La imagen.
- Tengo que estar allí. Es importante. Tomaré el avión de las siete de la mañana. Y regresaré a en el de las cuatro. Verás como ni siquiera lo notas. Y lo siento, lo siento de veras.
- No te preocupes. No me importa estar sola esas horas. Lo que me importa es que vuelvas. Para mí es un lujo. Despedirte de madrugada sabiendo que volveré a verte esa misma tarde.
A las cinco de la mañana me despierta un beso. Lo noto muy lejano, suave, como si formara parte de un sueño.
La habitación está oscura, pero la luz de la farola cercana me deja adivinar su silueta. Y el olor a recién duchado me invade por unos segundos. Le tengo allí, de pie. De pronto me siento profundamente unida a él. Como si la unión dependiera únicamente del hecho de saber que no se trata del adiós de todos nuestros encuentros. Se entremezclan la emoción de sentirle tan fuerte en mi vida con la admiración de su responsabilidad por hacer lo correcto. Siempre. Aunque sea el hombre más pretendidamente incorrectamente inmoral. El infiel. Que besa a su amante a las cinco de la mañana para volver a encontrarse con ella unas horas más tarde. Cuando besa para acudir a su mundo, pero esta vez, en su mundo, sigo estando yo.
Oigo la puerta cerrarse. Siento que mi despertar, unas horas más tarde, lamenta no encontrarse con el contacto de sus manos en mis pechos, buscando mi excitación, reclamando el deseo que le pertenece sólo a él, en el preámbulo de los amantes, el que lleva al sentido de sus cuerpos desnudos y ansiosos de pasiones compartidas.
Cuando vuelve a abrirse la puerta es tarde y está derrotado. Pero le queda el anhelo de reclamar el despertar que no pudo tener. No discutiremos: yo también quiero ejercer mi derecho.
Maltrato psicológico y acoso moral.
En mi periodo intervacaciones (cambio Luis por Amigos) os escribo un modesto post acerca del maltrato psicológico.
Me lo ha inspirado la última entrada de Hache, no por la entrada en sí, sino porque utiliza el tan manido diagnóstico emocional en un contexto, digamos, incorrecto.
Por no decir que, en general, la mayoría de la gente habla de “maltrato psicológico” entra incorreccion no sólo lingüística sino también (y me permitiréis la repetición) psicológica.
Este tipo de maltrato no exite como tal. Lo que se entiende por maltratar psicológicamente a alguien no es sino una fase previa al maltrato físico, y no existe como circunstancia por sí misma.
Me explico:
En el llamado “ciclo de la violencia” se dan fases que se repiten en cada situación en mayor intensidad, formando una especie de espiral.
Es siempre matemático que la coacción, amenaza o fustigación emocional acabe con la hostia, el puñetazo o la paliza. Los medios psicológicos e intervencionistas lo que hacen es romper el ciclo para evitar que se llegue a ella. Pero sin intervención y sin autodefensa, lo que empieza con un insulto acaba con una hostia.
Por eso no se puede desligar el maltrato de un tipo del otro. El maltrato es todo un conjunto, que conlleva una primera fase verbal o pasiva (dejar de hablar o negar la mirada a alguien se entiende como una manera pasiva de iniciar el ciclo de la violencia), una segunda llamada “explosión” y una última de “perdón” o “arrepentimiento.”
Lo que sucede es que en los primeros meses (o años), la explosión puede no ser física. Se va incrementando la intensidad, como he dicho, y en episodios posteriores (otra vez en el mismo ciclo de “fase verbal o pasiva” - “explosión” - “arrepentimiento”) las tres fases se torna más violentas.
Dependiendo de la cantidad de episodios, se estima que la primera explosión con violencia física puede aparecer entre los seis meses de relación y los dos años. No es extraño, sin embargo, que aparezca a los diez años o incluso veinte, cuando los episodios han sido muy matizados, escasos o completamente circunstanciales (en fases de plenitud emocional, económica y social es raro, sino extraño, que sucedan.)
