<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><feed version="0.3" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns="http://purl.org/atom/ns#"><title><![CDATA[La Biblioteca de Babel]]></title><link rel="" type="" href="" title=""/><link rel="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[ID]]></id><tagline><![CDATA[DIARIO DE LECTURAS, DIVAGACIONES Y MUCHAS OTRAS COSAS]]></tagline><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><entry><title><![CDATA[EL HOMBRE DE HIELO]]></title><link rel="La Biblioteca de Babel" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200506]]></issued><modified><![CDATA[200506]]></modified><created><![CDATA[200506]]></created><summary><![CDATA[EL HOMBRE DE HIELO]]></summary><author><name><![CDATA[El Bibliotecario]]></name></author><dc:subject><![CDATA[EL HOMBRE DE HIELO]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/c_31.htm"><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/MurakamiHaruki_1l.jpg" alt="" border="0" width="40" height="53"/> <i>La narrativa de Haruki Murakami, escribe John Updike, habita la zona de la ensoñación, “cerca del surrealismo viciado de Kôbô Abe y del sobrecalentado pero generalmente sólido realismo de Mishima y Tanizaki”. Murakami es, sin lugar a dudas, el escritor vivo más prestigioso del Japón. Presentamos aquí, inédito en español, un cuento de este autor eminentemente contemporáneo, en traducción de Mauricio Montiel.</i><br/><br/><b>EL HOMBRE DE HIELO</b><br/><i>Haruki Murakami</i><br/><br/>Me casé con un hombre de hielo.<br/>Lo vi por primera vez en un hotel para esquiadores, que es quizá el sitio indicado para conocer a alguien así. El lobby estaba lleno de jóvenes bulliciosos pero el hombre de hielo permanecía sentado a solas en una butaca en la esquina más alejada de la chimenea, absorto en un libro. Pese a que era cerca de mediodía, la luz diáfana y fría de esa mañana de principios de invierno parecía demorarse a su alrededor.<br/><br/>—Mira, un hombre de hielo —susurró mi amiga.<br/><br/>En ese momento, sin embargo, yo no tenía la menor idea de lo que era un hombre de hielo. A mi amiga le sucedía lo mismo:<br/>—Debe estar hecho de hielo. Por eso lo llaman así. —Dijo esto con una expresión grave, como si hablara de un fantasma o de alguien que padeciera una enfermedad contagiosa.<br/>El hombre de hielo era alto y aparentemente joven pero en su cabello grueso, similar al alambre, había zonas de blancura que hacían pensar en parches de nieve sin derretir. Sus pómulos eran angulosos, como piedra congelada, y sus dedos estaban rodeados por una escarcha que daba la impresión de que nunca se fundiría. Por lo demás, no obstante, parecía un hombre común y corriente. No era lo que se dice guapo aunque uno notaba que podía ser muy atractivo, dependiendo del modo en que se le observara. En cualquier caso, algo en él me conmovió hasta lo más profundo, algo que sentí se localizaba en sus ojos más que en ninguna otra parte. Silenciosa y transparente, su mirada evocaba las astillas de luz que atraviesan los carámbanos en una mañana invernal. Era como el único destello de vida en un cuerpo artificial.<br/>Me quedé inmóvil por un tiempo, espiando al hombre de hielo a la distancia. No alzó la vista. Continuó sentado sin inmutarse, enfrascado en su libro como si no hubiera nadie en torno suyo.<br/>A la mañana siguiente el hombre de hielo se hallaba otra vez en el mismo lugar, leyendo un libro de la misma manera. Cuando fui al comedor para el almuerzo, y cuando regresé de esquiar con mis amigos al atardecer, aún estaba ahí, fijando la misma mirada en las páginas del mismo libro. Al día siguiente no hubo cambios. Incluso al caer el sol, y mientras la oscuridad ganaba terreno, permaneció en su butaca con la quietud de la escena invernal al otro lado de la ventana.<br/><br/>La tarde del cuarto día inventé alguna excusa para no salir a esquiar. Me quedé sola en el hotel y vagué un rato por el lobby, desierto como un pueblo fantasma. El aire era cálido y húmedo y la estancia tenía un olor curiosamente abatido: el olor de la nieve adherida a la suela de los zapatos que ahora se derretía frente a la chimenea. Miré por los ventanales, hojeé uno o dos periódicos y luego, armándome de valor, me dirigí al hombre de hielo y le hablé.<br/><br/>Tiendo a ser tímida con extraños, y salvo que haya una buena razón no acostumbro platicar con gente que no conozco. Pero pese a todo me sentí impelida a hablar con el hombre de hielo. Era mi última noche en el hotel, y temía que si dejaba pasar la oportunidad nunca volvería a conversar con alguien así.<br/>—¿No esquías? —le pregunté del modo más casual que pude.<br/><br/>Alzó el rostro con lentitud, como si hubiera oído un ruido lejano, y me miró con esos ojos. Después negó con la cabeza.<br/><br/>—No esquío —dijo—. Me gusta sentarme aquí a leer y observar la nieve.<br/>Encima de él las palabras formaron nubes blancas semejantes a los globos de un cómic. De hecho pude ver las palabras en la atmósfera, hasta que las borró con un dedo escarchado.<br/>No supe qué decir a continuación. Me sonrojé y me quedé inmóvil. El hombre de hielo me vio a los ojos y pareció esbozar una sonrisa tenue.<br/><br/>—¿Quieres sentarte? —preguntó—. Te intereso, ¿verdad? Quieres saber qué es un hombre de hielo. —Rió—. Tranquila, no hay por qué preocuparse. No vas a resfriarte sólo por hablar conmigo.<br/>Nos sentamos juntos en un sofá en un rincón del lobby y vimos danzar los copos de nieve a través de la ventana. Pedí un chocolate caliente y lo bebí, pero él no ordenó nada. Al parecer era tan torpe como yo a la hora de entablar una conversación. No sólo eso, sino que daba la impresión de que no teníamos ningún tema en común. Al principio hablamos del clima. Luego, del hotel.<br/><br/>—¿Estás solo? —le pregunté.<br/>—Sí —contestó. Después preguntó si me gustaba esquiar.<br/>—No mucho —dije—. Vine únicamente porque mis amigos insistieron. De hecho casi no esquío.<br/>Había tantas cosas que quería saber. ¿Realmente su cuerpo era de hielo? ¿Qué comía? ¿Dónde pasaba los veranos? ¿Tenía familia? Cosas por el estilo. Pero el hombre de hielo no habló de sí mismo, y yo me abstuve de hacerle preguntas personales.<br/>En lugar de eso, habló de mí. Sé que es difícil creerlo, pero de alguna manera sabía todo sobre mí. Sabía quiénes eran los miembros de mi familia; sabía mi edad, mis preferencias y aversiones, mi estado de salud, a qué escuela iba, qué amigos frecuentaba. Sabía incluso cosas que me habían ocurrido hacía tanto tiempo que hasta las había olvidado.<br/><br/>—No entiendo —dije, confundida. Me sentía como si estuviera desnuda ante un extraño—. ¿Cómo sabes tanto de mí? ¿Puedes leer la mente?<br/>—No, no puedo leer la mente ni nada parecido. Sólo sé —respondió—. Sólo sé. Es como si mirara con fuerza dentro del hielo: cuando te miro así, de pronto veo perfectamente cosas acerca de ti.<br/>—¿Puedes ver mi futuro? —le pregunté.<br/>—No puedo ver el futuro —dijo con calma—. El futuro no me puede interesar para nada; para ser más preciso, no sé qué significa. Eso es porque el hielo no tiene futuro; todo lo que posee es el pasado que encierra. El hielo es capaz de preservar las cosas de esa forma: limpia y clara y tan vívidamente como si aún existieran. Ésa es la esencia del hielo.<br/>—Qué bonito —dije, y sonreí—. Me alegra escucharlo. A fin de cuentas, lo cierto es que no me importa averiguar mi futuro.<br/>Nos volvimos a encontrar en varias ocasiones, una vez que regresamos a la ciudad. A la larga comenzamos a salir. No íbamos al cine, sin embargo, ni a tomar café. Ni siquiera íbamos a restaurantes. Era raro que el hombre de hielo comiera algo. En lugar de eso, solíamos sentarnos en una banca en el parque a hablar de distintas cosas: de todo salvo de él.<br/><br/>—¿Por qué? —le pregunté un día—. ¿Por qué no hablas de ti? Quiero conocerte mejor. ¿Dónde naciste? ¿Cómo son tus padres? ¿Cómo te convertiste en un hombre de hielo?<br/>Me observó un rato y luego sacudió la cabeza.<br/>—No lo sé —dijo nítida, serenamente, exhalando una bocanada de palabras blancas—. Conozco la historia de todo lo demás, pero yo carezco de pasado. No sé dónde nací ni cómo eran mis padres; ni siquiera sé si los tuve. Ignoro qué tan viejo soy; ignoro, aun más, si tengo edad.<br/><br/>El hombre de hielo era tan solitario como un iceberg en la noche oscura.<br/>Me enamoré perdidamente del hombre de hielo. Él me amaba tal como era: en el presente, sin ningún futuro. Yo, por mi parte, lo amaba tal como era: en el presente, sin ningún pasado. Incluso empezamos a hablar de matrimonio.<br/><br/>Yo acababa de cumplir veinte años y él era mi primer amor real. En aquella época ni siquiera podía imaginar qué significaba amar a un hombre de hielo. Pero dudo que haberme enamorado de un hombre común hubiera aclarado mi noción del amor.<br/><br/>Mi madre y mi hermana mayor se oponían con firmeza a que me casara con él.<br/>—Estás muy joven para casarte —decían—. Además, no sabes nada de su vida. Vaya, no sabes dónde ni cuándo nació. ¿Cómo decirles a nuestros parientes que te casarás con alguien así? Por si fuera poco, hablamos de un hombre de hielo: ¿qué vas a hacer si de pronto se derrite? Parece que ignoras que el matrimonio implica un compromiso auténtico.<br/><br/>Sus preocupaciones, no obstante, eran infundadas. Al fin y al cabo, un hombre de hielo no está hecho verdaderamente de hielo. Por más calor que haga no se va a fundir. Se le llama así porque su cuerpo es frío como el hielo pero su constitución es distinta, y no es la clase de frialdad que roba la calidez de la gente.<br/>De modo que nos casamos. Nadie bendijo la unión, ningún amigo o pariente compartió nuestra alegría. No hubo ceremonia, y a la hora de anotar mi nombre en su registro familiar, bueno, resultó que el hombre de hielo no tenía. Así que simplemente decidimos que estábamos casados. Compramos un pequeño pastel y lo comimos juntos: ésa fue nuestra modesta boda.<br/><br/>Rentamos un departamento diminuto, y el hombre de hielo comenzó a ganarse la vida en un depósito de carne congelada. Podía soportar las más bajas temperaturas, y por mucho que trabajara nunca se sentía exhausto. Le caía muy bien al patrón, que le pagaba mejor que al resto de los empleados. Llevábamos una rutina feliz, sin molestar y sin que nos molestaran.<br/><br/>Cuando él me hacía el amor, en mi mente aparecía un trozo de hielo que estaba segura existía en algún sitio en medio de una soledad imperturbable. Pensaba que quizá él sabía dónde se hallaba. Era un pedazo de hielo duro, tanto que yo imaginaba que nada podía igualar su dureza. Era el trozo de hielo más grande del orbe. Se encontraba en un lugar muy lejano, y el hombre de hielo transmitía la memoria de esa gelidez tanto a mí como al mundo. Al principio me sentía turbada cuando él me hacía el amor, aunque al cabo de un tiempo me acostumbré. Incluso me empezó a agradar el sexo con el hombre de hielo. De noche compartíamos en silencio esa enorme mole congelada en la que cientos de millones de años —todos los pasados del mundo— se almacenaban.<br/>En nuestro matrimonio no había problemas de consideración. Nos amábamos profundamente, nada se interponía entre nosotros. Queríamos tener un hijo, algo que se antojaba imposible tal vez porque los genes humanos no se mezclan fácilmente con los de un hombre de hielo. En cualquier caso, fue en parte debido a la ausencia de hijos que de golpe me vi con tiempo de sobra. Terminaba con todas las labores hogareñas por la mañana y después no tenía nada qué hacer. No había amigos con los que pudiera platicar o salir y tampoco congeniaba con los vecinos del barrio. Mi madre y mi hermana aún estaban furiosas conmigo por haberme casado con el hombre de hielo y no daban señales de querer verme de nuevo. Y pese a que, con el paso de los meses, la gente a nuestro alrededor empezó a platicar con él de vez en cuando, en lo más hondo de sus corazones todavía no aceptaban al hombre de hielo ni a mí, que lo había desposado. Éramos distintos a ellos, y ni todo el tiempo del mundo podría salvar el abismo que nos separaba.<br/>Así que mientras el hombre de hielo trabajaba yo me quedaba en el departamento, leyendo libros o escuchando música. Sea como sea prefiero por lo general estar en casa, y no me importa la soledad. Pero aún era joven, y hacer lo mismo día tras día comenzó a incomodarme a la larga. Lo que dolía no era el tedio sino la repetición.<br/><br/>Por eso un día le dije a mi marido:<br/>—¿Qué tal si para variar viajamos a algún lado?<br/>—¿Un viaje? —contestó. Entrecerró los ojos y me miró—. ¿Por qué se te ocurre que debemos viajar? ¿No estás contenta aquí conmigo?<br/>—No es eso —dije—. Soy feliz. Pero estoy aburrida. Tengo ganas de viajar a un sitio lejano para ver cosas que jamás he visto. Quiero saber qué se siente respirar aire nuevo. ¿Comprendes? Además, aún no hemos tenido nuestra luna de miel. Contamos con ahorros y tus días de vacaciones se acercan. ¿No es hora de que huyamos de aquí para descansar un poco?<br/>El hombre de hielo lanzó un suspiro glacial y profundo que se cristalizó en la atmósfera con un sonido tintineante. Entrelazó sus largos dedos sobre las rodillas y dijo:<br/>—Bueno, si en serio te mueres por viajar no tengo nada en contra. Iré a donde sea si eso te hace feliz. Pero ¿sabes a dónde quieres ir?