Sin noticias de Luis.
Cuando te pasas más tiempo del habitual sin saber nada de un hombre del que quisieras saber mucho pasas por una especie de proceso que yo llamo “el proceso cognitivo de la mujer que no sabe nada de un hombre del que quisiera saber todos los días.”
Sí, ya sé que el título es un poco largo, pero es mi titulo, y a mi las cosas me gustan largas.
Al tema del proceso ese que me he inventado.
La primera fase es “está ocupado.” Te lo imaginas en una reunión perenne, de la que sólo puede salir porque tiene que entrar en otra reunión y cuando sale de la última reunión, le dice su jefe que mañana tiene otra de suma importancia y que tiene que pasarse la noche trabajando en ella. Y que al despertarse no le despierta el despertador, si no su jefe otra vez para decirle que tiene que añadir cinco puntos más al orden del día de la reunión número 27 que tiene después de las otras 26 y el pobre está todo el día trabajando.
Pero claro, cuando ya llevas días y hasta semanas convencida de que está ocupado, pues pasas a la segunda fase que es “se ha quedado sin saldo”. Si tienes la mala suerte de que tu raciocinio te recuerde que tiene un móvil de empresa, pues lo sustituyes rápidamente por “se ha quedado sin móvil”. Esto se aplica a la adsl, que en esta fase, se le ha estropeado. Y a un potentísimo virus en su PC de empresa que se ha cargado el Messenger, Hotmail, y hasta el pc de empresa entero. También en esta fase te convences de que ha perdido tu teléfono y no sabe cómo recuperarlo porque claro, como no tiene PC, pues no te puede mandar ni un triste mail pidiéndote tu teléfono de nuevo.
Evidentemente, ni Telefónica ni sus competidores son tan malos como para tenerle tantos días incomunicado, así que te lanzas directamente a la fase “es que le ha pasado algo que le impide llamarme.” Un secuestro es la primera opción, te lo imaginas en un zulo en el que tiene que convivir con siete secuestrados más y con que el presidente del país lleva no sé cuántos días negociando para que los suelten. Si oyes la noticia de un secuestro en Etiopía, forzosamente ha de ser él, aunque en su puta vida haya ido a Etiopía. Otra opción, cuando esta te parece una chorrada, es que le han despedido y se ha deprimido tanto que no tiene ni fuerzas para llamar.
Le ves tomando Prozac, Seroxat, Diazepam y Trankimazin todo junto, medio zombi y empastillado, y llorando cuando no está empastillado porque está deprimido. Pobrecito, y tú preocupándote de que no te llama, con lo mal que lo está pasando.
Descartada la posibilidad tras varias semanas más, te das cuenta de lo peor: la fase “ha tenido un accidente.” Está en el hospital con tres venas cogidas y suero a gogó, la cara enyesada y la pata amputada. Ha perdido la memoria y no sabe quién es. Y además tiene un salpullido rarísimo por el que están pensando en llamar al Doctor House.
Sí, es eso.
Pero no, porque si estuviera así, alguien te habría avisado.
Así que entras en la última fase: “se ha muerto.”
Te pones a llorar y te pones a mirar las esquelas compulsivamente.
Y cuando ya estás hasta el gorro de pensar imbecilidades, te dices a ti misma… ¡quizás simplemente no ha pensado en ti y no tiene ningunas ganas de llamarte!
Já. Eso es imposible.
Definitivamente, está secuestrado en Etiopía.
Me voy a llamar a Zapatero, a ver qué tal van las negociaciones…
Sí, ya sé que el título es un poco largo, pero es mi titulo, y a mi las cosas me gustan largas.
Al tema del proceso ese que me he inventado.
La primera fase es “está ocupado.” Te lo imaginas en una reunión perenne, de la que sólo puede salir porque tiene que entrar en otra reunión y cuando sale de la última reunión, le dice su jefe que mañana tiene otra de suma importancia y que tiene que pasarse la noche trabajando en ella. Y que al despertarse no le despierta el despertador, si no su jefe otra vez para decirle que tiene que añadir cinco puntos más al orden del día de la reunión número 27 que tiene después de las otras 26 y el pobre está todo el día trabajando.
Pero claro, cuando ya llevas días y hasta semanas convencida de que está ocupado, pues pasas a la segunda fase que es “se ha quedado sin saldo”. Si tienes la mala suerte de que tu raciocinio te recuerde que tiene un móvil de empresa, pues lo sustituyes rápidamente por “se ha quedado sin móvil”. Esto se aplica a la adsl, que en esta fase, se le ha estropeado. Y a un potentísimo virus en su PC de empresa que se ha cargado el Messenger, Hotmail, y hasta el pc de empresa entero. También en esta fase te convences de que ha perdido tu teléfono y no sabe cómo recuperarlo porque claro, como no tiene PC, pues no te puede mandar ni un triste mail pidiéndote tu teléfono de nuevo.
Evidentemente, ni Telefónica ni sus competidores son tan malos como para tenerle tantos días incomunicado, así que te lanzas directamente a la fase “es que le ha pasado algo que le impide llamarme.” Un secuestro es la primera opción, te lo imaginas en un zulo en el que tiene que convivir con siete secuestrados más y con que el presidente del país lleva no sé cuántos días negociando para que los suelten. Si oyes la noticia de un secuestro en Etiopía, forzosamente ha de ser él, aunque en su puta vida haya ido a Etiopía. Otra opción, cuando esta te parece una chorrada, es que le han despedido y se ha deprimido tanto que no tiene ni fuerzas para llamar.
Le ves tomando Prozac, Seroxat, Diazepam y Trankimazin todo junto, medio zombi y empastillado, y llorando cuando no está empastillado porque está deprimido. Pobrecito, y tú preocupándote de que no te llama, con lo mal que lo está pasando.
Descartada la posibilidad tras varias semanas más, te das cuenta de lo peor: la fase “ha tenido un accidente.” Está en el hospital con tres venas cogidas y suero a gogó, la cara enyesada y la pata amputada. Ha perdido la memoria y no sabe quién es. Y además tiene un salpullido rarísimo por el que están pensando en llamar al Doctor House.
Sí, es eso.
Pero no, porque si estuviera así, alguien te habría avisado.
Así que entras en la última fase: “se ha muerto.”
Te pones a llorar y te pones a mirar las esquelas compulsivamente.
Y cuando ya estás hasta el gorro de pensar imbecilidades, te dices a ti misma… ¡quizás simplemente no ha pensado en ti y no tiene ningunas ganas de llamarte!
Já. Eso es imposible.
Definitivamente, está secuestrado en Etiopía.
Me voy a llamar a Zapatero, a ver qué tal van las negociaciones…
Despertar.
Me llaman a las cinco de la tarde: tienes billete para mañana. ¿Billete? ¿Mañana? ¿Para? ¿Ante, cabo, con, desde? Ah, no, que estas son las preposiciones. No quiero. Pero tienes que ir. Pues no quiero. Pues vas, que para eso te pago. Pues yo quiero que me pagues pero no quiero ir. Pues irás sin querer ir. Vale, tú ganas, eres el jefe.
¿Qué ciudad dijiste? Es por tirar de chorbo agenda. ¿Álex? No, come con las patatas fritas con las manos. ¿Mario? Ni de coña, la última vez pidió coca cola para cenar. ¿Qué tal si llamo a Ernesto? No, no. Aun recuerdo cómo se empeñó en hacer el salto del tigre desde un armario empotrado. Bah, vaya mierda chorbo agenda tengo.
Llamaré al tío ese del blog vecino. Me manda mails diciéndome que quiere saber la verdad acerca de mi talla de sujetador. Llevo mucho sin llevarme bocado a la boca, tengo ganas de marcha, de hombre, de risas, de vino caro y de cena improvisada.
El blog vecino dice que vale, que me saca a cenar a cambio de mis sujetadores. Le digo que si pide el vino adecuado, le regalo la colección entera de La Perla. Me dice que llegará tarde porque se va a hacer un curso de cata de vinos urgente.
Quedamos a las nueve de la noche, en un pequeño restaurante con aromas de azafrán y setas de otoño. Es mono. Pequeñito. Pero mono. El blog vecino, no el restaurante.
Charlamos de gilipolleces. En los entrantes, trabajo. En el plato principal, blogs. En el postre, tamaños de pollas y tetas. Si es que el jodido escogió bien el vino, ¡qué le vamos a hacer!
Me pregunta si puede darme el helado de menta regado con chocolate caliente. Bueno, vale. Alza la cucharilla, la rellena lentamente de esa mezcla perfecta de verde y marrón oscuro, casi negro. Avanza su cuerpo menudo sobre la mesa. Coloca la cuchara en mi boca. Espera, dice, lento, hazlo lento. Saboreo la tentación hecha comida, primero con los labios. Me recreo, espero a que el sabor inunde mi lengua. Me estremece el frío roto con el calor de sus ojos clavados en mi escote. Bésame, joder.
Pasa su lengua perfecta por la mezcla aun en la comisura de mis labios. Luego sigue un poquito más adentro, rozando con su saliva la mía. Y me atrapa entre sus labios. Vámonos.
No había deseado tanto encontrar un taxi en mi vida. Una vez en él le pregunto si me desea. ¿Me deseas? Como nunca he deseado a nadie. Mentiroso. Me gusta cuando me mientes así, porque tus ojos delatan que tú mismo te lo crees.
Me besa en el taxi, tan largo y tan húmedo que de pronto quiero que el taxi no llegue nunca. Parece que no hay mundo más allá de este sonido de labios apasionados. Eres preciosa. Lo dice mientras me acaricia el cabello. Como preámbulo de otro beso. Todo se reduce a eso: sus palabras que me hacen temblar y sus besos que me hacen vibrar. En su casa, parece que no hay tiempo para llegar. Lento, lento. Como el helado deshaciéndose en mi boca.
Abre la puerta. ¿Sabes cuánto deseo follarte, Amanda? ¿Tanto como yo a ti?
La noche se abre a los susurros de sus expertos labios sobre mi cuerpo, sobre mis pechos, sobre mi sexo. La quebramos con mis orgasmos ahogados en su boca y en su polla, que me inunda de su placer. Es pura conexión, pura química, pura pasión.
Agotados. Finalizados. Acabados. El sueño nos vence.
Sabes, me dice, quiero dormir para que vuele el tiempo y poder despertar de nuevo a tu lado para volver a hacerte el amor.