Para que todo esto suceda (se de el ciclo completo) son imprescindibles, lamentablemente, dos elementos emocionales: primero, que el maltratador tenga un perfil de maltratador. Uno puede pelearse, estallar, arrepentirse pero no tener los decatipos de personalidad que llevarían a repetir los episodios de manera frecuente para acabar a hostias con tu pareja. El perfil del maltratador es bastante típico (no tienen ni pizca de originalidad) y por si os interesa, os comento por encima que se trata de una persona de fácil descontrol emocional, perfil ansioso (preocupado, nervioso, inquieto), que tiene antecendentes violentos en otros marcos sociales (en el colegio, saliendo de fiesta con los amigos), de autoestima frágil y extrema necesidad de sentirse admirado, querido, deseado. Protagonista en exceso en muchas circunstancias, competitivo, ambicioso, con poquísima tolerancia a la frustración (no sabe admitir un “no”) y con poco respeto a la autoridad (generalmente presenta episodios de enfrentamiento a figuras de autoridad como padre, profesores, jefes o agentes públicos.)
El otro elemento (y casi siempre olvidado) es el de la víctima. Si una persona no tiene los decatipos de personalidad de la víctima del maltrato, el maltratador no encontrará la respuesta que busca y por tanto, el ciclo se romperá.
La víctima se caracteriza esencialmente por su tendencia a la depresión (sentimientos de culpabilidad, pensamientos de inutilidad), autoestima en referencia a los demás (no se quieren por sí mismos, sino por los que les quieren los otros), dependencia emocional, y, al contrario que el maltratador, gran respeto a las figuras de autoridad (suelen explicar episodios de autoridad injustos a los que nunca se han enfrentado por miedo: el caso más típico es el del padre que les castigaba injustamente, reaccionando con llantos y sumisión.)
También presentan miedos generalizados (a la oscuridad, a estar solos, fobias simples como miedo a ir en avión, a la velocidad, vértigo o a la muerte.)
Sin ambos elementos y sin los episodios relatados, no se puede hablar de maltrato.
Esto es un punto importante para nosotros los psicólogos, puesto que la Ley para la Violencia contra la Mujer obvia por ejemplo este punto, metiendo en el saco del maltrato el asesinato sobrevenido de otras patologías, como la psicopatía, el asesinato lucrátivo: hoy en día, todas las mujeres (u hombres) fallecidos a manos de sus parejas se publicitan como violencia de género y no es violencia de género que un hombre mate a su esposa porque se ha sacado una amante y quiere quitársela de encima, o porque lo tuviera planeado para ser libre o quedarse con su dinero.
En cualquier caso, como decía al inicio, el maltrato psicológico no existe como tal, sino como fase en un episodio de maltrato.
Otro tema es el llamado “acoso moral” que creo es a lo que se refiere Hache y muchas otras personas que hablan de estos temas.
El acoso moral es un proceso en sí mismo y no conlleva maltrato físico. Si lo conllevase, pasaría a ser fase de éste, como he explicado antes.
El acoso moral se caracteriza por la búsqueda por parte del acosador, de ejercer un poder completa respecto a la otra persona, lo que le reafirma y le hace sentir especialmente fuerte. Tiene un componente excitatorio y jamás, nunca, existe el llamado “arrepentimiento.” Pueden existir conductas para recuperar la confianza del otro, que pudieran parecerlo, pero el acosador no busca el perdón, sino seguir ejerciendo su poder, ya que perderlo supondría una especie de fin de juego que no puede permitirse: le divierte y le fascina ejercer dicho poder.
Si bien en el maltrato existe una clarísima prevalencia de hombres sobre mujeres (básicamente porque el perfil del maltratador se corresponde más con la psicología del hombre y el de víctima, más con el de las mujeres) en el acoso moral, los límites son más débiles, aunque siga prevalenciendo el hombre por encima de la mujer.
Para diferenciar uno de otro, os pongo unos ejemplos verbales de cada:
El maltratador iniciaría su ciclo con algo así:
- ¿Dónde crees que vas con esa pinta de puta?
