenar hace dos semanas con la excusa de ser nuevo en el hospital y tener la necesidad de relacionarse un poco con sus compañeros.

La cena salió bien. Nos morreamos a la salida del restaurante y me hice un poco la difícil:

- No, Emilio, todavía no.

Y Emilio que de tonto no tiene ni un pelo (de hecho, es calvo) ya sabía que le estaba dando la pista para invitarme de nuevo.

El caso es que me emocioné un pelín estos días encontrándomelo cada dos por tres en la cafetería. Quizás sí pueda tener una relación normal, vivir en pareja, tener otro hijo. Quizás sí exista el hombre perfecto. Quizás sí sea Emilio. Quizás, quizás... Hay, Amanda, deja de soñar...

Segunda cita. Sigo sin saber nada de Luís. Emilio me lleva a un restaurante caro-carísimo y me sirve vino cada vez que descubre mi copa a medias. Me embolingo exageradamente y nos tomamos un par de vodkas con naranjas antes de que me tome la mano y me diga que le gusto.

Me acompaña a casa y me pregunta si tomamos la última copa. No tengo copas pero sí, pasa, Emilio.

Y ¡ala venganza! Dos veces me vengué. Una rapidita y la otra mucho más lenta. Le grito ¡EmiliooooooooooooooHHHHHH! y nos fumamos un cigarrillo para redondearlo. Emilio se va a las tres de la mañana y me dice que unas horas más tarde tiene que tomar un avión e irse a un congreso en Murcia.

Creo que volvió hace cuatro días, pero no he vuelto a saber de él. Imagino que ya ha conocido bastante a sus nuevos compañeros. Así que ayer, cuando Luís me llamó, yo estaba medio mosca por la revancha que no me sirvió de nada y tuvimos una conversación subidita de tono acerca de nosotros y del famoso "no hay futuro".

Hoy me ha vuelto a llamar. Me dice que se siente culpable porque no puede darme lo que yo merezco, porque no está a mi lado cuando le necesito. Le digo que si quiere que lo dejemos y me líe con el nuevo médico de Trauma. Me dice que ni de coña. Nos reímos después de llorar un poco. Le digo que le quiero y pienso seguir amándole y queriéndole aunque se folle a su mujer. Me dice que él lo que quiere es follar conmigo. No sé, lo tenemos difícil, estando tú en Cartagena de Indias y yo aquí. Otra vez jaja.

No sé por qué Luís se siente culpable de mi amor por él. Cuando él y yo nos acostamos la primera vez, me llamó a las nueve de la mañana, dos horas después de despedirnos. Y hasta entonces nadie había hecho algo así conmigo. Y nadie lo ha vuelto a hacer. A veces pienso que estoy tan enomarada porque nadie me ha querido como él.

Sí, pasamos nuestras crisis. Pero en cada una de ellas, siento que hago lo correcto. Que enamorarse de un hombre casado no es malo, ni inútil, ni una fantasía. Quizás porque yo no me enamoré de un hombre casado. Me enamoré de Luís.
 
7. LOS CUERNOS, CUESTIÓN DE GÉNEROS

No soy demasiado original al hablar de este tema. Creo que se han escrito cientos de miles de ensayos, artículos, mensajes, blogs y hasta presentaciones Power Point acerca de por qué las mujeres somos infieles y por qué lo son los hombres. Bata con que alguien lea el último “Cosmopolitan.”

Pero una cosa es todo lo que yo pienso, todos pensamos, ellos piensan y piensan nuestras madres y otra es lo que yo escucho de mis pacientes. En el marco del hospital, con el ventilador lanzando brisas a destajo, la luz de neón parpadeante, y Amanda en bata blanca, las personas dicen lo que realmente sucede en sus vidas. Y ya no se trata de pensar, sino de saber.

Y yo sé lo que pasa por la cabeza de una mujer cuando es infiel. Hay dos actitudes distintas. La primera: ella quiere que él se entere. La segunda: ella no quiere que él se entere por nada del mundo. En la primera actitud, la infidelidad tiene que ver con despecho, venganza, deseo de separación, provocación, mal rollo, "mi marido es un capullo y le voy a poner los cuernos", en fin, lindezas similares.

En la segunda actitud está la verdadera infidelidad. La mujer es infiel por inseguridad. Sí, básicamente eso. Me siento insegura porque no sé si esto del matrimonio es lo que quiero, porque no sé si le quiero, porque no sé si él me quiere, porque no estoy segura de estar segura... El orgasmo robado y prohibido es el más inseguro.

Hoy me cuenta Natalia, 47 años, trastorno adaptativo con ánimo deprimido, que en su primera infidelidad contuvo su orgasmo hasta el imposible por que no estaba segura de querer tener un orgasmo.

Luego está todo eso del amor, enamoramiento, complementos... bla bla bla. La mujer infiel es insegura y luego se enamora o no, pero ya no está tan insegura de estar segura.

Los hombres, en cambio, ponen los cuernos a sus mujeres por motivos variopintos. Para muestra, un botón:

- "Mi mujer no soporta el sexo oral y a mí nada me gusta más que una mamada"
- "Llevamos doce años casados y necesito algo más que un polvo por encuentro sexual"
- "Me siento solo en mis viajes de negocios"
- "Irse de putas no es ser infiel"
- "Me encantó que hablara inglés con acento americano"
- "Iba borracho"
- "Se me tiró encima y uno no es de piedra"
- "Quiero sentir que aun soy un tío atractivo"
- "Me enamoré"

Luís es infiel porque su mujer le fue infiel hace diez años. Se enamoró de otro tío y le pidió la separación. A él se le hundió el mundo. Su perfecto mundo de ejecutivo agresivo casado con perfecta mujer bellísima e inteligente. Su autoestima se le cayó hasta los pies. Y le pidió que no le dejara.

Ella no le dejó. Pero Luís se dedica desde entonces a serle infiel. A veces creo que soy la gran revancha de Luís. Pero él me dijo un día:

- De ti me enganché.

Y supongo que le creí. Ahora yo soy infiel porque creo que cualquier día su mujer se dará cuenta del tesoro que tiene a su lado, le dirá que le ama y volverán a hacer el amor como en los primeros años de matrimonio.

Y sigo sin saber por qué Luís, además de ser infiel, sigue enganchado de mí.
 
8. AMOR EN ESPERA

- Lo que tenemos difícil es lo de vernos. Nada más volver de vacaciones he de viajar a París y más tarde a Milán.

No sé en qué momento exacto de la conversación Luís ha sentido la necesidad de “cantarme” su agenda. No le he preguntado cuándo vendría, ni cuándo volvería a sentir su abrazo, ni cuándo íbamos a volver a besarnos. Hubiera preferido no saberlo. Al cuantificar en tiempo nuestro próximo encuentro, siento la desolación de volver a poner mi amor en espera, o mejor, en “stand-by”, que queda mucho más fashion. Me anuncia tajante y distante que debo colocar mis sentimientos en cuarentena hasta nueva orden, quizás sean semanas, quizás sean meses, e imagino que espera rebeldía adolescente por mi parte, a veces incluso soluciones adultas que él no quiere pensar.

- Mi ciudad no la va a mover nadie. Cuando puedas venir, vendrás.
- ¡Caray! ¡Sí que eres conformista! ¡Contigo da gusto hablar! ¡Cualquier cosa que haga te parece bien!

No, no me parece bien que hundas mis ilusiones, mis fantasías, mis emociones, a golpe de Palm. No me parece bien saber que no voy a verte en tanto tiempo. No me parece bien que no me propongas que me escape a tu lado, huya de mí misma para encontrarme contigo y ser más yo misma que nunca. No me parece bien escuchar tu voz lejana sin posibilidad alguna a atraparla, a masticarla, a sentirla mía. No me parece bien pedirle a mi alma que detenga su camino hacia ti, se sienta a esperar en el banco de la estación, como Penélope, viendo pasar trenes y trenes que no son tú, leyendo una y otra vez en el panel de la estación que tu llegada está aun sin confirmar.

- No puedo hacer nada, supongo. Si vienes, perfecto. Si no vienes, pues también.

Mentirosa. Quisiera decirte, gritarte: "si no vienes pronto me voy a morir de pena. Me pudrirán las lágrimas oscuras que brotan del dolor de no tenerte a mi lado. Me encontrarás fría y descompuesta, ahogada en mis esperanzas. Los músculos de mi corazón rotos por la falta de ejercicio. El cuerpo bañado de amores de barra, amantes de fin de semana, sexo fantástico al que renunciaría sin dudar ni un segundo, por una sola de tus miradas. Las retinas fijas en recuerdos de tus sabores, como cuando paseo mi lengua por tu intenso cuerpo de 52 años, en tu piel ajada en experiencias, en tus labios cansados de tantas cosas dichas". Mentirosa.

- Bueno, pues nada cariño, te dejo, un beso.

Siento que se te clavan mis palabras que vislumbras derrotadas. Siento que esperas un “te quiero”. Siento que no entiendes por qué no me rebelo. Siento que sientes que me pierdes. Siento, de pronto, el frío apoderándose de los dos, implacable, la incomunicación buscando un hueco entre Méjico y España, siento que los dos colgamos el teléfono sin querer hacerlo. Pero se oye el “clonk” y Luís ya no está para Amanda y Amanda ya no está para Luís.

Vuelta a la consulta. La administrativa suplente me pasa dos historiales para esta tarde. Ni siquiera le digo mi acostumbrado “buenas tardes”.

Mi amor está en espera. Pero mi vida no puede pararse. Te quiero Luís. Pero tienes razón: me he vuelto conformista.

Y cuando estoy conforme, abrumada por mis propias reacciones, escasa de ilusiones, cansada de fantasías, cuando estoy a punto de empezar a pensar si hago bien o hago mal, si sé o no sé, si amo o no debo amar, Luís aparece de nuevo en el display del móvil.

Su voz viene con retraso desde Méjico, pero lo que he oído lo he oído entero, completo, sin interferencias:

- Vente conmigo a París

Entonces me acuerdo de por qué esto tiene sentido. Porque en ese mundo suyo en el que yo soy "la otra", "la amante", "la segunda", Luís lee en mí y yo leo en Luís y no importa lejos, prohibidos, antisociales, pecadores, cobardes, infieles... nada puede impedir que rompamos de nuevo las normas y de nuevo estemos juntos, y de nuevo tengamos un futuro: el futuro que nos espera en París.
 
9. HORMONAS DE VERANO
No siempre he sido "La Amante". Hubo un largo y obviable tiempo en que fui "La Esposa" y un tierno momento en que fui "La Novia". Enrique era paciente de mi compañera Teresa. Acudía a consulta cada quince días, no más de treinta minutos. Teresa no habla mucho acerca de sus casos. Practica psicoterapia de orientación dinámica, casi opuesta a la que practico yo, y que se basa en la confidencialidad extrema en las conversaciones entre paciente y terapeuta. Todos en la Unidad estamos sujetos al secreto profesional, pero algunos de nosotros, con el consentimiento del paciente, podemos exponer su caso en las sesiones clínicas, en congresos o en artículos científicos. Teresa no. Ella se limita a decir: "hoy viene Enrique". Todos sabemos quien es Enrique, pero nadie sabe qué le sucede a Enrique.

Pero el mundo es un pañuelo, eso lo sabemos todos. Así que hace seis años, me presento en la fiesta de cumpleaños de mi amiga Laura, cuyo hermano Armando tiene un amigo llamado Juan que resulta ser el primo de Enrique. La situación es incómoda al principio. Le noto cohibido y molesto con mi presencia, especialmente cuando Juan, dos cervezas y tres cubatas dando vueltas en su cabeza, se empeña en que su tímido primo Enrique me saque a bailar una salsa de Gloria Stefan. Consigo que Juan desista, pero me las ingenio para hacerme con un rincón y arrastrar discretamente a Enrique:

- Puedes estar tranquilo. -le digo mientras le invito a un Chester-
- No te preocupes, no tengo nada que ocultar.

Y desde luego no lo tenía. A las ocho de la mañana, Enrique aun seguía contándome, ya en la puerta de mi casa, como arrancó su depresión hace dos años. Algo agobiada (nada me molesta más que ejercer fuera de horas de consulta), trato de hallar la manera de colar un "bueno, pues gracias por acompañarme" entre relatos de la infancia, traumas y represiones.

Al final él mismo se despide y cuando me dispongo a darle un beso en la mejilla me encuentro morro con morro y pronto lengua con lengua y me sucede algo que no he vuelto a vivir: a pesar de que el tío es un auténtico coñazo, me pongo cachonda como una moto con su manera de besar y le arrastro a mi cama para culminar la "terapia nocturna" en dos polvos gloriosos en que grito, casi sin darme cuenta "¡qué vivaaaaa la depresión!".

Me engancho sexualmente a Enrique. Tiene una curiosa técnica en que es capaz de lamerte el clítoris mientras te hunde dos dedos en lo más profundo de la vagina y otros dos en el culo con pasmosa habilidad. Y supongo que después de pasarme tres meses follando en posturas imposibles, teniendo orgasmos que nunca antes había tenido y probando juguetitos sexuales, vestiditos de colegiala y hasta unas esposas atadas al hierro de la cama, me enamoro de Enrique, su depresión y todos y cada uno de sus dedos.

Aunque pueda parecer frívola: no he amado nunca tanto a nadie como a Enrique. Mantenemos una convencional relación en que nos entendemos a la perfección en la cama, de marcha, en la convivencia, en las ilusiones y hasta en la posibilidad de volver a ser madre.

¡Qué bonito! Hasta que, jódete Amanda, Enrique me llama un día, once meses después de haber decidido apostar por el rol de "novia", me dice que ya no me quiere (jodido, ayer mientras me metías el vibrador por el culo no decías eso precisamente), y hete aquí que Enrique se larga con su depresión y sus dedos a lamer otros clítoris.

Lo que más dolió fue el llanto inocente de Lili, mi hija, entonces con tres años, cuando le dije que Enrique ya no volvería a casa.

Pues bien, cada verano, puntualmente desde hace cinco años, Enrique llama de nuevo. Cada vez con una excusa diferente. ¿Cómo estás? ¿Cómo está la niña? ¿Cómo va el trabajo? ¿Cómo llevas el pelo ahora? ¿Cómo has pintado la pared de la habitación?

Y después de una aburrida conversación (Enrique no ha dejado de ser un coñazo excepto el tiempo en que estuve enamorada de él: entonces sus lamentaciones vitales me parecían hermosos cantos a la vida) me pregunta si recuerdo la vez en que me puso helado de cookies de Häggen Dasz en los pezones, o aquella en que nos fuimos a un peep show y acabamos masturbándonos en el parking porque la calentura no nos permitió esperar hasta llegar a casa o la noche en que nos pegamos una sesión de cine porno imitando todas las posturas. Entonces me suben las hormonas, a él le sube el enorme aparato hasta tocarle el ombligo y nos damos un homenaje de sexo telefónico con muchos "sí, sí" y "ay, ay" y "ya, ya".

Antes de colgar, Enrique me dice:

- Te echo de menos. Te quiero, lo sabes, ¿verdad?
- Yo también te echo de menos.
- Un beso, preciosa.

Y así hasta el próximo verano. Le cuento a Luís que Enrique me ha llamado. Quizás lo hago para provocar sus celos. Pero Luís conoce muy bien a los hombres, por algo él es uno de ellos, y cada verano, tras la conversación "Enrique-me-ha-llamado", Luís siempre pregunta lo mismo:

- Qué... ¿ya tiene el depresivo las hormonas revueltas por el verano?

Supongo que el día que Enrique me llame en pleno invierno no se lo contaré a Luís, porque lo más probable es que no conteste a su llamada.
 
10. EN TRAUMA NO SE DESCANSA
Tres días sin saber de Luís. En su última llamada, el viernes, con un decalaje horario de diez horas, Luís me comenta que le aburre soberanamente la Riviera Maya y ha decidido llevar a los chicos a Disneylandia, en Los Ángeles, aun teniendo en cuenta que el mayor de ellos, Luisito, anda medio salido atacando a toda mejicana viviente y desde luego muy poco interesado por pasar un par de días abrazado a Minnie y comiendo nubes de algodón.

Lili sigue con su padre, en la otra punta de España, por lo que rápidamente pierdo el interés en la conversación paternal de mi amante y me dedico a escuchar su voz sin prestar cuidado al mensaje, imaginando su polla fabulosa en mi boca y esa pasión con la que acompaña el movimiento de mi lengua por su capullo, algo así como "¡jóder que bien la comes, cariño!".

Al despedirme de él con un sincero "te quiero", mi móvil vuelve a sonar casi de inmediato y apenas reacciono cuando aparece en el display el nombre de Emilio, el traumatólogo que creí no volver a catar.

Emilio me dice que está solo esta noche en casa y que si yo también lo estoy me invita a tomar un par de copas de cava. No me apetece especialmente, pero la escena calenturienta de Luís agarrándome la cabeza por el cogote para evitar que suelte su miembro cuando está a punto de correrse, ha revuelto mis hormonas y, ¡qué cojones! no tengo nada mejor que hacer esta noche.

Llego a casa de Emilio a las once y media. Tiene un insultante piso de millonario en el mejor barrio de mi cuidad, con piscina comunitaria, portero (y no automático), y sofás de Natuzzi de piel negra.

Nada más servirme una copa del prometido cava (un "Anna" de Codorniu muy apropiado), me suelta una disculpa que me sume en una profonda alucinada, como si me hubiera metido medio LSD con un Bourbon triple:

- Siento no haberte llamado antes, Amanda. He estado desbordado de trabajo.

Me apetece decirle: "Francamente, querido, me importa un bledo", pero me reprimo y le suelto un diplomático:

- No te preocupes, encanto. Yo también he ido de cabeza estos días.

La conversación me parece de lo más aburrida. Me cuenta un poco de su vida, del último viaje que hizo a no recuerdo dónde y algo acerca de su reciente divorcio que me la trae bastante floja. Me pregunto cuándo me va a besar o cuándo vamos al tema o cuánto le falta para dedicarse a mi coñito o cuándo cojones dejará de hacerse el inteligente y empezará a hacerse lo que es: el polvo de esta noche.

Se coloca un condón en un plís plas, pero a mí me apetece comérsela, así que se lo quito y forcejeamos un rato, él "que te la quiero meter" y yo "que te la quiero comer" y gano yo, o gana él, según se mire, porque el tío tiene un orgasmo fabuloso gracias a mis artes.

Una vez acabada la relación, se pone a hablar de nuevo. Yo me quiero ir a mi casa, pero me saca un álbum de fotos (diós, ¿qué le pasa hoy a este tío?) y me enseña a sus hijos, dos churumbeles de 4 y 2 años rubitos como de anuncio de pañales.

Como veo que el tío tiene para rato, decido amorrarme de nuevo al pilón y allí que le hago otra mamada, él con el álbum ya tirado por los suelos, todo con tal de que se calle y deje de contarme su vida.

Media hora más tarde, se queda abrazado a mí y me dice:

- La semana que viene podríamos ir a cenar juntos.
- Uy, buena idea, pero para eso, hay que descansar desde ya... así que lo mejor será que me vaya a casa.

Me las apaño para largarme por patas. De regreso a casa, con música de los Gypsy Kings sonando rollo hortera a todo trapo en mi coche, con mi Chester sabiéndome a gloria, me pregunto si Emilio me gusta.

Tiene unos impresionantes ojos verdes, un cuerpo musculado a base de muchas horas de gimnasio y un pollón que harías las delicias de cualquiera. Y se siente solo, muy solo. Me inspira cierta ternura.

Pero ya en mi cama, a punto de caer rendida, con el sabor del cava mezclado aun por el de su semen, mi último pensamiento está en Luís y en la frase con la que se despidió de mí antes de partir hacia Los Ángeles:

- En realidad, mi amor, todo lo que hago sólo lo hago feliz porque sé que es un momento menos, un día menos, para volver a estar contigo.

En "Trauma" no descansan, Luís, pero sólo tú, haga lo que haga, eres capaz de darle a mi alma el verdadero descanso que necesita.
 
11. LA PRIMERA VEZ

Congreso en Palma. Son las siete de la tarde y el sopor de la primavera que, exultante, invade la ciudad me está transportando a un estado semicomatoso a medio camino entre el sueño y la pereza. Salgo de la sala de conferencias del hotel para fumar un cigarrillo y respirar un poco de aire acondicionado no viciado por los ochenta asistentes al evento. Fuera, un cartel en fondo negro y letras doradas me cuenta que en ese mismo momento dos multinacionales ocupan las salas media y pequeña. Mientras cotilleo descaradamente los motivos de ambas convocatorias, observo un cogote sobrepasando un pequeño sofá de terciopelo rojo, situado junto a una mesa de cristal baja.

Me detengo en el cogote. Adivino a un hombre alto, delgado, camisa blanca y traje oscuro. Enciendo un Chester y sigo mirando. De pronto el dueño del cogote se gira, me mira, provoca un molesto color rojizo en mis mejillas y no se me ocurre hacer otra cosa mejor que sonreír.

El hombre se levanta. Es más alto de lo que imaginé en un primer momento, quizás metro noventa. Cabello oscuro salpicado de algunas canas, cuerpo atlético, ojos verdes muy claros, casi transparentes, labios finos, nariz delgada y algo descarada.

- No se puede fumar aquí.
- ¿En serio?
- Está indicado en al menos veinte carteles a lo largo de todo el pasillo.
- Es que no sé leer.
- Lástima. Iba a recomendarte la lectura del famoso "Dejar de fumar es fácil".
- ¿A ti te funcionó?
- No. Pero tuve que aprender a leer para entenderlo. Y eso me ha servido de mucho.

Me rio. Apago el cigarrillo en la suela de mi zapato y tiro la colilla en la papelera. Vuelvo al congreso. Siento como ese par de ojos verdes siguen los movimientos de mi cuerpo caminando por el estrecho pasillo.

Por la noche, después de una cena de Gala con el equipo de Marketing del Laboratorio patrocinador, me encuentro al hombre del cogote sexy en el ascensor.

- ¿Algún letrero en donde diga que no puedo fumar aquí?
- Bufff, cientos. De hecho, ese que está sobre los mandos del ascensor indica que deberías dejarte invitar a una copa por un intelectual como yo.
- ¿Podré fumar?
- Como un carretero.

El hombre del cogote sexy se llama Luís, tiene 49 años, dos carreras, habla cinco idiomas, trabaja en la multinacional que ocupa la sala pequeña, me extiende su tarjeta y leo "Iberian General Manager". Yo tengo 32 años, no tengo tarjeta de visita, y lo único que sé hablar es un castellano correctito.

Pero Luís está emborrachándose con mi discurso vivaz y optimista, me contempla curioso, inquieto, me penetra con su voz madura, rellena una y otra vez mi copa de deseos, me excita con sus ojos transparentes, con su interior intenso y diferente.

Creo que me va a invitar a follar en su habitación. Pero a las cuatro de la mañana, me acompaña cortésmente hasta la puerta de la 112 y se despide de mí.

- ¿Me darías tu teléfono?
- Te daría un beso si me lo pidieras.
- Ya. Pero he pedido tu teléfono.

Anota las nueve cifras de mi móvil en el reverso de su paquete de Marlboro Light.

- Prometo llamarte pronto. - me dice antes de plantarme un beso suave en los labios.

Ya en la habitación, me desnudo con cierta dificultad a consecuencia de la neblina alcohólica que invade mis sentidos. Me acuerdo de pronto de la tímida sonrisa del hombre del cogote sexy cuando le digo que "soy psicóloga pero no psicoanalizo a nadie... a menos que me extienda un talón de 100 euros". ¡Menuda estupidez! Ese tío debe extender cheques de 1.000 euros todos los días como quien usa Kleenex en un resfriado. Me siento pequeñita, tonta, carente de cualquier glamour.

Tumbada en la enorme cama de dos por dos que no aprovecharé esta noche, estoy a punto de encontrarme con Morfeo cuando suena el teléfono de mi habitación.

- ¿Quién-coño-es-a-estas-horas-joder-me-cago-en-la?
- Sólo quería demostrarte que cumplo mis promesas.

Su voz suena lejana, aunque sé que está tres habitaciones más allá de la mía. Tiene una de esas voces serenas, monocordes, sin estridencias, la voz de un hombre hecho, seguro, entero, que esconde una intensa necesidad de sentir.

- Y ¿cuál será tu siguiente promesa? ¿"Te amaré para toda la vida?"
- Y ¿qué tal un simple "te amaré toda la noche"?

En menos de tres minutos, Luís atraviesa la puerta de la 112. Sigue enfundado en su traje de ejecutivo agresivo. Pero a medida que el parquet de la habitación se va cubriendo de sus prendas, se despoja de la palabrería multinacional, para regalarme un cuerpo de hombre inseguro, una mente de niño, una mirada que esconde miedos, fantasías que buscan complicidad y magia.

A las siete de la mañana, unidos en tres orgasmos y mil pasiones, Luís se marcha.

Es de nuevo su voz la que me despierta dos horas más tarde.

- Quiero volver a verte -me dice- quiero volver a amarte muchas noches más.

Y no hace falta contestar. Porque a veces sucede eso en la vida. Sucede cuando menos te lo esperas. Sucede una o dos veces y sabes perfectamente reconocerlo. Sin vacilar. Sin miedos. Sin inquietud alguna. Sucede que a veces tienes la completa certeza de que algo acaba de empezar y no tienes ni idea de cómo, ni porqué, pero será algo tan grande, tan diferente, tan hermoso, que acabarás escribiéndolo.
 
12. LA ERÓTICA DEL PODER

Si estás en mitad de un local abarrotado de gente cuyo aliento podría encender una cerilla con sólo acercarse a ella, incapaz de vislumbrar la punta de tu zapato, ni de diferenciar los sonidos que emite tu compañero y de pronto sientes una fuerte presencia que proviene del otro lado de la barra... es que Clara acaba de entrar en el local.

No es guapa, ni siquiera atractiva. Tiene una cabellera de esas indefinidas, que no sabrías decir si es morena, castaña, rubia oscura o pelirroja, ni si es rizada, lisa, ondulada o desfilada. Su nariz no deja nunca indiferente, por grande, delgada y aguileña. Ojos juntos pequeños, oscuros, enmarcados en pobladas cejas que en su vida conocieron unas pinzas. Algo gruesa en la parte superior de su cuerpo, pero delgada como un pollo de cintura para abajo. Pero Clara es Clara. Su presencia y carisma lo invade todo. Su personalidad arrolladora, firme, a veces incontrolada, te arrastra sin remedio. Por muy hermosa que seas, por muy inteligente que parezcas, por muy ocurrente que estés, si Clara está junto a ti, nadie se percatará de tu presencia. Ella se lo come todo.

Clara se casó bien casada. Piso de 250 m2 cuadrados en el centro de la ciudad. Muebles hechos a medida. Parquet natural. Marido salido de una revista de prensa rosa, rico hasta la cejas, Director General en una empresa de Telecomunicaciones, contribuyente activo del PP, Miembro honorario en todos los Clubs de Poderosos que os podáis imaginar, y apenas 32 años. Así que Clara siembra su personalidad a base de vestidos de Victorio y Luccino, Chanel, Versace, en cenas honoríficas nadie sabe en honor a qué, codeándose con la insoportable Jet Set, hablándote de Anita, Piluca, Lulita, Pitita, Ritita y muchas "itas" más.

Pero a Clara le gusta más follar que a un tonto un lápiz, así que de tanto en tanto desenfunda sus vaqueros de todo a cien, llama a Amanda cuyos fines de semana se dividen en amantes ocasionales y aburridas noches sola en casa, y se la lleva a ligar por los bajos mundos.

Hasta que llega el día en que Clara se enamora del Comercial de una empresa de Seguros, EGB como título de cabecera, lector asiduo de folletos publicitarios, reenviador compulsivo de e-mails que no se atreve a comentar por no poner en evidencia sus innumerables faltas ortográficas, pantalón marca paquete y camisetas de mercadillo. Se enamora locamente de quien la quiere sin regalos, sin cenas suntuosas, quien la lleva a la tasca de la esquina ilusionado por presentarle a su amigo Paco, el "camarata", quien la llama desde el fijo porque no sabe usar el móvil, o la lleva a un campeonato de Tunning para enseñarla orgullosa junto a su Ford Fiesta maqueado.

Y lo deja todo. Pide la separación y se instala con Míster Seguros Llama a Su Puerta en un pisito en la barriada que ni siquiera sabía que existía, para hacer el amor noche sí y noche también y ser, por primera vez en su vida, feliz.

Pero dos meses más tarde, llama llorando a mi puerta para anunciarme que vuelve con su marido. Pienso que su caballero asegurador la ha dejado en la estacada y me entristezco. No. No la ha dejado... es que se la ha muerto la pasión, me cuenta.

- ¿Muerto? ¡Clara! ¡No te había visto tan enamorada jamás! ¿Qué coño me estás contando ahora?
- Es la erótica, Amanda, la erótica del poder. Quiero volver a estar allí arriba, follarme a ese poder, manejarlo y manipularlo como me venga en gana.

Han pasado dos años desde aquello, y de momento Clara sigue paseando su palmito por la Jet Set y follándose a su Poder. Aunque se escapa de vez en cuando conmigo a la más humana realidad, no ha vuelto a vibrar como en aquella corta etapa de dos meses.

Y eso me hace pensar... ¿Cómo me siento yo respecto a Luís y su inherente posición profesional? ¿Me deslumbran sus cinco idiomas, sus reuniones trascendentales, su presencia en Juntas de Accionistas que a veces incluso leo en prensa o veo en televisión? ¿Soy capaz de amarle despojado de ese halo de poder y dinero? ¿Podría instalarme con él en un pisito de 40 m2 con un televisor en blanco y negro, acompañándole a competiciones de tunning, yendo a Benidorm por vacaciones? ¿No es también su título en la tarjeta de visita que me enseñó ya el primer día, el saber que siempre acabamos en hoteles de cinco estrellas con cava y jamón cinco jotas, los restaurantes a los que me invita en dónde un somellier me explica los aromas del vino de 120 euros que tomaremos, parte de mi pasión hacia él?

La respuesta, al menos para mí, es sencilla. Al contrario que Clara, jamás he podido compartir su poder con nadie. Es un secreto prohibido y cómplice, del que no puedo hacer gala, del que no puedo pavonearme, del que sólo puedo sentirme orgullosa por ser una parte más del hombre al que amo.

Ya lo dijo Clara una vez:

- Follarse al Poder está bien. Pero explicárselo a los demás, es mejor que un orgasmo.

La única erótica del poder que yo conozco respecto a Luís, es la erótica de saber que voy a poder verle pronto.
 
13. VECINITOS

El mejor sexo tiene lugar alcohol mediante. Hace tiempo que dejé de creerme eso de que el colmo de la sexualidad se sitúa justo en el punto en que se cruzan un hombre y una mujer y un amor sincero. Mis mejores orgasmos los he tenido con tipos que no me interesaban en absoluto, pero que habían puesto la cantidad exacta de vodka en mi cubata, el morbo ocurrente y nunca ordinario necesario, y una extrema capacidad para dejarse llevar.

La relación que mantuve hace ya un tiempo con mi vecino del segundo A escalera derecha, tuvo poco de amor, y demasiado de sexo. Nos conocimos como se conocen todos los vecinos: en el ascensor. Yo acababa de separarme y llevaba apenas unos días instalada en mi actual morada, un pisito correctito en el cuarto rellano de un edificio correctito en un barrio correctito. Estando casada, había tenido una breve aventura con otro vecino, así que eso del vecindario para mí tiene un sentido mucho más allá de la reunión anual de la comunidad de propietarios.

Con cualquier excusa, el vecino del segundo y yo empezamos a tomar café juntos, a salir con su hijo de siete años y mi hija de tres al parque, a cenar ya sin niños y, esta vez sin excusas, a compartir cama. Tenía 14 años más que yo, llevaba divorciado dos años, y era un hombre cuyas experiencias sexuales dejarían sin aliento a Catherine Millet o a Nacho Vidal (por poner un par de ejemplos antagónicos). Sin embargo, yo no acababa de conectar con él. Era violento, amante de las palabras obscenas en pleno acto, tremendamente machista y poco dado al sexo oral.

Tras cuatro meses en que yo empezaba a echarle indirectas acerca de la necesidad de tener otras experiencias y no centrarnos únicamente el uno en el otro, mi vecino debió captar algo de mi insatisfacción y decidió motivarme de otra manera.

Un sábado por la noche, tras una opípara cena, una botella de Marqués de Riscal a medias, dos cubatas cada uno, un par de chupitos, y dos Cardhu con hielo, me arrastró hasta casa diciéndome que tenía una sorpresa para mí. Con absoluta ingenuidad, creí que iba a encontrarme con un ramo de rosas o una gargantilla de oro, pero lo que me encontré fue a Chelo, metro setenta y cinco, rubia, esbelta como una modelo, ojos pardos achinados, minifalda roja y tacones de aguja negros.

- ¿Y esta quién es?
- Es tu regalo, cielito. Me ha costado mucho más que una gargantilla de oro.

Y yo, que iba borracha como una cuba, me eché a reír nerviosamente, mientras Chelo se presentó amablemente y me plantó un beso en cada mejilla. Seguí riendo cuando pasó su mano joven y fina sobre mis pechos bajo un top de lycra negro. Dejé de reír cuando sus movimientos suaves, tan diferentes a los embistes a que me había acostumbrado mi vecino, empezaron a excitarme.

Él se sentó al borde de la cama, mirando, mientras Chelo seguía acariciando mis pechos hasta tomar mi mano y posarla sobre los suyos, tersos y perfectos, pequeños pero duros como rocas, que tímidamente empecé a tocar, primero con la mano abierta rodeándolos, luego centrándome en sus pezones.

Me tumbó en la cama, sin dejar de acariciarme, esta vez ya por debajo del top, poniéndome a cien, mientras bajaba otras de sus manos hasta mi sexo, húmedo como no lo había estado en meses, recreándose en los labios de mi vagina, hasta que, de golpe, introdujo sus dedos en ella. Sentí como si me penetraran, y me abordó la extraña sensación de ver la rubia melena de una mujercita bajando hasta mi clítoris, iniciando con su lengua suaves movimientos en él, chupándomelo todo, tomando todo el flujo que estaba ya expulsando para ayudarse en la más increíble comida de coño que me habían hecho jamás. Se desnudó rápida, se colocó sobre mí, pechos contra pechos, sin dejar de acariciarme y me besó metiéndome su lengua hasta el fondo de la garganta. Estaba tan excitada, que ni siquiera tuve tiempo de darme cuenta que su lengua cambiaba y volvía otra vez a mi clítoris, encontrándome en la boca con la polla de mi vecino, que no dejaba de jadear "cómeselo, cómeselo".

Con la mano, tomé su polla mientras él la movía en ella, masturbándose a la vez con la punta de mi lengua que, ansiosa, no dejaba de moverse al mismo ritmo que la lengua prodigiosa de Chelo sobre mi coñito hirviendo. Noté la otra mano de Chelo colocarse en su propio clítoris y estuvimos un par de minutos en esa masturbación a tres, cada uno gimiendo a su ritmo. Mi vecino se levantó entonces y me pidió que yo la comiera a ella. Chelo se estiró en la cama abriendo sus piernas perfectas de par en par y yo, que en mi vida había comido otra cosa que no fueran pollas duras, me perdí en aquel sexo rosado totalmente depilado, sorbiendo sus sabores como si lo hubiese hecho de toda la vida, hasta que mi vecino me penetró desde atrás, tomando mis caderas y ayudándome con su movimiento a seguir en mi cometido de provocar un orgasmo en una mujer hermosa.

Pero ella, insaciable, dobló su torso para poder masturbarme mientras me penetraban por el culo sin dejar de sentir mi lengua. Y entonces la escuché avisar:

- me voy a correr, jodida, qué bien me lo estás haciendo.

Esa sensación de estar dando placer a una mujer y a un hombre a la vez provocó un orgasmo en mí increíble, unos segundos más tarde de notar como el coñito de Chelo se contorsionaba en mil contracciones sobre mi boca y medio segundo antes de que mi vecino me regalara una fenomenal corrida sobre mi espalda.

Nos quedamos unos minutos estirados los tres sobre los tres, hasta que mi vecino dijo:

- Gracias, Chelo, has estado muy bien.
- De nada, un placer. Y cuando queráis repetir, ya sabéis dónde llamar.

Se vistió. La miré de arriba a abajo. Imaginé que sería una de esas estudiantes de las que se dice se dedican a la prostitución de lujo después de clase y viéndola salir de casa, los tacones en la mano, sentí cierta ternura hacia ella.

Mi vecino y yo pegamos un polvo salvaje después de que se fuera. Sólo se me ocurrió decirle:

- Era mi regalo... ¿o era el tuyo?

Después de aquello, la relación con mi vecino se volvió perversa. Se empeñó en llevarme a Clubs de Intercambio, a Peep Shows, a Clubs de Gays para probar la experiencia a tres pero cambiando los roles, incluso a probar algo de sado maso ligth o a jugar roles de amo y esclava, también llamado Bondage. Y ya no me sentí cómoda con todo aquello.

No diré que no lo pasé bien esa noche. Fue fantástica en términos de sexo, sensualidad y placer. Pero traspasé la línea una vez, y por mucho que Luís insista en hacer eso de un trío y yo le conteste "¿pero cómo puedes ser tan vulgar?" creo, curiosamente, que sólo pude hacerlo aquella vez porque no estaba enamorada de mi vecino y porque realmente necesitaba algo de sexo femenino entre tanto "putita, cómo me gusta verte gozar".
 
14. EL REGRESO

Llamaste a la una y cuarto de la mañana. Por primera vez en cuatro semanas, escuché tu voz sin pausa ni retorno. Sonabas deliciosamente enamorado, adornando cada una de tus frases con cursiladas impropias de tu edad. No me preguntaste qué tal estaba, ni cómo me encontraba. Tu primera pregunta fue un rodeo fabuloso a tu inseguridad, que en aquel momento era la misma que la mía:

- ¿Me sigues queriendo?

Después de tres años, aun temíamos que esas separaciones inevitables pudieran derribar nuestro amor frágil, basado en la única emoción del sentimiento, sin nada a lo que asirse, amor puro y simple, en mitad del complejo entramado en que los dos nos encontrábamos.

- Te quiero como nunca te he querido.
- Y yo a ti, princesa.

Podríamos haber estado horas en silencio tras aquella declaración de continuidad, pero fue como un pistoletazo de salida hacia conversaciones que llevábamos semanas deseando tener: conversaciones acerca de nada. Tú y yo, que tan trascendentes solíamos iluminar nuestras charlas, buscábamos ansiosos los momentos en que discurres acerca del tiempo, del día a día vacacional, de paisajes vistos, lugares visitados, conocidos que no se volverán a conocer jamás. Nada importante de lo que hablar. Sólo sentirse escuchado por la persona amada, como vecinos en un ascensor, consecuentes con el deseo que nos embriagaba pero sin molestar.

- ¿Sólo nos quedan quince días para estar juntos?
- Sólo.
- ¿Imaginas todo lo que haremos en esas horas que nos pertenecerán a ti y a mí?
- No dejo de pensar en ello.

Y volvimos a los "te quiero", "te echo de menos", "te deseo", "me muero por estar entre tus brazos".

Estabas agotado, notaba tu voz rota por horas sin dormir, viajando de una ciudad a otra, cargando maletas y niños y esposa, regresando al hogar que tanto despreciamos en el día a día, y tanto echamos de menos cuando nos alejamos apenas unas semanas.

Eran las dos y media y seguíamos juntos. Tú, en tu ciudad, escondido en el garaje, rodeado de trastos viejos y recuerdos amontonados. Yo, en la mía, sentada en la cocina, sirviéndome una copita de vino tinto para saborearte en cada una de tus palabras. Nos invadió el deseo reprimido durante una hora de conversación e hicimos el amor con la imaginación, sintiendo tu intenso e inmenso cuerpo rodear la fragilidad del mío, tus brazos tomando mi vida entera, tus besos recorriendo mi alma, tu olor emborrachándome cerca de mi cuello. Escuché tu placer a través del teléfono, y fue como tenerte en mi cama, esa en la que construimos momentos tan perversos como limpios, tan salvajes como serenos.

A las tres, después de fumarnos cinco o seis cigarrillos ("¿tienes fuego, muñeca?", "¿Así es cómo aprendiste tú a ligar?") nos despedimos "por esta noche" - añadiste - y me mandaste un "te amo" que se me clavó no sé bien dónde, porque no soy capaz de sacarlo de allí.

Habías vuelto. Aun nos separaban cientos de quilómetros, pero yo sabía que habías vuelto a tu rutina, y que sólo ésta podía devolvernos a nuestra relación oculta... Volverían las llamadas de madrugada, los mensajes a media tarde, los mails llenos de sentimientos a primera hora de la mañana, justo antes de esa reunión... volverían las sensaciones de tenerte cerca estando tan lejos, volverían las escapadas, las fugas, las huidas de tu mundo para encontrarte con el mío.

Y volvía la ilusión. Pusimos el contador hacia atrás: quince días, catorce, trece... A los dos ya nos unía la misma fecha, esa en que podríamos hacer el amor sin teléfono como espectador sonrojado, París como telón de fondo.

- Ya está, dijiste antes de colgar.
- ¿Ya está?
- Sí, ya está. Ya hemos superado otro verano más.

Y nos reímos medio minuto antes de empezar con las chorradas del "cuelga tú" "no, tú primera" "no, tonto, cuelga tú". Y creo que en ese momento entendí porque te amaba tanto y porque tú me amabas tanto: porque en cada uno de tus regresos los dos sentíamos que era el regreso de un viaje desmedido, el regreso a nosotros mismos.
 
15. CARGÁNDOME TODA ÉTICA PROFESIONAL

Todos los que nos dedicamos a escuchar experiencias vitales más o menos descontroladas con el único fin de encaminarlas hacia experiencias vitales más o menos controladas, conocemos el mandamiento no explícito (y nunca escrito en ningún código deontológico conocido) de "no te liarás con tu paciente, por muy bueno que esté".

Seamos serios: ¿qué psicólogo en su sano juicio desearía compartir cama con quien confiesa, vomita, rezuma enfermedad mental, mesa / silla / bata / cita mediante? Es evidente, al menos para mí, que el psicólogo no puede utilizar su poder de influencia (sesgado por la inexplicable confianza que el paciente le otorga en cuanto ve su título de Licenciado en Psicología en la pared de una consulta) para enamorarlo, engatusarlo o, incluso, invitarle a café.

Pero yo, sí señor, la Amante, la odiosa mujer que roba amores a esposas abnegadas, me enamoré (aproximadamente) de uno de mis pacientes.

Fue ocho meses antes de conocer a Luís. Entró en mi consulta como un elefante en una cacharrería, derribando mi responsabilidad y, de paso, toda mi ética profesional. De nombre Eduardo, "Edu" en adelante, diagnosticado desde los 24 años de Trastorno Bipolar (sí, como Míster Jones, pero mucho menos escandaloso y romántico), 40 años en el momento de ser derivado a terapia por uno de los psiquiatras de la Unidad, bastante compensado (vida relativamente normal: casado, tres hijos, empresa propia) y con esporádicos episodios maníacos en que se creía el Rey del Mundo pero sin el Titanic bajo sus pies.

Un par de meses de consultas semanales y Edu empieza a personalizar la terapia con descaro y cierta ternura:

“Hoy vengo feliz porque sé que vengo a verte a ti.”
“¿Te han dicho ya lo bien que te sienta la bata blanca?”
“Me gustaría hablar de todo lo que te hablo como si fuéramos amigos.”
“Esta noche he soñado contigo y no voy a podértelo contar: estamos en horario infantil.”
“Y... ¿por qué tú nunca me cuentas algo de ti?”
“Hoy no saldré de la consulta sin saber si estás casada.”

A cada alusión personal, las técnicas de psicoterapia me obligaban al consabido: "no estamos aquí para hablar de mí, sino de ti". Pero se me escapaba una inevitable sonrisa. Y aquello daba pié a nuevas entregas:

“¿A qué horas sales hoy?”
“Tengo que estar en Londres la semana que viene, ¿me acompañas?”
“Creo que estoy haciéndome el enfermo más de lo que lo estoy para ver si consigo verte al menos tres veces por semana.”
“Sólo pido una cosa: verte sin la bata... entiéndeme... quiero verte vestida como una mujer, no como una psicóloga.”

Y yo empiezo a ceder:

“Salgo a las siete.”
“Tú sabes que no puedo acompañarte... pero no me tientes mucho.”
“No te servirá de nada, soy yo quien decide cuántas veces nos vemos por semana.”
“Por mucho que me vista en vaqueros y camiseta heavy metal, seguirás viéndome como tu psicóloga.”

Lo peor, o lo mejor, era que me había enganchado a su vida. Adoraba ese aire de triunfador frustrado, admirado pero inseguro, adinerado pero pobre en emociones, apartado de la vida de su mujer, mucho más preocupada por asistir a fiestas infantiles que por compartir una conversación con su marido, que me contaba al detalle sus infidelidades constantes, sus visitas a prostíbulos, su fantasiosa idea del amor eterno, su insatisfecha vida sentimental que era incapaz de romper... creo que encontrarme el nombre de Eduardo en mi hoja diaria de visitas fue mi gran ilusión durante aquel tiempo.

Y entonces ocurrió. Un viernes por la noche, arrastrada por mi amiga Clara, me planté en la más famosa discoteca de ligoteo "+ de 30" de mi ciudad. Tras tres vodkas muy cargados y cinco conversaciones estúpidas con sendos estúpidos moscones, Edu aparece frente a mí, vistiendo vaquero negro y jersey de cuello vuelto del mismo color, canas incipientes en los costados de su abundante cabello negro, ojos pequeños oscuros, sonrisa abierta, corazón de niño en cuerpo de hombre. Me presenta sin pudor a su amigo:

- Esta es Amanda, mi psicóloga.-le dice-
- Joder, tá qué te cagas, tío. Así también me pongo yo pá llá.-comenta el amigo con cara de salido-llevo-dos-años-sin-follar.-
- Eduardo, seamos serios, por favor (versión original: "edduarrrdo, zeamos zerios, ¡hip! pó favós").-suelto yo-

Me agarra de la mano y nos ponemos a bailar un lento con música techno que no pega ni con cola.