Duerme, le digo, yo te espero.
La mañana se vuelve salvaje, inaudita, única. No nos importa joder la madrugada a los vecinos con gritos de placer y de lujuria. Su boca sobre mi coño, su polla en mi boca.
Las ocho. Me voy, se supone he venido a trabajar.
Te llamaré, me dice.
No lo estropees, blog vecino, ha sido demasiado perfecto.
Pero yo quiero volver a llamarte.
Pero yo no quiero esperarte. Sólo quiero que vuelvan a unirse tus palabras, con tus besos y con mi entrega.
Me besa en el umbral de la puerta. Me dice “adiós, pero te llamaré.” Sonrío.
Son las ocho y cuarto… y acabo de despertar de un sueño.
(y no es en sentido figurado, cotillas. Es que esto, sólo ha sido un sueño.)
¿Qué ciudad dijiste? Es por tirar de chorbo agenda. ¿Álex? No, come con las patatas fritas con las manos. ¿Mario? Ni de coña, la última vez pidió coca cola para cenar. ¿Qué tal si llamo a Ernesto? No, no. Aun recuerdo cómo se empeñó en hacer el salto del tigre desde un armario empotrado. Bah, vaya mierda chorbo agenda tengo.
Llamaré al tío ese del blog vecino. Me manda mails diciéndome que quiere saber la verdad acerca de mi talla de sujetador. Llevo mucho sin llevarme bocado a la boca, tengo ganas de marcha, de hombre, de risas, de vino caro y de cena improvisada.
El blog vecino dice que vale, que me saca a cenar a cambio de mis sujetadores. Le digo que si pide el vino adecuado, le regalo la colección entera de La Perla. Me dice que llegará tarde porque se va a hacer un curso de cata de vinos urgente.
Quedamos a las nueve de la noche, en un pequeño restaurante con aromas de azafrán y setas de otoño. Es mono. Pequeñito. Pero mono. El blog vecino, no el restaurante.
Charlamos de gilipolleces. En los entrantes, trabajo. En el plato principal, blogs. En el postre, tamaños de pollas y tetas. Si es que el jodido escogió bien el vino, ¡qué le vamos a hacer!
Me pregunta si puede darme el helado de menta regado con chocolate caliente. Bueno, vale. Alza la cucharilla, la rellena lentamente de esa mezcla perfecta de verde y marrón oscuro, casi negro. Avanza su cuerpo menudo sobre la mesa. Coloca la cuchara en mi boca. Espera, dice, lento, hazlo lento. Saboreo la tentación hecha comida, primero con los labios. Me recreo, espero a que el sabor inunde mi lengua. Me estremece el frío roto con el calor de sus ojos clavados en mi escote. Bésame, joder.
Pasa su lengua perfecta por la mezcla aun en la comisura de mis labios. Luego sigue un poquito más adentro, rozando con su saliva la mía. Y me atrapa entre sus labios. Vámonos.
No había deseado tanto encontrar un taxi en mi vida. Una vez en él le pregunto si me desea. ¿Me deseas? Como nunca he deseado a nadie. Mentiroso. Me gusta cuando me mientes así, porque tus ojos delatan que tú mismo te lo crees.
Me besa en el taxi, tan largo y tan húmedo que de pronto quiero que el taxi no llegue nunca. Parece que no hay mundo más allá de este sonido de labios apasionados. Eres preciosa. Lo dice mientras me acaricia el cabello. Como preámbulo de otro beso. Todo se reduce a eso: sus palabras que me hacen temblar y sus besos que me hacen vibrar. En su casa, parece que no hay tiempo para llegar. Lento, lento. Como el helado deshaciéndose en mi boca.
Abre la puerta. ¿Sabes cuánto deseo follarte, Amanda? ¿Tanto como yo a ti?
La noche se abre a los susurros de sus expertos labios sobre mi cuerpo, sobre mis pechos, sobre mi sexo. La quebramos con mis orgasmos ahogados en su boca y en su polla, que me inunda de su placer. Es pura conexión, pura química, pura pasión.
Agotados. Finalizados. Acabados. El sueño nos vence.
Sabes, me dice, quiero dormir para que vuele el tiempo y poder despertar de nuevo a tu lado para volver a hacerte el amor.
Duerme, le digo, yo te espero.
La mañana se vuelve salvaje, inaudita, única. No nos importa joder la madrugada a los vecinos con gritos de placer y de lujuria. Su boca sobre mi coño, su polla en mi boca.
Las ocho. Me voy, se supone he venido a trabajar.
Te llamaré, me dice.
No lo estropees, blog vecino, ha sido demasiado perfecto.
Pero yo quiero volver a llamarte.
Pero yo no quiero esperarte. Sólo quiero que vuelvan a unirse tus palabras, con tus besos y con mi entrega.
Me besa en el umbral de la puerta. Me dice “adiós, pero te llamaré.” Sonrío.
Son las ocho y cuarto… y acabo de despertar de un sueño.
(y no es en sentido figurado, cotillas. Es que esto, sólo ha sido un sueño.)
La tribu de los dos perros sueltos.
Proliferan por mi ciudad como si fueran setas en un bosque otoñal. Sólo que mi ciudad no es un bosque y ellos están presentes en cualquier época del año. Y es que, de un tiempo a esta parte, forman parte del paisaje compartiendo espacio con las mamás todoterreno ostentoso con un bebé minúsculo como único pasajero.
Son los integrantes de la tribu de los dos perros sueltos.
Estos elementos tienen muchas características en común. Lo primero: el pelo sucio. Largo, corto, teñido, con rastas o rizado, no importa: es imprescindible llevarlo sucio. A juego con los zapatos de hace doce años rotos por algún lado. Cuanto más sucio el pelo y más rotos los zapatos, más integrados se sienten.
Como ornamenta clásica, una camiseta negra rota por la manga. No puede estar rota por el sobaco o por el cuello: siempre es la manga. De todos es conocidos que los miembros de la tribu se reúnen por las noches para romperse la camiseta negra por la manga. Algunos apuntan a que es un rito ancestral. Yo apunto a que son unos puñeteros guarros.
Pero lo más curioso y característico de la tribu son sus dos perros sueltos. Nunca son tres ni siete ni uno. Son siempre dos. No importa cuántos integrantes paseen. Perros: dos. Uno pudiera pensar que cada elemento de la pareja de esta tribu aporta su perro. Pero no. Noooo. Si van tres, son dos perros. Si van siete, siguen siendo dos perros. Si va uno, son dos perros. Y siempre sueltos. Y siempre sucios. Y siempre distintos.
Teorías diversas dicen que quizás un perro parió y se quedaron a una de las crías. Pero no, amigos, no. Es imposible que el perro pequeño sucio de color blanco sea hijo legítimo del perro grande color negro. Y por qué cojones van siempre sueltos? Y por qué son dos? No se sabe, grandes estudiosos del tema han dedicado sus tesis doctorales a ellos con hipótesis poco o nada contrastadas. Por ejemplo, es famosa la tesis de aquel predoctorado titulada: “las correas se perdieron cuando intentaban romperse la manga de la camiseta: estudio de un caso único.” Pero no pudo corroborar su idea inicial.
Su habitat natural es una casa que okupan por la puta cara. Ellos y sus dos perros sueltos. Y por qué cojones no se pierden los perros? Otro misterio por resolver, porque por mucho que vayan sueltos, siguen a sus amos allá donde vayan. Si van al super, allí están los perros esperando en la puerta mientras ellos compran Xibecas y latas de fabada para hacer la comida a los demás miembros. Que llega la del todoterreno? Pues se jode tratando de esquivar a los dos putos perros sucios en la puerta sueltos.
A ellos les da igual. El derecho a una vivienda indigna (pestilente, sucia, degradada, repleta de cacharros infectos y de pulgas de perros –sueltos) les da derecho a ir por la ciudad pasándose por el forro de los pantalones rotos las mínimas normas de convivencia.
Porque yo soy una gran amante de los animales. De los perros también. Pero no de los perros sueltos sucios y babosos de la tribu objeto de este post.
Y por qué me he dedicado a escribir esta gilipollez en lugar de hablar de mi último ligue? Porque hoy uno de los perritos de los macarras estos casi se merienda mi pantorilla. Iba a decirle al dueño zarrapastroso que hiciera el favor de atar a los dos perritos de marras, pero en ese momento ha cruzado a toda velocidad una bicicleta conducida por una guiri que se había saltado tres semáforos en rojo y casi me la pego contra un todoterreno conducido por una mamá super mega pija.
Busco tribu. Los que no pertenecemos a ninguna estamos de capa caída. O las amantes somos todas iguales también y eso nos conforma como tribu?
No sé, me voy a tomar a un Chivas.
Imagina…
Acudes a un clásico evento social. Una fiesta, una cena, un compromiso lúdico laboral, unas copas con unos amigos, no importa.
Buen ambiente, buena música, buen apetito o mejores vinos. Conversación en línea y chicas en línea también. Te presentan a Amanda. Al principio no puedes dejar de imaginar esos labios en tu polla, tiene un efecto sexy, sensual, algo que invita irremediablemente al sexo. Luego la charla es amena: es divertida, dobla tus ironías, apuesta fuerte, es atrevida, quizás incluso inteligente. Hablas con ella de ese amigo común. No sabes cómo te has plantado en la clásica conversación sexo-hombres-sexo-mujeres. Te excita. No tienes compromiso ni pareja, ni ganas de dormir solo esta noche. Ella te hace sentir un machote, se ríe en todas tus bromas, no sabes si las entiende, pero se ríe, y te mira, coquetea, te seduce. Y te gusta.
El beso llega de pronto, no te lo esperabas pero lo deseabas. Te dice: “bueno, y si tan bonitos son mis labios… ¿por qué no los pruebas?” Te tiene un rato más a la espera, no sabes cuánto va a tardar en meterse en tu cama. Hasta que casi de madrugada, cuando llevas dos copas (has obviado la tercera, no quieres que la cosa no salga bien), ella te propone que le invites a conocer tus sábanas. “Apuesto que son marrones” dice. Te ríes, tú sabes que son blancas.
Llevas seis meses sin follar, seis. Estás tan encendido que no sabes si vas a llegar con tu erección intacta al pasillo. En el umbral, ella ya se ha lanzado, ni siquiera ha pedido permiso, te mete mano entre el vaquero, te roza la polla, juega con ella a través de tus calzoncillos y entonces te desnuda entero.