- Ya estás tocándome las narices otra vez.
- Si sigues portándote así te vas a enterar.
- ¿Es que uno no puede vivir en paz? ¿No me vas a dejar tranquilo de una vez?
- Esta es la tercera vez que sales este año.
El acosador moral diría frases como:
- Menos mal que me tienes a mí a tu lado porque de otro modo estarías sola.
- No me extraña que no tengas amigos, ¿tú te has visto?
- Si no llega a ser por mí, tú no hubieras llegado a ningún lado.
- Deja que hable yo, a ti se te nota que no te enteras.
- Ya sabes que si sigues así te dejaré en la calle y tú no tienes a donde ir.
No sé si se entienden las sutiles diferencias, espero que sí.
Por último comentaros que el acoso moral se da en la pareja pero se extiende a muchos otros ámbitos en donde existan relaciones de poder: en el colegio se ha bautizado como Bullying, en el trabajo como Mobing, y en el entorno familiar, donde más frecuentemente se encuentra es en la relación padre (hombre) con hija (mujer.) Sin embargo el acoso moral es muy frecuente entre hombres también en cualquiera de estos entornos y laboralmente es creciente el de mujeres con altos cargos hacia sus subordinados masculinos, siendo muy relevante es que se da entre mujeres en el trabajo o entre profesora y alumna.
El maltrato, sin embargo, es aun inmensamente mayoritario en la pareja y de un hombre hacia una mujer.
Pd.: para más info, recomiendo "El Acoso Moral" o "El psicópata".
Me lo ha inspirado la última entrada de Hache, no por la entrada en sí, sino porque utiliza el tan manido diagnóstico emocional en un contexto, digamos, incorrecto.
Por no decir que, en general, la mayoría de la gente habla de “maltrato psicológico” entra incorreccion no sólo lingüística sino también (y me permitiréis la repetición) psicológica.
Este tipo de maltrato no exite como tal. Lo que se entiende por maltratar psicológicamente a alguien no es sino una fase previa al maltrato físico, y no existe como circunstancia por sí misma.
Me explico:
En el llamado “ciclo de la violencia” se dan fases que se repiten en cada situación en mayor intensidad, formando una especie de espiral.
Es siempre matemático que la coacción, amenaza o fustigación emocional acabe con la hostia, el puñetazo o la paliza. Los medios psicológicos e intervencionistas lo que hacen es romper el ciclo para evitar que se llegue a ella. Pero sin intervención y sin autodefensa, lo que empieza con un insulto acaba con una hostia.
Por eso no se puede desligar el maltrato de un tipo del otro. El maltrato es todo un conjunto, que conlleva una primera fase verbal o pasiva (dejar de hablar o negar la mirada a alguien se entiende como una manera pasiva de iniciar el ciclo de la violencia), una segunda llamada “explosión” y una última de “perdón” o “arrepentimiento.”
Lo que sucede es que en los primeros meses (o años), la explosión puede no ser física. Se va incrementando la intensidad, como he dicho, y en episodios posteriores (otra vez en el mismo ciclo de “fase verbal o pasiva” - “explosión” - “arrepentimiento”) las tres fases se torna más violentas.
Dependiendo de la cantidad de episodios, se estima que la primera explosión con violencia física puede aparecer entre los seis meses de relación y los dos años. No es extraño, sin embargo, que aparezca a los diez años o incluso veinte, cuando los episodios han sido muy matizados, escasos o completamente circunstanciales (en fases de plenitud emocional, económica y social es raro, sino extraño, que sucedan.)
