Y la vez en que me vistieron.
Llevábamos tres días los tres juntos y eran las tres de la mañana. Mauri estaba encendiendo un cigarrillo y David acababa su copa mientras me susurraba entre músicas que aquella noche yo estaba especialmente apetecible. Tú también, jodido: me encienden esos vaqueros puestos casi tanto como para desear quitártelos.
Nunca me había ido de vacaciones con dos hombres solteros estando soltera. Mis vacaciones de soltera las comparto con mis amigas solteras, y entretiempo tratamos de sentirnos un poco menos solteras y follarnos todo lo que podamos. Incluso intentamos enamorarnos en esas vacaciones, para poder consolidar nuestros polvos más allá de simples intercambios consecuencia de emociones alcoholizadas.
Pero aquel verano nos cayó así a los tres: estábamos solos, estábamos aburridos, y estábamos decididos a pegarnos el verano de nuestras vidas, y a hacerlos juntos.
Mauri sabía que entre David y yo había habido más que amistad. Cinco años antes, tras una borrachera descomunal, habíamos acabado mal follando en su piso. Yo se lo había contado a Mauri, y David se lo había contado a Mauri. Pero David y yo nunca habíamos hablado de aquella noche en cinco años.
A veces, cuando salíamos a cenar o quedábamos para tomarnos unas copas, pensaba que entre David y yo acabaría saliendo aquella conversación que ni siquiera teníamos pendiente. Pero no sucedía. Hablábamos de sus novias, sus rollos y sus amantes. Y de mis novios, mis rollo y mis amantes. Y nos reíamos como lo que éramos: dos buenos amigos.
Pero esa noche, a esa hora, y después de compartir la habitación durante tres noches en aquel maravilloso pueblo de la costa andaluza, surgió.
Sonaba algo techno, el bar estaba abarrotado, los tres lucíamos un moreno espectacular y una felicidad que debiera ser obligada en vacaciones. David se acercaba cada vez a mí, me roneaba, me intentaba, me buscaba:
- Podríamos repetir.
- Sí.
Daba igual que lleváramos tanto tiempo sin hablar de ello: los dos sabíamos perfectamente en qué estábamos pensando.
Dejamos a Mauri en el bar ligando con una rubia con cara de guiri. Y llegamos al hotel.
- Corre, -dijo David- despelótate en el ascensor. O nos pillará Mauri justo cuando esté provocándote tu segundo orgasmo con mi lengua.
- ¿Y el primero?
- Con mi polla.
Nos morreamos tan fuerte en el ascensor, que una pareja prefirió dejar que se cerrasen las puertas y esperar a que volviera a bajar. Me subió la falda mientras me besaba contra la pared de espejos, me bajó las bragas y me pidió que me las sacara y se las diera. Tardé dos segundos en sacarlas de entre mis sandalias blancas de tacón. Dejó de besarme y tomó las bragas hasta su rostro hasta olerlas: aquello me excitó tanto que le pedí volviera a hacerlo.
Saliendo del ascensor me pidió que le dejara metérmela apoyada en la pared del pasillo del hotel de espaldas a él.
- Necesito follarte, -repetía.
No pudimos cumplir su fantasía porque nos sorprendieron antes de iniciarla una parejita que hablaban en francés oh lá lá. Entrando en la habitación, parecíamos dos enamorados, dos amantes, dos locos: nos tocábamos atropelladamente, nos besábamos, nos volvíamos a tocar, volvíamos a besarnos, susurrábamos nuestros nombres oh David, te deseo, te deseo dentro de mí, Amanda, Amanda, cinco años esperando este momento… y así acabamos en la cama, desnudos completamente, mordisqueándonos pechos, pezones, clítoris, polla, labios, nariz, orejas, todo era pasión y expectación, placer, morbo, deseo.
Y entonces, de pronto, David dijo:
- Vístete.
- ¿Prefieres hacerme el amor vestida, guarrillo?
- No. Hablo en serio. Vístete.
- No jodas.
- Te quiero, Amanda. Te quiero como nunca he querido a nadie. Te quiero porque eres mi amiga, mi cómplice, mi fantasía.
- Y yo, cielo, anda, ven, déjame que tome a tu hermanito y le cante una serenata bien cerca.
Se levantó cabreado.
- Para, coño.
- Oye guapo, te calmas.
- No, no. No me puedo calmar. Estoy como una puta moto. Estoy deseando correrme en tu cara, en tus tetas, follarte como a una perra, besarte toda la noche y volver a follar otra vez. Pero te quiero, coño. Y por nada del mundo quisiera que un polvo alocado entre tú y yo jodiera lo que tengo contigo.
- Mira, David. No sé qué coño de problema tienes. Pero ya hemos follado. Y hemos seguido siendo amigos durante cinco años sin que fuera un problema entre tú y yo.
- Para ti quizás no lo fuera. Pero para mí lo fue durante mucho tiempo. No dejaba de pensar en ti, en aquella noche. Como en la noche de hoy. Tu cuerpo, tu sexo, tus orgasmos. Esos gemidos que haces al correrte, jodida, resonaban constantemente mientras te escuchaba hablar de Luis o de Pepo o de su puta madre. ¿No lo entiendes?
- No. Pero aunque lo entendiera, no conseguiría excitarme contigo hoy hicieras lo que hicieras.
Y me vestí. Salí a fumar un cigarrillo a tiempo de encontrarme con Mauri que regresaba tambaleándose sin rubia alguna.
De esa noche, Mauri nunca supo nada. Ni David ni yo se lo contamos. En cambio se abrió una especie de diálogo entre David y yo respecto a aquello.
Nunca hablamos de la noche en que follamos, pero tres años después, seguimos hablando de la noche en que no lo hicimos.
La vez en que me desnudaron.
Hace un tiempo, pasé por una de esas excepcionales etapas en mi vida en que me apetecía tener pareja. Supongo que por eso conocí a Ramón y me enamoré de él. Y supongo que por eso también, pasé por alto muchos de los elementos en los que yo habitualmente me detendría a la hora de enamorarme.