Le pides que se estire en tu sofá, subes falda, bajas bragas, pero ella se lanza de nuevo a tu polla, empieza a comérsela, joder, qué bien, te encanta, vas a correrte en cualquier momento, pero no, cuando estás a punto te dice que quiere que se la metas, bueno, mejor, preservativo rápido, y se coloca sobre ti, se mueve un poquito arriba otro abajo, delante, detrás, uffff, estás a punto… Y entonces escuchas como te dice “me corro, cariño” y pumm, un orgasmo ensordecedor. Ahora es la tuya, piensas. Pero ella de pronto y sin avisar, se retira de ti. Te besa en los labios.
- Voy al lavabo, perdona.
Tarda un ratito, intuyes se está limpiando. Sigues erecto, pero se te ha bajado un poco porque tarda mucho. Parece que oyes sus pasos, vuelve. Tu turno. Pero ella se enciende un cigarrillo a tu lado, te dice “has estado muy bien”, bueno, sí, pero ¿y yo qué? Así que la besas un poco, cuestión de motivarla. Le besas los pechos, los brazos, te meriendas su hombro izquierdo, sientes que ella se excita de nuevo, ummm qué ganas de volver a metérsela. Entonces te dice: “cómeme”.
Bueno, vale. Abres sus piernas y empiezas a comerle el clítoris que sabe tan rico, estás muy cachondo y según los suspiros de ella, está a punto para volver a follar. Vas a levantar tu cabeza pero ella de pronto la sujeta, se pone a marcar un ritmo, presiona, te dice “sigue, sigue, me voy a correr otra vez” y zasss orgasmo que hace temblar las paredes. Está satisfecha, qué bien, ahora si que te toca a ti, se la vas a meter hasta el fondo, tienes una ganas de correrte impresionantes, estás tan a punto.
Pero ella se levanta de nuevo, ¿dónde va? Aparece con otro cigarro, te vuelve a besar en los labios y te dice “qué bueno eres comiéndome el coñito.” Bueno, necesita su tiempo, es normal, la cogerás por sorpresa en medio minuto, que se fume el cigarro, que le vas a pedir que te la coma hasta el final ella a ti.
Fuma en silencio y de pronto dice: “bueno, cariño, me tengo que ir”
- ¿Por qué? ¿Dónde vas?
- Oh, a mi casa. Lo hemos pasado bien, y de verdad que me pareces encantador, pero no quiero ninguna relación seria ahora mismo. No te lo tomes a mal, si quieres podemos ir a tomar café algún día, e incluso repetir si a los dos nos apetece.
- Ya, ya. Bueno, vale.
- Dame tu teléfono, te llamaré.
Le das tu número, aun desconcertado. Se viste en medio minuto, mientas lo hace te sonríe. No te jode, tan satisfecha que se va la tía.
Al marcharse le acompañas a la puerta, por cortesía. Te besa en la boca, “mmm, guapo, que eres un diós en la cama” y se va.
Y te quedas solo, sin orgasmo, sin mamada y sin posibilidad alguna de volver a ver a Amanda.
¿Jode, verdad?
Pues así lo vivimos las mujeres, lamentablemente, la mayoría de las veces.
Buen ambiente, buena música, buen apetito o mejores vinos. Conversación en línea y chicas en línea también. Te presentan a Amanda. Al principio no puedes dejar de imaginar esos labios en tu polla, tiene un efecto sexy, sensual, algo que invita irremediablemente al sexo. Luego la charla es amena: es divertida, dobla tus ironías, apuesta fuerte, es atrevida, quizás incluso inteligente. Hablas con ella de ese amigo común. No sabes cómo te has plantado en la clásica conversación sexo-hombres-sexo-mujeres. Te excita. No tienes compromiso ni pareja, ni ganas de dormir solo esta noche. Ella te hace sentir un machote, se ríe en todas tus bromas, no sabes si las entiende, pero se ríe, y te mira, coquetea, te seduce. Y te gusta.
El beso llega de pronto, no te lo esperabas pero lo deseabas. Te dice: “bueno, y si tan bonitos son mis labios… ¿por qué no los pruebas?” Te tiene un rato más a la espera, no sabes cuánto va a tardar en meterse en tu cama. Hasta que casi de madrugada, cuando llevas dos copas (has obviado la tercera, no quieres que la cosa no salga bien), ella te propone que le invites a conocer tus sábanas. “Apuesto que son marrones” dice. Te ríes, tú sabes que son blancas.
Llevas seis meses sin follar, seis. Estás tan encendido que no sabes si vas a llegar con tu erección intacta al pasillo. En el umbral, ella ya se ha lanzado, ni siquiera ha pedido permiso, te mete mano entre el vaquero, te roza la polla, juega con ella a través de tus calzoncillos y entonces te desnuda entero.
Le pides que se estire en tu sofá, subes falda, bajas bragas, pero ella se lanza de nuevo a tu polla, empieza a comérsela, joder, qué bien, te encanta, vas a correrte en cualquier momento, pero no, cuando estás a punto te dice que quiere que se la metas, bueno, mejor, preservativo rápido, y se coloca sobre ti, se mueve un poquito arriba otro abajo, delante, detrás, uffff, estás a punto… Y entonces escuchas como te dice “me corro, cariño” y pumm, un orgasmo ensordecedor. Ahora es la tuya, piensas. Pero ella de pronto y sin avisar, se retira de ti. Te besa en los labios.
- Voy al lavabo, perdona.
Tarda un ratito, intuyes se está limpiando. Sigues erecto, pero se te ha bajado un poco porque tarda mucho. Parece que oyes sus pasos, vuelve. Tu turno. Pero ella se enciende un cigarrillo a tu lado, te dice “has estado muy bien”, bueno, sí, pero ¿y yo qué? Así que la besas un poco, cuestión de motivarla. Le besas los pechos, los brazos, te meriendas su hombro izquierdo, sientes que ella se excita de nuevo, ummm qué ganas de volver a metérsela. Entonces te dice: “cómeme”.
Bueno, vale. Abres sus piernas y empiezas a comerle el clítoris que sabe tan rico, estás muy cachondo y según los suspiros de ella, está a punto para volver a follar. Vas a levantar tu cabeza pero ella de pronto la sujeta, se pone a marcar un ritmo, presiona, te dice “sigue, sigue, me voy a correr otra vez” y zasss orgasmo que hace temblar las paredes. Está satisfecha, qué bien, ahora si que te toca a ti, se la vas a meter hasta el fondo, tienes una ganas de correrte impresionantes, estás tan a punto.
Pero ella se levanta de nuevo, ¿dónde va? Aparece con otro cigarro, te vuelve a besar en los labios y te dice “qué bueno eres comiéndome el coñito.” Bueno, necesita su tiempo, es normal, la cogerás por sorpresa en medio minuto, que se fume el cigarro, que le vas a pedir que te la coma hasta el final ella a ti.
Fuma en silencio y de pronto dice: “bueno, cariño, me tengo que ir”
- ¿Por qué? ¿Dónde vas?
- Oh, a mi casa. Lo hemos pasado bien, y de verdad que me pareces encantador, pero no quiero ninguna relación seria ahora mismo. No te lo tomes a mal, si quieres podemos ir a tomar café algún día, e incluso repetir si a los dos nos apetece.
- Ya, ya. Bueno, vale.
- Dame tu teléfono, te llamaré.
Le das tu número, aun desconcertado. Se viste en medio minuto, mientas lo hace te sonríe. No te jode, tan satisfecha que se va la tía.
Al marcharse le acompañas a la puerta, por cortesía. Te besa en la boca, “mmm, guapo, que eres un diós en la cama” y se va.
Y te quedas solo, sin orgasmo, sin mamada y sin posibilidad alguna de volver a ver a Amanda.
¿Jode, verdad?
Pues así lo vivimos las mujeres, lamentablemente, la mayoría de las veces.
... y malos putos.
No veo Gran Hermano hace mucho tiempo, no porque me considere muy por encima de este tipo de programas, qué va, simplemente porque me aboné a Digital + hace dos años y tiré el cable de la antena para la televisión en abierto a la basura.
Desde entonces ni telecinco, ni antena 3, ni muchas otras forman parte de mis posibilidades de elección televisiva. Me dedico únicamente a Calle 13, AXN, Fox y Jetix (por obligación maternal.)
El caso es que leyendo a Sexólogo me he enterado de que este año hay un transexual y me he ido a cotillear la página de telecinco para ver cómo era la chica, porque recuerdo un transexual inverso hace años (mujer que se sentía y comportaba como un hombre) y era muy poco masculino, casi como forzando su masculinidad no sólo en ropa y maneras, si no en diálogos esperpénticos del tipo “joder tío hay que ver el culo que tiene esa.” Sentía, por tanto, la curiosidad morbosa de saber si, este año, la chica transexual era visiblemente femenina, que no forzosamente feminizada.
Bueno, pues el tema de esta mujer ha quedado completamente desplazado en mi mente al leer que uno de los chicos ha dado calabazas a una de las chicas (que no era la transexual, creo haber entendido, que me hago un lío) diciendo que era, entre otras cosas “chiquitilla y celulítica.”
Buag, no vomito porque no tengo qué vomitar. Pero la frase me ha revuelto las tripas.
¿Se puede ser más imbécil?
A todos nos entra la belleza por los ojos y la belleza va supeditada a montones de preceptos subjetivos. Por poner un ejemplo, mis dos iconos de belleza masculina son Keanu y mi idolatrado Vincent D’Onofrio (ahora me empieza a tirar también mucho James Spader en su rol Allan Shore en Boston Legal) y si alguien encuentra algún parecido a estos tres con Luis, o entre ellos, me lo cuente.
Porque la belleza, además de subjetiva tiene un halo de tolerancia, de maquillaje egodistónico, de un “hacia fuera”, de un interior, de palabras y de mente, de maneras de caminar, de voces, sonidos y gestos.
Y en todo eso, la celulitis tiene un papel terciario, casi anecdótico. Y quien vea bolitas de grasa en una mujer como la rechazada, que me ha parecido tirando a monísima, es que es un imbécil rematado. Sin más.
Que la rechace por estúpida, gilipollas, plasta o enferma mental, que diga que no siente nada, que no le aporta, que le molesta su presencia. Que diga que no puede con ella, que su comportamiento le repatea, que no le gusta, que no le excita. Que diga todo eso es lícito.