Para que todo esto suceda (se de el ciclo completo) son imprescindibles, lamentablemente, dos elementos emocionales: primero, que el maltratador tenga un perfil de maltratador. Uno puede pelearse, estallar, arrepentirse pero no tener los decatipos de personalidad que llevarían a repetir los episodios de manera frecuente para acabar a hostias con tu pareja. El perfil del maltratador es bastante típico (no tienen ni pizca de originalidad) y por si os interesa, os comento por encima que se trata de una persona de fácil descontrol emocional, perfil ansioso (preocupado, nervioso, inquieto), que tiene antecendentes violentos en otros marcos sociales (en el colegio, saliendo de fiesta con los amigos), de autoestima frágil y extrema necesidad de sentirse admirado, querido, deseado. Protagonista en exceso en muchas circunstancias, competitivo, ambicioso, con poquísima tolerancia a la frustración (no sabe admitir un “no”) y con poco respeto a la autoridad (generalmente presenta episodios de enfrentamiento a figuras de autoridad como padre, profesores, jefes o agentes públicos.)
El otro elemento (y casi siempre olvidado) es el de la víctima. Si una persona no tiene los decatipos de personalidad de la víctima del maltrato, el maltratador no encontrará la respuesta que busca y por tanto, el ciclo se romperá.
La víctima se caracteriza esencialmente por su tendencia a la depresión (sentimientos de culpabilidad, pensamientos de inutilidad), autoestima en referencia a los demás (no se quieren por sí mismos, sino por los que les quieren los otros), dependencia emocional, y, al contrario que el maltratador, gran respeto a las figuras de autoridad (suelen explicar episodios de autoridad injustos a los que nunca se han enfrentado por miedo: el caso más típico es el del padre que les castigaba injustamente, reaccionando con llantos y sumisión.)
También presentan miedos generalizados (a la oscuridad, a estar solos, fobias simples como miedo a ir en avión, a la velocidad, vértigo o a la muerte.)
Sin ambos elementos y sin los episodios relatados, no se puede hablar de maltrato.
Esto es un punto importante para nosotros los psicólogos, puesto que la Ley para la Violencia contra la Mujer obvia por ejemplo este punto, metiendo en el saco del maltrato el asesinato sobrevenido de otras patologías, como la psicopatía, el asesinato lucrátivo: hoy en día, todas las mujeres (u hombres) fallecidos a manos de sus parejas se publicitan como violencia de género y no es violencia de género que un hombre mate a su esposa porque se ha sacado una amante y quiere quitársela de encima, o porque lo tuviera planeado para ser libre o quedarse con su dinero.
En cualquier caso, como decía al inicio, el maltrato psicológico no existe como tal, sino como fase en un episodio de maltrato.
Otro tema es el llamado “acoso moral” que creo es a lo que se refiere Hache y muchas otras personas que hablan de estos temas.
El acoso moral es un proceso en sí mismo y no conlleva maltrato físico. Si lo conllevase, pasaría a ser fase de éste, como he explicado antes.
El acoso moral se caracteriza por la búsqueda por parte del acosador, de ejercer un poder completa respecto a la otra persona, lo que le reafirma y le hace sentir especialmente fuerte. Tiene un componente excitatorio y jamás, nunca, existe el llamado “arrepentimiento.” Pueden existir conductas para recuperar la confianza del otro, que pudieran parecerlo, pero el acosador no busca el perdón, sino seguir ejerciendo su poder, ya que perderlo supondría una especie de fin de juego que no puede permitirse: le divierte y le fascina ejercer dicho poder.
Si bien en el maltrato existe una clarísima prevalencia de hombres sobre mujeres (básicamente porque el perfil del maltratador se corresponde más con la psicología del hombre y el de víctima, más con el de las mujeres) en el acoso moral, los límites son más débiles, aunque siga prevalenciendo el hombre por encima de la mujer.
Para diferenciar uno de otro, os pongo unos ejemplos verbales de cada:
El maltratador iniciaría su ciclo con algo así:
- ¿Dónde crees que vas con esa pinta de puta?
- Ya estás tocándome las narices otra vez.
- Si sigues portándote así te vas a enterar.
- ¿Es que uno no puede vivir en paz? ¿No me vas a dejar tranquilo de una vez?
- Esta es la tercera vez que sales este año.
El acosador moral diría frases como:
- Menos mal que me tienes a mí a tu lado porque de otro modo estarías sola.
- No me extraña que no tengas amigos, ¿tú te has visto?
- Si no llega a ser por mí, tú no hubieras llegado a ningún lado.