Que el amor es ciego, lo sabemos todos. Pero cuando eliges pareja o crees que necesitas elegirla, más que ciega lo que eres es tuerta, y con un ojo no ves pero con el otro escrudiñas, haciéndote preguntas como “¿me veo yo felizmente enamorada de este tipo?” Así que el ojo que todo lo ve le ponía mil pegas a Ramón: demasiado mayor, demasiado pasado, demasiado complicado, demasiadas preguntas, y demasiado poco estereotipado en mi concepto del físico ideal masculino.
Pero mediaba mi ojo ciego, anhelante de pareja, para dejar de lado los demasiados y reconfortarme en su inteligencia, cariño, protección, entrega, amor y, sorprendentemente para ser uno de mis amantes, su deseo de pasar conmigo el resto de sus días.
La relación fue complicada desde el primer momento: supongo que veía demasiado bien y la ceguera era sólo ocasional, surgiendo en aquellos momentos en que Ramón me decía que me amaba y sonreía, justo antes de hacerme el amor y follarme como a una perra, que la cursilería no va reñida con hacer un poco el guarro.
Después de muchos quebraderos de cabeza, me planteé seriamente instalarme en su piso en finca regia, 180 metros cuadrados, todo exterior, con cocina y baños reformados. Y en esas estábamos, haciendo números, apenas unos meses después de empezar lo nuestro, cuando Ramón empezó a presentar una nueva faceta que rozaba los celos enfermizos.
Quería que me mudara cuanto antes, llamaba todos los días para asegurarse de que había regresado a mi casa tras abandonar la suya, preguntaba cosas como “¿y quién es ese Pablo con quien tomaste café ayer?” o miraba por encima de mi hombro cuando recibía un sms y me aprestaba a leerlo.
Un día de un fin de semana, después de hacer una de esas guarradas que tanto nos gustaban, con botella de cava incluida para regar mis pezones, Ramón encendió un cigarrillo y preguntó:
- A ti no te gusta nadie más que yo, ¿verdad Amanda?
- Ya sabes que sí: amo a Keanu Reeves por encima de todas las cosas.
- Hablo en serio.
- La pregunta no procede, cariño. Nos vamos a vivir juntos en unas semanas… ¿crees que daría un paso así si anduviera tonteando con Keanu Reeves?
- Y dale con el chino ese.
- No es chino, es hawaiano. Y si estuviera tonteando con él, lo siento, querido, pero te ibas a quedar aquí tu solo con el cava.
- Amanda, ¿tú te crees que yo soy imbécil?
La pregunta no seguía los derroteros divertidos e irónicos que mi conversación había elegido seguir.
- No te entiendo.
- Entré en tu Hotmail, y vi lo que habías escrito acerca de Pablo. ¿Crees que puedes mentirme?
- ¿Qué hiciste qué?
- Sí, ya sé que está mal, pero no es tan complicado adivinar tus contraseñas, no eres tan lista. Y ahora que sabes que lo sé, ¿qué tienes que decir al respecto?
Me sentí violada, desnuda, desprovista de pronto de mi libertad. Los mails que mandaba a mis amigas, a mi familia, aquellos momentos que sólo me pertenecían, aquellas opiniones que sólo compartía con quien yo había querido elegir, mi elección de decidir qué quiero comunicar y qué no quiero comunicar, la libertad de decidir de qué hablar y con quién… todo, al desnudo, a merced de quien, sin permiso y sin duda con la frivolidad de los celos y la enfermedad del saber por encima de la decisiones del otro, se había permitido invadir el único espacio que no compartía con él.
Al observar mi silencio, dijo:
- Mira, lo siento, Amanda, pero había cosas que no me cuadraban. Y tenía que saber la verdad antes de dar el paso de convivir contigo. Sé que no está bien, sé que quizás no debería haberlo hecho, pero necesitaba saberlo. Y lo que descubrí es que le contabas a una amiga que te ponía el tal Pablo, el mismo con el que, curiosamente, te vas a tomar café cada dos por tres. ¿No crees que merezco saberlo todo?
No. Elegir contar o no contar es una elección que pertenece a quien habla, no a quien escucha. Es algo que forma parte de la libertad más extendida, la de expresar, la de decir, la de callar o la de contarlo todo. No. Nadie “merece” saberlo todo. Sólo pertenece a quien habla la decisión de elegir quién lo sabrá todo, y quién no.
- Amanda, coño, habla.
Por supuesto, nunca más pronuncié con Ramón palabra alguna. Se cansó de mandarme mensajes pidiendo perdón, de llamarme insistentemente día sí y noche también, a las tres semanas.
Lo único que no consigo recordar en toda esta historia es quién coño era Pablo.
Que el amor es ciego, lo sabemos todos. Pero cuando eliges pareja o crees que necesitas elegirla, más que ciega lo que eres es tuerta, y con un ojo no ves pero con el otro escrudiñas, haciéndote preguntas como “¿me veo yo felizmente enamorada de este tipo?” Así que el ojo que todo lo ve le ponía mil pegas a Ramón: demasiado mayor, demasiado pasado, demasiado complicado, demasiadas preguntas, y demasiado poco estereotipado en mi concepto del físico ideal masculino.
Pero mediaba mi ojo ciego, anhelante de pareja, para dejar de lado los demasiados y reconfortarme en su inteligencia, cariño, protección, entrega, amor y, sorprendentemente para ser uno de mis amantes, su deseo de pasar conmigo el resto de sus días.
La relación fue complicada desde el primer momento: supongo que veía demasiado bien y la ceguera era sólo ocasional, surgiendo en aquellos momentos en que Ramón me decía que me amaba y sonreía, justo antes de hacerme el amor y follarme como a una perra, que la cursilería no va reñida con hacer un poco el guarro.
Después de muchos quebraderos de cabeza, me planteé seriamente instalarme en su piso en finca regia, 180 metros cuadrados, todo exterior, con cocina y baños reformados. Y en esas estábamos, haciendo números, apenas unos meses después de empezar lo nuestro, cuando Ramón empezó a presentar una nueva faceta que rozaba los celos enfermizos.
Quería que me mudara cuanto antes, llamaba todos los días para asegurarse de que había regresado a mi casa tras abandonar la suya, preguntaba cosas como “¿y quién es ese Pablo con quien tomaste café ayer?” o miraba por encima de mi hombro cuando recibía un sms y me aprestaba a leerlo.
