No te entiendo, querido.
Sólo existen dos motivos por los cuales yo puedo llegar a decidir romper una relación estando enamorada (a parte de "El Motivo" que es que esa relación esté inclinando la balanza de lo aportado hacia la infelicidad.)
El primero de ellos es sentirme agobiada por lo que yo llamo "la decepción." Por "decepción" no entiendo esa emoción que surge cuando tienes un puñado de expectativas ilógicas focalizadas en un hombre y de pronto ese hombre se descubre y no tiene nada que ver con tu poderosa imaginación. Entiendo más bien una circunstancia puntual que choca brutalmente con mi núcleo emocional.
Dejé a Carlos porque me echó una bronca por haberme pasado dos horas en un bar con mi amiga Sonia bailando sin avisarle.
Dejé a un noviete que me duró un suspiro, porque al ponerme a bailar en una barra toda feliz, me dijo que estaba haciendo el ridículo.
Dejé a mi primer amor cuando me enteré de que había enseñado una foto de mis tetas a todos sus amigos.
El segundo motivo es entrar en una espiral de incomprensibilidad masculina. Hablando claro: que no entiendo por dónde van los tiros.
Me molesta muchísimo esa situación, me horroriza diría. Se me atraganta y me fulmina intelectualmente.
Me está pasando con mi nuevo chico: no le entiendo nada. Hoy está estupendo, mañana está raro, al otro no habla, al tercero habla por los codos. Le siento feliz una hora, y agobiado la siguiente. Creo que me desea en el minuto tres y en el cuatro me estoy preguntando si le atraigo.
Esas situaciones claroscuras, me arrastran irremediablemente a darle vueltas a mi cabecita, cosa que odio profundamente, porque cuando te pones a pensar en qué siente él, qué pasará o en qué estará pensando, acabas dándotelas de adivino del pensamiento y razonando lo irracional.
Ayer al despertar me di cuenta de que me estaba preguntando chorradas como "¿me quiere de verdad?", "¿siente algo por mí?", "Lo de vernos, ¿lo dijo en serio?"
Bah, pura empanada.
Así que tal cual estaba haciéndome ese tipo de preguntas absurdas, le llamé y le dije que no iba a emplear ni un sólo minuto de mi tiempo preguntándome cosas.
- Pero, si no me pasa nada.
- A ti seguramente no. Pero a mí sí.
- ¿Qué te está pasando, mi niña?
- Pues que no te entiendo.
Y rompí.
De lo que no estoy muy segura es de si él me entendió a mí.
El primero de ellos es sentirme agobiada por lo que yo llamo "la decepción." Por "decepción" no entiendo esa emoción que surge cuando tienes un puñado de expectativas ilógicas focalizadas en un hombre y de pronto ese hombre se descubre y no tiene nada que ver con tu poderosa imaginación. Entiendo más bien una circunstancia puntual que choca brutalmente con mi núcleo emocional.
Dejé a Carlos porque me echó una bronca por haberme pasado dos horas en un bar con mi amiga Sonia bailando sin avisarle.
Dejé a un noviete que me duró un suspiro, porque al ponerme a bailar en una barra toda feliz, me dijo que estaba haciendo el ridículo.
Dejé a mi primer amor cuando me enteré de que había enseñado una foto de mis tetas a todos sus amigos.
El segundo motivo es entrar en una espiral de incomprensibilidad masculina. Hablando claro: que no entiendo por dónde van los tiros.
Me molesta muchísimo esa situación, me horroriza diría. Se me atraganta y me fulmina intelectualmente.
Me está pasando con mi nuevo chico: no le entiendo nada. Hoy está estupendo, mañana está raro, al otro no habla, al tercero habla por los codos. Le siento feliz una hora, y agobiado la siguiente. Creo que me desea en el minuto tres y en el cuatro me estoy preguntando si le atraigo.
Esas situaciones claroscuras, me arrastran irremediablemente a darle vueltas a mi cabecita, cosa que odio profundamente, porque cuando te pones a pensar en qué siente él, qué pasará o en qué estará pensando, acabas dándotelas de adivino del pensamiento y razonando lo irracional.
Ayer al despertar me di cuenta de que me estaba preguntando chorradas como "¿me quiere de verdad?", "¿siente algo por mí?", "Lo de vernos, ¿lo dijo en serio?"
Bah, pura empanada.
Así que tal cual estaba haciéndome ese tipo de preguntas absurdas, le llamé y le dije que no iba a emplear ni un sólo minuto de mi tiempo preguntándome cosas.
- Pero, si no me pasa nada.
- A ti seguramente no. Pero a mí sí.
- ¿Qué te está pasando, mi niña?
- Pues que no te entiendo.
Y rompí.
De lo que no estoy muy segura es de si él me entendió a mí.
Si te quieres, come.
No sé si ya os he contado que tengo dos carreras y estoy en camino de obtener la tercera.
Que leo a Houellebecq, a Paul Auster y a García Márquez como quien lee el periódico deportivo tomando un café.
Que sólo veo películas de Óscar, series de Emmy, y no escucho nada que ni por asomo parezca comercial.
Pero ese aire pseudo intelectualoïde que me traigo, pierde todo su sentido cuando me engancho a memeces como Fama, a bailar: un reality de los de maruja de rulo y ropa de mercadillo.
El programita es malo de cojones, no hay por dónde cogerlo. Los profesores son insufribles, los directores de la supuesta academia no saben ni hablar delante de las cámaras, el formato es infame y los guionistas no pueden ser sino los últimos becarios que nadie quiso contratar.
Pero, joder, allí estoy yo cada sobremesa tragándomelo con patatas.
El caso es que hace un par de días ocurrió algo que me pareció impresionante. Una de las concursantes, de nombre “Susana”, tiene un evidente problema de sobrepeso que contrasta visiblemente con las otras participantes: todo niñas monísimas de insultantes barrigas perfectas.
La chica en un alarde de humildad y conciencia, pide que le ayuden a rebajar los kilitos de más, por lo que contratan a un dietista que está como un puñetero queso.
El hombre todo profesional, le pregunta a la muchacha qué sucedió para que una mujer que se curtió en la gimnasia de competición, haya pasado de tener un cuerpo diez a diez por dos kilos de sobra.
Lo preguntó sin tanta ironía.
Y entonces la muchacha, de la cual no voy a comentar nada como bailarina, puesto que todos y cada uno de los bailarines de esa escuela están constantemente eclipsados por un muchachito de horterísima piercing en la ceja llamado Hugo, que es lo más fácil, agradable, emocionante y espectacular de ver bailar, contesta lo siguiente:
- Es que me empecé a querer. Cuando era gimnasta me quitaban el plato de la mesa para que no comiera. Y un día decidí echarme amor encima.
Pido, ruego, imploro, a los conductores de esa academia de modelitos y tontines, (sin pedir permiso diré que a parte de Hugo del que soy fan, aduladora y admiradora, se salva otro chavalín feo de cojones con aparatos en los dientes llamado Álex, que baila como si caminara, con tanta naturalidad y fuerza que te quedas tonta mirándole) que despidan de inmediato al dietista: Susana, no te puedes desprender de grasas de amor, cariño, respeto, y seguridad en ti misma. Deja que bailen otros. Pero tú sigue siendo tú. Y nunca, nunca, te dejes de querer.
Que leo a Houellebecq, a Paul Auster y a García Márquez como quien lee el periódico deportivo tomando un café.
Que sólo veo películas de Óscar, series de Emmy, y no escucho nada que ni por asomo parezca comercial.
Pero ese aire pseudo intelectualoïde que me traigo, pierde todo su sentido cuando me engancho a memeces como Fama, a bailar: un reality de los de maruja de rulo y ropa de mercadillo.
El programita es malo de cojones, no hay por dónde cogerlo. Los profesores son insufribles, los directores de la supuesta academia no saben ni hablar delante de las cámaras, el formato es infame y los guionistas no pueden ser sino los últimos becarios que nadie quiso contratar.
