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VUELVE LA AMANTE
Entre las caza-maridos y las feas, existe Amanda.
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Sindicación
 
Juicios.
La hermana de la Princesa de Asturias interpuso una demanda contra alrededor de 50 medios de comunicación, con el fin de proteger su intimidad. En la demanda solicitaba no ser fotografiada ni formar parte del cuerpo de una noticia a menos que se tratase de situaciones mediáticas, como una presentación, una rueda de prensa, o la asistencia a un acto público.

Como algunos habréis leído ya, perdió la demanda, lo que se traduce en que la muchacha habrá de pagar las costas del juicio. Existirá recurso y la cosa no terminará ni mucho menos aquí, pero no quiero aburriros con temas legales, quiero ir al fondo que me ha impulsado a escribir este post (teniendo en cuenta lo poco o nada que me importan los temas rosaditos o monárquicos.)

En este tipo de demandas se contraponen dos Derechos Fundamentales: el de intimidad (que considera Telma se está vulnerando) y el de la información (que los medios quieren seguir ejerciendo.)

El juez hace un balance entre ambos derechos, llamado “proporcionalidad” y decide.

Pero entretiempo existe un juicio paralelo, llamado “el populacho se pone a opinar lo que le da la gana.”

Lo que me chirrió el otro día fue escuchar a alguien decir más o menos exactamente lo siguiente:

“A esta chica bien que le ha gustado salir en los medios cuando le ha dado la gana: pues que apechugue.”

A esto le llamamos los psicólogos “un juicio adivinatorio.”

Porque, ¿de dónde se sacó mi interlocutor que a ella bien que la había gustado salir en los medios? Es decir, ¿se lo preguntó personalmente a Telma Ortiz? ¿Lo escribió en algún lado ella? ¿Hay una prueba real que confirme que Telma Ortiz estaba encantada de utilizar los medios en su propio beneficio? ¿Quiénes somos nosotros para “adivinar” qué le pasa por la cabeza a esa mujer? ¿Amigos, familiares, contertulios?

Podemos imaginar, deducir, creer u opinar que esta chica estaba encantada, pero ¿afirmarlo? ¿Estamos hablando en serio?

El juicio adivinatorio es una constante. Nos ponemos a transmitir los sentimientos y los pensamientos de otros sin tener ni puta idea. Lo hacemos prácticamente a diario, y sin ningún tipo de remordimiento.

Empezamos a afirmar qué piensa tal o cual, qué siente menganito o fulanito, y ni siquiera hemos tenido la deferencia de preguntarle a menganito o a fulanito qué opinan realmente, como si, en realidad, la verdad nos importara un pimiento: lo que importa es categorizar, utilizar la mente del otro como si fuera la nuestra, enjuiciar porque queda rotundo, bonito, y fuerte, ala, este piensa eso, este siente aquello... y en la mayor parte de las ocasiones ni conocemos a este ni a ese.

Me parece que todos tendríamos que preguntarnos, antes de afirmar, si realmente sabemos lo que vamos a decir, si lo sabemos a ciencia cierta, si nos lo han contado ellos personalmente, si no estamos, en verdad, emitiendo un juicio imaginario y totalmente deducido al azar.

Bastaría con decir que su posición nos hace pensar en que piensa tal cosa, y poner siempre en duda ese juicio. Sería lo justo.

No sé si es justo el Tribunal o no, al entender que es proporcionalmente más importante el derecho a la información respecto a Telma que el hecho de que ella pueda elegir cómo vivir su vida sin tener un reportero pegado al culo a diario.

Pero lo que desde luego no lo es es afirmar que ella antes estaba encantada sin preguntárselo directamente.

Igual que no lo es todas esas veces que enjuiciamos a las personas sin haber pasado, convenientemente, por la conversación que confirma nuestras sospechas.

Pensad en cuantos juicios adivinatorios habéis hecho hoy. Y preguntaros, justo después, si eso lo sabéis de verdad.

Pd.: ¿qué coño pasó con mi post a mi amigo? ¿Se me perdió o me lo robó alguien?
 
Sorteando el camino.
A Fran le conocí por Internet. Unos de esos ligues que te haces cuando estás aburrida. Bueno, no sé si por Internet ligas cuando estás aburrida, porque yo conozco verdaderas historias de terror de mujeres y hombres que se hartan a ligar por Internet en busca de marido o mujer, como si los maridos o mujeres estuvieran allí esperando. Bueno, los maridos y mujeres de otros sí.