- ¿Te puedo besar?
- Uy, me voy a meter en un lío.
- No. No quiero eso. Te despido, ¿vale? Ya no eres mi psicóloga. Ahora... ¿te puedo besar?
- Tú no me puedes despedir. Soy tu psicóloga asignada por la Seguridad Social.
- Pues quiero el alta voluntaria.
- No tengo los impresos a mano.
- ¿Pido una servilleta y un boli al camarero y hago una declaración firmada?
- ¡Bah! a tomar por culo.

Y me fundo en un morreo con un tío vestido que a mí me parece que está completamente desnudo, tanto sé de él.

Edu pidió la derivación al lunes siguiente. Y expuse mi caso, éticamente, en la sesión clínica de los jueves. A Teresa casi le dio un síncope y pidió que me abrieran un expediente disciplinario. Pero la psicóloga coordinadora, mi superior jerárquica, se fundió en una enorme carcajada y comentó: "¡si es que está buenorro, el tal Eduardo! Ala, reina, a disfrutarlo".

Edu me dejó un mes antes de conocer a Luís. Me mandó un sms con la frase: "me muero por vivirte; pero habré de conformarme con morir por ti". Digo yo que en plena fase maníaca le dio por creerse Rosalía de Castro. Pero guardo un tierno recuerdo de esa relación de amantes, especialmente porque tras aquel primer beso en la discoteca, Edu jamás volvió a contarme ni uno solo de sus problemas. Quizás tuviera razón, y bastó quitarme la bata, para que me viera como a una mujer.
 
16. VENTAJAS DE SER LA AMANTE
La amante no plancha camisas: la amante se las quita a su hombre amado y las deja hechas una piltrafa sobre el suelo de la habitación de hotel. Y el hombre amado nunca dice: "joder, reina, ¡mira cómo me has dejado la camisa de Hugo Boss que tanto me costó conseguir!" Tampoco mete calzoncillos en la lavadora, con el consabido riesgo de encontrarse sospechosas manchas marronáceas en ellas. Ni tiende pantalones imposibles, vaqueros inexplicablemente rotos de manera simétrica, ni tiene que escuchar como el maravilloso hombre que le hace el amor con pasión le pide que los cuelgue por la parte del bajo, ¡hay que ver, si te viera mi madre!

La amante no cocina seis días por semana comidas que le repelen, como dos huevos fritos con patatas y chorizo picante ni tiene que ver a su amado chorrear hilos rojos del chorizo en cuestión sobre el mantel que le regaló su suegra y que le provoca un ataque cada vez que lo extiende sobre la mesa. La amante va a restaurantes lujosos, originales, recónditos, sacados de la guía de "lugares con encanto", comparte vino de 30 euros la botella mientras su amor brinda a cada cena "por nosotros" mirándola a los ojos y recordándole lo mucho que la desea. La amante no abre la botella de Don Simón y se la da de mala gana a su querido, mientras éste se sirve a él primero y ni siquiera la mira.

La amante no duerme con un amplificador de ronquidos pegado a su oreja todas las noches. Si acaso, duerme con el dulce ronroneo de su amado una noche al mes y además está tan cansada después de haber follado durante cuatro horas, que ni se entera. La amante se despierta junto a su chico con un "buenos días, mi amor" y un tierno beso en sus labios. Nada que ver con la que no es amante, que se despierta con el estridente ruido del despertador que su chico no oye y tiene que parar ella, eso pasando por encima de él que sigue roncando tan ricamente y que además le espeta un "joder, nena, no toques los cojones de buena mañana".

Una ducha de la amante es un momento de glamour, en que su amado la enjabona por todo el cuerpo, y acaba haciéndole el amor mientras la coloca apoyando sus delicadas manos sobre la pared y contorneando sus caderas para encajarla perfectamente a su pene. La ducha de la no amante empieza con un "¡quieres salir de una puta vez! ¡Voy a llegar tarde al trabajo!" y finaliza con un "¡Joder, ya te has vuelto a pimplar el champú entero!". La amante no recoge pelos de la bañera del hotel (para eso están las camareras de piso), ni limpia con salfumán el retrete, ni pasa la fregona por el suelo del cuarto de baño. No. La amante ve un charquito junto a la ducha y mira a su amante, y los dos se ríen porque les parece un delicioso charco símbolo del ímpetu con el que follaron hace unos minutos.

La amante no va al súper con su amado. Si acaso van un día al Mercado, cogidos de la mano, eligiendo fresas y solomillo para preparar juntos una deliciosa cena acompañada de música de Bach. La que no es amante se pelea con su amado por comprar pescado en lugar de carne, y por encontrar una moneda para el carrito. La que no es amante acaba hasta el gorro de salir a comprar con su pareja mientras que para la amante es una experiencia diferente y llena de glamour.

La amante se depila justo dos días antes de que su amado venga a verla. Y si no tiene tiempo, no importa. A su amor le parecen encantadores esos pelitos saliendo de la línea del bikini. Los lame dulcemente y juguetea con ellos. La no amante, si olvida ir cada dos semanas a embadurnarse de cera y pegar unos cuantos gritos en cada tirón, se encontrará con su amor diciéndole "nena, ¡raaaascaaaas!" y esa semana se quedará sin polvo.

La amante nunca descubrirá a su hombre maravilloso sentado en la taza del water con un periódico. La no amante, tendrá que ir cada día al baño con el ambientador en la mano, por si acaso. A la amante le importa un pepino si la madre de su amor es una bruja insoportable, una pueblerina que la hace comer cocido "¡pa' verte más mocica, hija, que estás mu delgá!" o si es una madre sobreprotectora que la odiará profundamente y le hará la vida imposible. A la amante también le traen sin cuidado los hermanos, los sobrinitos, los vecinos del quinto, el jefe de él, la secretaria de él y sus escotes provocativos, si sale demasiado tarde de trabajar, si entra demasiado pronto, si viaja demasiado o si gana menos que el vecino del sexto.

La amante tiene su casa como le da la real gana, y si le apetece serle infiel a su amor, lo es, y no tiene sentimientos de culpa. La amante duerme a pierna suelta, trabaja en lo que quiere y las únicas críticas que oye de su amante son las referidas a lo exagerado de los gritos en sus orgasmos. La amante no tiene hora de llegada a casa, no pide dinero a nadie, no depende de nadie y no se va de vacaciones al odioso pueblo de 100 habitantes de sus suegros, que es lugar preferido de su amor. No. Con él se va en fines de semana robados a París, a Bruselas, a Amsterdam a fumar porros y a reírse con su amor, a follar a todas horas, a probar nuevas y exóticas comidas, y siempre tiene un "te quiero" para recibir y uno para dar.

La amante nunca se preocupa por si él le será infiel. Sabe que se folla a otra mujer, así que, ¿para qué preocuparse? Es una cornuda orgullosa porque nunca ha sido engañada.

La amante no vestirá de blanco delante de un altar con el amor de su vida. Pero subirá a los altares del cielo cada vez que él, enamorado, huya del lado de su esposa y la abrace como si le fuera la vida en ello. Y sabrá que cada llamada es auténtica, es real, es deseada. Que cada "te amo" le sale del alma. Que cada escapada es una aventura maravillosa. Y sobre todo sabe que aunque él no quiera cambiar de vida, no ha sentido amor más real y menos social que el amor que le demuestra en cada gesto y en cada palabra.

Eso es ser la amante, más o menos.
 
17. LUÍS, CASTIGADO

Ayer tuve un momento "odio a Luís". Suceden cada tres o cuatro semanas. Son cortos, a veces tanto que soy incapaz de recordarlos. Y siempre, sin excepción, vienen provocados por los celos, que él maneja a su antojo hacia mí.

He de decir, en honor a la verdad y pese a quien le pese, que Luís es un tío tremendamente atractivo. Y no hablo de atractivo físico. Aunque también. Pero a Luís le rodean unos cientos de elementos que resultan como imanes para algunas mujeres, muy concretamente, las que le rodean. Por ejemplo: tiene el don de la conversación. Es inteligente, irónico, ocurrente, brillante, zalamero, carismático y además culto. Puede atraparte en una conversación durante horas y nunca será suficiente. Siempre quieres más. Lo quieres cuando está en plena conferencia contándote un rollo insoportable acerca de la facturación de la empresa. Y lo quieres cuando te está contando cómo descubrió el Palacio Imperial de Japón. Y lo quieres cuando está explicándote en qué momento supo que iba a ser padre. Pero no te engancha sólo su conversación. Te engancha su seguridad. Luís nunca deja de decir "sí" o "no" ante una pregunta. Le dices: "Luís, ¿me quieres?" y contesta "sí". "Luís, crees que me sienta bien este vestido negro?" y contesta "no". "Luís, ¿te apetece ir a cenar comida paquistaní en un local de inspiración hinduista con un maître rumano". "No". "Luís, ¿me comes el coñito durante diez minutos sin apartar tu lengua de mi clítoris?". "Sí, sí, sí". En fin, a muchas mujeres nos gusta esa seguridad. Nada de "Pues verás, cariño, la realidad es que no estoy del convencido de poder decirte que no sería del todo un sí". Más cosas que hacen a Luís atractivo: es atento. ¿Sales del cine y está lloviendo a mares? Luís se saca la americana Hugo Boss y te cubre con ella. ¿Se te ha roto el tacón corriendo a coger un taxi? Luís te rompe el otro tacón y santas pascuas. ¿Te has resfriado y no dejas de estornudar? Luís tiene un pañuelo con iniciales bordadas para ti. ¿Llevas dos meses sin echar un kiki? Luís te pega tres en un plís plas (o en tres horas de plís plas).

Y encima con pasta. Pues sí. Pero no pasta para casarte con él (que él ya está casado), sino pasta para darte todos tus caprichos.

- Luís, quiero ese vestido del escaparate
- Sí.
- Luís, quiero pedir una botella de Vega Sicilia para mezclarla con la gaseosa.
- Sí.
- Luís, quiero que el servicio de habitaciones me traiga un jamón 5jotas con jamonero para llevárselo a mi madre.
- Joder, princesa, se te está yendo un poco la pelota. Pero sí.

Luís sabe pedir perdón. Si te hiere, rectifica y no lo vuelve a hacer. Si dice algo impropio, pide perdón y dice "lo siento, no volverá a ocurrir". Si le dices que lo mínimo es que te pida perdón, te dice "sí" y además te regala un jamón.

Es detallista. De todos los viajes que hace trae algo para mí. A veces es la tarjeta de un restaurante en dónde estuvo y deseó estar conmigo. A veces es una carta que te escribió durante una reunión aburrida. A veces es un libro, o una foto, o una cajita de té, o una figurita de barro, o un paquete de tabaco con letras árabes. (Estoy deseando que viaje a Guinea Konakri y le de por traerme un diamante).

Tiene pelo. Sí, Luís tiene 52 tacos y todo su pelo. No tiene barriga cervecera. Qué va. Tiene un cuerpazo espectacular. Y además es sensible, dulce, cariñoso, romántico, un poco misterioso, marchoso... bueno, estaría horas hablando de todo lo bueno de Luís. Pero no era el tema. El tema es que le gusta más una tía que a un tonto un lápiz, y a veces se permite comentarme qué tal señorita le pone o que le gustaría follarse a tal otra o que ha coqueteado con aquella. Y ellas encantadas y todas deseando ser su amante, y ¡joder! ya lidio con los celos hacia su mujer, a ver si además me tengo que tragar los de la secretaria de turno, la becaria nueva, la niña de la recepción, la Delegada Argentina, la comercial Tailandesa y ¡increíble pero cierto! las putas de lujo que le ofrecen en casi todos los viajes que hace a la India, Brasil, Cuba o Japón.

Ya ni me pongo a preguntar si a alguna se la folla, prefiero no saber, y además, mientras me quiera lo que me quiere, a mí plin, que dudo que se enamore de la becaria (todos sabemos lo que se hace con una becaria y un puro).

Pero ayer me puso celosa y más celosa cuando me acordé de lo celosa que estaba y súper celosa cuando me di cuenta de lo celosa que estaba por acordarme de lo celosa que me había puesto.

Y decidí castigarle.

No le grité (no lo hago nunca), no le lancé un rollo moral, no le dije "estoy hasta los huevos de oírte hablar de las putas de lujo que te pusieron en el último viaje", ni le envíe a la mierda ni nada de eso. Sólo hay una manera para castigar a Luís (y de paso, a todos los hombres) y eso es pasarte las siguientes tres conversaciones contestando con monosílabos.

Ejemplo:

- Hola mi amor, ¿cómo está mi princesita adorada?
- Bien.
- ¿Ha ido hoy todo bien en el trabajo?
- Sí.
- ¿Qué has hecho hoy, tesoro?
- Lo de siempre.
- ¿Pero no ha habido ningún problema verdad? Te noto rara.
- No.
- ¿Te pasa algo?
- No.
- Joder, estás muy mal. ¿He hecho algo que te haya molestado?
- No, ¿por?
- No sé, estás rara. No hablas nada. No dices nada.
- Estoy hablando.
- Ya, pero no como siempre. Joder, me tengo que ir, me están esperando.
- Vale. Ciao.
- Te quiero, dime, ¿me quieres?
- Sí.

Y así cuatro conversaciones más. Al final Luís no puede más y acaba mandándote un jamón, una botella de Vega Sicilia, un billete para las Islas Seychelles, tres cartas de amor apasionadas, dos invitaciones a cenar en París y seis vídeos porno (por si acaso lo que me pasa tiene que ver con que no hemos follado en dos meses).

Al final siempre le cuento el porqué de mi "momento odio", y siempre acaba dándome la razón, diciéndome que me ama, pidiéndome perdón y haciéndome el amor como nunca, pero puedo aseguraros que nada asusta y desorienta más a un hombre que empezar a hablarle con monosílabos.
 
18. VOLVERTE A VER

Me invadían emociones encontradas. Había pasado la noche inquieta, discreta, ensoñada, enamorada, perdida, temerosa. Todo se fundía en un único instante, aquel en el que, por fin, dos meses más tarde, íbamos a encontrarnos pupila contra pupila o labio contra labio o palabras contra palabras. Eran las seis de la tarde. Estaba cansada y vestía un simple conjunto negro, botas altas, paraguas por si acaso, mucho maquillaje, demasiado pintalabios, un cigarrillo en un espacio prohibido. Y todo hacia ti, buscándote, imaginándote, desesperándome. Un segundo, quizás dos, y te vería entero, completo, te olería, te tocaría. Y se me estaba haciendo eterno, mientras los demás que no conocía empujaban maletas a rastras y yo seguía perdida buscando mi norte, en aquel inmenso aeropuerto, hacía frío fuera, y no se veía el sol a través de los grandes ventanales y no te veía, no te veía a ti, y me estaba muriendo ya por atravesarte y saber, sólo verte y ya saber.

Entonces volví a escudriñar la sala de llegadas, como una veleta que gira y gira al ritmo del viento y todo desapareció de pronto. No había gente, no había ruido, no había espacio, no había tiempo. Se paró el reloj, el tuyo y el mío, y se paró el reloj de todos los demás. La sala se hizo pequeña, el sol entró con fuerza por los ventanales e iluminaron tu rostro. O no. No fue el sol. Fue tu sonrisa al verme. Y me salió del alma lanzarme a tus brazos, besarte por todas partes, lamerte la punta de las orejas, y los párpados, y tomar tu rostro entre mis manos y besar tus labios y luego tirarme en tu pecho, hundirme en tu cuerpo de metro noventa y dos, coger tus brazos y atraparme en ellos y pedirle al mundo que jamás me sacaran de allí. Pero no hice eso. Me acerqué lenta, cauta, deseé que no dejaras de sonreír ni un solo instante, y no lo hiciste, seguiste sonriendo hasta que me acerqué a ti, dejé la maleta en el suelo y alcé mis brazos y con ellos rodeé tu cuello. Y en ese abrazo tus labios finos y a veces fríos, besaron mi cuello. Y nos quedamos unos segundos en ese momento, sintiendo tus labios en mi cuello y abrazada yo al tuyo. Hubiera estado toda una vida así. Nada me importaba más que ese instante. Y luego empezamos a hablar.

No dejamos de hablar durante tres días. Hablamos paseando. Hablamos cenando. Hablamos desayunando. Hablamos haciendo el amor. Hablamos bebiendo vodka. Hablamos abrazados sin decir nada. Hablamos en cada silencio. Hablamos tanto, que nos parecía imposible poder decir tantas cosas en tan poco tiempo.

Dijiste: "nadie me ha querido como tanto como tú".
Y yo te dije: "no se me ocurre persona más hermosa a la que querer".
Y también dijiste: "eres un soplo de aire fresco en mi vida. Eres la felicidad de mi vida".
Y yo te dije: "Creo en esto con más fuerza que nunca".

Me hiciste el amor de todas las maneras y a todas horas. A veces me reía divertida entre tus besos y tus caricias. A veces me llevabas hasta el cielo en orgasmos infinitos. A veces me hacías llorar al decirme "te amo, mi vida" justo cuando te corrías mirándome a los ojos. A veces nos sentíamos como perros en celo follando barato y vulgar. A veces fuimos exquisitos y sensuales. No dejaste de hacerme el amor ni una sola mañana, ni una sola tarde, ni una sola noche.

Y todo lo hicimos con París como telón de fondo. Hablando francés y comiendo francés. Bebiendo vino y paseando bajo la lluvia. Nada nos molestaba. Nada nos parecía mal. Me sentía tranquila y princesa, me sentía amada y deseada, me sentía enamorada y me sentía feliz.

Entonces, no sé en que momento de ese maravilloso reencuentro de amor, sexo, pasión, complicidad y compañía tú preguntaste:

- Dime, cariño, ¿qué es lo que más feliz te hace de este mundo?

Y contesté:

- Volverte a ver.

Nos despedimos emocionados después de habernos reído durante una hora acerca de la posibilidad de hacer el amor otra vez más y perder el avión. Y entonces, ya que lo habría perdido, me quedaría contigo todos los días del mundo y haríamos el amor cada uno de ellos y sería perfecto. Y tú me tomaste las manos y sonreíste (Dios, cómo iluminas todo con tu sonrisa, mi amor) y me besaste fuerte, casi se nos acaba el aliento y dijiste sereno:

- Tienes que irte. O perderás el avión. Y perderás la oportunidad de hacerlo de nuevo.
- ¿El qué, mi vida?
- Alimentar mi alma con la posibilidad de volverte a ver.

Y después de tres días contigo en París, después de volverte a ver y volverte a amar, y volver a entender porqué te amo tanto y porque sé que me amas tanto, sólo pude pensar, regresando, que me siento orgullosa de, por primera vez en mi vida, amar a un hombre que sonríe y lo ilumina todo.
 
19. ENTRE LUÍS Y EMILIO

Ayer ocurrió algo, que no fue Luís. Así que ayer fue ayer, y mañana será mañana y ayer estaba a las nueve de la noche en mi consulta y estaba escuchando a muchos de mis compañeros despedirse entre ellos con el clásico "nos vemos mañana" y pensé que mañana no sé qué pasará, pero que podía tratar de que hoy pasara algo.

Entonces llamé a Emilio. Sabía que había vuelto de un congreso médico en Túnez y le había visto por la mañana entrar en el hospital con su vaquero azul y su camisa blanca y sé que no me gusta Emilio, pero quizás sentí que le debía una explicación, quizás un simple "tenía un amante", porque cada vez que Emilio y yo nos cruzamos siento su mirada interrogante, como si no entendiera nada. O quizás no pensé nada de eso y sólo me apeteció sentirme acompañada, o estaba cachonda, o Emilio me pareció guapísimo en sus vaqueros. O estaba despechada o estaba triste. No tengo ni idea de qué pasó exactamente por mi cabeza. Pero me apeteció llamar a Emilio, y lo hice.

- Amanda, ¡guapísima! ¿Cómo estás?
- Muy bien encanto... ¡no me has contado nada de Túnez, niño malo! ¿Qué tal si te pasas por mi despachito y nos ponemos al día?
- ¿En serio?
- No, es una broma de los 40 principales, ¡no te jode!
- Joder, ¡cómo me pone ese sarcasmo!
- Ey, niño malo, que empezamos diciendo eso de Joder y acabamos practicándolo.
- ¡Qué me gustas, Amanda! Oye... ¿quieres que venga a verte hoy a casa? Tengo una presentación mañana acerca del estudio que hicimos para los Laboratorios de los que te hablé... ¿te la puedo enseñar?
- Coño, ¡qué giro más extraño ha dado esta conversación! ¡Y yo que creí que acabaríamos follando sobre la mesa de mi consulta!
- ¡Jajajajajajajajaja! Me apetece mucho verte.

Y quedamos en casa después de su turno, que acababa a las once de la noche.

Media hora después de esa hora, estando Lili ya acostada, Emilio llamó a mi puerta y apareció con su vaquero y su camisa sexy. También llevaba un portátil (lo de la presentación iba en serio). Nos sentamos alrededor de la mesa de la cocina y compartimos una cerveza. Emilio encendió su pc y me enseñó la presentación. Tuve que ayudarle con las faltas de ortografía (debe de ser porque Emilio lleva menos de seis años viviendo aquí, por lo que aun no se ha adaptado del todo a nuestro idioma) y con algunos errores gramaticales. También me pidió consejo acerca de qué me parecía la presentación. La verdad es que traumatología no es lo mío, y no entendía el 90% de las palabras allí escritas, pero él estuvo explicándome una por una qué querían decir, de qué iba la presentación y porqué habían realizado aquel estudio para el laboratorio. Estaba fascinada escuchándole. Nada me parece más fascinante que escuchar lo que no entiendo, lo que no sé. En la Unidad me llaman "Dra. Inquieta" porque tengo inquietud desmedida por saber de todo, escucharlo todo, aprenderlo todo. Emilio se reía ante mis preguntas inocentes: "¿Pero entonces ponéis ese clavo con un destornillador en el hueso? ¿Como si colocaras un clavo en la pared con su broca y todo?" ... "¿De verdad quieres que te lo cuente?" y así pasamos una hora los dos, él hablando y yo escuchando y mirando el ordenador y rectificando sus faltas y él venga a reír "¿en serio va con "ge" en lugar de "jota"?"

Cuando acabó con su presentación, cerró el pc y se lo colocó bajo el brazo y me dijo:

- Bueno, me voy a casa a enviarlo por Internet a mi colega. La presentación es a las nueve de la mañana... así que aun me queda un ratito de trabajo.
- Te acompaño a la puerta.

Y juntos pasamos por el salón, nos dirigimos al pasillo, nos detuvimos frente a la puerta ya abierta y nos dijimos "hasta mañana". Iba a darle un beso en cada mejilla, porque estaba contenta de haber pasado aquel momento junto a Emilio, y entonces Emilio me rodeó con sus brazos y me dio un morreo que me dejó sin habla. El beso se prolongó un par de minutos. Parábamos medio segundo para respirar, o ladear la cabeza hacia la izquierda o hacia la derecha, y volvíamos a reemprender ese beso sin decir ni una sola palabra, como si no hiciera falta. Cuando creí que había acabado de besarme, se separó de mí un instante. Yo dije: "sientan bien esos besos". Y entonces volvió a besarme. Y nos volvimos a pasar otro par de minutos lengua contra lengua, labio contra labio, mientras sentía todas esas ganas de abrazarle y seguir besándole, y Emilio soltó su pc que casi se le cae al suelo y nos reímos y seguimos besándonos.

- Joder, -le interrumpí-, me voy a poner cachonda.
- Yo ya lo estoy... ¡eres muy sexy, Amanda!
- Anda, ¡vete! O mi hija nos va a sorprender jugando a los médicos en pleno umbral.

Eso desencadenó las carcajadas de Emilio. Y me contagié de ellas y nos reímos otro rato más y volvimos a besarnos y entonces él dijo:

- Si no tengo guardia este fin de semana, ¿nos vamos a cenar juntos?
- Lo que Usted diga, Doctor.
- Sí, señorita, creo que necesita Usted que la invite a cenar.
- ¿Me hará una receta?
- Le haré el amor... es mucho más eficaz.

Y dijo eso mientras entraba en el ascensor y éste se cerraba.

No sé que significó aquel momento. No tengo ni idea. Pero hoy me apetecía contar lo que me sucedió ayer, y no hablar de Luís.
 
20. COMPROMETIDA

La frase que más odio en un hombre es esa de "Pero sin ningún compromiso, ¿eh?". Y la odio no porque a mí me encanten los compromisos, sino porque no tiene ningún sentido. La palabra "compromiso" proviene del verbo "comprometerse", que es sinónimo de "contraer una obligación". Vamos, que todos tenemos un compromiso con el banco a principios de mes para pagar el piso que tan amablemente se ha prestado a pagarnos él por anticipado.

Es decir: la mayoría de los hombres imaginan que nosotras salimos una noche, conocemos a un tío, ligoteamos como todas sabemos, acabamos echando un kiki y a partir de allí, nos convertimos en un sicario de la mafia que pone una pistola en la sien para decirle al pasable tío del pito tirando a muy pequeño que, después de tocar nuestro cuerpo, deben contraer la obligación de volvernos a llamar, convertirse en nuestros novios, casarse con nosotras, hacernos unos cuantos hijos, y sernos fieles hasta la muerte.

Así que ellos, muy previsores, ya te dejan claro que no saques la pistola, que ni con esas van a volver a llamarte. O sea, que los ves salir por la puerta, y tú ya soñando con echarte una siesta y le escuchas decir: "te llamaré... pero sin ningún compromiso, ¿eh?". Gracias por puntualizar, querido. Estaba a punto de llamar a mi notario para hacerte firmar ante él que ibas a llamarme o te iban a caer siete años de cárcel... anda, lindo, déjame dormir.

Las distintas variaciones son esperpénticas: "tengo sexo con ella pero sin ningún compromiso". O sea, que cuando tienes sexo, la mayoría de las mujeres también obligamos a los hombres a contraer obligaciones para con nosotras (una de ellas debe ser la de llamarnos, que parece que es un obsesión puntualizar que no nos van a llamar más que cuando a ellos les salga del pito. Vale, vale, tranquilo, que no suelo anotar en mi agenda que tienes que llamarme a esa hora y no a esa otra). "Salgo con ella todos los fines de semana, me la follo todos los fines de semana, y me encanta y es la tía más cojonuda y de puta madre que he conocido... pero sin ningún compromiso". Es decir, ellos están convencidos de que la tía más cojonuda y de puta madre que han conocido y con la que salen todos los fines de semana y a la que se follan todos los fines de semana, cualquier día de estos les pedirá un anillo de diamantes, una hipoteca a medias y que cambie su golf por un BMW familiar. O sea, han de dejar muy clarito que no se comprometen a hacer eso.

Y digo yo que la frase debió acuñarse por culpa de alguna mujer que, siglos atrás, debió de ser así de pesadita. Pero eso ya pasó, mis niños, tened calma, y no pronunciéis la puñetera frase a menos que sea indispensable, porque, a priori, al menos yo, os aseguro que no tengo intención de obligar a nadie a hacer nada.

Eso sí, pensad un poco... ante una relación en la que él especifica a todo aquel con quien le da por hablar que no tiene ningún compromiso resulta que las que los tienen todos somos nosotras. Ejemplo: "te llamaré, sin ningún compromiso. Pero si te llamo ya puedes contestar, eh, o no veas lo que voy a decir de ti por allí". O también: "follamos sin compromiso. Bueno, ella tiene el compromiso de estar dispuesta cada vez que yo tenga ganas y que no se le ocurra decir que no, porque entonces ya tengo claro que tipo de tía es". O esta: " Nos vemos todos los fines de semana, pero sin ningún compromiso. Ella lo único que tiene que hacer es comprometerse a salir conmigo todos los fines de semana si yo quiero, y si no quiero, se tiene que comprometer a no quejarse y a estar otra vez dispuesta para cuando yo quiera. Pero yo, compromiso lo que se dice compromiso, ni uno solo."

¡Qué coñazo es ser mujer!

Como odio esa frase, a veces me entreno y la suelto yo, a ver qué tal reaccionan ellos. Y es sorprendente. En un caso de esos de "bar, tío bueno en la esquina de la barra, tío bueno se acerca, charla intrascendente con tío bueno, y folleteo por fin intenso en mi cama de dos por dos" el tío bueno se va a las ocho de la mañana y dice "te llamaré" y yo: "Pero no tengas ningún compromiso en hacerlo, ¿eh?" y en esas que se detiene ante el umbral:

- ¿Qué quieres decir exactamente? Si no quieres que te llame dímelo.
- No he dicho eso. Sólo he dicho que no tenemos ningún compromiso.
- O sea, que tú follas con cualquiera y luego, ¡ala! a paseo.
- Bueno, es que no tengo ningún compromiso.
- Tendrás un compromiso con tu ética, digo yo. ¿O tú no tienes ética?
- Hombre, ética y compromiso no es lo mismo. Yo tengo la ética de no tener compromisos.
- Pues así te va a ir en la vida, bonita, allí te quedes tú y tus no-compromisos.

Dejo a la imaginación de mis lectoras el pensar cuántas milésimas de segundo hubiera tardado en salir de mi casa el mismo tío si al decir "te llamaré" yo hubiera dicho "Pero ¿te comprometes realmente a hacerlo?"

En realidad, queridos míos, el compromiso es algo absurdo e inexistente. Y prueba de ello soy yo misma. Llevo cuatro amantes a mis espaldas y todos, Dios mediante, se comprometieron a ser fieles a sus esposas. Conmigo se comprometen ellos mismos a arrancarme orgasmos que harían temblar las paredes del Castillo más robusto y mientras lo consigan, yo me comprometo a hacer lo propio con ellos.
 
21. A VECES LE ECHO DE MENOS

A las siete y cuarto de la mañana, estando yo tan ricamente tomándome un café y preparándome unas tostadas con aceite, recibo un mensaje en mi móvil. Leo: "Si puedes, llámame". Firmado: Emilio. Me detengo un momento en el análisis del mensaje. Es un defecto que tengo: ante cualquier acercamiento escrito, desgrano hasta las últimas palabras. A ver: como poder - poder, sí puedo. No estoy en plena visita, ni en una reunión, ni probándome sujetadores en un probador de El Corte Inglés. Querer, ya es otro tema. Me gusta despertarme lenta y tranquila, recrearme en mi café, leer el periódico al que estoy suscrita desde hace años, mirar por la ventana tratando de adivinar el tiempo. Así que, Emilio, va a ser que no.

Me meto en la ducha durante diez minutos y salgo de ella envuelta en toallas, dispuesta a embadurnarme de crema y a despertar a mi hijita para llevarla al colegio. Mi móvil vuelve a sonar: pip-pip, pip-pip. "Tiene tres llamadas perdidas". ¡Qué estrés de buena mañana!. Las llamadas son de Emilio. Así que ya me preocupo. A lo mejor no puede ir a trabajar, o se está medio muriendo en un accidente de tráfico, o le han secuestrado. Coño, mejor llamo.

- ¿Emilio? ¿Pasa algo?
- No. ¿Qué haces?
- Pues estaba a punto de alcanzar la cima del Himalaya, ¿por?
- ¡Jajajajajajaja! Eres la hostia, me encantas.. . bufff, me encantas.
- Oye, ¿cachondeíto a estas horas? ¿no teníamos huesos que soldar hoy?
- ¡Jajajajajaja! Es que acabo de llegar de marcha. ¡qué nochecita más genial! Vente a casa, anda.
- Sí, voy corriendo. Espera que dejo a mi hija en mitad de la calle haciendo auto-stop y corro a tus brazos.
- ¡Ah! ¿Tienes que llevar a la niña al cole?
- No. Ella es autodidacta. Aprende a restar mirando el telediario.
- Pues déjala en el cole y luego te vienes... anda, Amanda... que tengo ganas de comerte el coñito.
- Jóder, Emilio, ante una propuesta así, ¿quién va a pensar en los doce pacientes que tienen cita hoy conmigo para tratar de encontrar una salida a su idea recurrente de tirarse de un puente? Ya lo veo en los periódicos: "suicidio masivo: su terapeuta, mientras, dejándose comer el coñito".
- No te lo tomes así, mujer. Trabajas demasiado. Anda, vente. Lo pasaremos bien.
- Emilio: ¡que te folle un pez!

Y cuelgo. A los dos minutos, vuelve a llamar.
- Ey, perdona, es que estoy un poco taja. ¿Me llamas tú el martes y salimos a cenar?
- Llama a mi secretaria y que te busque un hueco en mi agenda.
- ¡Mala leche tienes, rica!
- Pues eso.

Cuelgo de nuevo. Lili ya se ha despertado con la conversación. Y mientras la llevo al colegio, me da por pensar: ¿esto es lo que me espera cuando no estoy con Luís? ¿Un capullo integral tipo Emilio que regresa de marcha cachondo y desesperado por no haber pillado nada? ¿Y recurre a mi número de móvil pensándose que iré corriendo a amorrarme a su polla porque no tengo nada más importante en mi vida que la polla de Emilio?

Eché de menos esa mañana a Luís. Sus palabras siempre comedidas y siempre respetuosas. Su caballerosidad y delicadeza frente a mis sentimientos y a mis sensaciones. Su desmedida necesidad de demostrarme, día a día, que me ama por lo que soy, no por lo que le doy. Su polla: eché de menos su polla que es mi amiga. Su cuerpo, que es mi cómplice. Su amor, que es mi motor. Su voz, que es mi descanso.

No hay nada más desalentador que echar de menos a Luís porque lo único que suena en tu teléfono es un traumatólogo a las siete y cuarto de la mañana desesperado por echar un polvo.
 
22. PARÉNTESIS

A las ocho de la tarde, José Antonio me pide que me quede para hacer una primera visita a una paciente que derivan desde urgencias. Tiene su agenda repleta, a Mónica y a Teresa nunca les confiaría una primera visita de urgencias, Jorge está visitando y Carlos y Yolanda están haciendo la ronda en la Unidad de Crónicos.

Vaaaaleeeeee. Me has convencido. Me las ingenio en dos minutos para que mi padre recoja a Lili y se quede a dormir con ellos, y me paso hora y media con la paciente en cuestión, cuyo trastorno no viene a cuento ahora mismo.

Saliendo a las diez menos cuarto de la noche, y casi catárquica, José Antonio me alcanza en el parking y me pregunta si me uno a él, Jorge, Yolanda y Mónica para cenar y tomar una copa.

Vaaaaaleeeee. Me has vuelto a convencer. Cenamos en un restaurante casi vacío, nos alcoholizamos en dos horas a base de Protos, chupitos y cubatas y cuando Mónica y Yolanda están derrapando contando chistes malos que, curiosamente, nos hacen partirnos de risa, decidimos acercarnos hasta la discoteca que está a cincuenta metros.

Allí, José Antonio se marca un punto y nos invita a un par de cubatas más a cada uno. Cuando estoy a punto de confundir la "ese" con la "zeta" y la "o" con la "ouuuu" se me acerca un tío de metro ochenta y cinco, moreno, un poco ancho de cuerpo (que no gordo), vestido con vaqueros y camisa gris. Me agarra de la mano y se pega un bailoteo con lo que queda de mí, ante la atenta mirada de mis compis, muertos de la risa.

- ¡Gracias, maaaajete! -le digo-
- Gracias a ti: he quedado como un fenómeno delante de mis amigos.

Me giro. Veo a cuatro jovencitos con los ojos clavados en nosotros dándose codazos los unos a los otros y sonriendo picaronamente.

- ¿Esos son tus amigos? ¿Estáis en la fiesta de fin de curso de la ESO?
- ¡Jajajajaja! ¡Qué cachonda! Son mis compañeros de facu.
- Uy, ¡qué mayor! ¿Ya estás en la facu?
- ¿Tú todavía no?
- No. Aun no me han aprobado la sele.
- ¡Qué putada! ¿Y a qué te has apuntado?
- Oye, cachondo... ¿no te has dado cuenta de que mis compañeros de allí al lado ya pintan canas?
- Yo qué sé... soy muy malo para las edades. Además, he pasado una hora entera deslumbrado por tu sonrisa. No me he fijado en nada más. Bueno, en tus ojos.
- ¡Olé! Los Bollycaos de esta generación sois mucho mejores que los de la mía.

Se ríe. Me gusta su sonrisa. Veo a José Antonio haciéndome gestos ("¿Todo bien?"). Todo bien, Jefe, no te preocupes.

Bollycao se presenta, se llama Dani, estudiante de quinto de Ingeniería Industrial, 30 años. Leches, te costó la carrerita, eh, guapito. No, es que primero hice la técnica en mecánica, trabajé un par de años y luego me dio por volver a estudiar, para sacarme la de Organización. Pero... ¿lo haces a la vez que trabajas? Sí, claro, trabajo en una farmacéutica, en mantenimiento. ¿Y qué mantienes, si se puede saber? De momento mantengo el buen humor, sobre todo después de conocerte.

¡Jodido! Eso es justo lo que necesitaba escuchar hoy. Anda, me voy a dejar, venga, no te cortes, sigue mintiéndome y conquistándome así. Me encanta como me tocas el pelo y coqueteas con tus ojos. Tienes unos ojos negros increíbles. Sigue contándome eso de tu trabajo. Me gusta escucharte hablar de las máquinas. ¿En serio se hacen así las capsulitas? ¿y tienes que entrar vestido de blanco en producción?

Jorge y Mónica salen de la discoteca medio borrachos agarrados el uno en el otro. Yo creo que estos dos se gustan, pero los dos están casados. Sí, ya, como si eso quisiera decir algo. Ni me saludan al pasar frente a Dani y a mí. Dani está a punto de besarme. Me apetece un buen morreo con sabor a máquinas y a fábricas. Mmmmmm. ¡Qué rico besas, Bollycao! Esto no puede acabarse aquí. No, querido, besas demasiado bien. Y tu cuerpo grandote me envuelve entera, y sigues hablándome tras cada beso: "me gustas, me gustas desde que te ví entrar en la discoteca con todo aquel grupo".

Nos echan de la discoteca a las seis menos diez. Dani me toma la mano:

- ¿Quieres...? Bueno, no sé. Ya sabes. Eso. En fin, no quería parecer demasiado atrevido. Me he pasado. Vale. Lo entiendo. Si es que soy un bestia...
- ¡Sí, quiero!
- ¿Sí?
- Pero sí, ¡sí! Anda... vamos a tomar un taxi.
- Hoy es mi día, coño, hoy es mi día. Ahora no me acuerdo de si tomé donuts o no, pero hoy es mi día redondo.

Me hace reír. No me suelta la mano ni un solo instante. Subimos al taxi y nos seguimos besando. El taxista nos mira por el retrovisor.

- ¿Le ponemos más cachondo? -le pregunto al oído-
- ¿Cómo?

Le meto la mano disimuladamente por el vaquero. Toco algo grande entre el pantalón y los calzoncillos. Me lanzo. Lo tiene enorme. Subo y bajo lentamente, mientras me pongo a hablar del tiempo:

- ¿Y crees que lloverá este fin de semana?
- Sí, no. Sí. Digo no. Joder, joder.
- Pues yo creo que no lloverá, el cielo está bastante abierto.

Y sigo arriba y abajo, y él se pone a gemir a mi oído mientras yo sigo hablando del tiempo.

- Es que cuando está tan abierto no suele llover. Y eso que lo necesitamos.
- Para, -susurra-, vas a conseguir que me corra.
- Ya, pero es necesario para llenar los embalses, no podemos seguir al 30% de su capacidad.
- Me voy a correr, Amanda, joder, joder, joderrrrrrrr.

Limpio los restos de mi descaro en su calzoncillo. Y sigo hablando del tiempo. Me besa apasionadamente. El del taxi sigue impasible su ruta. Nos deja en mi casa. Tardamos dos segundos en despelotarnos y lamernos hasta la punta de los pies. Me folla con ansia y tiene la delicadeza de esperar a que yo me corra antes de volver a hacerlo él. Nos fumamos un piti. Hablamos de las veces que hemos hecho algo así, follar con un desconocido. Él dice que una vez. Yo no contesto, por si acaso.

Volvemos a follar tras muchos besos y muchos "me encantas, eres preciosa, eres preciosa y eres sexy". A las ocho y media, nos quedamos dormidos abrazados, con la luz entrando por la ventana.

A las nueve y media suena mi despertador. Estoy hecha polvo. Me levanto para llamar al hospital: "sí, llegaré tarde. ¿Cuándo la primera? Vale, estaré allí a las once. Sí, díselo a José Antonio". Beso la espalda de mi compañero efímero.

- Me tengo que ir a trabajar.
- ¿Qué hora es?
- Las nueve y media.
- Coño, hostia puta, mierrrrrdaaaa.

Salta disparado de mi cama y se enfunda los vaqueros sin pasar siquiera por el lavabo. Me besa y sale hacia la puerta. Se detiene medio segundo:

- Oye... te llamaré, vale? Me gustaría volver a verte.
- Vale. Cuídate.

Cierra la puerta. Ya en la ducha, medio dormida y completamente resacosa me sonrío. No ha estado nada mal. Pero no me sonrío por eso. Lo hago porque ni él ni yo nos intercambiamos los teléfonos.
 
23. LA PRIMERA VEZ QUE FUI LA AMANTE

La primera vez que fui La Amante, tenía 30 años. El casado se llamaba (llama aun) Toni. Tenía 40 años. Y desde luego no tenía ni un ápice de glamour. Toni era un cuarentón desfasado, pasado de moda, de los ochenta, no sé, algo así como un casado que no debería andar buscando amantes. Trabajaba en mi hospital (también soy reincidente en el tema de liarme con hombres que me cruzo por los pasillos de mi trabajo), en administración. Dónde yo llevaba bata blanca, Toni llevaba bata marronácea que creaba una barrera infinita entre él y yo. Pero no hablo de una barrera profesional, sino pasional. Los "bata-blanca" solemos ir a trabajar dando las gracias a la providencia por habernos colocado allí justo dónde soñábamos estar. Los "bata-marrones" maldicen el día en que les comentaron que archivar expedientes de pacientes era un trabajo cojonudo.

Y Toni llegaba todos los días a trabajar con media mueca amargada, lo que, añadido a su ya de por sí insignificante sentido del humor, pasión por la vida, ambición por respirar cada día, y una mujer afanada en preparar la receta ganadora del mes en el "Diez Minutos" le daban cierto aire repelente.

Por eso nunca me fijé en él. O más bien, me fijé por la poca gracia que me hacía encontrarme con sus miradas indiscretas hacia mi minifalda.

Pero me acosté con él en la cena de Navidad de la empresa. Es decir: él se acostó conmigo, porque yo iba tan descompuesta neuronalmente, que no recuerdo especialmente haber hecho algo significativo con su insignificante miembro y sus besos que denotaban muchas necesidades.

De regreso al hospital, tras aquella noche a la que siguieron tres días y sus correspondientes lunas arrepentida por tal ida de la olla, me encontré con una nota de Toni en mi despacho:

"Te espero a la hora del desayuno".

Por educación y casi por inercia, acudí al desayuno. Empecé con el clásico "lo que pasó ha sido un error" pero Toni dió hábilmente la vuelta a la tortilla y me contó veinte penurias, treinta desencantos y unos doscientos desengaños. A esta daga directa a mi empatía y compasión, le siguieron notitas, llamadas internas, libros de poesía en mi mesa, cd's flamencos muy sentíos y cierto romanticismo adornado incluso con flores y plantitas.

Así que me dejé querer. El chico era feíto, soso, insulso, besaba fatal y torpe amante, pero era buena persona. Y estaba ilusionado conmigo. Y me ilusionó. Le creí tan enamorado de mí, que dejé de lado el detalle de su matrimonio. Me repetía sin cesar lo infeliz que era con ella y lo feliz que yo le estaba haciendo. Mentía descaradamente a su mujer inventándose formaciones de fin de semana en que me llevaba a comprar libros, a museos, a teatros, a hotelitos bucólicos en el campo, en la montaña o en la playa, tratándome como una reina y mirándome a los ojos para clavarme unos "te quiero" que me hacían sentir de puta madre.

En el hospital, todo el mundo se enteró de lo nuestro. No fuimos precisamente discretos. Además, a Toni se le empezó a adivinar una sonrisa, se puso a régimen, se compró camisas caras y se atiborró a perfume de marca. Todos sospecharon que tenía una amante, y no era difícil saber que era yo: me esperaba a la salida de mi trabajo, llegábamos juntos por las mañanas o desayunábamos todos los días entre risas y caricias robadas bajo la mesa.

A los seis meses de chorradas similares, empezaron ciertas discusiones (o discrepancias). No quería que saliera sola del trabajo, no le gustaba como me reían con Jorge, no le parecía bien que llevara las mismas minifaldas que antes le ponían a mil y empezó a exigir una serie de cosas indignas de un casado, de un caballero y hasta de un hombre.

Como yo no me callo ni una sola, me revolvía ante sus indecentes peticiones y aquello empezó a parecerse a un matrimonio mal avenido (que para matrimonios ya tenía el suyo).

Así que en una de las fuertes, le dije que no estaba enamorada (nunca le dije que sí lo estaba) y que no quería seguir con aquello.

La separación fue complicada. Toni seguía dejándome notitas como si tal cosa, enviando mensajes a mi móvil o yendo a desayunar para coincidir conmigo.

A los seis meses, conocí a Armando, mi segundo amante, un tipo de lo más curioso, pero arrebatadoramente sexy, del que no me enamoré tampoco, pero con el que mantuve una relación de amantes mucho más a la usanza: polvo a mediodía en hotel clandestino, cena erótica en restaurante escondido, escapadas nocturnas para follar en menos de media hora. Armando duró un suspiro, apenas dos meses, pero fue mucho más divertido que seguir aguantando, un año más tarde, las inquisidoras miradas de Toni en el Hospital.

De quién sí me enamoré fue de Edu, cuando le conocí siendo mi paciente, en la época en que Edu vivía a caballo entre mi ciudad y Sevilla, permitiendo una relación casi de "dos vidas, dos ciudades, dos mujeres" que me atrapó. Ocho meses.

Luís apareció un mes después de un sms de Edu que me partió el alma en dos, pero no la destrozó. Luís supo recomponerla para atraparme, mimarme, quererme y emocionarme desde hace tres años y medio.

Cuando estando en Sevilla no hace mucho volví a ver a Edu, y miré a sus ojos y seguí viendo a ese hombre diagnosticado y medicado, absurdo e inconexo, inocente y tierno a partes iguales, descarado y sensual, brutalmente sexy, arrolladoramente seductor, en sus vaqueros y en sus miserias de las que aun se ríe, y de las que aun me sabe hacer reír, pensé cuanto en mí hay de Toni, de Armando, de Edu.