Pero, joder, allí estoy yo cada sobremesa tragándomelo con patatas.
El caso es que hace un par de días ocurrió algo que me pareció impresionante. Una de las concursantes, de nombre “Susana”, tiene un evidente problema de sobrepeso que contrasta visiblemente con las otras participantes: todo niñas monísimas de insultantes barrigas perfectas.
La chica en un alarde de humildad y conciencia, pide que le ayuden a rebajar los kilitos de más, por lo que contratan a un dietista que está como un puñetero queso.
El hombre todo profesional, le pregunta a la muchacha qué sucedió para que una mujer que se curtió en la gimnasia de competición, haya pasado de tener un cuerpo diez a diez por dos kilos de sobra.
Lo preguntó sin tanta ironía.
Y entonces la muchacha, de la cual no voy a comentar nada como bailarina, puesto que todos y cada uno de los bailarines de esa escuela están constantemente eclipsados por un muchachito de horterísima piercing en la ceja llamado Hugo, que es lo más fácil, agradable, emocionante y espectacular de ver bailar, contesta lo siguiente:
- Es que me empecé a querer. Cuando era gimnasta me quitaban el plato de la mesa para que no comiera. Y un día decidí echarme amor encima.
Pido, ruego, imploro, a los conductores de esa academia de modelitos y tontines, (sin pedir permiso diré que a parte de Hugo del que soy fan, aduladora y admiradora, se salva otro chavalín feo de cojones con aparatos en los dientes llamado Álex, que baila como si caminara, con tanta naturalidad y fuerza que te quedas tonta mirándole) que despidan de inmediato al dietista: Susana, no te puedes desprender de grasas de amor, cariño, respeto, y seguridad en ti misma. Deja que bailen otros. Pero tú sigue siendo tú. Y nunca, nunca, te dejes de querer.
No pidas lo que no quieres que suceda.
Mi amiga Sonia me preguntó cómo se me quedaron los pensamientos tras haberme acostado con Luis.
Le conté que se me habían quedado de puta madre, casi tanto como mi cuerpo o como mi cara, que luce de bien follada lo que no lucía hacía tiempo.
Me dijo entonces que se refería al hecho de que eso hubiera sucedido tan poco tiempo después de conocer a mi nuevo chico.
Le recordé que mi nuevo chico me soltó la milonga del “no quiero compromiso alguno” a las tres semanas de conocernos. Y que yo entiendo por “no quiero compromiso alguno” algo muy parecido a “haz con tu cuerpo lo que quieras, y con tu mente, pues también.”
Sonia me explicó, solícita, paciente, demagógica, que los tíos siempre dicen esas cosas, pero nunca quieren que les pongan los cuernos. Da igual cuánto de compromiso deseen, cuánto de libertad anhelen, o cuánto de amor procesen: ni uno solo te va a aceptar que hagas uso y disfrute de esa declaración de intenciones. Te quieren sólo para ellos, pero sólo para cuando ellos quieran.
Yo le conté, solícita, paciente, demagógica, que la honestidad es el pilar de cualquier relación. Y yo soy brutalmente honesta. Si me piden que no me entregue, no lo hago. Si me dan libertad, la utilizo. Si no me quieren para pasar el resto de sus días, vivo el resto de mis días como si ellos no quisieran pasarlos conmigo.
No importa si es lo correcto, si es inteligente o si por causa o consecuencia de mis infidelidades reincidentes, ellos se apartan de mi lado, me dejan o huyen despavoridos: yo sólo hago lo que ellos desean.
Si mi chico no deseara que me siguieran beneficiando a Luis, que lo pida. Puede que le dijese que no pienso renuncia a Luis. O puede que le dijese que pienso renunciar a él si me lo pide. Pero nunca, nunca, dejaré de hacer lo que me venga en gana tras una conversación de “no quiero compromiso alguno.”
La coherencia es darle forma a las palabras.
Luis dice que a veces las palabras provienen de la razón, y cuando se tornan una realidad, lo que te machaca son las emociones.
Pues no digas nada.
Si no estás perfectamente convencido de que no llevarás bien que tu nueva chica se acueste con otros, si no sabes a ciencia cierta que te importa un pepino lo que haga fuera de ti mientras siga estando dispuesta a responder a tu llamada y a acudir a tu cama cuando tú lo desees, si no sabes que eso no te dolerá, ni te molestará, ni te agobiará, ni te producirá un rechazo… no digas que no quieres compromiso alguno.
Cállate.
Porque de lo contrario yo entenderé y asumiré tus palabras y no tendrás de mí más que los momentos que tú me pidas.
Sonia me escuchó, me miró y luego dijo:
- Sabes, Amanda. Eres la infiel mentirosa más honesta que he conocido jamás. Y creo que el día que uno de esos hombres deje de hacerse pipí en los pantalones debido a tu fuerza y tu personalidad, y te pida que no te acuestes con otros porque eso le haría daño, vas a ser una mujer cojonudamente fiel.
Creo que por eso sigo amando a Enrique: porque fue el único hombre que lo dijo con esas palabras.
Lo dijo una tarde estando los dos en mi cocina tomando café después de comer. Y es cierto: no me costó nada decirle: “tranquilo, cariño: yo no voy a hacerte daño.”
Le conté que se me habían quedado de puta madre, casi tanto como mi cuerpo o como mi cara, que luce de bien follada lo que no lucía hacía tiempo.
Me dijo entonces que se refería al hecho de que eso hubiera sucedido tan poco tiempo después de conocer a mi nuevo chico.
Le recordé que mi nuevo chico me soltó la milonga del “no quiero compromiso alguno” a las tres semanas de conocernos. Y que yo entiendo por “no quiero compromiso alguno” algo muy parecido a “haz con tu cuerpo lo que quieras, y con tu mente, pues también.”
Sonia me explicó, solícita, paciente, demagógica, que los tíos siempre dicen esas cosas, pero nunca quieren que les pongan los cuernos. Da igual cuánto de compromiso deseen, cuánto de libertad anhelen, o cuánto de amor procesen: ni uno solo te va a aceptar que hagas uso y disfrute de esa declaración de intenciones. Te quieren sólo para ellos, pero sólo para cuando ellos quieran.
Yo le conté, solícita, paciente, demagógica, que la honestidad es el pilar de cualquier relación. Y yo soy brutalmente honesta. Si me piden que no me entregue, no lo hago. Si me dan libertad, la utilizo. Si no me quieren para pasar el resto de sus días, vivo el resto de mis días como si ellos no quisieran pasarlos conmigo.
No importa si es lo correcto, si es inteligente o si por causa o consecuencia de mis infidelidades reincidentes, ellos se apartan de mi lado, me dejan o huyen despavoridos: yo sólo hago lo que ellos desean.
Si mi chico no deseara que me siguieran beneficiando a Luis, que lo pida. Puede que le dijese que no pienso renuncia a Luis. O puede que le dijese que pienso renunciar a él si me lo pide. Pero nunca, nunca, dejaré de hacer lo que me venga en gana tras una conversación de “no quiero compromiso alguno.”
La coherencia es darle forma a las palabras.
Luis dice que a veces las palabras provienen de la razón, y cuando se tornan una realidad, lo que te machaca son las emociones.
Pues no digas nada.
Si no estás perfectamente convencido de que no llevarás bien que tu nueva chica se acueste con otros, si no sabes a ciencia cierta que te importa un pepino lo que haga fuera de ti mientras siga estando dispuesta a responder a tu llamada y a acudir a tu cama cuando tú lo desees, si no sabes que eso no te dolerá, ni te molestará, ni te agobiará, ni te producirá un rechazo… no digas que no quieres compromiso alguno.
Cállate.
Porque de lo contrario yo entenderé y asumiré tus palabras y no tendrás de mí más que los momentos que tú me pidas.
Sonia me escuchó, me miró y luego dijo:
- Sabes, Amanda. Eres la infiel mentirosa más honesta que he conocido jamás. Y creo que el día que uno de esos hombres deje de hacerse pipí en los pantalones debido a tu fuerza y tu personalidad, y te pida que no te acuestes con otros porque eso le haría daño, vas a ser una mujer cojonudamente fiel.