Un día de un fin de semana, después de hacer una de esas guarradas que tanto nos gustaban, con botella de cava incluida para regar mis pezones, Ramón encendió un cigarrillo y preguntó:
- A ti no te gusta nadie más que yo, ¿verdad Amanda?
- Ya sabes que sí: amo a Keanu Reeves por encima de todas las cosas.
- Hablo en serio.
- La pregunta no procede, cariño. Nos vamos a vivir juntos en unas semanas… ¿crees que daría un paso así si anduviera tonteando con Keanu Reeves?
- Y dale con el chino ese.
- No es chino, es hawaiano. Y si estuviera tonteando con él, lo siento, querido, pero te ibas a quedar aquí tu solo con el cava.
- Amanda, ¿tú te crees que yo soy imbécil?
La pregunta no seguía los derroteros divertidos e irónicos que mi conversación había elegido seguir.
- No te entiendo.
- Entré en tu Hotmail, y vi lo que habías escrito acerca de Pablo. ¿Crees que puedes mentirme?
- ¿Qué hiciste qué?
- Sí, ya sé que está mal, pero no es tan complicado adivinar tus contraseñas, no eres tan lista. Y ahora que sabes que lo sé, ¿qué tienes que decir al respecto?
Me sentí violada, desnuda, desprovista de pronto de mi libertad. Los mails que mandaba a mis amigas, a mi familia, aquellos momentos que sólo me pertenecían, aquellas opiniones que sólo compartía con quien yo había querido elegir, mi elección de decidir qué quiero comunicar y qué no quiero comunicar, la libertad de decidir de qué hablar y con quién… todo, al desnudo, a merced de quien, sin permiso y sin duda con la frivolidad de los celos y la enfermedad del saber por encima de la decisiones del otro, se había permitido invadir el único espacio que no compartía con él.
Al observar mi silencio, dijo:
- Mira, lo siento, Amanda, pero había cosas que no me cuadraban. Y tenía que saber la verdad antes de dar el paso de convivir contigo. Sé que no está bien, sé que quizás no debería haberlo hecho, pero necesitaba saberlo. Y lo que descubrí es que le contabas a una amiga que te ponía el tal Pablo, el mismo con el que, curiosamente, te vas a tomar café cada dos por tres. ¿No crees que merezco saberlo todo?
No. Elegir contar o no contar es una elección que pertenece a quien habla, no a quien escucha. Es algo que forma parte de la libertad más extendida, la de expresar, la de decir, la de callar o la de contarlo todo. No. Nadie “merece” saberlo todo. Sólo pertenece a quien habla la decisión de elegir quién lo sabrá todo, y quién no.
- Amanda, coño, habla.
Por supuesto, nunca más pronuncié con Ramón palabra alguna. Se cansó de mandarme mensajes pidiendo perdón, de llamarme insistentemente día sí y noche también, a las tres semanas.
Lo único que no consigo recordar en toda esta historia es quién coño era Pablo.
Hotel.
No sé si os he contado que a pocos metros de mi casa hay un hotel clandestino.
Quién no sepa que lo es, nunca pensaría que ese edificio grisáceo alberga las pasiones prohibidas de mi ciudad, los polvos rápidos a mediodía, los orgasmos gay que aun no han salido del armario, o el alivio imprescindible de los jóvenes adultos enamorados, hartos de amarse en coches encaramados a colinas nocturnas con vistas a la ciudad.
Muchos hablan de este hotel en concreto (en mi ciudad hay al menos dos más para estos fines) porque tuvo un punto máximo de popularidad por allá los ochenta, cuando se convirtió en el emblema sexual de la liberación: “miren, aquí en la ciudad, tenemos hasta un hotel clandestino, para que los que no pueden follar debido a la vergüenza social que durante años los regímenes reprimidos y represores se han encargado de meternos a conciencia, puedan hacerlo cuando quieran y con discreción, oiga, sin dar razones a nadie.”
Pero pocos lo conocen.
Especialmente entre los de mi generación. El sexo ya no es un tabú que ocultar: al ejecutivo que se folla a su secretaria le da igual que le vean la cara en la recepción del NH de turno, o encontrarse con el Director Financiero de la mano de la becaria nueva, se saludan y se sonríen, hasta se guiñan con complicidad el ojo izquierdo. El gay se casa con su novio de toda la vida y pasea con orgullo (orgullo gay) su estrenado mandato de ciudadano de primera, como todos. Los jóvenes adultos tienen la comprensión de sus padres, que fin de semana sí y fin de semana quizás, prefieren irse a la casita de la playa para dejar su hogar a disposición del placer joven y enamorado.
Y el hotel queda como un acceso innecesario, emblema de otros problemas, de otras generaciones que nos parecen, sólo 20 años después, lejanas.
A veces tomo café en el bar que hay justo en frente. No soy de esas antiguas usuarias, pero conozco el hotel. Una vez llevé a Enrique para que viera lo diferente que era hacer el amor allí, como si se tratara de una atracción: “verás, ahora se cerrará la cortina tras el coche. Y luego llamamos al timbre y vendrá un señor que nos cantará, como en un restaurante, las habitaciones que hay en el menú. ¿Cama redonda? ¿Jacuzzi? ¿Decoración temática?” A esas habitaciones clandestinas les dejé yo constancia del morbo entre los dos, y del amor que sentía por una de mis primeras parejas, a quien amé varias veces allí porque ni mis padres ni los suyos eran de los de irse a la casita de la playa.
Me distraigo, café en mano, viendo salir a los coches desde la parte trasera del hotel. Mujeres de edad avanzada junto a jovencitos. Hombres maduros con coches espectaculares y casi niñas en el asiento del copiloto. Parejas sin nada que destacar que se besan justo cuando el incómodo semáforo tras la salida del hotel, se pone en rojo. Dos mujeres mayores de cuarenta años. Dos hombres mayores de cincuenta. Una parejita joven en un destartalado Opel Corsa. Un cantante y una presentadora de televisión. Un hombre de color que mira con picardía a una rubia espectacular que conduce primorosamente.
Todos ellos colaboran en engrosar la lista de los amores prohibidos del siglo XXI.