Y me di cuenta de algo: no hay nada en mí de ellos, si acaso aspiro aun el perfume de Edu, leo aun las poesías que Toni me escribía, siento aun el sexo poderoso y morboso de Armando. Pero hay algo de mí en todos ellos, único y fabuloso: sé, hoy por hoy, que yo he sido la única amante que pasó por sus vidas.

Y no digo que soy la única aventura extramatrimonial que hayan tenido. ¡Qué va! Yo nunca sería el primer pecado, me cuidé muy mucho de ser, al menos, el segundo y desde luego, nunca el último. Pero fui la única de la que, ellos sí, se enamoraron.

Toni dejó el hospital y se fue con su mueca a otra parte. Armando se largó a otro país a acabar un proyecto en una fábrica. Edu me dejó entre llantos temeroso, como dijo, de que yo llegara realmente hasta él. Pero Toni sigue escribiendo a veces, Armando llama una o dos veces al año, Edu aun me busca, a veces. Porque yo soy, sí, lo he dicho siempre, yo soy La Amante.

La Amante, sí, pero la Amanda de Luís.
 
24. MINI CONVERSACIONES

Hay algo a lo que te tienes que acostumbrar si eres La Amante.

En realidad hay muchas cosas, pero esta es una de ellas: te has de acostumbrar a las mini-conversaciones.

Se acabó eso de tomar el teléfono y decir:

- ¡Hola amor mío de mi vida! ¡Tenía tantas ganas de oírte! ¡He estado pensando en ti todo el día y estaba deseando que tuvieras un momentito para llamarme! Claro que también estaba pensando en llamarte yo en cuanto tuviera un momentito, porque resulta que José Antonio, ya sabes, mi jefe, que es muy buen tío pero también tiene mucha mala leche, ya sabes, te lo conté el día en que estuvimos cenando en aquel restaurante en que nos sirvieron el vino picado y tú pediste otra botella y el camarero que se parecía a tu primo que me contaste que tenía también una amante...


¡Para, Amanda, coño, para!

Si Luís te llama es porque ha encontrado medio minuto entre la reunión del Comité y la reunión de la Asociación de Padres de Alumnos y lo más probable es que esté en la calle oculto tras una farola porque la mitad de los Padres de los Otros Alumnos están pasando por su lado y se están preguntando qué cojones hace el Padre del Alumno que va a la clase de su hijo detrás de una farola con el móvil pegado a la oreja.

Así que la conversación suele ser:

- ¡Hola!
- ¡Mi amor!
- Te quiero.
- Yo más.
- Yo más tonta.
- No tonto, yo más.
- Bueno, me voy.
- Venga... un beso.
- Te quiero.
- Y yo.

Clonk.

Estoy casi convencida de que uno de los “porqué” de tres años y medio de relación son estas mini-conversaciones: no dan posibilidad alguna a conocerse más allá de la emoción que nos une.

Paso el 90% de mi trabajo en una abrumadora conversación unilateral.

Paciente: - Y entonces mi mujer no entendía que yo hubiera hecho aquello, pero yo mismo no lo estaba entendiendo, así que traté de decirle que yo tampoco sabía por qué lo había hecho, pero ella no paraba de preguntarme ¿por qué, por qué? Y yo sin saber qué contestarle mientras me estaban entrando ganas de correr al lavabo a hacer un pís y ¡claro! Ella lo hubiera interpretado como que yo huía y no era cierto, porque el pís me estaba entrando por la angustia de no saber contestarle a ese por qué. (retazo real de una conversación en el marco de mi consulta)
Yo: - Aha.

Pero también he aprendido que en pocas palabras puede decirse mucho más que en largos monólogos aderezados de experiencias y pensamientos, así que, aunque a veces tengo ganas de taladrar a Luís a frases interminables, me gusta el hilo de esas ínfimas comunicaciones.

- ¿Cómo estás, mi vida?
- Deseando verte.
- Es justo lo que deseba escuchar hoy.
- Es justo lo que necesitaba decir hoy.


Después, cuando nos vemos, cuando los dos le robamos el tiempo a su vida y a la mía, para convertirla en “nuestra” vida, para entrar en el mundo de las emociones, para despojarnos de la corbata, de la bata blanca, para desnudarnos y vestirnos de nuevo con su piel y con la mía, se apodera de nosotros una verborrea ansiosa, como si deseáramos añadirle un millón de frases a lo que dicen las miradas, los gestos, las caricias que son siempre distintas.

Pasamos horas y horas hablando de banalidades y vulgaridades y nos parecen horas fascinantes, porque son las horas de las que no disponemos en la distancia que no es sólo física, sino que esa distancia en dónde Luís es marido y padre, y yo soy profesional y madre.

En la despedida, la mini-conversación se apodera de nuevo de los Amantes.

- Cuídate, por favor.
- Lo haré.
- Pensaré en ti.
- Lo sé.

Y le veo partir, sereno y entero, como a mí me gusta creer que es Luís, el hombre que abandona su instante de felicidad para unirse a su instante de responsabilidad. Y a veces se gira, muy pocas, a veces da la vuelta y me mira desde lo lejos, y sonríe para provocar mi sonrisa.

Y en ese momento, sobran todas las palabras.
 
25. CONVERSACIONES QUE NO FUERON MÍAS

Me sorprendió esta conversación, quizás porque Luís no la tuvo conmigo.

Hace no tanto, una mujer despertó su interés. El interés no es propiedad de nadie. Y es propiedad de todos. Si alguna mujer pudo atrapar a Luís fuera de mis deseos, no seré yo quien la censure, ni a ella, ni a él. No pregunté cómo era, ni porqué. Me limité a escuchar lo que él eligió contarme de esa mujer.

Durante algunas noches, se dedicaron a jugar al fabuloso juego de la seducción. Ese, en que todos lucimos nuestros mejores momentos, escogemos las más intensas palabras, rebuscamos nuestros mejores talentos... ese, en que el juego es diversión, y la diversión, un juego.

Y ella enganchó. No me extraña. ¿Por qué habría de extrañarme? Luís me enganchó a mí en el mismo juego y sigo disfrutando del premio.
Porque Luís, ya lo he contado, y si no, lo cuento de nuevo: tiene el fabuloso don de la comunicación. Así que messenger (para mí ya hace un tiempo que Dios es Bill Gates), propició que mi amor y su nueva conquista intercambiaran horas de conversaciones pícaras, alegres, desprovistas de inquisición, amigables con intenciones, en búsqueda directa hacia la cita que pudieron tener.

Y llegó el momento: ella pide audiencia.

Luís piensa... ¿por qué no? Porque su amante, a la que quiere y adora, sabe que no quiere que lo haga. Y así se lo cuenta y así me contó a mí esa conversación en que él renunció a una cita con probable final pasado por semen.

- Creo que no vamos a tener esa cita.
- ¿Porque estás casado?
- No, no. No es eso. Si considerase mi matrimonio un impedimento a tener una cita, no andaría pasando mis noches entre las redes, tratando de atrapar y de dejarme atrapar en ellas.
- Entonces... ¿no te gusto? Creí que habías dicho que te gustaba mi manera de ser y mis fotos te habían resultado atractivas.
- Eres una mujer inteligente y bellísima. Nada tiene que ver contigo. Es más, creo que debo de ser idiota por perderme la oportunidad de conocerte en persona.
- Bueno, pues tú dirás...
- Verás, no es mi mujer la que me impide quedar con alguien, al menos no moralmente. Es mi amante.
- ¿Tienes una amante?
- Sí, desde tiempo.
- Ya veo... ¿celosa, verdad?
- No, es deliciosa en todo. La quiero con locura. Me lo da todo. Y pide tan poco a cambio, que la mayoría de las veces me siento culpable por no corresponder como ella merece a su entrega.
- ¿Estás enamorado?
- Completamente. Es mi soplo de aire fresco, mi pasión, mi escapada de vida. Como ese paraíso al que ir a descansar, a divertirse, a vibrar. No puedo ni quiero arriesgar mi relación con ella, ni siquiera por una mujer como tú.
- Lo entiendo y te envidio, sabes?
- Por qué? No suelo provocar envidias de ningún tipo.
- Ah, sí, provocas muchas, porque tú lo tienes todo.
- ¿Todo?
- No lo ves? Tienes tu matrimonio convencional y socialmente aceptado. Tus hijos a los que adoras. Y la tienes a ella, tu amor, tu pasión
- Visto así, tienes toda la razón... sería injusto renegar de algo.


“Sería injusto”. Eso sí me lo dijo a mí. Y luego añadió: “tengo que disfrutar de la hermosa suerte de tenerte mucho más de lo que he disfrutado hasta ahora”. Y no sé si quedó con ella, se la folló o no lo hizo, no me importó en absoluto. Porque si se la hubiera follado me hubiera parecido hasta bien. Porque esa mujer, en esa conversación, entendió a mi amor como pocas personas pueden hacerlo. Y tras contarme algo tan bello, nos fuimos a follar. Sí. Él y yo. Sin renegar de nada.
 
26. A SOLAS CON MARÍA

Al psiquiatra coordinador de mi Unidad, José Antonio, se le ocurrió, hace más o menos cinco años, preparar un póster (que en la jerga de los Congresos de Psiquiatría y Psicología y de otros tantos es presentar un artículo de investigación en un papel de dos por dos) acerca de las morbilidad del paciente con acciones auto líticas reincidentes. En cristiano: tratar de correlacionar a aquellos pacientes que habían intentado suicidarse más de una vez con enfermedades mentales más allá de la evidente depresión mayor.

Me apunté a la investigación. Durante tres meses revisamos todos los expedientes de los pacientes de la Unidad que habían intentado acabar con su vida más de una vez buscando diagnósticos clínicos coincidentes. Para afinar el estudio, José Antonio me pidió que entrevistara a algunos de ellos, les administrara diversos tests clínicos y sacara conclusiones.

Y así conocí a María. Tenía 48 años y era una mujer delgada, con el cabello oscuro, algunas canas mal teñidas, ojos grandes azules, arrugas interesantes en la comisura de sus labios, con cierta elegancia y un halo de indiferencia que, en la primera entrevista con ella, me pareció insultante.

María era Directora Jurídica en una empresa relativamente conocida. Estaba separada, aunque pernoctaba junto a su ex marido dos o tres noches por semana, del que no se había "desenganchado" del todo. Dos hijos, los dos adolescentes. Buenos chicos, buenos estudiantes. Los únicos problemas que le provocaban eran ciertos desacuerdos respectos a las horas de llegada el fin de semana. Vivía cómodamente, en un piso del centro de la ciudad. Tenía un discurso inteligente, organizado y sereno. Durante un par de semanas, me reuní con ella con el fin de afinar ese diagnóstico poco claro que en terapias anteriores había oscilado entre la Distima, la Depresión Mayor, el Trastorno Adaptativo con ánimo deprimido, el Trastorno esquizo-afectivo, Bipolar, Trastorno de Personalidad no especificado y un largo etcétera.

Lo único cierto es que María había intentado suicidarse en dos ocasiones, con apenas seis meses de diferencia, en ambas veces sorprendida por una vecina con la que tenía bastante relación. Salvada, sanada, readaptada, María volvía a intentarlo.

Iba perdida en cuanto al diagnóstico. No me extenderé demasiado al respecto, pero no encajaba en ninguna "categoría" aunque su tristeza era evidente. La última vez que la ví, María me dijo que antes o después encontraría la manera de matarse sin ser salvada a tiempo. El método era claro: lo haría como las otras veces, tomando pastillas y mezclándolas con alcohol. Y no se me ocurrió nada mejor que hacer que preguntar: "¿Por qué, María, por qué?" Y no contestó "Porque mi vida no vale la pena" o "porque soy una inútil" o "porque no merezco vivir" o "porque estoy cansada". No. No dijo nada de eso. Me miró impasible, fría, segura y firme y dijo: "porque no me soporto".

No he visto ni espero ver nunca a nadie, paciente o no paciente, amigo o desconocido, estar tan seguro de algo como lo estuvo María en esa sentencia. Me pregunté esa noche si se podía llegar al punto en que tienes la certeza absoluta de que no te soportas. De todo lo que hagas, digas, sientas, veas, observes, saborees, pienses, opines, creas o imagines, sea tan horrible, tan insoportable, como para llegar a detestarte tanto que tu vida sea una tortura dentro de ti mismo. Y no puedas huir de ninguna manera.

A veces nos odiamos a nosotros mismos. Sentimos vergüenza por algo que hicimos, o dijimos. Nos arrepentimos de nuestra actitud o de lo que hemos llegado a pensar. Nos sentimos feos y sucios y deseamos ser otra persona. Pero eso ocurre sólo a veces. Como a veces me ocurre pensar que lo que dijo mi mejor amiga fue terrible, o lo que hizo mi padre fue inaceptable. Pero quiero a mi mejor amiga, y quiero a mi padre. Y me quiero a mí misma, haga lo que haga, con mis ratitos en que me siento estúpida, y mis ratitos en que me siento una perfecta gilipollas.

Pero María vivía con eso todos sus días hasta que, una tarde, muy poco tiempo después de aquella última charla, ella encontró la manera de separarse, para siempre de la persona que tanto odiaba. Y fue con pastillas y fue con alcohol. Y ese día lloré mientras José Antonio me decía: "hay cosas que la psiquiatría nunca entenderá. Pero tampoco las entenderá el ser humano".

Luís me preguntó ayer: "¿Cómo puedes amar tanto una profesión en la que lo que está en juego es la decisión de una persona por elegir entre seguir viviendo o pegarse un tiro en la boca?"

Quizás porque la segunda vez que lloré en brazos de José Antonio fue el día en que uno de esos pacientes de la Investigación que seguí entrevistando con entereza y tristeza, apareció por la puerta de mi consulta con una brillante sonrisa, impecablemente vestido en un traje gris barato, con su cabello engominado estilo años setenta y me dijo:

- Señorita Amanda... hoy me voy a bailar, ¡como usted me dijo!
 
27. QUÉ LÁSTIMA
Sábado de boda. Me colocan en una mesa rodeada de parejas. Sin solteros a la vista. A falta de pan, buenas son tortas: me agencio en plan egoísta la botella de Protos Reserva.

- Uy... ¿no me dirás que quieres un poco? Si está de malo...
- No, no, es igual -me dice una pija muy pija que me han colocado en la silla de al lado (me apuesto mentalmente dos copas más a que se llama Pitita).
- Y ¿cómo te llamas?
- Paqui.

¡Coño! Me beberé tres copas más, por juzgar antes de tiempo. El marido de Paqui se sirve un copazo a punto de manchar la mantelería fina de lino blanco.

- ¿Me pones un poquito, cielo? -dice Paqui-toda-melosa
- No, no, que a ti te sienta mal el vino.
- Toma, hija, compartamos el mío.

Le sirvo otra copa digna de un alcohólico cualquiera. Paqui sonríe. El camarero pregunta cómo querremos el filete:

- Muy hecho -dice Paqui.
- Anda, no digas tonterías -interrumpe el marido- ¡El filete se come "vuelta y vuelta"... "saignant", que dicen en Pagíii! Si es que no te enteras.

Me cae bien Paqui. Aunque sólo sea por compensar el odio que estoy empezando a cultivar por el maridito-Pagíiii de los cojones.

- ¿Y vienes sola? me pregunta ella, súuuper indiscreta, como corresponde a las pijas en un boda.
- Sí, estoy divorciada.
- Uy, lo siento.
- Yo no. -contesto
- Debe ser dura la soledad - se inmiscuye el marido. ¡Qué triste llegar a casa y estar solo! ¡Paqui, coño, hija, qué te has manchado! ¡Cago-en-la!
- No te preocupes, cielo, esto se va con agua... Oye, Amanda, ¿y hace mucho que te divorciaste?
- No me acuerdo -digo mientras me sirvo la última copa de Protos. Paqui, tía... ¿le pillamos la botella a tu marido?
- ¿Qué dices? Se cogerá un rebote.
- Pues nos vamos a la cocina y nos cepillamos al camarero rubio a cambio de dos Protos Reserva.
- Uy... qué cosas dices. Cielo... ¿me das un pitillo?
- Aquí no se puede fumar, ¿no te has enterao aun de la entrada de la Ley antitabaco?
- Toma, fuma -le digo mientras me enciendo un cigarrillo.

Al segundo y medio de la conversación que empieza a aburrirme (¿y tú a quién conoces... al novio o a la novia?) suena mi móvil. Es Emilio.

- ¡Hola guapísima! ¿Qué haces?
- Estoy en un bodorrio manteniendo una conversación esperpéntica.
- ¿Te rescato?
- Te lo imploro.

Emilio aparece cuando ya he abandonado la idea de seguir mirando cómo bailan un pasodoble trece parejas que superan ampliamente los sesenta y unas doscientas más que creen que el pasodoble es un hip-hop moderno. Me apalanco con él en la barra libre (¡bendita barra!) y le presento a Paqui, que está de lo más solita tomándose un cubata.

- Emilio, esta es Paqui.
"pus-pus" (sonido de besitos mejilleros muy pijos)
Aparece el marido desde la otra punta, cuál bestia encelada.

- ¿Y este quién es?
- Soy Emilio, el chico de Amanda

¿El chico? ¿Ha dicho el chico? Me bebo de un sorbo el vodka que me acabo de servir. Todo hay que decirlo: Emilio está que te cagas con su pantalón de pinzas negro y camisa blanca de cuello abotonado estilo Mao.

Paqui y el marido inician una trifulca. Pierdo la noción de lo que dicen sus labios justo cuando los míos se encuentran con los de Emilio. Me pego un lote adolescente mientras suena "carnaval, carnaval" en pleno mes de octubre.

Me río con Emilio. "Me gustas, Amanda. No te imaginas cuánto me gustas"...

- ¿Me sigues besando, a ver si me entero?
- Me voy a poner cachondo en plena boda de la que no conozco a los novios.
- Es igual... yo tampoco.

Me pega otro morreo de escándalo. Por el rabillo del ojo veo a Paqui que se va al lavabo sobresaltada. Yo a lo mío.

A las cinco de la mañana sigo enganchada en un morreo perenne mientras recibo dos mensajes de de Luís: "Estaba pensando en ti, princesita. Te quiero". Nos echan de la boda y me voy a casa con Emilio tan ricamente.

Mientras me subo a su moto, Emilio me toma de las piernas protegiéndome, coloca su casco y me dice: "no te imaginas lo feliz que me estás haciendo hoy". Enciende la moto y volamos por mi ciudad, sintiendo el aire húmedo de la madrugada sobre mi rostro, agarrada al cuerpo escandalosamente americano de Emilio.

Llegamos a su casa y me desnuda lenta, pausadamente, besando cada uno de mis rincones, descubriéndome algunos nuevos, deleitándose en mis sensaciones. Y me hace el amor acariciando mi rostro, enrollándose en mi cabello, llevándome al cielo entre neblinas alcohólicas y luces de amaneceres.

Nos fumamos un cigarrillo a medias. Mi móvil vuelve a sonar. Es un mensaje de Luís. Lo leo en el lavabo: "quisiera estar contigo, despertar a tu lado todos los días, quisiera no haberte conocido nunca, porque ahora que te conozco sé que sólo puedo ser feliz junto a ti". Vuelvo a la cama y Emilio me hace el amor una segunda vez. Me quedo dormida abrazada a su pecho mientras oigo la lluvia que hace las de banda sonora a este maravilloso instante.

Me acuerdo de pronto de cómo me despedí de Paqui, en la boda:

- Bueno, pues encantada.
- Sí, me marcho ya. Mi marido va cocido, así que me toca coger a mí el coche.
- Bah, no te preocupes... mañana resaca y pasado está el chico como nuevo.
- ¿Y tú? ¿Te vas con tu chico a dormir?
- No es mi chico...pero sí, me voy a follar un ratito.
- Jo, hija, qué lástima. ¡Esos rollos horribles de una noche y si te he visto no me acuerdo! Menos mal que yo ya estoy casada y no tengo que pasar por eso...

Y miro a Emilio, y me acuerdo de Luís, y me recreo en sus palabras escritas y pienso, "Qué lástima, ¿verdad?" mientras visualizo a Paqui llevando a rastras a su marido descamisado y con la corbata colgada a modo de diadema sobre la cabeza.

Si esto es lástima, querida... quisiera provocar lástima muchos años más.
 
28. INSATISFACCIÓN

Ayer mantuve una conversación con mi ex novio, Enrique. Había estado echándole de menos algo, y de la misma manera que él tiene la costumbre de llamarme cuando me recuerda, tomé mi móvil y decidí marcar su número.

Tras media hora de conversación banal, me dice que se siente "insatisfecho" en su relación actual. Conozco a su novia: guapísima, discreta, un pelín celosa, joven y entusiasta. No podría desear nadie mejor para mi ex. Así que no entiendo de qué me habla y pregunto: "¿ocurre algo?" y me dice: "No sé... es por el sexo. Es muy fría, casi nunca tiene ganas y yo me paso los días matándome a pajas. Joder, ¡tengo suerte si lo hacemos una vez cada dos semanas! Y no lo entiendo. Le pregunto qué ocurre, si ya no me quiere. Y ella dice que claro que me quiere, que nos vamos a casar y tendremos niños, pero que sus necesidades sexuales son diferentes a las mías".

Pues... ¡qué desperdicio, bonita! Porque no conozco ni conoceré amante más complaciente y exquisito que Enrique. Porque Enrique nunca hacía el amor, hacía arte. Se entregaba en cada acto, buscando con ternura y cariño, el placer y la comunicación de sus sentimientos. Besaba mi cuerpo sin prisas, sonriéndome y acariciando mi cabello, pidiéndome que le dejara disfrutar de mis sensaciones, aprisionándome en fantasías limpias y sensuales, preguntando siempre, imponiendo nunca, dándose y dejándose entre mis brazos.

Y todo lo acompasaba con un sexo fabuloso, con técnicas que no sé de dónde salían, recreándose en mis rincones con tanta pasión, que me provocaba orgasmos que me hacían llorar. Era sensible y sereno, preguntaba sin cesar: "¿qué te apetece, preciosa?" y proponía juegos divertidos con los que nos reíamos como críos, desde comer helado directamente sobre mis pezones, hasta irnos juntos a un sex shop a no comprar nada, tomados de la mano, y partiéndonos de la risa con los cacharritos que habían.

Y era insaciable. Siempre dispuesto. Siempre con una mirada pícara que compartir, sin necesidad de palabras obscenas, ni borderías agresivas. Todo eran caricias y amor, fantasías sensibles... afeitarme enterita con una bossa nova de fondo sin decir nada, sólo mirándome... observarme durante media hora desnuda diciéndome "¡qué bonita eres!"... enseñarme a tocarle como si estuviera en una clase de la facultad, corrigiéndome con delicadeza ("eso es perfecto, preciosa mía... pero si tocas un poquito más arriba me llevarás al cielo")... atarme suave las muñecas a la cama pidiéndome que no diga nada, sólo gima... Y todo finalizaba siempre con un "te amo", abrazado a mí, recordándome lo hermoso que era estar enamorado de mí y lo bellísimo que era hacer el amor conmigo.

Me gusta hacer el amor con Luís, porque hago el amor con la persona de la que estoy enamorada. Pero a veces echo de menos ese sexo tan brutalmente sexy de Enrique.

Y su novia desperdiciando eso... ¿qué coño les pasa a algunas mujeres?
 
29. EMILIO

Hay dos cosas en Emilio que no entiendo.

La primera es por qué eligió, de entre todas las fascinantes especialidades que brinda la carrera de medicina, la de traumatología. Aunque entiendo que las posibilidades de éxito son muy superiores a las que pueda tener, por ejemplo, mi querido jefe José Antonio como psiquiatra, si te dedicas a observar el instrumental que Emilio tiene en quirófano, bien podrías pensar que ejerce de carpintero, yesista o soldador. Sólo imaginarme las burradas que hacen con esos aparatejos en nuestros huesillos, se me revuelven las tripas. Aunque me gusta cuando me dice: “estoy de ti hasta los huesos, guapísima” y yo le pregunto: “¿hasta qué huesos exactamente?” y él contesta: “desde la tibia, pasando por el peroné hasta el metacarpiano, mi linda”.

La segunda cosa que no entiendo, es qué quiere exactamente de mí. Emilio es discreto en sus sentimientos, no ha pasado del “¡cuánto me gustas! Me encantas” y, después de tres meses de pseudo-relación, todavía no nos ha dado por mantener una conversación al respecto.

Yo lo agradezco, porque de la misma manera que no sé qué espera él de mí, tampoco tengo ni idea de qué espero yo de él.

Emilio me gusta a veces. Me gusta cuando suena mi móvil y al otro lado me dice: “¡Hola guapísima! ¿Cómo estás?”. Me gusta cuando pasamos horas conversando y decido tomar su mano y él me dice: “Me encanta cuando tomas mi mano”. Me gusta cuando trata de quedar conmigo y yo le digo que no y él simplemente sonríe y me dice: “otra vez será”. Me gusta porque no me agobia, ni molesta, ni obliga, pero sé que sigue estando allí, sin renunciar y sin forzar.

Me gustan sus vaqueros. Y su cuerpo americanado. Y sus ojos azules. Y su poco pelo rubio. Me gusta cómo besa. Y cómo, a veces, tartamudea de pura timidez. Me gusta cómo se ríe conmigo. Pero no estoy enamorada. Ni siquiera encandilada. Ni siquiera interesada.

Imagino que a él le pasa lo mismo conmigo. A veces se siente solo y recurre a mí. Un soplo de aire fresco. Diversión y buen rollo garantizado. No profundiza nunca y no siempre acaba en sexo. A veces sólo nos besamos y luego se marcha a su casa o yo a la mía y me dice: “ya te llamo la semana que viene” y la semana que viene me llama y me hace ilusión su llamada. Pero no la espero.

Mi amiga Clara dice que soy idiota. Dice que no sólo del amor desmedido vive el hombre. Que el roce hace el cariño. Y que no encontraré mejor candidato para abandonar mi soltería y mi estilo de vida que Emilio. Que tengo que dejar de dirigir todo mi amor hacia un hombre casado. Y empezar a pensar en un futuro.

Que con Luís no tengo futuro.

Pero como me dijeron hace unos días, tampoco tengo final.

Emilio llamó el viernes. Preguntó si quería salir a tomar unas copas con él y un amigo. Le dije que no. Estaba cansada de un día agotador y lo que más me apetecía era estar en casa con mi hija y ver juntas una peli (escogimos una de Pokémon... a las dos nos chifla).

Y me pregunto si Emilio seguirá insistiendo o dejará que alguna de las enfermeras bellísimas de su Unidad entre a matar en su corazón y lo conquiste. O alguna de las doctoras. O todas esas mujeres que piensan que Emilio es un buen partido.

Supongo que ese día le echaré de menos.

Pero no puedo dar pasos hacia dónde no quiero avanzar.

Si acaso, como dijo Clara: “al menos déjate llevar”.

Y me voy dejando, mientras mis pensamientos están hoy en la lluvia de Londres. Porque Luís está en Londres estos días con su mujer, y he pasado muchas horas deseando que lloviera para que se vieran obligados a pasarse los cuatro días encerrados en una habitación con dos chiquillos echándose los trastos a la cabeza.

Y Emilio aquí, y aquí hace sol.

Y yo sin salir pensando en la lluvia.
 
30. ¡TAAAXI!

Zaragoza, unos años antes de conocer a Luís.

José Antonio me cuenta que hay un Congreso al que todos deberíamos acudir. Que él pasa. Jorge dice que él también. Teresa no dice nada pero se marcha de la reunión con la excusa de tener un paciente. Mónica comenta no sentirse preparada. Todas las miradas se clavan en mí. Y yo: “vale, entendido. Iré a Zaragoza”.

El Congreso es mortal de necesidad. A la quinta ponencia decido irme al Hotel. Son las seis de la tarde y hace frío. Salgo con mi maleta super chupi y pido en la recepción del Hospital dónde se organiza el Congreso que me pidan un taxi.

A los cinco minutos el coche 03xxx (“cero tres x x x a central: llegada a destino y a punto de recoger al pasajero”), se planta delante de la puerta y el amable conductor ni se digna a salir a abrirme el maletero.

Mi maleta y yo nos colocamos en el asiento trasero y digo: “al hotel bla bla, por favor”.

El conductor se gira para preguntarme: “¿El bla bla del centro? ¿O el bla bla que está en la estación?”

El conductor se queda boquiabierto al mirarme y yo me olvido repentinamente de a qué coño de Hotel bla bla se supone que tengo que ir.

Tengo delante de mí al conductor de taxi más sexy de toda la Confederación del Taxi y de todas las Confederaciones así en general.

- Pues no sé.
- Pues no importa, guapa. Yo te llevo a los dos y alguno de los dos será.
- Pues vale.
- ¿Algún familiar enfermo?
- No, vengo de un congreso.
- Ah... ¿eres médico?
- No, psicóloga.
- Uy, que seguro me vas a analizar.
- Pues como no analice tu manera de tomar las curvas, no veo muy bien el qué.
- Ah, pues eso lo arreglamos rápido.
- Te vas a poner a jugar a Carlos Sainz?
- No, pero si te dejas, te llevo a conocer Zaragoza por la noche.
- Oye, ¿tú ligas así habitualmente? ¿Haciéndote pasar por taxista?
- ¿Verdad que es original?

Seguimos charla intrascendente del tipo “yo sólo cojo el taxi para hacerle un favor a mi padre, pero en realidad soy Ingeniero en Electrónica Industrial” y del tipo “pues yo sólo voy a Congresos para hacerle un favor a mi jefe, pero en realidad soy adicta a los Ingenieros Electrónicos que llevan taxis para hacer un favor a su padre”.

Me deja en el hotel que al final resulta ser el hotel bla bla de la estación.

Baja la bandera. Me dice que lo de conocer Zaragoza va en serio. Le digo que qué tipo de chica cree que soy. Me dice que una chica guapa que debería conocer Zaragoza. Pues vale.

Entro en el hotel, dejo la maleta en recepción y le digo al recepcionista que no me espere despierto. El recepcionista se parte de la risa y me da una llave con el logotipo del hotel bla bla de la estación. Salgo. El Ingeniero metido a taxista ocasional me está esperando (“coche cero tres x x x a central: fin de servicio”). Dudo en subirme detrás o delante. Abre la puerta de delante desde dentro.
Me da dos besos.

- Me llamo Miguel.
- Y yo Amanda.
- Pues agárrate, Amanda, que nos espera una noche de lo más movidita.

Me lleva a siete bares diferentes con sus respectivos copazos en menos de dos horas. Me embolingo de lo lindo y me acabo morreando con él en la puerta del bar ocho al que no llegamos a entrar.

En el hotel descubro un cuerpo de hombre joven y curtido en gimnasios. Sabe a dulce de menta. Con esa mezcla de frescura y de picante. Follamos tres veces. Una yo encima. La otra yo debajo. La tercera de lado. Nos pimplamos medio mini bar y medio paquete de tabaco entre polvo y polvo. Le pido que me coma el coñito y me dice que mejor se deleita con él. También me lame los pezones, los dedos de los pies, y los labios... juguetea con mi boca y su lengua, lamiéndome los dientes y mordisqueándome. A las cinco de la mañana me pongo a cantar “viva Zaragoza, viva Zaragoza” mientras él me muerde el culito.

A las seis y media despierto al servicio de habitaciones y le pido dos cafés con galletas. El servicio de habitaciones dice que no tiene galletas. Miguel me quita el teléfono y dice que entonces nos traigan un par de cubatas. Recupero el teléfono y pido que cambien las galletas por croassants.

Antes de llegar el servicio de habitaciones a la habitación (de allí su nombre) nos quedamos fritos abrazados él uno en el otro con el cenicero repleto de colillas en la mesita de noche.

A las ocho nos vuelve a despertar el servicio diciendo que eso no se hace.

A las nueve después del café, Miguel dice que se ducha y se va, que tiene que volver al taxi. Yo he de volver al congreso.

Me deja en el hospital, me da un morreo que quita el sentido, me acaricia las tetas y me dice que no me olvidará nunca.

Al día siguiente, medio recuperada, José Antonio se acerca a mi despacho a preguntarme qué tal el Congreso. Le digo que un rollazo. Me dice que si todo ha ido bien, no obstante. Le digo que en Zaragoza tienen un servicio de taxis que es la leche. Me dice que no entiende nada.

Una vez deshecha la maleta, encuentro un papel con el teléfono de Miguel bajo una falda. Había escrito: “llámame cuando vuelvas. Siempre estaré libre para ti.”
 
31. TE NECESITO PORQUE TE AMO, NUNCA AL REVÉS

A diario escucho, en mi consulta o fuera de ella, historias de amantes, de amantes como yo. Amantes hombres y amantes mujeres.

Constato, no sin cierta sorpresa, que ellas son, en su mayoría, profundamente infelices.

Constato, sin sorpresa alguna, que ellos son, en su mayoría, profundamente consecuentes con ese estilo de vida, aunque no exentos de variados sentimientos de culpa.

Ellas infelices, ellos consecuentes.

Algo no cuadra en la ecuación. Al menos no desde mi punto de vista.

El amor duele, pero duele por defecto, no por exceso. Y si duele aun existiendo, yo soy demasiado práctica como para mantenerlo.

Si Luís me hiciera sentir, en algún momento, infeliz, tardaría exactamente dos minutos en enviarle a la porra. Los dos minutos que emplearía en decirle: “no soy feliz siendo tu amante”. Imagino que vendrían algunos “porqué” y algunas explicaciones, pero no creo que disertara al respecto: clara, directa y breve, así soy yo en mis decisiones.

¿Por qué mantener una relación que no nos hace felices?

Me hice esa pregunta unas 1.000 veces antes de pedir la separación en mi matrimonio de siete años. Tenía la causa más hermosa, mi hija. Pero hasta mi hija se iba contagiando de mi infelicidad, de nuestra infelicidad, porque hubo una época en que yo, Amanda, dejó de reír... duró más de un año. Y la causa hermosa dejó de reír también. Y ese día dije “basta”.

Con Luís, el día en que deje de reír ante sus ocurrentes palabras, el día en que despedirme de él en el aeropuerto sea un drama y no una sobredosis de felicidad que me dura hasta el siguiente encuentro, el día en que me torture y sufra y llore por no recibir su llamada en lugar de iluminarse mi vida cuando me sorprende haciéndolo... ese día no habrá causa a la que aferrarse. Ese día será “fin”.

Y es que nunca me paro a pensar en lo que no tengo.

Siempre me detengo y me recreo en lo que tengo.

No necesito a Luís. Amar por necesidad es el punto de partida al amor que duele. Quizás ellas, las otras amantes, no lo entiendan. Pero se puede amar con pureza e intensidad sin necesitar a la otra persona.

Puedo amar así porque mi vida es completa. O porque no temo a la soledad. O porque hace muchos años que el sexo dejó de tener, para mí, la trascendencia que parece aun imperar. Si Luís se acuesta con su mujer, me jode lo justito... poco más.

Luís hace cosas con su mujer que no hace conmigo.

Pero Luís hace cosas conmigo que nunca hará con su mujer.

Y todas esas cosas que compartimos me hacen feliz.

De los hombres tenemos mucho que aprender. A veces los tachamos de simples... ¡qué inmensa tontería! Son pragmáticos y consecuentes, y saben disfrutar mucho más de sus sensaciones, decisiones y fantasías que nosotras, perennes comedoras compulsivas de coco, fijadoras extremas de lo que no se posee, acaparadoras inconsecuentes de otros seres.

Me gusta más amar como un hombre o, más bien, ser la amante como son amantes los hombres. Viviendo ese regalo de relación y ese regalo de hombre que es Luís, con felicidad y amor y pasión y entrega... reservando siempre mi cachito de emoción protegida para quizás, quien sabe, algún día dejar de ser La Amante.

Hay excepciones.

Y hombres que aman mal y mujeres que aman bien.

Yo amo bien, tranquila, serena.

Y la única vez que Luís me hizo infeliz fue cuando insinuó que lo nuestro, quizás, no tenga futuro algo, porque perderme ese maravilloso amor sí era una tragedia para mí.

Y lo era, porque con él soy feliz. No necesito más de lo que me da y si algún día me da más que eso, será una fabulosa sorpresa del tiempo y de la vida que seguiré estrujando, absorbiendo y comiendo, como me como a bocados la vida y me como a bocados su piel.
 
32. ACABANDO CONMIGO
Creo que ayer Luis tomó una sobredosis de Viagra.

(Pido, por tanto, comprensión ante breve tan capítulo.)
 
33. LUÍS SIN MÍ Y YO SIN LUÍS

Luís y yo somos diferentes.

Mucho más allá del simple hecho de que él es un tío y tiene polla y yo una tía y tengo tetas.

Somos diferentes porque él es un hombre comedido pero intenso, y yo soy una mujer intensa pero comedida.

Me gusta cuando aparece su interior apasionado y se encuentra con mi frío interior. Me gusta casi tanto como cuando su comedido exterior se pone a charlar con mi apasionado exterior.

Y en ese desencuentro deseado, suceden sensaciones antagónicas.

Cuando Luís y yo nos separamos tras un encuentro siempre breve y siempre hermoso, cada uno emprende un camino hacia sus emociones tan dispar, que parece viniéramos de lugares distintos.

A Luís se le agrian los ánimos, se le retuercen las injusticias, y se le cabrean hasta los pelos de las cejas.

A mí se me alimentan las pasiones, se me embellecen las miradas y se me coloca una sonrisa perenne de gilipollas enamorada.

Y es que Luís odia nuestras separaciones. Dice que le recuerdan que tiene que volver a esa vida en la que yo no puedo estar. Dice que separarse de mí es como regresar al trabajo un lunes después de quince días en el Caribe con la mesa a rebosar de tareas pendientes y un jefe capullo llamándole "incompetente".

Dice que es volver a una cama que cada vez siente más lejos de él. A un cuerpo al que ya le ha robado todas las complicidades para dármelas a mí. A una rutina que sólo desea volver a romper en un próximo encuentro. Y a Luís le van cambiando los sentimientos a medida que el encuentro se acerca, porque vuelve a la ilusión de tenerme de nuevo entre sus brazos, y se alimenta de la cuenta atrás...

Y no es desgraciado sin mí: ama a su trabajo, ama a su familia, y hasta, extraño en muchos hombres, ama su hogar.

Pero dice que cuando me voy siente que pierde su amor fundamental, el amor de hombre, que no es el amor de profesional, ni de padre, ni de familia.

Pero yo no odio nuestras separaciones. Porque para mí son la vitamina de mis días siguientes. Porque son el momento de tomar nuestros instantes juntos, recordarlos, recrearme en ellos, escribirlos, contarlos, revivirlos, soñarlos. Para mí estar sin Luís es prolongar el encuentro, el amor, la pasión, el sexo. Y vivo de esos olores y esos sabores muchos días después.

Más adelante en el tiempo a mí se me apagan las emociones. Me voy marchitando porque hasta sus besos con el transcurso de los días se me van olvidando con la rutina. Y a veces llego a él cansada y hastiada cuando él llega a mí emotivo e ilusionado.

Creo que Luís y yo somos tan distintos, que en lo único en que nos parecemos es en que a los dos nos dan por saco los preliminares en el sexo y en cuando nos besamos, estamos deseando él meterla bien dentro y yo que me la meta hasta el fondo.
 
34. FRECUENCIAS

Yo, cada vez que estoy con Luis, acabo follando.

Menos una vez en que sólo pudimos vernos media hora en el aeropuerto: pasamos veinte minutos preguntándonos si a los que follan en los lavabos de los aeropuertos se los llevan presos por escándalo público o simplemente les aplauden. Los otros diez minutos nos tomamos un café.

Si nuestras citas suelen ser de una tarde o noche cada tres semanas, la frecuencia de mis relaciones sexuales roza lo paupérrimo. Por mucho que intento subir la media a base de echar un mínimo de tres polvos en cada una de esas citas.

Así a vista de pájaro, diría que mi media se sitúa en una vez por semana: desconsolador.

Si dicen que el sexo es bueno para el corazón, las arterias, la mente, la piel, la autoestima y algunos cientos de efectos secundarios más, a mí llegó a preocuparme alcanzar la vejez antes de tiempo debido a mi escasa producción de endorfinas orgásmicas.

Buenos, maticemos.

El otro día leía a alguien hablar de la egosexualidad (hermosa forma de decir “hacerse pajas”.)

Asumo que todos lo hacemos con más o menos fortuna/placer/frecuencia y que ya no nos aterran los sentimientos de culpa que nos inculcaron a algunos de mi generación (“quita, guarra, eso no se hace”.) Así que, vaaaleeee, no tengo un único orgasmo por semana de media... digamos que a base de practicar sexo con quien más me conoce, la media aumenta un poquitín (no mucho, tampoco soy una adolescente compulsiva.)

Pensando en ello, recuerdo las innumerables veces que Luís y yo nos damos un revolcón vía cam. Es ya casi un hábito vernos todos los viernes por la noche (o los sábados en su defecto) para proferirnos cursiladas románticas y marranadas a partes iguales.

No es lo mismo, pero sirve como apaño.

Y al final, todo este rollo de frecuencias y cifras... ¿para qué?

Ayer hablaba con mi amiga Clara. Según ella su matrimonio está pasando su mejor momento: han recuperado el deseo, la ilusión y ahora follan como veinteañeros.

- ¡Qué suerte! – le digo con total sinceridad - ¡Lo que daría yo por poder follar a diario con alguien a quien amo!
- ¿A diario? ¿Tú estás loca?
- Bueno, quitando el típico día de mal rollo o el de cansancio insoportable...
- Pero... ¿tú de dónde sales, so salida?
- Anda, Clara, hazte la mojigata ahora...
- Mira, cuando estás casado o emparejado ya ni le echas la culpa a la rutina. Simplemente te apetece menos. Lo habitual es una vez al mes... y ahora que estamos de subidón, pues cada quince días.

Pues ahora estoy preocupada pero de diferente forma.
Porque yo estuve casada siete años y éramos de tres o cuatro veces por semana.
¿Va a tener razón mi amiga Clara y soy una salida?
¿O es que las parejas no se han dado cuenta que follar es mucho más divertido que ir al cine, ver la tele o jugar a la Play?
 
35. SEGUNDAS CITAS
Cuando te acuestas con un hombre en la primera noche que le conoces, no tienes ni idea de si existirá o no una segunda cita.

Desde luego si te aferras al "te llamaré", vas vendida. Podrás pasarte unos cuantos días obsesionada con una llamada que quizás no llegue jamás y el resto del tiempo preguntándote qué falló (yo me digo a mí misma que fue mi móvil, y me quedo tan ancha).

A los dos días que conocer/follarme/ilusionarme con Luís, él se fue de viaje a Johanesburgo por quince días. Durante ese tiempo, Luís se convirtió en "un tío interesante que me enrollé el otro día en un hotel y que está casado y que es muy alto."

Como pocos días antes de aquel viaje a Palma en que quiso el destino que nuestras hormonas se plasmaran en unos cuantos orgasmos yo estaba medio - medio con un compañero de Hospital de nombre Román y de impresionante metro ochenta y cinco y ojos azules, Luís era apenas anecdótico.

Román me llevó a cenar al fin de semana siguiente, nos morreamos en la puerta de su casa, nos metimos mano en el descansillo de su casa, nos lamimos el cuerpo en pasillo de su casa y follamos en su casa (en toda ella).

Román me gustaba mucho. Habíamos pasado un par de semanas flirteando en la cafetería del hospital, intercambiando mails internos muy guarros, y contándonos nuestras vidas entre paciente y paciente.

Pero la campanita estaba sonando, y mientras yo me dejaba invitar, piropear y manosear por mi colega, seguía mirando compulsivamente el móvil a la espera de un "Hola princesa. Soy Luís."

Ese estado de media ilusión y manejo esperpéntico de la nueva relación que estaba atrapándome, duró diez días.

Entonces recibí un escueto mail de Luís:

"Princesita...
Te mando un mensaje rápido robándole horas a mi sueño desde Johannesburgo en donde cada sonido, olor y sabor, me recuerda el intenso deseo de volver a verte.
Regreso en dos días y nada me haría más feliz que saber que tú sientes lo mismo y estás esperando, deliciosa, ese regreso tan deseado a tus brazos.
Me estoy enamorando.
Luís."

Pensé...

Estaba iniciando algo con un hombre soltero y real, cercano y auténtico, atractivo e inteligente, que deseaba conocerme y darse a conocer, que comía el coñito como los ángeles, y que podía ser algo en mi vida más allá de un simple lío con un hombre casado.

Había recibido un mail de un hombre que no conocía, que vivía en una ciudad alejada de la mía, casado y dieciséis años mayor que yo, con el que simplemente había pasado una noche casi perfecta pero absolutamente irreal, sin nada que aportarme y desde luego nada más allá de un simple lío con un hombre casado.

Entonces contesté a Luís:

"Yo también me estoy enamorando".

Y envié a la mierda a Román.
 
36. ENCAJE DE BOLILLOS
- Tengo ganas de verte.
- Y yo cariño.
- La semana que viene viajo a Toronto, cinco días, pero regreso el viernes.
- Justo el día que me marcho yo a Londres.
- ¿Y la siguiente? ¿Cómo la tienes?
- Tengo la convención anual del Hospital. Ya sabes, jornadas, debates, reuniones, cenas y mucho café. Pero acabo el jueves.
- Me voy al día siguiente a México. Pero regreso el miércoles.
- El jueves me marcho a París, toca Navidades. Aunque vuelvo el miércoles de la semana siguiente.
- Justo cuando yo marcho al pueblo con mis padres y todo el cargamento familiar.
- Bueno, entonces podemos vernos la primera semana de Enero. Yo estoy en mi ciudad.
- Imposible. Tengo reunión de Comité en Munich. Pero sólo son dos días. Quizás podríamos vernos al final de esa semana.
- Resulta que yo viajo a Palencia al final de esa semana... los Reyes.
- ¿Qué nos queda?
- ¿Vernos a partir del 10 de Enero?
- ¿Tan tarde?
- Es desolador.
- Un coñazo, eso es lo que es.
- Sí, una mierda.
- Un asco.
- Una puta agonía.
- Bueno, ¡basta! Tomemos decisiones radicales.
- ¿Los tránsitos?
- Sí, hace tiempo que no tiramos de ellos. ¿Qué aeropuerto te gusta más? ¿Londres? ¿París? ... ¿Se pasa por Munich para ir a Palencia?
- Jajajaja... te quiero Luís.
- Y yo, princesita.
- Entonces, ¿nos besamos en Londres?
- Sí, Heathrow estará bien. Podemos besarnos en el mirador de los aviones.
- ¿Bajo el ruido de los motores?
- Yo sólo escucharé el ruido de tus caricias, mi vida.