<br/>—¿Qué tal si vamos al Polo Sur? —dije. Elegí el Polo Sur porque estaba segura de que al hombre de hielo le interesaría visitar un lugar frío. Y, para ser sincera, siempre había querido viajar ahí. Quería vestir un abrigo de pieles con capucha, ver la aurora austral y una bandada de pingüinos.<br/>Al oír esto mi esposo me vio directamente a los ojos, sin parpadear, y yo sentí como si una afilada estalactita me taladrara hasta la parte trasera del cráneo. Permaneció un rato en silencio y al fin dijo, con voz fulgurante:<br/>—De acuerdo, si eso es lo que quieres, vamos al Polo Sur. ¿Estás absolutamente convencida de que es lo que deseas?<br/>Fui incapaz de responder de inmediato. El hombre de hielo me había clavado su mirada durante tanto tiempo que sentía adormecido el interior de mi cabeza. Luego asentí.<br/>Con el tiempo, sin embargo, fui arrepintiéndome de haber propuesto la idea de viajar al Polo Sur. Ignoro por qué, pero me dio la impresión de que en cuanto mencioné las palabras “Polo Sur” algo cambió dentro de mi marido. Sus ojos se aguzaron, su aliento comenzó a salir más blanco, la escarcha de sus dedos aumentó. Ya casi no hablaba conmigo, y dejó de comer por completo. Todo ello me hizo sentir muy insegura.<br/>Cinco días antes de nuestra partida, me armé de valor y dije:<br/>—Olvidémonos de visitar el Polo Sur. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que va a hacer mucho frío, lo que quizá no es bueno para la salud. Empiezo a creer que tal vez sea mejor ir a un lugar más ordinario. ¿Qué tal Europa? Vámonos de vacaciones a España. Podemos beber vino, comer paella y ver una corrida de toros o algo así.<br/><br/>Pero mi esposo no me prestó atención. Durante unos minutos se quedó con la mirada perdida en el espacio. Después dijo:<br/>—No, España no me atrae particularmente: demasiado calurosa para mí. Demasiado polvo, comida muy condimentada. Además, ya compré los boletos para el Polo Sur y hay un abrigo de pieles y botas especiales para ti. No podemos tirar todo a la basura. Ahora que llegamos tan lejos no se puede dar marcha atrás.<br/><br/>La verdad es que estaba asustada. Tenía la sospecha de que si íbamos al Polo Sur nos sucedería algo que seríamos incapaces de remediar. Sufría una pesadilla recurrente, siempre la misma: daba un paseo y caía en una grieta insondable que se había abierto a mis pies. Nadie me encontraría y yo me congelaría. Encerrada en el hielo, escrutaría la bóveda celeste. Estaría consciente pero no podría mover ni un dedo. Descubriría que poco a poco me transformaba en el pasado. Las personas que me observaban, que veían en lo que me había convertido, miraban el pasado. Yo era una escena que retrocedía, alejándose de ellas.<br/>Y entonces despertaba para toparme con el hombre de hielo durmiendo junto a mí. Acostumbraba dormir sin respirar, como un difunto.<br/>Aunque lo amaba. Yo empezaba a llorar y mis lágrimas goteaban en su mejilla y él se incorporaba para abrazarme.<br/>—Tuve una pesadilla —le decía.<br/>—Es sólo un sueño —me contestaba—. Los sueños vienen del pasado y no del futuro. No estás atada a ellos, tú eres quien los atas. ¿Lo entiendes?<br/>—Sí —decía yo pese a no estar convencida.<br/>No hallé una buena razón para cancelar el viaje, de modo que al final mi marido y yo abordamos un avión rumbo al Polo Sur. Todas las aeromozas se veían taciturnas. Yo quería admirar el paisaje por la ventanilla, pero las nubes eran tan espesas que obstaculizaban la visibilidad. Al cabo de un rato la ventanilla se cubrió con una capa de hielo. Mi esposo iba sentado en silencio, absorto en un libro. Yo no sentía ni un gramo de la excitación que implica salir de vacaciones. Actuaba como autómata, haciendo cosas que ya estaban decididas.<br/><br/>Al bajar por la escalerilla y tocar el suelo del Polo Sur, noté que el cuerpo de mi marido se cimbraba. Duró menos que un parpadeo, apenas medio segundo, y su expresión no varió, pero lo advertí con claridad. Algo dentro del hombre de hielo se había agitado secreta, violentamente. Se detuvo y estudió el cielo, después sus manos. Soltó un enorme suspiro. Entonces me miró y sonrió. Dijo:<br/>—¿Es éste el sitio que querías conocer?<br/>—Sí —respondí—. Así es.<br/>El desamparo del Polo Sur rebasó todas mis expectativas. Casi nadie vivía ahí. Había únicamente un pueblo pequeño, anodino, con un hotel que era también, por supuesto, pequeño y anodino. El Polo Sur no era un destino turístico. No había pingüinos. No se podía ver la aurora austral. No había árboles, flores, ríos ni estanques. A dondequiera que iba sólo había hielo. El erial congelado se extendía por doquier, hasta donde alcanzaba la vista.<br/><br/>Mi esposo, no obstante, caminaba con entusiasmo de un lado a otro como si no tuviera suficiente. Aprendió pronto el idioma local, y platicaba con los lugareños con una voz en la que se detectaba el sordo rugido de una avalancha. Charlaba con ellos durante horas con una expresión seria en el rostro, pero yo no tenía manera de saber de qué hablaban. Sentía como si mi marido me hubiera traicionado y dejado a que me cuidara yo sola.<br/>Ahí, en ese orbe sin palabras rodeado de hielo sólido, perdí a la larga toda mi energía. Poco a poco, poco a poco. Al final ya no tenía ni la fuerza necesaria para enojarme. Era como si en algún punto hubiera extraviado la brújula de mis emociones. Había perdido la noción de a dónde me dirigía, la noción del tiempo, la noción de mí misma. Ignoro en qué momento esto comenzó o cuándo concluyó, pero al recobrar la conciencia me encontraba en un mundo de hielo, un invierno eterno drenado de color, cercada por mi soledad.<br/><br/>Aun al cabo de que me abandonaran casi todas mis sensaciones, no se me escapaba lo siguiente: en el Polo Sur mi esposo no era el mismo hombre de antes. Me atendía igual que siempre, me hablaba con cariño. Sabía que en verdad profesaba las cosas que me decía. Pero también sabía que ya no era el hombre de hielo que yo había conocido en el hotel para esquiadores.<br/>Sin embargo, no había forma de comunicarle esto a nadie. Toda la gente del Polo Sur lo quería, y sea como sea no podían comprender ni media palabra de lo que yo expresaba. Exhalando su aliento blanco, intercambiaban bromas y discutían y cantaban canciones en su idioma mientras yo permanecía sentada en nuestra habitación, mirando un cielo gris que no daba señales de despejarse en los meses venideros. El avión que nos trajo había desaparecido mucho tiempo atrás y la pista de aterrizaje no tardó en ser cubierta por una firme capa de hielo, al igual que mi corazón.<br/><br/>—Ha llegado el invierno —dijo mi marido—. Será muy largo y no habrá más aviones ni barcos. Todo se ha congelado. Parece que tendremos que quedarnos aquí hasta la primavera.<br/>Unos tres meses después de arribar al Polo Sur, caí en la cuenta <br/>de que estaba embarazada. El bebé, lo asumí desde el inicio, sería un pequeño hombre de hielo. Mi útero se había congelado, mi líquido amniótico era aguanieve. Sentía su frialdad dentro de mí. Mi hijo sería idéntico a su padre, con ojos como carámbanos y dedos escarchados. Y nuestra nueva familia jamás se mudaría del Polo Sur. El pasado perpetuo, denso más allá de todo juicio, nos tenía en su poder. Nunca nos libraríamos de él.<br/><br/>Ahora ya casi no me queda corazón. Mi calor se ha ido muy lejos; en ocasiones olvido que existió alguna vez. En este sitio soy la persona más solitaria del mundo. Cuando lloro, el hombre de hielo besa mi mejilla y mi llanto se endurece. Toma las lágrimas congeladas y se las lleva a la lengua.<br/>—¿Ves cuánto te amo? —murmura.<br/>Dice la verdad. Pero un viento que sopla desde ninguna parte arrastra sus palabras blancas hacia atrás, rumbo al pasado.<br/><br/><i>Murakami (Kyoto, 1949). Algunos de sus libros están editados por Tusquets. Este cuento viene incluido en la antología Vintage Murakami (Vintage Books, Nueva York, 2004).<br/>Traducción de Mauricio Montiel Figueiras.</i><br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[¿CON QUIÉN HABLO?]]></title><link rel="La Biblioteca de Babel" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200506]]></issued><modified><![CDATA[200506]]></modified><created><![CDATA[200506]]></created><summary><![CDATA[¿CON QUIÉN HABLO?]]></summary><author><name><![CDATA[El Bibliotecario]]></name></author><dc:subject><![CDATA[¿CON QUIÉN HABLO?]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/c_30.htm"><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/ibarguen2.jpg" alt="" border="0" width="40" height="57"/> <i>Jorge Ibargüengoitia es sin duda un caso particular en la literatura mexicana, inclinada a la solemnidad. Este guanajuatense (1928-1983) hizo del humor irreverente su marca de identidad. Prolífico dramaturgo, escritor y articulista, se nos presenta en la <b>BIblioteca de Babel</b> con el texto: <b>¿Con quién hablo?</b>, hilarante historia en donde participan muchos conocidos intelectuales y creadores de su generación.</i><br/><br/><b>¿Con quién hablo?<br/><i>Por Jorge Ibargüengoitia</i></b><br/><br/>Leí en el papel las letras mayúsculas escritas a mano:<br/>“MVORTSGHORO<br/>XANACVWRJIP<br/>FUCADSG...”, etcétera.<br/>Gilberto Sullivan me miraba con impaciencia.<br/>—¿Entiendes lo que dice? —preguntó.<br/>—¿Mvortsghoro o fudcasg?<br/>Me quitó el papel y señaló las letras que estaban al final del primer renglón y al principio del segundo.<br/>—Aquí dice “Roxana”.<br/>Era la transcripción parcial de los resultados de la primera sesión de espiritismo, a la cual no asistí. Gilberto Sullivan había llegado un mediodía a mi casa, me había mostrado el papel y relatado lo que había ocurrido la noche anterior. Varios amigos se habían reunido en el departamento de León y Salka Jitchkov y, sin muchas ganas, casi por aburrimiento, habían improvisado una ouija. Habían escrito las letras del alfabeto en pedacitos de papel, las habían puesto formando una circunferencia sobre una mesa para café, habían agregado otros dos pedacitos de papel con las palabras “sí” y “no”, habían pues-<br/>to sobre la mesa, boca abajo, el vasito más ligero que había en la casa, sobre el cual dos de los concurrentes habían colocado las yemas de dos dedos, apenas tocándolo, hasta que el vaso, sin que nadie lo empujara, había empezado a deslizarse sobre la mesa y llegado hasta las letras. Habían apagado la luz eléctrica, encendido una vela y hecho la transcripción que teníamos enfrente.<br/>—Berta me envió un mensaje —dijo Gilberto Sullivan. Berta, su esposa, había muerto dos años antes.<br/>—¿Qué te dice? —pregunté.<br/>—No se entendió claramente.<br/>Además de Roxana, habían estado en contacto con otro espíritu, llamado “Mening”, que les había prometido “manifestarse” la noche siguiente, es decir “esa” noche.<br/>—¿No quieres ir?<br/>Dije que no. En parte por incrédulo, pero sobre todo por celos sociales: me molestaba que mis amigos se hubieran reunido en casa de León y Salka sin invitarme.<br/>En la segunda sesión, que Gilberto me describió al día siguiente, ocurrieron fenómenos inexplicables. Mening cumplió lo que había prometido y se manifestó varias veces. Pidió que apagaran la vela, que se pusieran de pie y se tomaran de las manos hasta formar un círculo, que caminaran de lado hasta completar una vuelta y luego se soltaran y guardaran silencio. Al cumplir con estas instrucciones oyeron, en una ocasión, voces extrañas, que provenían de un librero, que parecían quejarse en un idioma ininteligible; en otra, un ruido que les pareció sobrenatural y que resultó ser el que hacían todas las llaves del agua que había en la casa, que un instante antes habían estado cerradas, chorreando a toda capacidad. La tercera manifestación fue la más impresionante. Mening la había anunciado para las dos de la mañana en punto: ellos apagaron las luces, hicieron la rueda, giraron, se soltaron, guardaron silencio y no pasó nada. Cuando cada uno pensaba que no iba a haber manifestación, dice Gilberto que sintió “que había una presencia” a su espalda.<br/>Dejó su lugar en el círculo y procurando no hacer ruido fue a la puerta del departamento y la abrió. Frente a él, en el pasillo iluminado, había una figura de mujer.<br/>Varios gritaron aterrados, inclusive la mujer que estaba en el pasillo, que era la criada de León y Salka, que había tenido el día libre, regresaba a la casa muy tarde y estaba desde hacía un rato con la oreja pegada en la puerta, porque al ver la rendija se había dado cuenta de que la sala estaba a oscuras y sin embargo oía adentro ruido de pasos y de gente que se movía.<br/>Decidí asistir a la tercera sesión y a todas las que siguieran.<br/>Como suele ocurrir cuando uno tiene esperanzas de ver algo notable, esa noche no ocurrió nada extraordinario.<br/>—Hubieras venido ayer, cuando oímos las voces —dijo Salka, que era la más perturbada.<br/>Logramos contacto varias veces con Roxana, pero después de deletrear su nombre, el vasito se iba deteniendo en letras cuya secuencia no tenía ningún sentido, S M O R V D R O R, por ejemplo.<br/>—Pregúntale si quiere decir “smorgasbord” —dijo David Jitchkov, hermano de León.<br/>—¿Quiere decir “smorgasbord”? —preguntó, con los ojos cerrados, Horacio Recto, uno de los que estaba moviendo el vasito.