Tú tantra, que yo mientras me fumo un cigarrillo.
Paseando por mis comentarios y por los de otro blog en donde se me menciona, descubro que algunas personas hablan del tantrismo maravillas, y que en algún caso no se acabó de entender que yo no disfrutara del mismo. Por explicaciones que no quede.
Me gustaría aclarar varias cosas respecto al sexo tantra, que hoy en día parece que todo el mundo lo practica igual que en su momento todo el mundo tenía acciones en bolsa o iba al trabajo en bicicleta para proteger el medio ambiente (ya.) El tantrismo no tiene como gran característica la contención de la eyaculación masculina, sino el “adiestramiento” de la mujer para llevar al máximo placer a su pareja, pero esto con el tiempo se ha ido distorsionando y ahora parece que si un tío no se corre en menos de veinte minutos ya te está haciendo el amor a lo tántrico.
Detrás de las técnicas tántricas existe una filosofía cercana a la religión, que proviene de raíces induhístas y budistas, cuyo objetivo es el sexo como entrega espiritual, no como placer en sí mismo. Gira únicamente en torno a las zonas erógenas masculinas pero alguien debió de encontrar un filón en eso de retener la eyaculación y correrse pa’dentro y le dio una inteligente vuelta, haciéndolo aparecer como la solución para aquellas mujeres que necesitan mucho sexo en una sesión para poder tener orgasmos.
Vamos: que si tu novio se aguanta convenientemente para que tú puedas correrte antes que él, lo que tienes es un novio encantador, pero nada que ver con el tantrismo.
Yo parto de la base de que cualquier teoría que me intente explicar cómo debo practicar yo el sexo coarta mi libertad para experimentar conmigo misma e irme descubriendo sexualmente. Me parece que tomar un librito y empollarse cinco técnicas no es la mejor manera de saber dónde tú te sientes más cómoda, cómo deseas ser tocada y cuál es la forma en qué más disfrutas, entre otras cosas porque no siento el sexo como una técnica, sino como una práctica diferente, única, y completamente individual.
Si alguna vez he recurrido a algún tipo de explicación ha sido siempre desde el punto de vista mental: si tenía alguna duda a los catorce años acerca de si masturbarme era bueno o malo, se me disiparía rápidamente al entender que “lo que está bien y lo que está mal” no está determinado por nadie en el sexo, nadie tiene el poder ni la potestad de decir “esto es bueno” y “esto es malo” respecto a tu sexualidad individual o respecto a la sexualidad consentida. Una vez entiendes ese concepto, puedes basar tus prácticas simplemente en el “me lo he pasado bien” o “no me lo he pasado bien.” Ni comuniones armónicas con tu pareja ni memeces cursis que sólo vienen a paliar ciertos remordimientos a la hora de aventurarse a probar o a maximizar el placer: todo se limita y se expande en ti misma.
Si bien mentalmente creo que soy una persona tremendamente sana desde el punto de vista sexual, sin pudor ni tabú alguno (lo que no quiere decir que todo me guste), físicamente no soy especialmente afortunada: soy alérgica al látex, lo que condiciona muchas de mis relaciones, soy pequeñita por dentro y por fuera, lo que me impide recrearme en prolongadas penetraciones, especialmente si él tiene un pollón de esos de salir corriendo, no tengo elasticidad alguna debido a que jamás practiqué nada que pudiera parecerse al deporte, por lo que según qué posturitas pueden ser para mí más bien torturitas, y encima tengo una boquita de piñón que adora hacer mamadas, pero es incapaz de hacerlas en condiciones (aunque he encontrado pequeños trucos sustitutivos a este defecto.)
Todo ello no impide que yo ponga toda mi entrega en mi cama, que sepa perfectamente dejarme llevar, que me guste preguntar, que me encante explicar, que me ría ante una situación divertida, o que llore cuando me han llevado al límite de mis sensaciones.
Con todo esto, ¿de verdad tengo que ponerme a investigar dónde está la próstata del hombre y estimularla para que tenga un orgasmo sin eyaculación? ¿tengo que aguantar horas de penetración con los consiguientes chichones en la cabeza si ya sé que tampoco me aportará nada nuevo ni mejor? ¿tengo que pasarme dos horas mirando el cuerpo de mi “amado” y pasarle una plumita para despertar todas sus terminaciones nerviosas? ¿tengo que tratar de batir un récord de orgasmos por sesión? ¿tengo que quedarme sin el inmenso estímulo sensual y sexual que para mí representa ver a un hombre correrse porque el tío egoísta se corre para adentro y se queda él con su semen y a mí que me den?