- Deja que hable yo, a ti se te nota que no te enteras.
- Ya sabes que si sigues así te dejaré en la calle y tú no tienes a donde ir.
No sé si se entienden las sutiles diferencias, espero que sí.
Por último comentaros que el acoso moral se da en la pareja pero se extiende a muchos otros ámbitos en donde existan relaciones de poder: en el colegio se ha bautizado como Bullying, en el trabajo como Mobing, y en el entorno familiar, donde más frecuentemente se encuentra es en la relación padre (hombre) con hija (mujer.) Sin embargo el acoso moral es muy frecuente entre hombres también en cualquiera de estos entornos y laboralmente es creciente el de mujeres con altos cargos hacia sus subordinados masculinos, siendo muy relevante es que se da entre mujeres en el trabajo o entre profesora y alumna.
El maltrato, sin embargo, es aun inmensamente mayoritario en la pareja y de un hombre hacia una mujer.
Pd.: para más info, recomiendo "El Acoso Moral" o "El psicópata".
Quince días.
Cerrado por follaciones.
Digo, por vacaciones...
Si una tiene reparos, será por algo.
A medida que he ido cumpliendo años, y aun reconociendo que tanto mi modo de vivir como el de entender la vida dista bastante del de ser el de una mujer madura, estable, emocionalmente definida e incluso laboralmente completada, he ido observando más y más diferencias en mis intereses hacia los hombres de determinadas edades.
He sido muy tajante, explícita, estúpida e incluso insufrible a la hora de rechazar aventuras con hombres menores (esencialmente menores: que tengan uno o dos años menos no hace la diferencia) que yo.
Existen dos circunstancias en mi vida que me obligan desde hace ya años a relacionarme profesionalmente con gente mucho más joven que yo: por una parte, mis estudios. Por otra, el ambiente laboral en que me muevo es un ir y venir de jovencitos/as que duran un suspiro pero que conforman mis relaciones sociales desde hace tiempo.
Si bien con las mujeres más jóvenes, incluso chicas de menos de 20 años, no tengo ningún problema, y aunque en realidad, no lo tengo tampoco con los chicos, sí he tenido muchos problemas en aventuras con ellos y siempre me baso en mi experiencia para negarme a probar de nuevo.
Al otro lado, algún que otro jovencito insiste, periódicamente, en que él es diferente, muy maduro para su edad y que mi argumentación al “no” por la simple objetividad de la fecha de nacimiento es errada y absurda.
Esto me ha pasado en al menos siete ocasiones que recuerde: becarios, hermanos de amigos, incluso hijos de colegas.
Sin ánimo de juzgar ni generalizar, me gustaría contaros mi última experiencia al respecto.
Una de las cosas en las que yo me basaba para “rechazar” este tipo de relaciones, como he dicho, era mi experiencia. He tenido bastantes más que siete líos con hombres de entre 22 y 32 años (pongo una cifra por poner, los límites y las fronteras son siempre indefinibles) teniendo yo 20 años, 18, 27 o 35. Y siempre han sido experiencias muy negativas. No sé por qué, pero o bien yo no cuadro con hombres de esa edad, o bien yo he ido a dar con hombres brutalmente inmaduros o bien, como digo, tienen un perfil que no se asemeja en absoluto a los de los hombres de edades mayores.
Así se lo estuve contando hace unos meses a un chico atractivísimo, inteligente y muy sexy que durante un tiempo insistía en que él y yo nos liáramos.
La insistencia fue tal que no cejó en su empeño hasta arrancarme una cita.
Los argumentos que él expuso en esa cena (que repito, tuvo lugar tras meses de insistencia) para que yo le besara (versión fina de “vamos a follar”) fueron más o menos éstos:
Yo sé muy bien lo que quiero.
Yo soy muy maduro para mi edad.
Yo sé que conmigo lo vas a pasar como en tu vida lo has pasado.
Yo tengo la total seguridad de que le doy cien vueltas a cualquier cincuentón de esos que te gustan.