Y todos tienen en común algo que me fascina, que me recuerda a ese primer amor, a Enrique, a veces a Luis a quien nunca he tenido la necesidad de invitar a esa aventura clandestina: una maravillosa sonrisa cómplice.
Ese hotel es la intimidad con esa primera “i” en mayúscula: la intimidad de quienes se quieren, se desean, se ofrecen el uno al otro, escondidos del mundo, únicos, como en un círculo en que ninguno de nosotros, la sociedad, forma parte. Como si en aquella hora que pagan a 80 euros sólo existiese en el mundo una cama, unos suspiros y una pasión prohibida.
Quién no sepa que lo es, nunca pensaría que ese edificio grisáceo alberga las pasiones prohibidas de mi ciudad, los polvos rápidos a mediodía, los orgasmos gay que aun no han salido del armario, o el alivio imprescindible de los jóvenes adultos enamorados, hartos de amarse en coches encaramados a colinas nocturnas con vistas a la ciudad.
Muchos hablan de este hotel en concreto (en mi ciudad hay al menos dos más para estos fines) porque tuvo un punto máximo de popularidad por allá los ochenta, cuando se convirtió en el emblema sexual de la liberación: “miren, aquí en la ciudad, tenemos hasta un hotel clandestino, para que los que no pueden follar debido a la vergüenza social que durante años los regímenes reprimidos y represores se han encargado de meternos a conciencia, puedan hacerlo cuando quieran y con discreción, oiga, sin dar razones a nadie.”
Pero pocos lo conocen.
Especialmente entre los de mi generación. El sexo ya no es un tabú que ocultar: al ejecutivo que se folla a su secretaria le da igual que le vean la cara en la recepción del NH de turno, o encontrarse con el Director Financiero de la mano de la becaria nueva, se saludan y se sonríen, hasta se guiñan con complicidad el ojo izquierdo. El gay se casa con su novio de toda la vida y pasea con orgullo (orgullo gay) su estrenado mandato de ciudadano de primera, como todos. Los jóvenes adultos tienen la comprensión de sus padres, que fin de semana sí y fin de semana quizás, prefieren irse a la casita de la playa para dejar su hogar a disposición del placer joven y enamorado.
Y el hotel queda como un acceso innecesario, emblema de otros problemas, de otras generaciones que nos parecen, sólo 20 años después, lejanas.
A veces tomo café en el bar que hay justo en frente. No soy de esas antiguas usuarias, pero conozco el hotel. Una vez llevé a Enrique para que viera lo diferente que era hacer el amor allí, como si se tratara de una atracción: “verás, ahora se cerrará la cortina tras el coche. Y luego llamamos al timbre y vendrá un señor que nos cantará, como en un restaurante, las habitaciones que hay en el menú. ¿Cama redonda? ¿Jacuzzi? ¿Decoración temática?” A esas habitaciones clandestinas les dejé yo constancia del morbo entre los dos, y del amor que sentía por una de mis primeras parejas, a quien amé varias veces allí porque ni mis padres ni los suyos eran de los de irse a la casita de la playa.
Me distraigo, café en mano, viendo salir a los coches desde la parte trasera del hotel. Mujeres de edad avanzada junto a jovencitos. Hombres maduros con coches espectaculares y casi niñas en el asiento del copiloto. Parejas sin nada que destacar que se besan justo cuando el incómodo semáforo tras la salida del hotel, se pone en rojo. Dos mujeres mayores de cuarenta años. Dos hombres mayores de cincuenta. Una parejita joven en un destartalado Opel Corsa. Un cantante y una presentadora de televisión. Un hombre de color que mira con picardía a una rubia espectacular que conduce primorosamente.
Todos ellos colaboran en engrosar la lista de los amores prohibidos del siglo XXI.
Y todos tienen en común algo que me fascina, que me recuerda a ese primer amor, a Enrique, a veces a Luis a quien nunca he tenido la necesidad de invitar a esa aventura clandestina: una maravillosa sonrisa cómplice.
Ese hotel es la intimidad con esa primera “i” en mayúscula: la intimidad de quienes se quieren, se desean, se ofrecen el uno al otro, escondidos del mundo, únicos, como en un círculo en que ninguno de nosotros, la sociedad, forma parte. Como si en aquella hora que pagan a 80 euros sólo existiese en el mundo una cama, unos suspiros y una pasión prohibida.
Reales ovarios
Empiezo por decir que no soy en absoluto seguidora de la prensa rosa, que nunca (o casi) he comprado una revista perteneciente a tal mundillo y que no he visto jamás “dónde estás corazón.” Soy de las que se lleva un libro a la peluquería, una rara especie cada vez más mayoritaria, afortunadamente.
Pero una tiene, aun así, su corazoncito y opina de todo lo que se entera sin querer, como que iba a ser fácil no enterarme de que Elena y Marichali se han separado, si nada más poner las noticias está mañana era la primera de todas las noticias.
No me ha hecho falta informarme mucho más: una separación es una separación, sean las partes de la realeza o del barrio de La Mina.
Pero a mí esta noticia me ha caído estupendamente, no lo digo por ellos, pobrecillos, ni por las criaturitas que de pronto no entenderán que papá tenga otra casa y ya no duerma con mamá, si no porque les va a dar en los morros a los tropecientos matrimonios cobardes que se escudan en “los niños” o “el disgusto familiar” o “al cambio que tendrá que dar mi vida” para no separarse a pesar del desamor.
Eh, pillines, que os conozco: no he dicho “a pesar de la amante”, he dicho “a pesar del desamor”.
Como mi amiga Clara que tres veces de cuatro vomita improperios hacia su marido y es una abanderada del “sólo me folla una vez al mes”. O uno de mis jefes que tres veces por semana dice salir con sus amigos (y cepillarse de paso a cuantas mujeres pueda) para no tener que estar en casa junto a su mujer y “soportarla”. O todos esos casos que todos conocemos de pura pena matrimonial, de maridos que no pueden con sus mujeres, de mujeres que sienten ya asco por sus maridos, de hombres que no aman y de mujeres que incluso odian.