Alguien me acusó una vez de comentar que mis amantes son todos perfectos y maravillosos. Evidentemente no lo son, algunos seguro que hasta son malos de cojones. Pero a mí me gusta (casi) todo tanto, soy tan fácil en la cama, que quizás yo los vea como maravillosos amantes fogosos, cuando la realidad es, simplemente, que yo no he tenido nunca ningún problema con mi sexualidad ni con la de los demás.
Con quienes sí he tenido problemas ha sido con alguno de los hombres con los que me acosté en el momento en que me acosté, pero eso, mucho me temo, no tiene nada que ver con el sexo.
Me gustaría aclarar varias cosas respecto al sexo tantra, que hoy en día parece que todo el mundo lo practica igual que en su momento todo el mundo tenía acciones en bolsa o iba al trabajo en bicicleta para proteger el medio ambiente (ya.) El tantrismo no tiene como gran característica la contención de la eyaculación masculina, sino el “adiestramiento” de la mujer para llevar al máximo placer a su pareja, pero esto con el tiempo se ha ido distorsionando y ahora parece que si un tío no se corre en menos de veinte minutos ya te está haciendo el amor a lo tántrico.
Detrás de las técnicas tántricas existe una filosofía cercana a la religión, que proviene de raíces induhístas y budistas, cuyo objetivo es el sexo como entrega espiritual, no como placer en sí mismo. Gira únicamente en torno a las zonas erógenas masculinas pero alguien debió de encontrar un filón en eso de retener la eyaculación y correrse pa’dentro y le dio una inteligente vuelta, haciéndolo aparecer como la solución para aquellas mujeres que necesitan mucho sexo en una sesión para poder tener orgasmos.
Vamos: que si tu novio se aguanta convenientemente para que tú puedas correrte antes que él, lo que tienes es un novio encantador, pero nada que ver con el tantrismo.
Yo parto de la base de que cualquier teoría que me intente explicar cómo debo practicar yo el sexo coarta mi libertad para experimentar conmigo misma e irme descubriendo sexualmente. Me parece que tomar un librito y empollarse cinco técnicas no es la mejor manera de saber dónde tú te sientes más cómoda, cómo deseas ser tocada y cuál es la forma en qué más disfrutas, entre otras cosas porque no siento el sexo como una técnica, sino como una práctica diferente, única, y completamente individual.
Si alguna vez he recurrido a algún tipo de explicación ha sido siempre desde el punto de vista mental: si tenía alguna duda a los catorce años acerca de si masturbarme era bueno o malo, se me disiparía rápidamente al entender que “lo que está bien y lo que está mal” no está determinado por nadie en el sexo, nadie tiene el poder ni la potestad de decir “esto es bueno” y “esto es malo” respecto a tu sexualidad individual o respecto a la sexualidad consentida. Una vez entiendes ese concepto, puedes basar tus prácticas simplemente en el “me lo he pasado bien” o “no me lo he pasado bien.” Ni comuniones armónicas con tu pareja ni memeces cursis que sólo vienen a paliar ciertos remordimientos a la hora de aventurarse a probar o a maximizar el placer: todo se limita y se expande en ti misma.
Si bien mentalmente creo que soy una persona tremendamente sana desde el punto de vista sexual, sin pudor ni tabú alguno (lo que no quiere decir que todo me guste), físicamente no soy especialmente afortunada: soy alérgica al látex, lo que condiciona muchas de mis relaciones, soy pequeñita por dentro y por fuera, lo que me impide recrearme en prolongadas penetraciones, especialmente si él tiene un pollón de esos de salir corriendo, no tengo elasticidad alguna debido a que jamás practiqué nada que pudiera parecerse al deporte, por lo que según qué posturitas pueden ser para mí más bien torturitas, y encima tengo una boquita de piñón que adora hacer mamadas, pero es incapaz de hacerlas en condiciones (aunque he encontrado pequeños trucos sustitutivos a este defecto.)
Todo ello no impide que yo ponga toda mi entrega en mi cama, que sepa perfectamente dejarme llevar, que me guste preguntar, que me encante explicar, que me ría ante una situación divertida, o que llore cuando me han llevado al límite de mis sensaciones.