Creo que por eso sigo amando a Enrique: porque fue el único hombre que lo dijo con esas palabras.
Lo dijo una tarde estando los dos en mi cocina tomando café después de comer. Y es cierto: no me costó nada decirle: “tranquilo, cariño: yo no voy a hacerte daño.”
Filtrando mal.
Uno de los errores que más frecuentemente cometemos de manera inconsciente es lo que llamamos “filtro mental”: nos obcecamos en magnificar lo negativo de una situación, minimizando todo lo positivo de esa situación.
Me acuerdo de mi amiga Laura el primer año de facultad. Tras los exámenes de la primera convocatoria, fuimos juntas a recoger nuestras notas. Laura había aprobado 12 asignaturas con notables, excelentes e incluso dos matrículas de honor. Pero había suspendido estadística: “he suspendido estadística, joder, vaya mierda, menuda mierda, joder, joder, he suspendido estadística”.
También yo suspendí estadística, pero obtuve siete excelentes y cinco notables y mientras ella estaba casi agónica explicándole a todo el mundo que había suspendido estadística, yo estaba eufórica contándoles que había sacado siete excelentes en mi primer año de facultad.
Quizás el filtro mental no sea el error que más frecuentemente cometo. Pero a veces me ataca como a todo ser pensante. Y creo que ayer fue una de esas veces.
Frente a mí, sentado en un restaurante impresionante, en un ambiente divertido y distendido, con una botella de Enate Chardonnay 234, una bandeja de marisco, con una perfecta camisa blanca, vaqueros impecables, ojos azules profundos, y la mirada de la complicidad, Luis me acompañaba.
De pronto pensé en las veces en que no podía estar así junto a él. En las veces que le he visto partir. En el día siguiente y en la despedida. En todos esos instantes en que no le tengo.
Y me sentí contrariada, triste, impotente, infeliz.
Me cargué la cena en dos minutos.
Por suerte, yo no me enamoro de cualquiera. Así que llegando a casa, a pesar de haberle dado una inmerecida nochecita de reproches y resentimientos, me pidió que me subiera sobre la mesa, me bajara las bragas, me quitara la camisa, abriera mi alma de una vez, y me dejara follar.
Debe ser porque he tenido uno de los orgasmos de mi vida, que hoy recupero la sonrisa de gilipollas y me siento, de nuevo, completamente feliz.
Me acuerdo de mi amiga Laura el primer año de facultad. Tras los exámenes de la primera convocatoria, fuimos juntas a recoger nuestras notas. Laura había aprobado 12 asignaturas con notables, excelentes e incluso dos matrículas de honor. Pero había suspendido estadística: “he suspendido estadística, joder, vaya mierda, menuda mierda, joder, joder, he suspendido estadística”.
También yo suspendí estadística, pero obtuve siete excelentes y cinco notables y mientras ella estaba casi agónica explicándole a todo el mundo que había suspendido estadística, yo estaba eufórica contándoles que había sacado siete excelentes en mi primer año de facultad.
Quizás el filtro mental no sea el error que más frecuentemente cometo. Pero a veces me ataca como a todo ser pensante. Y creo que ayer fue una de esas veces.
Frente a mí, sentado en un restaurante impresionante, en un ambiente divertido y distendido, con una botella de Enate Chardonnay 234, una bandeja de marisco, con una perfecta camisa blanca, vaqueros impecables, ojos azules profundos, y la mirada de la complicidad, Luis me acompañaba.
De pronto pensé en las veces en que no podía estar así junto a él. En las veces que le he visto partir. En el día siguiente y en la despedida. En todos esos instantes en que no le tengo.
Y me sentí contrariada, triste, impotente, infeliz.
Me cargué la cena en dos minutos.
Por suerte, yo no me enamoro de cualquiera. Así que llegando a casa, a pesar de haberle dado una inmerecida nochecita de reproches y resentimientos, me pidió que me subiera sobre la mesa, me bajara las bragas, me quitara la camisa, abriera mi alma de una vez, y me dejara follar.
Debe ser porque he tenido uno de los orgasmos de mi vida, que hoy recupero la sonrisa de gilipollas y me siento, de nuevo, completamente feliz.
Mi chico.
Mi nuevo chico me ha salido rarito de cojones.
Si me acerco a él, se distancia.
Si me alejo, se desespera.
Si le digo que le quiero, se acojona.
Si le digo que no me planteo ningún tipo de futuro junto a él, me dice que me quiere.
Cuando no le llamo porque estoy ocupada, me manda mensajitos diciéndome que me echa de menos.
Cuando le llamo diciéndole que le echo de menos, me dice que está ocupado.
Si tengo ganas de verle, me dice que no es el momento.
Si no le digo que tengo ganas de verle, me pregunta que cuándo va a ser el momento de vernos.
Si le digo que no se corra porque yo estoy a punto, no puede contenerse.
Si le pido que se corra, me dice que no porque quiere que yo me corra primero.
¿He dicho que me ha salido rarito de cojones?
Perdón, quise decir que me ha salido como todos los hombres.
Si me acerco a él, se distancia.
Si me alejo, se desespera.
Si le digo que le quiero, se acojona.
Si le digo que no me planteo ningún tipo de futuro junto a él, me dice que me quiere.
Cuando no le llamo porque estoy ocupada, me manda mensajitos diciéndome que me echa de menos.
Cuando le llamo diciéndole que le echo de menos, me dice que está ocupado.
Si tengo ganas de verle, me dice que no es el momento.
Si no le digo que tengo ganas de verle, me pregunta que cuándo va a ser el momento de vernos.
Si le digo que no se corra porque yo estoy a punto, no puede contenerse.
Si le pido que se corra, me dice que no porque quiere que yo me corra primero.
¿He dicho que me ha salido rarito de cojones?
Perdón, quise decir que me ha salido como todos los hombres.
El caso de la ninfómana insatisfecha (3, final, añadido e inciso)
(empezando por el inciso: entre este post y el anterior hubo uno que duró un suspiro. Que nadie se haga preguntas extrañas: sólo atiende al hecho de que no deseaba ser leída por algunas personas.)
Y sigamos con Natalia...
Hasta la siguiente sesión, me estuve planteando dónde estaba realmente el problema en Natalia, y si realmente existía. Llevada por mis propios prejuicios y a pesar de que personalmente no me escandalicé ni juzgué en absoluto su conducta, tenía tendencia a pensar que detrás de esa historia de sexo desbordado sin emociones (y sin orgasmos) tenía que haber una carencia.
Pero en cada sesión, Natalia seguía manteniendo la misma sonrisa del primer día. No tenía dificultades al dormir, no se culpabilizaba, no se juzgaba, no presentaba, en resumen, ningún síntoma patológico. Lo único que verbaliza era una evolución cada vez más arriesgada en su sexualidad, sin importarle el placer que ésta la pudiera aportar. Lo que le ponía, en definitiva, no eran los orgasmos, era el riesgo.
El morbo de ser descubierta, el morbo de ser incluso agredida, sentir que utilizaba a los hombres a su antojo… Pero aquello no era una desviación en sí misma. Como aquel que encuentra placer en conductas poco tradicionales como los intercambios de pareja, el consumo de pornografía digamos no típica, ella sentía un morbo incontrolado en todas esas situaciones provocadas a su antojo. Parecía necesitarlo para excitarse. Sólo eso.
Llegué a la conclusión de que quizás el problema estuviera en encontrarle un problema. Por eso encaré la siguiente sesión como una finalización, relativamente consciente de que no podía en realidad ayudarla: no había nada en lo que pudiera hacerlo.
Un par de horas antes de encontrarme con ella, revisé su historial clínico a conciencia: mis notas, las palabras que anoté de ella, como si buscara algo que se me hubiera escapado.