<br/>El vasito se desvió abruptamente y fue a parar encima de la palabra “no”.<br/>Cambió la pareja que ponía los dedos sobre el vasito y cuando éste empezó a deslizarse muy lentamente, Olga Felegrini, que en tres noches de aprendizaje había adquirido un tono profesional, preguntó:<br/>—¿Hay alguien aquí presente?<br/>“S I”<br/>—Dinos tu nombre.<br/>“N O”<br/>—¿Eres hombre o mujer?<br/>“E L L A”<br/>—Es mujer —dedujo en voz alta Míriam, la esposa de David Jitchkov.<br/>Ignorando esta interrupción, Olga preguntó:<br/>—¿Tienes algún mensaje para alguno de los que aquí estamos?<br/>“N O”<br/>—Pregúntale si podemos hacerle preguntas —sugirió Salka.<br/>Olga hizo la pregunta y el vasito dijo “S I”.<br/>Hubo un momento de confusión, porque nadie se había puesto a pensar qué cosa se le puede preguntar a un espíritu. Hubo sugerencias: que cuántos años tiene, o que cuántos años tiene de muerta, o qué edad tenía cuando murió, o de qué se murió, etcétera.<br/>—¿Cómo es el más allá? —preguntó, de motu proprio, Olga Felegrini.<br/>“I G U A L Q U E A C A”<br/>A pesar de respuestas como ésta, a la mayoría de los asistentes nos pareció fascinante la sesión. Aunque los mensajes fueran indescifrables o completamente banales, en la ceremonia que hicimos había algo, si no sobrenatural, cuando menos fuera de lo común. Yo sentí —o creí sentir— que mis dedos apoyados levemente sobre el vaso, sin aplicar ninguna fuerza, lo hacían deslizarse sobre <br/>la superficie de la mesa hasta llegar a una letra y luego a otra, y a veces la sucesión de estas letras formaba una palabra. ¿No era esto suficientemente notable? Estábamos en comunicación con... algo.<br/>Nos reuníamos todas las noches. A veces sin resultados, otras, ocurrieron cosas francamente espectaculares. León Jitchkov, a pesar de ser el más escéptico del grupo, era el que tenía más suerte, o mejor disposición para mover el vasito: la mayoría de los contactos con Mening o con Roxana ocurrieron cuando él era uno de los operadores. En cambio, Gilberto Sullivan, Salka y yo, que estábamos convencidos de estar en contacto con los espíritus, teníamos mala influencia y nuestras intervenciones generalmente inmovilizaban el vasito o bien lo hacían formar palabras sin sentido. Pero no era cuestión de convencimiento porque Horacio Recto y Mario Felegrini, que tenían fe, eran buenos médiums. No recuerdo qué efecto tenían sobre la ouija ni David Jitchkov, que era escéptico, ni Míriam, su esposa, que era creyente. Olga Felegrini era excelente para tratar con los espíritus y hacerles preguntas con voz solemne; Ifigenia Trejo tenía, en cambio, una intuición notable para separar las palabras y predecir la siguiente letra en que iba a detenerse el vasito. Todos desconfiábamos de Salvador Trejo, porque era un cínico en la vida real y pretendía —sospechábamos— creer a pie juntillas que todo lo que ocurría en las sesiones era realmente sobrenatural. Gilberto Sullivan estuvo convencido, desde la primera sesión hasta la última, de que todos los mensajes recibidos iban dirigidos a él. Horacio Recto dejó de asistir a partir de la quinta o sexta sesión, porque empezó a tener experiencias sobrenaturales en su propia casa: un íncubo, nos dijo, se había metido en su recámara. Una noche, después de una sesión que nos pareció larguísima y especialmente aburrida, logramos contacto con un espíritu que dijo haber sido mujer y que al ser interrogado por Olga Felegrini respecto a su vida contestó:<br/>“F U I M A L A V E S T I D E R O J O”<br/>Después de señalar estas letras, el vasito —no recuerdo quién lo movía— empezó a moverse con tanta violencia que se cayeron los papelitos y tuvimos que suspender la reunión.<br/>Otra noche Mening anunció que iba a manifestarse “por medio del agua”, pero a pesar de que tomamos las medidas de costumbre y repetimos las providencias varias veces, no pasó nada. Pero a la mañana siguiente, cuando Salka entró en el baño, encontró, parado en el tubo de la regadera, un canario. Salka dice que tuvo al principio un sobresalto, pero que se dominó y logró coger el canario y meterlo en una jaula vieja que tenía en la casa. El canario parecía muy tranquilo. Salka no sabía si estaba ante un canario común y corriente que se había metido accidentalmente por la ventila del baño, que siempre estaba abierta, o ante una manifestación de Mening que hubiera pasado inadvertida la noche anterior. El caso es que Salka dejó el canario en la jaula sobre la mesa de la cocina. Cuando terminó de arreglarse, regresó a la cocina y encontró la jaula vacía.<br/>En otra ocasión nos reunimos en la casa de los Felegrini, que tenía piso de duela y una escalera en la sala que conducía a la parte superior. Las instrucciones que dio Mening esa vez para preparar su manifestación fueron diferentes: en vez de hacer la rueda tomados de la mano, deberíamos hacerla poniendo las dos manos sobre los hombros del que iba adelante y dar tres vueltas en vez de una sola. Obedecimos. Al principio oíamos en la oscuridad los pasos de los ocho caminando sobre el piso <br/>de duela, pero a la segunda vuelta el ruido de los pasos se transformó hasta convertirse en una especie de quejido que, a mí, cuando menos, me pareció aterrador. Cuando encendimos la luz nos dimos cuenta de que habíamos estado caminando sobre azúcar granulada que alguien había regado en el piso. A la siguiente manifestación nos cayeron a varios, sin lugar a dudas, gotas de agua. A la tercera se cayó un biombo ruidosamente. A la cuarta, aparecieron unas letras ilegibles, pintadas de gris, en un cuadro antiguo. En un descanso que tuvimos, varios entramos en la cocina a comer algo y de pronto vimos que a Salvador Trejo “se le oscurecía el semblante”. Dijo:<br/>—Miren.<br/>Vimos que la puerta del clóset se abría lentamente, sin que nadie la empujara ni nadie la hubiera jalado.<br/>En la segunda parte de la sesión logramos establecer contacto con Roxana. Pidió que Salka subiera al baño del primer piso y viera lo que había en la tina. Salka dijo que se sentía demasiado nerviosa y no quiso ir sola, por lo que Gilberto Sullivan se ofreció a acompañarla. Los vimos subir la escalera y caminar por el pasillo del primer piso y después no vimos nada, porque se apagaron las luces. A tientas busqué el camino hacia la entrada de la casa, en donde supuse que estaría el medidor. Cuando llegué al vestíbulo se encendió la luz. Allí, en efecto, estaba el medidor y Felegrini tenía la mano en el interruptor.<br/>—Cabrón —le dije.<br/>Él me hizo seña de que no dijera nada. Regresamos a la sala en el momento en que Salka y Gilberto Sullivan bajaban por la escalera. Parecían diez o veinte años más viejos: Salka se apoyaba en Gilberto, ambos caminaban lentamente.<br/>—Felegrini apagó la luz —dije.<br/>Todos se molestaron. Gilberto y Salvador Trejo le dijeron a Felegrini que por hacer esa broma tonta había desvirtuado una serie de experiencias de lo más interesante.<br/>Ni Salka ni Gilberto alcanzaron a ver si había algo en la tina, porque la luz se apagó en el momento en que descorrían la cortina de plástico y salieron del baño a oscuras. Salka se negó a subir otra vez. Otros subimos al baño y no encontramos nada en la tina, pero después de todo, Roxana había pedido que Salka subiera, no que los demás subiéramos.<br/>Decidimos hacer una pausa en nuestras sesiones y suspender la siguiente, porque todos, o casi todos, comprendimos que nuestras relaciones con los espíritus —o lo que fuera— estaban afectando nuestras vidas considerablemente.<br/>Durante esa temporada los días eran para mí no sólo llenos de luz, sino lógicos. ¿Cómo es posible, pensaba de día, que cuando alguien se muera se quede flotando por allí parte de la personalidad del difunto, sin otra función que la de asistir a reuniones de ociosos, hacer suertes —llamadas manifestaciones— y contestar preguntas que son completamente idiotas —igual que las respuestas—? Pero se metía el sol y todo lo que me circundaba parecía lleno de amenazas y de significados ocultos.<br/>Al día siguiente de la reunión en casa de los Felegrini pasé la mañana escribiendo y en la tarde fui al cine Latino. Cuando terminó la función y salí a la calle era de noche.<br/>Caminé por Reforma hasta llegar a la esquina y di la vuelta en la calle de Génova. Avancé unos metros y me detuve. A tres cuadras de distancia, en la marquesina del cine Insurgentes, alcancé a leer, en letras rojas de neón: R O X A N E.<br/>Fui hacia el letrero con una mezcla de curiosidad y temor. Al llegar a la taquería que estaba entonces enfrente del cine —esto ocurrió antes de que construyeran el Metro— me di cuenta de que lo que había visto era una casualidad rarísima, pero al mismo tiempo perfectamente natural: el letrero decía en realidad “próximamente”, pero se habían fundido los tubos de varias letras hasta quedar nomás Roxane. Acababa de hacer esta reflexión cuando me di cuenta de que debajo de la marquesina estaban los Trejo. Crucé la calle antes de que ellos me vieran y al acercarme me di cuenta de que estaban peleando.<br/>—Ah, hola —dijo Salvador y me explicó el motivo del pleito:<br/>Ifigenia había aceptado una invitación a cenar con un grupo en el que había una mujer que, según Salvador, era lesbiana y pretendía seducirla. Salvador había entrado en el restaurante de chinos en donde los otros estaban esperando a que les trajeran la cena y había sacado a Ifigenia a jalones. Habían caminado dos cuadras discutiendo hasta detenerse debajo de la marquesina del “Insurgentes”. Ifigenia, que estaba complacida de haber sido objeto de tanto celo, dijo que tenía hambre.<br/>—¿Ya vieron lo que dice la marquesina? —pregunté.<br/>Volví a cruzar la calle con ellos, que tuvieron la misma reacción que yo al ver las letras de neón. Decidimos que era una casualidad demasiado rara para ser natural coincidir los tres en aquel lugar a esa hora debajo de un letrero que decía “Roxana” —o “Roxane”— y que urgía hacer otra sesión.<br/>Fue facilísimo convocarla, porque los Felegrini estaban a dos cuadras, en un ensayo teatral, y León y Salka estaban en su casa. Aparte de esto no pasó nada. Fue la sesión más inútil que tuvimos.<br/>La siguiente reunión —que estaba destinada a ser la penúltima— fue en casa de David y Míriam Jitchkov, que vivían en Las Lomas. Después de una comunicación con Mening, a alguien se le ocurrió buscar ese nombre en la enciclopedia que había en la casa. David sacó el tomo de la M y lo estuvimos hojeando. No encontramos Mening, pero sí “meninge” y “meningitis”.<br/>—Debe ser un mensaje dirigido a mí —dijo Gilberto Sullivan-—. Meningitis es la enfermedad que yo he de tener.<br/>Volvimos a la ouija. Al cabo de un rato, Mening nos pidió que buscáramos su nombre en la enciclopedia. A pesar de que acabábamos de hacerlo inútilmente, David volvió a sacar el tomo y volvimos a hojearlo. “Mening”, por supuesto, no estaba, pero tampoco estaba “meninge” ni “meningitis”.<br/>Ver aquella página de la que habían desaparecido sin dejar huella dos textos que yo acababa de leer, fue para mí la experiencia más inquietante que había tenido hasta entonces. Sólo aparecía “meningeo: referente o perteneciente a las meninges”, ¿cuáles meninges?<br/>Después, Mening anunció que iba a manifestarse, pero en la calle. Salimos a la calle —afortunadamente era muy noche y nadie nos vio—, hicimos la rueda agarrados de la mano y dimos la vuelta y nos soltamos. La casa de David y Míriam estaba en <br/>la plazoleta a la cual desembocaban varias calles que bajaban de la loma. Vimos primero una luz lejana, oímos un ruido y luego distinguimos los faros y el motor potente de un coche que bajaba la cuesta a toda velocidad. Parecía un fenómeno sobrenatural, pero afortunadamente dos cuadras antes de llegar a donde nosotros estábamos el coche se desvió y tomó una calle transversal. Respiramos aliviados. Entonces nos dimos cuenta de que la luz del portal, que estaba apagada cuando habíamos salido a la calle, se había encendido. Esta manifestación nos pareció banal, comparada con la desaparición de dos palabras en la enciclopedia o el coche bajando la cuesta.<br/>—¿Ya supiste la noticia? —me preguntó Salka cuando llegué a su casa al día siguiente—. León y David confesaron.<br/>—¿Confesaron qué cosa?<br/>Mientras Salka explicaba lo que había ocurrido fueron llegando los demás. Cuando terminó el relato estábamos presentes todos. Dijo Salka que al ver los efectos que las sesiones espiritistas estaban teniendo en algunos de los asistentes —Horacio Recto dormía en un cuarto lleno de azucenas y ajos y Gilberto Sullivan había ido a una iglesia a pedir que le hicieran un exorcismo—, los hermanos Jitchkov habían decidido confesar la verdad: ellos habían empujado el vasito, inventando el nombre de Mening y adoptado el de Roxana, que había aparecido por casualidad en la primera sesión, ellos también habían arreglado las manifestaciones: las voces ininteligibles que salían del librero eran un radio pequeño sincronizado en onda corta, que León había tenido tiempo de encender mientras los demás daban vueltas en círculo agarrados de la mano, la manifestación por medio del agua se había logrado cerrando primero la válvula maestra del departamento, que conectaba con la tubería general, abriendo después todas las llaves de la casa y por último, cuando se apagaban las luces, abriendo la válvula maestra; ellos habían regado azúcar en el piso, nos habían echado chisguetes de agua contenida en globitos, habían sacado un tomo normal de la enciclopedia cuando buscábamos el nombre de Mening y un tomo con agregados en el que vimos que habían desaparecido las palabras meninge y meningitis, etcétera.