Con todo esto, ¿de verdad tengo que ponerme a investigar dónde está la próstata del hombre y estimularla para que tenga un orgasmo sin eyaculación? ¿tengo que aguantar horas de penetración con los consiguientes chichones en la cabeza si ya sé que tampoco me aportará nada nuevo ni mejor? ¿tengo que pasarme dos horas mirando el cuerpo de mi “amado” y pasarle una plumita para despertar todas sus terminaciones nerviosas? ¿tengo que tratar de batir un récord de orgasmos por sesión? ¿tengo que quedarme sin el inmenso estímulo sensual y sexual que para mí representa ver a un hombre correrse porque el tío egoísta se corre para adentro y se queda él con su semen y a mí que me den?
Alguien me acusó una vez de comentar que mis amantes son todos perfectos y maravillosos. Evidentemente no lo son, algunos seguro que hasta son malos de cojones. Pero a mí me gusta (casi) todo tanto, soy tan fácil en la cama, que quizás yo los vea como maravillosos amantes fogosos, cuando la realidad es, simplemente, que yo no he tenido nunca ningún problema con mi sexualidad ni con la de los demás.
Con quienes sí he tenido problemas ha sido con alguno de los hombres con los que me acosté en el momento en que me acosté, pero eso, mucho me temo, no tiene nada que ver con el sexo.
Amante en vacaciones.
Inciso: en este medio veraneo ya iniciado, con la consulta prácticamente vacía, los exámenes de mi primer año de Derecho todos aprobados – dos matrículas, un excelente, seis notables y cuatro aprobados, bien por mí – mi descendencia de vacaciones con su papá, me sobra, diós, qué lujo, tiempo. Así que pido a mis comentaristas y lectores me recomienden algunos blogs, que mis favoritos están de capa caída teniendo en cuenta que:
No soporto los cursis con fotitos y poesías, los que tienen faltas de ortografía, los pseudo eróticos con fotos glamourosas en blanco y negro de coños y pezones erectos por un hielo, los pseudo intelectuales con divagaciones absurdas e incomprensibles para la mayoría de los mortales, los que tienen posts más largos que un día sin pan ni, por supuesto, los enfermizamente groseros – que nadie me recomiende a Hache, que desde que pasé veinte posts leyendo que le “sudaban los huevos” y “los pelos del culo” quedó descartado de mis lecturas ligeritas.
Yo a cambio, os recomiendo echéis un vistazo a las últimas entradas de Ali, inteligentes, sensibles y naturales como ella, y a las de Prima, divertidas a la par que emotivas y llenas de un amor equivocado.
Joé, ¡qué inciso más largo!
Fin del inciso.
Reconozco que el momento más complicado en mi relación con Luis es la llegada de las vacaciones. Como ya son cinco llegadas de vacaciones superadas, he ido aprendiendo a modificar mi manera de sentir éstas hasta el punto que ahora mismo estoy deseándolas.
La verdad es que los dos primeros veranos fueron desastrosos para mí: habiéndome quedado sin vacaciones en agosto, me encontraba sola en una ciudad milagrosamente deshabitada, al son del rebufo del aire acondicionado de la consulta, en una dinámica de bajo volúmen profesional que me llevaba irremediable al tedio… y Luis con su mujercita y los críos dando tumbos de avión en avión por medio mundo.
Me los imaginaba visitando catedrales y museos y comentando entre ellos “oh qué bonito” “oh sí cariño, me recuerda al rosetón de la catedral de Florencia, recuerdas, en nuestra segunda luna de miel…” y me moría, os juro que me moría. Me pasaba los días deseando que lloviera allí donde estuvieran, entrase un ciclón, cayese una tormenta tropical, se agarrasen una salmonelosis, una malaria y una fiebre tifoidea y además a ella le diera un herpes genital para que no pudieran follar.
Luis, como es un hombre de esos a la antigua usanza (matrimonio perfecto, amante en espera, hijos pijos con nombres pijos y corbatas de seda) tiene por costumbre agarrarse todo el mes de agosto de principio a fin, desde el mismísimo día 1 hasta el 31, y organizarse las vacaciones al más puro estilo familiar: una semana en la playa, otra en el pueblo y dos más en un viaje de esos de descubrimiento, ahora me voy a Perú, ahora a Japón, ahora me doy una vuelta por Australia.
Y yo en la consulta atendiendo a un paciente por día, eso si tengo alguno que no se va de vacaciones.
Pero tras dos años de celos infernales, y a punto de crearme una úlcera sangrante a base de malos pensamientos, fui cambiando mi dinámica hasta llegar a un punto de comodidad en donde la llegada de las vacaciones no son más que un periodo en que puedo llegar a echarle de menos debido a la absoluta falta de comunicación entre ambos. Poco más.