Y así, durante unas tres horas, Luís y yo tejimos esa fina mantelería de encaje que es nuestro amor, para poder cerrar una cita en un aeropuerto, que durará apenas dos horas, horas que nos harán creer, una vez más, que nada, ni siquiera lo nuestro, es imposible.
 
37. AMIGAS

Mis dos grandes amigas de la infancia/adolescencia fueron Katia y Amalia.

Las dos eran rubias, con ojos azules y capaces de encender las hormonas masculinas hasta quemarlas.

Pero Amalia era colombiana, calentita, sexy a rabiar y muy tonta.

Y Katia era alemana, racional, fría como el hielo y muy inteligente.

Entre ellas no se podían ni ver.

Me pasaba gran parte de mis tardes/noches de despiporre adolescente tratando de explicar a Katia que Amalia no era una guarra y a Amalia que Katia no era una anti-social.

Yo era la tímida insegura.

Sí, sí. Insegura y tímida.

Me dejaba llevar por aquellas dos personalidades extraordinarias, que tenían todo el mundo para comerse, toda la vida para beberse y todos los tíos para follarse.

A veces me comportaba más como Amalia, y sacaba cierto lado sexy e ingenuo. Y otras me comportaba como Katia, brillante y distante.

Creo que en aquella época ni siquiera podía decirse de mí que tuviera una personalidad un tanto ubicua: no tenía personalidad alguna.

A los 19 años Katia se fue a Alemania a vivir y Amalia se fue a Bogotá.

Me sentí sola y casi desamparada sin ellas y en parte las odié por dejarme aquí.

No volvimos a vernos jamás.

Empezaron los años de facultad y conocí a gente totalmente diferente, grandes y sólidas amistades que mantengo con cariño, esfuerzo y mucha más cabeza que antes, cuando podía pasar dos horas al teléfono con Amalia justo después de despedirnos tras pasar toda la tarde juntas. O quedarme en casa de Katia a dormir y no dormir nada porque no podíamos dejar de hablar.

El azar quiso que me encontrara a Amalia hace dos meses en una fiesta.

Vivía en casa de su madre, con el amante de ésta (quince años menor), un novio que no decía ni mú y tres criaturitas de nombres archilargos y supercompuestos. Se estaba fumando un canuto de maría, me dijo orgullosa que no había estudiado nada y no había trabajado en su vida y que su padre los mantenía a todos desde que, muchos años atrás, se había largado a Shangaï con una china veinte años menor que él.

Katia regresó a mi ciudad hace dos días, y se las ingenió para conseguir mi teléfono y sorprenderme tras 16 años sin saber de ella.

Había engordado 35 kilos, tenía dos críos con nombres impronunciables, un marido que vendía pisos en una ciudad cuyo nombre sería incapaz de escribir, y tampoco había estudiado ni trabajado jamás. Me contó que había pasado una depresión, padecía crisis de pánico y su marido llegaba tan tarde a casa todos los días que estaba pensando en tirarse al funcionario que vivía al lado.

Cuando ambas me preguntaron “¿Y a ti? ¿Qué tal te ha ido?” quise contarles lo maravilloso de mi trabajo, lo feliz que fui estudiando, lo increíble de tener mi propia casa tal y como yo soñé, mi orgullo de madre por sacar adelante una niña tan linda, mi amor sereno y estable.

Pero dije: “¡Uffff! Yo estoy liada con un hombre casado”.

A las dos se les escapó un suspiro de alivio.

Creo que sintieron la necesidad de saber que seguíamos siendo un trío y, yo también, había fracasado.
 
38. EPÍSTOLAS
Si alguien dijera que los mails, chats o sms que compartimos Luís y yo son el doble de apasionados que mis escritos... se quedaría muy corto.

Y es que en una relación en la que el teléfono no está siempre encendido, y la distancia complica más, si cabe, nuestros encuentros, las palabras lo cimientan todo.

Por eso tengo la bonita costumbre de ser en extremo delicada en la elección de cada una de mis palabras para Luís.

Por poner un ejemplo, yo nunca escribo:

“Hola cariño, te echo de menos. Espero verte pronto. Estaba pensando en ti. Un beso. Amanda”.

Yo escribo:

“Mi amor querido, te estaba pensando y al hacerlo he recordado que lo maravilloso de echarte de menos tanto es saber que pronto estaré entre tus brazos, otra vez, para que tú y yo nos vayamos construyendo... con besos. Te quiero mi vida, eres mi gran amor. Tu Amanda.”

Sí, ya sé... un poco cursi. Luís opina lo mismo. Pero está tan habituado y tan alimentado con mails como este que todas sus inseguridades se despiertan cuando lo escrito roza lo normal:

“Hola. Por aquí todo bien. Un besito.”

Creo que Luís no se sentiría ni la mitad de inseguro respecto a mi amor por él si encontrara unos calzoncillos bajo mi cama, vello púbico moreno en la bañera o un condón usado en el retrete, como recibiendo un mail así.

Y cuando sucede, que son pocas veces, todas a causa del estrés, falta de tiempo o, incluso, falta de inspiración, Luís reacciona en consecuencia y trasluce el hombre rancio que hay en él a base de responder con palabras aun más indiferentes:

“Me alegro. Otro besito para ti.”

Así que, cada vez que le escribo, que es a diario, trato de demostrarle que yo tengo razón y mi amor es infinito y todo lo puede.

Se asienta entre nosotros, desde hace cuatro años, una especie de código en donde hemos de recordarnos a cada palabra que esto es real, intenso e inmenso. El día que las palabras fallan, cualquiera de los dos corre a rebuscar en sus miedos y teme que, dos mails más allá, exista una despedida.

Claro que Luís y yo, entre cursilería romántica y palabrería rosa, le echamos algo de humor al tema añadiendo algo así como “pd.: me estoy imaginando tu polla en mi boca ahora mismo y me acabo de poner muy cachonda, cielito”.

Así como el gran temor de Luís es que yo deje de dar sentido a su vida con palabras, el mío es olvidar, alguna vez, que tengo que recordarle que le amo, especialmente si no hay excusa alguna para ese olvido (ni estrés, ni tiempo, ni falta de inspiración.)
 
39. MIÉNTEME DE VEZ EN CUANDO, ¡POR FAVOR!

Luís regresa de su viaje a Santiago de Chile, y plantándole cara al jet lag me atrapa en conversación “amor-mío-¿qué-has-hecho-sin-mí-estos-días?” y “echarte-de-menos-y-tú-tesoro-¿qué-has-hecho-sin-mí?”. Cuentas de explotación y reuniones de Comité Ejecutivo aparte, Luís reconoce haberse pasado las tres semanas de cena, comida, merienda y desayuno de negocios. Pregunto con sibilino interés si los desayunos tuvieron lugar en la cama, me dice que no, me lo creo, y sigo deshaciéndome en variados “te echo de menos”, “me muero por verte”, y “te quiero más que nunca”.

Pero Luís pincha a su conveniencia, y aunque no suele indagar demasiado en qué hago yo con mi cuerpo cuándo él no está (dice que se siente incómodo mostrando sus celos que son celos de hombre casado infiel, y por tanto, incoherentes), me taladra a ironías:

- Seguro que has tenido algún hueso que soldar, ¿verdad? Y casi adivino a quién elegirías tú para soldarte los huesos y de paso, hacerte un apañico.
- ¿Crees que necesito algún apañico?
- Yo lo que voy a hacer es apañar un encuentro ya, porque me muero de ganas de estar contigo.
- Entonces deja de hablar de huesos y soldadores.
- ¿Te corroe la culpa?
- ¿No será que te corroe a ti porque alguna chilena te hizo caer en la tentación divina?
- Desde que soy un hombre enamorado no hay tentación más divina que caer entre tus pechos, princesa.
- Te quiero.
- Yo más.
- Tonto, yo más.
- No, yo siempre más y más y más.

Y después de casi tres horas de conversación alternando messenger y teléfono, Luís me cuenta los sinsabores de la masculinidad asentada en tarjetas de visitas que incluyen la palabra “Director” y como siempre se acaba organizando una visita a un puti club de cierta categoría (a veces, de no tanta.)

Le pido que me cuente qué ocurrió esta vez.

Me dice que las chilenas de puti club están buenísimas (así como las chilenas en general.)

Que se tomaron dos copas cada uno, que las señoritas se mostraron cariñosas y mimosas muy en particular con el Presidente, que ¡claro! dos o tres de ellas se acercaron a él y le dijeron que “precio especial esta noche” y que el Presidente y dos más desaparecieron y no se supo de ellos hasta el día siguiente, momento en que no se pregunta nunca nada, sólo se asiente.

Y allí sí que me dio el ataque de celos, y eso que estoy más que habituada a sus relatos de clubs nocturnos con el Comité Ejecutivo (siempre he sospechado que si las mujeres no llegamos tan alto en la escala empresarial es porque las actividades lúdicas de estos viajes pasarían a ser visitas a museos y a musicales protagonizados por Lina Morgan... por lo que los hombres hacen lo imposible por evitar tragos tan amargos) y le pregunto así, directamente:

- ¿Y tú? ¿No utilizaste los servicios de ninguna en tres semanas?

Y en ese momento pensé que sí, que seguramente lo hizo: así me han acostumbrado a mí a pensar de los Comités y de los hombres casados de cierta edad. Pero desee que, mentira o verdad, dijera que no.

- ¡Claro que no, mi amor! ¡Yo sólo tengo deseos para ti, cariño!

Me gusta que me mienta de vez en cuando. Porque de ser honesto y sincero y haberme dicho que sí, que se folló a alguna putita en un momento de calentón, yo habría pasado un mal momento (comprensiones, empatías y liberalismos aparte.)

Y con su “no” se me escapó una sonrisa. Especialmente pensando que cuando le vea, ya pronto, su deseo acumulado va a ser todo para mí... y eso me pone tanto como sus protectoras (y a veces necesarias) mentiras.
 
40. ¡VAMOS A DIVERTIRNOS!

Luís tiene la bonita costumbre de reunirse una vez al año con sus compañeros de facultad. Llevan años haciéndolo y en cada una de esas cenas se repiten las mismas situaciones: preguntas del tipo “¿Te has casado?” y “¿Has tenido otro hijo?” han ido evolucionando hacia “¿Aun sigues casado?” y “¿En qué carrera ha entrado el mayor?”. Después de ponerse al día, los cinco machotes cincuentones se van a tomar unas copas e intentan repetir las técnicas de seducción de hace veinticinco años con resultados, parece ser, nefastos.

Se ríen, se emborrachan, hablan de tetas y culos, piropean a las chicas que pasan por delante (“a esta le hacía yo un favor” y “eso sí que son unas buenas delanteras”) y acaban todos durmiendo la mona abrazados a su mujercitas que, generalmente, les sueltan un rapapolvo acerca de la hora de regreso.

Como tocaba reunión y yo estaba aburrida en mi fin de semana, le dije a Luís que iba a verle. Me preguntó que si me había vuelto loca. Le dije que sí. Me dijo que “bueno, vale”. Y reservé un hotel de cuyo nombre y categoría prefiero no acordarme (para alegría de mi cartera que se resintió apenas nada).

A las doce y media de la noche me coloqué (minifalda, botas altas de cuero, top ajustado negro y cara de no haber roto un plato mediante), en la barra del bar al que acudirían los cinco maduritos.

La entrada fue espectacular. Ni uno solo dejó de bloquear miradas en mi escote que era básicamente de lo que se trataba. Luís con media sonrisa pero disimulando fantásticamente, y yo pidiéndome un vodka con naranja y mirando compulsivamente el reloj de mi móvil... momento en que aprovechaba para mandarle un corto mensaje: “¿estoy lo suficientemente atractiva, tesoro?”.

Diez minutos más tarde, estando todos sentados alrededor de una mesa, Luís entra en acción:

- Le voy a entrar a esa chati.
- ¿La rubia?
- Si tú vas, yo también.
- No hay cojones.
- ¡Pero si es una cría! Esa te espanta en cinco segundos.
- ¡Qué dices! Llevo diez minutos observándola y no para de mirar el móvil. A esa la han dejado colgada. Seguro que está deseando que le entre alguien para paliar su despecho.
- Dos segundos. Te dura dos segundos la conversación.

Luís que se levanta en sus vaqueros y camisa blanca y que se acerca. Los otros cuatro mirando medio divertidos, medio curiosos.

- ¿Tienes fuego, nena?
- No seas tonto... para soltarme una frase así, tienes que llevar ya el cigarrillo en la mano.
- Joder, tienes razón. Bueno, tú di que sí, que estos no paran de mirar.
- Ah, no... te lo curras como todos, a ver si piensas que te lo voy a poner tan fácil.
- ¿Estudias o trabajas?
- Teniendo en cuenta mi edad, eso casi lo considero un piropo.
- Entonces... ¿follo esta noche o no?
- Yo diría que sí... pero si quieres quedar como un fenómeno delante de tus amigos, invítame a una copa y hazme reír con alguna chorrada.
- ¿Te cuento un chiste malo de los míos?

Me da un ataque de jaja – jaja. Los amigos cuchilleando. Se levanta uno de ellos y se acerca:

- Oye, tú ni caso a este... que a todas les dice lo mismo.
- Precisamente le estaba contando que tardarías dos minutos en levantarte y decir exactamente eso.
- ¿En serio? - Pregunta el amigo
- En serio – contesto.

Tras las debidas presentaciones (“yo me llamo Luís”, “yo soy Amanda”, “pues yo me llamo Carlos”) nos liamos los tres en una conversación de esas típicas de ligoteo con Carlos atacando a la yugular y Luís soltando ocurrencias. Trato de abstraerme de la situación e imaginar que es real y me reafirmo en que, sin duda, me hubiera enrollado con Luís aunque fuera la primera que nos viéramos.

Los otros tres amigos se unieron a nosotros cerca de las dos de la mañana, uno de ellos para comentar que se tenía que marchar, y los otros dos para preguntarme si tenía alguna amiga. Les explico con cara de penita que me acaba de dejar mi novio colgada y charlamos un rato todos juntos. Me piropean, me dicen que “mi novio” es gilipollas por dejarme colgada, el tal Carlos me rodea con su brazo y me pregunta si quiero acompañarles a otro bar, yo digo que no, Luís dice que él se queda, Carlos dice que entonces él también y los otros dos se marchan a los dos y media.

Sobre las tres y con una borrachera interesante, Carlos se retira viendo que la conversación se está monopolizando entre Luís y yo que no dejamos de hablar de mil cosas que ya hemos hablado mil veces mientras me toca disimuladamente el culo.

A las tres y media nos vamos a mi cutre hotel y nos dedicamos a amarnos para despedirnos con un “te quiero, eres única” que redondeó una noche perfecta.

Al día siguiente, de regreso a mi ciudad, recibo un mensaje:

“Hola chati. Me encantó conocerte ayer. Si vuelves por aquí, llámame, wapetona. Pd.: qué tetas más grandes tienes, jodida.”
 
41. FIN DE AÑO SIN LUÍS

Empiezo el año destrozando mis propósitos (o al menos parte de ellos.)

A las doce y treinta (minuto más, minuto menos), recibo llamada de Emilio.

- Hola, guapísima... ¡Feliz Año!
- ¿Estás borracho?
- Como una cuba.
- Quiero empezar el año borracha como una cuba.
- Ven, quiero estar contigo hoy.
- ¿Traigo a Lili?
- ¡Claro! Le dejaremos que moje los labios en el Moët Chandon que tengo guardado para ti.

No hace falta mucho más para convencerme. Estoy aburrida, cansada de escuchar a mi padre repetirme que en su casa ya no se fuma, y más cansada aun de congelarme las manos saliendo a fumar en la inhóspita terraza.

Enfundo mi chaqueta de piel, me preparo un Chester en los labios, y recojo a Lili en mis brazos para saltar al coche como alma que persigue el diablo.

- Adiós, papá, mamá.. feliz año... me voy a fumar a otra parte.

Odio a Zapatero y a todos los que votaron la nueva Ley antitabaco y tardo siete minutos en llamar a la puerta de mi casi olvidado traumatólogo. Se presenta con sus vaqueros (jodido, ¡cómo me conoces!), un jersey de cuello alto negro (jodido, ¡me conoces muy bien!) y la mejor de sus sonrisas (jodido, ¡hoy no te escapas!).

Después de una cháchara muy propia del día (“yo a partir de mañana dejo de fumar”, “yo ni de coña”) Liliana se queda planchada junto a los dos niños pequeños de Emilio.

Es mi momento: quiero besos.

Besos apasionados en el cuello, besos dulces en mis pechos, besos descontrolados en mi ombligo, besos amantes en mis pies.

Me subo sobre su enorme cuerpo americano y dejo que su marcado acento me lleve un ratito a soñar que Luís no está en este preciso momento recibiendo el año junto a su mujercita-de-los-cojones.

- ¿Por qué nunca me llamas?
- Porque siempre acabas llamando tú.
- Sólo quiero estar contigo hoy, quiero entrar en ti, y entrar en el 2006 allí adentro.
- Entra hasta mi alma hoy, Emilio, entra porque lo necesito.

Nos escapamos a mundos imaginarios de amor y fantasía. No hay descanso para amarse tanto, no hay momento ni espacio, estamos él y yo abrazados en amor que no existe, en amor que ambos buscamos, solitarios amantes en Fin de Año, retazos de historia que no pueden ser.

Y así, me desplomo de nuevo sobre su cuerpo, mientras acaricia mi rostro, y me besa, me besa, sabor a tabaco que nadie me puede prohibir.

Las cinco... decido marcharme.

- Quédate.
- No, cariño, hoy no.

Lili dormida y pesada entre mis brazos, recojo mi fantasía y me recojo en mi cama, querida, amada, deseada.

De pronto, me siento mala.

Mala por egoísta.

Mala por soñar.

Mala por buscar dónde no hay nada que encontrar.

Mala por venganza, despecho... o quizás no. Mala por amar así a quien no amo.

Pero no importa. Despierto a las nueve de la mañana, con el sol de nuevo año diciendo “arriba, Amanda” y escucho el pip pip del móvil recibiendo un mensaje:

“te quiero, mi amor... sólo deseo que este nuevo año podamos cumplir juntos nuestras ansias de compartir”. Luís es hermoso, por dentro, por fuera. Y le quiero todos los días un poco más, como si eso fuera posible, querer más de lo que quiero.

Y a Emilio, no sé, creo que le voy a llamar “El sustituto”.

Y justo cuando estoy pensando que no soy justa, ni con Luís, ni con Emilio, ni siquiera conmigo misma, vuelvo a escuchar el pip pip.

“Amanda, preciosa, gracias por acompañarme esta noche. Gracias por hacerme sentir menos solo. Gracias por dejarme soñar que puedo volver a enamorarme”... este, era de Emilio
 
42. A MÍ NO ME ENGAÑAS, LUÍS

Llamaste para decirme que te había surgido una reunión inesperada en mi ciudad y que, si tenía tiempo, si quería, podíamos compartir momentos.

Que saldrías tarde de la reunión, que quizás podríamos vernos a partir de las diez de la noche.

Que te quedarías a dormir, porque al día siguiente temprano, había otra reunión urgente.

Que era precipitado y hasta descontrolado, que entenderías si no podía acudir.

Pero a las nueve de la noche, me dijiste que ya estabas libre, y que podíamos quedar en un restaurante que había cerca del hotel.

Te dije medio en broma, que se notaba que no conocías mi ciudad tan bien, porque el restaurante estaba muy apartado.

Acudí a la cita con mi mejor ilusión, y te abalanzaste sobre mí, a buen recaudo, llenándome de un abrazo infinito como si no quisieras desprenderte de mí.

Luego dijiste: "¿Has visto como siempre tengo un momento para ti?".

Durante la cena escogiste el mejor vino y lo serviste con mimo a cada una de mis palabras. Me contaste algún problema de trabajo y pusiste ese rostro serio de profesional responsable. Pero te derretías en risas cada vez que yo, bajo la mesa, rozaba con mis pies tu pierna y hacía guiños a tu deseo.

Fuimos a tomar una copa y dijiste que estabas cansado aunque ansioso por hacer el amor conmigo. Llegamos al hotel y habías pedido habitación con cama grande y en ella me desnudaste en lento ritual, besando cada uno de mis rincones, como si tu amor fuera en ello.

Agarraste mi cabello salvaje y te pusiste sobre mi espalda, sonrojándome a obscenas palabras. Pero tus manos acariciaban mi cuerpo con ternura como nunca había descubierto en ti.

Y volvimos a empezar tras terminar, esta vez apartando mi cabello para poder besarme mientras entrabas en mí una y otra vez.

Te despertaste a las cuatro de la mañana y dijiste que estabas pensando, pero volvimos a hacer el amor mientras decías "te quiero, preciosa mía".

Dijiste que tenías prisa, pero pasamos media hora desayunando y riendo con aromas de café y pastas, mientras me mirabas absorto y me explicabas y me escuchabas.

Unas horas antes, en el hotel, había visto entre tus ropas un billete de llegada a las ocho a mi ciudad. Y un billete de regreso a las diez del siguiente de mi ciudad.

Y el restaurante impreso de un buscador con las palabras "romántico parejas vino" en él.

No tenías reunión. Sólo viniste por estar conmigo.

A mí no me engañas, Luís. Yo no fui ayer tu Amante, fui tu Amada.
 
43. ¿QUÉ PASARÍA SI FUERA "LA UNA" Y NO "LA OTRA"?

La una: despertador veinte minutos antes de ir al trabajo, tiempo justo de ducha, ropa, café, salir pitando.
La otra: despertador una hora antes de ir la trabajo, tiempo para follar, ducharnos juntos, desayunar en el bar de abajo y despedirnos con un beso.

La una: 3 llamadas de Luís en la mañana, una para saber dónde dejé sus calcetines marrones, otra para decirme que hoy no vendrá a comer y la tercera para preguntarme si ha de ir a recoger los niños.
La otra: 1 mensaje de Luís: “princesita, ¿te he dicho cuántas veces me gusta verte sonreír? Sigue así, no dejes de hacerlo... me siento acompañado. Te quiero, mi amor.”

La una: tarde del viernes en Carrefour. Luís ya está llenando el carrito de frutos secos y sacando todos mis botes de Nutella. He atropellado a dos niños y a una viejita. Hay una cola de cojones. Justo al llegar a la caja he olvidado los tampax. Luís que me dice que para qué quiero tampax ahora. Me ahorro el comentario.
La otra: tarde de viernes en casa mirando una peli de Keanu Reeves y comiendo Nutella. Estoy en éxtasis.

La una: saliendo de cena con Luís y tres parejas más. Los hombres se colocan a un extremo de la mesa, las mujeres en el otro. La conversación de ellos gira entorno al nuevo plan de acción de mejora de recorte de gastos en la planta productiva de Madrid. La de las mujeres gira entorno a lo gilipollas que es la maestra del hijo de una de ellas.
La otra: saliendo de cena con Luís y nadie más. Me cuenta lo del plan de acción. Entro de nuevo en éxtasis.

La una: llegando a casa medio taja o taja entera. Luís se acuesta a mi lado desnudo y me la mete por detrás. Mmmmm. Cuando voy a tener un orgasmo Luís me pide que no chille tanto que los niños nos van a oír.
La otra: llegando al hotel medio taja o taja entera. Luís me desnuda en la puerta. Me la mete por detrás cuando me agacho a recoger nada. Mmmmm. Cuando voy a tener un orgasmo Luís me pide que grite más y más fuerte. Despertamos al de la habitación de al lado que se queja a la recepción. Para putearlo, fingimos tres o cuatro orgasmos más y tenemos un par más reales.

La una: Luís llega tarde después de salir con sus amigos. Intenta follar conmigo y le digo que nones. Es la quinta vez en un mes que llega tarde. Una es tolerante, pero no tanto.
La otra: Luís llega tarde después de salir con sus amigos. Intenta follar conmigo y me dejo. No tengo ni idea de si llega tarde otras veces. A mí me gusta que llegue tarde porque llega, y eso es lo importante.

La una: Comida con mis padres en domingo. Mi madre monopoliza la conversación y acabo yéndome a jugar con mi hija a la play mientras ellos desgranan el panorama político.
La otra: Este domingo no voy a comer con mis padres. Me preparo un solomillo al wiskie para mí misma.

La una: Aniversario de bodas. Nos vamos al primer restaurante en que cenamos juntos. Me regala un collar de oro un poco hortera y me dice que me quiere.
La otra: Aniversario de amantes. Nos montamos un trío en un puti club y me dice que le vuelvo loco.

La una: me llama al móvil uno de mis ex amantes estando Luís delante. Le digo que me pilla en mal momento. Luís se pasa la tarde preguntándome quién era, por qué, cuándo, qué quería, cómo, dónde, de qué manera.
La otra: me llama al móvil uno de mis ex amantes. Luís no está delante. Le digo que cuándo nos vemos y mi ex amante me pregunta que cuándo, dónde, cómo y de qué manera.

La una: tengo un mal día en el trabajo y la pago con Luís. Luís se enfada.
La otra: tengo un mal día en el trabajo y me lo trago.

La una: Luís ha impuesto la Ley anti tabaco en casa. Fumo a escondidas en el garaje. Su hijo me pesca y se chiva. Luís me vuelve a explicar por qué es malo fumar y cuáles son las consecuencias de hacerlo.
La otra: fumo en mi casa todo lo que no me puedo fumar ya en el trabajo.

La una: “te quiero. Eres la mujer de mi vida”.
La otra: “te quiero. Eres el amor de mi vida”.

A veces quiero ser “la una”, pero siempre quiero ser “la otra”.
 
44. SI TE HE VISTO, NO ME ACUERDO

Justo cuando Grishom está leyendo el resultado de las pruebas de ADN que extrajo de un poco de saliva en el suelo de la casa en la que el asesino cortó la cabeza a toda la familia y colgó las lenguas del padre y del niño pequeño con chinchetas en la pared, me llaman por teléfono.

A cualquiera le hubiera enviado a la mierda, menos a Luis, a Sonia, a Emilio, a mi hija... en fin, no hubiera enviado a nadie a la mierda. Pero ¡jóder, sólo faltan tres minutos para saber si el asesino es el vecino con pinta de buen samaritano o la prostituta que se lió el marido el día anterior!

- Quiéeeeeeeeen?
- ¡Amandaaaaaaaaa! ¡Nos vamos de fiestaaaaa!

Es mi querida Clara, en fase “subidón-estoy-sola-sin-mi-marido-en-casa”.

En una hora me ducho, me plancho la falda negra de topitos blancos, me plancho el pelo (sí, el pelo también se plancha) y me acerco hasta el piso de un amigo del primo del vecino del hermano de alguien que conoce Clara.

Clara me pregunta que cuánto llevo sin follar, le digo que vamos bien, me dice que ella va fatal, y descubro una mirada lasciva de mujer que va a ser infiel si algún hombre le dirige ni que sean dos palabras.

En la fiesta nos presentamos todos en plan formal, un tío me saca una tarjeta de visita y otro me invita a tomar un bourbon.

Estoy arrinconada tratando de adivinar la media de edad del evento y me da por pensar que gracias a Clara y a mí, no supera los 50 años. La mayoría divorciados, solterones empedernidos y sí, algún casado como el que está con Clara hablando y fumando como un carretero.

A la media hora de estar aburrida con la charla acerca de la inflación provocada por el Euro con el tío de la tarjeta de visita, llega a la fiesta una de las pocas parejas. Ella: muy alta, delgada, vestida con vaqueros de talle cortísimo, varios collares largos, cabello lacio moreno... muy atractiva y sonriente. Debe superar ampliamente los 45 años, pero quien diga que las mujeres no resultan bellísimas a partir de cierta edad, se daría cuenta de su error viéndola a ella.

Detrás, impresionante, su marido. También entrado en años, rubio salpicado de canas, metro noventa, impecable camisa negra de seda, vaqueros Armani, ojos azules... un pijo en toda regla... pero un pijo guapísimo.

¡Coñooooo! ¡Si con ese tío me acosté yo hace cuatro años! Sí, sí. Le conocí por internet, en uno de esos portales de “encuentra al amor de tu vida” que en mi caso sólo me han servido para echar algún kiki con hombres casados. Charlamos un par de veces por chat, nos intercambiamos fotos y nos citamos en el bar de un hotel a media tarde.

Me acuerdo que le dio por penetrarme a través de los barrotes de hierro de la cama, mientras me colocaba en posturas imposibles. Un tío raro. Al menos en la cama. A las pocas horas de estar juntos concluimos que no había química y no nos volvimos a contactar jamás.

Veo que se pone rojo al reconocerme. Luego disimula su incomodidad tomando de la mano a su mujer que resulta ser la hermana del tío de la tarjeta y la inflación del Euro.
Éste, amablemente, nos presenta:

- Mi hermana, Nadia. Amanda, una amiga que acabo de conocer.
- Encantada guapa. Mi marido, Jaime.
- Encantado. – Jaime me da dos besos y está a punto de darme un ataque de risa acordándome de la escena de los barrotes.

Después de dos horas charlando los cuatro, Clara me dice que no hay plan y que si nos vamos a casa.

La acompaño en el coche y me pregunta:

- Oye... y el guaperas ese de los vaqueros Armani... ¿quién coño era?
- No tengo ni idea – contesto.

Ya en mi casa lo único que me da por pensar es cómo, un tío así casado con una mujer así, se mete en páginas de internet para follar con tías como yo.

Algo falla en La Pareja, y quien diga que no, es porque o es realmente muy afortunado o está muy ciego.
 
45. EN ROJO

Cuando Luís viene a mi ciudad y podemos compartir el momento de la comida, me manda un mensaje a las doce y cuarenta y cinco, siempre a esa hora. Me dice dónde está y me propone un sitio para ir a buscarle. Termina su sms con un “te quiero” y espera mi llamada. Entonces, cuando ya puedo escapar de mi trabajo, paso a buscarle.

Adoro el momento en que él sube a mi coche. Voy circulando y le veo a lo lejos y ya desde el momento en que él me adivina, le veo sonreír y de pronto se ilumina mi vida y nuestro amor cobra sentido. Verle sonreír, provocar con mi presencia ese movimiento de labios, en donde sus ojos verdes se achinan y su cuerpo se desplaza hacia la puerta de mi coche, es como dar vida a alguien que, no sé porqué, adivino que tiene muchas vidas, y una de ellas soy enteramente yo.

Sube al coche. Y me besa y me mira. Siempre lo hace. Desde hace casi cuatro años. Besarme y mirarme. Y espera a que yo le pregunte: “¿Qué tal mi amor?” para contestarme “estaba deseando verte, princesita”. Seguimos circulando y tenerle a mi lado es el don más preciado que me ha dado ese misterioso cuento del amor. Le tengo a mi lado y apoyo mi mano en su pierna y le acaricio.

Y entonces sucede.

Sólo esperamos a que la ciudad se ponga en rojo. A que el semáforo que siempre todos odiamos respetar, porque estamos llegando tarde al trabajo o a recoger a los niños, o simplemente porque nos obliga a algo y a nosotros no nos gusta que nos obliguen a nada, ese semáforo, Luís y yo lo queremos en rojo.

Y el coche se para. Y podemos besarnos otra vez, hasta que tras nosotros, otro coche da un bocinazo y nos reímos y yo pongo la primera y seguimos hablando de su trabajo. Pero volvemos a estar perfectamente sincronizados, esperando a que llegue otro semáforo para volvernos a besar.

A veces, cuando estoy estresada, o cabreada o nerviosa, y le grito a no sé quién “mierda joder hostia puta” porque el semáforo se pone en rojo, me acuerdo de lo maravillosos que son esos rojos cuando Luís está a mi lado y vamos construyendo el preámbulo para hacernos el amor y abrazarnos, casi fundirnos, en nuestros momentos, los suyos y los míos, momentos en los que sólo estamos los dos.

No sé por qué le amo con tanta intensidad. Es decir, sé que le amo porque él es como es. Es fuerte y seguro. Es tranquilo y sereno. Es intenso y apasionado. Es el hombre que admiro. El hombre que nunca me canso de escuchar. Pero está casado. Y debería amarle con mesura. Y con él no tengo rasante. Es como poner azúcar en el café. Es mucho mejor el café con azúcar. Lo sabemos. Nos gusta así. Pero no podemos endulzar el café sin parar. Son dos cucharadas. No puedes estar echando azúcar y más y más y dejar que se desborde el azúcar en el café. Pero yo amo a Luís desbordada. Y cualquier día de estos el café con tanto azúcar dejará de ser café y yo dejaré de querer café. Lo sé. Pero ahora mismo me da igual.

Ahora mismo sólo pienso que en unas horas volveré a desear mi ciudad en rojo.
 
46. LAS COSAS CLARAS

Hay hombres que quieren las cosas claras desde un principio, pero que las van queriendo cada vez más espesas cuando ya no es tan al principio.

Me explico.

El día en que Luís y yo nos acostamos por segunda vez (la primera vez no se debería, por delicadeza y por desconocimiento del futuro inmediato, hablar de nada que no sea sexo y deseo) se quedó muy a gusto recordándome las “normas” de aquella relación:

1. Estoy casado.
2. No pienso dejar de estarlo.

Del mismo modo, y sin despecho alguno, también me quedé yo muy a gusto recordándole que:

1. Estoy soltera.
2. Pase lo que pase, seguiré estando soltera.

Bien. Las cosas claras. Así me gusta.

Pero no. No tan claras, Amanda. Joder, no hace falta que me cuentes que te has líado con otro tío. Coño, no des detalles. Coño, no quiero ni imaginar que estás con otros. Joder, vale, no quiero oír hablar nunca más de eso: ya sé que sucede, ya sé que lo haces, pero yo no quiero saberlo.

Vale, jodido, entonces... ¿para qué me dices que quieres las cosas claras entre tú y yo? ¡Vamos a espesarlas! Sí, a mí me gustan también más así.

Pero no quería hoy hablar de Luís, aunque el tema se desbordó hasta el punto que le afectó a él también (o a nosotros).

Hablo de Emilio.

A ver, Emilio: hemos mantenido cuatro o cinco encuentros sexuales en seis meses, hemos salido a cenar dos veces, tomar café tres veces, llamadas por teléfono ocho, sms dos, mails uno. Conversaciones acerca de nosotros, qué sentimos o qué esperamos: cero. Conversaciones acerca de un supuesto compromiso, fidelidad o relación: cero patatero.

Mentirijillas: un par. Me preguntó si tenía novio y le dije que no tenía novio y no tengo novio. Pero tampoco le dije que tengo una relación de amante con un hombre casado. Aunque todo sea dicho, no veo porqué tendría que decírselo. Es decir, tendría que decírselo si él y yo hubiéramos mantenido alguna conversación acerca de nuestra supuesta relación. Pero yo no tengo una supuesta relación con Emilio: yo me acuesto con Emilio de uvas a peras y le sonrío cuando me lo encuentro, poco más.

Me estoy liando.

Amanda, céntrate, se supone que tienes que contar qué pasó ayer.

Bien. Ocho de la tarde. Emilio llama. “¿te apetece salir a cenar hoy?”. Respuesta clara y directa. “no, hoy no puedo. Y durante esta semana tampoco. Pero la que viene quizás sí”. Contra respuesta. “Bueno, vale. No pasa nada. Ya nos llamamos la semana que viene”. Respuesta a la contra respuesta: “Eso espero. Un besazo.”

Diez de la noche. Luís está en mi ciudad. Me llama. Paso a recogerle. Nos tomamos un par de copas, nos besamos, nos morimos de ganas de follar, nos vamos a casa, follamos.

Dos de la mañana. Llamada de Emilio. Luís a mi lado fumando. Me encierro en el lavabo para poder contestar. “¿Qué te pasa, Emilio?”
- Estoy en tu casa. Veo el coche. Quiero verte. Tengo muchas ganas de verte. Déjame subir.
- Emilio, ¿te has vuelto loco?
- No, anda, Amanda, déjame... venga. Guapa. Tienes que estar preciosa en pijama.
- Ays, no seas bobo, anda, qué tonto...
- Anda guapa, preciosa.
- Ays...
- Ays...
- Joder, qué de tonterías a estas horas.. Escucha, corazón, que no estoy sola hoy. Pero tú no te preocupes, que la semana que viene nos vamos tú y yo de copas y nos damos un buen homenaje... ya lo verás!
- ¿Cómo que no estás sola?
- Emilio, que no estoy sola. Y si sigo hablando contigo encerrada en el lavabo me van a preguntar que con quién hablo a estas horas y de qué.
- Pero... ¿tú tienes novio?
- No no no.
- Pues no entiendo nada.
- Pues mañana será otro día y quizás lo entiendas.
- Pues eres un poco guarra, perdona que te lo diga.
- Pues no, yo lo que soy es muy guarra, y de tan guarra que soy te voy a enviar a la mierda ahora mismo, fíjate.
- Vaya cabrona.
- Gilipollas.

Clonk!

Me vuelvo a los brazos de mi amor.

- ¿Quién era?
- No jodamos.
- Bueno, perdona, no quería molestar.
- Pues entonces ven aquí a darme besitos, mi vida.
- Ya... y ¿por qué no te los da el del teléfono?
- Y ¿a ti que te pasa ahora?
- Nada, tienes razón, qué tontería. Ven aquí, princesita, que te voy a dar todos los besos que me queden en stock.

Creo que ayer entendí la teoría de las cosas claras y la sinceridad y todo ese rollo que muchos hombres llevan como bandera en sus relaciones sociales: tú dime la verdad siempre y cuando estés haciendo lo que yo quiero que hagas. Si haces otras cosas, esas que no me gustan, miénteme.

Luís ya no pregunta. Luís prefiere no saber.

Vivimos en esa mentirijilla flotante.

Pero visto lo mal que le sentó a Emilio que yo fuera coherente con el estilo de vida que he elegido, sin duda prefiero vivir con las “sin preguntas” de Luís.
 
47. CONSECUENCIAS

Llevo unos días con un molesto dolor en la muñeca derecha y en el dorso de la mano.

Me resulta complicado teclear informes, teclear post, teclear el teléfono móvil, teclear incluso el teléfono fijo.

Me pregunto si me he roto la muñeca, pero me da a mí que no, así que empiezo a revisar mi enciclopedia de Medicina Casera tratando de dar con un diagnóstico en base a autoexploración un tanto cutre.

Nada. Es evidente que no soy médico.

Me planteo acercarme al hospital: idea descartada de inmediato. Emilio está de guardia. Sólo falta que tras llamarme "guarra" (o tras acercarse a mi casa mientras estaba yo tan ricamente abrazada al cuerpo de Luís) me encontrara con mi mano en sus manos. Lo mismo me dice que lo ideal es darme un martillazo y machacarla del todo.

Así que dejo a Lili en casa de mi vecina encantada por pasar un rato con el hijo mayor de ésta (su primer amor: ¡qué ternura!) y camino los pocos metros que me separan de la Clínica con la que tengo concertada un seguro. Sí. Ya sé que trabajando yo en la Seguridad Social no dice mucho por mi parte que prefiera visitarme en la Asistencia Privada. Pero lo cierto es que aunque trabaje allí, a la hora de atenderme soy una más: y no soporto las esperas.

Me atiende un doctorcito recién salido de sus prácticas, no más de 30 años. Toquetea mi mano mientras me mira el canalillo mientras yo le miro el paquetillo.

- Parece una carga muscular, un sobreesfuerzo.
- Pues como no sea por culpa del teclado.
- No, no creo. ¿Has utilizado la mano últimamente para hacer algún tipo de movimiento repetitivo que conlleve presión?

Me da un ataque de risa. Me mira. Se ríe él también. Nos reímos los dos "jajá jajá jajá". Me manda a casa con una receta para una crema y la premisa de "portarme bien".

La próxima vez que Luís venga a pasar tres días conmigo, las pajas que se las haga él. Por prescripción facultativa.
 
48. EL MUNDO ES UN PAÑUELO

Me invita Laura a una "reunión informal" en su casa.

Llevo sin ver a Laura exactamente el mismo tiempo que hace que le presenté a mi amigo Paco en una "reunión informal" en mi casa.

Desde entonces no sé si he perdido a dos amigos o he ganado una invitación a una boda.

Me planto en su casa, me doy a la bebida nada más verles (por nada en particular: yo me doy a la bebida con cualquier excusa) y al poco se hace un coro entorno a mí mientras cuento con pelos y señales cómo están las cosas con Luís, cómo están con Emilio, cómo están en el hospital, y cómo está mi hija.

A un lado del salón: seis tiarrones bebiendo cerveza y riendo en estrepitosas carcajadas. Al otro, ocho mujercitas bebiendo cubatas y desgranando el género masculino.

De pronto Alicia, una de las vecinas de Laura, con la que ya había coincidido en anteriores "reuniones" pregunta exactamente lo siguiente:

- Oye, y este Luís, siendo el Director General de una empresa multinacional como tú cuentas... ¿no es un poco ligerillo?
- Mujer, digo yo que ser Director General de una empresa no es como ser el Papa. Vamos, que uno puede ser Director y ser un hombre normal y corriente al mismo tiempo.
- No sé. Yo pienso en el Director General de la mía. Y es un hombre tan recto, tan serio, tan competente. Para nosotros es como un ser superior, el admirado Director. No me lo imagino mandando sms ridículos a una amante o escapándose del comité ejecutivo por echarle un polvito en un hotel.
- Ays, ¡qué ingenua! Me apuesto algo a que tu admirado Director General se hace pajas en los lavabos de las oficinas centrales.
- No jodas, Amanda. Tú es que vives en un mundo de lujuria un poco irreal, ¿no te parece? A ver si va a resultar que los tíos se hacen pajas en los lavabos tan ricamente.
- Coño, mejor que hacérselas sobre la mesa del despacho.
- Mira, Amanda: uno no llega a Director General así por las buenas. Detrás hay un trabajo de toda una vida, un comportamiento impecable, una cierta ética que impera en su vida personal para traspasarla a su quehacer profesional.
- Mejor no te cuento la de directivos que he visto sacándose la polla a las primeras de cambio delante de una web cam.
- ¿Y tú te crees que son directivos, verdad? O sea, un tío que conoces por internet se despelota delante de una cam y te dice: por cierto, esta es la polla de todo un directivo. Y tú, te lo crees.
- Y ¿por qué habrían de mentir?
- Para que a ti te excite más su polla, ¡vaya cosas!

Y bueno, como que no sigo con la conversación, porque duró dos horas más (intervenciones esporádicas del resto del foro observador) hasta que le dio por decir el nombre de la empresa en la que trabaja y, obviamente, de ahí el título, el Director General de Alicia, es Luís.

Menos mal que cuando hablo de Luís cambio hasta el sector de la empresa en la que trabaja.

Querida Alicia... ¿de verdad crees que tu Director General no se hace pajas en el lavabo de las oficinas centrales? Por si acaso, no vayas tras él si sale disparado hacia los excusados justo después de mantener un chat conmigo desde su despacho de muebles caoba...
 
49. CUANDO TÚ NO ESTÁS

Cuando has tomado la decisión de vivir tu propia vida, rompiendo con todo aquello política y socialmente correcto, y en esa decisión sabes que, irremediablemente, vas a arrastrar a tu hija, alejándola de un marco familiar tradicional, te conviertes en una madre-sentimiento-de-culpa.

Te pasas los primeros meses mirando a tu niña de apenas año y medio y diciéndote a ti misma que vas a criar a una niña-de-padres-divorciados.

Te preguntas si tu vida es más importante que darle a ella una estabilidad clásica, si no deberías dejarte de hostias y sobrevivir únicamente, garantizando a tu hija un futuro normal.

Te torturas preguntándote constantemente si estás haciendo lo correcto, si no sería más adecuado seguir al lado de una persona que no amas, pero que ama a la hija que compartís.

Vives en la incertidumbre completa, entre ser feliz y ser lo que los demás esperan que seas.

Y entonces te llama la maestra de tu hija y te dice que quiere hablar contigo y a ti te tiemblan hasta las pestañas y acudes al cole como el corderito al matadero, pero mucho más consciente del horror que te espera allí.

Te sientas frente a una señora que es la que le está enseñando a tu hija a leer y a escribir y te dices que aguantarás como una leona todo lo que te tenga que decir, y que agacharás la cabeza y que volverás a casa con lo poquito de dignidad que te quede, porque algo tendrá que quedarte.

Muerdes nerviosamente las uñas, y la señora te dice:

- Vamos a hablar un poco de Lili.
- Ya.
- Bueno, en realidad tú sabes que estas tutorías son obligatorias.
- Ya.
- Es como un trámite.
- Sí.
- No sé qué decirte respecto a Lili. Bueno, sí, que es un lujo tenerla en clase.
- ¿Un lujo?
- Sí. Las maestras tenemos también algunos de esos en clase. Ya sabes, niños completos.
- ¿Completos?
- Si es que Lili es tan completa... Es inquieta, inteligente, brillante, dulce, sensible, responsable. Vaya, se nota que lo estás haciendo con mucho cariño.
- ¿Yo?
- Claro, mujer. ¿Quién va a ser si no? Sabes, pasamos muchas horas con esos niños, y se nota cuando detrás hay una madre preocupada y cariñosa, afectuosa y comunicativa.

Te pones a llorar. Como en una catarsis.

- Pero, ¿por qué lloras? ¿Te pasa algo, Amanda?
- No no, no sé (buaaaaaaaaaaaaaaaa)
- Anda, anda, sea lo que sea seguro que tiene solución. Venga, toma un pañuelo.
- Buaaaaaaaaaaaaaaaaaa
- Ays, hay que ver que de cosas ocurren en estas tutorías. Venga, mujer, deja de llorar.
- Es que no puedo. Es que yo creí que lo estaba haciendo fatal.
- Ese es el problema de muchas madres, que se culpan constantemente por no dar tiempo a sus hijos. Y olvidan que no es tiempo lo que necesitan, sino mucho sentido común.
- ¿Es una niña normal?
- Claro que sí. Es normal y es muy linda. Y lo estás haciendo muy bien.