<br/>El efecto de la confesión de los hermanos Jitchkov en los que habíamos sido sus víctimas fue inesperado. En vez de aceptar que las experiencias que habíamos tenido en las últimas semanas habían sido una ilusión cómica, todos, menos León y David Jitchkov, nos quedamos convencidos de que sí había sido una serie de bromas, pero también había habido contacto con... algo.<br/>La última sesión ocurrió en casa de los Trejo. Estuvimos presentes nomás León y Salka, Salvador e Ifigenia, Gilberto Sullivan, Horacio Recto y yo. Los Felegrini y David y Míriam no asistieron. Al principio parecía que iba a ser una sesión como todas las demás: Mening mandó un mensaje, que se iba a manifestar, pero cuando esto iba a ocurrir, alguien encendió la luz antes de tiempo y vimos a León Jitchkov moviendo los botones de un radio en que no se podía oír más que la Hora Nacional. Se puso de tan mal humor por haber sido descubierto que se acostó en un sofá y se quedó dormido.<br/>Salka y Horacio Recto, los más inocentes del grupo, pusieron los dedos sobre el vasito. Vimos que empezaba a deslizarse, casi imperceptiblemente al principio, y después de una manera más definida.<br/>—¿Hay alguien aquí? —preguntó Salvador.<br/>“S I”<br/>—¿Quieres dar algún mensaje a alguno de los que estamos aquí presentes?<br/>Muy lentamente el vasito osciló cuatro veces y se detuvo.<br/>“K O K O”<br/>—Es para mí —dijo Gilberto Sullivan.<br/>Salvador pidió que se repitiera el nombre de la persona con quien quería comunicarse y la ouija marcó: K O K O.<br/>En mi mente flotaba el recuerdo impreciso de algo ocurrido casi veinte años antes: era una partida de Gim Rummy entre mi tío Pepe Méndez, su hijo Jorge y yo.<br/>—¿Por qué creen que se juntaron los Tres Grandes en Teherán? —me preguntó mi tío esa tarde—. ¿Para discutir la ofensiva contra Alemania? No. Se juntaron para jugar Gin Rummy.<br/>Mi tío Pepe Méndez, que llevaba la cuenta del juego, había hecho tres columnas en un papel y en la cabeza de cada una había puesto: “YO”, “COCO” y “KOKO”, porque su hijo y yo nos llamábamos Jorge y a los dos nos decían Coco. A mí, por ser de los Cocos el más extraño para mi tío, me había tocado la ortografía exótica.<br/>—¿Eres pariente mío? —pregunté.<br/>“T I O”<br/>—¿Cómo te llamas?<br/>“P E P E”<br/>—¿Qué mensaje tienes?<br/>“D I L E A J O S E F I N A Q U E L A A M O Q U E L A A M O”<br/>—¿Quién es Josefina? —pregunté.<br/>“L A E S P O S A D E C H A R L I E”<br/>Sentí un escalofrío, porque el hermano de mi tío Pepe —que era pariente político mío— se llamaba Carlos Méndez. Su esposa era una actriz conocida, pero no pude recordar entonces ni su nombre ni su apellido.<br/>—¿Qué profesión tiene?<br/>“T E A T R O”<br/>—¿Cómo se apellida?<br/>“M O R E N O D I L E Q U E L A A M O Q U E L A A M O Q U E L A A M O...”, etcétera.<br/>Cuando llegué a mi casa, entré en el cuarto de mi madre y la desperté.<br/>—¿Cómo se llama la esposa de Carlos Méndez?<br/>Me contestó casi inmediatamente:<br/>—Josefina Moreno.<br/>—Gracias. Que pases buena noche —dije y salí del cuarto.<br/>Ni a Josefina Moreno ni a Carlos Méndez ni a mi madre les dije lo que había pasado. Ahora ya no importa y es demasiado tarde: los tres están muertos.<br/><br/><br/><a target="_blank" href="http://www.librosplaneta.com/standar.asp">Editorial Joaquín Mortiz</a> publica la Biblioteca de Jorge Ibargüengoitia. <br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[JEFF KOONS O EL APRENDIZ DE PORNÓGRAFO]]></title><link rel="La Biblioteca de Babel" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200505]]></issued><modified><![CDATA[200505]]></modified><created><![CDATA[200505]]></created><summary><![CDATA[JEFF KOONS O EL APRENDIZ DE PORNÓGRAFO]]></summary><author><name><![CDATA[El Bibliotecario]]></name></author><dc:subject><![CDATA[JEFF KOONS O EL APRENDIZ DE PORNÓGRAFO]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/c_29.htm"><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/koons.jpg" alt="" border="0" width="200" height="200"/><br/><i>He trabajado con cosas que han sido etiquetadas como kitsch, pero nunca he tenido un interés especial por el kitsch en sí. Siempre intento sembrar en los espectadores una reflexión sobre ellos mismos, mi trabajo es sobre el espectador más que nada. </i><br/>                                                                                      <b>Jeff Koons</b><br/><br/>A mediados de los ochenta, del siglo pasado por supuesto, irrumpe en la escena del arte internacional la figura magnética e irreverente del norteamericano Jeff Koons (<i>York, Pensilvania 1955</i>), como parte de una generación de artistas plásticos cautivados por el significado del arte en una era en que los medios de comunicación saturaban el ambiente con imágenes.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/michaelandbubbles.jpg" alt="" border="0" width="458" height="325"/> <br/>Michael & Bubbles.<br/><br/>Luego de seis años como agente de bolsa en Wall Street y de su paso por el Maryland College of Art (<i>1972-1975</i>) y el Art Institute of Chicago (<i>1975-1976</i>), Koons se entrega por completo a la creación de piezas que cuestionan a sus espectadores, objetos cuya apariencia externa los acerca más al kitsch de los bazares dominicales o tiendas de electrodomésticos que a productos artísticos, solo basta ver sus porcelanas (<i>Puppy, Popples, Naked</i>, todas formando parte de la muestra <i>Banalidad, 1988</i>), arreglos florales (<i>Large vase off flowers, 1991</i>), juguetes inflables (<i>Rabbit, 1986; Parkett 50/51, 1997</i> piezas de prodigio técnico pues están realizadas en metal), o productos industriales como sus aspiradoras (<i>New Hoover Quik-Broom & New Hoover Celebrity IV, 1980</i>), representaciones de bienes de consumo que le permiten mostrar la manipulación psicológica y los intereses financieros que imperan en el mercado del arte, cuestionamiento que lo ha ubicado en la categoría de superestrella del arte y en el centro de la polémica, entre sus fervientes detractores y sus fieles e incondicionales admiradores. <br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/lergevaseofflowers91.jpg" alt="" border="0" width="150" height="208"/> Large Vase of Flowers, 1991.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/naked1988.jpg" alt="" border="0" width="150" height="214"/> Naked, 1998.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/NewHooverQuikBromNewHooverCelebrityIV1980.jpg" alt="" border="0" width="150" height="236"/> New Hoover Quik Brom & New Hoover Celebrity IV, 1980.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/rabbit1999.jpg" alt="" border="0" width="283" height="462"/> Rabbit, 1999.<br/><br/>En esta apropiación de objetos cotidianos Jeff Koons no resulta innovador, lo antecede Marcel Duchamp y sus ready-mades, pero sin duda su referente inmediato es Andy Warhol, con quien comparte la carga de irreverencia, humor y banalización -aparente, siempre aparente- de sus mensajes. El crítico de arte Cristóbal Knight ha dicho que Koons: <i>Da una vuelta de tuerca al cliché tradicional de la obra de arte, más que incorporar la esencia espiritual o expresiva de un artista sumamente individualizado, aquí el arte (de Koons) esta compuesto claramente por un juego de valores convencionales de la clase media americana</i>; representante de esa clase media que busca retratar a través de sus objetos de consumo, Koons se transforma en uno más de estos productos, como Warhol, hace uso de los mass-media buscando la celebridad que su arte le ofrece, pero se aleja de éste al convertirse en la esencia de su creación como resulta evidente en su serie <i>Made in Heaven</i>, en donde deviene en objeto sexual al fotografiarse -cuál aprendiz de pornógrafo- sosteniendo relaciones con su esposa Ilona Staller, famosa actriz italiana del porno también conocida como <i>Cicciolina</i>, con quien contrae matrimonio en 1991, en una actitud más cercana a la performance que a la vida conyugal, pero no estoy yo para asegurarlo.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/madeinheaven.jpg" alt="" border="0" width="200" height="156"/> Made in Heaven.<br/><br/>En esta serie -sin renunciar a la ironía crítica que lo caracteriza- explora el ámbito de la intimidad, de esa doble moral que subyace en la exhibición y observación de la sexualidad propia, pero sobre todo la ajena, y es aquí en donde el artista se muestra más sincero, al elegir la representación realista de la fotografía por sobre el dibujo y la pintura, por sobre la cerámica y los metales. Koons basa su trabajo en las películas pornográficas que hicieran famosa a Ilona -reconocida además por conseguir un escaño en el parlamento italiano-, pero el tema no es únicamente la sexualidad sino cómo el arte conquista al sexo, lo mejora, lo absorbe. Este acción de mirarnos/mirarse causó tal furor durante su exhibición en la Bienal de Venecia de 1990 que un desconocido acuchilló algunos de los lienzos al considerarlos obscenos, convirtiéndose así en el mejor reconocimiento para el artista. <br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/dirtyjeffontop91.jpg" alt="" border="0" width="550" height="356"/> Dirty Jeff on Top, 1991.<br/><br/>Lo que aleja estas piezas de lo puramente pornográfico es sin duda una delgada línea trazada por la mirada que el artista posa sobre la iconografía de la cultura del sex shop, ámbitos en apariencia ajenos -arte y pornografía- que Koons se encarga de conciliar: <i>ella (Cicciolina) es una de las artistas más grandes del mundo -mi artista preferida- quien en vez de pincel o la fotografía se vale de sus genitales</i>, este estrecho margen de acción creado por el artista permite al espectador una doble aprehensión sensorial, la estética, propia de la contemplación de una obra de arte y la libidinal, inherente al disfrute de productos erótico/pornográficos. El juego consiste en dejarse seducir, no sólo por el erotismo, sino por la ejecución sin defectos, por el reconocimiento de los deseos propios hasta alcanzar la liberación de la culpabilidad, del miedo y la vergüenza. <br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/manet91.jpg" alt="" border="0" width="550" height="357"/> Manet, 1991.<br/><br/>¿Cuánto hay de obsceno en estas obras? La respuesta hay que hallarla en la mirada del espectador. Aunque nunca está de más inducir dicha respuesta, sirva para esto la reflexión que Herbert Marcusse realiza en Un ensayo sobre la liberación: <i>No es obscena en realidad la fotografía de una mujer desnuda que muestra hasta el vello de su pubis; sí lo es la de un general que ostenta medallas ganadas en una guerra de agresión; obsceno no es un ritual de los hippies, sino la declaración de un alto dignatario de la iglesia en el sentido de que la guerra es necesaria para la paz</i>.<br/><br/><b>Andrés Mayo</b>, Las Ánimas, Tlaxcala, diciembre 2004. <br/><br/>Apareció publicado en la red en el proyecto: <a target="_blank" href="http://www.revistacardamomo.org/">Revista Cardamomo </a>en mayo 2005, se reproduce aquí con permiso del autor y para anexar las imágenes que no se incluyeron en la publicación original.<br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[¡SHAZAM!]]></title><link rel="La Biblioteca de Babel" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200505]]></issued><modified><![CDATA[200505]]></modified><created><![CDATA[200505]]></created><summary><![CDATA[¡SHAZAM!]]></summary><author><name><![CDATA[El Bibliotecario]]></name></author><dc:subject><![CDATA[¡SHAZAM!]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/c_28.htm"><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/shazamreal.jpg" alt="" border="0" width="40" height="66"/> El problema era que aquel domingo daban en el Cosmos un episodio de El Capitán Maravilla. Por eso, cuando Pico sacó un crujiente billete de a cinco, e hizo aparecer, como en un acto de magia, el digno rostro de La Corregidora, El Gallo y yo intercambiamos la mirada rápida de siempre.<br/><br/>&#8212;No saldremos con vida si vamos solos al Cosmos &#8212;murmuró El Gallo, que a los diez años hablaba exclusivamente en clichés cinematográficos.<br/><br/>El Capitán Maravilla era una serie de los años cuarenta, protagonizada por Tom Tyler, que había seguido rodando, durante décadas, por los cines más viejos del rumbo: castillos grandilocuentes venidos a menos, galerones oscuros, de nombre rimbombante &#8212;Majestic, Lux, Rívoli, Ópera, Palacio&#8212;, cuyo lustre se había empañado al devenir salas caldeadas de sudor y orines, multitudinarios recintos salvajes en los que el público aullaba a la menor ocasión, o derramaba líquidos sobre luneta, o sencillamente ponía punto final a cualquier asunto emprendiéndola a golpes con el espectador de al lado.<br/><br/>Y aunque en ese tiempo las latas que encerraban las aventuras de El Capitán Maravilla eran para nosotros el descubrimiento arqueológico de la década, no había en el rumbo nada más parecido a una penitenciaría que el torvo y siniestro cine Cosmos. O tal vez sí: mi escuela primaria, pero estaba cerrada ese día.