Este año he alquilado una casa en Cádiz durante tres semanas con tres amigas, que irán viniendo según la semana que sea (unas se quedan dos, otra sólo una.)
Curiosamente, independientemente del hecho de que me apetece más que nunca salir de mi ciudad y regodearme entre playas, ferias, gazpacho, rebujito, copazos y (la cabra siempre tira al monte) la posibilidad de ver esos cuerpos bien viriles andaluces, una de las cosas que menos me importa ahora mismo es dónde vaya él.
Ni siquiera sé cuándo se marcha.
Supongo que tantas vacaciones superadas hace que al final superes, incluso, el pensar que no vas a poder soportarlas.
No soporto los cursis con fotitos y poesías, los que tienen faltas de ortografía, los pseudo eróticos con fotos glamourosas en blanco y negro de coños y pezones erectos por un hielo, los pseudo intelectuales con divagaciones absurdas e incomprensibles para la mayoría de los mortales, los que tienen posts más largos que un día sin pan ni, por supuesto, los enfermizamente groseros – que nadie me recomiende a Hache, que desde que pasé veinte posts leyendo que le “sudaban los huevos” y “los pelos del culo” quedó descartado de mis lecturas ligeritas.
Yo a cambio, os recomiendo echéis un vistazo a las últimas entradas de Ali, inteligentes, sensibles y naturales como ella, y a las de Prima, divertidas a la par que emotivas y llenas de un amor equivocado.
Joé, ¡qué inciso más largo!
Fin del inciso.
Reconozco que el momento más complicado en mi relación con Luis es la llegada de las vacaciones. Como ya son cinco llegadas de vacaciones superadas, he ido aprendiendo a modificar mi manera de sentir éstas hasta el punto que ahora mismo estoy deseándolas.
La verdad es que los dos primeros veranos fueron desastrosos para mí: habiéndome quedado sin vacaciones en agosto, me encontraba sola en una ciudad milagrosamente deshabitada, al son del rebufo del aire acondicionado de la consulta, en una dinámica de bajo volúmen profesional que me llevaba irremediable al tedio… y Luis con su mujercita y los críos dando tumbos de avión en avión por medio mundo.
Me los imaginaba visitando catedrales y museos y comentando entre ellos “oh qué bonito” “oh sí cariño, me recuerda al rosetón de la catedral de Florencia, recuerdas, en nuestra segunda luna de miel…” y me moría, os juro que me moría. Me pasaba los días deseando que lloviera allí donde estuvieran, entrase un ciclón, cayese una tormenta tropical, se agarrasen una salmonelosis, una malaria y una fiebre tifoidea y además a ella le diera un herpes genital para que no pudieran follar.
Luis, como es un hombre de esos a la antigua usanza (matrimonio perfecto, amante en espera, hijos pijos con nombres pijos y corbatas de seda) tiene por costumbre agarrarse todo el mes de agosto de principio a fin, desde el mismísimo día 1 hasta el 31, y organizarse las vacaciones al más puro estilo familiar: una semana en la playa, otra en el pueblo y dos más en un viaje de esos de descubrimiento, ahora me voy a Perú, ahora a Japón, ahora me doy una vuelta por Australia.
Y yo en la consulta atendiendo a un paciente por día, eso si tengo alguno que no se va de vacaciones.
Pero tras dos años de celos infernales, y a punto de crearme una úlcera sangrante a base de malos pensamientos, fui cambiando mi dinámica hasta llegar a un punto de comodidad en donde la llegada de las vacaciones no son más que un periodo en que puedo llegar a echarle de menos debido a la absoluta falta de comunicación entre ambos. Poco más.
Este año he alquilado una casa en Cádiz durante tres semanas con tres amigas, que irán viniendo según la semana que sea (unas se quedan dos, otra sólo una.)
Curiosamente, independientemente del hecho de que me apetece más que nunca salir de mi ciudad y regodearme entre playas, ferias, gazpacho, rebujito, copazos y (la cabra siempre tira al monte) la posibilidad de ver esos cuerpos bien viriles andaluces, una de las cosas que menos me importa ahora mismo es dónde vaya él.
Ni siquiera sé cuándo se marcha.
Supongo que tantas vacaciones superadas hace que al final superes, incluso, el pensar que no vas a poder soportarlas.
Y tú, ¿qué estás dispuesto/a a dar?