Y entonces de pronto, al leer todo aquello, caí en la cuenta. A medida que habían discurrido las sesiones, Natalia había sido cada vez más imprecisa, rayando lo caótico: en mis últimas notas recogía un episodio en que me contó que había realizado un trío con los maridos de sus dos mejores amigas. Había mantenido relaciones con uno de ellos hacía unos días y cuando le volvió a llamar para repetir, le pidió que invitase al hombre que él eligiese para follárselos a los dos, puesto que era una fantasía que quería practicar. Cuando el marido de su amiga le dijo que no sabía a quién pedírselo, ella se adelantó, llamó al marido de su otra amiga y acabaron follando los tres en su apartamento.
Los detalles eran escabrosos pero mentiría si dijera que no me puso cachonda aquel relato. Y eso escribí: “este cuento me está poniendo cachonda.”
Natalia llegó ese día radiante: bellísima, sonriente, pidió un café a la recepcionista, me dio dos besos, saludó a los pacientes que estaban en la sala de espera y entró en mi consulta ya con su cigarrillo presto a ser encendido.
- ¿De qué hablaremos hoy, Natalia?
- Te tengo que contar, Amanda… ayer quedé otra vez con los chicos, ya sabes, los maridos de Aura y Sonia y nos fuimos los tres a un club de intercambio de parejas…
- Natalia, ¿recuerdas la vez en qué me preguntaste algo así como “por qué lo hago”?
- Claro, estoy aquí para eso, para entenderlo.
- Sabes, creo que la respuesta que buscabas no era a la pregunta “por qué me acuesto con todos esos hombres” si no “por qué te cuento todo esto.”
- Jajajaja! Te lo cuento porque eres mi psicóloga.
- Y no deja de ser un cuento.
Entonces, la mujer pizpireta, ocurrente, divertida, la paciente ninfómana de aventuras imposibles, se tornó en una chiquilla asustada.
Hundida, cabizbaja, echó a llorar.
- Lo siento, lo siento, -decía avergonzada. No sé por qué lo hago, no lo sé. Me invento todas esas cosas y te las cuento a ti, y eso me hace sentir que soy una mujer arrebatadora, liberada, deseada, atrevida.
- ¿Y no eres nada de todo eso?
- Estoy casada desde hace tres años, con mi novio de toda la vida. Trabajo en un supermercado, como encargada. Un trabajo aburrido, y cansado: no te lo recomiendo. Y quería ser especial, diferente. Y tú me hacías sentir así, cada vez que venía. Mírame: estoy exultante, nunca me había sentido tan atractiva y seductora, incluso feliz. Sabes, ni siquiera me llamo Natalia. Me llamo Mari Carmen. ¿Habías oído un nombre más estúpido que ese? Mari Carmen.
- Me gusta Mari Carmen. Y estoy segura de que tú me vas a gustar mucho más que Natalia.
- ¿De verdad?
- Al menos, déjame conocerla.
- ¿Una encargada de supermercado que se inventa historias dignas del premio “la sonrisa vertical”?
- La que más me gustó fue la del dependiente de la zapatería, ¡qué feo lo pintaste!
- Jajajajaja. Sí, siempre me he imaginado cómo follarían esos feotes calvos y gorditos.
- ¿Recuerdas por qué viniste a verme la primera vez?
- Sí.
- Pues volvamos a empezar: cuéntame qué te pasa, Mari Carmen.
Se quitó la chaqueta, dejó el cigarrillo medio apagado en el cenicero, y se sentó frente a mí en la silla tras la mesa de la consulta. Luego sonrió tímidamente y dijo:
- Verás, llevo casada tres años con José Antonio, y me siento muy insatisfecha desde el punto de vista emocional. Es un buen padre para nuestro hijo Aitor, de 2 años. Y un buen marido. Pero no nos amamos. Hace meses que no me toca, y cuando lo hace, siempre es rápido y torpe y yo no tengo orgasmos…
Añadido:
El delirio es esa irrealidad que protege a la persona de su realidad, cuando ésta le resulta totalmente insatisfactoria.
En el delirio erotomaníaco, el paciente cree ser amado por personas inalcanzables, vivir pasiones dignas de telenovelas que nunca se acaban, o ser deseado por todos los hombres o mujeres que se cruzan con él. El delirio paranoide invita al paciente a participar en una película de terror, perseguido por todos y por todo, desde grandes organizaciones internacionales hasta el conductor del autobús. El delirio de grandeza lleva al fracasado profesional a inventarse un mundo en donde logra todo lo que se propone y nada en la abundancia.
Cuando el paciente se siente mucho más cómodo, confortable y seguro en su mentira, el delirio se apodera de él y empieza a vivir una vida inexistente.
Pd.: tras siete meses de terapia, Mari Carmen obtuvo el alta médica. Se separó poco tiempo después, y ahora mismo tiene una vida normalizada, en donde combina su trabajo como Jefe de Tienda con cierta bonita historia de amor junto a uno de sus Jefes de Sección. Sigue teniendo la misma sonrisa.
Y sigamos con Natalia...
Hasta la siguiente sesión, me estuve planteando dónde estaba realmente el problema en Natalia, y si realmente existía. Llevada por mis propios prejuicios y a pesar de que personalmente no me escandalicé ni juzgué en absoluto su conducta, tenía tendencia a pensar que detrás de esa historia de sexo desbordado sin emociones (y sin orgasmos) tenía que haber una carencia.
Pero en cada sesión, Natalia seguía manteniendo la misma sonrisa del primer día. No tenía dificultades al dormir, no se culpabilizaba, no se juzgaba, no presentaba, en resumen, ningún síntoma patológico. Lo único que verbaliza era una evolución cada vez más arriesgada en su sexualidad, sin importarle el placer que ésta la pudiera aportar. Lo que le ponía, en definitiva, no eran los orgasmos, era el riesgo.
El morbo de ser descubierta, el morbo de ser incluso agredida, sentir que utilizaba a los hombres a su antojo… Pero aquello no era una desviación en sí misma. Como aquel que encuentra placer en conductas poco tradicionales como los intercambios de pareja, el consumo de pornografía digamos no típica, ella sentía un morbo incontrolado en todas esas situaciones provocadas a su antojo. Parecía necesitarlo para excitarse. Sólo eso.
Llegué a la conclusión de que quizás el problema estuviera en encontrarle un problema. Por eso encaré la siguiente sesión como una finalización, relativamente consciente de que no podía en realidad ayudarla: no había nada en lo que pudiera hacerlo.
Un par de horas antes de encontrarme con ella, revisé su historial clínico a conciencia: mis notas, las palabras que anoté de ella, como si buscara algo que se me hubiera escapado.
Y entonces de pronto, al leer todo aquello, caí en la cuenta. A medida que habían discurrido las sesiones, Natalia había sido cada vez más imprecisa, rayando lo caótico: en mis últimas notas recogía un episodio en que me contó que había realizado un trío con los maridos de sus dos mejores amigas. Había mantenido relaciones con uno de ellos hacía unos días y cuando le volvió a llamar para repetir, le pidió que invitase al hombre que él eligiese para follárselos a los dos, puesto que era una fantasía que quería practicar. Cuando el marido de su amiga le dijo que no sabía a quién pedírselo, ella se adelantó, llamó al marido de su otra amiga y acabaron follando los tres en su apartamento.
Los detalles eran escabrosos pero mentiría si dijera que no me puso cachonda aquel relato. Y eso escribí: “este cuento me está poniendo cachonda.”
Natalia llegó ese día radiante: bellísima, sonriente, pidió un café a la recepcionista, me dio dos besos, saludó a los pacientes que estaban en la sala de espera y entró en mi consulta ya con su cigarrillo presto a ser encendido.
- ¿De qué hablaremos hoy, Natalia?
- Te tengo que contar, Amanda… ayer quedé otra vez con los chicos, ya sabes, los maridos de Aura y Sonia y nos fuimos los tres a un club de intercambio de parejas…
- Natalia, ¿recuerdas la vez en qué me preguntaste algo así como “por qué lo hago”?
- Claro, estoy aquí para eso, para entenderlo.