<br/>Así que seguimos tumbados a orillas de la banqueta, mirando el cielo apagado, de nubes blancas que se desplazaban y cambiaban de forma, hasta que El Gallo dijo de pronto:<br/>&#8212;Si se nos pone difícil, podemos decir &#8220;¡Shazam!&#8221;.<br/><br/>Comenzamos a reírnos. &#8220;¡Shazam!&#8221; era la palabra que Tom Tyler pronunciaba para adquirir sus poderes en momentos peliagudos.<br/><br/>Supongo que algo ocurriría entonces, pero no recuerdo qué. Posiblemente seguimos tumbados en la banqueta, hasta que Pico extrajo de nuevo su crujiente billete de a cinco. El Gallo volvió a soltar un parlamento cinematográfico:<br/>&#8212;Compramos los boletos cuando la función haya empezado. Nos sentamos en la fila adelante. Entramos a oscuras y salimos a oscuras. Cuando ellos se estén levantando, ya habremos cruzado la México-Tacuba.<br/>En eso consistía todo. Cruzar México-Tacuba era penetrar en territorio comanche; ver evaporarse los derechos civiles; atravesar vecindades que efectivamente eran penitenciarías. Tropezar con borrachos que vociferaban a media calle, y con inhaladores de Resistol 5000 capaces de acuchillarte si pronunciabas un diptongo de más. Algo así.<br/><br/>De modo que nos levantamos y, desde Amado Nervo, avanzamos hacia el corazón de las tinieblas: el extremo oriente de Santa Julia. La marquesina del Cosmos anunciaba La picadura del escorpión, y también El escorpión de oro. Esperamos en la escalinata, sin mirar a nadie, hasta que inició la función. Entonces Pico compró los boletos y, en fila india, entramos en la sala. Nos instalamos en la primera fila, hundidos en las butacas, un poco lejos de todos.<br/><br/>El Capitán Maravilla era un arqueólogo que, al abrir la Gran Tumba, se negó a saquear los tesoros del faraón. Una sacerdotisa fantasmal lo recompensó entregándole un secreto: &#8220;¡Shazam!&#8221;, palabra compuesta por las iniciales de Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, Aquiles y Marte. Quien las pronunciara adquiriría los poderes de dioses y héroes, a cambio de recuperar las joyas y combatir el mal. Nada más misterioso que esos cortometrajes antiguos, rayados y llenos de cortes, que parecían ruinas de otro mundo, los sueños de alguien sepultado hacía tiempo. Imágenes diluidas de una era en la que todo fue distinto.<br/>Pero el plan de El Gallo falló. Olvidamos el intermedio: aquel momento fatal en que el cácaro cambiaba el rollo, y las luces se encendían, y una marabunta ardorosa se echaba a correr por los pasillos: fingir la lucha contra el mal, recordar que eran niños &#8212;y no sólo habitantes de la penitenciaría a la que habrían de volver cuando la función terminara.<br/><br/>En ese instante, nos descubrieron.<br/>Lo supimos porque nos señalaron de lejos y creímos notar que algo había cambiado en sus miradas (ese algo era lo que nos mantenía alejados del Cosmos).<br/>Cuando la luz se apagó, vinieron a sentarse en la fila de atrás. Llegaron acompañados por un silencio cargado de significados atroces. Algo que quería decir: &#8220;sabemos quiénes son&#8221;, &#8220;los hemos visto antes&#8221;. El Gallo y yo nos miramos de reojo.<br/>Había comenzado El escorpión de oro, cuando alguien pateó la parte trasera de mi butaca. El corazón me galopaba dentro del pecho, pero ni siquiera parpadeé. De pronto, alguien expulsó un gargajo y lo estampó con brutalidad, no recuerdo si en mi nuca, o en la de Pico, aunque espero que haya sido en la de él. El Gallo dijo:<br/>&#8212;Vámonos.<br/>Caminamos hacia la puerta bajo el haz de luz en que volaba El Capitán Maravilla. Pero no pudimos salir del territorio comanche. Nos metieron a empujones a un baño, encharcado de orines. Uno inmovilizó a Pico, torciéndole los brazos por la espalda. Otro, de un manotazo, tiró los gruesos lentes de El Gallo. Hoy deben estar secuestrando o asaltando bancos. Tenían un talento especial para desarrollar esa clase de biografía interesante.<br/>&#8212;¿Qué vienen a hacer aquí, putos?&#8212; preguntó El Jefe (siempre había un jefe).<br/>Yo miré a El Gallo. Dije:<br/>&#8212;¡Shazam!<br/>Y, por un instante, un rayo de júbilo brilló en sus ojos. Pude verlo antes de que El Jefe soltara el puñetazo que hizo rebotar mi cráneo contra el mosaico mojado.<br/><br/><br/><b>Héctor De Mauleón </b>(Periodista y escritor). <br/><i>Es autor del libro <b>Los lugares oscuros</b>, de próxima publicación.</i><br/><br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[EL OTOÑO RECORRE LAS ISLAS]]></title><link rel="La Biblioteca de Babel" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200504]]></issued><modified><![CDATA[200504]]></modified><created><![CDATA[200504]]></created><summary><![CDATA[EL OTOÑO RECORRE LAS ISLAS]]></summary><author><name><![CDATA[El Bibliotecario]]></name></author><dc:subject><![CDATA[EL OTOÑO RECORRE LAS ISLAS]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/c_27.htm"><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/semcarlos.jpg" alt="" border="0" width="40" height="85"/> <i>La poesía de <b>José Carlos Becerra </b>(Villahermosa, Tabasco, México, 1936 &#8211; Brindisi, Italia, 1970) es una de las más vivas en la poesía mexicana, pues sus verdaderos lectores han sido lectores esmerados y envidiables y, sobre todo, lectores que han transformado el tiempo coagulado de los libros de Becerra en tiempo vivo y en escritura. En forma indirecta, éstos han extendido el singular legado inconcluso y acaso hasta verde de los poemas de Becerra. Esto parece fácil decirlo, pero no es común. Pocos poetas tienen la suerte de ser resucitados de una manera tan apasionada y exacta por otros poetas. Habría que discutirlo, pero quizá no es el caso de Tablada y López Velarde y tampoco, aunque se diga lo contrario con insistencia machacona y una convicción dudosa, de Octavio Paz. Todavía podríamos decir más en esta dirección. La influencia de la obra de Becerra en la poesía actual es más poderosa que la influencia de poetas convencionalmente tenidos como muchísimo más perfectos y más grandes y, en general, considerados presencias ineludibles en el desarrollo de la poesía mexicana.</i> (Víctor Manuel Mendiola, en la Jornada semanal, 20 agosto 2000)<br/><br/><br/><b>RELACION DE LOS HECHOS</b><br/>(FRAGMENTO) <br/><br/>Lo empiezas a saber, <br/>tu amor va enseñando sus sales de baño, sus fiestas de guardar, sus cenas sin nadie; <br/>a veces, el esqueleto de tu ángel de la guarda <br/>baila en tus ojos, <br/>ciertas avecillas silvestres amanecen temblando en tus manos, <br/>ya el tufo de la crucifixión <br/>no te hace taparte la nariz de niña ``que no sabe nada'', ``que no entiende nada''. <br/>Ya cruzas la puerta, <br/>ya sabes que el dolor es un mensajero servil del infinito, <br/>en tus ojos aquello que miras despierta en ti misma como pequeños niños <br/>que se sientan al borde de sus camas <br/>esperando que vengan a vestirlos. <br/>Ya asumes tu cuerpo, ya viajas en todo lo que te rodea, <br/>a veces en tu sonrisa todavía aparece <br/>aquella niña larguirucha ``tan bien educada'', <br/>pero tu esperanza enflaquece llamándote con voz cada vez más débil <br/>cuando ya no te dignas escucharla. <br/>Extrañamente hermosa eres ahora tu propio fantasma, <br/>en tu alma han entrado la carne del mundo y la tuya confundidas, <br/>apiñadas por el mismo placer, revueltas por el mismo dolor. <br/>Desnuda, la ropa que te acabas de quitar <br/>ya no reaparece en tus ojos, <br/>tu mirada y tu voz entonces también se quedan desnudas, <br/>te quedas desnuda, <br/>y por tu desnudez pasan los templos antiguos, las oraciones, los heridos de guerra y los cánticos de guerra, <br/>los mares lejanos y también la vida posible en otros planetas. <br/>Ya tu cuerpo comprende lo que significa ser tu cuerpo, <br/>lo que significa que tú seas él; <br/>tu cuerpo extendido a lo largo de tu amor, a lo largo de tu alma, <br/>y todos los barcos que zarpan de tu corazón llevan ahora <br/>las luces apagadas. <br/>Ya te has probado en ti <br/>y un hombre no es el extraño invasor que conocías, <br/>el esposo prudente, el hombrecito que cariñosamente te mataba un momento <br/>por unas cuantas caricias, por unas cuantas monedas. <br/>Pero sabes también que no existe el triunfo que alguna vez deseaste, <br/>por eso en tu mirada puede oírse <br/>el ruido del mar golpeando las costas solitarias y a veces <br/>el chillido de un pájaro detrás de la niebla o la llovizna pertinaz. <br/>Ven aquí con tu colección de mariposas, con tus antiguos juguetes que ya no existen <br/>y que parecen burlarse de ti desde ciertos rincones, <br/>ven aquí con tus segmentos de niña asombrada. <br/>Ven a mirar mis osos polares. <br/>Ven, ahora que sabes que también en los labios aparece <br/>-sin que nos demos cuenta- <br/>el beso monstruoso y bello <br/>de aquello que todavía llamamos el alma.<br/><br/><br/><b>EL OTOÑO RECORRE LAS ISLAS </b><br/><br/>A veces tu ausencia forma parte de mi mirada, <br/>mis manos contienen la lejanía de las tuyas <br/>y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti. <br/>A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que <br/>no merecías, <br/>a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos, <br/>mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un <br/>movimiento de la noche. <br/><br/>A veces tu ausencia aparece lentamente en mi sonrisa igual que una mancha <br/>de aceite en el agua, <br/>y es la hora de encender ciertas luces <br/>y caminar por la casa <br/>evitando el estallido de ciertos rincones. <br/><br/>En tus ojos hay barcas amarradas, pero yo ya no habré de soltarlas, <br/>en tu pecho hubo tardes que al final del verano <br/>todavía miré encenderse. <br/><br/>Y éstas son aún mis reuniones contigo, <br/>el deshielo que en la noche <br/>deshace tu máscara y la pierde. <br/><br/><br/><b>EPICA</b><br/><br/>Me duele esta ciudad, <br/>me duele esta ciudad cuyo progreso se me viene encima <br/>como un muerto invencible, <br/>como las espaldas de la eternidad dormida sobre cada una de mis preguntas. <br/>Me duelen todos ustedes que tienen por hombro izquierdo una lágrima, <br/>ese llanto es una aventura fatigada, <br/>una mala razón para exhibir las mejillas. <br/>En estas palabras hay un poco de polvo egipcio, <br/>hay unas cuantas vendas, hay un olor de pirámides adormecidas en el <br/>algodón del pasado, <br/>y hay también esa nostalgia que nos invade en ciertas tardes, <br/>cuando la lluvia se enreda en nuestro corazón como los cabellos húmedos y largos <br/>de una mujer desconocida. <br/><br/>Estuve atento a la edificación de los templos, al trazo de las grandes avenidas, <br/>a la proclamación de los hospitales, a la frase secreta de los enfermos, <br/>vi morir los antiguos guerreros, <br/>sentí cómo ardían los ángeles por el olor a vuelo quemado. <br/><br/>Me duele, pues, esta convocatoria inofensiva, esta novia de blanco, <br/>esta mirada que cruzo con mi madre muerta, <br/>esta espina que corre por la voz, estas ganas de reír y llorar a mansalva, <br/>y el trabajo de ustedes, los constructores de la nueva ciudad, <br/>los sacerdotes de las nuevas costumbres, los muertos del futuro. <br/><br/>Me duele la pulcritud inútil, la voluntad académica, <br/>la cortesía de los ciegos, <br/>la caricia torva como una virgen insatisfecha. <br/><br/>Mirad las excavaciones de la noche, <br/>escuchen a Lázaro conversando con sus sepultureros, mostrándoles su <br/>anillo de compromiso con la Divinidad. <br/>Vea n a Lázaro en el restaurant y en el tranvía, <br/>en el ataúd y en el puente, en el animal y en su plato de carne. <br/><br/>Sí, me duele este atardecer, <br/>esta boca de sol y de verano. <br/><br/><i>La obra completa de <b>José Carlos Becerra </b>se encuentra reunida en el volumen: <b>El otoño recorre las islas</b>, de <a target="_blank" href="http://www.edicionesera.com.mx/">Ediciones Era. </a></i>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[NUEVE POEMAS ERÓTICOS]]></title><link rel="La Biblioteca de Babel" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200504]]></issued><modified><![CDATA[200504]]></modified><created><![CDATA[200504]]></created><summary><![CDATA[NUEVE POEMAS ERÓTICOS]]></summary><author><name><![CDATA[El Bibliotecario]]></name></author><dc:subject><![CDATA[NUEVE POEMAS ERÓTICOS]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/c_26.htm"><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/kavafis.jpg" alt="" border="0" width="40" height="61"/>  <i>Konstandinos Kavafis (1863-1933) nació y murió en Alejandría. Fue el último, de nueve hijos, de una pareja de prósperos comerciantes fanariotas de Constantinopla. La poesía de Kavafis gozó de escasa difusión en la Grecia de la Belle Epoque. Su prosaica frugalidad en el uso de adornos, su permanente evocación del ritmo hablado y el uso de coloquialismos; su abierto tratamiento de la homosexualidad, su retorno al epigrama, su esotérico sentido de la historia, su cinismo en política, su creación de un mundo mítico le hicieron extraño a los sentidos de los poetas griegos de entreguerras pero garantizaron la permanencia de uno de los mejores testimonios del hombre y la mujer de este siglo perverso que acaba de terminar.