Y se quedan allí: “oh, es que es por los niños. ¿Cómo voy a hacerles eso? Total, sólo tengo que llevarme medianamente bien, sin discusiones, y echar un polvo de vez en cuando, tampoco me importa, es un momento entre cientos para garantizar la felicidad de mis niños”
Palabras más o menos textuales (no tengo tanta memoria) de una de mis pacientes: “claro que quiero separarme… pero tengo una vida ya muy hecha, y mis padres mayores. ¿Crees que tengo fuerza para enfrentarme al estigma de ser una mujer de cuarenta años divorciada?”
No me extiendo más: creo que todos nos hemos entendido.
Pero van los duques y se comportan en libertad absoluta, y se pasan por el forro la tradición, el simbolismo, la imagen, ¿qué han de opinar ustedes, si es nuestra vida? ¿mujer estigmatizada por ser divorciada con más de cuarenta? ¡anda ya! Somos infelices juntos, no nos entendemos, no nos queremos ya, y queremos tener una oportunidad más de ser felices, separados, preservando la fragilidad de nuestros hijos, y no se trata de decírselo a papá y a mamá, se lo hemos de decir al mundo entero, pasar por la persecución de la prensa, que hablen de nosotros hasta en el telediario como noticia uno, salir en las portadas de los periódicos, ser, en definitiva, nosotros mismos a pesar de todo.
Ya sé qué decirle a mi amiga Clara: “¿Qué no te divorcias por la vergüenza social? Mira, cariño, tu vergüenza social es una mierda comparada con lo que pasarán Elenita y Marichali, así que o me das otra excusa, o te divorcias, como la infanta, con un par.”
Pero una tiene, aun así, su corazoncito y opina de todo lo que se entera sin querer, como que iba a ser fácil no enterarme de que Elena y Marichali se han separado, si nada más poner las noticias está mañana era la primera de todas las noticias.
No me ha hecho falta informarme mucho más: una separación es una separación, sean las partes de la realeza o del barrio de La Mina.
Pero a mí esta noticia me ha caído estupendamente, no lo digo por ellos, pobrecillos, ni por las criaturitas que de pronto no entenderán que papá tenga otra casa y ya no duerma con mamá, si no porque les va a dar en los morros a los tropecientos matrimonios cobardes que se escudan en “los niños” o “el disgusto familiar” o “al cambio que tendrá que dar mi vida” para no separarse a pesar del desamor.
Eh, pillines, que os conozco: no he dicho “a pesar de la amante”, he dicho “a pesar del desamor”.
Como mi amiga Clara que tres veces de cuatro vomita improperios hacia su marido y es una abanderada del “sólo me folla una vez al mes”. O uno de mis jefes que tres veces por semana dice salir con sus amigos (y cepillarse de paso a cuantas mujeres pueda) para no tener que estar en casa junto a su mujer y “soportarla”. O todos esos casos que todos conocemos de pura pena matrimonial, de maridos que no pueden con sus mujeres, de mujeres que sienten ya asco por sus maridos, de hombres que no aman y de mujeres que incluso odian.
Y se quedan allí: “oh, es que es por los niños. ¿Cómo voy a hacerles eso? Total, sólo tengo que llevarme medianamente bien, sin discusiones, y echar un polvo de vez en cuando, tampoco me importa, es un momento entre cientos para garantizar la felicidad de mis niños”
Palabras más o menos textuales (no tengo tanta memoria) de una de mis pacientes: “claro que quiero separarme… pero tengo una vida ya muy hecha, y mis padres mayores. ¿Crees que tengo fuerza para enfrentarme al estigma de ser una mujer de cuarenta años divorciada?”
No me extiendo más: creo que todos nos hemos entendido.
Pero van los duques y se comportan en libertad absoluta, y se pasan por el forro la tradición, el simbolismo, la imagen, ¿qué han de opinar ustedes, si es nuestra vida? ¿mujer estigmatizada por ser divorciada con más de cuarenta? ¡anda ya! Somos infelices juntos, no nos entendemos, no nos queremos ya, y queremos tener una oportunidad más de ser felices, separados, preservando la fragilidad de nuestros hijos, y no se trata de decírselo a papá y a mamá, se lo hemos de decir al mundo entero, pasar por la persecución de la prensa, que hablen de nosotros hasta en el telediario como noticia uno, salir en las portadas de los periódicos, ser, en definitiva, nosotros mismos a pesar de todo.
Ya sé qué decirle a mi amiga Clara: “¿Qué no te divorcias por la vergüenza social? Mira, cariño, tu vergüenza social es una mierda comparada con lo que pasarán Elenita y Marichali, así que o me das otra excusa, o te divorcias, como la infanta, con un par.”
Estrés de Amante.
Aviso:
Este post ha sido borrado por circunstancias en absoluto ajenas a mi voluntad.
Fin del aviso.
Este post ha sido borrado por circunstancias en absoluto ajenas a mi voluntad.
Fin del aviso.
Ya puedo seguir.
Hace ya siete años que Enrique me dejó. Cuando lo hizo, a la tristeza (llamémosle “desesperación”) de perderle, se le añadió la absoluta falta de explicaciones. Dijo algo así como “ya no sé lo que siento por ti, y prefiero dejarlo.” Esto podría ser una explicación en sí misma: cuando no estás seguro de que lo que sientes, es porque ya no sientes lo que se supone sentías. Así que yo bien podría haber pensado “no me quiere”, y lo pensé, vaya si lo pensé, lo pensé cada vez que rompía a llorar, o me odiaba por haber perdido a quien yo amaba, o no lograba volver a entregarme con la opción de futuro lógica de cualquiera que se entrega.
Pero lo que más me dolió es que no era capaz de entender en qué momento Enrique había pasado del “te amo” que me espetaba días antes haciéndome el amor, al “ya no sé lo que siento por ti” de aquella tarde de invierno lluviosa.
Revisaba obsesivamente los tres días que separaron aquellas dos conversaciones, buscando pistas, indicios, salidas, explicaciones a fin de cuentas.
Más adelante, cuando Enrique ya no me dolía, me expliqué a mí misma que se había enamorado de otra mujer, mujer que ahora pasea por su ciudad colgada del brazo.
Me di muchas más:
Depresivas: “soy una mierda de tía y obviamente, de una mierda como yo se desenamora uno.”
Fatalistas: “nunca me quiso”.