Los argumentos que yo expuse se asemejaron a los de siempre en estas circunstancias:
No estoy buscando un polvo fácil, ni siquiera dos polvos fáciles.
Si me voy a la cama con un tío, espero que detrás de ello haya una ilusión, una emocionabilidad, que no tiene por qué ser amor, pero tiene que existir para darle una salida al simple “cama, polvo y si te he visto no me acuerdo.”
No necesito que nadie supere a nadie para pasarlo bien: sólo necesito desearlo, sentirme deseada y rematar todo ello con una excitación que no proviene precisamente del sexo, si no del senso.
Todas mis experiencias con hombres de edades entre 22 y 32 años han seguido el patrón exacto de “cama, polvo y si te he visto no me acuerdo” y no estoy ni necesitada ni buscando una relación así ahora mismo: para eso le echo un par y me contrato un puto.
Ahora mismo lo que un hombre de tu edad me puede aportar es muy poco comparado con lo que me puede aportar un hombre mayor que tú: si hablo de mi hija, no entiendes nada. Si hablo de tres trabajos distintos, tampoco. Si quiero hablar de hipotecas, ni papa. Si trato de que empatices conmigo en el horror estresante de vivir estudiando, criando sola a una hija, trabajando en dos lugares distintos y no tener un duro, no voy a conseguirlo.
Se rió, dijo que le diera una oportunidad, que él era diferente. Y yo seré cualquier cosa, menos una persona que no da oportunidades a la gente.
Nos besamos.
Follamos dos veces y mal (torpe, sin experiencia, brusco.)
Después se vistió, dijo que él nunca se quedaba a dormir en casa de una tía con la que había follado y que ya me llamaría.
Por supuesto nunca llamó.
Y ya sabéis que yo cuando digo que soy gilipollas a veces, es que lo soy a veces. Pero creo que con hombres menores de 40, como que ya no más.
He sido muy tajante, explícita, estúpida e incluso insufrible a la hora de rechazar aventuras con hombres menores (esencialmente menores: que tengan uno o dos años menos no hace la diferencia) que yo.
Existen dos circunstancias en mi vida que me obligan desde hace ya años a relacionarme profesionalmente con gente mucho más joven que yo: por una parte, mis estudios. Por otra, el ambiente laboral en que me muevo es un ir y venir de jovencitos/as que duran un suspiro pero que conforman mis relaciones sociales desde hace tiempo.
Si bien con las mujeres más jóvenes, incluso chicas de menos de 20 años, no tengo ningún problema, y aunque en realidad, no lo tengo tampoco con los chicos, sí he tenido muchos problemas en aventuras con ellos y siempre me baso en mi experiencia para negarme a probar de nuevo.
Al otro lado, algún que otro jovencito insiste, periódicamente, en que él es diferente, muy maduro para su edad y que mi argumentación al “no” por la simple objetividad de la fecha de nacimiento es errada y absurda.
Esto me ha pasado en al menos siete ocasiones que recuerde: becarios, hermanos de amigos, incluso hijos de colegas.
Sin ánimo de juzgar ni generalizar, me gustaría contaros mi última experiencia al respecto.
Una de las cosas en las que yo me basaba para “rechazar” este tipo de relaciones, como he dicho, era mi experiencia. He tenido bastantes más que siete líos con hombres de entre 22 y 32 años (pongo una cifra por poner, los límites y las fronteras son siempre indefinibles) teniendo yo 20 años, 18, 27 o 35. Y siempre han sido experiencias muy negativas. No sé por qué, pero o bien yo no cuadro con hombres de esa edad, o bien yo he ido a dar con hombres brutalmente inmaduros o bien, como digo, tienen un perfil que no se asemeja en absoluto a los de los hombres de edades mayores.
Así se lo estuve contando hace unos meses a un chico atractivísimo, inteligente y muy sexy que durante un tiempo insistía en que él y yo nos liáramos.
La insistencia fue tal que no cejó en su empeño hasta arrancarme una cita.