Lo peor de todo es salir de allí con ese sentimiento tan puro de felicidad y de serenidad y no tener a nadie con quien compartirlo.

Entonces, no había conocido a Luís.

Cuando, años después, conté a Luís aquello, después de abrazarme y acariciarme el cabello me dijo: "lo verdaderamente terrible de no estar junto a quien amas no es no poder compartir tus malos momentos, sino no poder compartir tus momentos de felicidad."

Ayer Luís me mandó un mensaje, corto, escueto. A una hora prohibida para los amantes. Y sentí cómo me había elegido para compartir su momento de felicidad.

Y después de aquello sólo escribió: te echo de menos.

Creo que hasta el día de ayer, nunca esa frase había tenido tanto sentido para él.
 
50. DE RODILLAS

Al final no tuve más remedio que arrodillarme ante él.

Primero, porque conocerle fue un improvisado instante para el que no iba ni siquiera preparada.

No sabía que estaba allí. Atravesé la puerta, saludé cariñosamente a mi amiga Sonia, me dijo que habían venido un par de amigos a comer y entré en el salón de la casa de su tía, en alguna ciudad a la que vamos a veces, para presentarme.

Ya no dejé de mirarle en las cuatro horas de sobremesa.

Tampoco dejé de reírle, hablarle, descubrirme, escucharle.

Me atrapó la pasión con la que explicaba algo tan nimio como el tiempo. O la misma que ponía al contarme, sin conocerme apenas, su currículum emocional. O la que me encendía al explicarme su insuperable currículum sexual.

Un ligoncete cualquiera. Bueno, cualquiera no. Los ligoncetes cualquiera no tienen esa sonrisa, ni esos ojos negros chicos. Ni ese acento del Sur tan fácil de identificar. Ni ese entusiasmo por atraparme en su discurso.

Debió pensar lo mismo de mí: allí estábamos los dos copa de vino tinto a copa de vino de tinto, contándonoslo todo sin pudor alguno, mientras Sonia y su amigo nos seguían exhaustos.

Luego yo dije: "¿salís con nosotras, no?"

Él contestó: "sí, yo creo que sí"

Durante unas horas creí que me había equivocado y confundido su interés. Le buscaba insistente, sorprendida ante tal símil de enamoramiento en mí. Él iba y venía, reía y tocaba, hablaba y callaba, quizás tampoco sin saber.

Sonia bailaba medio embriagada y bastaron dos horas más para que, de pronto, se hiciera uno de esos círculos de futuribles dobles rollos improvisados que tanto me gustaban en mi adolescencia (y a todos): él hablaba con su amigo, planeaban, comentaban. Sonia y yo nos preguntábamos "¿te gusta?" "¿tú crees que le gusto?" y maquinábamos estrategias para quedarnos cada una a solas con ellos.

Debieron pensar lo mismo (o maquinar con igual fortuna).

Me besó justo después de un baile en que encajamos tan bien el ritmo que tuve que decirle: "si bailas así, no quiero ni imaginar cómo vas a follarme."

Me besó durante tanto tiempo que perdí la noción del mismo.

Eran las cinco de la mañana, llevaba doce horas dejándome llevar por él y llevándole a él.

Sonia y su amigo desaparecieron.

Entramos en su pequeño piso del centro.

Me dijo:

- Me has encantado, Amanda.

Y entonces, tengo que admitirlo: me tuvo de rodillas ante él.

Para hacerle una fantástica mamada.

Pero él me levantó del suelo, me abrazó y besó mi cuello.

Aun llevo el sabor de sus dulces caricias sobre mi piel. Despertar abrazados habiendo dormido el uno en el otro tras hacer el amor con la torpeza del desconocimiento mutuo. El aroma del café riendo mientras me seguía besando por todas partes. Sus manos entrelazadas en las mías con ternura. Sus palabras aun buscando atraparme.

Un amor de compañía. Deseo efímero, como todos los míos desde que Luís está en mi vida.

Me despedí mientras abría la puerta de mi taxi. Me senté en la puerta de embarque a la espera de Sonia, que apareció con esa sonrisa que ya lo dice todo.

Me preguntó:

- ¿Volveremos a verles?
- Yo no.
- Pero valió la pena.

A punto de subir al avión, Sonia y yo ya hablábamos de Luís y de volver al trabajo y de Lili y de la madre de ella. Y entonces, como última sorpresa, sonó mi móvil:

- ¿Quién eres?
- Si que me has olvidado pronto.
- Eyyy, ¿Cómo has conseguido mi teléfono?
- Mi amigo, Sonia, tú.
- Te echo de menos.
- Yo también.
- Estamos a punto de embarcar.
- Lo imaginé, quería desearte un buen viaje.
- Gracias... y gracias por una noche encantadora. Has sido maravilloso conmigo.
- Gracias a ti, bonita. Para mí también ha sido increíble.
- Bueno pues... adiós.
- Adiós.

A punto de colgar.

- Amanda, espera, no cuelgues.
- ¿Pasa algo?
- Sí.
- Dime.
- Vuelve pronto. O bueno, cuando tú quieras. Pero vuelve.

Cuelgo.
Ahora sí. Ahora sí me arrodillo ante él.
 
51. PUERTAS CERRADAS
Estaba fumando en el cubículo que han dado por llamar consulta, pasándome por el forro todas las Leyes antitabaco del mundo pero en verdad muerta de miedo por pensar que alguien pudiera sorprenderme cuando, ¡zás! Se abre la puerta de golpe.

Tierra, ¡trágame!

Me da tiempo a hacer testamento mental (esto para mi hija, aquello para mi hija, todo lo demás para mi hija) a la espera de encontrarme frente a frente con Jose Antonio y un despido disciplinario por acumulación de más de tres faltas leves en los últimos tres días (o tres pescotes con sus correspondientes cigarrillos.)

Pero no. Es Emilio.

- ¿Estás fumando?
- No, hay un incendio.
- ¿Estás fumando a pesar de la Ley antitabaco y en un hospital público?
- Que no, que te juro que se está quemando toda la planta. Trae el extintor.
- Mejor te traigo un cenicero.
- Pues se agradece. Me estoy quedando con la colilla pegada al dedo.
- ¡Qué bruta eres Amanda!
- Antes te reías con mis burradas.
- Sí, lo recuerdo. Fue antes de que me presentara en tu casa con toda la ilusión y me dijeras que estabas follando con otro.
- Con todo el calentón, Emilio, no “ilusión”, “ca-len-tón”.
- ¿De verdad crees eso? Te han tenido que hacer mucho daño para pensar así.
- Oh, bueno, no tanto, no creas. Lo justito. Mi novio me dejó de la noche a la mañana, mi amante vía sms, mi siguiente amante me mandó un mail para enviarme a la mierda… en fin, lo clásico.
- Bueno, oye, no quiero entrar en estos temas ahora. ¿Tienes tú que ver a David?
- ¿El que se puso a imitar a Jesulín de Ubrique en mitad de la nacional, toreando a todo coche negro que viera?
- Sí, ese.
- Lo tengo el lunes.
- Ya. Oye, pues mantenme informado. Lo tengo que operar pero estoy esperando a que se compense con el Litio.
- Pues en un par de semanas. De todas formas, mejor hablas con Patricia. Ella lleva el control de la medicación.
- Pues vale.
- Venga.
- Hasta luego.

Da media vuelta. Le miro el culo o lo que adivino que es su culo bajo la bata blanca. ¡Está buenorro, el americano este!

Cuando estoy decidiendo si vuelvo a encenderme un piti o me pongo a trabajar de una puta vez (que llevo uno de esos días perros-perros) Emilio vuelve a aparecer.

- Oye, Amanda.
- Sí, ya sé, que deje de fumar.
- No, no es eso. Es que no sé si te he comentado que lo mismo me voy.
- ¿A dónde?
- A Boston.
- ¡Coño! ¿Y no te podrías ir a Villaociosa del Abajo, como todo hijo de vecino?
- Hablo en serio.
- ¿Una oportunidad?
- En realidad no. Pero no acabo de adaptarme a esto. No sé. Mi hermana vive allí.
- ¿Y los niños?
- Conmigo, claro. Y bueno, con mi mujer.
- Ah.
- Sí, esto de estar separado no es tan divertido. Echo de menos a mis hijos. Y mi mujer no está tan mal, visto lo visto. Lo pasa mal sin mí. No sé, quizás lo volvamos a intentar.
- Ah.
- Bueno, pues eso.
- Ah.
- Venga.
- Hasta luego.

Le vuelvo a mirar el culo (o lo que adivino que es el culo… etecé, etecé.)

Y por un momento pienso que Emilio es lo único más o menos real que he tenido en mi removida vida sentimental. Que me gustaba saber que estaba dos plantas más abajo. Y saber que a pesar de todo seguía llamando una vez por semana. Y cuando hicimos el amor en fin de año. O cuando lo hicimos en la cocina. O como estuvimos tantas horas hablando frente a cafés en el bar del hospital cuando todavía se podía fumar. O como nos besamos por primera vez. O como me contaba todo aquello de los huesos y las operaciones. Y cuando pensé que podía tener una vida normal, con un hombre normal. Y cuando deseché esa idea porque Luis estaba en mi vida anormal. Y que si se va le echaré de menos. Y que nunca sabré si tuvimos o no una oportunidad.

- Emilio, espera.

Se gira, me mira. No sé si expectante. No sé si pensando, o queriendo, o esperando también. No tengo ni idea. Se me clavan sus ojos azules y su cuerpo americano en la retina. Y no puedo ni pensar que se irá y no volveré a verle. O puedo pensarlo, pero me duele. Y digo:

- Te voy a echar de menos si te vas.
- Ah.

Y salió de mi consulta. Y cerró la puerta.
 
52. QUERER NO ES PODER
Estaba abrazada a su pecho, tumbados ambos sobre las sábanas blancas de la cama que acaba de ser mudo testigo de nuestra pasión.

Nos habíamos dicho “te quiero” de mil maneras: haciendo el amor, follando, riendo, compartiendo, bailando, caminando, mirándonos, incluso pronunciando una y otra vez esas dos hermosas palabras.

Cansada, exhausta, mecía mi cabeza al ritmo de su respiración, mientras él acariciaba mi cabello. Callados, unidos en el reposo, en la serenidad, ninguno de los dos quería romper la magia de aquel momento con palabras o gestos.

Sólo estábamos juntos. Y nada más importaba.

Duró unos minutos. Creí que iba vencerme el sueño. Pero seguía despierta. Eran las tres de la mañana y una luz tenue, que probablemente provenía de alguna farola en la calle, iluminaba su cuerpo y el mío.

Entonces no pude evitarlo.

Salió de mí como si llevara años esperando, contenido, a punto de estallar.

Le besé y dije:

- Quisiera pasar el resto de mi vida así, contigo.

Luís respiró profundo. Me abrazó más fuerte y besó mi rostro. Imaginé que eso sería todo. Un beso, un respiro. Y seguiríamos unidos en nuestro momento.

Pero no fue así.

Luís habló.

Y dijo:

- Yo también, mi amor, yo también.

Y entonces, sólo entonces, nos quedamos profundamente dormidos.
 
53. CON EL MISMO RASERO
Una de las cosas a las que me dedico cuando no estoy follando por ahí con tíos que aguantan más de un polvo, es a acudir, una vez al mes, a una asociación de mujeres maltratadas.

Cuando me planto frente a ellas para explicarles por qué llevan esas cicatrices en el alma, me siento tan ridícula como un tío a quien no se levanta la primera noche que pasa junto a su novia. Más que ridícula: impotente.

Nada de lo diga, exprese, intente, puede borrar de sus rostros ese horror vivido. Algunas acuden a esas charlas desde hace años. Y siguen preguntándome por qué el hombre que amaron acabó hostiándolas con tanto odio.

Nunca doy con la respuesta que esperan escuchar. Supongo que sus expectativas son demasiado altas: ellas quieren sentir alivio. Y no hay alivio para el miedo.

El gran factor común de todos ellos, de esos que amaron y acabaron odiándolas, es su rechazo a aceptar que ellas pudieran pensar y actuar como ellos.

No hablo de igualdades en derechos y obligaciones. De eso entienden mucho más políticos, abogados, jueces o senadores.

Yo entiendo de actitudes.

Ni siquiera de sentimientos. Los sentimientos son tan subjetivos que equiparar unos a otros es absurdo: nadie puede entender cómo yo amo ni por qué lo hago. Pero todo el mundo puede comprobar cómo lo hago.

A veces es sólo una cuestión de raseros: no se utiliza el mismo para hombres y para mujeres. En el extremo que acaba llevando a la locura de la violencia hacia la persona amada, el hombre no entiende que la mujer pueda tener actitudes no entendidas socialmente como femeninas: la mujer a la cocina, ¡qué coño!

Pero no vayamos tan lejos.

Bastante revuelta vuelvo de mis charlas supuestamente terapéuticas.

Me quedo aquí, cerquita. Me quedo en mí.

Tengo tetas y calzo botas altas de cuero con tacón. Llevo minifaldas y he vivido la experiencia de dar a luz. Soy muy mujer.

Pero me gustan muchas actitudes masculinas.

Me gusta frivolizar en la sexualidad y reírme con ella, y divertirme, sin pensar en ella como en la panacea de las relaciones.

Me gusta ser libre para decirle a un tío que ya le llamaré cuando me apetezca volver a verle.

Me gusta exigir que no sea un obsesivo manda-sms y me deje en paz cuando digo “no”.

Me gusta correrme si estoy intercambiando fluidos y pedir más si no estoy satisfecha.

Me gusta decir que no quiero ningún compromiso en este momento, y que tengo muchos amigos con los que comparto muchas horas de cama (muchas menos de las que yo quisiera.)

Me gusta decir que la fidelidad no va conmigo.

Me gusta tener un amante a quien quiero y respeto, pero por el que no estoy dispuesta a renunciar a nada que me haga feliz, por mucho que a veces pudiera pensarse que debería actuar como una amante abnegada y llorica que espera una llamada entre cena familiar y excursiones al cine para ver la última de Disney.

Me gusta confesar que me importa un pimiento la esposa-de, y que si no quiere que su maridito me mande mails románticos contándome cuánto me echa de menos, que se lo curre y busque la manera de tenerle contento.

Me gusta concentrarme en mi trabajo y que no me agobien ni me exijan nada a menos que sea mi jefe José Antonio pidiéndome que justifique mejor aun mi nómina.

Y todo eso que me gusta, lo he visto, oído y vivido en muchos hombres y en muy pocas mujeres.

Sólo que cuando lo hacen los hombres no pasa nada: son hombres.

Y cuando lo hacen mujeres pasa todo: son mujeres.

Así que a las que nos comportamos en algún aspecto de nuestras vidas como hombres, se nos presupone guarras, putas o amargadas carentes de afecto con algún trastorno psicológico de difícil diagnóstico.

Yo no pertenezco a aquella generación que luchó por conseguir que las mujeres votásemos, estudiásemos o trabajásemos igual que un hombre.

Pero pertenezco a la que tiene que luchar cada día por hacer sentir a los demás que es normal, sano y simplemente estimulante comportarse como un hombre.

Esta es mi lucha.

No ganaré ninguna batalla, menos aun la guerra.

Pero no habrá ni hombre ni mujer capaz de convencerme que mi felicidad pasa por callar, esperar, llorar y desesperar por no tener un hombre a mi lado a quien planchar camisas.

Y aun así, ¡qué jodía! También puedo enamorarme, sentir y vibrar como la más apasionada de las mujeres… eso es ser Amanda.
 
54. PRAGMATISMO MASCULINO

En mi quinto mes de embarazo, andaba yo por esas edades tempranillas, en las que te crees que eres una mujerona y lo que eres es una cría con una barriga y a cuatro meses de cambiar tu sistema de valores y tu sistema de amores.

La que era entonces como José Antonio ahora para mí, Lucía, me dio la oportunidad profesional de mi vida.

Sólo tenía que trabajar muy duro, muy inteligente y muy maduro.

Lo justo para una aspirante a madre con retiro aun adolescente.

Pero era mi oportunidad. Y no hablo de dinero, prestigio o posición. Era mi oportunidad porque era la ilusión de mi vida (de mi vida de veintiséis años.)

Me preparé a conciencia. Como dice José Antonio: con todo el cariño.

El día preciso a la hora precisa, tenía que presentarme en un auditorio frente a unas decenas de profesionales y presentar mis conclusiones.

Vamos, el trabajo de los últimos doce meses resumidos en una hora.

Me vestí con mi mejor camisa blanca de embarazada.

Además de embarazada estaba acojonada.

Tomé el coche, tomé la autopista, tomé los apuntes, tomé mi miedo, y me dirigí a mi sueño.

En mitad de la autopista, a pocos kilómetros de la salida, la niña dentro de mí se revolvió y me provocó un vómito compulsivo e inevitable. Me vomité encima enterita.

No podía parar. Así que seguí conduciendo. Hasta llegar a mi destino.

Lucía salió a buscarme: “todos te esperan, Amanda.”

Pero yo estaba en mi coche, vomitona mediante, sin poder salir, llorando como una magdalena.

Lucía vio el percal y reaccionó rápida. Me desvistió en el coche, limpió como pudo, puso su bata blanca, embadurnó de perfume barato, dio un beso en la mejilla y dijo: “venga, a por ellos.”

Frente a todos aquellos “batas blancas”, aun desconcertada y revuelta, me quedé en blanco. Me oía decir: “coño, Amanda, di algo, no puedes fallar ahora”. Pero nada. Callada como una mala puta.

Entonces dije:

- No puedo. Lo siento. Me estáis todos mirando. Y estoy embarazada y me acabo de vomitar encima.

Mi final profesional. A la puta calle, Amanda.

Entonces uno de los psiquiatras que había venido a regañadientes a escuchar a la psicologuita de turno contarle algo que probablemente ya sabía y a quien se la sudaba totalmente las conclusiones de mi investigación acerca de las barreras como prevención en el suicidio por trastorno distímico, dijo:

- Pues claro que te estamos mirando, Amanda. Hemos venido aquí para escucharte. Y además tienes la suerte de que somos todos médicos. Así que si te encuentras mal y dices eso de “¿hay un médico en la sala?” te vamos a poder hacer una intervención de urgencia y dejarte como nueva. Ahora, Amanda, di, ¿nos cuentas todo eso por lo que has trabajado tanto tiempo?

Podía haber seguido bloqueada pensando en lo que me había pasado.

Pero en lugar de eso, hice justo lo que aquel médico quiso que hiciera. Contar todo eso por lo que había trabajado durante tanto tiempo.

Fue la última vez que me bloquee.

Desde entonces, si me miran, sé que es porque quieren mirarme.

Si me quieren, sé que es porque quieren quererme.

Si me desean, sé que es porque quieren desearme.

Y si me encuentro mal, pregunto si hay un médico en la sala.

Me gusta ser muy hombre a veces.
 
55. CARLOS

Me gustan básicamente dos tipos de hombres: los del centro para arriba y los del centro para abajo.

Curiosamente de los hombres hago una distinción similar: me gustan de cintura para arriba y me gustan de cintura para abajo.

Uno de mis ex amantes colocaba la barrera un poquito más alta: la mujer hermosa tiene que serlo de cejas para arriba y de cejas para abajo.

Pero bueno, encontrar la mezcla perfecta de sensualidad, sexualidad e inteligencia no es tan sencillo, sobre todo porque cada uno tiene un concepto de sensualidad, sexualidad e inteligencia muy diferente.

Por ejemplo, yo no entiendo mucho eso del hombre listo frente al hombre inteligente. Mi amiga Lidia tiene un jefe cincuentón que no tiene estudios, ni carrera, ni tiene ni idea de cuál es la teoría de la relatividad, pero que fue listo para crear un negocio adecuado en un momento adecuado. El hombre está subido en el dólar (en el euro, para ser más precisos), pero tiene una secretaria licenciada en filología para corregir sus comunicados plagados de faltas de ortografía. Bueno, además se la beneficia, como muchos nuevos ricos que arrastran aun a sus esposas de los veinte años cuyo cambio fundamental es que ahora visten chándal Armani en lugar de chándal Carrefour.

Para Sonia es un superhéroe, un “selfmademan” que dicen los pijines recién salidos del IESE.

A mí me sigue pareciendo un tonto con mucha pasta.

El caso es que si se cruza en mi camino un tipo con esa inteligencia que a mí me subyaga (hubo uno que me contó todo el proceso de una central nuclear y cuando acabé le dije: bueno, cariño, me has puesto tan cachonda, que no sé si es mejor irnos a la cama ya o pedirte que me lo cuentes otra vez), además tiene mi concepto de belleza masculina (básicamente con clase y muy alto), sensualidad y morbo sexual, me parece que me pillo en un minuto.

Pero se me pasa rápido: tengo a Luís con todo eso y además, con todo el amor que me procesa.

Y es que yo siento por los hombres lo que los hombres sienten por muchas mujeres: me gustan de verdad.

Me gusta su cuerpo desnudo, por más que se empeñen mis amigas en que un tío en pelotas es ridículo.

Me gusta su sencillez y pragmatismo a la hora de hablar o de tomar decisiones.

Me gusta escucharles, hablarles, conversarles, me gusta su sexo, me gusta como me comen (cada uno a su estilo), me gusta mirar cómo se visten, cómo se duchan, cómo se preparan, qué perfume eligen para la ocasión, me gusta que me enseñen, que me guarreen, que me seduzcan, que se abran a mí para contarme sus intimidades, me gusta verlos en su rol de ejecutivos o comerciales o masajistas o dependientes o incluso peinándome el pelo.

Todo o casi todo en el hombre me encanta.

Ayer uno de esos hombres, me mandó un mensaje inesperado y muy deseado.

Decía: “hola presiosa. Qué requeteganas tengo de volver a verte. Y de tenerte entre mis brazos para hacerte todas esas cosas ricas que te gustaron tanto la otra noche. Y bailarte al oído. Y tenerte junto a mí muy pronto. Y tú no me haces caso. Te fuiste y ya no sé nada de ti. Tengo frío porque te pienso. Y cada vez que te pienso, vuelvo a sentir el calor de tu piel abrazada a la mía. Mi Amanda querida…”

Y aunque amo a Luís, y el desencuentro con Emilio aun colea, me decidí a comprar un billete de avión e irme a vivir una nueva aventura.

Con Carlos.
 
56. MUJERES, ¿LIBERADAS?

Me enganché a un libro de sexo por primera y última vez al leer a Sylvia de Béjar en “tu sexo es tuyo”.

La idea básica de la periodista es esa: que tu sexo es tuyo.

Las mujeres tenemos tendencia a pensar que sin el hombre adecuado no somos capaces de pasarlo bien.

Tengo una compañera en el Hospital que dice eso de “no hay tía frígida, sino tíos que no saben utilizar su lengua”.

Bueno, yo tengo la teoría inversa: “no hay tío que no te eche cuatro polvos en una noche, sino mujeres que no saben cómo motivarle”.

El caso es que el concepto príncipe azul – hombre experto – tío que te lo va a enseñar todo es frustrante, no sólo para las mujeres, sino también para los hombres.

Seamos serios: ¿os imagináis un tío desnudito y quieto en la cama esperando que nosotras seamos capaces de descubrirle cómo conseguir un orgasmo? ¿Y que si no somos capaces de hacerlo nos tachará rápidamente de “normalitas tirando a malas”?

Demasiada tensión. Pues yo creo que muchos hombres van con esa tensión a lamernos los pezones (es una metáfora, chicas, una metáfora.)

Como somos todo empatía, hemos encontrado la manera de no frustrarles. Fingimos un ratito de “hi hi, ho ho, ha haaaaaaaa” y luego le decimos que ha estado estupendo.

Bien para el chaval. Se irá contento a casa.

Pero… ¿y nosotras?

No sólo nos quedamos a dos velas, sino que encima tenemos engañados a medio género masculino.

Por suerte, hay otro medio que sabe perfectamente captar un orgasmo fingido y diferenciarlo de uno real.

Tengo otra compañera, mucho más auténtica que la primera, que me cuenta que a su novio le obliga a meterle el dedo en el culito para que, con las contracciones del orgasmo, se de cuenta de cuando tiene uno y cuando no. Así se evita escucharle preguntar cada dos por tres “¿Ya, cariño, ya has llegado?”.

Nada, nada: tú el dedo en el culo y ya te enterarás.

Y eso me hace pensar (y no sólo eso, sino la manida y socorrida teoría de que hay mujeres vaginales y mujeres clitorianas) que muchos orgasmos le han fingido al hombre.

En la vagina no se puede provocar un orgasmo por la sencilla razón de que el conducto sirve para parir y no podemos ir pariendo niños y corriéndonos al mismo tiempo.

Así que o se toca el clítoris de alguna manera (rozando con la pelvis, directamente con la mano o en posturas que permiten su estimulación) o no hay tutía.

Y es que la naturaleza está más o menos de acuerdo conmigo, y en las mujeres diferencia la procreación del placer (en el hombre no, eso que os perdéis) y nos da ocasiones para pasarlo de puta madre y otras para tener hijos. Y si todo viene en un pack, pues mejor que mejor.

Claro que he oído hablar de mujeres de se corren sin que les estimulen nada de nada, sólo con su cabecita y su mente. A esas las tengo yo envidia, la verdad.

Pero, sin querer hacer demagogia barata, pediría a todas las mujeres de este mundo que explicaran a sus chicos como tienen ellas los orgasmos y no dejaran a la casualidad que eso ocurriera.

Por su bien.

O más bien: por pasárselo realmente bien.
 
57. SEGURA DE SU INSEGURIDAD

- Hola cariño.
- Hola mi amor. ¿Cómo estás?
- Tengo ganas de verte.
- Lo sé, lo sé. Yo también. ¿Cuándo vienes?
- Supongo que pronto. Bueno, en realidad lo espero. Tengo mucho trabajo. Estos principios de año me estresan.
- Ya sabes que es sólo una temporada. No te preocupes. Pasará antes o después y entonces encontraremos un montón de excusas para estar juntos.
- Amanda, yo…
- ¿Pasa algo, Luís?
- No puedo seguir así.
- ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Tu mujer?
- No, no cariño, no es eso. No ha pasado nada. Es que yo ya no puedo más. En unos meses serán cuatro años. Cuatro. Esto ya no es una tontería, ni un calentón muy largo. Ni siquiera un desahogo.
- No sé a dónde quieres llegar, Luís. ¿Vas a dejarme?
- No… ¡joder! No hace falta que muestres tus inseguridades constantemente.
- ¿Qué quiere decir “constantemente”? Me acabas de decir que ya no puedes más. ¿Qué quieres que piense? ¿Qué me vas a pedir en matrimonio?
- Bueno, no quería ir tan lejos.
- ¿¿??
- Quiero separarme.
- ¿¿Te has vuelto loco??
- Es que esto ya no tiene sentido alguno. Yo no soy feliz, no puedo hacerte feliz a ti, mi mujer no es feliz, mis hijos ni se enteran, les da igual todo, sólo piensan en salir y pasarlo bien.
- ¿Qué vas a hacer? ¿Romper una familia? ¿Por amor?
- Por desamor, Amanda. Es por desamor.
- Pero el amor no sustenta la familia, la sustenta la responsabilidad, y el cariño, y el día a día. Eso lo sabes perfectamente.
- ¿Y tú, mi niña? ¿Vas a pasarte la vida esperando a que yo tenga un hueco para venir a verte? ¿No crees que mereces mucho más que eso?
- No tengo ni idea de lo que merezco. Pero en cualquier caso es mi decisión. No he renegado nunca de esto… ¿por qué ahora piensas que podría estar insatisfecha o infeliz con lo que tengo?
- Porque te quiero. Porque no puedo llamarte cuando lo deseo. Porque no puedo pasar contigo un fin de semana. Porque no puedo compartir mis vacaciones. Porque no llego a casa cada noche y estás tú y puedo explicarte mi día. Porque no puedo tomar decisiones a tu lado.
- ¿Y tú quieres todo eso?
- Sé que no quiero hacer todo eso con la madre de mis hijos.
- Luís, Luís… creo que esto es producto de vete a saber qué circunstancia. Si me la cuentas quizás pueda ayudarte.
- Entonces… ¿tú no lo piensas? ¿Tú no quieres todo eso que yo quiero tener contigo?
- Claro que sí, mi amor. Pero si eso tiene que pasar, no se puede tomar la decisión así, de la noche a la mañana, con una llamada de teléfono.
- Ya. Supongo que tienes razón.
- Mira, cariño, cuando vengas, si sigues pensando así, hablaremos de ello, con calma, ¿vale?
- Vale, vale. Pero ya te he dicho que no sé cuando voy a ir.
- Pues mira, ya tienes una bonita excusa para buscar un hueco en tu agenda.
- Desde luego. Te quiero, preciosa.
- Yo también.
- Hasta luego.

Si algo sé reconocer es la inseguridad y la no confianza.

Y conozco a Luís desde hace cuatro años. Y le llevo queriendo todo ese tiempo. Y sé, perfectamente, que no dijo lo que dijo seguro y confiado.

Y quizás yo pueda decepcionarle al usar mi parte racional en lugar de echarme a llorar emocionada porque por primera vez ha dicho “quiero separarme”.

Tal vez ese momento no llegue nunca. Luís y yo seamos amantes durante algún tiempo más, o toda la vida, o cualquier día dejemos de serlo. Pero si tiene que llegar ese momento decisivo en su vida y en la mía, tiene que ser con absoluta seguridad.

Lo que yo no podría soportar es que él me decepcionara a mí.
 
58. SEX O NO SEX

Llevo unos días regular. Nada que ver con el ciclo menstrual: a partir de los 35 ni tus óvulos tienen interés para la comunidad médica, básicamente porque las hormonas que regulan esos estados de ánimos que tanto horrorizan a los hombres están ya de capa caída.

Pero se me acumulan una serie de circunstancias (esa conversación con Luís, un fin de semana en brazos de Carlos ajeno a él) que hacen que mi habitual pragmatismo se tome unas vacaciones.

A punto de ir a dormir, mi móvil me dice que Luís quiere hablar conmigo.

No me apetece mucho, no estoy de humor.

Pero Luís es Luís. Yo no digo nunca que “no” a Luís.

Está exultante. Feliz. Divertido. Ocurrente.

Ha tenido un día perfecto y brillante en el trabajo. Me cuenta un par de cosillas al respecto, pienso que sí, que es brillante. Me maravillo un rato. Estoy por ir a ponerme un viejo babero que guardo de cuando Lili era un bichillo con patucos.

A media hora de conversación, le digo que tengo un día regular tirando a malo, que estoy pensando en suicidarme pero no es grave. Se ríe pero adivina rápidamente que algo no anda bien.

Me pregunta qué ocurre. Le digo que no tengo ganas de hablar de ello. Que sólo quiero ir a dormir.

Trata de mantenerme en la conversación, diciéndome que está encantado de tenerme al otro lado, que es el final perfecto a su día fantástico.

- No soy una buena compañía ahora mismo.
- Tú eres una compañía maravillosa siempre, tesoro.
- Bueno, pero hablemos de ti, de tus cosas… cuéntame algo, anda.

La conversación deriva en delirios variados. Me cuenta un par de chistes malísimos, yo otro par peores, hablamos de sexo, de cuándo viene, de qué son los celos en clave de humor… se me pasa el tiempo volando. Tres horas enganchada al teléfono y medio paquete de tabaco en forma de colillas en el cenicero.

A punto de colgar (“tengo la oreja en carne viva y la lengua con agujetas”; “pues yo quisiera comerme esa lengua ahora mismo, cariño”) me dice:

- No te quejarás de cuánto te quiero… ni siquiera he hecho alusión alguna a mi deseo sexual respetando tu momento de semi depre.

Ya estamos. Volvemos al clásico “mujer triste pasa de sexo y sólo quiere mimos”.

Le digo que yo no soy de ese tipo de mujeres. A mí me da igual el estado de ánimo en que esté. Si no tengo ganas de sexo, puedo entender perfectamente que él si lo tenga. Comer y follar sólo es empezar. Quizás no tomara yo la iniciativa, pero si él la tomara no me molestaría en absoluto. No pensaría: “jodido guarro… ¡todos los tíos son iguales! Sólo la quieren meter, sin tener en consideración mis sentimientos.” Es un pensamiento absurdo a la par que descabellado. A fin de cuentas, soy yo la que tengo un mal momento. No él. Lo lógico es que a él le apetezca sexo. Y si puedo complacerle, al menos pasaré unos minutos olvidando todo lo que me está pasando.

Le suelto toda esta retahíla reivindicativa pro sexo y yo soy estupenda que te cagas y él me escucha.
Y después de estar un rato escuchando, dice lo siguiente:

- Mira, cariño… eres una persona maravillosa, encantadora, divertida, inteligente y muy muy sexy. Me vuelves loco, y lo sabes. Pero además eres una mujer. Y puedes tener tu día malo y necesitar de mí sólo mimos y sólo caricias. O comprensión, o conversación. O amor o cariño. Puedes necesitar todo eso, y pedirlo. Y no te hará parecer menos amante, complaciente o fabulosamente sexual a mis ojos. Es más… cada vez que presiento que me necesitas para mí es un orgullo poderte ofrecer esas caricias que buscas.

Sé que te encanta esa imagen de devora hombres y te encanta caminar por la vida como si no tuvieras miedo a nada, como si fueras tan autosuficiente que el resto no somos más que tus objetos sexuales.

Pero cada vez que tienes uno de esos días, y me lo dices, y luego vuelves a adoptar esa postura de “pero no quiero hablar de eso” y “no te necesito” me doy cuenta de que además de ser la amante soñada, te quiero con ternura y con cariño.

Y si te tuviera cerca de mí hoy, a pesar de que me muero por follarte como un loco, lo que más me apetecería sería abrazarte y decirte que todo va a salir bien, sea lo que sea.


¿Es o no es para estar enamorada?


 
59. DEMASIADAS EMOCIONES

No me di cuenta de cuánto le estaba doliendo.

Estaba allí, hablando a mi manera, diciendo sin querer decir, ni enfadada, ni ofuscada, ni renegada. Sólo verborreïca.

Se reclinó sobre el respaldo de la silla, dejó de tomar mi mano. Cruzó sus brazos en una barrera sobre su pecho. Mordió el labio superior ligeramente. Vi cómo se le empañaban los ojos. Se le iban llenando de lágrimas y yo seguía hablando, alegremente. Combinaba palabras, caladas, sorbos de vino.

Es raro el momento en que no le entiendo.

Empezó encelado.

Hablamos de relaciones paralelas e hice un ejercicio de sinceridad. Irónico, casi divertido. Apenas un “pues claro que follo con otros, querido.”

Le digo ese tipo de verdades a medias constantemente. Me protejo. No quiero que sepa que existen otros, pero no quiero que sepa que no existe nadie más que él.

Él es mi prioridad emocional. Pero no soy gilipollas. No me enamoro gratuitamente, al menos no después de todo lo vivido. Amo incondicional, es cierto, y nunca digo “no”. Pero hago mi vida y manejo mi libertad, porque es el derecho añadido a aceptar ser su amante, segundo plato, la otra, la querida, la huída, la escapada de la rutina.

Me molesta que él piense que mi entrega es entera y eterna. Pero no quiero perderle. Así que a veces aludo a mi otra vida, igual que él alude a su vida, la auténtica, y no esta fantasía que sueña conmigo.

Pero se enceló molesto y torpe, no supo reaccionar.

No dijo: “qué cabrona”

Ni siquiera: “joder, no me gusta que te acuestes con otros.”

Tampoco: “no quiero que folles con otros hombres.”

Sólo se sintió molesto. Se revolvió sobre la silla, se puso nervioso.

Y dijo algo así como: “no me lo cuentes, no me lo cuentes.”

No profundizamos más.

Entonces me salió esto:

“No tienes ni puta de idea de cuánto te quiero. No tienes ni idea porque no puedes sentirlo ni lo sentirás nunca. Porque tú no sabes lo que es soñar toda tu vida con un hombre como tú. Y que te castigue el destino y te lo ponga delante. Y deje que te bese y te ame. Y luego te diga: ¡Jódete, Amanda! Sólo será tuyo una ínfima parte de su tiempo. Y antes que tú vendrá el trabajo, y la familia, y otra mujer. Y luego algún instante para ti. Para que sueñes. Y para que te mortifiques después por no poder compartir cada mañana junto a él. No, Luís, no tienes ni idea. Así que si a veces follo con otros, es porque trato de joder al destino que me jode, y decirle que me da igual que me haga esta putada, porque soy libre, y follo con quien quiero.”

No hubo consuelo.

Ni risas, ni copas, ni “te amo”, ni “te quiero”, ni hacer el amor, ni follar, ni arrodillarme ante él vestida con minifalda y botas y con la camisa blanca abierta para que viera mis pechos moverse al ritmo de una mamada fabulosa.

Ni los abrazos de toda la noche, ni el despertar abrazado a mí acariciando mi cuerpo, ni despedirse saliendo de casa diciéndome “te quiero mi amor” desde la puerta.

No hubo consuelo para aquel momento de odio vertido sobre el hombre que amo.

Ya sólo se esperará. A que el dolor pase. Y tras él, llegue de nuevo la locura.
 
60. A DOS BANDAS

Cuando estoy con Luís, cerca, lejos, encima, debajo, de lado, me desvivo por hacerme feliz. Sí, he dicho lo correcto: hacerme a mí feliz. Y es que amarle es amarme, y quererle es quererme.

No sé exactamente en qué país está ahora mismo: había un retraso en su voz de tres segundos. La conversación se hacía imposible. Dije siete veces “te quiero” y siete más “me muero por verte” y se iban cruzando mis palabras con sus “te adoro” y “te deseo”. Lo importante estaba dicho. Colgué.

Mi móvil volvió a sonar. Imaginé (desee) que fuera él desde la habitación de hotel. Quizás desde un fijo la voz sonara más clara.

Pero no era Luís, era Carlos.

El muy jodido me manda mensajitos cada dos por tres y me encanta.

- ¿Te vienes?
- ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?
- Aquí. El fin de semana que viene. Porque ya no puedo esperar más a verte.
- Deja que lo piense.
- Vale. Tienes dos segundos. Uno. Dos. Ya. ¿Te vienes?
- Sí.

Tiro de mi Iberia Plus. Tengo saldo. Billete ida y vuelta. Mensaje: “estaré allí el viernes de la semana que viene”. Mensaje de vuelta: “¡Yupiii!” ¡Qué encanto!

Y ahora pienso: ¿por qué?

¿Qué necesidad tengo de pasar un fin de semana con un hombre guapísimo, divertido, cariñoso, dulce, que dice va a tratarme como una reina?

Necesidad ninguna. Ganas, demasiadas.

Tengo ganas de verle, de estar con él.

¿Se puede amar con tanta pasión, entrega, amor, comprensión y deferencia como yo lo hago y, sin embargo, desear vivir una aventura?

Lo único realmente auténtico de ser la Amante es que, aunque me equivoque, aunque esté haciendo lo incorrecto, aunque juegue con el fuego de mis sentimientos, nadie va a decirme nada.

Y tras comprar mi billete, imaginarme en una ducha con espuma y a Carlos frotándome las tetas con sus manos, suena de nuevo mi móvil.

Y esta vez si es Luís.

- Cariño, no hables, que no nos enteramos con el retraso. Escucha: hago escala en tu ciudad. Cinco horas para nosotros. El viernes. Te quiero.

Pues menos mal que no es el otro viernes.

Porque hubiera tenido un problema… o hubiera tenido que elegir.

Pero no tengo por que hacerlo. Cinco horas con Luís y un fin de semana con Carlos. Llamadme ligerilla, pero ¡joder! Me encanta mi vida.
 
62. COCINANDO SE ENTIENDE LA GENTE
Estuvimos cocinando spaghetti a la carbonara. Él en su cocina de dos por dos. Yo en la mía.

- ¿Y cómo voy a saber si están al dente?
- Saca uno y muérdelo.
- ¿Tú estás loca? Si meto allí la mano me la voy a abrasar.
- No, loco. Cógelo con un tenedor.
- Ah, sí, claro… como que no se escurren los jodíos estos.
- Pues mete una cuchara.
- Tú todo es meter y meter… ¿te han dicho alguna vez que eres una salida?

Me acordé de Luís. Llevaba tantas horas sin pensar en él que casi me pareció extraño. Desde que le dije a Carlos que iría a pasar el fin de semana con él, no hacíamos más que emborracharnos el uno del otro.

Me despertaba junto a él desde hacía cinco días y me acostaba a su lado todas las noches. Volví a acordarme de Enrique y de Eduardo y de Luís en los primeros meses. De todos aquellos hombres de los que me enamoré y de los que, siempre o en algún momento, me encontré separada de ellos por kilómetros de distancia.

Carlos seguía con su salsa. Le dije que pusiera un huevo batido en la crema de leche. Escuché como batía el huevo. Me reí imaginando qué malabarismo estaría haciendo con el teléfono apoyada en su hombro y las dos manos ocupadas batiendo un huevo.

- ¿Y si les pongo algo de pimentón picante?
- ¿Tienes?
- No. Pero si hubiera tenido se los hubiera echado. Me gustan las cosas con un puntito picante.
- Yo les echo unas gotitas de tabasco.
- Mmmmm, ¡buena idea! De eso sí que tengo.

Ya había perdido la noción del tiempo. Quizás llevábamos una hora y media enganchados en una conversación de pura compañía. Habíamos empezado como en las últimas llamadas, hablando un poquito del tiempo y otro poquito del trabajo.

- ¿Vino?
- ¿Para los spaghetti?
- No, para ti y para mí.
- ¿Qué tienes?
- Un protos. Me lo regaló mi padre.
- Yo creo que tengo algo de Don Simón en Tetrabick. No es lo mismo, pero la compañía seguro que me hace imaginar que es un Protos Reserva.
- ¿Me invitarás a un Protos el viernes?
- Ey… ¿qué le pasa a mi Don Simón?

Me reí. Quise acelerar el tiempo, borrar una semana del calendario, y estar entre sus brazos. Me acordé de la sensación de dormir abrazada a él, sobre su pequeño cuerpo perfecto, arropada entre sus piernas y sus caricias. La sensación de sentir su sexo apasionado buscando mis emociones. La sensación de sus besos recorriendo mis manos por primera vez. La sensación de su sonrisa provocando la mía.

- Han quedado preciosos.
- No te los comas.
- ¿Qué dices? ¡Tienen una pinta estupenda!
- Por eso… vi una película en dónde hacían una cena fantástica y luego se dedicaban a admirarla.
- ¿Te hago una foto?
- Sí. Y mándamela por mail.
- ¿Está loca? Yo no uso esos cacharros.
- ¿No mail?
- No mail, no Chat… yo quiero escuchar tu voz… Además, ¿qué sentido tendría? Puedo llamarte cuando quiera, puedes hacerlo cuando tú quieras… eso de los chats es para los casados y las amantes.
- Sí, claro, tienes razón.
- Pero puedo mandarte la foto por móvil.
- ¿En serio?
- Sí, ya lo verás… espera…. ¿la ves?
- Ey, qué guapo estás! Me gustas más tú que los spaghetti.
- Uy, ahora ya sé que tengo que hacer para seducirte cuando vengas: me pondré desnudo con un plato de spaghetti en la mano.

Volvimos a reír.

- Tendríamos que colgar, ¿no crees?
- Sí, creo que ya me fundido el saldo de este mes.
- Un beso, Carlos. Ya queda poquito.
- Amanda…
- Dime.
- Estoy muy a gusto contigo.

Me quedé callada. El silencio de algo que empieza. Algo distinto, tan distinto porque es perfectamente normal. Sentí que no sabía qué decir. Podría decir “yo también.” Y dejarme llevar. Sin miedo. Sólo dejar que las cosas sucedan. Sin poner barreras ni condiciones. Que las cosas pasen, por primera vez en cuatro años, sin Luis.

- Bueno, preciosa, no quería asustarte. Estate tranquila, ¿oyes? Nos veremos el viernes.
- Claro. Pero oye, Carlos…
- Dime.
- Yo también. Yo también estoy muy a gusto contigo.

Aunque no pude verle sentí su sonrisa.

Y colgué.
 
63. HOMBRES, MANUAL DE INSTRUCCIONES

Ni los hombres son tan simples, ni las mujeres tan complejas.

Aunque yo de mujeres, ni idea. Cada día me convenzo más de que se guían inevitablemente por la envidia y la codicia (dos pecados capitales que todavía no he practicado.)

Pero de hombres empiezo a saber algo.

No mucho.

Hasta no hace tanto me duraban menos que un suspiro.

Pero a base fastidiarla, les he ido cogiendo el puntito.

Es evidente que a casi todos se les gana por la comida. No por el estómago. He dicho exactamente lo que quería decir: una buena comida y ahí los tienes como corderitos, entregaítos, entregaítos.

He empezado diciendo que no eran tan simples y ya los he encasillado en polla-boca-mamada.

Una de las cosas que he ido observando en ellos es la evidencia de que nosotras no somos lo primero.

Su escala de valores es mucho más extensa, variada y moldeable que la nuestra.

Si su mejor amigo tiene un problema y les necesita, ya puedes estar esperándole en negligé rojo con tacones de aguja, que te van a dejar colgada.

Si juega el Madrid-Barça y además resulta que van a verlo con otros cinco amigotes tomando cervezas, te quedas otra vez colgada.

Si su jefe les reclama urgentemente o tienen una reunión importante con un cliente, te quedas más colgada que un calcetín recién salido de la lavadora.

Tratar de que ese sistema de valores cambie es una quimera que ni Ulises en sus mejores momentos.

Pues, coño, déjales hacer.

Puta manía que tenemos nosotras de recriminarles, agobiarles, echarles en cara que no nos prestan atención, acordarnos de toda su familia si no acuden a una cita con una excusa para nosotras increíble…

Luís me marea.

Me dice: “vengo el miércoles a comer. ¿Podemos pasar la tarde juntos?”

Yo cojo mi agenda de pacientes y me los coloco a todos apretujaditos para el jueves, me pido un día de fiesta a cuenta de vacaciones, me preparo la epilady para sacarme hasta el último vello de mi cuerpo serrano, y dejo la tarjeta de crédito agonizante comprándome un conjuntito de La Perla en negro y ligeros bordados rojos.

Me llama: “oye, que no puede ser el miércoles, que me han puesto una reunión de última hora. Pero me lo he organizado para el viernes.”