- Sabes, creo que la respuesta que buscabas no era a la pregunta “por qué me acuesto con todos esos hombres” si no “por qué te cuento todo esto.”
- Jajajaja! Te lo cuento porque eres mi psicóloga.
- Y no deja de ser un cuento.
Entonces, la mujer pizpireta, ocurrente, divertida, la paciente ninfómana de aventuras imposibles, se tornó en una chiquilla asustada.
Hundida, cabizbaja, echó a llorar.
- Lo siento, lo siento, -decía avergonzada. No sé por qué lo hago, no lo sé. Me invento todas esas cosas y te las cuento a ti, y eso me hace sentir que soy una mujer arrebatadora, liberada, deseada, atrevida.
- ¿Y no eres nada de todo eso?
- Estoy casada desde hace tres años, con mi novio de toda la vida. Trabajo en un supermercado, como encargada. Un trabajo aburrido, y cansado: no te lo recomiendo. Y quería ser especial, diferente. Y tú me hacías sentir así, cada vez que venía. Mírame: estoy exultante, nunca me había sentido tan atractiva y seductora, incluso feliz. Sabes, ni siquiera me llamo Natalia. Me llamo Mari Carmen. ¿Habías oído un nombre más estúpido que ese? Mari Carmen.
- Me gusta Mari Carmen. Y estoy segura de que tú me vas a gustar mucho más que Natalia.
- ¿De verdad?
- Al menos, déjame conocerla.
- ¿Una encargada de supermercado que se inventa historias dignas del premio “la sonrisa vertical”?
- La que más me gustó fue la del dependiente de la zapatería, ¡qué feo lo pintaste!
- Jajajajaja. Sí, siempre me he imaginado cómo follarían esos feotes calvos y gorditos.
- ¿Recuerdas por qué viniste a verme la primera vez?
- Sí.
- Pues volvamos a empezar: cuéntame qué te pasa, Mari Carmen.
Se quitó la chaqueta, dejó el cigarrillo medio apagado en el cenicero, y se sentó frente a mí en la silla tras la mesa de la consulta. Luego sonrió tímidamente y dijo:
- Verás, llevo casada tres años con José Antonio, y me siento muy insatisfecha desde el punto de vista emocional. Es un buen padre para nuestro hijo Aitor, de 2 años. Y un buen marido. Pero no nos amamos. Hace meses que no me toca, y cuando lo hace, siempre es rápido y torpe y yo no tengo orgasmos…
Añadido:
El delirio es esa irrealidad que protege a la persona de su realidad, cuando ésta le resulta totalmente insatisfactoria.
En el delirio erotomaníaco, el paciente cree ser amado por personas inalcanzables, vivir pasiones dignas de telenovelas que nunca se acaban, o ser deseado por todos los hombres o mujeres que se cruzan con él. El delirio paranoide invita al paciente a participar en una película de terror, perseguido por todos y por todo, desde grandes organizaciones internacionales hasta el conductor del autobús. El delirio de grandeza lleva al fracasado profesional a inventarse un mundo en donde logra todo lo que se propone y nada en la abundancia.
Cuando el paciente se siente mucho más cómodo, confortable y seguro en su mentira, el delirio se apodera de él y empieza a vivir una vida inexistente.
Pd.: tras siete meses de terapia, Mari Carmen obtuvo el alta médica. Se separó poco tiempo después, y ahora mismo tiene una vida normalizada, en donde combina su trabajo como Jefe de Tienda con cierta bonita historia de amor junto a uno de sus Jefes de Sección. Sigue teniendo la misma sonrisa.
El caso de la ninfómana insatisfecha (2)
Durante las dos sesiones que siguieron, Natalia se dedicó a contarme con extrema precisión cada uno de los encuentros “con desconocidos” que había vivido en los últimos meses.
Existía una especie de línea emocional increíblemente precisa entre éstos y los bautizados “líos”, que a día de hoy soy incapaz de recordar. Creo que ella misma se hacía, efectivamente, un lío con ellos. A veces hablaba de Manuel o David o Ernesto o Javi entremezclando anécdotas que correspondían a uno y adjudicándoselas a otro.
En muchas ocasiones sentí que estaba en una charla con alguna amiga salida de un divorcio con ganas de vivir la vida loca. En otras, me encontraba frente a una mujer incapaz de dilucidar cuánto de bueno había en lo que hacía y, lo que es mucho peor, cuánto había de malo.
Lo que era meridianamente claro es que aquellos encuentros con desconocidos eran cada vez más arriesgados.
Un día, yendo de compras, se había atrevido a pedir al dependiente de la sección de zapatos de unos grandes almacenes que la siguiera al terminar su turno hasta el hotel de la esquina. El hombre, según describió, era un hombre bien entrado en la cuarentena, trajeado a modo casi de uniforme, con bigote mal cortado e incipiente calva.
Como le dijo, le esperó en la cafetería del hotel hasta cinco horas, mientras se tomaba un café (con leche y dos azucarillos, como a ella le gustaban.) Apenas intercambiaron palabras. Tomaron una habitación y al entrar en ella el dependiente se abalanzó sobre ella de manera relativamente violenta. El resultado de esa relación sexual cargada de brutalidad fue un desgarro anal.
Cuándo le pregunté hasta qué punto aquello le había hecho replantearse su estilo de vida y acudir a un profesional, ella se rió:
- ¡Jajajajaja! No, Amanda, no me molestó. El chico era torpe, ¡pero ahora me he comprado una vaselina que utilizan los maricones, y ya no me pasa!
- ¿Crees que algún día podría pasarte algo peor?
- ¿Peor, cómo? ¿qué me maten o algo así?
- Por ejemplo.
- No, mujer, no hay tanto psicópata como dicen en la tele. A parte de ese incidente, no me ha pasado nada más.
Un par de sesiones más tarde me contó que se había insinuado a su cuñado (el marido de su hermana) en una comida familiar. En mitad de la comida, él se había levantado para ir al servicio, y ella había aprovechado para levantarse con la excusa de ir a buscar algo en la cocina. Le esperó a la salida del lavabo y una vez le tuvo cerca le dijo:
- ¿Por qué no follas conmigo en lugar de hacerlo con la sosa de mi hermana?
- ¿Se te ha subido el vino a la cabeza?
- Hablo en serio, -dijo ella. Y después de eso le plantó un beso que dejó a su cuñado sin habla.
Esta conducta me hizo pensar que Natalia estaba buscando que alguien la reprobase. Aunque contara a todos sus líos las conductas sexuales que practicaba, éstos no parecían inmutarse: se dedicaban a follarse a Natalia, una chica mona y sexualmente liberada, sin plantearse nada más y, por tanto, sin preocuparse por lo que hiciera.
Los desconocidos que pasaban por su vida debían de ser hombres que creían les había tocado la lotería una tarde cualquiera, pudiendo realizar una de las fantasías más recurrentes del género masculino: el que una mujer se les insinúe en la calle y acabe en un sexo sin pago de por medio.
Pero lo de su cuñado empezaba a mostrarse como algo distinto: por primera vez el riesgo no era follar, era follarse a alguien socialmente mal visto, ni más ni menos que el marido de su hermana.
Tanto evolucionó esta nueva conducta en Natalia, que empezó a perder el interés por los hombres desconocidos y a centrarse en el sexo con hombres “prohibidos”: a su cuñado le siguieron los maridos de sus amigas, sus primos e, incluso, el segundo marido de su madre.
Es más: unos dos meses después del inicio de la terapia, Natalia empezó a mantener relaciones sexuales con esos hombres en lugares en los que era muy probable que fuera sorprendida.
- ¿Quieres que te sorprendan?
- ¡Jajajaja! Nooooooooooo… sería un mal rollo. ¿Qué diría mi madre?
- Quizás esperas que ella precisamente te diga que algo así está mal.
- Nunca he hecho caso a mi madre. Me da igual lo que ella piense. Y mi padrastro está muy bueno para su edad.
- Y te lo pasas bien con él.