Pero que diga que es celulítica sólo tiene sentido en una persona sin alma.
Menos mal que no se ha cruzado por mis emociones el tipejo: porque entonces ni mi cabello rubio, ni mi capacidad de comunicar, ni mi sensualidad reconocida y reconocible, ni mi manera de pensar, de vivir y de amar hubieran servido de nada. Y es que yo, niña de Gran Hermano, no llores más, yo también tengo celulitis.
¿Y qué?
Desde entonces ni telecinco, ni antena 3, ni muchas otras forman parte de mis posibilidades de elección televisiva. Me dedico únicamente a Calle 13, AXN, Fox y Jetix (por obligación maternal.)
El caso es que leyendo a Sexólogo me he enterado de que este año hay un transexual y me he ido a cotillear la página de telecinco para ver cómo era la chica, porque recuerdo un transexual inverso hace años (mujer que se sentía y comportaba como un hombre) y era muy poco masculino, casi como forzando su masculinidad no sólo en ropa y maneras, si no en diálogos esperpénticos del tipo “joder tío hay que ver el culo que tiene esa.” Sentía, por tanto, la curiosidad morbosa de saber si, este año, la chica transexual era visiblemente femenina, que no forzosamente feminizada.
Bueno, pues el tema de esta mujer ha quedado completamente desplazado en mi mente al leer que uno de los chicos ha dado calabazas a una de las chicas (que no era la transexual, creo haber entendido, que me hago un lío) diciendo que era, entre otras cosas “chiquitilla y celulítica.”
Buag, no vomito porque no tengo qué vomitar. Pero la frase me ha revuelto las tripas.
¿Se puede ser más imbécil?
A todos nos entra la belleza por los ojos y la belleza va supeditada a montones de preceptos subjetivos. Por poner un ejemplo, mis dos iconos de belleza masculina son Keanu y mi idolatrado Vincent D’Onofrio (ahora me empieza a tirar también mucho James Spader en su rol Allan Shore en Boston Legal) y si alguien encuentra algún parecido a estos tres con Luis, o entre ellos, me lo cuente.
Porque la belleza, además de subjetiva tiene un halo de tolerancia, de maquillaje egodistónico, de un “hacia fuera”, de un interior, de palabras y de mente, de maneras de caminar, de voces, sonidos y gestos.
Y en todo eso, la celulitis tiene un papel terciario, casi anecdótico. Y quien vea bolitas de grasa en una mujer como la rechazada, que me ha parecido tirando a monísima, es que es un imbécil rematado. Sin más.
Que la rechace por estúpida, gilipollas, plasta o enferma mental, que diga que no siente nada, que no le aporta, que le molesta su presencia. Que diga que no puede con ella, que su comportamiento le repatea, que no le gusta, que no le excita. Que diga todo eso es lícito.
Pero que diga que es celulítica sólo tiene sentido en una persona sin alma.
Menos mal que no se ha cruzado por mis emociones el tipejo: porque entonces ni mi cabello rubio, ni mi capacidad de comunicar, ni mi sensualidad reconocida y reconocible, ni mi manera de pensar, de vivir y de amar hubieran servido de nada. Y es que yo, niña de Gran Hermano, no llores más, yo también tengo celulitis.
¿Y qué?
Malas putas.
(Inciso: Paco ha perdonado a la renovia. Y eso que era un convencido de: "yo no perdonaría jamás una infidelidad". Ahora habla de Luis de otra manera.. Fin del inciso)
Mañana tengo fiestita de críos, que son como las de mayores pero sin alcohol y sin posibilidad alguna de sexo, pero que básicamente son lo mismo: veinte personajes liándola y destrozándome el salón.
Que vengan los niños a casa no me molesta especialmente, yo me dedico a darles lo que me piden (agua, pan, más chocolate, ande está el water, y cosas así) y el resto del tiempo se lo pasan saltando por encima de las camas y alternando Plays, músicas que no entiendo y Messenger (pero con quién coño chateáis, si estáis todos aquí, eh eh eh?)
Lo que me molesta es el “momento mamis.”
Ese horrendo momento en que todas las mamás llegan más o menos a la misma hora para recoger a sus churumbelillos y mientras ellos dicen “espera mamá que me queda una pantalla para acabar el juego”, ellas se creen en la obligación de entablar conversación.
Hace unos años me hice amiga de la mamá de un niño que iba a la clase de mi hija porque me confesó que se había hecho un piercing en el clítoris y otro en los pezones. Era auténtica.
También me hice amiga de una que tenía dos amantes y lo mismo aparecía con uno que con otro y yo era la única que confundía los nombres y a Juan le llamaba Julio y a Julio, Juan, hasta que ella me dijo, es que son dos tíos distintos y no lo saben y me pareció casi más auténtica que la del piercing.
Pero aparte de eso soy la clásica mamá rara. Yo no hablo de las profes, ni del cole, ni de las colonias de verano y sobre todo soy muy rara porque no hablo de maridos. Porque ellas en esos momentos (en sus trabajos deben de ser la hostia de apasionantes) sólo hablan de niños y maridos. Pues mi marido se compró el nuevo BMW X5 y va y le hicieron una rebaja de 3.000 euros porque es el quinto BMW que se compra este año. ¡Qué me dices! A ver si mi marido espabila con el concesionario de Mercedes. Quita, loca, esos no te rebajan nada, en cambio a mi marido, como trabaja como abogado pues casi le regalan el Audi por llevar un caso. Anda, como el mío, que es arquitecto y le hizo la casa al dueño del concesionario Lexus.
Y yo diciendo: ¿y por qué pantalla vas, nene?
Una de ellas me preguntó una vez: “¿Y tú marido en qué trabaja?” y yo contesté: “es amo de casa” y se lo creyó y ahora va diciendo a todas que yo mantengo al marido que no tengo y por eso tengo un Citroën.
Hace unos meses traté de llegar muy tarde a una de esas fiestitas para recoger a mi niña pero no calculé bien y allí que me metí en plena conversación, todas mi marido esto y mi marido aquello y yo callada. Pero una de ellas empezó a hablar de un viaje, no recuerdo ni a dónde, yo sólo gritaba cada dos minutos compulsivamente “Lili vámonosssss” y ella venga a hablar y las otras, uys qué bonito, uys qué fuerte, uys se lo diré a mi marido.
El caso es que la mamá le ponía interés a su relato, casi llegó un momento en que le presté atención, pero no, pero casi, y después de esto dijo que se iba y se marchó.
Cuál fue mi sorpresa cuando una de las mamás restantes espetó a las otras (me incluyó por pena, creo, la rara que tiene un marido incógnito que es amo de casa): “Es que no puedo con ella, ¡tenía unas ganas de que se marchara!”
Y las muy zorras descojonadas. A carcajada limpia. Se tiraron diez minutos de reloj poniéndola verde. Y yo verde de malestar, claro.
De pronto una dijo: “así le va a la pobre desgraciada, divorciada es, con eso te lo digo todo.”
Y las otras, jiji, jajá. Malas putas.
Así que hablé por primera y última vez al corro de brujas: “pues entonces no entiendo bien lo del viaje. Porque está claro que se fue con un hombre. O… ¿no habéis visto la cara de bien follada que tiene? Se le nota una diferencia con vosotras…”
Ese silencio como respuesta me llevó a la innegable realidad de que hay grupos a los que nunca perteneceré.
Sobre todo desde que lo redondeé aleccionando a mi hija para que dijera que a su mamá le habían hecho una rebaja en el Jaguar que se había comprado por hacerle un favor al dueño del concesionario.
Lo que más me costó fue enseñarle a guiñar un ojito cuando dijera lo del “favor”…
Mañana tengo fiestita de críos, que son como las de mayores pero sin alcohol y sin posibilidad alguna de sexo, pero que básicamente son lo mismo: veinte personajes liándola y destrozándome el salón.
Que vengan los niños a casa no me molesta especialmente, yo me dedico a darles lo que me piden (agua, pan, más chocolate, ande está el water, y cosas así) y el resto del tiempo se lo pasan saltando por encima de las camas y alternando Plays, músicas que no entiendo y Messenger (pero con quién coño chateáis, si estáis todos aquí, eh eh eh?)
Lo que me molesta es el “momento mamis.”
Ese horrendo momento en que todas las mamás llegan más o menos a la misma hora para recoger a sus churumbelillos y mientras ellos dicen “espera mamá que me queda una pantalla para acabar el juego”, ellas se creen en la obligación de entablar conversación.
Hace unos años me hice amiga de la mamá de un niño que iba a la clase de mi hija porque me confesó que se había hecho un piercing en el clítoris y otro en los pezones. Era auténtica.
También me hice amiga de una que tenía dos amantes y lo mismo aparecía con uno que con otro y yo era la única que confundía los nombres y a Juan le llamaba Julio y a Julio, Juan, hasta que ella me dijo, es que son dos tíos distintos y no lo saben y me pareció casi más auténtica que la del piercing.
Pero aparte de eso soy la clásica mamá rara. Yo no hablo de las profes, ni del cole, ni de las colonias de verano y sobre todo soy muy rara porque no hablo de maridos. Porque ellas en esos momentos (en sus trabajos deben de ser la hostia de apasionantes) sólo hablan de niños y maridos. Pues mi marido se compró el nuevo BMW X5 y va y le hicieron una rebaja de 3.000 euros porque es el quinto BMW que se compra este año. ¡Qué me dices! A ver si mi marido espabila con el concesionario de Mercedes. Quita, loca, esos no te rebajan nada, en cambio a mi marido, como trabaja como abogado pues casi le regalan el Audi por llevar un caso. Anda, como el mío, que es arquitecto y le hizo la casa al dueño del concesionario Lexus.
Y yo diciendo: ¿y por qué pantalla vas, nene?
Una de ellas me preguntó una vez: “¿Y tú marido en qué trabaja?” y yo contesté: “es amo de casa” y se lo creyó y ahora va diciendo a todas que yo mantengo al marido que no tengo y por eso tengo un Citroën.
Hace unos meses traté de llegar muy tarde a una de esas fiestitas para recoger a mi niña pero no calculé bien y allí que me metí en plena conversación, todas mi marido esto y mi marido aquello y yo callada. Pero una de ellas empezó a hablar de un viaje, no recuerdo ni a dónde, yo sólo gritaba cada dos minutos compulsivamente “Lili vámonosssss” y ella venga a hablar y las otras, uys qué bonito, uys qué fuerte, uys se lo diré a mi marido.