Rocambolescas: “alguien le obligó a dejarme.”
Románticas: “lo hizo por mí, porque me quería demasiado.”
No sé por qué motivo, Enrique tuvo la necesidad ayer, siete años más tarde, de darme esa explicación.
Estábamos riendo y charlando acerca de lo bien que lo pasábamos en la cama, y yo diciendo guarradillas del tipo “y ¿te acuerdas de cómo te la comía enterita hasta tragarme todo tu semen?” y de pronto él dijo: “Amanda, te mereces una explicación.”
Yo no quería una explicación, no quería saberlo. No quería volver a dolerme, no quería volver a enfrentarme a ese momento en que perdí al amor de mi vida, calla, calla, no digas nada Enrique, no hace falta, ya pasó, shttt, calla.
Hablemos de sexo, ¿te acuerdas? Tu polla en mi boca, mi coñito en la tuya, mmm, qué rico, Enrique. ¿Podríamos tener un poquito de sexo telefónico? Nos masturbaremos cada uno en nuestra cama mientras nos escuchamos y yo te diré “sigue, sigue, métemela hasta el fondo.”
Y Enrique repitió: “te mereces una explicación, Amanda.”
- No cariño, no necesito una explicación, ya está superado, yo tengo mi vida, ¿sabes? He tenido a Luis, me volví a enamorar, y todo ha ido bien, ya no sirve de nada volver para atrás, no es necesario. Anda, follemos, venga, estamos aquí para divertirnos.
Y volví a pollas, coño, tetas, y Enrique siguió, calla, coño, que no quiero oírlo, cállate.
Pero lo dijo, dio su explicación.
Y de pronto, joder, todo encajó. Callada, al otro lado del teléfono, escuchaba a Enrique y al mismo tiempo se me unían escenas del pasado que no había entendido y ahora entendía, y frases, y miradas, y cosas dichas y cosas no dichas y su final, y dejarme y mantenerme todo este tiempo, y el amor que no se quedé en nada, y el puzle perfecto, completo, ah, qué claridad, qué fácil entenderlo cuando lo sabes, qué obvio, qué necesidad más desbordada de aquella conversación, aquella conversación que llega, siete años más tarde.
De pronto en mi silencio rompí a llorar. No era un llanto de tristeza, era un llanto de alivio, un llanto sereno y tranquilo, el único llanto que tenía que haber existido entre Enrique y yo.
- Sabes, -traté de sonreir- si me hubieras explicado todo esto entonces, quizás hubiéramos tenido una oportunidad.
- Preciosa mía, quizás las oportunidades estén todavía por llegar.
Y esta mañana me he despertado adormilada, apenas cuatro horas de sueño, pero feliz como no lo había estado en todos estos años, de esa felicidad que te descarga, la felicidad de entenderlo todo. La que te exhime de culpa, la que te mantiene tranquila, segura, la que te mantiene, sólo eso, te mantiene.
Ya puedo seguir adelante con mi vida. Ahora sí.
Pero lo que más me dolió es que no era capaz de entender en qué momento Enrique había pasado del “te amo” que me espetaba días antes haciéndome el amor, al “ya no sé lo que siento por ti” de aquella tarde de invierno lluviosa.
Revisaba obsesivamente los tres días que separaron aquellas dos conversaciones, buscando pistas, indicios, salidas, explicaciones a fin de cuentas.
Más adelante, cuando Enrique ya no me dolía, me expliqué a mí misma que se había enamorado de otra mujer, mujer que ahora pasea por su ciudad colgada del brazo.
Me di muchas más:
Depresivas: “soy una mierda de tía y obviamente, de una mierda como yo se desenamora uno.”
Fatalistas: “nunca me quiso”.
Rocambolescas: “alguien le obligó a dejarme.”
Románticas: “lo hizo por mí, porque me quería demasiado.”
No sé por qué motivo, Enrique tuvo la necesidad ayer, siete años más tarde, de darme esa explicación.
Estábamos riendo y charlando acerca de lo bien que lo pasábamos en la cama, y yo diciendo guarradillas del tipo “y ¿te acuerdas de cómo te la comía enterita hasta tragarme todo tu semen?” y de pronto él dijo: “Amanda, te mereces una explicación.”
Yo no quería una explicación, no quería saberlo. No quería volver a dolerme, no quería volver a enfrentarme a ese momento en que perdí al amor de mi vida, calla, calla, no digas nada Enrique, no hace falta, ya pasó, shttt, calla.
Hablemos de sexo, ¿te acuerdas? Tu polla en mi boca, mi coñito en la tuya, mmm, qué rico, Enrique. ¿Podríamos tener un poquito de sexo telefónico? Nos masturbaremos cada uno en nuestra cama mientras nos escuchamos y yo te diré “sigue, sigue, métemela hasta el fondo.”
Y Enrique repitió: “te mereces una explicación, Amanda.”
- No cariño, no necesito una explicación, ya está superado, yo tengo mi vida, ¿sabes? He tenido a Luis, me volví a enamorar, y todo ha ido bien, ya no sirve de nada volver para atrás, no es necesario. Anda, follemos, venga, estamos aquí para divertirnos.
Y volví a pollas, coño, tetas, y Enrique siguió, calla, coño, que no quiero oírlo, cállate.
Pero lo dijo, dio su explicación.
Y de pronto, joder, todo encajó. Callada, al otro lado del teléfono, escuchaba a Enrique y al mismo tiempo se me unían escenas del pasado que no había entendido y ahora entendía, y frases, y miradas, y cosas dichas y cosas no dichas y su final, y dejarme y mantenerme todo este tiempo, y el amor que no se quedé en nada, y el puzle perfecto, completo, ah, qué claridad, qué fácil entenderlo cuando lo sabes, qué obvio, qué necesidad más desbordada de aquella conversación, aquella conversación que llega, siete años más tarde.
De pronto en mi silencio rompí a llorar. No era un llanto de tristeza, era un llanto de alivio, un llanto sereno y tranquilo, el único llanto que tenía que haber existido entre Enrique y yo.
- Sabes, -traté de sonreir- si me hubieras explicado todo esto entonces, quizás hubiéramos tenido una oportunidad.