Los argumentos que él expuso en esa cena (que repito, tuvo lugar tras meses de insistencia) para que yo le besara (versión fina de “vamos a follar”) fueron más o menos éstos:
Yo sé muy bien lo que quiero.
Yo soy muy maduro para mi edad.
Yo sé que conmigo lo vas a pasar como en tu vida lo has pasado.
Yo tengo la total seguridad de que le doy cien vueltas a cualquier cincuentón de esos que te gustan.
Los argumentos que yo expuse se asemejaron a los de siempre en estas circunstancias:
No estoy buscando un polvo fácil, ni siquiera dos polvos fáciles.
Si me voy a la cama con un tío, espero que detrás de ello haya una ilusión, una emocionabilidad, que no tiene por qué ser amor, pero tiene que existir para darle una salida al simple “cama, polvo y si te he visto no me acuerdo.”
No necesito que nadie supere a nadie para pasarlo bien: sólo necesito desearlo, sentirme deseada y rematar todo ello con una excitación que no proviene precisamente del sexo, si no del senso.
Todas mis experiencias con hombres de edades entre 22 y 32 años han seguido el patrón exacto de “cama, polvo y si te he visto no me acuerdo” y no estoy ni necesitada ni buscando una relación así ahora mismo: para eso le echo un par y me contrato un puto.
Ahora mismo lo que un hombre de tu edad me puede aportar es muy poco comparado con lo que me puede aportar un hombre mayor que tú: si hablo de mi hija, no entiendes nada. Si hablo de tres trabajos distintos, tampoco. Si quiero hablar de hipotecas, ni papa. Si trato de que empatices conmigo en el horror estresante de vivir estudiando, criando sola a una hija, trabajando en dos lugares distintos y no tener un duro, no voy a conseguirlo.
Se rió, dijo que le diera una oportunidad, que él era diferente. Y yo seré cualquier cosa, menos una persona que no da oportunidades a la gente.
Nos besamos.
Follamos dos veces y mal (torpe, sin experiencia, brusco.)
Después se vistió, dijo que él nunca se quedaba a dormir en casa de una tía con la que había follado y que ya me llamaría.
Por supuesto nunca llamó.
Y ya sabéis que yo cuando digo que soy gilipollas a veces, es que lo soy a veces. Pero creo que con hombres menores de 40, como que ya no más.
Tablón de anuncios.
Hoy me ha dicho el padre de Marquitos que con él no se juega.
Vendo vestidito de porno chacha y kit de lubricantes efecto frío- calor.
La cita.
Me encantó el debate montado ayer respecto a mi cita, así que obviaré contaros qué pasó en ella exceptuando un punto que me parece interesantísimo aclarar: no era mi primera cita con él.
Como bien dije, iba a “una nueva cita”.
En concreto, la tercera.
Pero como ya se aparecieron mis queridas amigas de la “Liga de Mujeres reprimidas en busca de Maridito”, blandiendo su discurso político de mujeres con derecho a nevera, cocina, carritos del Mercadona y churumbeles con nombres ridículos, dándole otra vez más, a la absurda cuestión de si follar en una primera cita es o no adecuado (¿correcto? ¿decente? ¿de mujeres de bien?) dejé que el tema rodara por sí mismo.
Por supuesto en el comentario 30 y pico salió el que me llamó puta.
También apareció el que te suelta lo de que si follas, después te sientes sola (pues ni te cuento si encima de sola, no follas.)
En fin, el clásico devenir de comentaristas cuando insinúas algo relacionado con el sexo.
El que dijo que además éramos racistas por no sé qué comentario acerca de la ablación en el tercer mundo (si alguien es capaz de relacionarlo con el tema de mis braguitas de puntilla negra, tiene premio) le añadió un puntito de originalidad al tema, que una está un poco cansada, después de tres años de blog, de aguantar siempre el mismo discurso moralista, acomplejado, agresivo, psicoanalítico de pastel y de insulto fácil.
Por si a alguien no le ha quedado claro, tengo casi cuarenta años y hago con mi vida lo que me da la real gana.
Y los condones, los compramos juntos.