Queridas amantes (por supuesto, los amantes, que haberlos, menos, pero haylos, están incluidos en esta misiva):
Una de las cosas que no podremos nunca controlar respecto a nuestro casado infiel es aquello que él está dispuesto a entregar en la relación. Da igual lo cazurra que te pongas, la cantidad de exigencias que le sueltes al minuto, o las pataletas que te den: el casado elige, y tú, o aceptas, o aceptas, no existe otra opción.
Pero lo que siempre puedes controlar es lo que tú le vas a dar a él.
¿Quieres darle tu amor eterno y tu entrega incondicional? ¿Quieres serle fiel, quedarte en casa esperando a que él te llame, amarle por encima de todas las cosas? Tú sabrás. Pero no esperes que todo ese dechado de bondad, amor y entrega se vea recompensado.
Nunca te vendrá de vuelta. Él seguirá follándose a tu mujer mientras tú haces calceta, planeará con ella las vacaciones mientras tú te quedas en casa por si puede escaparse algún día, irá con ella al cine, a pasear con los niños, a comer con los amigos y a cenar con los vecinos. Y tú seguirás en casa mirando compulsivamente a tu pc con la esperanza de que se conecte a Messenger a las dos de la mañana y te diga palabras bonitas.
No sólo actuarás como una idiota, sino que te convertirás en una.
Dale a tu casado lo que él te da, nada más.
No te creas eso de que “si pudiera estaría contigo, mi amor, pero no puedo, sé que lo entiendes” y te vayas con esa fracesita construyendo una relación única y exclusiva. Envíale a la mierda cada vez que te diga que le matarías de dolor si se enterase de que te acuestas con otros. No esperes en casa, no abras el Messenger a menos que no tengas nada mejor que hacer, no le tengas en la agenda del móvil guardado como “amorcito” o “cariño”, relégale a tu última opción, a tu primera opción de amar y a tu última opción de tener.
Vive tu vida, sé feliz, aprecia cada espacio, cada situación nueva, sigue buscando esa relación que deseabas tener antes de que él apareciera en tu vida, vístete guapa y sexy, acuéstate con quien quieras siempre que tengas la oportunidad, da tu teléfono a todos aquellos que te lo piden, abre puertas, deja que las oportunidades entren, enamórate si así lo sientes.
Pero, recuerda, no des nada más allá de lo que él te da. ¿Amor y pasión cuando está a tu lado? Reserva siempre ese trocito de amor y pasión para dárselo cuando él te lo esté dando. ¿Citas prohibidas y mágicas en hoteles clandestinos? Resérvate ese espacio en tu agenda. ¿Una cena con su mejor y más apasionada sonrisa? No olvides llevar a esa cena tu mejor y más apasionada sonrisa también.
Sé lista, sé cauta, sé más hábil que él: prótegete siempre del dolor de la fantasía y la ilusión rota, de la esperanza perdida, de la espera sin respuesta. Es un hombre casado, que te adora, que te desea, que te ama probablemente de manera irracional y alocada… pero está casado y él no va a darte nada más.
Así que conviértele en tu amante. Y mantén siempre la única relación que te durará toda la vida, esa que nunca te ha de fallar: la que tienes contigo misma.
Carne y Pescado.
A mí me pasan cosas sexualmente extrañas. Lo digo en serio.
Con el padre de Marquitos he tenido unos cuantos encuentros, a cada cual más rocambolesco. El tío es sexualmente rarito de cojones. Fuera de la cama, es un tipo de lo más normal, interesante, un puntito egocéntrico y dos puntitos infantil (a pesar de su ya casi avanzada edad), pero cuando me lleva a la habitación y me despelota, se transforma en un hombre (¿?) de extraordinarias apetencias.
Y no es que una no esté abierta a cualquier tipo de experiencias, pero vamos, que entre lo inesperado y la desconfianza, una se para a pensar si es del todo normal.
Lo de la desconfianza viene a colación del hecho de que en realidad le conozco poco o nada. O más precisamente, debido a ese egocentrismo mencionado, como sólo habla de él en nuestros encuentros, dudo que sepa algo de mí. Por poner un ejemplo idiota, tras más de seis meses de cenas, citas, y polvetes, hace dos días se le ocurrió preguntarme qué edad tenía. En fin.
El caso es que entre unas cosas y otras a mí se me enfrío bastante el interés y llevaba algunas semanas de excusa en excusa a sus requerimientos de volvernos a encontrar.
Finalmente cedí. Salimos a cenar, nos tomamos unas copas, me contó mil cosas de él y escuchó una de mí y después de una noche en realidad divertida, me dijo que quería pasar la noche contigo y yo que soy más fácil que un tío virgen de 22 años frente a una proposición de sexo sin compromiso, pues le dije que vale, pero a condición de que no utilizara sus técnicas tántricas, que a mí eso de que me tengan dos horas y media venga a follar me viene ya muy grande.