- Preciosa mía, quizás las oportunidades estén todavía por llegar.
Y esta mañana me he despertado adormilada, apenas cuatro horas de sueño, pero feliz como no lo había estado en todos estos años, de esa felicidad que te descarga, la felicidad de entenderlo todo. La que te exhime de culpa, la que te mantiene tranquila, segura, la que te mantiene, sólo eso, te mantiene.
Ya puedo seguir adelante con mi vida. Ahora sí.
Tíos de discoteca
Mi hermano es el rarito de la familia, porque resulta que nos ha salido de lo más normal: estudia, hace deporte, aprende idiomas, sólo ha tenido una novieta, y con 19 años sigue siendo virgen. Esto último es de lo más extraordinario en mi familia: creo que ninguno llegó a la mayoría de edad siendo aun ni mocito ni mocita, y eso que mi hermano está buenorrillo, y tiene un puntito ingenuo que a mí, si no fuera ni su hermana ni le llevase dieciocho años, me pondría bastante.
Pero el caso es que él me estaba dando consejos el otro día porque se me ocurrió decirle que me apetecía tener una aventura diferente, y claro, para un virgen, una aventura diferente es sinónimo de un noviazgo. Yo estaba pensando más bien en hacer un trío con dos negros pero me abstuve de sacarle de su inocencia virginal.
El caso es que mi hermano me aconsejó que fuera a un par de bares y que allí me sería relativamente echarme novio y yo pensé, alma de dios, ¿cómo voy a sacarme novio allí si es un sitio de “te la meto y te la saco esta noche si vas lo suficientemente borracha y mañana no te llamaré”?
Y es que a mí ni se me ocurriría ver en un lío de una noche conocido en bar o discoteca algo más que un simple momento de diversión, que tampoco me vendría nada mal, la verdad, pero que nada tiene que ver con lo de los negros y menos aun con el noviazgo que mi hermano cree que estoy buscando.
Una cosa son las citas más o menos premeditadas, incluso el amigo que te presentan una noche cualquiera y con el que acabas en la cama. Éste es un amigo de un amigo, no vas a resultar tan informal como para pasar de él tal cual te deje satisfecha, pero, ¿de un tío de discoteca?
Será por eso por lo que nunca jamás he repetido con un tío conocido en esas circunstancias, bien que alguno merecería más que repetir, abono de 10 viajes con rebaja incluida, pero yo tengo mis barreras emocionales y mis categorizaciones, absurdas, sí, pero son mías y me gustan.
Y es que vamos a lo que vamos, y estamos a lo que estamos, y en la discoteca igual yo no voy a lo que voy, pero el que se me acerca sí va a ello, o no me explico que pueda uno ir a buscar una aventura seria en una discoteca, quizás porque yo no lo he hecho ni lo haría nunca.
Así que me acuerdo de mi amiga Alicia, que es una petarda, fea donde las haya, pero una echá pa’lante, de reírte de verdad, y de cómo hace unas semanas recibí la noticia de que estaba pariendo en un hospital el segundo churumbel de Antonio, su marido, al que conoció yendo las dos tajas perdidas en la discoteca más chunga de mi ciudad a las cinco de la mañana.
Me acuerdo que me preguntó al día siguiente, aun resacosa, y con esa cara de felicidad que se le pone a una cuando está bien follada:
- Amanda, ¿tú le llamarías?
- Nunca. Un tío que te follas después de haberle conocido a las cinco de la mañana con olor a tabaco rancio, aliento presto a prenderse con sólo acercar una cerilla, en un lugar de puterío manifiesto, no puede ser nada bueno.
Pues menos mal que se pasó por el forro de las tetas mis consejos, porque Alicia está felizmente casada con el tipejo que le entró a matar a esas horas, y yo en cambio sigo pensando en negros para hacer un trío.
Será, probablemente, que Alicia sí buscaba novio en discotecas y que yo allí no voy a encontrarlo nunca. Ni allí, ni en ningún otro lado. Al menos eso creo.
Pero el caso es que él me estaba dando consejos el otro día porque se me ocurrió decirle que me apetecía tener una aventura diferente, y claro, para un virgen, una aventura diferente es sinónimo de un noviazgo. Yo estaba pensando más bien en hacer un trío con dos negros pero me abstuve de sacarle de su inocencia virginal.
El caso es que mi hermano me aconsejó que fuera a un par de bares y que allí me sería relativamente echarme novio y yo pensé, alma de dios, ¿cómo voy a sacarme novio allí si es un sitio de “te la meto y te la saco esta noche si vas lo suficientemente borracha y mañana no te llamaré”?
Y es que a mí ni se me ocurriría ver en un lío de una noche conocido en bar o discoteca algo más que un simple momento de diversión, que tampoco me vendría nada mal, la verdad, pero que nada tiene que ver con lo de los negros y menos aun con el noviazgo que mi hermano cree que estoy buscando.
Una cosa son las citas más o menos premeditadas, incluso el amigo que te presentan una noche cualquiera y con el que acabas en la cama. Éste es un amigo de un amigo, no vas a resultar tan informal como para pasar de él tal cual te deje satisfecha, pero, ¿de un tío de discoteca?
Será por eso por lo que nunca jamás he repetido con un tío conocido en esas circunstancias, bien que alguno merecería más que repetir, abono de 10 viajes con rebaja incluida, pero yo tengo mis barreras emocionales y mis categorizaciones, absurdas, sí, pero son mías y me gustan.
Y es que vamos a lo que vamos, y estamos a lo que estamos, y en la discoteca igual yo no voy a lo que voy, pero el que se me acerca sí va a ello, o no me explico que pueda uno ir a buscar una aventura seria en una discoteca, quizás porque yo no lo he hecho ni lo haría nunca.
Así que me acuerdo de mi amiga Alicia, que es una petarda, fea donde las haya, pero una echá pa’lante, de reírte de verdad, y de cómo hace unas semanas recibí la noticia de que estaba pariendo en un hospital el segundo churumbel de Antonio, su marido, al que conoció yendo las dos tajas perdidas en la discoteca más chunga de mi ciudad a las cinco de la mañana.
Me acuerdo que me preguntó al día siguiente, aun resacosa, y con esa cara de felicidad que se le pone a una cuando está bien follada:
- Amanda, ¿tú le llamarías?