El caso es que la mamá le ponía interés a su relato, casi llegó un momento en que le presté atención, pero no, pero casi, y después de esto dijo que se iba y se marchó.
Cuál fue mi sorpresa cuando una de las mamás restantes espetó a las otras (me incluyó por pena, creo, la rara que tiene un marido incógnito que es amo de casa): “Es que no puedo con ella, ¡tenía unas ganas de que se marchara!”
Y las muy zorras descojonadas. A carcajada limpia. Se tiraron diez minutos de reloj poniéndola verde. Y yo verde de malestar, claro.
De pronto una dijo: “así le va a la pobre desgraciada, divorciada es, con eso te lo digo todo.”
Y las otras, jiji, jajá. Malas putas.
Así que hablé por primera y última vez al corro de brujas: “pues entonces no entiendo bien lo del viaje. Porque está claro que se fue con un hombre. O… ¿no habéis visto la cara de bien follada que tiene? Se le nota una diferencia con vosotras…”
Ese silencio como respuesta me llevó a la innegable realidad de que hay grupos a los que nunca perteneceré.
Sobre todo desde que lo redondeé aleccionando a mi hija para que dijera que a su mamá le habían hecho una rebaja en el Jaguar que se había comprado por hacerle un favor al dueño del concesionario.
Lo que más me costó fue enseñarle a guiñar un ojito cuando dijera lo del “favor”…
Y seguimos con el culebrón.
Que me las prometía yo felices, después de tres cenas y sus correspondientes D.O. (miércoles Ribera del Duero, Jueves La Mancha, Viernes Utiel Requena) y venga a cháchara-terapia con mi amigo Paco cuando, ole mis consejos, la novia de Paco le llama para decirle que está arrepentida, que le quiere y que quiere volver con él.
Venga, Paco, a por el Cava Gramona III Lustros que tengo guardado para ocasiones especiales. Pero, claro, qué tontería, si te vas a reconciliar, lo lógico es que te de el Cava a ti y riegues con él los pechitos jóvenes y turgentes de tu re-novia. No, me dice Paco, que ella prefiere hoy quedar con sus amigas.
¿Desechar un III Lustros por unas amigas? Me suena raro. Muy raro. O peor, me suena familiar, demasiado familiar. Conocido. Como un regusto amargo. Todo me cuadra, qué cosas. Qué mierda, me cuadra demasiado.
- Paco… ¿y no será que tu novia catorce años menor que tú, se ha echado un rollete?
Paco me mira mal. Mezcla de odio y desprecio.
- Oye, Amanda, que no todos somos infieles como tu Luis.
Pienso que mi Luis no es infiel, es que yo le tiento. Y nos pimplamos el Gramona a la salud de todas las reconciliaciones de este planeta.
Por la mañana es Sonia quien me despierta. Son las nueve. No son horas para un sábado. Pero no se lo digo. Si llama a esas horas y en sábado, algo estará pasando.
- Amanda, Amanda, Amandaaaaaaaaaaaa!
- Niña, no me grites que tengo resaca.
- Amanda, que ayer vi a la renovia.
- A la de Paco?
- Que sí, que me la encontré dando un paseo por la noche.
- Pues yo me metí un D.O. Utiel Requena y un Gramona.
- Calla, jodida, que estoy fatal.
- ¿También tienes resaca?
- No, que a la renovia la vi comiéndose la boca de otro tío.
- No jodas. ¿Era ella?
- Sí. Me vio. Puso cara de “joder la acabo de fastidiar”
- La muy jodida. Y yo gastando un III Lustros por su feliz vida futura con Paco. La justicia no existe.
- ¿Cómo se lo cuento?
- ¿El qué?
- Lo del beso y el tío calvito.
- Pero, ¿y para qué vas a contárselo? Ayer estaba feliz y convencido de que nadie en este mundo es infiel a parte de Luis. Que por cierto, infiel no es que sea, sólo que yo le tiento.
- Calla, coño, no digas tonterías.
- Eh eh eh. Lo digo en serio: yo le tiento.
- Hablo de lo de no contárselo. Es nuestro amigo, tiene que saber la verdad.
- ¿Y qué vas a conseguir con ello? Si ella ha vuelto a sus brazos y él es feliz, ¿qué más da si se lía con el primo del quinto?
- Pues porque le está engañando.
Y aquí que nos tiramos una hora debatiendo acerca de si es mejor saberlo, no saberlo, vivir feliz en el engaño o desgraciado en la verdad. Si somos o no somos verdugos de relaciones que no son las nuestras. Si sabemos a ciencia cierta que es lo mejor para los que queremos. Si el dolor que vamos a provocar siempre será menor que la felicidad mentirosa del infiel.
Como no nos pusimos de acuerdo, le pedí que ella tomara la decisión que su mente, su cuerpo (andaba la mujer con diarrea mental y física desde el descubrimiento), y sus emociones le pidiera.
La moralidad y ética de cada uno es de cada uno, yo sólo podía confrontarla a la evidencia de que decidiera lo que decidiera, nada le garantizaba lo mejor para su amigo, porque no conocemos qué nos depara el futuro, y quizás, incluso, mi amigo Paco enviara a tomar por saco a su renovia en breve tiempo preso del desamor, sin dolor y sin llantos desconsolados.
Ella se lo contó en la segunda copa de la sobremesa. Yo había salido huyendo de allí, no presa del pánico, qué va, presa de la incomodidad de tener presente a mi hija con ellos y optar por una conversación adulta desprovista de críos que, ya en su momento, entenderán muchas cosas acerca de lo que es ser fiel y lo fácil que es dejar de serlo.
Por si acaso, unos minutos antes, cuando Sonia me dijo que le dejara a solas con él para contárselo, le dije que se sintiera muy tranquila si algún día le sucedía lo mismo referido a mí y a un hombre del que estuviera convencida es fiel y es a quien amo: yo no quiero saberlo.
Así que Sonia anotó. Conmigo callará.
Y mientras a Paco se le hundía el mundo por segunda vez en una semana, yo me fui a comprar una caja de seis botellas D.O. Somontano. Mi intuición y mi experiencia me dicen que las vamos a necesitar...
Venga, Paco, a por el Cava Gramona III Lustros que tengo guardado para ocasiones especiales. Pero, claro, qué tontería, si te vas a reconciliar, lo lógico es que te de el Cava a ti y riegues con él los pechitos jóvenes y turgentes de tu re-novia. No, me dice Paco, que ella prefiere hoy quedar con sus amigas.
¿Desechar un III Lustros por unas amigas? Me suena raro. Muy raro. O peor, me suena familiar, demasiado familiar. Conocido. Como un regusto amargo. Todo me cuadra, qué cosas. Qué mierda, me cuadra demasiado.
- Paco… ¿y no será que tu novia catorce años menor que tú, se ha echado un rollete?
Paco me mira mal. Mezcla de odio y desprecio.
- Oye, Amanda, que no todos somos infieles como tu Luis.
Pienso que mi Luis no es infiel, es que yo le tiento. Y nos pimplamos el Gramona a la salud de todas las reconciliaciones de este planeta.
Por la mañana es Sonia quien me despierta. Son las nueve. No son horas para un sábado. Pero no se lo digo. Si llama a esas horas y en sábado, algo estará pasando.
- Amanda, Amanda, Amandaaaaaaaaaaaa!
- Niña, no me grites que tengo resaca.
- Amanda, que ayer vi a la renovia.
- A la de Paco?
- Que sí, que me la encontré dando un paseo por la noche.
- Pues yo me metí un D.O. Utiel Requena y un Gramona.
- Calla, jodida, que estoy fatal.
- ¿También tienes resaca?
- No, que a la renovia la vi comiéndose la boca de otro tío.
- No jodas. ¿Era ella?
- Sí. Me vio. Puso cara de “joder la acabo de fastidiar”
- La muy jodida. Y yo gastando un III Lustros por su feliz vida futura con Paco. La justicia no existe.
- ¿Cómo se lo cuento?
- ¿El qué?
- Lo del beso y el tío calvito.
- Pero, ¿y para qué vas a contárselo? Ayer estaba feliz y convencido de que nadie en este mundo es infiel a parte de Luis. Que por cierto, infiel no es que sea, sólo que yo le tiento.
- Calla, coño, no digas tonterías.
- Eh eh eh. Lo digo en serio: yo le tiento.
- Hablo de lo de no contárselo. Es nuestro amigo, tiene que saber la verdad.
- ¿Y qué vas a conseguir con ello? Si ella ha vuelto a sus brazos y él es feliz, ¿qué más da si se lía con el primo del quinto?
- Pues porque le está engañando.
Y aquí que nos tiramos una hora debatiendo acerca de si es mejor saberlo, no saberlo, vivir feliz en el engaño o desgraciado en la verdad. Si somos o no somos verdugos de relaciones que no son las nuestras. Si sabemos a ciencia cierta que es lo mejor para los que queremos. Si el dolor que vamos a provocar siempre será menor que la felicidad mentirosa del infiel.
Como no nos pusimos de acuerdo, le pedí que ella tomara la decisión que su mente, su cuerpo (andaba la mujer con diarrea mental y física desde el descubrimiento), y sus emociones le pidiera.
La moralidad y ética de cada uno es de cada uno, yo sólo podía confrontarla a la evidencia de que decidiera lo que decidiera, nada le garantizaba lo mejor para su amigo, porque no conocemos qué nos depara el futuro, y quizás, incluso, mi amigo Paco enviara a tomar por saco a su renovia en breve tiempo preso del desamor, sin dolor y sin llantos desconsolados.
Ella se lo contó en la segunda copa de la sobremesa. Yo había salido huyendo de allí, no presa del pánico, qué va, presa de la incomodidad de tener presente a mi hija con ellos y optar por una conversación adulta desprovista de críos que, ya en su momento, entenderán muchas cosas acerca de lo que es ser fiel y lo fácil que es dejar de serlo.
Por si acaso, unos minutos antes, cuando Sonia me dijo que le dejara a solas con él para contárselo, le dije que se sintiera muy tranquila si algún día le sucedía lo mismo referido a mí y a un hombre del que estuviera convencida es fiel y es a quien amo: yo no quiero saberlo.