Total, que cuando estábamos en el tema y el tío la verdad es que es muy bueno en absolutamente todo (folla de escándalo, toca mejor y come como los ángeles, si es que los ángeles hubieran de comerse un coñito ansioso) y me lo estaba pasando muy bien cuando de pronto me para en seco y me pregunta que si tengo algún juguetito para acompañarnos.
Y yo pensando “ya estamos con las cosas raras” pero bueno, que tengo, sí, así que le saco a mi amiguito silencioso pero vibrador y cuando creo que me va a follar mientras me estimula con él me pide que se lo meta a él.
Y a partir de allí se monta una fantasía que ni un guionista de porno en plena inspiración y me dice que me imagine que es una polla que se la está metiendo a él mientras él me la mete a mí.
Yo entre que no me hacía a la escena porque el padre de Marquitos mide metro noventa y cinco y ya estábamos apretaditos los dos en mi cama de metro cincuenta, - ¡cómo para meter allí a otro tiarrón, vamos! - y que hasta ahora y tras muchos polvos a mis espaldas, jamás la fantasía en pleno ídem había sido la de que al hombre que me estaba beneficiando se lo estuviera beneficiando al tiempo otra tranca, me quedé como descompuesta.
Le seguí el rollo lo que pude y traté de pensar que sólo se trataba de un momento de pasión extraño, pero vamos, que él venga a decirme “y mira cómo me la mete” joder, qué mal rollo me estaba entrando.
Cuando se fue de casa traté de separar esa imagen de él, de verle todo hombre, todo tío, todo varón, todo viril, pero se me ha quedado un cuerpo de “me he tirado a un bisexual” muy raro.
Y claro, con estas, hoy me llama y me dice “¿te apetece salir esta noche?”. Pues mira, no. Pase que me pidan un trío con una rubita sexy, pase que me pidan un trío para ver como otro hombre se aprovecha de mis curvas, pero para fantasear con imágenes gays mejor no salgo esta noche.
Con el padre de Marquitos he tenido unos cuantos encuentros, a cada cual más rocambolesco. El tío es sexualmente rarito de cojones. Fuera de la cama, es un tipo de lo más normal, interesante, un puntito egocéntrico y dos puntitos infantil (a pesar de su ya casi avanzada edad), pero cuando me lleva a la habitación y me despelota, se transforma en un hombre (¿?) de extraordinarias apetencias.
Y no es que una no esté abierta a cualquier tipo de experiencias, pero vamos, que entre lo inesperado y la desconfianza, una se para a pensar si es del todo normal.
Lo de la desconfianza viene a colación del hecho de que en realidad le conozco poco o nada. O más precisamente, debido a ese egocentrismo mencionado, como sólo habla de él en nuestros encuentros, dudo que sepa algo de mí. Por poner un ejemplo idiota, tras más de seis meses de cenas, citas, y polvetes, hace dos días se le ocurrió preguntarme qué edad tenía. En fin.
El caso es que entre unas cosas y otras a mí se me enfrío bastante el interés y llevaba algunas semanas de excusa en excusa a sus requerimientos de volvernos a encontrar.
Finalmente cedí. Salimos a cenar, nos tomamos unas copas, me contó mil cosas de él y escuchó una de mí y después de una noche en realidad divertida, me dijo que quería pasar la noche contigo y yo que soy más fácil que un tío virgen de 22 años frente a una proposición de sexo sin compromiso, pues le dije que vale, pero a condición de que no utilizara sus técnicas tántricas, que a mí eso de que me tengan dos horas y media venga a follar me viene ya muy grande.
Total, que cuando estábamos en el tema y el tío la verdad es que es muy bueno en absolutamente todo (folla de escándalo, toca mejor y come como los ángeles, si es que los ángeles hubieran de comerse un coñito ansioso) y me lo estaba pasando muy bien cuando de pronto me para en seco y me pregunta que si tengo algún juguetito para acompañarnos.
Y yo pensando “ya estamos con las cosas raras” pero bueno, que tengo, sí, así que le saco a mi amiguito silencioso pero vibrador y cuando creo que me va a follar mientras me estimula con él me pide que se lo meta a él.
Y a partir de allí se monta una fantasía que ni un guionista de porno en plena inspiración y me dice que me imagine que es una polla que se la está metiendo a él mientras él me la mete a mí.