El caso es que no me gustó nada. Decía ser profesor universitario de una facultad de cuyo nombre prefiero no acordarme, pero escribía como si fuera un alumno de primaria. De personalidad incierta. Un día me parecía divertido, al otro aburrido. Un día parecía dulce, al otro amargado. Un día me parecía seguro de sí mismo, al otro un perfecto tonto del culo. Más que incierta, tenía una personalidad extremista.

Pero yo le gustaba y yo estaba aburrida.

Así que le di coba unas cuantas semanas. Se quedó eternamente en no admitido en mi Messenger, y le levantaba la inadmisión cuando estaba aburrida. ¿He dicho que ligué con él sólo por aburrimiento?

El tema es que se puso a insistir con lo de la foto (un clásico en la sesión tres de chat) y después con lo de cenar juntos (el clásico de la sesión siete.) También insistió en mi talla de sujetador (un clásico en todos los hombres) y en saber si era de las facilitas o le iba a costar más de ocho sesiones arrancarme un polvo después de pagar una cena con vino caro (rollo muy puta, por cierto.)

Hubo foto y hubo cita. No me preguntéis porqué. Ahora mismo sería incapaz de salir ni a tomar un café con un tío que no me volviese loca, pero eran otros tiempos, yo no había conocido a Luis, ni siquiera a Enrique y... ¡sorpresa! ¡Estaba aburrida!

Nos citamos en un restaurante que elegí yo en vista de los restaurantes que el tío se empeñaba en elegir (una pizzeria barata, un lugar de ensaladas y sandwiches, o un restaurante de comida libanesa). Se la metí doblada en eso y le cité en un restaurante de una estrella michelin llevado por un francés de la Alsacia en donde te cobraban sólo por sentirte en la silla o usar su papel higiénico.

Estaba pensando en si pediría el magret de ciervo con foie y gelatina de arándanos o la carne confitada al ron viejo. Y vistiéndome. Entonces me llamó para confirmar que iría. Mi hija que entonces tenía unos dos añitos andaba por la casa canturreando. Fran se puso en alarma de pronto y espetó: “¿tienes un hijo?” Contesté que sí. No di más datos. Lo siguiente que dijo fue: “mira, lo siento Amanda, me apetece mucho conocerte, pero si tienes un hijo no me interesa.”

¿No te interesa el qué? Pensé. Tuve un segundo para contestarme a mí misma y darme cuenta de que el aburrido profesor universitario era uno de esos tipo de la peor calaña: aquellos que catalogan a todas las mujeres divorciadas con hijos como caza maridos despiadadas en busca de un padre pagador de hipoteca.

Como me sentó tan mal el incidente, decidí darle donde más le dolía, a tenor de que no tenía allí mismo sus cojones que hubiera convenientemente pateado con gusto.

- No me digas eso, Fran. ¡Así nunca encontraré un padre para mi hija! Creí que ibas a ser tú, que por fin había encontrado alguien que me ayudara a criarla, asumiera la responsabilidad de ser padre de una criatura que está sola en el mundo educada por una madre pobre. Creí que por fin, sí, al fin, tú ibas a ayudarme con la hipoteca, con sus deberes, tener, por diós, cuánto lo necesito, un esposo.

Todo esto lo dije con un tono quejicoso y lloricoso. Fran preguntó tembloroso: “¿en serio?”

- No, pedazo de imbécil. Lo que quería era ver si te reventaba la visa en el restaurante una estrella michelín al que te iba a llevar. Y lo de michelín era por ir en concordancia con tu incipiente barriga de gordo dejado. Busqué los de una estrella calva, pero no existe.

Colgué.

¡Qué a gusto se queda una cuando sabe que ha podido sortear la imbecilidad masculina con tanta mordacidad!

Y esto se lo dedico al Sibarita de Prima.
 