Así que Sonia anotó. Conmigo callará.
Y mientras a Paco se le hundía el mundo por segunda vez en una semana, yo me fui a comprar una caja de seis botellas D.O. Somontano. Mi intuición y mi experiencia me dicen que las vamos a necesitar...
Terapia amistosa.
Mi amigo Paco me llamó a las ocho de la tarde. Adiviné su llanto en el primer “hola” pero adivinar el porqué de su llanto me costó muchos “deja de llorar, serénate, o no voy a poder entenderte.”
Su novia, en la que había puesto no sólo sus ilusiones, si no también su determinación de ser, esta vez y por primera vez, la pareja perfecta, atenta, feliz, respetuosa, libre, cariñosa, sexual y divertida que pudiera garantizarle la complicidad de ella y su amor tranquilo, le había dejado repentinamente.
Mi amigo Paco tiene 37 años. Es un hombre fuerte, profesional, que ha sorteado todas esas vicisitudes de la vida sin perder el equilibrio, con cierto punto de vehemencia, atractivo en cierta forma por su desaire andaluz, que le otorga la pasión y la picardía al mismo tiempo, y es, sobre todo, un buen amigo. Pero mi amigo Paco no tenía consuelo. Su llanto me chirriaba como amiga y me alentaba como psicóloga a buscar una solución para contener su desilusión, la horrenda decepción de saber que, aunque no has cometido ningún error, el amor se trunca.
Nada te garantiza que él, ella, por muy completo y satisfecho que te haga creer que se siente, por muy enamorado o enamorada que se confiese, por muy participativa que sea su entrega, no se plante un día en tu casa y te mande a tomar por culo.
Con explicaciones burdas, con las de siempre: “esto va muy rápido y no estoy seguro de estar preparado para una relación así”, “no te merezco”, “enamorarme no entraba dentro de mis planes” y ese sin fin de blá blá que más que darte apoyo, te destroza por dentro.
Hice lo único que sé hacer en estos casos: echarle un poco de amiga y otro poco de psicóloga. En casa cenamos con vino y luego Chivas y más Chivas, y aunque yo no lo necesitaba, me cogí una cogorza del quince porque él sí lo necesitaba. O creía que lo necesitaba.
Después, le expliqué que cuando alguien te deja tan repentinamente, con excusas baratas y carentes de originalidad (¡qué distinto sería si nos dejasen diciendo que se han comprado una isla y no quieren compartirla con nadie!), el único consuelo del alma está en truncar la ruptura a la inversa, como si nosotros tomásemos la decisión.
Le pedí actuase con el razonamiento que ella no tuvo al precipitarse rompiéndole el corazón al hombre que, tres días apenas antes, le había paseado por su ciudad andaluza, alojado en casa de su familia, implicándola sin presión pero con comprensión en su mundo.
Un sms bastó para darle la vuelta a la tortilla:
“Quiero que pienses bien en si debes o no tomar una decisión tan drástica. Respira, piensa, y elige. En quince días te llamaré e iremos juntos a tomar una cervecita, un café o una fanta (esto lo escribí con algo de mala leche, algunos ya me entienden). Y entonces decidiremos si realmente la ruptura es la solución.”
Su ya exnovia lleva desde entonces mandando mensajes de arrepentimiento.
Ahora le toca a Paco pensar en si desea en su vida a una mujer que elige cualquier momento para enviarle a la mierda.
No sé si mis consejos terapéuticos fueron los oportunos.
Pero mi amigo Paco ha pasado en dos días de estar triste y hundido, a estar simplemente reflexivo.
Y ha dejado de llorar.
Sexo, del malo.
No sirve de mucho todo eso de la liberación sexual de la mujer si los hombres se benefician de ella pero siguen sin hacernos caso.
Algunos, algunos.
Como en todo, en la cama los hay buenos, muy buenos, regulares, malos y malísimos, no pretendo generalizar.
Pero si nos concentramos en los regulares tirando a malos malísimos, se da la circunstancia de que están encantados con mujeres activas, de iniciativas tomadas, siempre en beneficio propio.
Ejemplo: aquí el típico tío machote con pollón en ristre encantado de que ella se ponga a cabalgarle y a susurrarle al oído “métemela hasta el fondo, encanto” y el tío pensando “joder, que machote estoy hecho, que me tiro a la churri esta en plan Rocco” y claro, pedazo de orgasmo masculino pero y ella, ¿qué?
Estaría bien hacer un mitad-mitad, ahora nos dedicamos a ti, y te hacemos una buena mamadita hasta el final, de esas que te gustan, mirándote a los ojos mientras disfrutamos de tu placer, y ahora nos dedicamos a mí, y me haces lo mismo (bueno, no me mires si te resulta demasiado complicado) pero no me dejes en un preambulito de esos para luego acabar en penetración y otro orgasmo pa’ti, que ya llevamos dos tuyos y cero míos y digo yo que la igualdad sexual no va a ser eso.
El sexo es egoísta, sin duda. Pero en la entrega tenemos que ser todos conscientes, hombres y mujeres, que regalamos el placer al otro y no pasa nada por no obtener el propio, ya que si acordamos empatar en esto del partido sexual, pues tú uno y yo otro, yo te doy y tú me das.
No es tan complicado.
Lo complicado es encontrar a hombres capaces de entender este simple concepto: si tú te corres, yo también.
Como nosotras no somos todas de orgasmo fácil (algunas incluso son complicadas), podemos echarle un par de tetas al tema, llevarnos a la cama un buen anillo vibrador para estimularnos, mantener un espacio suficiente para utilizar bien nuestras manos al mismo tiempo, exigir (sí, sí, he dicho “exigir”) que el precalentamiento clásico sea un fin en sí mismo, en definitiva, no conformarse con menos que un placer compartido.
Por eso yo creo que los buenos amantes masculinos son aquellos que atienden nuestras peticiones sin poner cara de “joder, ¿ahora? Pero si yo lo que quiero es dormir” como el novio de una amiga que tras correrse con ella la primera noche la abrazó, le besó en los labios y le dijo “y ahora, preciosa, nos vamos a dedicar a ti.”
Ni que decir tiene que mi amiga lleva una sonrisa perenne y se le ha ido toda la mala leche esa que se gastaba antes de conocerle.
Y que el resto nos morimos de envidia.
Y eso que me consta que muchas de las del “resto” somos de las que pedimos. Otra cosa es que ellos, a pesar de que así debiera ser, nos hagan caso.
Yo mantengo la teoría de que cuando nos recostamos sobre un hombre buscando carantoñas lo que estamos buscando no es conversación, ni amor, ni cariñitos, si no un buen orgasmo que en demasiadas ocasiones nos quedamos sin tener porque él ya ha terminado y lo que le presta es, como mucho, echarse una siesta o ponerse a ver el partido de turno…
Vacaciones.
Son muchas las fronteras entre países que tienen ese espacio como de nadie, entre el lugar físico en que abandonas un país, y el lugar físico en que entras en otro. Durante ese espacio, sientes que estás durante unos segundos (en algunos casos: minutos) caminando en terreno desprotegido. No te sirven las Leyes de uno ni se aplican las Leyes del otro. Estás solo y eres tan vulnerable que cualquier cosa que te suceda allí sólo te pertenece a ti.
Entre mi vida con Luis y mi vida sin Luis existe también ese espacio de desnudez mental y completa. Te vas de su lado y te preparas para entrar en el lado en que él no está.
Es en eso momentos, y sólo en esos, cuando sí, lo admito, vale, es cierto, desearía que Luis no estuviese casado.
Para nunca tener fronteras que cruzar.
Para vivir siempre bajo sus Leyes.
Para no temer que al atravesar la frontera hacia mi vida, algún día no quiera separarme nunca de él.
Soy como una especie de turista emocional: regresando de mis vacaciones, con mi maleta repleta de locuras, de complicidades, de risas, de amor y de sexo, de pasión y de serenidad, de conversaciones y miradas, de todas esas cosas extraordinarias y diferentes que hacemos los turistas emocionales en nuestro momento de desconexión, y atravesando, entonces, ese pequeño espacio de nadie para volver, por fin, a casa.
Algún día dejaré de comprar paquetes sentimentales por Internet en “sufelicidadpuntocom.” Será cuando ya no quiera viajar a mi vida con Luis. Pero en esos momentos de quietud y de tránsito, desearía que fuera cuando ya no tenga que regresar a mi vida sin Luis. Que mi vida fuera una sola, y que fuera la misma que la suya.
Quizás es por eso por lo que tengo la manía de no deshacer mi maleta en días. Para no encontrarme con la evidencia de que, una vez más, estar junto a él no son más que unas deliciosas vacaciones junto al hombre de mi vida, de mi otra vida.
Entre mi vida con Luis y mi vida sin Luis existe también ese espacio de desnudez mental y completa. Te vas de su lado y te preparas para entrar en el lado en que él no está.
Es en eso momentos, y sólo en esos, cuando sí, lo admito, vale, es cierto, desearía que Luis no estuviese casado.
Para nunca tener fronteras que cruzar.
Para vivir siempre bajo sus Leyes.
Para no temer que al atravesar la frontera hacia mi vida, algún día no quiera separarme nunca de él.
Soy como una especie de turista emocional: regresando de mis vacaciones, con mi maleta repleta de locuras, de complicidades, de risas, de amor y de sexo, de pasión y de serenidad, de conversaciones y miradas, de todas esas cosas extraordinarias y diferentes que hacemos los turistas emocionales en nuestro momento de desconexión, y atravesando, entonces, ese pequeño espacio de nadie para volver, por fin, a casa.
Algún día dejaré de comprar paquetes sentimentales por Internet en “sufelicidadpuntocom.” Será cuando ya no quiera viajar a mi vida con Luis. Pero en esos momentos de quietud y de tránsito, desearía que fuera cuando ya no tenga que regresar a mi vida sin Luis. Que mi vida fuera una sola, y que fuera la misma que la suya.
Quizás es por eso por lo que tengo la manía de no deshacer mi maleta en días. Para no encontrarme con la evidencia de que, una vez más, estar junto a él no son más que unas deliciosas vacaciones junto al hombre de mi vida, de mi otra vida.
De coches y hombres.