- Nunca. Un tío que te follas después de haberle conocido a las cinco de la mañana con olor a tabaco rancio, aliento presto a prenderse con sólo acercar una cerilla, en un lugar de puterío manifiesto, no puede ser nada bueno.
Pues menos mal que se pasó por el forro de las tetas mis consejos, porque Alicia está felizmente casada con el tipejo que le entró a matar a esas horas, y yo en cambio sigo pensando en negros para hacer un trío.
Será, probablemente, que Alicia sí buscaba novio en discotecas y que yo allí no voy a encontrarlo nunca. Ni allí, ni en ningún otro lado. Al menos eso creo.
Amor Secreto.
Tengo un amor secreto. De los de verdad. Me refiero a que es tan secreto que a veces dudo yo misma de que exista. Menos mal que de vez en cuando me voy de la lengua conmigo misma y me lo cuento, porque si no iba a quedarme sin saber lo de mi amor secreto.
Mi amor secreto no tiene nada de especial. No es ninguna historia platónica, ni romántica, ni apasionada, ni dejaría asombrado a nadie si la publicitase o la comentase a todos, empezando por mi vecina, que sería la mujer ideal como para empezar a contar un secreto que quieres todo el mundo lo sepa.
Es un hombre, así que no soy ni siquiera original en eso. Está bueno, es inteligente, está forrado y, no, no está casado. Folla bien, besa mejor, hablamos, nos vemos, a veces sentimos que estamos en una relación y a veces no. Según el momento y según nos dé.
No tiene nada de misterioso, ni de oculto, ni se parece a un cuento de hadas. No es el hombre que veo pasar, ni el que veo en el bus, ni el que vi una vez o me presentaron de refilón. Es un hombre que me conoce, al que yo conozco, le conoce también la gente a mi alrededor, y conozco la gente a su alrededor.
Pero es mi amor secreto.
Porque desde hace tiempo, estoy profunda y enteramente enamorada de él.
Y porque nadie lo sabe.
A veces me olvido hasta yo, de cuánto le amo.
De cómo sueño todas las noches con sus manos en mi cuerpo, y sus labios en mi piel, y sus dedos recorriendo los surcos de mis emociones, acariciándolas, deseándolas, amándolas tanto como yo amo las suyas, así, en secreto.
Alguien dijo que mis historias eran tristes. Y creo que muchas de ellas lo son de un tiempo a esta parte, por cuánto mi amor de secreto tiene. Porque mi amor no es secreto porque sí, no soy adicta al dramatismo, soy pragmática, y por eso no renuncio a mi realidad, ni me pierdo en ensoñaciones baratas que no llevan a ningún lado. No, no es eso. Mi amor es secreto porque él no siente lo mismo.
No lo ha sentido nunca.
Y no lo va a sentir.
Así que en mi secretismo lo que hago es proteger la renuncia a la que me enfrento todos los días amándole sin sentido alguno. Hago ver como que no existe. No está. Porque es secreto. Con él río y sonrío, mientras me mira y me besa los pechos y juega con mi cabello entrelazándolo en sus manos y me dice: “¡qué buenas estás, Amanda!”
“te quiero, no sabes cuánto. No lo sabrás nunca. Te quiero tanto que me duele todo cuando no estás cerca. Y cuando te alejas siento que no puedo hacer nada más que amarte de nuevo, así, en secreto.”
Bueno, todo esto es muy bonito, vale, pero la realidad es que ando colgada de un tío que pasa de mí tres pueblos. Así que mientras me cepillo a otros. Pero guardadme el secreto.
Mi amor secreto no tiene nada de especial. No es ninguna historia platónica, ni romántica, ni apasionada, ni dejaría asombrado a nadie si la publicitase o la comentase a todos, empezando por mi vecina, que sería la mujer ideal como para empezar a contar un secreto que quieres todo el mundo lo sepa.
Es un hombre, así que no soy ni siquiera original en eso. Está bueno, es inteligente, está forrado y, no, no está casado. Folla bien, besa mejor, hablamos, nos vemos, a veces sentimos que estamos en una relación y a veces no. Según el momento y según nos dé.
No tiene nada de misterioso, ni de oculto, ni se parece a un cuento de hadas. No es el hombre que veo pasar, ni el que veo en el bus, ni el que vi una vez o me presentaron de refilón. Es un hombre que me conoce, al que yo conozco, le conoce también la gente a mi alrededor, y conozco la gente a su alrededor.
Pero es mi amor secreto.
Porque desde hace tiempo, estoy profunda y enteramente enamorada de él.
Y porque nadie lo sabe.
A veces me olvido hasta yo, de cuánto le amo.
De cómo sueño todas las noches con sus manos en mi cuerpo, y sus labios en mi piel, y sus dedos recorriendo los surcos de mis emociones, acariciándolas, deseándolas, amándolas tanto como yo amo las suyas, así, en secreto.
Alguien dijo que mis historias eran tristes. Y creo que muchas de ellas lo son de un tiempo a esta parte, por cuánto mi amor de secreto tiene. Porque mi amor no es secreto porque sí, no soy adicta al dramatismo, soy pragmática, y por eso no renuncio a mi realidad, ni me pierdo en ensoñaciones baratas que no llevan a ningún lado. No, no es eso. Mi amor es secreto porque él no siente lo mismo.
No lo ha sentido nunca.
Y no lo va a sentir.
Así que en mi secretismo lo que hago es proteger la renuncia a la que me enfrento todos los días amándole sin sentido alguno. Hago ver como que no existe. No está. Porque es secreto. Con él río y sonrío, mientras me mira y me besa los pechos y juega con mi cabello entrelazándolo en sus manos y me dice: “¡qué buenas estás, Amanda!”
“te quiero, no sabes cuánto. No lo sabrás nunca. Te quiero tanto que me duele todo cuando no estás cerca. Y cuando te alejas siento que no puedo hacer nada más que amarte de nuevo, así, en secreto.”
Bueno, todo esto es muy bonito, vale, pero la realidad es que ando colgada de un tío que pasa de mí tres pueblos. Así que mientras me cepillo a otros. Pero guardadme el secreto.