- Sí. Bueno, a veces. No sé. ¡Qué preguntas más raras tienes, Amanda!
- Si no te gustan mis preguntas, podemos hacer una lista con las que te gustarían qué te hiciera.
- Vale, eso será divertido. Pregúntame si he estado enamorada alguna vez.
- ¿Has estado enamorada alguna vez?
- ¡Jajajajaja! Claro que sí. ¿Creías que soy una traumatizada de esas que busca al hombre de su vida echando polvos con todos?
- ¿Lo eres?
Otra vez ese semblante serio de la Natalia profunda.
- No lo sé… ¿es por eso que lo hago, Amanda? Dime, ¿por qué lo hago?
(Y seguirá… con final.)
Existía una especie de línea emocional increíblemente precisa entre éstos y los bautizados “líos”, que a día de hoy soy incapaz de recordar. Creo que ella misma se hacía, efectivamente, un lío con ellos. A veces hablaba de Manuel o David o Ernesto o Javi entremezclando anécdotas que correspondían a uno y adjudicándoselas a otro.
En muchas ocasiones sentí que estaba en una charla con alguna amiga salida de un divorcio con ganas de vivir la vida loca. En otras, me encontraba frente a una mujer incapaz de dilucidar cuánto de bueno había en lo que hacía y, lo que es mucho peor, cuánto había de malo.
Lo que era meridianamente claro es que aquellos encuentros con desconocidos eran cada vez más arriesgados.
Un día, yendo de compras, se había atrevido a pedir al dependiente de la sección de zapatos de unos grandes almacenes que la siguiera al terminar su turno hasta el hotel de la esquina. El hombre, según describió, era un hombre bien entrado en la cuarentena, trajeado a modo casi de uniforme, con bigote mal cortado e incipiente calva.
Como le dijo, le esperó en la cafetería del hotel hasta cinco horas, mientras se tomaba un café (con leche y dos azucarillos, como a ella le gustaban.) Apenas intercambiaron palabras. Tomaron una habitación y al entrar en ella el dependiente se abalanzó sobre ella de manera relativamente violenta. El resultado de esa relación sexual cargada de brutalidad fue un desgarro anal.
Cuándo le pregunté hasta qué punto aquello le había hecho replantearse su estilo de vida y acudir a un profesional, ella se rió:
- ¡Jajajajaja! No, Amanda, no me molestó. El chico era torpe, ¡pero ahora me he comprado una vaselina que utilizan los maricones, y ya no me pasa!
- ¿Crees que algún día podría pasarte algo peor?
- ¿Peor, cómo? ¿qué me maten o algo así?
- Por ejemplo.
- No, mujer, no hay tanto psicópata como dicen en la tele. A parte de ese incidente, no me ha pasado nada más.
Un par de sesiones más tarde me contó que se había insinuado a su cuñado (el marido de su hermana) en una comida familiar. En mitad de la comida, él se había levantado para ir al servicio, y ella había aprovechado para levantarse con la excusa de ir a buscar algo en la cocina. Le esperó a la salida del lavabo y una vez le tuvo cerca le dijo:
- ¿Por qué no follas conmigo en lugar de hacerlo con la sosa de mi hermana?
- ¿Se te ha subido el vino a la cabeza?
- Hablo en serio, -dijo ella. Y después de eso le plantó un beso que dejó a su cuñado sin habla.
Esta conducta me hizo pensar que Natalia estaba buscando que alguien la reprobase. Aunque contara a todos sus líos las conductas sexuales que practicaba, éstos no parecían inmutarse: se dedicaban a follarse a Natalia, una chica mona y sexualmente liberada, sin plantearse nada más y, por tanto, sin preocuparse por lo que hiciera.
Los desconocidos que pasaban por su vida debían de ser hombres que creían les había tocado la lotería una tarde cualquiera, pudiendo realizar una de las fantasías más recurrentes del género masculino: el que una mujer se les insinúe en la calle y acabe en un sexo sin pago de por medio.
Pero lo de su cuñado empezaba a mostrarse como algo distinto: por primera vez el riesgo no era follar, era follarse a alguien socialmente mal visto, ni más ni menos que el marido de su hermana.
Tanto evolucionó esta nueva conducta en Natalia, que empezó a perder el interés por los hombres desconocidos y a centrarse en el sexo con hombres “prohibidos”: a su cuñado le siguieron los maridos de sus amigas, sus primos e, incluso, el segundo marido de su madre.
Es más: unos dos meses después del inicio de la terapia, Natalia empezó a mantener relaciones sexuales con esos hombres en lugares en los que era muy probable que fuera sorprendida.
- ¿Quieres que te sorprendan?
- ¡Jajajaja! Nooooooooooo… sería un mal rollo. ¿Qué diría mi madre?
- Quizás esperas que ella precisamente te diga que algo así está mal.
- Nunca he hecho caso a mi madre. Me da igual lo que ella piense. Y mi padrastro está muy bueno para su edad.
- Y te lo pasas bien con él.
- Sí. Bueno, a veces. No sé. ¡Qué preguntas más raras tienes, Amanda!
- Si no te gustan mis preguntas, podemos hacer una lista con las que te gustarían qué te hiciera.
- Vale, eso será divertido. Pregúntame si he estado enamorada alguna vez.
- ¿Has estado enamorada alguna vez?
- ¡Jajajajaja! Claro que sí. ¿Creías que soy una traumatizada de esas que busca al hombre de su vida echando polvos con todos?
- ¿Lo eres?
Otra vez ese semblante serio de la Natalia profunda.
- No lo sé… ¿es por eso que lo hago, Amanda? Dime, ¿por qué lo hago?
(Y seguirá… con final.)
El caso de la ninfómana insatisfecha
Este es un caso real, literalizado, que cuenta con el permiso de la persona afectada.
Natalia llegó a mi consulta con una sonrisa. No es lo habitual. Generalmente en una primera visita, los pacientes entran rotos, en una mezcolanza de emociones que van desde la desconfianza (“¿Un psicólogo realmente es la solución?”), el temor (“¿Tendré que contárselo todo?”) y la tristeza propia de mi especialidad (que son los trastornos del estado de ánimo.)
Pero ella me plantó directamente un beso en cada mejilla, se sentó antes de que yo lo hiciera en el sofá en lugar de en la silla que tengo frente a mi mesa de consulta y me preguntó con pasmosa seguridad: “¿tienes un café?”
- Claro, -contesté. ¿Con leche?
- Sí, y si puede ser con dos azucarillos. Ah, y un cenicero. ¿No te importará si fumo, verdad?
Lo primero que pensé es que Natalia no necesitaba un psicólogo. No sólo desprendía seguridad y serenidad, si no que, además, presentaba un aspecto sano, muy lejos de la mayoría de mis pacientes deprimidas, tan desgastadas en sus vidas como en su cuerpo, arrugas de la tristeza mediante, trapos mal conjuntados, cabellos sucios, dejadez física. Ella, en cambio, vestía impecable sin ser en absoluto exagerada: un vaquero, una camisa negra, botas altas, y un bolso que se aprestó a dejar en la estantería junto al sofá.
Tras traerle un café me senté a su lado.
- ¿Y bien? Tú dirás.
- ¿Yo diré el qué?
- El motivo de tu visita. Cuéntame.
- Eh,-dijo medio divertida- ¡eso se supone que lo tienes que descubrir tú!
- Podemos hacerlo así si tú quieres. Pero te saldrá mucho más caro. Porque si he de ser yo quien indague en tu motivo de consulta, posiblemente pasemos muchas sesiones juntas. Si tú me lo explicas, en media hora podremos decidir si necesitas mis servicios o no.
Se puso algo más seria. Luego volvió a sonreír.
- Vale, -dijo- tú ganas. He pedido una visita contigo porque creo que soy ninfómana.
- Define “ninfómana” – me apresté a interrumpir.