Yo entre que no me hacía a la escena porque el padre de Marquitos mide metro noventa y cinco y ya estábamos apretaditos los dos en mi cama de metro cincuenta, - ¡cómo para meter allí a otro tiarrón, vamos! - y que hasta ahora y tras muchos polvos a mis espaldas, jamás la fantasía en pleno ídem había sido la de que al hombre que me estaba beneficiando se lo estuviera beneficiando al tiempo otra tranca, me quedé como descompuesta.
Le seguí el rollo lo que pude y traté de pensar que sólo se trataba de un momento de pasión extraño, pero vamos, que él venga a decirme “y mira cómo me la mete” joder, qué mal rollo me estaba entrando.
Cuando se fue de casa traté de separar esa imagen de él, de verle todo hombre, todo tío, todo varón, todo viril, pero se me ha quedado un cuerpo de “me he tirado a un bisexual” muy raro.
Y claro, con estas, hoy me llama y me dice “¿te apetece salir esta noche?”. Pues mira, no. Pase que me pidan un trío con una rubita sexy, pase que me pidan un trío para ver como otro hombre se aprovecha de mis curvas, pero para fantasear con imágenes gays mejor no salgo esta noche.
Esos cambios que yo no quiero.
Una de las cosas que me hace sentir especialmente diferente a muchas de las mujeres que conozco, es que a mí no me gustan los cambios: me gusta que las cosas se queden tal y como estaban cuando sentí que me gustaron.
Decía mi abuela que el gran error del matrimonio es que está formado por una mujer deseosa por cambiar y moldear al hombre con quien se casó y por un hombre ansioso por que no cambie absolutamente nada en la mujer a quien prometió amor eterno. Pero que la realidad es que el hombre no cambiará nunca y en cambio la mujer será un devenir de personalidades, emociones y conductas completamente distintas.
Es evidente que en ese último aspecto soy tremendamente femenina, me refiero a los cambios en mi personalidad, emociones y conductas. Muchos de los que me seguís hace años podéis ser testigos excepcionales de ello: amores que van y vienen, sentimientos que pasan del blanco más puro al negro más oscuro, principios que no se aferran a ninguna base y por tanto se mueven al son del viento de la experiencia… incluso mis escritos adolecen de estilos en absoluto comparables.
Pero en lo de cambiar al otro…
Me siento como un hombre, masculina, práctica, directa y simplona: yo no quiero que él cambie nunca, ni quiero modificar las situaciones, ni las relaciones, ni deseo un sexo distinto, ni emociones nuevas ni situaciones complementarias porque las otras se me quedaron escasas: quiero seguir siempre igual. No pido más, pero exijo que nunca haya menos que lo que tuve.
Y supongo que de ahí vienen mis grandes dudas, a veces les llamaría hasta “problemas”, en mis relaciones con los hombres que he amado. Las mujeres en general suelen tener una especie de meta, de reto, algo que las motiva y las impulsa a seguir adelante con una pareja determinada, por mucho que ésta ya no tenga la pasión, el amor romántico y la ternura de los inicios: basta con querer obtener algo más. A veces se llama convivencia, pareja, matrimonio. Otras tiene nombre de familia, hijos, hogar. Unas más se trata de compañía, beneplácito social, éxito personal.
No importa si no se vibra tanto, si el sexo ya no es tan divertido, si algo ha cambiado: siempre hay algo más que añadir para mitigar el cambio, incluso el propio cambio es lo que nos hará olvidar el cambio anterior.
A mí se me parte, sin embargo, el alma cuando siento como se van perdiendo los principios, como van cambiando las relaciones, como se transforman, como pasan de ser amor a ser relación, como mi maravilloso hombre casado se va haciendo cada vez más mi compañero, mi cómplice.
Alguien dijo que amar es cuando basta con mirarse a los ojos sin decir nada y entenderlo todo. Y puede que yo ame muchísimo.
Pero quiero seguir hablando, quiero que los silencios sólo existan cuando dormimos profundamente exhaustos tras haber hecho el amor, quiero que todo siga siendo excitante, nuevo, distinto, quiero que él me mire y me haga sentir deseada como nunca, que sus “te quiero” no sean serenos, sino alocados y descontrolados, que se nos muevan las inseguridades, los miedos, que me siga muriendo por no tenerle a mi lado.
Sin embargo el tiempo se asienta y las cosas van cambiando. No se diluye el amor, sino que se consolida, se cimenta cada vez más robusto creando paredes y muros que ya nadie puede derribar.