Él es así.
Luis es para quererle.
No puedes quedarte en un intermedio.
No puedes simplemente sentirte atraída por él.
Utilizarlo para tener sexo.
Aprovecharle.
O pretender relegarle al triste camino de la convivencia o el noviazgo.
Le tienes allí delante y le tienes que querer.
Dice que cuando me pongo tonta, le riño.
Dice que mis riñas son tremendamente incisivas, y escandalosamente desprovistas de cualquier tipo de violencia.
Estoy allí y hablo y hablo, y no dejo que él intervenga. Son palabras que recibe como riñas de mamá a niño pequeño: tiernas pero sólidas.
Pero que la peor riña que ha recibido de mí fue el silencio que de pronto me embargó cuando respondió a la llamada de su mujer.
Que ese silencio decía tanto como horas y horas seguidas de conversación.
Que se sintió pequeño, niño malo has hecho pupa a mamá.
Que deseaba le gritara y rompiera aquel silencio ensordecedor.
Le dije que no tenía que darle importancia a lo sucedido, que a pesar de todo, no podría evitar que algunas veces algo me doliera, y yo reaccionase a ese mal momento con cierto desconsuelo.
Pero que aquel pequeño incidente no había ocupado mi cabecita mucho más que unos minutos, y algunos otros minutos sueltos que se fueron sucediendo días después.
Que todo estaba bien.
Y entonces me dice: “es que de pronto me sentí decepcionado. Decepcionado por haber roto el maravilloso momento que habíamos compartido. Por hacerte callar. Porque estabas charlando feliz, con esa carita de enamorada y bien follada que pones tú cuando me llevas al aeropuerto. Y mi torpeza rompió tu ilusión. Y rompió la mía por tenerte a mi lado unos minutos más.”

Yo no había hablado de ello. Sólo surgió, así. Quiso decirlo. Quiso asegurarme que nunca volvería a pasar. Le dije que no hacía falta asegurar nada. Y él contestó que no volvería a permitir que nadie ni nada rompiera la sensación maravillosa de separarse de mí sabiendo que habíamos vuelto a repetir la magia del encuentro.

A Luis hay que quererle. No hay término medio.

Porque bastan sus palabras para que ya no vuelva a escuchar el sonido del teléfono de aquel día. Y vuelva a escuchar sus besos acariciando mi alma.
 
Egoísmo?
Míster Claro me contó que una vez tuvo una discusión absurda con la que él mismo definió como “la última relación seria que he tenido.”

La cosa iba de una salida con los amigos, de esas que en nuestro lado femenino llamamos “sólo niñas” pero al revés. Digamos que mi transparente y querido Míster Claro confirmó que tal día a tal hora acudiría a un “sólo niños”. Lo primero que pensé es que a mí me hubiera gustado perderme entre los niños y Míster, saliendo desde un pastel en pelotas o algo así, para que todos me metieran mano.

Pero después le di vueltas a la reacción de ella, que aparentemente se fundamentó en “tú eres un egoísta.”

A mí personalmente (y esto es una apreciación puramente individual) me molesta poco o nada que mi pareja, novio, marido, amante o rollete ocasional salga a solas con sus amigos. Es más: me incomodaría sobremanera que no lo hiciera, tener uno de esos novios aburridos y siesos que basan sus relaciones en el pasemos cuanto más tiempo juntos mejor.

Por otra parte siempre he utilizado el argumento del “pero si tú saliste con tus amigos la semana pasada” para pegarme las marchas que a mí me de la gana bien a solas. Aunque he tenido la gran fortuna (o he sabido elegir suficientemente bien) de tener parejas divertidas con las que me he pegado marchas espectaculares (Enrique era único, por ejemplo, para mantener conmigo unos mano a mano antológicos de sol a sol) siempre he preferido salir con mis amigas, dar rienda suelta a mis libertades, pasarlo bien sin tener que estar pendiente de darle besitos al maromo de turno, o tener que cuidarme muy mucho de mirar a este o aquel con miradas insinuantes frente a éste.


Pero puede entender que una mujer se moleste: tengo ejemplos cercanos y a veces me convencen con sus discursos: es que si prefiere salir a solas a hacerlo conmigo es porque yo puedo resultarle aburrida, es que hay mucha loba suelta, es que antes no lo hacía y ahora sí quiere hacerlo y cualquier cambio tiene consecuencias y, peor aun, causas.

Lo que no puede entender es que eso se vea como un acto egoísta.

Yo diría que el tipo es un pendón, un desprendido, un ligerillo.

Pero, ¿egoísta?

Si alguien cree que es egoísta salir con unos amigos una vez de tanto en tanto, que me explique el porqué.

Todo esto lo pensé después de que Míster me echara un par de polvos riquísimos, en los que, por cierto, me comporté como una auténtica egoísta.
 