- Pues ya sabes, que follo con cualquiera. Y en cualquier situación. Por ponerte un ejemplo para que me entiendas bien: follo con mi jefe, con mi compañero, con el hermano de mi compañero, con el de contabilidad, con el nuevo… ¡jajajajaja! ¡Tengo un lío de líos! Confundo los nombres. Y me paso tanto tiempo organizando mis citas con ellos, que no me queda tiempo para nada más. Mira, después de salir de aquí, he quedado con Manuel que es un ex mío. Hemos quedado en su casa, antes de que llegue su mujer. Y a la hora de cenar he quedado con mi jefe.
- Bueno, Natalia, ¡veo que no tienes tiempo de aburrirte! Tienes una vida sexual diversa y divertida… ¿dónde está el problema?
- Ah, ¿no tengo ningún problema? ¡Genial! Pues todo solucionado.
- Si tú eres feliz con esta situación, creo que no, que no tienes ningún problema.
- Bueno… problema, problema, no sé si será. Pero el caso es que desde hace unos meses ya no me basta con eso. Me refiero a que follo con desconocidos. Situaciones raras. Me pasó por primera vez yendo en metro, de camino al trabajo. Iba sentada y un tío me miraba y cuando iba a bajarme en mi parada me acerqué a él y le dije mi número de teléfono, así, de viva voz.
- ¿Te llamó?
- No. Pero me gustó lo que había hecho. Me pareció divertido. Así que lo repetí tres o cuatro veces más, con otros hombres. En el metro, o en la sala de espera del dentista. Y uno me llamó.
- ¿Qué pasó?
- Me dijo que era el chico del metro. Claro, te puedes imaginar, yo no recordaba cuál de ellos, ¡jajajajaja! Pero le pregunté si quería follar, así, directamente. Me dijo que sí, y quedamos en un hotel. Él me preguntó cuánto cobraba y yo le dije que yo no era una puta. Se rió el muy cabrón.
- ¿Fuiste al hotel?
- Sí. Ni siquiera le recordaba. Nos besamos, y follamos. Me gustó. Me preguntó si podía volver a llamarme y le dije que mejor no, que me diera su teléfono y si le necesitaba yo ya le llamaría.
- Ah, entiendo. Cubrías una necesidad.
- ¡Jajajaja! ¿No lo sé? ¿Lo hacía?
- ¿Qué crees tú? ¿Necesitabas acostarte con un desconocido?
- A juzgar por las veces en que he repetido, supongo que sí.
- Entonces, una vez llevada a cabo tu necesidad, ¿te sientes satisfecha?
- ¿Hablamos de sexo o de emociones?
- Empecemos por el sexo.
- ¡Jajajajaja! ¡Pillina!
- Dime, Natalia… ¿te sientes satisfecha sexualmente cuando terminas?
Se tornó seria de pronto, como sombría. Sorbió algo del café que le había traído, ya seguramente frío. Hizo ademán de encender un cigarrillo y después dijo:
- No. Nunca he tenido un orgasmo con esos hombres.
Entonces me di cuenta de que sí: Natalia me necesitaba.
(continuará…)
Natalia llegó a mi consulta con una sonrisa. No es lo habitual. Generalmente en una primera visita, los pacientes entran rotos, en una mezcolanza de emociones que van desde la desconfianza (“¿Un psicólogo realmente es la solución?”), el temor (“¿Tendré que contárselo todo?”) y la tristeza propia de mi especialidad (que son los trastornos del estado de ánimo.)
Pero ella me plantó directamente un beso en cada mejilla, se sentó antes de que yo lo hiciera en el sofá en lugar de en la silla que tengo frente a mi mesa de consulta y me preguntó con pasmosa seguridad: “¿tienes un café?”
- Claro, -contesté. ¿Con leche?
- Sí, y si puede ser con dos azucarillos. Ah, y un cenicero. ¿No te importará si fumo, verdad?
Lo primero que pensé es que Natalia no necesitaba un psicólogo. No sólo desprendía seguridad y serenidad, si no que, además, presentaba un aspecto sano, muy lejos de la mayoría de mis pacientes deprimidas, tan desgastadas en sus vidas como en su cuerpo, arrugas de la tristeza mediante, trapos mal conjuntados, cabellos sucios, dejadez física. Ella, en cambio, vestía impecable sin ser en absoluto exagerada: un vaquero, una camisa negra, botas altas, y un bolso que se aprestó a dejar en la estantería junto al sofá.
Tras traerle un café me senté a su lado.
- ¿Y bien? Tú dirás.
- ¿Yo diré el qué?
- El motivo de tu visita. Cuéntame.
- Eh,-dijo medio divertida- ¡eso se supone que lo tienes que descubrir tú!
- Podemos hacerlo así si tú quieres. Pero te saldrá mucho más caro. Porque si he de ser yo quien indague en tu motivo de consulta, posiblemente pasemos muchas sesiones juntas. Si tú me lo explicas, en media hora podremos decidir si necesitas mis servicios o no.
Se puso algo más seria. Luego volvió a sonreír.
- Vale, -dijo- tú ganas. He pedido una visita contigo porque creo que soy ninfómana.
- Define “ninfómana” – me apresté a interrumpir.
- Pues ya sabes, que follo con cualquiera. Y en cualquier situación. Por ponerte un ejemplo para que me entiendas bien: follo con mi jefe, con mi compañero, con el hermano de mi compañero, con el de contabilidad, con el nuevo… ¡jajajajaja! ¡Tengo un lío de líos! Confundo los nombres. Y me paso tanto tiempo organizando mis citas con ellos, que no me queda tiempo para nada más. Mira, después de salir de aquí, he quedado con Manuel que es un ex mío. Hemos quedado en su casa, antes de que llegue su mujer. Y a la hora de cenar he quedado con mi jefe.
- Bueno, Natalia, ¡veo que no tienes tiempo de aburrirte! Tienes una vida sexual diversa y divertida… ¿dónde está el problema?
- Ah, ¿no tengo ningún problema? ¡Genial! Pues todo solucionado.
- Si tú eres feliz con esta situación, creo que no, que no tienes ningún problema.
- Bueno… problema, problema, no sé si será. Pero el caso es que desde hace unos meses ya no me basta con eso. Me refiero a que follo con desconocidos. Situaciones raras. Me pasó por primera vez yendo en metro, de camino al trabajo. Iba sentada y un tío me miraba y cuando iba a bajarme en mi parada me acerqué a él y le dije mi número de teléfono, así, de viva voz.
- ¿Te llamó?
- No. Pero me gustó lo que había hecho. Me pareció divertido. Así que lo repetí tres o cuatro veces más, con otros hombres. En el metro, o en la sala de espera del dentista. Y uno me llamó.
- ¿Qué pasó?
- Me dijo que era el chico del metro. Claro, te puedes imaginar, yo no recordaba cuál de ellos, ¡jajajajaja! Pero le pregunté si quería follar, así, directamente. Me dijo que sí, y quedamos en un hotel. Él me preguntó cuánto cobraba y yo le dije que yo no era una puta. Se rió el muy cabrón.
- ¿Fuiste al hotel?
- Sí. Ni siquiera le recordaba. Nos besamos, y follamos. Me gustó. Me preguntó si podía volver a llamarme y le dije que mejor no, que me diera su teléfono y si le necesitaba yo ya le llamaría.
- Ah, entiendo. Cubrías una necesidad.
- ¡Jajajaja! ¿No lo sé? ¿Lo hacía?
- ¿Qué crees tú? ¿Necesitabas acostarte con un desconocido?
- A juzgar por las veces en que he repetido, supongo que sí.
- Entonces, una vez llevada a cabo tu necesidad, ¿te sientes satisfecha?
- ¿Hablamos de sexo o de emociones?
- Empecemos por el sexo.
- ¡Jajajajaja! ¡Pillina!
- Dime, Natalia… ¿te sientes satisfecha sexualmente cuando terminas?
Se tornó seria de pronto, como sombría. Sorbió algo del café que le había traído, ya seguramente frío. Hizo ademán de encender un cigarrillo y después dijo:
- No. Nunca he tenido un orgasmo con esos hombres.