</i><br/><br/><br/><b>TUMBA DE EURION (1912)</b><br/>En esta tumba &#8211;rica en diseño,<br/>toda en mármol de Tebas,<br/>cubierta con lirios y violetas-<br/>yace el hermoso Eurion,<br/>un alejandrino de veinticinco años.<br/>Descendiente de macedonios y magistrados<br/>estudió filosofía con Aristokleitos<br/>y con Paros, retórica, y en Tebas leyó las Sagradas Escrituras.<br/>Redactó también una historia de la provincia de Arsinoe.<br/>Todo eso al menos habrá de sobrevivirle.<br/>Pero perdimos para siempre lo que era realmente precioso: <br/>su cuerpo, una visión de Apolo.<br/><br/><b>CANCIÓN DE JONIA (1911)</b><br/>Aun cuando rompimos sus estatuas<br/>y les sacamos de sus templos<br/>los dioses no han muerto.<br/>Es a ti, tierra de Jonia, a quienes ellos aman,<br/>es a ti, a quienes sus almas recuerdan. <br/>Cuando llegan las mañanas de Agosto <br/>un vigor emana de sus almas y se agita en tus aires<br/>y a veces, un muchacho, de etérea juventud,<br/>indefinible, como una sombra alada, <br/>se aleja cruzando tus colinas.<br/><br/><b>ANTE LA TUMBRA DE ENDIMION (1916)</b><br/>Vine de Mileto a Latmos<br/>en un blanco carruaje de cuatro mulas, <br/>blancas como la nieve, con arneses de plata.<br/>Navegué desde Alejandría en una nave púrpura<br/>para hacer ritos secretos-<br/>libaciones y sacrificios en honor de Endimión.<br/>Aquí esta su estatua y miro, con asombro, <br/>su celebre hermosura.<br/>Entonces mis esclavos arrojan sobre ella canastas de jazmines<br/>y a mi cuerpo regresan los placeres de los días de ayer.<br/><br/><b>UNO DE SUS DIOSES (1917)</b><br/>Cuando uno de ellos cruzaba por la plaza de Seleucia,<br/>justo en el momento en que caía la tarde, <br/>-caminando como un muchacho, alto y hermoso,<br/>con el goce de un ser inmortal en los ojos,<br/>con el pelo negro y perfumado-,<br/>las gentes le miraban <br/>y se preguntaban si lo conocían,<br/>si era un griego de Siria, o acaso un extranjero. <br/>Pero aquellos que observaban con atención<br/>comprendían, y haciéndose a un lado<br/>mientras él se alejaba bajo los portones,<br/>entre las sombras y las luces de la tarde<br/>hacia el barrio donde vive noches de alcohol y lascivia,<br/>pensaban cuál de Ellos sería<br/>y para qué sospechoso placer<br/>había bajado hasta las calles de Seleucia<br/>desde aquellas Augustas Moradas.<br/><br/><b>EN UN PUEBLO DE OSROENE (1917)</b><br/>Ayer, a media noche, herido en una riña de taberna,<br/>trajeron a Rémona, nuestro amigo.<br/>A través de la ventana la luna iluminaba su cuerpo.<br/>Somos una mezcla de sirios, griegos, armenios y medos. <br/>Rémona es uno de ellos. Pero anoche<br/>cuando la luna iluminaba su entrañable rostro<br/>pensamos de nuevo en el Cármides  de Platón.<br/><br/><b>EN LA CUBIERTA DEL BARCO (1919)</b><br/>Se parece a él, por supuesto,<br/>este pequeño retrato hecho a lápiz.<br/><br/>Fue hecho de prisa, en la cubierta del barco,<br/>una tarde mágica,<br/>con el mar de Jonia rodeándonos.<br/><br/>Se parece a él, aun cuando le recuerdo más bello.<br/>Era de una sensibilidad casi enfermiza<br/>y eso iluminaba más su rostro.<br/>Y más hermoso me parece ahora<br/>cuando le recuerdo hace ya tantos años.<br/><br/>Hace ya tantos años. Todo ha envejecido-<br/>el retrato, el barco y aquella tarde.<br/><br/><b>DÍAS DE 1901 (1927)</b><br/>Lo que había de singular en él,<br/>a pesar de su vida disoluta<br/>y su vasta experiencia sexual<br/>y que, muchas veces sus actos<br/>concordasen con sus años,<br/>eran aquellos momentos<br/>&#8211;ciertamente,<br/>muy raros-, cuando su cuerpo<br/>parecía intocado. <br/><br/>La belleza de sus veintinueve años,<br/>por el placer puesta a prueba,<br/>a veces  recordaba extrañamente<br/>a un muchacho que -con cierta torpeza&#8212;por primera vez<br/>al amor entrega su cuerpo.<br/><br/><b>DÍAS DE 1909, 1910 y 1911 (1928)</b><br/>Era el hijo de un marinero indigente, de una isla del Egeo.<br/>Trabajaba para un herrero y vestía pobremente.<br/>Sus zapatos gastados, sus manos manchadas de orín y de aceite.<br/><br/>Al caer de la tarde, cuando cerraban la fragua,<br/>si algo deseaba, una corbata cara, digamos, <br/>una corbata para los domingos,<br/>o si en una vitrina había visto alguna bella camisa,<br/>por uno o dos taleros ofrecía su cuerpo.<br/><br/>Ahora me pregunto si en los tiempos antiguos<br/>tuvo Alejandría, la gloriosa, un joven tan apuesto<br/>y tan bello como este que perdimos.<br/>Nadie hizo, por supuesto, su estatua o su retrato.<br/>En aquel astroso taller, entre el calor de la fragua<br/>y el penoso trabajo, entre el deleite y las pasiones, <br/>terminaron sus días.<br/><br/><b>DÍAS DE 1908 (1932)</b><br/>Aquel año estaba sin trabajo;<br/>y malvivía del juego de las cartas, <br/>de los dados y los préstamos.<br/><br/>En una papelería le habían ofrecido<br/>un empleo de tres libras al mes.<br/>Pero lo rechazó. No era un sueldo para él, <br/>joven bien educado y con veinticinco años.<br/><br/>Apenas si ganaba dos o tres chelines diarios.<br/>De los naipes y los dados, ¿qué podía obtener<br/>un muchacho como él, en cafés de mala muerte,<br/>así jugara con astucia o eligiera los más tontos?<br/>Y aun cuando mucho prestara, rara vez tenía un talero.<br/><br/>Con frecuencia iba a la playa. Su traje era siempre el mismo<br/>uno color de canela, ya muy descolorido.<br/><br/>¡Oh días del verano de mil novecientos ocho!<br/>de vuestro recuerdo, por obra del arte,<br/>se ha borrado aquel traje.<br/>Ahora lo evoco mientras se lo quitaba<br/>y lo arrojaba lejos junto a su pobre ropa interior.<br/>Y quedaba desnudo, íntegramente bello.<br/>Sus cabellos revueltos, <br/>Sus glúteos y brazos y piernas doradas por el sol<br/>en aquellas mañanas de baños en la playa.<br/><br/><br/><b>EN LA PEQUEÑA CIUDAD SIN ALEGRÍA</b><br/>En la pequeña ciudad sin alegría<br/>trabaja como empleado en un gran almacén.<br/>Es muy joven.<br/>Espera que pasen dos o tres meses<br/>y que la afluencia de clientes disminuya,<br/>para volver a la metrópoli<br/>y sumergirse en el movimiento, en las distracciones.<br/>Espera, y esa noche, en la pequeña ciudad sin alegría,<br/>está acostado en su lecho, presa del deseo.<br/>Toda su juventud arde en pasión,<br/>hermosa juventud llevada<br/>por el bello arrebato de los sentidos. <br/>En sueños, la voluptuosidad vino a él.<br/>En sueños, cree poseer el cuerpo, la carne deseada.<br/><br/><i>Poemas en versión de Harold Alvarado Tenorio</i> <br/><a target="_blank" href="http://www.poeticas.com.ar/Directorio/Poetas_miembros/Konstandinos_Kavafis.html">Más sobre Kavafis</a>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[HUMANIDAD SUSPENDIDA]]></title><link rel="La Biblioteca de Babel" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200504]]></issued><modified><![CDATA[200504]]></modified><created><![CDATA[200504]]></created><summary><![CDATA[HUMANIDAD SUSPENDIDA]]></summary><author><name><![CDATA[El Bibliotecario]]></name></author><dc:subject><![CDATA[HUMANIDAD SUSPENDIDA]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/c_25.htm"><![CDATA[<i>Estos son los apuntes de una reseña que estoy escribiendo sobre <b>Retrospectiva</b>, la exposición que Javier Marín presenta el Museo Amparo de Puebla (México) y que será publicada en un diario local de Tlaxcala. </i><br/><br/><b><i>...Y recomenzaba como un héroe de sí mismo, todo héroe es un héroe de sí mismo. Quién vence se está venciendo.</i> ClariceLispector</b><br/><br/>La más reciente muestra de Javier (Uruapan, Michoacán, 1962) parte de la reutilización de trabajos anteriores, en realidad del origen de los mismos, el título nos lleva a la confusión, <i>retrospectiva</i> que no lo es, al presentar de forma nueva lo ya conocido. Piezas de resina, moldes que luego fueron esculturas de barro, de bronce, repitiendo el discurso, recreando la estética, reelaborándola.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/marin.jpg" alt="" border="0" width="321" height="223"/><br/>Los cuerpos de Marín aparentan instantes detenidos (snapshots), cuál fotografías, pero más allá de ellas. Son en realidad momentos en<br/>suspensión, arrebatados del tiempo (abducidos debería consignar, pero no lo hago para no caer en extravagantes confusiones) en su instante más íntimo, manierista, el de las posturas imposibles, ocultas en la transción del movimiento.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/marin2.jpg" alt="" border="0" width="321" height="225"/><br/>Cuerpos perfectos, heridos a flor de piel y en lo más profundo, la perfección de quien sale vivo de la vida. Marín asegura que no retrata la decadencia, sus cuerpos no son despojos, sino seres heróicos que ha logrado sobreponerse a las <i>madrizas</i> de la existencia cotidiana. Es aquí donde se encuentra el verdadero poder de seducción de esta obra.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/marin4.jpg" alt="" border="0" width="322" height="220"/><br/>Sorprende, además, la utilización de materiales no habituales en la<br/>escultura, como el amaranto. Cuerpos magnificados (rostros de más de tres metros de altura) que se perciben cercanos, inmediatos, ¿Será por eso que logra la perfecta identificación con el espectador? No creo que exista mejor explicación.<br/><br/><br/><a target="_blank" href="http://www.museoamparo.com"><img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/logo.gif" alt="" border="0" width="112" height="82"/> </a>Museo Amparo]]></content></entry><entry><title><![CDATA[NEGRA SOMBRA]]></title><link rel="La Biblioteca de Babel" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200504]]></issued><modified><![CDATA[200504]]></modified><created><![CDATA[200504]]></created><summary><![CDATA[NEGRA SOMBRA]]></summary><author><name><![CDATA[El Bibliotecario]]></name></author><dc:subject><![CDATA[NEGRA SOMBRA]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/c_24.htm"><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/02rosalia.jpg" alt="" border="0" width="40" height="50"/> <i>Esta es posiblemente la canción más emblemática de la música gallega, fruto del perfecto enlace del poema de Rosalía de Castro (1837-1885) con un alalá que el propio compositor Juan Montes (1840-1899) recogió en <b>A Cruz do Incio </b> y presentó en el Gran Teatro de La Habana en 1892. Se consideraban entonces los alalás como los cantos más hermosos, elementales y primitivos de Galicia; quizá sea esa fuerza básica de la tierra la que mantiene la vigencia y la modernidad de esta obra inmortal. Música y letra se funden con un trazo melódico de modo que ya no se conciben separadamente. Recién fue incluida en la Banda Sonora de la película española <b>Mar Adentro</b>, en una versión de Luz Casal, que para los no conocedores (como es mi caso), nos pareció maravillosa.</i><br/><br/><b>NEGRA SOMBRA <i>(Follas Novas, 1880)</i></b><br/>Cando penso que te fuches, <br/>negra sombra que me asombras, <br/>ó pé dos meus cabezales <br/>tornas facéndome mofa. <br/>Cando maxino que es ida, <br/>no mesmo sol te me amostras, <br/>i eres a estrela que brila, <br/>i eres o vento que zoa. <br/>Si cantan, es ti que cantas, <br/>si choran, es ti que choras, <br/>i es o marmurio do río <br/>i es a noite i es a aurora. <br/>En todo estás e ti es todo, <br/>pra min i en min mesma moras, <br/>nin me abandonarás nunca, <br/>sombra que sempre me asombras.<br/><br/><br/><i>Negra Sombra (traducción al castellano - Mónica B. Suárez Groba)<br/><br/>Cuando pienso que te fuiste / negra sombra que me asombras / a los pies de mis cabezales / tornas haciéndome mofa. / Cuando imagino que te has ido / en el mismo sol te me muestras / y eres la estrella que brilla / y eres el viento que zumba. /<br/>Si cantan, eres tú que cantas / si lloran, eres tú que lloras / y eres el murmullo del río / y eres la noche y eres la aurora. / En todo estás y tú eres todo / para mí y en mi misma moras / ni me abandonarás nunca / sombra que siempre me asombras.</i>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[CÓMO ESCRIBIR SOBRE UN TRAPECIO SIN RED]]></title><link rel="La Biblioteca de Babel" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200503]]></issued><modified><![CDATA[200503]]></modified><created><![CDATA[200503]]></created><summary><![CDATA[CÓMO ESCRIBIR SOBRE UN TRAPECIO SIN RED]]></summary><author><name><![CDATA[El Bibliotecario]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CÓMO ESCRIBIR SOBRE UN TRAPECIO SIN RED]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/c_23.htm"><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/cabrera_infante1.jpg" alt="" border="0" width="60" height="75"/> <i>El lunes 21 de febrero la literatura en lengua española perdió a uno de sus más grandes autores: el escritor cubano <b>Guillermo Cabrera Infante (1926-2005)</b>, Premio Cervantes 1997, quien murió en un hospital de Londres, ciudad en la que residía desde hacía 40 años. Aunque al autor de Tres tristes tigres no le interesaba saber si sería leído en la posteridad, con motivo de su muerte ofrecemos estas páginas que destejen los secretos de su escritura y confirman por qué a Cabrera Infante se le continuará leyendo.