Con sólo una llamada.
Son las seis menos poco de la tarde y estoy pletórica en mi coche, conduciendo junto a él. Confundo el PIB con la renta por cápita y él me dice que tengo que estar confundiéndolos o mi discurso no tiene mucho sentido. En realidad no sé por qué estamos hablando de eso, si salimos justo de amarnos como locos entre las sábanas de mi cama. Deberíamos estar hablando de sexo y de amor aunque creo que estamos tan completos los dos, tan llenos el uno del otro, tan simples en nuestro pequeño mundo, en el interior de mi coche, hablando de PIB y renta que ni siquiera nos hace falta mencionar ni rememorar el amor que sentimos.

Entonces suena el teléfono y tengo mala suerte, empiezo pensando “cachis” y luego pienso “mierda”.

Tengo mala suerte y escucho la conversación al otro lado del móvil, habla fuerte y se oye perfectamente, oigo como le dice “por qué no me has llamado” y él contesta “es que acabo de encender el móvil” y después ella dice “y cuando llegas” y él contesta “ahora mismo tomo el tren y llego en unas horas.”

Y cuelga.

Tengo mala suerte.

Se me rompe la magia de todo. Me desquebraja mi sueño. Pienso “oye, imbécil, este es mi momento. ¿No le tienes tú para todo el resto, desde hace veinticinco años, y para toda tu vida? Pues, ¿por qué vienes a joderme mis minutos escasos a su lado? ¿Qué haces cargándote mi instante?”

Me doy cuenta de que a ella le importa un pimiento cuáles sean mis momentos, no me debe nada, no sabe que existo, y si lo supiera, además de no importarle los jodería a conciencia.

Me despido sin poder mirarle a los ojos.

Quiero que se vaya de mi coche, que salga y se largue. Ya no estoy en mi momento, estoy fuera de él, y él aquí no tiene espacio, ni lugar, no sirve, no vale, fuera, vete ya.

Tengo mala suerte.

Sé que lo nuestro no es lo suficientemente sólido como para que una llamada y una pregunta no lo destroce.

El amor es intenso y la sensación de amarle me mantiene viva hace años. Pero ¿qué intensidad es esa si basta una voz al otro lado para que ya no la sienta?

Escapo, huyo, entro de nuevo en mi vida.

Es tarde, llego justo a tiempo para recoger a mi hija del colegio.

Y todo vuelve a la normalidad.
 
Andamos confundidos, queridos.

Andamos confundidos, queridos: creemos que tener pareja significa tener una cosa que podemos querer, odiar, pegar, gritar, mandar, ordenar, humillar, besar y follar. Mostrarla también. Como tener un perrito, pero que cree que nosotros somos, del mismo modo, otro perrito que les pertenece.

Las mujeres se llenan la boca de frases categóricas: no hagas eso, no hagas lo otro, llámame, por qué no me llamaste, háblame de tus emociones, quédate conmigo, no llegues más tarde de las tres, no bebas tanto, no hagas el ridículo, tus amigos son unos imbéciles, deja ese trabajo, no te compres ese coche, dedícate a mí.

Lanzan sms como si fueran confeti. Si no contesta en lo inmediato, surge la desesperación. Más sms. Llamadas perdidas. Mails, Messenger, “te veo conectado, ¿por qué no me hablas?”

Exigen, piden, ponen de vuelta y media a sus chicos con sus amigas: “¿Qué te dijo qué? ¡Qué cabrón! ¡Qué hijo de puta!” Y luego a follar medio insatisfechas, no me corro, pero da igual, al menos está por mí, está pendiente de mí, él siempre se corre, qué suerte, soy yo que tengo problemas, no me corro con la penetración, soy clitoriana, no vaginal.

Los hombres buscan hasta que obtienen lo que quieren, da igual si mienten, ya está la mujer para pensar que cambiará: ¿no quieres una relación de pareja? Es igual, yo haré que quieras tenerla. Mientras el hombre utiliza su fuerza cuando algo le disgusta: si me puteas, te vas a enterar. Le doy un puñetazo a la mesa, pego un grito, cojo la puerta y me voy, doy un portazo, ya volveré, es mi perrito, siempre acabará abriéndome la puerta. Y si no me gusta lo suficiente, la mantendré allí, por si acaso algún día estoy solo y tengo ganas de compañía.