Dale otra vez a la agenda. Recoloca a tus pacientes del miércoles que habías pasado al jueves, toma los del viernes y ponlos para el lunes, pide otro día de vacaciones y anula el anterior, deja la epilady para el miércoles y el conjuntito arregladito en el armario.
“Cariño, me vas a matar, pero resulta que la reunión del miércoles me la han pasado al viernes. Así que sí que vendré el miércoles.”

Corre otra vez a por la agenda, dile al primer paciente que llamas que la que se está volviendo loca eres tú y no él, dale a la epilady a toda pastilla, escucha como el Director de Recursos Humanos te envía a la mierda por cambiar el día de vacaciones, admira tu conjunto de La Perla por octava vez.

“Mi vida, estoy en el hiperestrés. Resulta que el miércoles por la tarde viajo y no tendré tiempo de comer contigo, pero vendré el martes por la tarde y me quedaré a dormir. ¿Cenamos juntos?”

Llama a tu primer paciente de nuevo y escucha como te llama “degenerada”, mándale un mail al Director de Recursos Humanos porque te da vergüenza decirle que te cambie el miércoles por la tarde del martes, estampa la epilady contra la pared, piénsate si regalarle el conjunto a la camarera del bar de abajo y acuérdate de todos los familiares muertos de Luis.

“Amor, ¡qué desastre! Ahora me dice el Presidente que si puedo venir mejor el miércoles por la noche y dejar el viaje para la semana que viene. No tendría sentido que viniera el martes, así que ¿cenamos juntos el miércoles?”

Estírate los pelos, cómete compulsivamente medio bote de Nutella, mándale un burofax al Director de Recursos Humanos, machaca la epilady, rasga el conjuntito de La Perla y pregúntate por qué coño Luís no se mete su trabajo por el culo.

- Cariño, perdóname… pero ya sabes como es mi trabajo. Lo siento de veras. Tengo muchas ganas de verte el miércoles. Espero que no te hayan provocado ninguna molestia mis cambios de planes.
- No, vida mía, no te preocupes. Es normal. Sé que hacemos encaje de bolillos con tu trabajo para poder estar juntos. No temas. Me muero por verte.
- Ays, preciosa, ¡qué linda eres! De verdad que te quiero, cariño. Eres lo mejor que me ha pasado nunca. Te voy a llevar a cenar a un sitio increíble y te voy a echar seis polvos. Y aun me va a dar tiempo para amarte con la ternura y el cariño que mereces.

Pues eso, que no es tan difícil.
 
64. ENFADADA
Ser Amanda, amante, amada no va reñido con gastárselas de todos los colores.

Hoy le ha tocado a Luis.

Más bien: Luis se la ha ganado.

Tras mil cambios de planes, posibles encuentros en tránsitos, adaptación y comprensión, flexibilidad y “no te preocupes, cariño” variados, decide anular todas las citas a la vez por problemas que no vienen al caso.

Hasta ahí todo normal: no es la primera ni será la última vez que me deja colgada con el negligé rojo y los tacones de aguja.

La sutil diferencia ha estado en la manera de hacerlo.

Me manda un mensaje: “no podremos vernos. Tengo al presi pegado a mi culo. Un beso.”

A ver: si tienes una amante que se entrega hasta los mismísimos huesillos del oído interno derecho, con una hija, un trabajo, una serie de responsabilidades, que te folla como tú siempre soñaste, te ama como siempre quisiste y te molesta lo justo y necesario, ¿no merece al menos un cariñoso “lo siento vida mía, estoy desconsolado pero prometo compensarte”?

¿Qué coño de despedida de mensaje significa “un beso”?

¿Es algo así como “se despide atentamente” en versión tuteo?

¿Vamos a dedicarnos ahora a despedirnos de maneras políticamente correctas? ¿Hemos dejado de ser apasionados amantes que se despiden con “te quiero y me muero por follarte todos los huecos de tu cuerpo”? ¿Nos hemos convertido en compañeros de trabajo repentinamente?

Ah, no, eso sí que no.

Mis exigencias son pocas, pero extremas: yo exijo la descarada utilización del lenguaje al estilo Corín Tellado para seguir dejando que dispongan de mi tiempo y de mis ilusiones al antojo del presidente de una multinacional.

Así que respondo con toda la mala leche que tengo: “Vale. Un beso.”

Sí, sí, ya sé que no suena muy duro. Pero os aseguro que para Luís un mensaje mío así equivale a un “vete a la mierda jodido cabrón asqueroso que te folle un pez.”

Así que tarda tres segundos en llamarme, asustado.

- Hola… ¿te molesto?
- No.
- Ah. Oye, que he notado algo de mala leche en tu mensaje.
- Sólo he dicho que “vale, un beso”.
- Ya, pero no sé. Estoy un poco neurótico.
- ¿Por qué estás neurótico?
- No sé, no puedo verte y me apetecía mucho. Y tú vas y me contestas con un simple “vale, un beso.”
- ¿Y qué querías que te dijera? Me dices que no vienes, pues vale, un beso.
- Ya claro. No sé. ¿Estás bien?
- Sí.
- Ya. Bueno, yo también. Pero es que mira, te explico: resulta que el presi…

(me larga un rollo explicándome por qué no puede venir y bla bla bla.)

- Entiendo. Bueno, ¿qué tal tiempo hace allí?

(me larga otro rollo acerca del tiempo.)

- Pues aquí hace sol.
- ¿Qué tal el trabajo? ¿Todo bien?
- Ya sabes cómo es mi trabajo. Me paso el día viendo a chalados que me preguntan si es mejor pegarse un tiro en la boca o tirarse de un puente. Así que no sé si definirlo como “bien.”
- Bueno, pero tú eres una maravillosa profesional…

(me larga un rollo acerca de lo fantástica que soy.)

- Tú también tienes un bonito trabajo.
- Ya. Oye, me tengo que ir. Te quiero tesoro.
- Vale, un beso.
- Espera, cariño, así no. Lo siento, lo siento de verdad. No debí escribirte un mensaje así. Pero estaba tan desconsolado por no poder verte… créeme, Amanda, cada vez que tú lo pasas mal por no verme, lo paso yo peor por no poder hacerlo.
- Vale, tienes razón. Me he puesto exageradamente estúpida.
- No, el estúpido soy yo por no ser cuidadoso hasta en el último detalle.
- Venga, estamos un poco estúpidos los dos. Va, vamos a dejarlo aquí. Mañana será otro día.
- Tienes razón. Un beso, cariño.
- Un beso, mi amor.

Una de las cosas que me fascina en Luís es su capacidad de rectificar, sin que haga falta una gran conversación de por medio.

Estaba aun desconcertada, ¡qué coño!, cabreada, estaba aun cabreada.

Pero dejé de estarlo al recibir un mensaje a los dos minutos de colgar:

“Amanda, mi vida: tengo al presi pegado al culo. Y no puedo ir a verte como te prometí. Lo siento, mi amor. Prometo recompensarte muy pronto. Te echo mucho de menos.”

Y contesté: “Vale: un morreazo, jodido, que te lo has ganado.”
 
65. MI VIEJO Y ADORADO AMANTE

A Luís le han “degradado”.

Es que ya es viejo para su empresa.

Bonita tontería.

Pero asquerosamente real.

A partir de una cierta edad, tal y como están las cosas en el mundo laboral, un hombre es viejo según la fecha de nacimiento que ponga en su DNI.

A mí me dan ganas de filmar la última sesión de sexo que tuvimos y decirle al presidente de su compañía que si esto es estar viejo, entiendo perfectamente a la tal Ronna y a Papuchi.

Pero claro, el presidente tiene 42 años. Muchos menos que Luís. Tener la edad que tiene Luís debe ser todavía una irrealidad para él. Nada que hacer. Luís dejará de ser el Director General que va a delegaciones varias y pasará a tener un título rimbombante que suena a título honorífico de esos que nadie se cree o a nadie interesa.

Con la palabra “asesor” de por medio. Buffff. Me dan escalofríos. Seré la amante de un “asesor honorífico viejo que en tiempos remotos fue Director General”.

Cuando me lo cuenta lo hace con una especie de vergüenza mezclada de inseguridad:

- Sabes, princesita, he estado hablando con el presidente de mi empresa y bueno… dice que ya son muchos años y debo de estar cansado y quizás sería bueno para mí y para la empresa que mi adjunto me sustituya en seis meses y yo pasar a ser miembro del comité asesor. No sé, creo que ya he dado tanto por mi empresa que puede ser buena idea tomármelo todo con más calma.
- ¡Oh, cariño, qué noticia tan estupenda! (“jodido cabrón de mierda de presidente… ¿insinúas que mi Luis está ya viejo?”)
- ¿De verdad? ¿Crees que es lo adecuado?
- Claro, cariño mío. Tú sabes tanto, casi has parido esta empresa, lo sabes todo de ella. ¿Qué mejor que tenerte en el comité asesor? Eres como un “gurú” interno. Y eso tu presidente ha sabido captarlo. (“bonita manera de sacarse de encima al Director General. Putas multinacionales. Que no te vea yo por ahí, presi, cuando cumplas los cincuenta y tres, que te voy a gritar ¡viejo! por la calle.”)
- Pues yo me he quedado un poco preocupado. No sé, no me lo esperaba. Tampoco estoy tan mayor, ¿no crees?
- Anda, anda, ¿qué tendrá que ver eso? Tu presi está buscando un referente, un hombre como tú, alguien que de verdad le dé al comité asesor una función básica y fundamental en la empresa. (“pobrecito mío. Esto debe ser tan frustrante como para las mujeres encontrarse con la menopausia. Te follaré cinco veces la próxima vez, cariño, para demostrarle al mundo entero lo hombre que eres.”)
- Ah, pues yo eso de asesorar a los demás lo hago muy bien. Me gusta mucho la formación y enseñar a los demás.
- No me extraña, es una función apasionante. Te veo en breve como profesor de Universidad, con cientos de niñas embobadas en tus clases. (“¡Qué decadencia, diós!”)
- ¡Jajajajaja! Eso estaría bien, princesita. Me las cepillaré a todas cuando tú no te enteres.
- Estoy segura de que lo intentarás, niño malo. (“¿ves lo que has conseguido, presi de mierda? Ahora tendré que alentarle a serme infiel.”)
- No mi vida, siempre que estés tú a mi lado, sólo tendré deseos para ti.


Bueno, y así un rato más.

Sentí a Luis tan pequeñito en esa conversación.

Y yo tan amante.

Cuando quieres a alguien de verdad, nunca, jamás, admitirás que ya está viejo. Seguirás deseándole y amándole como cuando le conociste. Y nada de lo que cambie en él, sea lo que sea, podrá disminuir tu cariño.

Me siento orgullosa de Luis. Me siento orgullosa porque me dice las cosas que le pasan sin admitir miedo alguno. Y sé que él sabe que yo no admitiré lo que pienso. Son conversaciones necesarias. Los dos mentimos. Pero así nos sentimos seguros los dos.

 
66. AMANTES, PERO NO AMIGOS
Me recuerda la tutora de Lili, inútilmente, que hay que ser cercana, no amiga.

Y es que yo tengo un concepto de la amistad demasiado exquisito.

Porque una cosa es ser amigos, y otra ser amantes y otra más ser pareja.

Si algunos quieren aunar los tres conceptos en una misma persona, allá a ellos. Yo prefiero compartimentar, de manera estanca, amor y amistad.

Un amigo tiene la virtud de ser un paño de lágrimas pero también un confesor. Ese a quien se lo cuentas absolutamente todo.

¿Os imagináis contándoselo todo a Luís o al recién estrenado Carlos o incluso a mi amado Enrique?

Algo así como…

- Cariño, ayer llegué a las cinco de la mañana a casa.
- ¿En serio? Pedazo fiesta te pegaste.
- Sí, ya sabes, follando un ratito.
- Anda, qué bien… ¿Y con quién?
- Bah, con Emilio, el traumatólogo. Es que de vez en cuando siento que tengo que darle alas a mi libertad, algo así como demostrarme a mí misma que a pesar de todo lo que te quiero, no soy una pringadilla que espera a que tú le llames.
- ¡Faltaría más, cariño! Tú tienes que vivir tu independencia con absoluta convicción.
- Mira que me jode traicionarte así… pero bueno, luego te miento un rato y como no te enteras mucho, pues “ojos que no ven, corazón que no siente.”
- Tienes toda la razón. Oye, ¿y la tiene grande el tal Emilio?
- Uy, mucho más que la tuya… lo que pasa es que me gusta más como me comes tú el coñito.
- Ah, ¿no lo hace del todo bien?
- No, es un poco torpe… mucha polla y poca cabeza.
- ¿Cabeza de polla o cabeza de cabeza?
- Cabeza de cabeza. Pero vamos, me corrí un par de veces.
- Ah, pues entonces muy bien, ¿no?
- Sí, sí. Visto así, la verdad es que no me quejo.
- Oye, y ¿qué harás el fin de semana que viene?
- Pues me voy a ver a Carlos, un tío que conocí hace unas semanas. Un encanto. Muy mono. Te iba a decir que ese fin de semana me iba con mis padres a la casita de la playa, pero ¿para qué mentir? Tú eres mi amigo, y a mi amigo se lo cuento todo.
- Claro, preciosa. Me encanta ser tu amigo. Pero lo de ser amantes, lo vas a tener un poco más negro.
- No jodas.
- No, hija no, contigo no jodo yo más en mi vida, so guarra.

Pues eso. Que mis amigos están para lo que están y mis amantes para amarme.

Así de claro lo tengo yo.

Y de momento no me ha ido nada mal.
 
67. BUENO
Existen hombres que manejan sus inseguridades con humildad. Asumen sus errores, limitaciones y pequeñas fatalidades con entereza.

Te hablan de su pasado sin matices, en llano. No esperan que les comprendas ni les compadezcas, esperan que les escuches y regalarte así un pedazo de ellos, como si eso fuera no tanto un regalo, como un don: se dan, sí, hacen eso, donarte algo de sus recuerdos.

Cuando te besan no temen consecuencias ni largas conversaciones… sólo besan.

Y en su pragmatismo, dicen cosas que no pueden doler: todo tiene un sentido y una justificación puramente normal.

Hay hombres que se comprometen consigo mismos y no buscan comprometerte.

Te hacen el amor hablando y preguntando, con un leve sentimiento de inocencia o ingenuidad: no saben utilizar palabras violentas, ni soeces porque no saben si eso es bueno o malo. Buscan experimentarte al ritmo de sus orgasmos, reteniéndolos por ti creyendo que es lo justo.

Tienen ese alto sentido de la justicia sexual: es un toma y daca. Dar placer y recibirlo, reírse después de tocar el cielo, besar y abrazar, dormir a tu lado dándote el calor del cariño, sin hora en el reloj.

Hay hombres que no son todavía hombres pero dejaron de ser niños. Luchan por una felicidad que no saben aun si quieren encontrar y esperan aun que la vida les sorprenda. Viejos Peter Pan que aun sonríen.

Amigos y amantes… amigos con los suyos, amantes contigo, te llevan a compartirte aunque no te conozcan lo suficiente: te comparten con sus amigos y dejan que tú les sorprendas a ellos y preguntan siempre “¿Estás bien, estás a gusto?” y lo hacen cuando te traen un tierno desayuno a la cama y lo hacen cuando te arropan a su lado.

Hombres que se quedan mudos cuando te atreves a decirles “me encantas, ¿lo sabes?” y en lugar de huir o correr contigo, contestan “joder, me gusta cuando me dices esas cosas, pero me quedo cortado, no sé qué decir.”

Y te ríes y te sientes normal, y querida y deseada y protegida y sientes que tienes tu espacio y sus caricias son constantes y ya sabes que no es sólo porque necesitan darte ese cariño, sino porque esperan el mismo cariño de ti.

Afecto, abrazos, confesiones, descubrimientos.

Noches de embrujo, días de ensueño, todo llano, fantásticamente normal, y empieza a ser excepcional por ser tan simple, tan fácil: no hay nada complicado, todo es perfecto sin ser explosivo pero al corazón a veces se le llega también con la sonrisa, sólo eso, sonrisa.

Hay hombres buenos.

Y acabo de volver de un fin de semana, para descubrir que Carlos es uno de ellos.
 
68. ¿TE GUSTA CONDUCIR?

¿Alguien le ha hecho una mamada hasta el final a su chico mientras éste conduce por la autopista a 120 km/h?

Yo sí.

Pero no voy a hablar de ello, que luego me llaman salida guarra zorra putón (aunque os aseguro que es de lo más divertido. Me refiero lo de ser salida guarra zorra putón.)

Lo creáis o no, evito el riesgo físico constantemente. No me gusta conducir rápido, no me gusta que conduzcan rápido, no me gusta tirarme en paracaídas, no me gusta hacer puenting, no me gusta ni subirme a una montaña rusa.

De hecho, dejé de esquiar el día en que el pijo entrenador que me puso mamá dos semanas al año durante tres años me dijo que estaba preparada para bajar por “esa” pista.

- ¿Tú te has fumado un porro?
- Niña, así no se habla.
- Tampoco se fuma uno porros antes de entrenar a una adolescente prudente y miedica como yo.
- Pero si no es nada, mujer. Dominas perfectamente los esquís. Sólo has de deslizarte, hacer lo que sabes hacer y disfrutar de la velocidad del aire helado sobre tu preciosa carita.
- Mira, lo que mejor sé hacer es llenarme los pulmones de nicotina y alquitrán en ese bar de allí abajo, al que voy a acceder con mis esquís sobre los hombros dándome un paseíto, mientras me troncho con las hostias que se da la gente por aquí.
- Vale. Pues te acompaño. En realidad odio esquiar contigo. Eres lo más patoso que me he echado a la cara y además estás muy rica. No dejo de pensar en invitarte a un cubata.

Me lié con el entrenador. Yo tenía 15 años y el chico 22. Si no follamos fue porque aun no tocaba, pero cualquier día de estos vuelvo a las pistas en busca de un entrenador pijo entrado en la cuarentena.

Así que todo lo valiente que soy con mis emociones lanzándome a cualquier piscina vacía (entiéndase tirándome a cualquier tío comprometido) soy lo peor en conductas arriesgadas (mucho o poco: me da miedo hasta cruzar la calle en rojo que no es precisamente un deporte de riesgo extremo.)

El caso es que con el tiempo desarrollé una preocupante fobia a subir en coches conducidos por hombres. Digo yo que influyó bastante tener tres accidentes (tres) con mi ex marido emulando a Alonso borracho, uno de ellos de gravedad (coche siniestro total según la aseguradora, mi ex dos piernas rotas y yo con un piño en la cabeza que así me dejó para el resto de mis días.)

Solución práctica muy del estilo Amanda: ya conduzco yo.

Mi coche es pequeño, un utilitario de esos de ir por ciudad y poco más. Cabe mi hija en la parte trasera a duras penas.

Cuando Luís sube, tiene que colocar las piernas dobladas casi tocando su pecho. También contribuye el hecho de que mida un metro noventa y tenga las piernas más largas que un día sin pan.

Pero a veces viene con su coche. Al principio lo cogía yo con excusas del tipo: “es que me gusta conducir tu coche.”

Una noche se cuadró y dijo:

- Amanda, vas borracha como una cuba. Mi coche lo conduzco yo hoy.

El jodido tenía razón: iba borracha como una cuba.

Así que subí al coche acojonada y taja perdida. Volvíamos de una cena a unos treinta kilómetros de mi ciudad. Había que ir por autopista. Yo ya me veía muerta. Accidentada. Atrapada bajo un amasijo de hierros. En fin, cosas de esas que pasan por la mente de una fóbica cualquiera.

Subí, me puse el cinturón, repasé mi testamento mentalmente, me agarré con las dos manos al manguito de la puerta, joder, joder, empecé a sudar nada más oí el motor encenderse, joder, joder, encima en el coche de Luís no se puede fumar, ay, ay, me va a dar una taquicardia…

Y Luís que me mira:

- ¿Se puede saber qué estás haciendo?
- Es que tengo miedo.
- ¿Miedo? ¿A qué?
- A subir a un coche conducido por un hombre.
- Bueno, cariño, si quieres me visto de tía en un momentito. Llámame Luisa, pequeña.
- No te rías, va en serio.
- Sí, ya veo que va en serio… estás sudando.
- Déjame conducir a mí.
- Me estás dejando de piedra. Una mujer como tú, tan segura, tan valiente para todo… ¿acojonada por que yo conduzca?
- No por ti, ya te digo que es en general. Anda, ya lo llevo yo. Se me ha pasado la borrachera de golpe.
- Ah no, ni hablar. El miedo te lo quito yo en un momentito.

Y arranca. Dura dos minutos más. El miedo. De pronto me siento mucho más tranquila. Me voy acomodando en el asiento. Escucho la música que ha puesto. Miro un poquito el paisaje nocturno, que se divisa apenas gracias a una media luna brillante. Empiezo a charlar de otro tema. Luís sigue conduciendo mientras enlaza mi conversación. A medio camino ya no me acuerdo de mi fobia.

Llegamos a casa y no comentamos siquiera el incidente. Hacemos el amor como siempre. Duermo tranquila, abrazada a él.

A veces una olvida que los miedos no son generales, si no concretos. Yo tenía miedo a subir al coche conducido por mi ex.

Pero con Luís a mi lado, no tengo miedo a nada.

Ni siquiera a hacerle mamadas en la autopista… pero he dicho que no hablaría de ello, ¿verdad?
 
69. REGALOS

Cuando Enrique y yo llevábamos un mes juntos, me regaló el Kamasutra.

Cumplimos tres meses, y me regaló un vibrador gigante acompañado de un lubricante con efecto calor.

A los seis meses, me sorprendió con unas bolas chinas y un tanga con sabor a fresas.

Dos semanas antes de dejarme, coincidiendo con San Valentín, me regaló un libro de cocina casera y un delantal.

Entendí por qué me dejó mucho tiempo después de saber que se había enamorado de otra mujer: para Enrique había pasado de ser su amante lujuriosa y apasionada a ser su novia cocinitas.

Cuando tienes que regalarle algo al hombre que amas y resulta que es un hombre social y perfectamente casado, tienes que echarle leña extra a tus neurotransmisores para aunar tu deseo de regalar con su deseo de no ser descubierto como hombre infiel.

Ahorras un montón: cualquier ofrenda material es desechada sistemáticamente. Un día quise regalarle un reloj impresionante que vi en un escaparate y me dio por imaginarme la escena de Luís regresando a casa con un pedazo de reloj y su mujercita inquisidora preguntándole si se ha vuelto loco o, mucho más probable, si tiene una amante.

Así que a Luís le regalo mi tiempo. Un trocito escaso. Pero es todo suyo. Entero de principio a fin. Mi mejor momento. Peluquería, depilación, sonrisa, tetas bien arriba, palabras que emocionan, besos sinceros, sexo libre y comunicativo, pasión y amor. Se lleva ese regalo a cada encuentro y sé que lo valora más que ningún otro.

Él tiene la bonita costumbre de regalarme libros que sabe que leeré. Los busca en mi idioma materno. Los busca de mis autores favoritos. Los compra y ni siquiera los envuelve en papel cursi. Tampoco los dedica. Sólo aparece con ellos y me dice: “toma, cariño, he pasado por una librería y he encontrado esto para ti.”

Apenas hay dos o tres librerías en mi ciudad en dónde encontrar libros como los que él me regala. Sé que sale antes de su hotel para pasar por ellas y perder un ratito buscándolos. Pasea por sus estanterías pensando en mí. Pregunta si no encuentra lo que espera encontrar para mí. No importa lo que cuesten. A veces son libros baratos y otros caros.

Me emociona a cada vez después de cuatro años y más de treinta libros regalados. Me emociona imaginar el instante en que toma sus emociones y las vuelca en hojas y páginas escritas para recordarme que me quiere, que para demostrármelo no hace falta buscar nada con un regalo, sólo decirme que piensa en mí.

Y a cada vez que lo hace, pongo esa cara de amante enamorada sorprendida. Sé que son libros, de los míos, porque los trae en la bolsa de siempre. Y yo digo: “cariño, qué hermosos libros, ¡gracias mi amor! Eres un sol.”

Y los leo pensando que me importan un pepino, pero son los libros de Luís, del momento de Luís pensando en mí.

A veces quiero regalarle algo tan caro que se quede embobado al descubrirlo. Se lo conté hoy en nuestra conversación.

Y me dijo: “tú me regalas tu tiempo. No hay nada mejor para mí.”

Y aun me preguntan algunos como podemos vivir este amor, que sólo son polvos y sólo son encuentros cómodos desprovistos de sacrificios.

Porque Luís y yo, es bien sencillo, nos seguimos regalando cosas insignificantes que sólo tiene un objetivo: contarnos que nos echamos de menos, que siempre estamos presentes el uno en el otro.

Y nadie aprecia como él mi regalo y nadie le aprecia a él los suyos como lo hago yo.

El día que nos volvamos prácticos, causales y pragmáticos a la hora de regalar, el día que regalemos algo por el regalo en sí, ese día será como el libro de las cocinitas y el delantal: ya no seremos amantes, seremos carnaza sentimental
 
70. MIS TETAS, SEGÚN QUIEN LAS VEA
Conocí hace tiempo a un hombre en circunstancias vulgares dónde las haya: en una discoteca a las cinco de la mañana. Vamos, justo en esas horas en que el colgado de turno le entra a cualquiera con tal de no irse sólo a la cama a hacerse unas pajillas como desahogo.

Le observaba desde hacía una media hora: era de lo más guapo que habían visto mis nublados ojos alcohólicos. Alto, rubio, ojos azules, impecablemente vestido y complementado con todo tipo de abalorios cuidadosamente elegidos: reloj, cinturón, gafas de sol sobre la cabeza (sigo preguntándome a mis años qué coño hacen las gafas de sol en la cabeza de un tío en una discoteca) y sobre todo, mucho descaro.

Piqué. No exactamente. Digamos que piqué porque yo tampoco quería irme a la cama a desahogarme con la única ayuda de mis manos.

Nos acostamos en un polvo pasable tirando a malo y pensé en no repetir jamás.

Pero cuando menos lo deseas, más insisten ellos. Total, tres citas más.

En la última, cuando ya me empezaba a acostumbrar a sus modales chulescos y patéticos mete – saca, comentó:

- Oye, ¿y no has pensado en operarte las tetas?
- ¿Qué les pasa a mis tetas?
- Son demasiado grandes. Y se te caerán. En un par de años las tendrás hablando con tu ombligo.

Quizás fuera una conversación exacta y sincera. Pero tardé medio segundo en contestar:

- ¿Y a ti que coño te importa? En un par de años te aseguro que no tendrás la oportunidad de verlas.
- Ah, bueno, yo lo decía por ti. Tienes un cuerpo bonito, algo curvado para mi gusto, pero las tetas no pegan. Una mujer con tu estilo y clase debería tener unas tetas pequeñas.
- Fíjate, eso pensaba yo de tu polla: un tío de tu clase debería tenerla gorda, dura y grande.
- ¿Tú eres gilipollas?
- Casi tanto como tú, querido.

Y es que en el deseo y en la pasión la sinceridad acerca del físico de cada uno me parece de lo más reprobable. Si no le gustan mis tetas, que se joda. A mí no me gustan la mayor parte de las pollas que he visto, pero con cariño y elegancia, me parecen todas fantásticas.

No me dio la gana de volver a compartir mi cama con el sujeto en cuestión.

Y se lo tomó bastante regular. Pero a mí plín.

La primera vez que Luís vio mis tetas dijo: “joder, joder, joder… ¿todo eso para mí?”

Los amantes son para sentirse amada. Para hablar de mis tetas, me dirijo al cirujano plástico (al que, por cierto, jamás he visitado… me gusto demasiado. Y supongo que es gracias a los muchos Luís que he tenido la oportunidad de querer.)
 
71. MI DESPEDIDA DE EMILIO
Fui a la cena de despedida de Emilio. Al menos eso creía. Se acercó a mi consulta el viernes por la tarde, me dijo que esa noche hacía su cena de despedida y le dije que iría.

No sabía si entre sus planes de despedida estaba también la idea de echarme un polvo (o dos) por los viejos tiempos. Por si acaso, me puse pantalones en lugar de minifalda, zapato plano en lugar de tacones y un jersey de cuello alto en lugar de mi acostumbrado escote.

Antes de salir, me miré al espejo: me vi horrible y pensé que sería más divertido provocarle que ir vestida de monja de clausura. Así que me puse tan guapa que hasta yo me hubiera enrollado conmigo misma.

Al llegar al restaurante, no había nadie del hospital. Sólo estaban Emilio, dos amigos y la novia de uno de ellos.

En la primera copa de un Ribera del Duero que nos recomendó el Sommelier, Emilio comentó que tenía pensado ir a Boston en septiembre.

- Pero… ¿y qué coño de despedida es esta?
- Joder, Amanda, no hay forma de conseguir una cita contigo. Se me ocurrió invitarte con una excusa que no podrías rechazar.
- Oye, ¿y por qué no pruebas regalándome un diamante o algo así?
- Jajajajaja. Me parece que no eres tan fácil.
- Coño, yo fácil lo soy. Pero tú te complicas demasiado la vida.

Cuando estábamos en el bar de al lado, tomándonos nuestro cuarto o quinto chivas con hielo, y charlando con uno de sus amigos, le miraba el culo enfundido en su ya mítico vaquero y pensaba que bien podría darle un poco de alegría a mi cuerpo y fundirme en el suyo, y follar hasta la madrugada, con la compañía inestimable del alcohol desinhibiendo las neuronas y ese olor a canela que desprende su dormitorio.

Pero pensé en el cuerpo de Luís y se me cruzó con el cuerpo de Carlos y pensé que ya no tengo espacio para aventuras ni en mi cuerpo ni en mi alma.

Me estoy convirtiendo en una amante que tiene un amante. No tengo claro si mi amante es Luís o es Carlos, porque a ambos les engaño haciéndoles sentir que son lo más importante.

Y lo que es peor, creo que es verdad.

Creo que Luís es lo más importante en mi alma porque sigo tan profundamente enamorada que vibran aun todos y cada uno de mis sentidos cuando su sonrisa aparece en mi mente, y sus manos imaginarias tocan mi piel, y mis oídos recrean de pronto su voz y sus palabras y su “te quiero, mi amor” cuando menos lo espero pero más lo deseo.

Estaba allí, con Emilio sonriendo y me acordaba de Luís y pedí al tiempo que volara, volara, mientras descontaba los días que me quedaban para volver a estar a su lado.

Y luego me acordé de Carlos y se me erizaron otra vez los sentimientos, acordándome de cómo me despiertan todas las mañanas sus mensajes de “buenos días, preciosa” o pensando en sus besos apasionados mientras me acompaña bailando una salsa y me abraza y me abraza y me dice “me gustas tanto, Amanda.”

Me sentí de pronto querida y queriendo, deseada y deseando, amada y amando.

Eran las cinco de la mañana. No hacía frío, la primavera entraba tímida en la noche. Emilio apagó el motor del coche y preguntó:

- ¿Quieres que pasemos la noche juntos?
- No, Emilio. Tengo que disfrutar lo que tengo, y dejar de ambicionar siempre algo más.
- Suena profundo. Y suena a final.
- Yo creo que es más bien un principio.
- ¿El de una gran amistad?
- El de tu vida sin mí.

Nos besamos y salí del coche, sin él.

Entonces me metí en la cama y me puse a dormir. A dormir conmigo.

 
72. POLVO EXPRÉS

La noche anterior, Luís me dijo que tenía que estar en mi ciudad hoy y que, por primera vez en cuatro años, le había dado un infarto a su agenda.

Llegada cuando ni las calles están puestas, reunión uno, reunión dos, café reunión, reunión tres, reunión cuatro, comida reunión, reunión cinco, reunión seis, aeropuerto acompañado, salida en avión para llegar a su ciudad cuando están retirando ya las calles.

- ¿No vendrás a verme?
- No podré escaparme ni un puto minuto.
- Pero, ¿pensarás en mí?
- No hay agenda capaz de impedir eso, tesoro.

Me levanto hoy con la sensación incómoda de saber que Luís está a unas manzanas de mí y no podré leer en su sonrisa.

Bueno, sería de histérica-toca cojones ponerse a discutir por ello con el hombre al que amo. Peor lo estará pasando él, sabiendo que no encuentra el momento de poder leer en mi sonrisa.

Trabajo, pienso en él, trabajo otro poco más, vuelvo a pensar en él, fumo, pienso en él de nuevo, acabo a las cinco, me voy a casa pensando en él, mi padre me dice que se lleva a Lili esta noche al cine y luego se la queda en casa, me aburro en mi piso, pienso en Luís en su sexta reunión y ¡ring! Mi teléfono suena justo cuando voy a prepararme un Chivas con hielo y ponerme a escribir.

- Cariño…
- Hola tesoro. ¿Ya te vas al aeropuerto?
- Escucha princesa, mi avión sale en dos horas. Estoy lejos de tu casa, pero si te apetece, podemos quedar en un punto intermedio. Será una media hora, pero tengo tantas ganas de verte que no puedo irme de aquí sin darte al menos un beso.
- ¡Qué lindo eres!
- Anda, corre, ven. ¿Conoces algún bar que nos pille bien antes de que me vaya al aeropuerto?
- Sí. Mi casa.
- ¿Quieres que vaya?
- Sí.
- En media hora me tienes allí.

Espero sentada en el sofá, deseosa de su llegada.

Llega una hora y media antes de la salida de su vuelo. Será verle, abrazarle, despedirme. Pero no importa. Esos minutos que pase apoyada en su pecho serán preciados y preciosos para mí.

Abro la puerta, allí está, sonriendo. Qué guapo es, cuánto le quiero. Me abalanzo en sus brazos, me besa.

- Corre, cariño, nos da tiempo.
- ¿Tiempo?
- Para un rapidillo.
- Pero cariño, sólo quería besarte, verte… siempre andas pensando en sexo, salida.
- Déjate de rollos, Luís, un rapidillo. ¡Joder! Hace años que no echo uno de esos.
- Amanda, ¿estás segura?
- Luís, ¿estás tan cachondo como yo?
- Ahora sí.
- Desnúdate.

Nos quitamos la ropa a velocidad máxima. Dejamos todo en un montón en el pasillo. Le pido que se siente en la silla de la entrada. Me siento sobre él, desnuda, cuidando de que mis pechos se coloquen justo en su boca. Los besa, los lame, los chupa, los estruja. Pone su mano en mi coñito: “¿estás caliente, coñito?”, “como sólo tú sabes ponerme.”

Cojo su polla sin remilgos, la meto, me muevo a toda velocidad sobre él. Le oigo gemir. Quiero que grite. Sigo con todas mis fuerzas, primero de adelante atrás, luego de arriba abajo. Tomo su rostro entre mis manos, quiero ver como se corre.

- No sigas así, me voy a correr.
- Quiero que te corras.
- ¿En tu coño, guarrita mía?
- Venga, Luís, fóllame bien rápido, con todas tus fuerzas. Métemela hasta los cojones.
- ¿Eso quieres? Venga, grítame cuánto te gusta.
- Me vuelves loca, jodido cabrón. Me follas como un cerdo y me gusta.
- Dilo otra vez.
- Sigue así, agárrame del culo bien fuerte mientras me follas.
- ¿Quieres que me corra, eh?
- Sí, por favor, por favor.
- Pues me voy a correr, mírame, mírame, mírame bien, siente como te lo echo todo dentro.
- Eso es, cabrón, vamos, vamos.

Le oigo gritar mientras me regala un orgasmo espectacular. Noto la explosión del mío al sentir el suyo. Me desplomo sobre su pecho.

Me besa.

- Te tienes que ir.
- No quiero.
- Pero eso al piloto le da igual.
- No quiero.
- Vístete.
- Vaya mierda.

Se viste en dos minutos. Subimos a mi coche en tres. Llegamos al aeropuerto en siete. Me besa dentro del coche. Sonríe.

- Te quiero Amanda. Te quiero como nunca he querido a nadie. Eres la mujer de mi vida.
- Caray, Luís, si llego a saber que con un polvo exprés te pones tan cursi, te echo uno cada vez que vengas.
- Eres preciosa y eres mi princesa.

Sale del coche, le veo correr hacia la entrada de la Terminal.

Pongo primera, segunda… llego a casa. Me acuesto sin cenar.

Me doy cuenta, antes de dormir, de que llevo una sonrisa - gilipollas en el rostro.

¡Qué enamorada estoy!
 
73. CUESTIÓN DE NIÑOS

Mi madre ha parido, criado y soportado cuatro hijos (4), entre ellos yo misma, que he sido (y seguramente aun soy) la típica niña muy mona y muy “porculera”.

A ella le gusta decir que parir hijos varones es una necesidad pero muy poco práctico: si a alguien le da por querer tener hijos, que se busque un marido. Pero no para concebir, no. El marido es como un niño pequeño pero no tan mono.

No sé qué de cierto hay en ello. Casi me por pensar que exagera y todo.

Lo cierto es que cuando observo a mis amigas casadas poniendo a parir a sus mariditos porque dejan todo tirado por la casa, no cocinan, no lavan y van obsesionados por todo el salón tocándoles el culito cual adolescentes, me acuerdo de mi ex marido.

Pero vamos, que hoy no quiero hablar acerca de maridos y hombres en general, que hay de todo.

Tengo 35 años y una hija. No recuerdo exactamente en qué momento decidí que era bastante para mi instinto maternal y entre mis planes volver a ser madre no sólo no es importante, si no que es todo un estilo de vida: una no decide enamorarse y entregarse a hombres casados si desea ardientemente fundar una familia numerosa.

Pero lo que es realmente curioso es que tal decisión, que a mis amantes casados les parece fabulosa, a mis rolletes solteros les supone un problema.

Y es que a veces, las mujeres, juzgamos muy a la ligera. Y el tópico de que los tíos se mueren por las mujeres liberales, independientes y que no quieren tener hijos para pasarse la vida viajando, trabajando y follando, se me desmorona con la edad.

- ¿Y qué edad tiene tu hija?
- Nueve enternecedores años.
- ¿Y no has pensado en darle un hermanito?
- Lo que sí he pensado es en no dárselo.
- ¿Y eso?
- Cuestión de pragmatismo. El dicho dice que hay que escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol. Bueno, yo tengo un símil de libro, una hija y me reservo lo del árbol para la tercera edad, no vaya a ser que con 35 ya lo tenga todo hecho.
- Mujer, pero si te vuelves a casar…
- ¿Eing?
- Ya sabes, casarse, arrejuntarse, convivir…
- Acepto “arrejuntarse”.
- Pues eso, que si te “arrejuntas”… ¿no pensarías en tener más hijos?
- Pos no.
- Pues yo sí quiero tener hijos.
- Pues quién te lo impide, querido.
- No, nada, supongo, o nadie. No sé… ¡Qué cosas hablamos últimamente, Amanda!

Sentí que Carlos acababa de descubrir la Amanda que no encajaba en su ilusión de los inicios.

Y como le vi aquella expresión tan rarita, a medio camino entre la decepción y la sorpresa le dije:

- ¿Sabes qué podemos hacer? Nos proponemos tener ese hijo, así, a lo bestia. Tú con condón y yo con mis anticonceptivos. Dicen que si se usan ambas cosas, hay una posibilidad entre 1 millón de que suceda un embarazo. Así, como mínimo, habremos de follar un millón de veces.
- Me gusta la idea.
- Pues hala, querido, al lío.
- La causa bien lo merece.

Me tumbó en la cama y de lo que sucedió no hablo, porque sé que todos sabéis que para tener hijos hay que conseguir el teléfono de la cigüeña, llamarla, concertar una cita y todo ese etecé tan… ¿placentero?
 
74. DESENCUENTRO CON CARLOS

Justo cuando Keanu Reeves está a punto de darle un morreo de esos que quitan el hipo a Trinity enfundado en su capa negra y sus botas de piel, suena mi móvil.

- ¿¿¿Quieeeeeeeeeeeeeeeeeeeeen???
- Amanda, ¿no te habré molestado?
- No, qué va, sólo estaba viendo por vigésimo quinta vez como la guarra de Trini se beneficia a mi Neo.
- ¿Qué dices?
- Nada, déjalo. ¿Qué tal estás, encanto?
- Bien, bien. Pensando un poco en ti.
- Qué tierno. Oye, ¿y si piensas en mí en una media hora, más o menos? Es que no veas la que está liando esta con mi chico.
- Ay, Amanda, qué cosas más raras dices. Escucha, preciosa, lo mismo te sorprende la pregunta, pero es que estoy preocupado…
- ¿Pasa algo, Carlos?
- No, no. Sólo te llamo para saber si te ha venido la regla.
- ¿¿???

(¿Tan borde me he puesto con lo de seguir viendo Matrix?)

- Es que la otra vez, ya sabes, cuando te dio el punto de jugar un rato sin el preservativo… tengo un amigo que me comentó ayer que aunque no te corras, puedes dejar embarazada a una chica.
- Oye, ¿tú estás gilipollas o qué?
- No sé, yo nunca había hecho eso.
- ¿Lo de llamar a una tía para preguntarle semejante burrada?
- Sí, debo de haberme puesto tonto.
- Oye, Carlos, que ya soy mayorcita. Y me parece que tú tampoco tienes 18 años precisamente. Así que ya sabemos lo que hacemos, ¿no crees?
- Sí, sí, tienes razón. Perdona.
- Bueno, pues si no te importa me voy a ver si milagrosamente Neo se confunde y dice “Amanda” en pleno orgasmo.

Cuelgo.

Ni Keanu es capaz de quitarme de la cabeza la conversación estudiantil que acabo de tener.

Porque, vamos a ver, una cosa es que una tenga una falta, se empiece a obsesionar y acabe comprando siete predictors en la farmacia de la esquina, y otra que tres semanas antes de concluir el ciclo habitual, te llame tu rollete obsesionado por un supuesto embarazo que, obviamente, no es ni será.

Los pensamientos empiezan a desvariar minutos más tarde: ¿a qué viene ese miedo repentino? ¿He hecho o dicho algo que pudiera hacerle pensar que ando buscando un bombo para mis curvas? ¿En qué momento exacto se le cruzaron los cables a este maravilloso hombre que me tenía totalmente subyugada?

Media hora más tarde, y viendo que ando todavía con la tontería en la cabeza, decido mandarle un sms:

“Carlos: ¿no se te habrá ocurrido pensar que yo me arriesgaría a un embarazo por pillarte o algo así? ¿Verdad que no? Me sentiría muy decepcionada si así fuera.”

Me sirvo una copa de vino blanco fresquito en la terraza de mi casa, cuando mi móvil empieza a sonar mostrando “Carlos” en el display.

Paso.

Dos horas y seis llamadas perdidas más tarde, decido llamarle.

Me pregunto por qué coño en menos de tres meses ya tengo un desencuentro con él.

Me acuerdo de Luís y nuestra primera crisis, a los tres años de estar juntos.

Me parece que esto no va ni una ínfima parte de bien.

Me da una semi depresión del tipo “a parte de Luís, todos son idiotas.”

Pero cuando Carlos responde, en tono angustiado a mi llamada, me doy cuenta de que quizás no sea tan idiota.

- ¡Te juro por lo más sagrado de mi vida (joer, que exagerados son estos andaluces) que lo último que he pensado de ti es algo así!
- Es que te he visto tan preocupado por este tema que me ha dado por pensar que lo mismo creías que yo era, no sé, lo que no soy.
- Amanda, Amanda, lo siento, de verdad. Es que son mis pequeños miedos. Cosas mías, nada que ver contigo. Como yo siempre soy tan cuidadoso con esas cosas, no sé, es algo nuevo para mí.
- Pero Carlos, que no tenemos veinte años.
- Yo soy un poco “veinte años eternos.”
- Bueno, pero yo no. Creo que sé muy bien lo que hago y cómo lo hago, y desde luego no voy por ahí dejando que me embaracen.
- Claro, claro. Por eso te lo preguntaba: porque tú sabes mucho más que yo de esto, que tú eres madre ya, y eres una mujer madura y segura… ays, Amanda, que la he cagado, vamos.
- No, no te preocupes. Sólo te pido que confíes en mí. Todo lo que te he dicho, todo lo que he compartido contigo es tal cual, real y sincero. No hay nada oculto tras de mí (bueno, Luís, pero de eso no hablaremos nunca.)
- Lo sé, guapa, si eres una mujer increíble y me encantas.
- Bueno, pues ya está. La próxima vez a mí no me la metes si no es con tres condones, la píldora, una vasectomía y una ligadura de trompas.
- ¡Jajajajajaja!
- Anda, tonto, tú tranquilo. Si estoy en estado, nos casamos y nos dedicamos a criar al churumbel… ¿qué nombre le ponemos?
- Anda que no te gusta picarme.
- Carlos, confía en mí, ¿de acuerdo?
- Sí, y lo siento, de verdad que lo siento. Pero me alegro de que ya esté todo arreglado. Por un momento he pensado que no iba a volver a verte, no ibas a contestar a mis llamadas ya y no me ha gustado pensar en ello.
- Nos veremos pronto, ya lo sabes.
- Sí cariño. Cuanto antes mejor.

Seguimos charlando un rato, del sol, del día, de muchas otras cosas que no recuerdo.

No me gustan las inseguridades. Quizás porque estoy demasiado acostumbrada a Luís, que hace de cada una de sus debilidades una fortaleza.

Pero cuando estoy con Luís estoy con Luís, y cuando estoy con Carlos estoy con Carlos. No puedo esperar que todos sean como Luís.

Así que le mandé un último mensaje a Carlos y le dije:

“Sabes, lo que más me gusta de ti es ese aire de tengo-veinte-años-para-siempre. Así que no cambies nunca”.

Y él contestó:

“Gracias.”
 
75. ¿TENDRÉ QUE HABLAR?

Me dice Carlos que se viene a mi ciudad a pasar el fin de semana conmigo, riendo y besando.

Le pregunto a Sonia que si cuatro fines de semana juntos, dos llamadas diarias y unos cuarenta sms que acaban con “te echo de menos” es igual a “novios”.

Me dice que eso depende de lo que yo entienda por “novios”.

Le digo que gracias, que me ha ayudado mucho.

Por la noche salgo con mi amigo Paco quien, en un alarde de valentía, ha enviado el aburrimiento y la paranoia celosa de Laura a tomar por saco.