</i><br/><br/>Antes de comenzar quiero advertirles de los posibles riesgos que corren ustedes hoy. Debo decirles francamente que yo pienso mejor que escribo, escribo mejor que hablo y cuando leo en alta voz como ahora todo puede ocurrir. No sólo una mala lectura puede asustarlos sino que quizás hasta los asalte una mala palabra por pobre pronunciación, claro. Ésa que hace que nulo se me convierta en mulo y quién sabe en qué otra cosa peor. O cosa mejor, que todo depende del oído adverso o perverso. Tengo que anunciarles además que el título de mi charla no tiene nada que ver con mi charla. Está ahí porque yo siempre comienzo a escribir por el título y necesitaba uno ahora que fuera lo suficientemente catchy como para atrapar el ojo y el oído del espectador. ¿Y qué cosa más catchy que un acróbata en el trapecio, cuya vida pende y depende de un catch a tiempo y a veces su acto es puro catch-as-catch-can? Pero ya he empezado a revelar cómo escribo: primero, como en las familias nobles, viene el título. Un escritor francés que no tenía de qué escribir, escribió un libro que se titula Cómo escribí algunos de mis libros. Raymond Roussel se llamaba ese francés y reveló efectivamente cómo había escrito algunos de sus libros. Yo, más inmodesto &#8212;es decir más revelador&#8212; voy a decirles cómo he escrito todos mis libros. Los escribí sentado sobre una silla, ante una mesa y frente a una máquina de escribir. No es broma. La situación exacta de un escritor es siempre importante. Ustedes dirán: &#8220;Pero todos los escritores escriben de la misma manera&#8221;. Grave error. Eso sería como decir que todos los escritores escriben igual o, peor, que escriben el mismo libro. Puedo confiarles esta tarde reveladora que si bien es verdad que muchos escritores escriben sentados ante una mesa, Victor Hugo y Hemingway, por ejemplo, escribían de pie por las mismas razones: almorranas. Hemingway, que se hacía llamar a veces el Doctor Hemorroides, padecía de almorranas tan molestas que durante la segunda Guerra Mundial se llegó a llamar él mismo el Ernie Pyle del pobre, aludiendo al gran corresponsal de guerra, Ernie Pyle, a quien Ernest Hemingway detestaba, y por supuesto refiriéndose al hecho de que el nombre Pyle en plural significa almorranas. Pero Pyle no padecía de Hemingway.<br/><br/>Muchos escritores han escrito y escriben en la cama. El caso más extremo es el del compositor Gioachino Rossini, quien no sólo dormía y se pasaba el día entero en la cama sino que no salía de ella para escribir. Hablo de un compositor porque la escritura literaria y la musical son idénticas al escribirse. Es al leerse que suenan distinto. Rossini, escritor encamado, regaba las partituras por toda la cama. Un día una de las hojas cayó al suelo y Rossini, cuya haraganería era ejemplar, en vez de bajarse de la cama y recoger la hoja escrita, tomó una hoja en blanco y enseguida la llenó de nuevos signos, componiendo un aria diferente. Joseph Conrad escribía en todas las posiciones y algunas veces de perfil, otras en su escritorio. ¡En una ocasión llegó a escribir con gran concentración tirado al suelo, bocabajo en un tren que se movía rápido entre Brighton y Londres! Es difícil mejorar esa posición pero William Faulkner escribió una de sus novelas mientras agonizaba en el duro suelo del sótano de una fábrica en la que era fogonero de la caldera de calefacción por las noches. Como escritorio escogió la carretilla de carbón, volcada, su fondo, su mesa de trabajo. No es por gusto que esa novela se titula Mientras agonizo.<br/><br/>Victor Hugo escribía de pie a mano, Hemingway de pie a mano y en máquina luego. Yo más moderno, escribo todo sentado a máquina, de lo contrario no me entero de lo que he escrito. De joven, cuando no tenía para comprar o aun para alquilar una máquina de escribir, escribía a mano y no quieran ustedes saber lo que escribí entonces. Ni siquiera quieran leerlo. Cuando llegué a la era de la mecanización de la escritura (primero con una máquina prestada, luego comprada a plazos, que es como decir alquilada, después, como una novia que se hace mujer, toda mía: esa máquina, quiero recordarlo, era una Smith-Corona, y fiel a las marcas tanto como a las mujeres todavía escribo en una Smith-Corona. No la misma, claro: he escrito en diversas máquinas pero todas de la misma familia con los apellidos ilustres de Smith y de Corona: tanto me gusta ese doble nombre que convertí a mi máquina en una mujer, en una muchacha, en un personaje femenino llamado Vivian Smith-Corona, que alguno de ustedes quizás habrá conocido) alcanzando la máquina de escribir también accedí a la máquina de leer y así pude si no saber lo que estaba haciendo, por lo menos enterarme qué estaba escribiendo. La máquina de escribir ha sido mi piano mecánico y puedo componer y oír al mismo tiempo mis rapsodias para dos manos. Leer fácil hace fácil escribir. En realidad escribir no es difícil, lo difícil es leer. Por ejemplo mi último libro, La Habana para un infante difunto, tiene 711 páginas. Llegar a tan avanzado estado de impresión fue cosa de escribir y cantar (siempre canto cuando escribo, también canto en la ducha pero mi voz es tan mala, tan estridente, tan ofensiva que para no ofender los oídos domésticos y convertirlos en oídos familiares, cierro la puerta del baño y de mi estudio) pero me temo que leer ese tomo mío, capaz de fracturar un dedo si se cae de las manos inadvertidas sobre un pie, no es cosa de entonar y cantar. Así llené mi libro de obscenidades, de pornografía y de escenas eróticas. Esa es una obra que no dejaría leer a mis hijas. De hecho ninguna de mis dos hijas la ha leído, pero no por mi prohibición sino por su dejadez. &#8220;¡Papi &#8212;dijo una de ellas, asténica&#8212;, leer 700 páginas!&#8221; Tuve que decirle que leer 700 páginas no era problema, que el problema de mi libro es leer 711 páginas. Así se han alejado ellas solas de la obscenidad, la pornografía y el erotismo que puse en mi libro para divertir a solteronas, deleitar a parejas de ambos sexos y aun de los tres sexos y servir de coartada a masturbadores. &#8220;La culpa no es mía, papá &#8212;puede aducir el niño sorprendido in fraganti&#8212;. Ese libro me tentó.&#8221; Que es como decir: &#8220;The Devil Made me do it&#8221;. (Perdonen mi inglés pero es el único que tengo y quiero conservarlo, nada gasta más a un idioma que pronunciarlo bien. España es un ejemplo. El inglés de Inglaterra, de tan bien pronunciado que está, ha terminado por refugiarse en Oxford. Nadie en Londres habla buen inglés, a menos que sea un locutor de la BBC. Mi mala pronunciación es un encomiable esfuerzo por rescatar al inglés de Oxford y evitar que se refugie en Cambridge. Estoy entre los más esforzados londinenses que luchan por recobrar el inglés de entre las garras de la BBC. Dicen las malas lenguas que las películas americanas, los comediantes cockneys y las óperas de jabón perfumado conseguirán otro tanto en menos tiempo. Ya Robert de Niro, Al Pacino y Sylvester Stallone, con su atroz americano, violan los oídos ortodoxos y abren bocas más grandes que Jaws en las caras académicas. Faces y fauces del inglés correcto como el cockney.)<br/><br/><br/>Vuelta al volumen. La Habana para un infante difunto habrá convencido a fanáticos y tal vez a algún escéptico de que mis libros están compuestos por medio de un único aparato retórico, la parodia. El título de mi último libro (que como siempre me niego a llamar novela) es una parodia del título de una composición de Maurice Ravel, Pavane pour une Infante défunte. El título de Ravel era irónico y levemente humorístico. Mi parodia es decididamente cómica o al menos quiere serlo. El juego entre infante e infanta no sólo envuelve un cambio de género sino que remite a mi último apellido &#8212;y digo que es el último porque no tengo más en mi casa&#8212;. Aunque al principio el libro inclina a que se tome su título en sentido recto, en realidad mi intención &#8212;que es lo que importa y no las interpretaciones de mis lectores aunque sean críticos&#8212; era regalar La Habana (una ciudad recobrada por recordada) a quien quisiera tomarla por asalto &#8212;como hicieron los ingleses en 1762 al empezar el libro por el título&#8212;. El libro es a su vez una parodia de las memorias de juventud en la Edad Media a que nos han acostumbrado no sólo los románticos sino escritores tan remotos como San Agustín. Hay además una parodia de las memorias eróticas. Aunque todas las memorias deben ser eróticas, existen libros como las memorias de Frank Harris y el libro de ese victoriano victorioso que conocemos sólo por el nombre de Walter, que son francamente eróticos. <br/><br/>Tengo que aclarar que no he leído ninguno de estos antecedentes con excepción de My Life and Times de Frank Harris, que leí una vez que hube terminado La Habana... y sólo para ver cómo funcionaba una memoria ficticia. Harris es un evidente mentiroso, yo he sido un fabulador. No pienso que nadie se crea las escenas sexuales que describo y el maratón erótico en que hago participar a mi protagonista, narrador del libro y a la vez su héroe. Si alguno de ustedes piensa que hay un lazo de unión entre mi narrador y yo tengo que desengañarlo y declarar que estoy lejos de ser un atlas erótico. Ni siquiera soy un atleta sexual. Pero creo que esta aclaración la hago demasiado tarde. He recibido cartas escritas con letra femenina en que me piden que les dé, como pedía san Juan de la Cruz, &#8220;Vida mía, aquello que me diste el otro día&#8221;. Como la esposa del &#8220;Cántico espiritual&#8221;, casi llegan a decirme &#8220;Gocémonos, amado&#8221;. Los lectores masculinos han sido más pasivos y se han limitado a comunicarme las veces que se han masturbado con mi tomo. Yo quiero decirles, a unas y a otros, que han leído mal, que el libro es todo pura parodia, que es un tomo para reírse pero ¿quién soy yo para decirle al lector cómo debe leerme? El precio del libro &#8212;a veces de veras oneroso: 28 dólares en Caracas, 22 en Miami, 18 en Nueva York y no he preguntado cuánto cuesta en San Juan porque el pasmo público será un espasmo privado, un espanto&#8212; autoriza a su comprador (o al lector que pide prestado que es para mí tan enemigo como ese lector que presta) a hacer las lecturas que quiera o que pueda. Porque a veces hay lectores impotentes.<br/><br/>La parodia funciona también al nivel del párrafo, como esa descripción sexual que se interrumpe, coitus interruptus verbal, para contar algo que apenas viene a cuento. Eso se llama digresión y uno de mis maestros, el inglés Laurence Sterne, ya en el siglo XVIII (¿han visto ustedes cómo siempre los escritores declaramos que nuestros maestros se encuentran lo más lejos posible? Ninguno tiene maestros contemporáneos célebres, sólo los más oscuros y sin embargo un escritor siempre busca el aprecio de sus contemporáneos: nadie quiere pasar a la posteridad si está hecha de enemigos, pero el presente tiene que estar lleno de amigos: el éxito, por supuesto, es una forma actual de la posteridad) decía que la digresión era el sol del párrafo &#8212;en este caso da luz a la lujuria&#8212;. Hay además la parodia de la frase. La Habana... está cundida ¿frases famosas convertidas en frases infames. Por ejemplo, la cita bíblica &#8220;Margaritas para los cerdos&#8221; se convirtió en &#8220;Margarita para los sordos&#8221; y esta parodia se hizo una suerte de leitmotiv y así el lector podrá encontrar &#8220;Margarita para los cuerdos&#8221; en una página y &#8220;Margarita para el ser&#8221; más tarde. Estas parodias cobran sentido según la página en que aparezcan y son importantes en el contexto porque tuve la suerte de contar con un personaje crucial llamado, como el coctel, Margarita. Los ejemplos abundan hasta el hastío en La Habana... (algunos dicen que hasta la náusea: por supuesto que prefiero el vómito enemigo a la indiferencia) pero ya había hecho su aparición en libro tan lejano como Un oficio del siglo XX (publicado en 1963) y naturalmente en Tres tristes tigres.<br/>Allí por ejemplo tomo el lamento de Cristo al regresar a su pueblo natal y encontrarse con el abuso de confianza, la falta de respeto y, lo que es peor, la desidia que hace decir a Jesús: &#8220;Nadie es profeta en su tierra&#8221;, para convertir ese descubrimiento en la irreverencia también cierta de que &#8220;Nadie es mofeta en su tierra&#8221;, queriendo decir además que el olor humano se siente más entre ajenos. Si alguien quiere parodiarme puede decir aquí el dolor humano y devolver la parodia hecha drama, al inicial Nazareno. Pero debo advertir que hay que tener cuidado al parodiar a un parodista. La parodia puede leerse por odio. Ravel, el del título lleno de sonidos sordos y aliteraciones, no estaba parodiando un título específico sino que se burlaba de un cierto romanticismo retardado, como el de su maestro Debussy. <br/><br/>Pero su intención era más que adversa, perversa, pues escondía con su título lo que su pieza debía melódica y rítmicamente a Debussy. Ya que hablamos de músicos franceses quiero decir que cuando me preguntan cuál es mi compositor del siglo XX favorito, siempre escojo uno del siglo XIX. Es ése Erik Satie, a quien rindo homenaje en mi libro al tiempo que me burlo, suave censor de Debussy. Sucede que Debussy en su famosa suite orquestal La Mer tiene divisiones y subtítulos descriptivos que dicen cosas como: &#8220;Del alba al mediodía en el mar&#8221;. Interrogado Satie en el estreno de La Mer si le había gustado la suite, declaró: &#8220;Mucho, sobre todo la parte ésa de las once y quince de la mañana&#8221;. Es por eso que Satie es mi músico favorito. No tiene nada qué ver con su música sino con su humor. El título de La Habana para un infante difunto es satiesco y además devuelve a su originador una forma de titular propia del autor de los Tres trozos en forma de pera. Por cierto, ya al final de La Habana... vuelve Satie Satírico y cuando el narrador cae en una vagina enemiga y no sabe dónde está, descubre en seguida que se encuentra (o se pierde) en una pieza en forma de pera.