Entonces me di cuenta de que sí: Natalia me necesitaba.
(continuará…)
Así no se puede ser infiel.
Como suele ser habitual en mí, ya estoy acojonada con esto que estoy sintiendo por ese que ha aparecido por mi vida y he decidido que me voy un rato a ligar con otros, que así me sube un poco la autoestima y de paso hacemos unas guarraditas que nunca vienen mal.
Me planto frente a mi Pc (hace unos años me hubiera plantado frente a la puerta de entrada de la discoteca) y pienso en darme una vuelta por algunas de mis ya archiconocidas páginas de citas y contactos.
Ya he contado alguna vez que en este tipo de páginas me divierto de lo lindo desgranando la cantidad de incultos, inútiles, idiotas, enfermos mentales y desviados sexuales que pueblan este nuestro país.
Lo cierto es que también he conocido a través de ellas a algunos de los hombres más importantes de mi vida. Pero ese suptipo es tan brutalmente escaso, que encontrarlo es casi un ejercicio de malabarismo psíquico y resistencia emocional, porque mientras tienes que ir leyendo todo lo que te llega al buzón y eso es sólo para las más valientes.
Ole, Amanda, tú puedes.
Tras media hora conectada, he recibido la nada desdeñable cifra de 32 mensajes. “Tiene que haber alguno que valga la pena, tiene que haber alguno que valga la pena” : me infundo ánimos antes de empezar a leer.
Y ahhhhhhhhhhhhhhhh! Lo primero que me encuentro es que a un tío le he “sacado de ólvita” ¿Ólvita? ¿Qué coño es “ólvita”? Un tipo de ovni, un avión, un pájaro… noooooooooooo ¡es superman! Joder, me cuesta dios y ayuda entender que el muchacho se refería a “Órbita”.
Descarto a los siete que me mandan fotos de sus pollas. De verdad, chicos, creedme: ¡mandar una foto de una polla no provocará nunca que una mujer se desmaye al ver tamaño miembro! Especialmente porque los hombres que tienen pollas grandes, bonitas y apetecibles, follan sin necesidad de mandar fotos de sus pollas.
Fulmino a otros siete de tíos menores de 25 años. Ahí me surge una especie de duda: ¿algún post-adolescente piensa realmente que una mujer de 37 años va a tener ganas de jugar a “El Graduado” con él? Cinco mayores de 50 echados a la papelera: a Luis le conocí menor de 50, y que traspasara esa psicológica edad estando conmigo le confiere el honor de ser el único hombre con edad de abuelo al que le concedo el beneficio de mi cuerpo: abueletes, a cascarla pensando en las mocitas al parque, ea.
Al resto lo tengo catalogado por estilos:
Estilo 1 - Si quiero hacer más faltas a propósito, no soy capaz.
“Me gustaria comprovar como eres...soi de (….) tengo 32 años i no digo mas si como yo quieres comprovarlo estare encantado no te defraudare un besazo , te dejo mi msg i mi movil ok , eso si discreto vale”
Estilo 2 - Las letras de mi teclado me confunden.
"hola guapisima no hagas caso a la gente y disfruta de la visa”
Estilo 3 - Directo, sincero, y al tema.
“ola guapa ke tal me llamo (…) i me gustaría q me enseñaras las tetas”
Estilo 4 - A esta me la gano yo contándole milongas.
“hola cielo qué bonita tienes que ser. Me gustaría conocerte, seguro que tienes que ser una princesa y yo puedo ser tu príncipe si tu quieres.”
Y por último, como ganador absoluto del premio“no se puede ser más tonto”, el estilo 5 - Cuánta peli porno he consumido estos últimos años, joe.
“hola, no se quien eres ni como te llamas pero te espero en el hotel (…) habitación (…) a las 10 y si vienes te aseguro que ningún hombre te hará gozar tanto como yo.”
Tras tan desolador panorama, decido llamar a mi chico y pedirle que me cuente otra vez por qué al uranio que se utiliza en la fabricación de la energía nuclear se le añade el adjetivo “empobrecido”, que me mande tres sms sin una sola falta de ortografía y que me recuerde cuánto desea follarme sin utilizar la palabra “tetas.”
Él no entiende nada, pero lo hace, lo hace.
Me planto frente a mi Pc (hace unos años me hubiera plantado frente a la puerta de entrada de la discoteca) y pienso en darme una vuelta por algunas de mis ya archiconocidas páginas de citas y contactos.
Ya he contado alguna vez que en este tipo de páginas me divierto de lo lindo desgranando la cantidad de incultos, inútiles, idiotas, enfermos mentales y desviados sexuales que pueblan este nuestro país.
Lo cierto es que también he conocido a través de ellas a algunos de los hombres más importantes de mi vida. Pero ese suptipo es tan brutalmente escaso, que encontrarlo es casi un ejercicio de malabarismo psíquico y resistencia emocional, porque mientras tienes que ir leyendo todo lo que te llega al buzón y eso es sólo para las más valientes.
Ole, Amanda, tú puedes.
Tras media hora conectada, he recibido la nada desdeñable cifra de 32 mensajes. “Tiene que haber alguno que valga la pena, tiene que haber alguno que valga la pena” : me infundo ánimos antes de empezar a leer.
Y ahhhhhhhhhhhhhhhh! Lo primero que me encuentro es que a un tío le he “sacado de ólvita” ¿Ólvita? ¿Qué coño es “ólvita”? Un tipo de ovni, un avión, un pájaro… noooooooooooo ¡es superman! Joder, me cuesta dios y ayuda entender que el muchacho se refería a “Órbita”.
Descarto a los siete que me mandan fotos de sus pollas. De verdad, chicos, creedme: ¡mandar una foto de una polla no provocará nunca que una mujer se desmaye al ver tamaño miembro! Especialmente porque los hombres que tienen pollas grandes, bonitas y apetecibles, follan sin necesidad de mandar fotos de sus pollas.
Fulmino a otros siete de tíos menores de 25 años. Ahí me surge una especie de duda: ¿algún post-adolescente piensa realmente que una mujer de 37 años va a tener ganas de jugar a “El Graduado” con él? Cinco mayores de 50 echados a la papelera: a Luis le conocí menor de 50, y que traspasara esa psicológica edad estando conmigo le confiere el honor de ser el único hombre con edad de abuelo al que le concedo el beneficio de mi cuerpo: abueletes, a cascarla pensando en las mocitas al parque, ea.
Al resto lo tengo catalogado por estilos:
Estilo 1 - Si quiero hacer más faltas a propósito, no soy capaz.
“Me gustaria comprovar como eres...soi de (….) tengo 32 años i no digo mas si como yo quieres comprovarlo estare encantado no te defraudare un besazo , te dejo mi msg i mi movil ok , eso si discreto vale”
Estilo 2 - Las letras de mi teclado me confunden.
"hola guapisima no hagas caso a la gente y disfruta de la visa”
Estilo 3 - Directo, sincero, y al tema.
“ola guapa ke tal me llamo (…) i me gustaría q me enseñaras las tetas”
Estilo 4 - A esta me la gano yo contándole milongas.
“hola cielo qué bonita tienes que ser. Me gustaría conocerte, seguro que tienes que ser una princesa y yo puedo ser tu príncipe si tu quieres.”
Y por último, como ganador absoluto del premio“no se puede ser más tonto”, el estilo 5 - Cuánta peli porno he consumido estos últimos años, joe.
“hola, no se quien eres ni como te llamas pero te espero en el hotel (…) habitación (…) a las 10 y si vienes te aseguro que ningún hombre te hará gozar tanto como yo.”
Tras tan desolador panorama, decido llamar a mi chico y pedirle que me cuente otra vez por qué al uranio que se utiliza en la fabricación de la energía nuclear se le añade el adjetivo “empobrecido”, que me mande tres sms sin una sola falta de ortografía y que me recuerde cuánto desea follarme sin utilizar la palabra “tetas.”
Él no entiende nada, pero lo hace, lo hace.