El “hombre-Golf” era, anteriormente, el pijo por antonomasia, pero últimamente se ha visto desbancado por el “luzco pijo pero soy un maki.” La gran diferencia la encontramos en el que al pijo-golf de los ochenta el coche se lo había regalado papá (todos sabemos que es imprescindible haber recibido un coche de papá para ser un pijo) y el pijo-maki de este siglo se lo ha comprado él solito a base de trabajar a destajo en bares, discotecas, obras o vendiendo pisos a inmigrantes. Es fácil diferenciarlos porque suelen lucir un par de dados de peluche en el retrovisor interior y algún efecto tunning tipo alerones o pintada integral. El pijo-maki es un maki que parece pijo pero nunca al revés. Si le ves con un golf, apuesto lo que quieras a que en algún momento de su vida te llamará “cari” y ha tenido una novia llamada Yesi.
El “hombre-Audi”, en cambio, es un pijo triunfador que trabaja en algún puesto directivo. Director comercial, financiero, de recursos humanos o de administración. También puede ser un profesional liberal con muchos clientes tipo abogado o médico privado. Si tiene un Audi del 8 para arriba puede que tengas delante a un Director General. Por supuesto, su padre también es Director de algo y su madre gasta una pasta en cirugía estética.
Más agresivo es el “hombre-BMW”. Aquí nos podemos encontrar con el pijo-maki otra vez, que se compra un BMW de segunda mano o al pijo-agresivo que es el más común consumidor de BMW. Se pasa por el forro de los mismísimos las normas de circulación y a veces su coche vale más que su casa, pero esto es por el hombre BMW cree que el coche es su esencia y necesita demostrar al mundo la cantidad de pasta que tiene y que es más chulo que un ocho.
El “hombre-Mercedes”, en cambio, es un triunfador tranquilo y sereno, que gusta de conducir como si fuera el amo de la ciudad porque él tiene un Mercedes y tú no. Aquí no incluyo al Mercedes clase A, que es de la mujer del hombre BMW o la del Audi, ni al hombre Mercedes biplaza descapotable que directamente es un tío con mucha pasta.
Después tenemos al "hombre-coche-familiar” que es el orgullo de la familia y que suele vivir en comunidades de casitas pequeñas en donde todos tienen un coche familiar. Su familia se reduce a un par de criaturas y el coche lo suele conducir su mujer porque él lo ve muy grande y prefiere cogerle a su mujer el Renault, y allí tenemos a todas esas mujeres que van a llevar a sus críos al cole con un coche que parece de enterradores y se pasa seis horas para aparcar. Existe un subtipo extraño que es el "hombre-coche-familiar-pero-no-tengo-familia." Este suele decir que esquía o hace surf.
Un caso similar es el del “hombre-todoterreno”, que se compra un todoterreno para ir a la montaña pero en su puta vida ha ido a la montaña. Así que también lo suele conducir su mujer por todos los terrenos de asfalto de la ciudad. Pero él está contentísimo contándole a todo el mundo que tiene un todoterreno porque le gusta ir a la montaña.
Mucho más modesto, el “hombre Peugeot, Citroën, Opel y Renault”, no es nada ostentoso y tiene bastante claro que un coche es sólo para ir de un lado a otro. Si es de segunda mano es que no tiene un puto duro.
Caso aparte es el “hombre-monovolumen”. Es una mezcla entre el familiar y el modesto consumidor de PSA y similares. Le gusta demostrarle al mundo que tiene una familia monísima, pero el coche en sí le da igual.
El "hombre-marca-rara" es el que se compra un Skoda o un Lancia o un Nissan y que luego se pasa todo el día hablando de los problemas que le da el coche y de lo difícil que es encontrar piezas de recambios. Yo le llamo también “el hombre pesado” porque a parte de quejarse del coche no hace nada más.
El “hombre-mini” es un tío divertido y generalmente demasiado joven para casi cuarentonas como yo. Es como el “hombre-coche-facu” que se compra un coche para ir al Facu y cuyas marcas de referencia son Opel, SEAT y Wolkswagen Polo pero de segunda mano.
Por último, está el "hombre-sin-coche." Esta es una especie rara y en peligro de extinción. Suele consumir metro y bono bus a destajo y cualquier día de estos aparece con un coche destartalado que vio por cuatro duros en un concesionario. Existen dos subtipos más: el “hombre-moto” y el “hombre-bici”, que son fácilmente reconocibles porque van a la discoteca con el casco en la mano o con el sillón de la bici (en mi ciudad estos últimos proliferan y generalmente son guiris.)
Esto no es más que, obviamente, una serie de topicazos, pero por si a alguien le sirve de algo, mis amantes han sido la gran mayoría de Citroën, aunque una vez tuve uno con un Porsche pero este también es un espécimen raro que gana mucho dinero en negro y que se cree el tío más listo del mundo por gastarse un dineral en un coche que corre fácilmente a 250 km/h en una era en la que ir a más de 140 empieza a ser pecado.
(Advertencia: estas teorías que me las he sacado yo de la manga y no son aplicables a las mujeres.)
El “hombre-Audi”, en cambio, es un pijo triunfador que trabaja en algún puesto directivo. Director comercial, financiero, de recursos humanos o de administración. También puede ser un profesional liberal con muchos clientes tipo abogado o médico privado. Si tiene un Audi del 8 para arriba puede que tengas delante a un Director General. Por supuesto, su padre también es Director de algo y su madre gasta una pasta en cirugía estética.
Más agresivo es el “hombre-BMW”. Aquí nos podemos encontrar con el pijo-maki otra vez, que se compra un BMW de segunda mano o al pijo-agresivo que es el más común consumidor de BMW. Se pasa por el forro de los mismísimos las normas de circulación y a veces su coche vale más que su casa, pero esto es por el hombre BMW cree que el coche es su esencia y necesita demostrar al mundo la cantidad de pasta que tiene y que es más chulo que un ocho.
El “hombre-Mercedes”, en cambio, es un triunfador tranquilo y sereno, que gusta de conducir como si fuera el amo de la ciudad porque él tiene un Mercedes y tú no. Aquí no incluyo al Mercedes clase A, que es de la mujer del hombre BMW o la del Audi, ni al hombre Mercedes biplaza descapotable que directamente es un tío con mucha pasta.
Después tenemos al "hombre-coche-familiar” que es el orgullo de la familia y que suele vivir en comunidades de casitas pequeñas en donde todos tienen un coche familiar. Su familia se reduce a un par de criaturas y el coche lo suele conducir su mujer porque él lo ve muy grande y prefiere cogerle a su mujer el Renault, y allí tenemos a todas esas mujeres que van a llevar a sus críos al cole con un coche que parece de enterradores y se pasa seis horas para aparcar. Existe un subtipo extraño que es el "hombre-coche-familiar-pero-no-tengo-familia." Este suele decir que esquía o hace surf.
Un caso similar es el del “hombre-todoterreno”, que se compra un todoterreno para ir a la montaña pero en su puta vida ha ido a la montaña. Así que también lo suele conducir su mujer por todos los terrenos de asfalto de la ciudad. Pero él está contentísimo contándole a todo el mundo que tiene un todoterreno porque le gusta ir a la montaña.
Mucho más modesto, el “hombre Peugeot, Citroën, Opel y Renault”, no es nada ostentoso y tiene bastante claro que un coche es sólo para ir de un lado a otro. Si es de segunda mano es que no tiene un puto duro.
Caso aparte es el “hombre-monovolumen”. Es una mezcla entre el familiar y el modesto consumidor de PSA y similares. Le gusta demostrarle al mundo que tiene una familia monísima, pero el coche en sí le da igual.
El "hombre-marca-rara" es el que se compra un Skoda o un Lancia o un Nissan y que luego se pasa todo el día hablando de los problemas que le da el coche y de lo difícil que es encontrar piezas de recambios. Yo le llamo también “el hombre pesado” porque a parte de quejarse del coche no hace nada más.
El “hombre-mini” es un tío divertido y generalmente demasiado joven para casi cuarentonas como yo. Es como el “hombre-coche-facu” que se compra un coche para ir al Facu y cuyas marcas de referencia son Opel, SEAT y Wolkswagen Polo pero de segunda mano.
Por último, está el "hombre-sin-coche." Esta es una especie rara y en peligro de extinción. Suele consumir metro y bono bus a destajo y cualquier día de estos aparece con un coche destartalado que vio por cuatro duros en un concesionario. Existen dos subtipos más: el “hombre-moto” y el “hombre-bici”, que son fácilmente reconocibles porque van a la discoteca con el casco en la mano o con el sillón de la bici (en mi ciudad estos últimos proliferan y generalmente son guiris.)
Esto no es más que, obviamente, una serie de topicazos, pero por si a alguien le sirve de algo, mis amantes han sido la gran mayoría de Citroën, aunque una vez tuve uno con un Porsche pero este también es un espécimen raro que gana mucho dinero en negro y que se cree el tío más listo del mundo por gastarse un dineral en un coche que corre fácilmente a 250 km/h en una era en la que ir a más de 140 empieza a ser pecado.
(Advertencia: estas teorías que me las he sacado yo de la manga y no son aplicables a las mujeres.)
Domingos aburridos.
Tengo una infección de muela con la que estoy divina, me gusta tanto tener la cara desfigurada por el lado izquierdo que la llevo arrastrando desde hace dos semanas. La gente me pregunta que por qué no me opero de una puñetera vez, que parezco una pepona semi mofletuda y yo contesto que porque me gusta mi nuevo look, aunque la realidad es que le tengo pánico al dentista y nunca tomo los antibióticos correctamente.
Porque claro, te dicen, cada ocho horas, pero no me cuadra, empiezo a las cinco de la tarde y ya la hemos fastidiado y me tengo que poner el despertador de madrugada y no lo hago, así que vuelvo a empezar a las once de la mañana y otra vez a hacer cuentas, total, que le den por saco a los antibióticos.
Pero ayer me mataba la puta muela así que como soy muy lista y he estudiado un curso de medicina a distancia con CEAC, me automedico, soy la hostia de lista, y ayer me metí un chute doble de antibióticos justo antes de salir a cenar y pimplarme una botella de Xacolí estupenda y tres cubatas y dos Chivas y un carajillo de no sé qué. Me cogí un cebollón del quince y acabé dando vueltas en mi habitación a toda velocidad, lo curioso es que yo no me movía, era la habitación la que se movía, joder, qué mareo.