<br/><br/>Otro de los elementos que aparece en todos mis libros (aun en ese detestable Así en la paz como en la guerra inicial) es la aliteración. Como saben ustedes, la aliteración es un recurso retórico que consiste en que dos palabras sucesivas empiecen con el mismo sonido o la misma letra. En La Habana... hice de la aliteración un sistema de composición porque se me ocurrió que el hecho de que dos o más palabras se unan por su comienzo era una forma de cópula, un acto más erótico que retórico. Y que las palabras montan unas sobre otras en vez de separarse por la división de la escritura y de la pronunciación. Es la aliteración que hace recordables ciertas frases como el título de una película reciente, Sangre sabia, mucho menos intrigante que en inglés pero más memorable. Un título de uno de los fragmentos de La Habana..., &#8220;la mirada del mirón miope&#8221; es efectivo por la aliteración, quebrada y continua. La frase francesa femme fatale es tan peligrosa por su efecto aliterante, no por lo que dice. Este recurso lo utilicé en Un oficio del siglo XX aun en los títulos de las crónicas de cine y así una película de Hitchcock en que un voyeur arriesga la vida por mirar tanto, se tituló Muere, mirón. En La Habana... más que buscar la mujer, rubia falsa o trigueña real hembra, no hay que perder de vista la aliteración, tan abundante pero a veces tan inevitable que no se le ve.<br/><br/>En Tres tristes tigres el elemento retórico esencial es la paronomasia, o mejor como se dice en inglés, el pun, esa palabra que engaña al oído tanto como perturba al ojo. En inglés y en español los retóricos condenan al retruécano por no ser de estilo elevado. Muy bien, ¿y quién quiere un estilo elevado? ¿Quién quiere siquiera un estilo a ras de tierra? ¿Quién quiere en fin el estilo? Dénme ese calembour que es un trompe l&#8217;oeil que es también un trompe l&#8217;oreille and I won&#8217;t die gravely. Con esta piedra Cristo hizo a Pedro la base de su iglesia y con tal recurso se han construido monumentos literarios como los libros de Alicia por Lewis Carroll y el Ulises de Joyce, por no hablar de momentos menores como Zazie dans le metro y los libros de Raymond Roussel. Es precisamente con el fundamento del calembour, del retruécano que Roussel escribió todos sus libros y no algunos como revela en Comment J&#8217;ai écrit certains de mes livres. He escrito todos mis libros que se puedan leer como tales, es decir, como literatura, jugando: Pun Means Tun. Mis libros son juguetes y espero que el lector adulto sepa jugar con ellos. Si todavía no sabe, a aquellos de ustedes que leen o siquiera compran mis libros, puedo darles una última clave, llave para abrir los libros, código para descifrarlos, para los que necesitan ser acompañados por la interpretación. La mejor interpretación de un libro es la que puede ofrecer el autor. Muchos de mis libros (excepto por el malhadado Así en la paz como en la guerra, que no vacilo en recomendarles que destruyan en cuanto lo compren) parecen paradojas pero no son más que parodia: parodia como recurso literario, parodia como aproximación a la literatura, parodia como interpretación de la vida. Tal vez las más conocidas de mis parodias sean las que se declaran tales en Tres tristes tigres. No hay como poner un título debajo de una litografía de un tigre para que el espectador crea que es un tigre y, aun peor, sepa que es un tigre. El grabado puede ser de una cebra particularmente feroz, pero siempre el lector de la etiqueta tendrá frente a sí al tigre. Mis mejores parodias no son las que se dejan llamar parodias, pero puedo contarles cómo las parodias de Tres tristes tigres llegaron a serlo. Siempre es divertido ponerle rayas a un burro y decir que es una cebra.<br/><br/><br/>Una de las más mentadas (aunque no una de las mejores parodias en Tres tristes tigres, es la atribuida, fraudulentamente, a José Lezama Lima, ese gran poeta americano. Las parodias todas pretendían ser el relato de la muerte de Trotsky por varios escritores cubanos &#8212;años antes o después del asesinato del revolucionario ruso en México. Como se recordará Trotsky fue asesinado por un pretendido discípulo cubano que clavó en su cabeza anciana un picacho o alpenstock. La idea de esta parodia macabra surgió de la irrealidad de la prosa de Lezama, quien al celebrar al compositor Julián Orbón por un premio sinfónico lo asaltó tal éxtasis que escribió: &#8220;Me siento como el poseso penetrado por un hacha suave&#8221;.<br/>Me encontré el libro en que Lezama extrae esta exaltada frase, La expresión americana, en una biblioteca más fantástica que la de Babel de Borges (era tan reducida que nadie podía haber censado, mucho menos censurado, todos sus tomos) sita en el siniestro sótano de la embajada de Cuba en Bruselas &#8212;como quien dice, en un centro antitrotskista&#8212;. Volví a leer la línea lezamesca: &#8220;Me siento como el poseso penetrado por un hacha suave&#8221; y en seguida me asaltó la asociación asesina. Aquella declaración era lo que Lezama habría escrito como frase final dicha por Trotsky después de hendirle su asesino un punzón de acero en el cráneo. Todavía más, la frase era en sí misma pura parodia y puesta en otro contexto resultaba hilarante &#8212;al menos para mí y para otros que me han acusado de haberla inventado. Juro que Lezama la escribió. Juro que la he leído. Juro que Julián Orbón la repite. La frase existe. Su comicidad impensada viene de la seriedad con que fue escrita, por esa misma seriedad. Era la absoluta expresión absurda americana. No fue difícil construir una parodia a partir de la frase de Lezama en la que éste fuera un improbable corresponsal político cuando mataron a Trotsky, no en ciudad México sino en &#8220;la región más transparente del aire&#8221;, como Lezama llamaría a la capital mexicana. Su breve reportaje terminaba con Trotsky expirando con una cita de Lezama en los labios: &#8220;Me siento como el poseso penetrado por un hacha suave&#8221;. La frase inicial había sido la frase final y la parodia se construyó de arriba abajo con su cima como cimiento.<br/><br/><br/>Fue aun menos difícil concebir las otras parodias. Escribirlas resultó cosa de cazar y contar: una frase verdadera de Virgilio Piñera aquí, un imposible por probable adjetivo de Carpentier allá, uña lamentación <br/>de Mártí más lejos, acullá un verso risible de Nicolás Guillén y su inveterado, veterano estalinismo por otra parte, palabras improbablemente africanas de Lydia Cabrera y citas citables de Lino Novás Calvo en su último extremo. Los títulos frieron a veces más memorables que las mismas parodias: Los hachacitos de rosa, Nuncupatoria de un cruzado y El ocaso están tomados de otros tantos títulos similares de José Martí, Lezama Lima y Alejo Carpentier.<br/><br/>De esta manera pasé de ser periodista a parodista en esa estereotipia de algunos lectores previsibles y críticos de clichés. Así mi nombre llegó a ser sinónimo de parodia y aun mis iniciales, GCI, se leían casi como FBI, donde todavía J. Edgar Hoover era una parodia de un perro bulldog que quiere que vean como perro policía. Afortunadamente no me llamaba Klark Gable Brown o me habrían apodado KGB. Pero yo me había transformado, como en una metamorfosis kafkiana, en un parodista. Nadie podía decir: &#8220;Sucedió que una mañana Cabrera Infante se despertó para verse en el espejo convertido en una monstruosa máquina de hacer parodias&#8221;. Yo era el mismo escritor que había titulado un cuento temprano (de hecho fue el tercero que escribí poco antes de cumplir veinte años y es para mí de veras inolvidable: por escribirlo fui a dar a la cárcel en Cuba acusado de escribir esa extrañeza que se llama English Profanities), &#8220;Balada de plomo y yerro&#8221;. En ese título estaban todos los elementos que utilizaría después: el retruécano, el juego de palabras y la parodia. Ahora, con mi último libro, La Habana para un infante difunto (repito tanto el nombre para que se lo aprendan y se lo repitan luego al librero), hay monos sabios que exclamaron: &#8220;Ah, el parodista ataca de nuevo&#8221;. No saben estos simios nimios que el imperio que ataca otra vez no es el de las imágenes ni el de los sentidos, sino el de la literatura con todos sus recursos retóricos. Pero si me preguntaran cómo definiría yo, en último término, mis recursos retóricos, diría rápido como un reflejo: &#8220;Pura parodia&#8221;. En épocas clásicas el dote imitaba a la naturaleza. En tiempos decadentes la naturaleza imitaba al arte. Ahora el arte imita el arte. Eso también se llama parodia.<br/><br/><br/>Espero, amigos de Puerto Rico, que esta charla haya aumentado en ustedes la afición por mis libros hasta hacerla hábito, como droga suave o pornografía pura. O haya al menos despertado su curiosidad, como la <br/>de quien ve a alguien empezar a desnudarse y de pronto se apaga la luz. El lector como mirón. Pero si no he conseguido su aprecio, por lo menos concédame su desprecio. O su odio. Todo me es indiferente. Menos, por supuesto, la indiferencia.<br/><br/><br/>O el aburrimiento. Sé sin embargo que no hay nada más cercano a una carcajada que un bostezo &#8212;la diferencia consiste en hacer o no hacer ruido al abrir la boca&#8212;. Hablando de bocas, gracias por prestar oído a mi lengua. Perdonen, por favor, que haya hablado con la boca llena.<br/> <br/>]]></content></entry><entry><title><![CDATA[LOS CAPITANES DEL MAR]]></title><link rel="La Biblioteca de Babel" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/atom.xml" title="La Biblioteca de Babel"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200409]]></issued><modified><![CDATA[200409]]></modified><created><![CDATA[200409]]></created><summary><![CDATA[LOS CAPITANES DEL MAR]]></summary><author><name><![CDATA[El Bibliotecario]]></name></author><dc:subject><![CDATA[LOS CAPITANES DEL MAR]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/c_22.htm"><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/labibliotecadebabel/files/RITOSALINAS_copy.jpg" alt="" border="0" width="67" height="127"/> <i><b>César Rito Salinas </b>nació en Tehuantepec, Oaxaca, en 1964. Es autor de los poemarios "El paso de los héroes por nuestra tierra" (Aldus, 1977), "Poemas de la marinería" (Daga Editores, 2001), "Teoría de la desgracía" (Praxis, 2002) y "Una escalera junto al mar" (Universidad Benito Juárez de Oaxaca, 2003), así como "La fiesta de los grumetes", su primer libro de relatos (Instituto Oaxaqueño de las Culturas, 2003).<br/>Ha recibido distintos reconocimientos entre los que sobresale el Premio Latinoamericano de Poesía "Benemerito de América" 2003 por su libro "Una escalera junto al mar". <br/>Los textos aquí presentados pertenecen a su más reciente poemario  "Los capitanes del mar" (Ediciones y Gráficos Eón, 2004).</i><br/><br/><b>y</b><br/><br/>Los porteños no quieren enterarse del olor que deja en sus vidas el paso de los astros sobre el mar, que inventa al puerto. El olor que se esparce por calles y cantinas, callejones y restaurantes, casas, el patio. Los capitanes, sabedores de la fuerza del paso de los astros por tierra, navíos, mujeres y bestias, ordenan levantar frente a su mansión elevadas tapias. Antes que sus propiedades, hicieron crecer en las calles donde verán llegar la muerte árboles de pino para que condujeran con sus esbeltas y afiladas hojas el mal olor del aire hacia otras rutas alejadas de su vivienda. Terrenales a fin de cuentas, hicieron poner en sus ventanas grandes y gruesos cristales que los aísle de cualquier olor que venga del mar. Como en el castillo de mando, en sus buques.<br/><br/><b>z</b><br/><br/>Una llovizna con aire frío de enero llega al puerto. Los capitanes  saben que con este tiempo es menester hacerle caso al cuerpo, cuidarlo, quedarse en casa a contemplar el brillo del mármol en sus pisos. Mandar hacer café con leche, al entrar la tarde sopearlo con galletas de chocolate, quererse. Y mantener cerca de la mano la cintura de la mujer, sus senos, su sexo. Todos estos elementos de quietud le dejarán en el cuerpo el olor del mar. No hay mejor forma de capotar el temporal. Que sólo los malditos salgan a padecer el mal tiempo en las calles del puerto. Aquellos que un día levantaron la mano a su madre. Los que robaron la propiedad del padre. Que esos hombres malditos salgan a sufrir el mal tiempo en las calles del puerto, el malecón, los navíos. Los que fueron buenos hijos con sus padres tienen la dicha del gran Dios marino: una cama caliente, café con leche y galletas dulces, la mujer. Y la cabeza despejada para dedicarse a hacer lo que un capitán del mar debe hacer cuando hay mal tiempo.]]></content></entry></feed>