Y Paco que es muy tío y muy clásico (todo en un pack) me contesta a la anterior inquietud con un: “Amanda, vas a tener que hablar con él.”

Fantástico. La respuesta más obvia y la única que no me apetecía escuchar. Quizás por la de razón que lleva implícita.

Porque en esas conversaciones que tienen que llegar en algún momento si el interés creciente de ambas partes es evidente y se plasma en encuentros y llamaditas deseadas, una tiene que saber qué decir (complicado) pero sobre todo tiene que saber qué no ha de decir por muchas copas que se lleven encima.

Y es que una lleva 35 viviendo consigo misma y ya se conoce bastante.

Y yo empiezo con un “Carlos, tenemos que hablar” y acaba contándole el último polvo con Luis.

No, no, no. Amanda, tú callada.

Una cosa es empezar a analizar con el chico qué exactamente espera o desea (de una manera muy suave, que se puede acongojar) y otra es contarle mi vida y milagros (o más bien, mi vida de Amante.)

El discurso debería ser más o menos así:

- Me gustas mucho Carlos. Llevamos ya dos meses en esto, con cierto apasionamiento por ambas partes y además destrozando tu cama y la mía… quiero saber qué piensas, bueno, algo así como qué sientes, cómo te sientes y por qué lo sientes.

Pero a mí no se me dan nada bien los “debería” así que lo más probable es que la conversación sea:

- Carlos, ¡qué bien te quedan los vaqueros, jodido! ¿Nos vamos a la cama y follamos con ellos puestos?

No quiero tener esa conversación. No quiero provocarla yo. Porque desde el mismo momento en que se inicie Carlos y yo tendremos un fabuloso final rematado en una conversación muy evitable.

Me gusta, me encanta. Es cariñoso, es atento, es bueno, es sano y dulce. Es soltero, es guapo, es inteligente. Es apasionado y espontáneo, romántico y divertido. Me hace reír, me hace compañía, me hace sentirme bien. Me gusta esa manera tan suya de decirme: “escucha, Amanda, que te tengo un taco de besos reservados para ti, preciosa.” Me gusta sentirme gustada.

Pero no puedo enamorarme de Carlos. No puedo porque yo ya estoy enamorada. Hasta las trancas. Y no creo ni por asomo que Carlos quiera una mujer en su vida que se folla enamorada a un hombre de 53 años casado al que no piensa dejar por nada del mundo (al menos hasta que nuestro amor siga como hasta ahora.)

Y tampoco puedo pedirle que me diga qué siente y su “qué sientes” sea una ilusión de algo que empieza ya a ser algo más serio que cualquier historia que nunca he tenido desde que conocí a Luis.

Yo puedo romper corazones (a mí me lo jodieron unas cuantas veces, así que, honestamente, me da un poco igual romper alguno) pero no puedo romper ilusiones.

Si Carlos quiere seguir viniendo, llamando, invitándome, tendrá que ser sin ilusión. Algo así como lo que yo siento por él: una hermosa y curiosa manera de ser aun más feliz y aun más real.

No habrá conversación.

Porque el día que eso suceda, nadie entenderá por qué dejé escapar a un hombre tan maravilloso.

Ya os doy la respuesta: lo dejé escapar por amor.

 
76. LO MALO DE SER LA AMANTE
Gajes del oficio.

Ser la Amante también tiene sus cosas malas. No todo son rosas en el camino (aunque yo prefiero los claveles.)

Como cualquier tipo de relación, tiene sus ventajas y sus pequeñas jodiendas.

La más evidente es la certeza absoluta de que el hombre que amas hace uso de su derecho de pernada cuantas veces le venga en gana (a él o a su mujer.)

Claro que para mitigar la sensación de “vaya mierda, mi amor se folla a otra” una no deja de enumerar mentalmente las ciento y una causas por las que un hombre se acuesta con una mujer, evitando conscientemente La Causa (“se la folla porque la ama”.)

Pero ya son demasiados años y demasiadas relaciones con hombres casados, y no son los celos los que a una Amante le tienen que preocupar: en tal caso, lo pasaría francamente mal.

No. Los gajes son aquellas circunstancias mucho más nimias que normalmente no encuentro en mi otra relación incipiente (léase Carlos.)

- La nueve. Sí, las nueve de la noche es una hora en que todas las amantes del mundo (al menos las españolas) pueden borrar sistemáticamente de su reloj. Y es que no hay casado infiel que se preste a desatender a su familia, su cena rodeado de niños y su conversación matrimonial (“¿Qué tal tu día, querida?”) por ninguna amante, por muy buena que sea. Si te tienes que morir, elije otra hora. O no podrás despedirte de tu gran amor. Visto desde otra perspectiva, si una mujer casada quiere saber si su marido tiene una amante, no tiene más que observar su móvil a esas horas: el marido infiel apaga o aparta o silencia su infidelidad a esas horas.

- Los domingos. No hay domingo para la amante. Luís puede inventar una formación de esas de viernes tarde – sábado mañana, pero no habrá casado capaz de escaquearse un domingo. Así que los domingos de las amantes son como todos los domingos de las solteras: aburridos a rabiar. Ni gimnasios abiertos, ni día de compras compulsivas, ni paseítos por la playa acompañada. Lo propio es echarte un amante de fin de semana (muy recomendado.) En mi caso, soy afortunada porque mi hija colapsa mis domingos. Y desde que Carlos apareció en el panorama, cuando Lili está con su papá yo estoy con él. No habrá gimnasio abierto, pero me dedico a quemar calorías a base de orgasmos y posturas imposibles.

- Los cines. A un casado no se le ocurre llevar a su amante al cine. Me acostumbré a ir sola al cine hace unos siete años, con mi primer amante. Ahora ir acompañada me parece un auténtico coñazo: esas conversaciones acerca de la peli nada más salir, o todas las previas para elegir la película a visionar… ¡quita, quita! Yo voy solita. Bueno, y con Luís para ver alguna pornos.

- Y ya (no se me ocurre nada más.)

Lidia dice todo eso de los futuros y me río y le digo que mi futuro con Luís es tan cierto como cualquier otro, sólo que es distinto.

Si temiera a la soledad, si los celos me torturasen y si no tuviera a mi Carlos de turno, sería una pésima amante.

Pero ni lo uno ni lo otro.

Prefiero no enumerar las putadas de ser la novia, me extendería demasiado.

Y hablando de preferencias, yo prefiero un hombre que no esté tan a mi lado, pero sea como Luís.

Ser la Amante de Luis no es un camino de rosas. Pero ser la novia de cualquiera se parece más en mi caso a un camino de espinas.

Y yo, los caminos, para andar, no para llorar.
 
77. VACACIONES DE SEMANA SANTA
Luís me llamó a las nueve de la noche y al descubrir su nombre en el display me dio por preocuparme.

Y es que, como ya he dicho, las nueve de la noche es una hora concienzudamente prohibida para las amantes.

No hay casado infiel capaz de dejar de lado conversación, cena y reunión familiar cotidiana por ninguna amante del mundo, por muy buena que sea.

El caso es que medio atolondrada, contesto con evidente angustia:

- ¿Qué pasa, cariño?
- Nada, ¿qué habría de pasar? ¿Estás tú bien?
- Yo sí, pero ¿y tú, estás bien?
- Bien, bien… ¿te pasa algo, Amanda?
- Coño, ¡basta! Yo estoy bien, tú también. Ahora dime por qué me llamas a las nueve de la noche.
- Hombre, porque si te llamo a las tres de la madrugada no te iba a parecer del todo correcto, ¿no crees?

Este tío está tonto. A los hombres hay que explicarles prácticamente todo, porque no tienen la habilidad de leer en nuestras mentes. Así que voy a ello.

- Es que no es normal que llames a las nueve de la noche. Esa es tu hora de “cena-conversación-niños”.
- Ah, claro, ¡ya te entiendo! Verás, es que nos hemos ido a la casita de la playa. Odio la casita de la playa. Odio la casita. Y odio la playa.
- Y ¿Qué le has contado a tu mujer? ¿Qué te ibas a comprar tabaco?
- No, no. La muy jodida compró un cartón antes de salir. En realidad le he dicho que iba a buscar helados para los postres.
- ¡Jajajajaja! ¡Es buenísimo! Me la tengo que apuntar en mi lista de excusas de hombres casados para hablar con sus amantes…
- Ays, princesa, necesitaba escucharte un rato, te lo aseguro.
- ¿Mal momento?
- No cielo, no. Pero estas pseudo vacaciones playeras de Semana Santa a mí me matan. Cuando salgo con ella y los niños y viajamos me paso el día de descubrimiento en descubrimiento, paseando, visitando, conociendo. En la casita de la playa no hay nada que hacer. Bueno, ir a la playa y comer paella. Me aburro.
- Luis, coño, que tienes 53 años… no puedes llamarme para decirme que te aburres como si tuvieras 11 años.
- Pero es que es la verdad. Me he leído dos libros en tres días.
- Bueno, ¿puedo hacer algo yo? ¿Quieres que te mande unas fotos mías en pelotillas?
- ¡Jajajajaja! ¡Qué salida eres, cariño! Pero no, pensaba más en que me voy a montar una excusa de trabajo. Diré que tengo una emergencia en tu ciudad.
- ¿Qué dices?
- Que quiero verte. Y ya está.
- Pero… ¿en mitad de tus vacaciones?
- Cariño mío, yo tengo ganas de verte siempre. Quiero llevarte a cenar, al restaurante ese que nos comentó Sonia. Y luego nos vamos a bailar un rato. Nos tomamos un par de copas. Y hacemos el amor. Nos despertamos por la mañana y nos vamos a desayunar juntos, y luego nos damos un paseo por el centro, y compramos alguna pijada.
- ¿Me lo estás diciendo en serio?
- Totalmente. Te quiero. Y quiero estar contigo.

Y al día siguiente, a las tres de la tarde, Luis estaba aquí.

Nos saltamos la cena, la copa, y el paseo y nos pasamos 24 horas metidos en la cama.

Las mejores vacaciones de Semana Santa que he tenido jamás
 
78. NOVIAS

Me gusta ese anuncio que finaliza con el slogan “una infidelidad puede salirte bien”. Claro que el anuncio alienta a ponerle los cuernos a una tónica.

La primera vez que fui el objeto de la infidelidad de un hombre fue al poco de separarme. No, no voy a volver a contar cómo fue mi primera relación con un hombre casado. Él ni siquiera vivía en pareja.

Pero tenía novia.

La novia más inteligente que he conocido jamás.

O, en general, la mujer más inteligente que he conocido jamás.

No era guapa, no era sexy, no era interesante. Era una mujer enamorada, inteligentemente enamorada.

A él le conocí por un tema profesional. Nos unió una investigación en donde ambos incidíamos en puntos de vista dispares, pero necesarios para llevar a cabo el estudio.

Traducción: nos pasamos tantas horas trabajando juntos que nos enamoramos, nos liamos, y seguimos estándolo durante un año más.

Pero en su inocencia, él creyó que la mejor manera de evitar sospechas o problemas con su novia era la de hablarle constantemente de mí: Amanda esto, Amanda aquello, Amanda dice, Amanda piensa, deberías vestir como Amanda, peinarte como Amanda… en fin, si su intención era que su novia no se alarmara cada noche que salía conmigo a solas, no lo consiguió.

Pero ella, ya lo he dicho, estaba inteligentemente enamorada. Así que le dejaba hacer. No le montó jamás una escena de celos, nunca le preguntó más de lo que él quisiera contarle, y cuando nos cruzábamos a la salida del hospital, ella me saludaba cariñosamente y me preguntaba: “Oye, Amanda, ¿dónde compraste esa camiseta?”

Durante todo aquel año viví una relación tan intensa que no recuerdo ninguna similar, ni antes, ni después.

Reconozco que yo estaba enganchada a él, encoñada, perdida, entregada, quedada… llámese como se quiera. Tanto que admitía callada ser “la otra” o más bien ser “una de las dos.”

Porque él se comportaba tan novio conmigo como con ella. Yo era de lunes a viernes, ella lo era todos los fines de semana.

Nada de polvos en hoteles y citas a mediodía. Íbamos al cine, al teatro, paseábamos de la mano, conocía a sus padres, su familia, sus amigos. En el hospital, todos sabían que estábamos juntos y todos sabían que ellos también estaban juntos y nadie parecía escandalizado.

Pero yo no fui inteligente.

Y un día no pude más.

Íbamos a pasar un fin de semana juntos en Roma, coincidiendo con su traslado a otro hospital, para otro estudio o investigación.

Yo iba un día antes, tengo familia por allí y quería pasar al menos una noche con ellos.

Estando a punto de salir hacia el aeropuerto para encontrarme con él, me dijo que no venía. Su novia se había roto un brazo en un accidente laboral y se quedaba junto a ella.

Entonces cometí mi primer y último error de amante.

Le dije: “Si no vienes, daré por terminada esta relación. Ya va siendo hora de que le digas a ella que me quieres a mí.”

- Yo te quiero, contestó. Pero la quiero a ella también. Y no pienso elegir. Si tú me haces elegir, la elegiré a ella, porque ella nunca me obligaría a hacerlo.

La historia no acabó allí. Pasamos meses sin saber el uno del otro y después de ese tiempo volvió a aparecer en mi vida. Nos liamos unos meses más. Pero para mí ya no era lo mismo.

No lo era porque a ella la había empezado a respetar.

Se casaron, tuvieron un hijo. Sé que les va bien.

Y sé que ella nunca me odió, porque al hacer aquella demanda, al pedirle a él que eligiera, forcé, en cierta forma, que él tuviera más claro que nunca cual era la mujer de su vida.

Yo nunca hablo de “las novias” en mis ataques prepotentes ensalzando las cualidades de las Amantes.

Me molesta especialmente cuántas de ellas se ofenden o sienten atacadas. Yo hablo siempre de esposas y matrimonios rutinarios y ajados en el tiempo.

De las novias nunca digo nada. Porque la única (y última) vez que compartí un hombre con su novia, me di cuenta de que las Amantes somos eso, amantes, y no novias.
 
79. ¿VALIENTE? DEPENDE, DEPENDE

Recibí un mail emocionado de una de tantas amantes que me escriben semanalmente (iba a decir “diariamente”… hubiera quedado bien, pero hubiera sido incierto.)

Contaba esa amante que ha dejado a su hombre casado: la situación se le hacía insostenible y no se sentía valiente para seguir adelante con ella.

Llevo más de cinco años saltando de casado en casado, cuatro de los cuales en una relación estable.

Y no es por valor.

El amor no sabe de estados civiles: puede llegar a nosotros estando solteros o casados, hacia un soltero o hacia un casado. Pero yo soy reincidente: a mí no me llegó del todo por casualidad. A mí me gusta estar enamorada de un hombre casado.

Me gusta, especialmente, estar enamorada de Luís.

Porque Luís es todo lo que yo he soñado en un hombre.

No exagero nada: es simplemente mi hombre soñado. Tan complejo y tan sencillo como eso.

Pero quizás si él no hubiera pasado convenientemente por el altar acompañado de la marcha nupcial, yo estaría ahora mismo en ese estado de semi congoja que te hace pensar que a pesar de no ser un hombre, llevas un par de pelotas por corbata.

Y es que el miedo que flota, subyace, vive en todas las relaciones perfectas, soñadas, deseadas y anheladas es el final.

Oh, no digo que Luís y yo no tengamos un final, ¡claro que lo tendremos! Espero que lejano, remoto y muy viejo… pero para cuando eso ocurra, yo me diré a mí misma que es por la pura lógica de su situación. No es que no me ame, no es que no me desee, sólo que a ella la ama desde hace mucho más tiempo.

Pero los finales, cuando nada tienen que ver con esposas e hijos, convencionalismos y sociabilidad, cuando nada tienen que ver con lo correcto y lo esperado, son puñales clavados a conciencia en nuestras vidas para siempre.

Yo y millones de personas sabemos bien que es eso. Sabemos que es estar perdidamente enamorados de los hombres y mujeres de nuestras vidas y que éstos, de pronto, te finiquiten con burdas excusas del tipo “lo hago porque es lo mejor para nosotros” o “necesito un poco de espacio.”

Y entonces te pasas días, noches, minutos, alientos de vida pensando “por qué”. Te torturas, te flagelas, te odias, te odias profundamente porque no supiste mantener a tu lado a ese amor perfecto, porque “perdiste.”

Yo no puedo perder con Luís, sólo puedo ganar.

Ganar palabras que ya no dice a su mujer.

Ganar momentos que sólo me dedica a mí.

Ganar una relación que me dará todo lo que seré después, cuando yo ya sea Amanda sin Luís.

No soy valiente: soy cobarde.

Pero dentro de mi cobardía encontré la fórmula perfecta para ser feliz sin poder ser infeliz: entregarme al hombre de mis sueños sin miedo alguno a perderle.
 
80. EL KIT AMANTE

Luis, lleva unos meses de lo más complaciente, ha vuelto a utilizar la excusa de “para ir a Moscú, la mejor opción es hacer escala una noche en la ciudad de mi amante.”

No exactamente así pero casi.

Toma un hotel en las afueras, de esos “con encanto” y se deshace en variados “¡qué ganas de verte, cariño!” que me tienen derretida – derretida.

Como estoy traviesa y tengo ganas de regalarle una noche que no olvidará, agarro mi maletita “one-night-only” y meto dentro el “Kit Amante.”

Bueno, la mitad lo llevo puesto encima:

- Un par de medias hasta medio muslo de color negro rematadas con un encaje de blonda.
- Tacones negros con tira de raso brillante atada al tobillo.
- Falda vaporosa negra con toques marrones.
- Top ajustado de cuello alto pero sin mangas.
- Dos coletas.
- Un chupa chups de nata-fresa.
- Lubricante inodoro e incoloro con efecto dilatador.
- Vibrador no demasiado grande.
- Aceite con aroma de fresa ideal para masajearnos los cuerpos.
- Velas rojas.
- Mi portátil con una selección de escenas porno de pseudo lesbianas rubias con cuerpos espectaculares.
- Un cd de bossa nova.

Y así me presento en su habitación de hotel.

Me recibe con un beso. Me dice que ha reservado una mesa en el restaurante del hotel, donde parece ser se come muy bien.

Me mira las coletas.

Y como me estoy comiendo el chupa chups.

Le digo que le he traído el “Kit Amante”.

Me dice que la cena puede esperar, que se muere por ver en qué consiste el Kit.

Vamos sacando las cosas y le veo cara medio ido, salido entero.

- Caray con el Kit, cariño… sólo verlo me estoy poniendo como una moto. Después de la cena voy a usar todas y cada una de esas cosas en tu cuerpo y en el mío.
- Ya… pero, vaya, ahora que pienso… ¡vaya mierda!
- ¿Qué pasa, tesoro?
- Olvidé algo, ¡qué decepción! ¡Con lo bien que lo había preparado yo todo!
- ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué olvidaste?
- Bragas… olvidé ponerme bragas, cariño.

Evidentemente, no cenamos esa noche.
 
81. DEPENDENCIA EMOCIONAL

Estoy en un bar tratando de explicarle al camarero que me ha servido el café con leche la diferencia entre “caliente” y “me-has-quemado-la-lengua-capullo.”

Suena mi móvil pero como tengo la lengua en estado “quemadura de segundo grado” sólo acierto a contestar con un “¿ñññgméeeee?”

- ¿Cómo está mi rubia bonita guapísima maravillosa?
- ¿ñffgdafff?
- ¿Amanda? ¿Te pasa algo?
- Mé emao a engua.
- Ays, pobrecita mía… ¡te cogía yo ahora mismo esa lengua y te la humedecía con la mía!
- ¡O me ongas achonda!
- Es que estaba pensando en ti, preciosa.
- ¡Oh! ¿A las nueve de la mañana?
- ¿Es que hay que pedir cita en tu agenda?
- No, no. Me encanta que pienses en mí. Sea la hora que sea.
- Es que lo pasé muy bien el otro día contigo. Y la otra tarde. Y la noche. Y el despertar. Y todo. No sé. Fue perfecto.
- Sí, eso pienso yo. La verdad es que salió todo realmente bien.
- Tengo ganas de volver a verte.
- Lo sé, lo sé. Dentro de poco.
- Sí. Y bueno, ¿qué tal estás?

Carlos me acompañó en mi café de la mañana. Fue una sensación agradable. Allí estaba yo, sentada tras la barra, removiendo mi cucharita en el café hirviendo, tonteando casi con ella, escuchándole e imaginándole, deseando estar pronto de nuevo entre sus besos, y entre sus piernas, y entre su mundo.

Me acordé que, el último día que habíamos estado juntos, Carlos me había comentado como en una conversación con mi amiga Nadia, quien nos presentó hace tres meses, ésta le había preguntado qué tal iban las cosas conmigo.

- Muy bien, -contestó- nos estamos conociendo.
- Eso es bueno, -había dicho Nadia.
- Sí, estoy muy a gusto… sólo me da miedo sentir que puedo llegar a depender de ella.

Las relaciones de dependencia son inevitables cuando el amor media en ellas. Nos vamos enamorando sin querer, sin prever, y nos encontramos invadidos de pronto por la presencia del otro en nuestros pensamientos.

Nos despertamos y es él quien nos despierta en sueños. Caminamos y es él quien nos acompaña en nuestra fantasía. Salimos por la noche y de madrugada nos presiona la melancolía de no acabar en su cama. Y poco a poco, los días son menos días sin él, y las decisiones ya no son decisiones si no se toman con él, y la soledad es una mierda porque es justo lo contrario a estar con él.

Claro que da miedo, Carlos.

A mí también me pasa.

Me escudo en mi independencia constantemente para huir de cualquier necesidad del otro, de los otros, para sentir que nunca, nunca, podré destrozar mi alma cuando tú no estés.

Pero de pronto una mañana, sin motivo ni excusa, llamas y dices “estaba pensando en ti” y me parece tan sincero, tan llano, tan simple… pensar en mí, y llamar, y recibir mi respuesta atolondrada tras quemarme la lengua con el café, y charlar y poder sentirse, (¿verdad, cariño?) simplemente correspondido.

No importa qué pasará mañana. Tenemos la jodida suerte de vivir, de nuevo, esos momentos. Tú y yo. Son nuestros momentos.

Cualquier día, quien sabe, quizás sea yo quien esté pensando en ti y decida llamarte y tú te rías y me acompañes.

Ahora, todavía, cuando cuelgas, yo prosigo mi vida tan lejos de la tuya, y vuelvo a ser La Amante y vuelvo a esperar la llamada de Luís, no la tuya.

Pero no sabes lo feliz que me hace sentir que te voy haciendo valiente.

Porque en tu sincera y cariñosa llamada, no había temor alguno. Ni en ti, ni (lo que es mucho más sorprendente) lo hubo en mí.
 
82. CONTIGO AL FIN DEL MUNDO

Luís me dijo que quizás aceptaría una oferta de trabajo en donde debía irse a vivir a Seattle.

Le dije que si aceptaba irse a vivir tan lejos, yo me iría con él.

Sonrió.

Vio que yo no sonreía.

Me miró unos instantes, pensando.

Luego preguntó: “¿estás hablando en serio?”

Pues claro, mi amor. ¿Acaso crees que soy tan pobre? ¿Crees que cada vez que escribo “te amo”, y te digo “te quiero”, y te entrego todo cuanto tengo, todo lo de dentro y todo lo de fuera, crees que miento?

¿Crees que son sólo momentos, palabras, instantes, pasiones? ¿Piensas que sólo es una aventura que se ha fortalecido con el tiempo?

¿No recuerdas nuestro primer beso?

¿No recuerdas la primera vez que te miré a los ojos y descubrí toda tu intensidad de hombre dormido, y mis emociones una tras otras vivieron entonces sólo para despertarte?

Cuántas veces te he dicho ya que tú eres el hombre de mi vida, ¿tantas? Día tras día, noche tras noche, he ido abriendo tus recuerdos y tus secretos y los he ido encajando en los míos, y abriendo mis recuerdos para llenarlos de los tuyos, abnegada a veces, amante a veces, divertida a veces, comprensiva a veces, celosa a veces, desconcertada a veces, enamorada siempre.

No dudes que volaría a tu lado si tuviera alas, y contigo y sólo contigo abandonaría todo cuanto prodigo y todo cuanto defiendo por despertar tus mañanas y dormir tus noches.

Y mecerte en mi retazo y en tu abrazo perderme o encontrarme, encontrarme a tu lado.

Soy rica en todo lo que te doy y en todo lo que de ti recibo. Y te miro y te amo, te amo con locura y con cordura, sin condiciones, sin remisiones, sin rebajas.

Y luego pienso ¿qué estás haciendo, Amanda? ¿Qué pretendes? ¿Dónde están las normas que tú pusiste a tu alma? ¿Y tus barreras caídas allí donde se sujetaron perfectas e inamovibles? ¿Qué piensas, Amanda?

Entonces Luís volvió a preguntar: “¿Lo dices en serio?”

Reí.

- Anda, tonto… ¿qué coño se me ha perdido a mí en Seattle?

Dos días después, Luis me dijo que no había aceptado la oferta.

- Mejor, así podremos seguir follando tan ricamente.
- Sí, sí, mucho mejor.

Creo que Luís y yo, a veces, olvidamos que sólo somos amantes.
 
83. SEQUÍA

Una de tantas cosas que me dio por hacer al separarme fue eso de vivir en una ciudad extraña de un país extraño.

Siempre había querido hacer algo así.

Pero me casé y me embaracé.

Así que cuando renuncié a mi título de “señora de” me puse a Lili por montera y me largué a vivir mi aventura.

Bueno, no tanto.

Me fui con un proyecto profesional bajo el brazo y con una excedencia por si las moscas.

Del proceso de adaptación ni hablo: irse con 29 años no es irse con 19. Te encuentras de pronto echando de menos tu casa, tu familia, tu calle, tu coche, tu cama, tus amigos, tu mamá, tu papá, tus hermanos y te pasas el resto de tu estancia buscando hacer cosas que te ayuden a no echar de menos todas esas cosas.

Pero lo peor fue que me pasé seis meses sin echar un polvo.

Lo digo en serio.

Digo en serio lo de que fue lo peor y digo en serio que fueron seis meses.

Yo no sé cuánto tiempo es capaz de aguantar el ser humano sin sexo compartido, pero os aseguro que el tope máximo de una salida convencida como yo son seis meses.

Me subía al metro y miraba compulsivamente el paquete de todos los tíos que se subieran a él.

Me paseaba por la ciudad y desnudaba mentalmente a todo hombre que se me cruzara.

Miraba una peli porno para ponerme a tono y me ponía a llorar en una especie de melancolía depresiva.

Si un hombre se acercaba a mí para pedirme fuego, le daba mi número de teléfono.

Cuando mi jefe me llamaba a su despacho, le preguntaba a mis compañeras si le iba el acoso sexual, que yo quería que mi jefe me acosara, me hiciera un poco de mobbing, lo que fuera, porque yo no me iba a resistir y no le iba a demandar.

A medida que pasaban las semanas, no sólo se me agriaba el carácter, es que se me agriaba hasta la personalidad, me iba convirtiendo en una “no-follada” que es mucho peor que ser una “mal-follada” porque al menos la mal-follada folla, mal, pero folla.

Fantaseaba con todo Dios: con el de la panadería, con el de la lavandería, con el casero, con el vecino, con el de la pizzería, con el chino del “china-exprés” que no me entendía nunca pero es que es normal, porque yo le hablaba mirándole al paquete, hasta fantaseaba con el taquillero del metro. Cuando estás en sequía, te da igual con quien, hasta te da igual cómo, sólo quieres echar un polvo, sentir el cuerpo de un hombre, viejo o joven, tonto o listo, pero hombre, con pene, con un buen pene, un cacho pene, un pene que coger, un pene que lamer, un pene, un pene (y me dormía con esa palabra en la cabeza: “un pene, un pene”)

Lili era muy chiquita, no entendía nada: me pasaba horas con excusas absurdas hablando con los padres de los demás niños de la guardería y se me acercaba una madre y me iba corriendo a por el padre de al lado.

¡Joder! Me estaba volviendo loca.

Y me dije que una semana más, sólo una, y si no follaba, contrataba un puto.

Busqué putos en las páginas de los periódicos, pero sólo encontraba gays, hasta que encontré un anuncio que decía: “mujer, te voy a hacer sentir muy mujer con mi fabuloso pene juguetón” y yo los ojos como chiripitas “fabuloso pene juguetón, fabuloso pene juguetón”.

Ese final de semana me invitaron a la fiesta anual de la empresa en la que trabajaba como formadora en habilidades directivas, y me sentaron junto a mis compañeros y me aburrí como una ostra.

Entonces pensé que me iba a casa a llamar al puto del pene juguetón, a tomar por saco, pero cuando estaba despidiéndome de mis compañeros, el Director Comercial de la empresa que era muy simpático como todos los comerciales me preguntó: “¿por qué te vas tan pronto?”

Y le dije: “¿Tú me encuentras guapa?”

- Guapísima. Y tremendamente sexy.
- Entonces, ¿por qué no me como una rosca en esta ciudad?
- Pero bueno, no lo sé, ¿qué clase de pregunta es esa?
- Es que yo creo que tengo unas tetas preciosas, pero aquí nadie me mira el escote, ni me mira el culo, ni se me insinúa, ni me pide una cita, ni nada de nada. Y yo en España ligaba un montón y no sé si es que aquí las cosas son distintas o mis tetas ya no son lo que eran.
- Pues Amanda, no sé qué decirte, pero yo te tocaba ahora mismo esas tetas en mi cama de dos por dos.

Y el pobre no dijo nada más porque me lancé a su boca y le planté un morreo, ala, allí delante de toda la empresa y me sacó de allí y me llevó a su casa (no era verdad lo de la cama de dos por dos, que era de metro cincuenta, pero me echó dos por dos polvos que me supieron a gloria, a gloria bendita.)

Total, no llamé al puto.

El Director Comercial y yo salimos juntos lo que me quedó de ganas de quedarme fuera de mi ciudad y me echó todos los polvos que no eché en seis meses y el tío decía que era una amante insaciable, pero no era insaciable, era una amante ansiosa.

No he tenido que pasar por algo así: al poco de volver al hospital conocí a Enrique y desde entonces mis escotes han vuelto a tener su efecto imán.

Pero me guardé el teléfono del puto. Nunca se sabe cuando puede volver la sequía…
 
84. LLAMADAS PERDIDAS

Me encontré una llamada perdida de Luís hecha a las cinco de la mañana.

Yo me había acostado a las tres con una borrachera entre pecho y espalda muy considerable. Había llegado y desperdigado toda mi ropa por las distintas habitaciones de la casa que me da por visitar cuando llego de marcha: lavabo, cocina, salón y dormitorio.

En alguna de éstas debió quedar mi móvil bajo alguna prenda y no escuché nada cuando me tumbé en la cama y agarré el sueño a las primeras de cambio.

De mañana, me preparé un café poco cargado y unas tostadas con aceite. Leí el periódico y me absorbí durante un par de horas, hasta que llegó el momento de recoger a Lili.

Entonces caí en la cuenta del teléfono y vi la llamada.

Me pregunté qué debía hacer: no podía llamar, no podía mandarle un mensaje y tampoco me veía capaz de esperar a saber para qué me llamó a esas horas.

Así que hice lo que hacemos todas las amantes: nada.

A las siete de la tarde, Luís llamó.

Le pregunté por la llamada perdida y me dijo que, simplemente, se había acordado de mí a esas horas. Estaba con unos amigos, y encontró la oportunidad de llamarme.

Me acordé de esa sensación: la de desear, de pronto, hablar con la persona amada.

En esos momentos no importa la hora, la respuesta, ni siquiera la inoportunidad: si te asalta una de esas necesidades de madrugada, con dos copitas de más, te llevas la mano al móvil y marcas el número.

Hace años que no hago algo así.

Cada vez que tengo esa sensación, simplemente me reprimo. Espero a que mis deseos desaparezcan y busco en otra copa la manera de pasar el semi instante de melancolía.

Pero no me preocupó eso ayer.

Me preocupó no haber estado atenta a esa llamada.

Porque las veces que Luís hace algo así son tan escasas, que perderme una de ellas es perder un momento de intensa complicidad.

Y es que en esas llamadas, él se deshace en amor y en afecto, en necesidades y en deseos, en pasión y en romanticismo.

Me gustan esos momentos, tan nuestros.

Todas las parejas los viven, pero entre él y yo adquieren una intensidad difícil de repetir.

Porque son momentos en que olvidamos que somos sólo amantes y nos convertimos en amados.

Me dije a mí misma que nunca volvería a dejar el móvil colgado en cualquier habitación.

Si Luís llama a las cinco de la mañana para decirme que me quiere, yo tengo que vivirlo.

Luego recordé que me prometí a mí misma que nunca, jamás, pasara lo que pasara y sintiera lo que sintiera, estaría pendiente de una llamada, ni de Luís ni de nadie.

Así que, cuando hablamos a las siete de la tarde le dije:

- Sea lo que sea lo que quisieras decirme a las cinco de la mañana, dímelo ahora.

Y el dijo:

- Te quiero. Sólo eso: que te quiero.

Y es que los instantes, aunque el tiempo así lo intente, no se pierden: sólo hay que encontrar la manera de volverlos a vivir.
 
85. ¿DISTRÉS EMOCIONAL?
Una va a desestresarse, y acaba mucho peor.

Dejemos por un momento el romanticismo y volvamos a la esencia de todo: ¿es o no es un coñazo tener novio?

Es que yo llevaba unas semanas desastrosas en cuanto a salud mental. Y no hablo sólo de la mía, si no de la todos mis pacientes y parte de los demás, que se han vuelto locos todos al mismo tiempo, y le han contagiado la locura a mi jefe, a mis compañeros, a Luís sin tener ni idea de salud mental, a mi madre, a mi hermana, a mi hija y no sé a quien más.

Bueno, sí, a mí.

Vamos, que estaba yo estresada pero de verdad.

Con todos los síntomas: líbido por los suelos (sólo me apetecía follar dos veces al día), trastornos del aparato digestivo, un grano en la nariz y mi VISA bloqueada de tanto comprar trapitos inútiles.

Así que alcanzo la otra VISA y me voy.

Busco el único sitio que se me ocurre para desestresarme: un rinconcito en Andalucía en dónde hay más bares por metro cuadrado que en todo el resto de España, y copazos de Chivas 12 años a cinco euros.

Pues ¡ala! A emborracharme.

Pues no.

Bueno, pues sí.

Pero no.

Me explico.

Al sitio en cuestión me voy con Carlos, con Sonia y con un montón de gente más.

Nada más llegar al primer bar, calculo mentalmente cuánto voy a tardar en tomarme una copa, y me sale que puedo hacer hasta nueve bares en una noche y llegar a la esquina doblada del todo.

Sonia encuentra un rinconcito en la barra y le dice a la parejita que está hablando que se vaya a otra parte, que ese sitio es suyo.

Codo en barra, nos pedimos sendos copazos y al tercero ya ni pienso en ir a otro lugar: la música es excelente, la gente no molesta, y sirven el wiskie justo como a mí me gusta. Sonia está divertidísima y ella y yo venga a reír. Por el rabillo del ojo adivino a Carlos y al cabo de dos copas más me lo tengo que imaginar porque no veo nada o veo doble, ya no me acuerdo.

De pronto Sonia dice que quiere ir al lavabo, pero hay una cola que espanta y me dice que se va al bar de al lado a ver si hay más suerte.

Como tarda en llegar, decido ir a hacerle compañía en la más que probable cola: la realidad es que llego al bar 2 y Sonia está tomándose una copa y bailando a Shakira con un par de tíos de bastante buen ver y yo me apunto a esta fiesta espontánea.

Se me pasa el tiempo. Pero mucho tiempo.

Quizás dos horas.

Los tíos de buen ver no van de caza, no agobian nada, sólo ríen con nosotras y bailan, y me lo estoy pasando realmente bien, estoy desestresada del todo y feliz hasta que me doy cuenta de que suena mi móvil.

Salgo del bar 2 y no alcanzo a responder a la llamada. Me da algo al ver siete llamadas perdidas de Carlos. Siete. No una en plan “¿dónde estás, bonita?”, si no siete en plan “¡joder! ¿dónde coño estás, Amanda?”

Bueno, ya llamará una octava.

Pero cuando voy a volver, aparece Carlos saliendo del bar 1 con el resto de la gente. El resto se ríen al verme: “¡Jodida! ¿Dónde os habéis metido, cacho pendonas?” pero Carlos no dice nada y nada es nada.

Recupero a Sonia que no se quiere ir del bar 2, que dice que se quiere ir con el camarero a hacer una cata de vodka y la tengo que arrastrar.

Y así, casi a punto de amanecer, nos metemos en el bar 3.

Y Carlos sigue sin hablar.

Joder, qué cabreo lleva.

Intento seducirle mirándole picaronamente y bailándole un poco, pero se va.

La tensa situación dura una hora más.

Saliendo del bar y camino del coche, me acerco a él:

- ¿Te pasa algo?
- No, nada.
- Si no quieres decirme qué te pasa, dime: “no quiero decirte qué me pasa”, pero no me digas “no me pasa nada” porque no estoy para hacer adivinaciones del pensamiento a estas horas.

Pues como si le hubiera dado al botón, igualito.

Se pasa media hora echándome una bronca del copón acerca de la educación, el respeto, la falta de tacto que tengo, la falta de empatía, el pasotismo que me rodea, el “te la suda todo”, hasta lamentaciones del tipo “¿Y no puedes pensar que yo estaba preocupado?” y un bla bla tan tan novios que lo único que acierto a decir es “lo siento” y “me parece que tú y yo vivimos en mundos muy distintos, Carlos.”

Esa frase es lapidaria. Se sigue recreando en “somos incompatibles” y yo trato de explicarle con mi lengua de trapo (vamos, borracha total) que necesitaba, NECESITABA, pegarme una marcha a mi aire.

Pero no entra en razón.

Llegando al hotel, le echo un polvo, para ver si la química renace.

Ni con esas (eso sí, el polvo divino.)

Al día siguiente, a punto de despedirme de él, me da la sensación de que no voy a volver a verle y me da una punzadita. Me gusta Carlos. Pero es lo que tiene ser Amanda: ni sé ni me interesa vivir al son de los demás, y no se puede vivir a mi único son si me acompaña Carlos en fines de semana y si, en general, me acompaña.
 
86. AUTOENTREVISTA

- Hola Amanda
- ¿Tú por aquí?
- Ya ves, trabajando un poco. Es que últimamente, suscitas muchas dudas, preguntas, inquietudes.
- ¿Tú crees?
- Sí, por ejemplo respecto a lo ocurrido con Carlos el fin de semana, ¿no crees que has sido injusta con él?
- Es evidente que ante algo así hay dos posturas muy distintas: la mía y la de Carlos. La gente toma partido en uno u otro bando, es inevitable. Quizás tú lo hagas.
- Pero, ¿no crees que Carlos tuvo algo de razón? ¿No crees que fue desconsiderado, egoísta y soberbio hacer lo que hiciste?
- No.
- Mujer, razónalo, tampoco nos vamos a tragar tu “no”, sin más.
- Es fácil: hice lo que me pedía mi estado mental, que era de puro estrés. Eso, por justificarlo algo. Pero en realidad no tengo nada que justificar. No hice nada cruel, ni diabólico. Pasé simplemente dos horas en un bar con una amiga sabiendo perfectamente que Carlos estaba en el bar de al lado y que, obviamente, volvería junto a él antes o después.
- Pero, ¿es eso libertad? ¿O es libertinaje?
- Son dos horas de diversión. No me sentía una mujer libre, porque no estaba reprimida ni presa.
- ¿Por qué crees entonces que él reaccionó así?
- Es una cuestión de control: cuando dejas de controlar y quieres hacerlo, pierdes la esencia de la relación. Carlos quería controlarme a su lado, girarse cuando le viniera en gana y saber que estaba allí. Es un síntoma de machismo generacional: la mujer detrás.
- ¿Y tú no te quedas detrás?
- No. A mi me gusta caminar al lado.
- ¿Qué hubiera pasado si Carlos hubiera desaparecido dos horas como lo hiciste tú?
- Le hubiera preguntado si se lo estaba pasando bien.
- ¿Estás segura?
- Claro. Me gusta que la gente se divierta, haga lo que le apetezca y elija sus momentos.
- Oye, Amanda, pero, ¿él está enamorado de ti?
- ¡Qué coño va a estar enamorado!
- ¿Por qué lo dices con tanta seguridad?
- Porque es el primero en repetir que está muy a gusto conmigo pero no quiere nada serio.
- ¿Te molesta eso?
- No, es ideal, es justo lo que quiero: estar a gusto y no comprometerme.
- Pero parece actuar como si lo estuviera.
- No nos confundamos: una cosa es el amor y otra el orgullo. Si un tío te saca con sus amigos, espera que tú estés derrapando y mostrar con fiereza como la tía que se ha traído está entregadita, entregadita.
- Y tú, di, Amanda, ¿lo estás?
- No.
- ¿Él lo sabe?
- Por supuesto. Nunca le he dicho que lo estuviera y cada vez que me recuerda que lo nuestro no es una relación de pareja, le digo que estamos en el mismo punto.
- Y ¿por qué tiene la necesidad de recordártelo?
- Porque no está enamorado.
- Pues yo no lo entiendo: no lo está, pero te quiere a su lado.
- ¿Y quién tiene ganas de entenderle? Lo que él quiere es follar de escándalo, que no le cree ni un solo problema y que no le pida en matrimonio. Bien, eso está hecho.
- Pues un poco triste, la verdad. Muchos creerían que tú mereces más que eso.
- Yo merezco lo que tengo, ni más ni menos. Si mereciera algo más, lo tendría, no lo dudes. No soy idiota, no pierdo ni un solo minuto de mi tiempo.
- A todas estas… ¿qué pasa con Luís?
- Está tonto.
- ¿Celoso?
- Inquieto.
- ¿Y qué vas a hacer? ¿Perderte también durante un par de horas cuando estés con él?
- Yo amo a Luís con locura. No puedo obviar la evidencia de que es un hombre casado y, por tanto, quedarme en casa haciendo calceta sería una gilipollez y un error imperdonable. Pero cada segundo que él me entregue, lo pienso saborear como siempre, con pasión y en absoluta seguridad.
- Hija, estás hecha un lío.
- Anda, ya te gustaría a ti vivir el lío que vivo yo.
- Pues sí, un poco, para qué negarlo. Pero ahora siento curiosidad por saber qué vas a hacer con Carlos.
- Si te digo la verdad, no tengo ni idea. Me gusta, pero no tanto, ya lo he dicho. Si salir con él va a acabar en bronquitas adolescentes, va a ser mejor dejarlo, para él sin duda, y para mí, pues también.
- Pero no lo dejes, Amanda, que está la cosa muy interesante. Esto parece un culebrón de los buenos.
- A ti te voy yo a hacer caso.
- ¡Egoísta!
- A mucha honra.
- No tienes remedio.
- Es que no soy ninguna enfermedad.
- Ala, con Dios.
- ¡Hasta la próxima!
 
87. AMOR Y PAREJA

Mi abuela sigue, muy a su pesar, viva a los 92 años.

Digo “muy a su pesar” porque ella era la mujer más digna que he conocido jamás. No sé qué coño pensará ahora, metida en una residencia, babeando sin poder evitarlo, comiendo papillas, y dejándose limpiar el culo por la enfermera de turno.

Lo único que me consuela es que mi abuela ya no piensa, vegeta.

Más allá del afecto y amor que se puede procesar a una mujer que ha formado parte de tu vida durante años, mi abuela y yo nunca conectamos.

Era de esas mujeres que sentencian categóricamente, sin posibilidad de réplica alguna. Tú le contabas que habías ido al cine a ver una película que te había encantado y ella te decía: “esa película es una mierda”. Y seguía comiendo sin apartar la vista del televisor.

El día en que me casé, tras presentarse a todos los invitados como “la abuela de la novia”, me llevó a un rincón apartado y me dio un sobre con dinero, no soy capaz de recordar cuánto.

Después me dijo:

- Cometes un error, pero al menos pégate un viaje de novios que provoque la envidia de todos.
- ¿Por qué me dices que cometo un error? ¿Ni siquiera el día de mi boda puedes ser un poco cursi y decir cosas como “que seáis muy felices”?
- Es que estás enamorada, nena, y casarte enamorada va a llevarte directamente al divorcio.

Me costó años entender aquella frase y muchas otras made-in mi abuela, pero la jodida tiene (o tenía) más razón que un santo.

Y es que el matrimonio nunca fue ideado ni creado sustentado en la emocionabilidad, si no en la racionalidad. Durante siglos, hombres y mujeres se han casado como se casan las multinacionales en una joint-venture, en una fusión o en una adquisición: mero objetivo lucrativo.

En la pareja, el objetivo tenía objetivos secundarios del tipo “descendencia” o “territorialidad”, incluso “escisión de deuda” o “te jodes y te casas con mi hija, por capullo.”

El amor no tenía nada que ver con aquello, hasta que hace unos años, no tantos, empezó a liarla.

Y es que la pasión mata la pareja, tal cual lo digo, tal cual lo pienso.

Porque la pasión conlleva la decepción, los celos, la posesión, la inquietud, la inseguridad y un largo bla bla de emociones negativas y destructivas para la pareja.

Si nos casáramos con un buen amigo, con quien nos lleváramos especialmente bien, para tener niños, ir al cine los domingos, y acudir a todas las bodas, bautizos y comuniones en que fuéramos invitados, pero hacia quien no sintiéramos ningún tipo de amor (y fuéramos correspondidos de igual manera), nos iba a importar un bledo que volviese a las cinco de la mañana todo mamao, o se follara a la vecinita del quinto.

Del mismo modo, a él se la sudaría que nos arreglásemos para salir a ligotear los viernes por la noche con nuestras amigas, chateásemos de madrugada o confesáramos estar enamoradas del último becario que ha entrado en el hospital.

Seríamos la pareja perfecta. Dividiríamos los costes y multiplicaríamos los beneficios. Consensuaríamos la educación de los niños, y nos daría igual tener o no orgasmos con él. Podríamos incluso decirle que la culpa la tiene él por no ponerse el anillo vibrador todas las noches o por tenerla tan pequeña: como no hay amor, le daría igual lo que opinásemos.

Eso sí, buen entendimiento, objetivos comunes, respeto total, y ni un solo día de “¿por qué cojones está echando barriga?” o “¿es este el hombre con quien me casé enamorada?”