No saben si nos corremos o no, qué más les da si finges o no, ellos viven en su mundo, meten, sacan, ahhhh, qué placer. ¿Te has corrido? Sí, dice ella mintiendo. Bueno, pues genial, yo prefiero creerte. Luego no me vengas con arramucos, lo que me apetece es un wiskie o un piti, y si se me levanta otra vez, te tocaré las tetas para que dejes hacer de nuevo.

Un sms cada tres o cuatro días, no vayas a escaparte. En cuanto me tengas un poco olvidado, volveré a la carga. Si me entero de que estás con otro, vendré a suplicarte que vuelvas conmigo. Te haré la cabeza un lío. Eso me encanta. Tenerte allí expectante.

Y ella mientras sigue con sus amigas: “Qué no me llama hace tres días” ¡no jodas! ¡Pasa de ese cabrón! Pero él llama y todo está bien, oh, volvamos a utilizar el sexo como instrumento: yo para tenerte cerca, y tú para recuperar tu virilidad, sentirte bien machote, pasarte un buen momento, mucho mejor que pagando.

Andamos confundidos: dos mujeres muertas en 24 horas a manos de sus parejas. Cientos de mujeres esperando una llamada.

¿Esto es el amor del siglo XXI?

A mí siempre me quedará Luis. No ladra y no espera que yo lo haga.
 
Cosas que, los que no somos andaluces, acabamos aprendiendo a base de tanta Feria.

Dedicado a Córdoba, Jérez, Sevilla, Málaga Centro, Málaga Real y El Puerto.

- En la Feria no se queda con nadie: se dice “ya nos veremos en la Feria” y punto.
- Por “ya nos veremos en la Feria” se tiene que entender “nos veremos si la casualidad así lo decide.”
- No existe punto de encuentro en la Feria.
- Nadie tiene ni idea de dónde está la caseta por la que preguntas.
- La mejor manera de garantizarte el llegar a la barra de la caseta de marras es volar.
- Ni se te ocurra ir a hacer pipí cuando ya no puedes más.
- En la cola del pipí se liga la hostia.
- Si no ligas la hostia en la cola del pipí, ligarás igual tratando de alcanzar la barra.
- ¿Taconazos en la Feria? ¡jajajaja! ¡pringada!
- Tratar de recordar en qué caseta perdiste los pendientes es casi tan complicado como tratar de recordar en qué momento y por qué decidiste invitar a media caseta y quedarte en la ruina.
- “Comer” y “cenar” se confunden fácilmente en la Feria. Lo mismo puedes encontrarte tomando carrillada a la hora de la merienda que unos montaditos pasadas las tres de la mañana.
- El caldito se toma en vaso.
- El rebujito sienta fatal y de golpe.
- La frase más repetida el sábado de Feria es “para mí ya se acabó la Feria. ¡Ponme otra!”
- Ver los enganches borracha como una cuba es muy raro.
- Subirse a un caballo con tacones es de idiotas.
- Lo normal cualquier día de feria es encontrarte veinte llamadas perdidas cuando vas de una caseta a otra.
- En la Feria, el polvo que persigue todo el mundo no es el del albero.
- Las copas se piden tal que así: “¡Echa más!”
- A las profanas nos entran tal que así: “¿tú no eres de aquí, verdad?”
- No puedes ir a la Feria sin haber pasado antes por la farmacia para comprar primperán, omeprazol, alka seltzer, ibuprofeno y condones.
- Lo último es obviable, porque él los llevará seguro.
- Las mujeres se visten de gitana o de flamenca, nunca de “faralaes”.
- Los hombres con corbata no vienen de trabajar.
- La edad media es de 30 años, con una desviación típica de 14 a 54.
- ¿Quién dijo miedo? Tú echa, que yo me la bebo.
- La resaca se quita bebiendo más.
- Si no puedes beber más, es que es sábado y para ti se acabó la Feria.
- Si te crees que encontrarás a tu amiga una vez la has perdido, vas lista.
- Acabarás la Feria sin saber cuál es “la puerta principal”.
- Todas las calles son iguales.
- Las chinas vendiendo mecheros de luz también van a la Feria.
- Las fotos siempre salen torcidas.

Y por último: quién no la ha probado, eso que se ahorra... porque no podrá dejar de repetir, y repetir y repetir.

(16 Ferias variadas... y sumando.)