Así que además de flemonuda, borracha y mareada, parece mentira que tenga 37 años, a mí me confiesa mi madre que se equivocó en los cálculos y en realidad tengo 17 y me lo creo, especialmente porque las que dan por saco son las cuatro muelas del supuesto juicio, que evidente yo no tengo.
Los domingos yo me dedico a hacer generalmente las cosas que hacen los solteros si no está conmigo mi hija, que es no hacer nada o hacer cualquier cosa que no signifique nada: marujear, vagar por el sofá, ver la tele, comer sola cualquier mierda (hoy un trocito de pan con moho y dos colines que he encontrado en el fondo de la despensa, así nadie podrá decirme que no me he comido un colín este domingo) y aburrirme como una ostra.
Sigo pintando habitaciones, hoy le ha tocado el turno a la de la peque y casi me caigo de la escalera porque dicen que no, pero los hombres sirven para algo, por ejemplo, para subirse a las escaleras sin caerse, especialmente después de una borrachera monumental, y también bordo, cosa que me dio por hacer cuando me di cuenta de que era una inútil para las manualidades y me apunté a veinte cursos distintos: sigo siendo una inútil, pero hago unos cuadritos a punto de cruz un poco picasianos que son muy monos, un poco raros, pero muy monos.
Total, que en esas estaba cuando me he preguntado porqué coño no existe una asociación de solterones de domingo, para irnos al cine como si fuéramos todos amigos, o montar una orgía o comer juntos cualquier mierda pero juntos, o incluso echarnos la siesta todos en mi sofá, sería más divertido que estos tediosos domingos post-borrachera antibiótica y mi hija se ahorraría entrar en su habitación dentro de cuatro días y ver el desastre que he hecho en ella.
Aunque bien pensado, es más divertido andar resacosa dando tumbos por la casa que ir a comer paella con la familia. Además, con esta resaca y este flemón, como para comer paella estoy yo.
Como decía un amigo mío, te das cuenta de que te estás haciendo mayor cuando empiezas a desear que lleguen los lunes e ir a trabajar, aunque creo que esto les pasa a los solterones y a los casados también.
Lo cierto es que yo estoy deseando que llegue mañana, y creo que en eso tiene mucho que ver que pienso despertarme una hora antes para ir al bar de siempre a tomar café, aunque me pille a tomar por saco de mi nuevo trabajo.
Pd.: en ese estado de aburrimiento, me ha dado por cambiar varias cosas de mi blog, como resulta evidente.
Porque claro, te dicen, cada ocho horas, pero no me cuadra, empiezo a las cinco de la tarde y ya la hemos fastidiado y me tengo que poner el despertador de madrugada y no lo hago, así que vuelvo a empezar a las once de la mañana y otra vez a hacer cuentas, total, que le den por saco a los antibióticos.
Pero ayer me mataba la puta muela así que como soy muy lista y he estudiado un curso de medicina a distancia con CEAC, me automedico, soy la hostia de lista, y ayer me metí un chute doble de antibióticos justo antes de salir a cenar y pimplarme una botella de Xacolí estupenda y tres cubatas y dos Chivas y un carajillo de no sé qué. Me cogí un cebollón del quince y acabé dando vueltas en mi habitación a toda velocidad, lo curioso es que yo no me movía, era la habitación la que se movía, joder, qué mareo.
Así que además de flemonuda, borracha y mareada, parece mentira que tenga 37 años, a mí me confiesa mi madre que se equivocó en los cálculos y en realidad tengo 17 y me lo creo, especialmente porque las que dan por saco son las cuatro muelas del supuesto juicio, que evidente yo no tengo.
Los domingos yo me dedico a hacer generalmente las cosas que hacen los solteros si no está conmigo mi hija, que es no hacer nada o hacer cualquier cosa que no signifique nada: marujear, vagar por el sofá, ver la tele, comer sola cualquier mierda (hoy un trocito de pan con moho y dos colines que he encontrado en el fondo de la despensa, así nadie podrá decirme que no me he comido un colín este domingo) y aburrirme como una ostra.
Sigo pintando habitaciones, hoy le ha tocado el turno a la de la peque y casi me caigo de la escalera porque dicen que no, pero los hombres sirven para algo, por ejemplo, para subirse a las escaleras sin caerse, especialmente después de una borrachera monumental, y también bordo, cosa que me dio por hacer cuando me di cuenta de que era una inútil para las manualidades y me apunté a veinte cursos distintos: sigo siendo una inútil, pero hago unos cuadritos a punto de cruz un poco picasianos que son muy monos, un poco raros, pero muy monos.
Total, que en esas estaba cuando me he preguntado porqué coño no existe una asociación de solterones de domingo, para irnos al cine como si fuéramos todos amigos, o montar una orgía o comer juntos cualquier mierda pero juntos, o incluso echarnos la siesta todos en mi sofá, sería más divertido que estos tediosos domingos post-borrachera antibiótica y mi hija se ahorraría entrar en su habitación dentro de cuatro días y ver el desastre que he hecho en ella.
Aunque bien pensado, es más divertido andar resacosa dando tumbos por la casa que ir a comer paella con la familia. Además, con esta resaca y este flemón, como para comer paella estoy yo.
Como decía un amigo mío, te das cuenta de que te estás haciendo mayor cuando empiezas a desear que lleguen los lunes e ir a trabajar, aunque creo que esto les pasa a los solterones y a los casados también.
Lo cierto es que yo estoy deseando que llegue mañana, y creo que en eso tiene mucho que ver que pienso despertarme una hora antes para ir al bar de siempre a tomar café, aunque me pille a tomar por saco de mi nuevo trabajo.
Pd.: en ese estado de aburrimiento, me ha dado por cambiar varias cosas de mi blog, como resulta evidente.
El chico del bar (o será hombre, esposo, gay, novio…?)
Desde hace años sé que la felicidad reside en aquellas placenteras rutinas a las que no renunciamos pase lo que pase. Y no, no estoy hablando de practicar el onanismo.
Junto a mi trabajo existe uno de esos bares cafeterías que son mi pequeño remanso de felicidad diaria. A la barra, Segismundo, un sevillano que te saluda llamándote “niñaaa!” aunque tú andes ya en la menopausia.
A los cafés, el maki más auténtico de mi ciudad, el Yoni, que lo mismo te habla de los tres tubos de escape que le ha puesto a su motico de 50 cc. como que lo hace de su novia, alias “mi cari.”
A los fogones, Arnaldo, un gordito mofletudo que te enseña el chorizo entero antes de hacerte con él un bocata, o te canta las glorias del aceite de primera prensada que se ha traído en un viaje a Jaén.
Y en la esquina, puntual, ritual, perfecto, él.
Sus ojos son pequeños, quizás por eso los esconde tras unas gafitas de patilla roja, y fuerza su mirada cada vez que me ve aparecer, a veces descaradamente hacia mi escote, otras simplemente hacia mis movimientos, como tratando de descubrirme en cada uno de ellos. Pide el café con leche en taza, un punto caliente, con dos sobres de azúcar. Y prefiere la lectura izquierda y fácil de El Periódico antes que la espesa derecha de El Mundo.
Le gusta colocarse frente a la puerta de entrada, junto a la ventana. Así me desnuda mientras aparezco con mi moto y aparco, siempre provocadora, exactamente en su campo de vista, entreteniéndome lo indecible atando el candado, recostándome sobre él y dejando al descubierto a veces un camino que él quisiera hacer hasta mi trasero, a veces ese otro camino hacia mis pechos.
Nunca sonríe. Simplemente levanta la mirada y recorre el cada vez más lento pisar de mis sandalias de tacón desde la puerta hasta aquella mesa vacía que me permita recrearme en su transgresora manera de fumar, sus pantalones divertidos, hoy rojos, mañana de lino a cuadros, a veces, jodidamente atractivo, vaqueros, y en sus camisas que gritan libertades, diversiones y que esconden, seguro, tras la timidez que delatan sus lentos movimientos, las ansias de cometer una locura.
Yo coqueteo. Coqueteo con mi pelo todas las mañanas mientras el Yoni me sirve perfecto mi café con leche en vaso no demasiado caliente, hago caracolillos con mechones de cabello y espero a que él vuelva a levantar la vista y vuelva a mirarme y yo le miro e intuyo su timidez de nuevo, le sonrío, y le pienso, le grito pensando “ven, no tengas miedo, ven, lo estoy deseando.”
Pero él no viene, se levanta, pasa tras de mí a veces, rozando a propósito mi espalda con su brazo, otras frente a mí, deteniéndose unos segundos para colocar su mano en el bolsillo del pantalón y buscar monedas que nunca encuentra (el monedero lo llevas en el bolsillo de atrás, lo sé hace meses) y decir un “hasta mañana” que huele a aroma de hombre apasionado encerrado en cuerpo frío y distante.
Y así, ocho meses. Día tras día. De lunes a viernes.
A veces comemos juntos, él en la mesa de la izquierda, yo en la derecha, él aburrido en las charlas con sus compañeros, yo divertida en las charlas con los míos. Esas comidas son nuestra fantasía, nos gusta encender un cigarrillo al mismo tiempo, como si lo hiciéramos juntos, tras follar en su piso, que tiene que ser de esos pequeños, con muchos libros apilonados en el suelo, y una nevera vieja repleta de notas sujetadas por imanes de viajes imposibles.
Ayer, debido a mi último día en esa empresa, me di cuenta de que no volvería a verle. A las nueve menos cinco, me levanté (con dos tetas) hacia su mesa, iba a dejarle una notita que por la noche había escrito medio embriaga por la ilusión, con mi número de teléfono como simple declaración de intenciones.
Pero crucé junto a él y seguí mi camino. Con la notita aun en mi mano. Él levantó la vista, me miró como siempre, sostuvo esa mirada largo rato, me sentí deseada como en mucho tiempo no me había sentido, y después de verme salir, retomó su lectura, como si nada.
Me sentí de pronto vacía.
Como siempre, entrando en la oficina, mis compañeros me preguntaron: “¿Ya has hablado con él?” Y como siempre yo contesté que no.
Bueno, ahora son ellos los que quieren darle la nota. Le han añadido al teléfono un café humeando dibujado, un punto de interrogación y un “¿qué tal si lo tomamos juntos?” y se lo están pasando bomba a la espera de la cara que pondrá el chico del bar cuando la reciba.
Por lo menos conseguí que quitaran el dibujito de la polla y las tetas que se habían empeñado en poner también…