La figura del amante ha sido durante cientos de años, una realidad necesaria para el entendimiento de la pareja, para el matrimonio: el amor se vivía fuera de casa y dentro se vivía lo que se tenía que vivir.

Los que se enamoraron acabaron retándose en duelo con los amantes y muertos o asesinando.

Los que no, vivieron matrimonios para toda la vida, disfrutando igualmente del amor, sin las inconveniencias de la monotonía y la rutina y sobre todo, sin la tontería esa de las expectativas que nunca se cumplieron.

Pero como ahora nos ha dado por quererlo todo, vamos dando bandazos de lado a lado de nuestras emociones y jodiéndonos la salud mental.

Queremos trabajar, tener hijos, amar, ser amigos, tener un sexo fabuloso, ser libres, estar acompañados, comprar muchas cosas, tener tiempo libre, hacer deporte, estar buenísimos, ser comprendidos, ser envidiados, ostentar, discutir, ser felices… y todo esto en un el marco del matrimonio.

Pero claro, no queremos que nos pongan los cuernos, no queremos que nos digan lo que tenemos que hacer, no queremos aburrirnos, no queremos ser infelices, no queremos sufrir, ni decepcionarnos, ni perder de vista las mariposillas del estómago al cabo de unos años.

Mi abuela fue perfectamente feliz. Se casó con un hombre bien, hizo lo que le dio la gana toda su vida, trabajó hasta los 65 años, cogió un par de chachas para que le limpiaran la casa y se lo pasó bomba con mi abuelo que era un cachondo.

Y se enamoró de tres o cuatro hombres a lo largo de su vida, sin que aquello supusiera problema alguno en su pareja. Con él tuvo hijos, y tuvo estabilidad, y tuvo prestancia y dignidad. Y con sus amantes tuvo amor.

A veces hay quien dice que soy liberal, incluso libertina.

Como diría mi abuela: “y una mierda.”

Es que yo soy, en realidad, de otra época pero me tocó vivir en esta.

Por cierto, la película que le conté, era “La Cenicienta.”
 
88. VERGÜENZA AJENA
Mucho antes de conocer a Luís...

Mi amgio Paco me dice que si le acompaño a ligar y le digo que si para ligar necesita compañía, es que la cosa está muy malita.

Me dice que la cosa está muy malita.

Nos metemos en el primer lugar que se nos ocurre, nos pedimos un par de wiskies, y Paco me dice que quiere ligar con la chica alta de la camiseta negra.

Me acerco a ella:

- ¿Rocío? ¡Rocío, tía, cuánto te has adelgazado! ¡Estás irreconocible!
- Debe ser, porque ni siquiera yo sabía que era Rocío.
- ¿No jodas? Pero si ahora me estaba diciendo Paco “joder, qué guapa se ha puesto Rocío, parece una modelo”.
- Pues dile a Paco que no soy Rocío.
- Pues le voy a dar un disgusto. Es que te había visto tan espectacular que ya estaba el tío diciéndome que siempre había sabido que Rocío con unos kilos menos sería una mujer de bandera.
- Bueno, bueno, dile que no soy Rocío y ya está.
- Vale, lo siento, perdona. Pues aunque no seas Rocío mi amigo tiene razón y eres guapísima.
- Oye, mira, ¿y quién es tu amigo?
- Ese, el del pelo negro.
- Ah, ya. No paraba de mirarme, y yo pensando ¡qué pesao!
- Claro, claro. Perdona. Te pareces mucho a Rocío. Por eso te miraba tanto. Lo siento.
- Bueno, pues ya le digo yo que no soy Rocío.
- Pues como quieras, pero le va a sentar fatal. Rocío nos cae muy bien.

Y las siguientes cinco horas pierdo de vista a Paco y a “Rocío”.

Me aburro sola en la barra y tengo a un tío dándome la espalda y de paso rozándome con ella. Cuando ya soy consciente de que Paco no aparecerá esa noche, apuro mi copa y me dispongo a volver a casa.

Es entonces cuando el tío de la espalda me pregunta que si ya me voy.

- No, me he puesto el bolso y la chaqueta porque me gusta asarme de calor en la discoteca.
- ¡Qué casualidad! Yo tengo la misma manía.

Y se pone la chaqueta.

Me río.

- Oye, ya que estamos entrando en fase “sauna”, ¿nos tomamos un caldito de pollo bien caliente?
- El mío que sea de verduras con tropezones.
- Eso está hecho.

Pide dos copas y me acerca una.

- Es que en aquí nos gusta servir el caldito con hielo y en vaso de tubo. Yo le echo Coca-cola, para darle sabor.
- Justo como a mí me gusta.
- Joder, rubia, tú y yo somos almas gemelas.
- Ya te digo: nunca debes salir de casa sin tu cuchara porque tu alma gemela puede aparecer en cualquier esquina invitándote a un caldito con hielo.

Se parte.

Le cuento quién soy, de dónde vengo y a dónde voy pero que eso último lo puedo cambiar si me invita a salir de la sauna a tomarme otro caldito con Coca Cola en el bar de enfrente.

Allí, nos pasamos tres horas de bla bla estimulante, tan estimulante que acaba en mi habitación con mm mm ah ah oh oh mucho más estimulante.

Pablo me duró lo que dura un suspiro, o tres.

Después de cuatro meses viéndonos fin de semana sí y fin de semana también, de acudir a los últimos estrenos, hasta de ir al parque los miércoles por la tarde con una Lili en plena infancia, le envié a la mierda tras una noche de marcha con sus amigos en donde me dio por subirme a la barra de la discoteca a bailarme un no sé qué mientras me vitoreaba desde abajo hasta el apuntador.

El problema no fue subirme a la barra, el problema fue que a Pablo le dio por decirme, de regreso a casa y yo con todo mi subidón de felicidad alcohólica y de buen rollo nocturno, que había hecho el ridículo con el numerito de la barra, y que en su vida había pasado tanta vergüenza ajena.

- Pues mira, querido, tu vergüenza ajena me provoca arcadas y ni yo tengo ganas de vomitar ni creo que tú tengas ganas de sentir que yo no estoy a la altura de tus modismos.
- No digas tonterías, Amanda. No se puede ir a la discoteca a subirse a una barra a bailar cuando estás con tu novio.
- Pues no estoy segura de querer un novio, pero estoy completamente segura de querer seguir siendo yo misma en caso de que lo tuviera.

La anécdota es una nimiedad. Pero si Pablo pensaba que con él había de comportarme según su criterio de comportamiento de novias, resultaba evidente que en poco tiempo, ese código no se limitaría a no subirse a la barra a bailar.

Hice bien.

Pablo se casó hace dos años con una mujer muy correcta a la que le pone los cuernos con mi amiga Andrea.

Andrea dice que a la barra no se suben, ni él ni ella, pero no veas la de veces que se le sube encima y le pide que le meta el dedo en el culo mientras se la folla llamándole “putita mía”.
 
89. CELOS

Veo aparecer a Luís en el display de mi móvil pocos minutos antes de meterme bajo mi edredón de primavera, que es como el de invierno pero mucho más fino, aunque da un mucho calor y yo ya no me creo lo de que el de primavera da menos calor (o seré yo quien tengo calor todo el día.)

Me voy con Luís a la cocina… me encanta escucharle mientras me siento sobre la encimera de mármol y, con alargar simplemente un brazo, me sirvo un Cardhu con hielo en vaso de tubo.

A Luís, he olvidado decirlo, lo tengo en ataque de celos, desde que vio en el fondo de mi maleta tres billetes (tres) utilizados con destino la ciudad de Carlos.

También influye que un día le llamara Carlos (no, no estábamos en pleno acto sexual, lo cual hubiera sido mucho más salvable: con decirle que fantaseo con Carlos Sainz cuando noto lo encendido que tiene su motor por mí, hubiera sido bastante.)

Y quizás también que le preguntara qué le pareció el mail que le envié con una presentación Power Point de esas muy horteras y que en realidad mandé a Carlos y no a él.

(Joder, soy lista, pero fatalmente distraída.)

Así que nada más contestar me pregunta:

- ¿Qué haces, mi amor?
- Echarte de menos.
- Eso se lo dirás a todos, seguramente también al que te espera en esa ciudad a la que vas cada dos fines de semana.
- Tienes razón: a todos les digo cuánto te echo de menos todos los días.
- Pues si se lo dices al de los fines de semana, no le va a sentar demasiado bien.
- Pues hablando de sentar, aquí me tienes sentada sobre el mármol de la cocina, a punto de tomarme un wiskie.
- ¡Qué extraño! Te hacía comprando billetes por Internet para irte de nuevo a verle.
- Verte es lo que yo quisiera, cariño mío. ¿Vas a estar mucho tiempo de viaje aun?
- Espero volver antes de que me pongas los cuernos por enésima vez.
- Yo espero que me hundas tu cuerno bien dentro cuando nos veamos.
- Y ¿eso también se lo dices al de la ciudad? Porque digo yo que le habrás dicho que eres una mujer enamorada de otro hombre.

¡¡¡Bastaaaaaaaa!!!

O me pongo a analizar la situación con él todo lo profundo que me apetezca y acabamos liados en una conversación esperpéntica y probablemente dolorosa, o uso la técnica del negligé.

- Cariño, llevo puesto un negligé.
- ¿Un qué?
- Né – gli – gé.
- Dilo otra vez.
- Negligé.
- Negligé ¿cómo?
- Negro, negligé negro. De seda.
- ¿Sin bragas?
- Sin bragas. Sólo pura seda negra sobre mi cuerpo.
- ¿Suave y brillante?
- Tan suave que puedo notar perfectamente el tacto de mis pezones rozando mi mano sobre mis pechos.
- ¡Joder!
- No te imaginas el placer que da, notar la seda sobre mis tetas, cayendo hasta mi culo, acariciando mi piel.
- ¿Es frío?
- Muy frío. Contrasta perfectamente con el calor que siento.
- ¿Estás cachonda, cariño?
- Ahora mucho más, desde que he empezado a tocarme a través del negligé, sobre mi coñito.
- ¡Qué jodida! ¡Qué salida! ¡Qué maravilla, tesoro!
- Venga, mi cielo, vamos a divertirnos… toma tu polla entre manos y escucha como suena la seda sobre mi clítoris, escucha bien.

Y así, Luís y yo nos encontramos en los placeres de los cables que unen hombres y mujeres y dan paso a sus fantasías y a sus deseos, más allá de la distancia y la incomunicación de los cuerpos, olvidándonos de todo, y siendo cómplices de nuestras más bajas intenciones.

Después, tras una conversación posterior repleta de risas y caricias verbales, Luís volvió a preguntar:

- ¿Y esto lo haces también con el de los fines de semana?
- ¿Te he contado que el negligé es de tirantes finos, y cada vez que me haces reír se deslizan hacia mis brazos, negándose a permanecer en mis hombros?
- Eres tan sexy, tesoro, que ni siquiera encuentro motivos para seguir sintiendo estos celos absurdos que me cuesta controlar: me lo das todo. Y te quiero por eso.

Y es que ante los celos, ya sabéis, negligé, chicas, negligé.
 
90. LOS CELOS, A DEBATE
Los celos, a debate.

“¡Muy buenas tardes a todos! Bienvenidos otra vez a “cuéntanos tus miserias y danos de comer a los periodistas”. Hoy les hemos preparado un programa espectacular, con un tema complejo, apasionado, intenso: los celos.

¿Quién no ha sentido celos alguna vez? ¿Quién no ha sido víctima de celos infundados por parte su pareja? ¿Quién no ha visto los celos destrozar otras parejas, otras historias de amor? Pues hoy hemos querido profundizar sobre ese tema, debatirlo, hablarlo y, por supuesto, conocer sus historias.

Nos acompañan nuestros colaboradores habituales: la Doctora Pérez, el sociólogo Mémez, la periodista Tétez y el Padre Pépez. ¡Bienvenidos a todos!

- Hola Marujilla, un placer estar otra vez contigo.
- Gracias, Doctora, el placer es recibirla a usted y sus sabias aportaciones.

Bien, vamos a dar paso, sin más, a nuestra primera historia.

Hoy nos acompaña en plató Amanda.

- Hola, Amanda, bienvenida.
- Hola Marujilla.
- Bien: Amanda ha querido estar hoy aquí con nosotros para exponernos su caso.
- Pues sí, eso mismo.
- Cuéntanos Amanda.
- Pues que yo tengo un novio. Bueno, no es un novio. Es un rollo. Tampoco. En fin, que yo tengo una relación de cierta intensidad y estabilidad con un hombre casado.
- Interesante… ¿Qué tal lo lleva su mujer?
- Sr. Mémez, no es el momento.
- Ops, perdón.
- Sigue, Amanda.
- Pues eso. Que desde hace un tiempo me enrollo con otro hombre, ya sabes, echar unos polvotes bien ricos y unas cañas. Como echarse una cana al aire, sólo que con cañas y con polvos. ¿Tú me entiendes, no?
- ¡Pecadora impura!
- Padre, conténgase. Amanda, te escuchamos.
- Entonces como que él se enteró, o sea Luís, el casado, bueno, no se enteró, pero sospechó. Y se cogió un ataque de cuernos. Y todo el día dale que te pego a “¿y quién es él y en qué lugar se enamoró de ti?”
- Psicológicamente es una actitud lógica. Cualquier hombre o cualquier mujer que sospeche que su pareja le es infiel, buscará solventar sus dudas.
- ¿Eso opina, Doctora Pérez? ¡Pero si el tío está casado!
- ¡Pecador impuro!
- Padre, cállese.
- Que esté casado no implica que no sienta celos. Otra cosa es que se ponga pesado a exigir fidelidad y esas cosas.
- Sociológicamente, el hombre es un ser polígamo. Pero nunca se dijo gran cosa acerca de la mujer.
- ¡Arderéis en el infierno!
- Padre ¡un poquito de por favor!
- Yo lo que creo es que si siente celos se ha de joder un rato, porque yo me jodo cada vez que se folla a su mujer aunque yo no me entere, pero sé que lo hace y me jode. Pues si follo con otro, que se joda él también.
- ¿Pero hay fotos del encuentro?
- Sra. Tétez, ¡Usted siempre buscando la noticia!
- Es que una exclusiva es una exclusiva, majete, a ver cómo te crees que me iba yo a pagar el BMW de la puerta.
- Mujer, Amanda, una cosa es que tenga derecho o no a pedirte fidelidad, y otra es que sienta o no sienta celos.
- Es decir, ¿los sentimientos no atienden a razones?
- Las emociones parten de pensamientos que no utilizan ni la lógica, ni la experiencia, ni la demostración empírica: son cualquier cosa, menos ciencia. Las razones, los motivos, las explicaciones son el resultado de aplicar conocimientos, aprendizajes y lógica. Puede que uno sienta celos y, en su razón, no exista ni motivo, ni derecho.
- ¿Cómo el amor?
- Como el amor.
- ¡Qué sabréis vosotros de amor, infieles!
- Padre, ¡quieto callao! Padre, ¿qué está usted haciendo en el suelo con ese rosario? ¡Padre, Padre!

Bien, pues este ha sido el testimonio de Amanda y la opinión de nuestros expertos.

Ahora nos vamos a publicidad unos minutos, y volvemos enseguida.

¡No se vayan! Aún hay más…”
 
91. DOS NOCHES Y UN DÍA
A las doce del mediodía me sorprende José Antonio pidiéndome que le sustituya en el congreso del día siguiente.

No tengo tiempo de organizar con quien dejar a Lili, no tengo ganas de coger otro avión más, no tengo energía suficiente para despertarme a las cinco de la mañana y estar en esa ciudad a las ocho en punto.

- ¿Qué ciudad has dicho?
- Ya sabes: el congreso de tres días.

Me lanzo al teléfono, le digo que sí, que sí, me da la risa, José Antonio no entiende nada, se marcha de la consulta y yo sigo en mi llamada.

- ¿Me invitas a cenar mañana?
- ¡Mi rubia preciosa! ¿Vienes mañana?
- Tengo un congreso: dos días. Dos. Enteritos. Con sus noches. Dos fantásticas noches con todas sus horas.
- ¿Para llenarte de besos?
- Para llenarme de lo que tú quieras.

A las seis de la tarde salgo del Congreso y un compañero me acompaña hasta su casa. Estoy cansada y necesito una ducha.

Carlos abre la puerta con la mejor de sus sonrisas.

Me besa por todas partes.

Me desnuda.

Enjabona mis pechos bajo el chorro cálido del agua.

Levanta mi pierna izquierda y me penetra sin dejar de besarme.

Confundo el suave masaje del agua sobre mi cuerpo con sus caricias expertas en mi clítoris. Su pasión se funde con la mía, el ansia se apodera de nosotros, la búsqueda infinita del orgasmo perfecto.

- Estírame del cabello.
- ¿Así? ¿Así te gusta preciosa?
- Así, con fuerza.
- Tan fuerte como mi polla, ¿verdad? Venga, mi niña, deja que te lleve al cielo.
- Vente al cielo conmigo. Vamos, Carlos, vamos.
- Sí, preciosa, sigue moviéndote así. Verás como me corro contigo.

Y así, Carlos baila bajo el agua sobre mi cuerpo, llevándome tan lejos que sólo le siento a él a mi lado y el resto del mundo ya no existe.

Dos días.

Dos noches.

Nada existe, sólo Carlos y yo, y nuestras manos y nuestros cuerpos desnudos, y todas esas palabras y todos esos besos y todos esos orgasmos compartidos.

Nos despedimos en un andén. Me duele su beso por primera vez. Me duele separarme de él. Me duele volver a mi ciudad. Pero regreso llena de cariño y pasión.

Y entonces, estando en casa, con Lili dormida ya en el sofá, y acabando en mi portátil un informe y justo después de haber pasado media hora al teléfono con Carlos recordando algunos momentos vividos y riendo, me doy cuenta de que tengo otro dolor en el alma y es un dolor mucho más profundo que no estar junto a él.

Olvidé que, uno de esos dos días en que yo estaba follándome la vida, Luís y yo cumplíamos cuatro años de amor.

Accedo a mi mail y Luís me ha escrito y se me parte el corazón en su “¿mi princesita se ha olvidado de un día tan bonito para nosotros?”

Y entonces, sólo entonces, me doy cuenta de que tengo tomar una decisión.
 
92. ONANISMO MENTAL

Como llevo varios días masturbándome el cerebro en busca de un resolutivo final que no llega por más que le de al tema, he decidido que, ya puestos, me hago una paja de las de verdad.

Y es que veo cierta tendencia en la blogesfera por hablar de onanismos variados.

Follamos poco, queridos.

Me incluyo.

Yo follo poquísimo.

Otra cosa es que folle con distintos hombres.

Pero para mí, que me gusta más el sexo que a un tonto un lápiz, reducir mi sexualidad a encuentros con Luis y la más reciente variante de encuentros con Carlos, ambos distantes de mi ciudad en número casi idéntico de kilómetros, es, cuanto menos, desconsolador.

Y hablando de consoladores, ¿por qué cojones no los hacen en un tamaño estándar?

¿Es que una, para darse una alegría, tiene que meterse un trabuco de dos por dos en durísimo metal o en poliéster en forma de polla inhumana?

Vamos a ver, ¿no hemos quedado en que la media nacional es de 13 cm por pene? Pues ¿a qué coño de inventor con complejo de inferioridad le dio por fabricar consoladores de treinta centímetros?

Una se va al sex shop toda contenta, dispuesta a encontrar un compañero que no diga ni mú y se dedique a su clítoris en lugar de meterla con ímpetu de Conan el Bárbaro, y lo único que encuentra son pollas de plástico que ni Nacho Vidal ni Carlos ni ná.

Pero, claro, si para darte un gustito, te da por echarte una sesión de dvd, ¡prepárate! Disponte a ver a tíos feísimos con bigote y barriga follándose a tías que cuando las ves ni te excitas ni nada, lo que te da es por llamar a información y pedir que te pongan con la chica en cuestión y te dé el teléfono de su cirujano plástico.

Estás allí con tus consoladores de camionero y de pronto ves una rubia espectacular haciendo “uh, uh, ah, ah” y tú te miras las tetas y las tuyas cuelgan y esas ni se mueven por mucho que el bigotudo le de embestidas de toro bravo. Te entran todos los complejos del mundo.

¿Por qué no harán pelis con tíos guapísimas y tiparracas horrendas? Porque esa tontería de que esperamos a que se casen y tal es una memez: lo que esperamos es que el tío cuando se la esté follando de pronto se gire y diga: “uff, qué delgadita estás, reina… a mí lo que me pone son las mujeres normales, de verdad, con celulitis y barriguita, y que no griten tanto, ¡leche! Que me dejas sordo.”

Pero a nadie se le ha ocurrido filmar algo así.

Total, te vas a la sección de “only men” a ver si te aparece una revista con Keanu Reeves erecto y lo que te encuentras es a unos tiarrones impresionantes, guapísimos, espectaculares… ¡a los que les importas una mierda porque ellos lo que quieren es follarse también a Keanu Reeves!

Así que te vas a casa frustradísima pensando que tú no puedes competir con el gay depilado.

Con todo el calentón.

Enciendes el pc, vamos a buscar un Chat calentito… ¿calentito? Aquello parece una retahíla de babosos que te entran con “hola coñito, echamos un polvete” que ni imaginación le ponen al tema. ¿Podría algún cachondo de la red empezar la conversación con algo así como “Hola, preciosa, ¿me dejas seducirte hasta que todos los poros de tu piel se estremezcan con mis palabras?”. Pues no, te jodes. Todos son bastos, o tontos, o encefalogramas planos de los de verdad.

¿Y esa manía de encenderte la cam a las primeras de cambio? Jodido, me gusta imaginar que eres Keanu Reeves, no un tío calvo con una camiseta de promoción de J&B. Te has cargado la magia poniéndome tu cara de salido.

Luego os quejáis de que las mujeres nos masturbamos poco. ¡Si es que así no se puede!

Yo quiero excitarme, subir mi líbido hasta el límite, sentir pasión y deseo, tomar mi mano, acompasarla sobre mis pechos, bajar lentamente hasta mi sexo, notarlo húmedo y ansioso, moverme imaginando a Keanu haciéndome el amor a horcajadas, y llegar al placer abandonándome a todo.

Y eso, si eres mujer, o tienes mucha imaginación y muy buena sintonía con tu deseo, o te las tendrás que arreglar con el dvd del bigotudo y la top model, el vibra tamaño xxxl, y un Chat mal llevado por un idiota.

Es lo que tiene el onanismo: que es de género masculino
 
93. CON LA VERDAD POR DELANTE

Dicen que a las personas se nos puede clasificar en dos paquetes.

Para los de la hamburguesería de en frente o somos de mostaza o somos de Ketchup.

Para el 90% de mi unidad en el hospital, o somos de tendencia depresiva o somos de tendencia ansiosa.

Para mi madre, o somos unos triunfadores o somos unos fracasados.

Para los hombres, o somos esposas o somos amantes (sí, ya sé: no me bombardeéis el post para reivindicar que las hay esposas y amantes, que me fastidiáis el discurso.)

Para mí, o somos de verdades enteras (por muy duras que sean) o de mentirijillas a medias.

Que yo soy de estas últimas es evidente.

Pero es que a mí, los del primer paquete, me dan un no sé qué parecido a meter los dedos en un enchufe justo cuando estás sobre un charco de agua.

Y no hablo hoy de celos, cuernos, infidelidades y deslealtades.

Hablo de los que les encanta decírtelo todo, absolutamente todo.

Porque, vamos a ver, ¿de verdad es necesario que yo sepa que los dedos gordos de mis pies son feos?

“Pues tú tienes la nariz que parece un cráter de tantos puntos negros y no te lo voy recordando cada vez que te veo, bonita.”

Hay cosas que todos más o menos sospechamos, pero que no queremos saber.

Yo no quiero saber que mi sueldo es una mierda a pesar de trabajar en turnos de diez horas diarias y de haber estudiado tres carreras que, con la honrosa excepción de la de psicología, no me han servido de nada.

Tampoco me interesa mucho saber que la falda que me compré por 60 euros jodiendo un poco más mi mísero sueldo, me queda como una patada en el trasero.

Ni que estaba mucho más guapa antes de pasar por la peluquería y probar lo de los reflejos de plata sobre mi cabello rubio.

O que Luís parece mi padre más que mi amante.

O que Carlos parece mi hermano pequeño más que los cuernos que le pongo a mi amante.

Elvira, nuestra recepcionista, mucho más paciente que nuestros pacientes, está gorda como una vaca y no se lo digo cuando me pregunta si está gorda. Yo le digo que la adoro, porque es verdad que la adoro.

Mónica anda medio salida con el informático y no se lo digo a su marido.

Igual que tampoco le cuento a Jose Antonio que sé perfectamente que tiene a una de las farmacéuticas doblada cada dos por tres sobre la estantería sisando Viagra para él.

Y por supuesto no entro jamás a decirles a mis amigos, a mis amigas, a mis personas tan queridas, qué de su personalidad no acaba de gustarme y deberían cambiar inmediatamente.

Quizás algunas cosas de Luís, de Carlos, de Sonia, de Paco, de la propia Elvira o de Mónica me molesten a diario.

Pero me callo.

Sólo en caso de que su conducta pueda afectarme directamente a mí, me permito el lujo de soltar un simple: “me has hecho daño con eso. Lo siento, pero así lo he vivido yo.”

Por tanto pido a todos los que me rodean obren en consecuencia, y dejen de llevarme a tomar café para decirme que ser la amante de un hombre casado no es lo que yo merezco, y estoy malgastando mi tiempo.

Aunque últimamente tengo cada vez más claro que si tienen que andar preocupándose por mi vida es porque, seguramente, la suya sea un asco.

Y por cierto, yo soy de mostaza.
 
94. TREKKING
Carlos me preguntó si quería acompañarle a hacer trekking el fin de semana. Le recordé que el único deporte que yo practicaba era la maratón sexual, y que, ya que hablábamos de practicar deporte, podía ir a verle en quince días: me metería en su cama nada más bajar del avión y la abandonaría cuando hubiéramos tenido diez orgasmos cada uno.

Se rió. Me dijo que para el trekking habían alquilado una casa rural, que estarían todos sus amigos, que caminaríamos juntos y cocinaríamos spaghetti a la carbonara. Le dije que para tener diez orgasmos cada uno tendríamos de comprar el anillo vibrador, el lubricante efecto frío-calor y un par de bolas chinas.

Volvió a reírse.

Me dijo que me llamaría al día siguiente y miraría cómo lo tenía para recibirme en su casa en quince días.

El viernes me di cuenta de que habían pasado diez días, y él no había llamado. También me di cuenta de que quería estar con él. Sabía que el sábado se reunirían todos para tomar un autobús, así que cogí mi maleta y me puse a observar mi armario, a ver qué tenía para acompañarle a hacer trekking.

Desestimé la idea de llevarme la minifalda nueva y las sandalias de tacón con hebilla de raso. Tampoco me pareció adecuado enfundarme en el vestido rojo largo estrecho sobre el conjunto rosa de blonda con tanga a juego.

Después vi mis vaqueros y solté un gritito de alegría: llevaba años sin ponerme esos vaqueros viejos y deshilachados en los bajos. Tomé dos camisetas blancas, unas zapatillas gastadas y perfectas para caminar a su lado, un jersey por si hacía frío y un pijama de corazones muy cursi. Desenterré mi caja de coleteros, y la de pendientes sólo para ponerse en caso de que no se quiera estar despampanante.

Busqué un billete por Internet y encontré una oferta fantástica. Llamé a mi hermano que practicaba deportes variados y le pregunté si para ir a una casa rural tenía que llevarme un saco de dormir y mi hermano me dijo que me llevara muchos condones y dejara de darle el coñazo que estaba estudiando.

Y así, me planté en la puerta de casa y pensé en la cara de sorpresa que pondría Carlos al verme con mi mochila, preparada para compartir sus ilusiones, para ser su compañera de fin de semana, para cocinar con él y sus amigos en la casa rural, para caminar y caminar y estar juntos en ese caminar y me apeteció tantísimo que me pregunté cuánto era capaz de hacer y de arriesgar por él.

Y entonces, mientras me iba preguntando todo eso, me iba respondiendo, y las respuestas no me gustaron, y me fui desinflando y se me comieron las dudas y los miedos y las inseguridades.

Y allí me quedé, con mi vaquero deshilachado y mi camiseta blanca, en el rellano de la puerta, con mi móvil a punto de marcar su número, sin ser capaz de hacerlo.

Al final marqué el teléfono de la Compañía Aérea y pregunté si era posible cambiar el vuelo. Me dijeron que tenía que pagar 30 euros y elegir otro día y destino. Pronuncié la ciudad de Luis sin vacilar ni un segundo. Después dejé todo en el pasillo, me lancé a mi Messenger y le dije a Luis que en unos días iría a pasar un par de noches con él.

Luis me dijo que era preciosa y maravillosa, y que me quería más que nunca por darle aquella sorpresa. Luego estuvimos hablando con nuestros cascos a lo teleoperadora de compañía de telecomunicaciones hasta que nos dieron las tres de la mañana.

Carlos no llamó nunca más.

La mochila con mis ilusiones y con esa Amanda que un día decidí no volver a ser, se quedó en el fondo del armario. Decidí no deshacerla. Quizás esa Amanda, algún día, postrada en la puerta de su casa, se vuelva loca de valor y sí marque su número de teléfono.

 
95. NO ENTIENDO
A veces trato de entender por qué la mujer de Luís no ve en él todo lo que yo veo.

Por qué no desea su cuerpo todos los días, y todos los días desea escucharle y todos los días desea hablarle.

No entiendo que no le enternezcan sus sonrisas a medias, sus irónicas apreciaciones o sus sarcásticos comentarios.

Tampoco entiendo que no se sienta orgullosa cada vez que parte de viaje a algún país extraño, entre comités de dirección o asesoramientos directivos.

Y que no pase con él noches enteras hasta la madrugada riendo y conversando, tirando de palabrería romántica o de pícaras intenciones, retrasando el momento de hacer el amor con él hasta tenerlo frenético de pasión.

Que no aproveche todas las mañanas para desperezarse con su cuerpo, frotarse entre su piel, y despertar así sus instintos más básicos, haciéndolos suyos, comiendo su boca a besos y su alma a emociones.

No entiendo que la mujer de Luís no sea feliz todos los días por sentirse a su lado, por compartir con él viajes e ilusiones, futuros y pasados, presentes que están llenos de sensaciones, instantes privados y sólo suyos, de ella y de él.

No entiendo que no le ame con tanta fuerza que le aprisione con su querer benévolo, dándole la libertad que sólo quien ama sabe dar, entregándole sus secretos y sus inseguridades, sus miedos y sus certezas.

Disfrutar todas las noches de su compañía, ofrecerle su abrazo para consolarle, y su razón para hacerle entender. Y su paciencia para admitirle. Y su cariño para aceptarle.

Vibrar, llorar, reír, querer, amar, soñar, sí, soñar con él todas las noches aun teniéndole cerca, provocarle, y después apaciguarle.

No entiendo porque ella no ve el hombre intenso e inmenso que es, el hombre solitario y cómplice al mismo tiempo, el hombre interesante, atractivo, maravilloso, único, exclusivo, Luís, el Luís que yo veo y lleva cuatro años y medio siendo el hombre que yo siempre esperé en mi vida.

No.

No lo entiendo.

Pero le doy las gracias.
 
96. CHEK IN, CHEK OUT

Estábamos solos en el restaurante. Llevábamos dos horas compartiendo las vivencias de los últimos días. No podía apartar mis ojos de ti. Saltábamos de un tema a otro (trabajo, amor, hijos) sin dejar de enlazar nuestras manos. Era como estar constantemente unidos en aquel enclave de vino, palabras y gestos. Tú y yo. Solos y enteros. Inmensos. Juntos.

Te miraba y pensaba cuánto te quería. Cada segundo transcurrido, cada palabra dicha, cada mirada congelada en ti o en mí, era un segundo menos: el tiempo que se escapaba de nosotros mientras lo estrujábamos sin piedad.

Más vino. Más risas.

Me incliné interrumpiendo tu discurso:

- Te deseo dentro de mí.

Sonreíste.

- Vamos al hotel.
- No, -dije-, esta vez en el hotel no. Esta vez te quiero dentro de mí en mi casa, en mi cama, entre mis sábanas.
- Dormiremos en tu casa. Pondré el despertador a la cinco y me dará tiempo para ir a recoger mi maleta al hotel y tomar un taxi hasta el aeropuerto.
- Hagamos una tontería.
- ¿Dormir son follar?
- Eso no sería una tontería, sería un desperdicio.

Te reíste.

- Vayamos a tu hotel y hagamos el chek out.
- ¿Sólo tres horas después del chek in?
- Sólo.

Ni lo pensaste. ¡Eres tan generoso cuando se trata de hacerme feliz! Fuimos a tu hotel y antes de las doce de la noche, ya estabas fuera, maleta en mano, subiendo medio cómplice, medio ladrón, como si aquello fuera tu gran trasgresión: le habíamos robado a tu empresa una noche de hotel. Y nos la íbamos a comer entre caricias y gemidos.

Nos amamos mejor construyendo mi habitación. Siempre nos pasa. Nos perdemos bajo el edredón y nos miramos a media luz o a luz entera. ¡Me haces sentir tan deseada cuando me miras así, cuando me agarras por detrás y siento tus manos temblando al contacto de mi piel! Te quedaste dormido abrazado a mí, agotado, tras dos horas infinitas de risas, pasión, amor y sexo.

Nos despertó un sonido conocido, el de la despedida. Eran las seis de la mañana. Te acompañé al aeropuerto medio dormidos los dos. Y mientras hacíamos ese trayecto que no me perdería por nada del mundo, reíamos como locos recordando la noche anterior. Dijiste:

- ¡Qué jodida eres, Amanda! Sea la hora que sea, siempre estás de buen humor.
- Y... ¿por qué no iba a estarlo?

Apoyé mi mano en tu pierna mientras conducía. Te encanta ese gesto. Te hace sentir especial. No sé muy por qué.

Llegando a la terminal, te despediste como siempre, con un beso y un te quiero.

Y entonces sucedió. Hiciste algo que nunca antes, en tres años y medios y decenas de despedidas, habías hecho: al irte hacia la terminal, con tu maleta en mano, tu impecable traje de profesional, tu caminar seguro y firme, ese que nunca mira hacia atrás... te giraste.

Me quedé tan sorprendida ante aquel gesto que no supe sino sonreír. Llevo tres años y medio viéndote partir, adivinando tu espalda, como si al decirme “adiós” entraras en tu otra vida, cerraras la vida que es la tuya y la mía, hicieras tu check in hacia tu mundo en el que yo no tengo presencia.

Y ese día caminaste con la mirada puesta en mí, murmurando “te quiero” y esbozando sonrisas. Ese día, ¿verdad mi amor? Ese día aun estabas en chek out.
 
97. DERRAPANDO

Ser la amante de un hombre casado tiene un noséqué de caótico que ninguna de mis amigas me envidia y que a mí me pone, pero “pone” de “poner”, no de “ponerse”. Vamos, que me pone cachonda (ya basta de tanta cursilería.)

Es que yo llevo regular lo de aburrirse y teniendo en cuenta mi condición de madre divorciada, apuntarme al gimnasio o a hacer macramé no me parece lo más adecuado, teniendo en cuenta que en tal caso debería dejar a mi hija sola en casa y no es plan.

Como fregar tampoco va con mi personalidad (ni la de nadie, mucho me temo), me abstengo de llegar a casa y ponerme a darle al mocho, igual que me abstengo de limpiar, hacer la colada y planchar. Me gasto una buena parte de mi sueldo en vestir a los hijos de Jessica Jennifer, la venezolana que se dedica a estos menesteres tres veces por semana.

Total, entre que no puedo encontrarme un hobbie, no me gustan las labores del hogar, la tele y yo somos incompatibles (excepto para ver a Grishom en CSI), y leer con Lili jugando a los cochecitos de ambulancias a todo trapo no es muy edificante, me queda aburrirme en casa.

Tiempo que dedico o bien a escribir o bien a aburrirme.

Así que si Luis me llama de pronto, me dice que va a hacer escala en mi ciudad durante una hora escasa, y mi vecina se presta a ocuparse de Liliana (más bien el hijo de mi vecina, que me da a mí que en breve ya no va a querer jugar a las ambulancias, si no a los médicos con mi hija), derrapo todo lo que mi humilde utilitario se permite derrapar y me planto en el aeropuerto para plantarle un morreo al hombre de mi vida.

- Eres una arrastrada, - me dice Clara -. El tío te tiene cuándo quiere y cómo quiere.

Pues sí.

A veces no estoy muy segura de si yo soy la salsa de la vida aburrida de Luís o si Luís es la salsa de mi aburrida vida.

Lo que tengo más claro es que Carlos le pone la pimienta a mis fines de semana, y eso que estoy pensándome seriamente en sustituirle por algún autóctono, que mi tarjeta echa humo.

Es curioso como Carlos, pudiendo, no demanda jamás.

Él podría pedirme todos los fines de semana que fuera a verle y probablemente obtendría un sí por respuesta y mi banco un crédito más a altos intereses.

Es curioso como Luís, limitado por sus viajes profesionales, su matrimonio y sus hijos, demanda constantemente.

A horas intempestivas, en fechas imposibles o en momentos inoportunos.

También obtiene un sí por respuesta, no vaya a ser que yo pierda la oportunidad de olvidarme un rato de mi trabajo-niña-trabajo para estar entre sus brazos, a veces incluso para estar frente a él sin poder siquiera tocarle, porque hay tráfico en el aeropuerto y no hay que arriesgarse demasiado.

Todo eso no me importa en absoluto: lo hago egoísta y plenamente consciente del beneficio que obtengo a cambio.

Ni sacrificios ni leches.

Salgo derrapando de mi monotonía y me hundo en mi fantasía, cultivando así mis emociones.
Con Carlos me cuesta más.

Primero, ya lo he dicho, porque él no lo pide.

Así que soy yo la que siempre acabo llamándole y diciéndole que me muero por tomar un avión.

Segundo, porque en esas idas y venidas sí hay un punto de sacrificio que no me acaba de convencer: esa sensación de pesadez que da hacer maletas, empaquetar ilusiones y enfrentarse a la duda de si va o no salir todo perfecto.

Luego, cuando regreso de los dos, me queda esa sensación de volver a trabajo-niña-trabajo y a todas mis limitaciones económicas, sociales y maternales.

Adoro a mi hija, no nos confundamos: ella es la única capaz de hacerme sentir completamente acompañada.

Pero odio ser tan burdamente normal.

Podría, como dice Clara, enamorarme de un hombre de aquí, soltero y dispuesto a compartir conmigo todos mis días.

- Sí, Clara, ya lo sé. Pero es que entonces, ¿no volvería a derrapar jamás? Pues no sé, pero mi coche lo necesita y yo, honestamente, me alimento de esas locuras que para ti no tienen sentido y para mí, lo son todo.
 
98. ROBERTO
Hoy toca hablar de Roberto.

Roberto tiene la inaccesibilidad de los hombres accesibles. Te crees que es fácil entenderle porque te sonríe cuando le miras y te abraza cuando te acercas a su imponente cuerpo de metro ochenta y cinco.

Piensas que es claro y transparente cuando te dice que hoy es un mal día y cuando te dice que hoy es un día maravilloso.

Te dejas llevar por su inquietante seguridad y la certeza absoluta de que cuando dice “sí” es “sí” y cuando dice “no” simplemente es “no.”

Te enganchas a su discurso siempre ágil, salpicado de inteligente sentido del humor, amenizado por acentos de tierras soleadas y de alegrías contagiosas. Te sientes acompañada en cada palabra y en cada beso te sientes deseada y en cada caricia te sientes amada.

Dejas que te explique todas las cosas que quiere mostrarte sabe explicarte, y te rodeas de sus experiencias como si fuera la primera vez que las escucharas, aunque las escucharas por octava vez.

Forma parte del paisaje al que te lleva, ilusionado, confundiéndose con el mar y la brisa, oliendo a tierra mojada, a hierba húmeda, a exóticas tisanas, a chocolate dulce, a aceite de primera prensada.

Es como un vino macerado en barrica de roble, con gusto seco y poderoso, y deja que su piel se confunda con la tuya, mirándote a los ojos, apartando la mirada cuando ya no puede sostenerla por más tiempo, regalándote su entrega, como si te lo diera todo en aquel momento, y tú tomas y tomas más, y no deja de sonar la música que los dos queréis escuchar.

Luego se desploma sobre tu cuerpo aun despierto, y pide que le escuches de nuevo, no quiere dormir, Roberto nunca quiere dormir, Roberto quiere que le sientas, y tú no haces otra cosa que sentirle.

Y entonces preguntas, pero a Roberto no puedes preguntarle nada.

Porque detrás de la personalidad más fina, trabajada, elegante, imponente, arrolladora, sensual y fuerte que Amanda ha conocido jamás, se esconde el puro misterio de la inseguridad, del temor profundo al dolor, del convencimiento del fracaso, del error marcado a fuego.

De eso no puedes hablar con Roberto.

A Roberto sólo puedes disfrutarle.
 
99. EL PORQUÉ DE TODO ESTO

Salí del hospital a las siete de la tarde y me di cuenta de que había olvidado mi paraguas y estaba lloviendo a mares.

No quise volver sobre mis pasos, estaba cansada y había dejado el coche en el taller para su revisión habitual, así que enfilé la calle principal en dirección al metro, saltando de portería en portería para no mojarme demasiado.

Tengo uno de esos cabellos indefinidos, ni liso ni rizado, que con la humedad se torna en una especie de ondulación sin forma alguna, y pretendía llegar hasta la estación con el cabello lo más liso posible.

En realidad, sólo estaba pensando en eso, en mi pelo, y en las pocas posibilidades que tenía de llegar con él en condiciones hasta casa y ni siquiera me acordaba ya de la última visita que había hecho. Si alguien me hubiera preguntado acerca de ésta, posiblemente hubiera tenido que esforzarme en recordarla.

Entonces sonó mi móvil, y lo cogí medio cabreada, no era fácil ocuparse del pelo, de no mojarse y sacar el móvil y contestar. Pero vi que era él y me hizo ilusión, pensé que iba a contarle mis problemas con la lluvia y contesté como siempre le contestaba: “holaaaaaa”. Así, estirando la “a” mucho rato, como si quisiera transmitirle la felicidad que me provocaba cada una de sus llamadas y que, desde hacía meses, era diarias.

Pero no me dejó acabar con esa palabra, empezó a hablar y dijo: “lo siento, Amanda, pero he estado pensando en ello, y yo ya no te quiero. Y lo que quiero es dejarlo.”

No dije nada. Creo que ni siquiera me despedí de él. Colgué el teléfono y seguí saltando de portería en portería, y entonces me acordé de la última visita que había sido con Juan, un paciente de 50 años con una depresión mayor que llevaba arrastrando desde hacía dos años. Pensé que tenía que hablar con José Antonio y pedirle que le subiera la medicación porque no estaba mejorando nada y había verbalizado en tres ocasiones que la vida no merecía la pena.

Luego llegué hasta el metro y me senté a esperar y seguí pensando en Juan y su problema y en qué tipo de pautas podríamos hacer para la siguiente semana y así se me pasaron los minutos y luego fueron horas, hasta que se hizo de noche y me metí junto a Lili en la cama y entonces me di cuenta de que él me había dicho que ya no me quería.

Empecé a llorar como no lo había hecho nunca, desconsolada junto a Lili dormida y seguí llorando durante dos años.

Todos los días de mi vida durante dos años me desperté pensando en que él ya no me quería y llorando, lloré tanto que pensé que no volvería a reírme jamás, que todo en mí era llanto y todo porque él ya no me quería.

Me llamé imbécil, gilipollas, idiota y me odié, me odié hasta desear estar muerta, porque había perdido lo único que había amado de verdad y ni siquiera supe porqué, me pasé dos años preguntándome por qué, y no encontré una respuesta, sólo lloraba.

Me despidieron del hospital porque no iba a consulta, me saltaba las guardias y apagaba mi teléfono por las noches.

Me quedé sin trabajo y llorando.

Me daba igual.

Cuando dos años más tarde, una mañana, José Antonio me llamó para pedirme que volviera, que la que había sido mi sustituta se había marchado a otra ciudad y necesitaban que yo volviera, me presenté en el despacho de mi jefe llorando.

Me dijo que tenía una depresión y que podía hacer para ayudarme y entonces le dije:

- Sólo quiero saber por qué me dejó de querer.

Entonces él me dijo que nadie deja de querer de la noche a la mañana a quien ha sido el amor de su vida, y que las frases como esa, cuando no tienen un motivo, ni parten de una base, ni hay nada que las provoque, no son más que huidas hacia delante, que Enrique tenía otra vida que había elegido vivir sin mí, y eso no tenía nada que ver con el amor.

La última vez que vi a Enrique fue hace dos años, cuatro años más tarde de que él hiciera aquella llamada.

Yo había recuperado mi trabajo, mi vida, mis ilusiones. Estaba enamorada de un hombre maravilloso que me adoraba y que, casado o no, era quien me protegía todos los días.

Me acerqué a Enrique, estábamos en un bar y apareció él y hacía tanto tiempo que no le veía y había tantas conversaciones que no habíamos tenido que ni siquiera le dije “hola”.

Sólo le pregunté lo mismo que, años atrás, había preguntado a José Antonio y me había estado preguntando a mí misma.

- Sólo quiero saber por qué me dejaste de querer.

Entonces Enrique me acarició el cabello y me miró a los ojos y a lo lejos vi a su novia mirándome con mucho celo y mucha rabia, pero él no se detuvo, siguió acariciándome y mirándome a los ojos y dijo:

- Yo nunca te he dejado de querer, Amanda, mi amor.
- Eso me dijo José Antonio.
- Es buen psiquiatra, el jodido.
- Y un buen jefe.
- Y tú tienes mucha suerte, preciosa.
- Y tú tienes un paquetorro muy sexy bajo los vaqueros, pero tu novia me está mirando con cara de odio y creo que me va a asesinar.

Y nos reímos.

El día que me reí por primera vez con Enrique después del poderoso proceso de duelo que supuso su pérdida, entendí que estaba curada.

Y sobre entendí que nunca más volveré a enfermar de amor.

Y por eso soy, y seré, para siempre, la Amante.