Un día me temo saldré de esa casa construida a base de experiencias compartidas. Porque no era una casa lo que yo quería.
Yo solo quería seguir haciendo el amor sobre la hierba mojada, sin nada que nos protegiera, pero completamente libres
Decía mi abuela que el gran error del matrimonio es que está formado por una mujer deseosa por cambiar y moldear al hombre con quien se casó y por un hombre ansioso por que no cambie absolutamente nada en la mujer a quien prometió amor eterno. Pero que la realidad es que el hombre no cambiará nunca y en cambio la mujer será un devenir de personalidades, emociones y conductas completamente distintas.
Es evidente que en ese último aspecto soy tremendamente femenina, me refiero a los cambios en mi personalidad, emociones y conductas. Muchos de los que me seguís hace años podéis ser testigos excepcionales de ello: amores que van y vienen, sentimientos que pasan del blanco más puro al negro más oscuro, principios que no se aferran a ninguna base y por tanto se mueven al son del viento de la experiencia… incluso mis escritos adolecen de estilos en absoluto comparables.
Pero en lo de cambiar al otro…
Me siento como un hombre, masculina, práctica, directa y simplona: yo no quiero que él cambie nunca, ni quiero modificar las situaciones, ni las relaciones, ni deseo un sexo distinto, ni emociones nuevas ni situaciones complementarias porque las otras se me quedaron escasas: quiero seguir siempre igual. No pido más, pero exijo que nunca haya menos que lo que tuve.
Y supongo que de ahí vienen mis grandes dudas, a veces les llamaría hasta “problemas”, en mis relaciones con los hombres que he amado. Las mujeres en general suelen tener una especie de meta, de reto, algo que las motiva y las impulsa a seguir adelante con una pareja determinada, por mucho que ésta ya no tenga la pasión, el amor romántico y la ternura de los inicios: basta con querer obtener algo más. A veces se llama convivencia, pareja, matrimonio. Otras tiene nombre de familia, hijos, hogar. Unas más se trata de compañía, beneplácito social, éxito personal.
No importa si no se vibra tanto, si el sexo ya no es tan divertido, si algo ha cambiado: siempre hay algo más que añadir para mitigar el cambio, incluso el propio cambio es lo que nos hará olvidar el cambio anterior.
A mí se me parte, sin embargo, el alma cuando siento como se van perdiendo los principios, como van cambiando las relaciones, como se transforman, como pasan de ser amor a ser relación, como mi maravilloso hombre casado se va haciendo cada vez más mi compañero, mi cómplice.
Alguien dijo que amar es cuando basta con mirarse a los ojos sin decir nada y entenderlo todo. Y puede que yo ame muchísimo.
Pero quiero seguir hablando, quiero que los silencios sólo existan cuando dormimos profundamente exhaustos tras haber hecho el amor, quiero que todo siga siendo excitante, nuevo, distinto, quiero que él me mire y me haga sentir deseada como nunca, que sus “te quiero” no sean serenos, sino alocados y descontrolados, que se nos muevan las inseguridades, los miedos, que me siga muriendo por no tenerle a mi lado.
Sin embargo el tiempo se asienta y las cosas van cambiando. No se diluye el amor, sino que se consolida, se cimenta cada vez más robusto creando paredes y muros que ya nadie puede derribar.
Un día me temo saldré de esa casa construida a base de experiencias compartidas. Porque no era una casa lo que yo quería.
Yo solo quería seguir haciendo el amor sobre la hierba mojada, sin nada que nos protegiera, pero completamente libres
Pseudopsicólogos
¿Cómo? ¿No sabes quiénes son? ¿No has tenido la oportunidad nunca de toparte con uno de ellos? ¿No han pasado todavía por tu vida?
Afortunado eres.
Pero no cantes victoria.
El día menos pensado, uno de ellos irrumpirá en tu vida. Pero al menos tú tendrás la suerte de haber leído antes este post y saber todas aquellas artimañas para hundirles en su propia misera y descartarlos de tu existencia de un plumazo.
Otros, todavía tienen que aguantar sus pseudoanálisis clínicos, sus pseudointerpretaciones baratas y sus pseudodiagnósticos de pastel.
¿Temes no reconocerles a tiempo?
Es fácil.
Un pseudopsicólogo te dirá que tienes una máscara puesta en algún momento de tu conversación con él. Generalmente irá unido al tema de la pareja, de tu último novio o del polvo que tienes ganar de echar. Pero puede que sea porque le estés hablando de que te apetecen unos zapatos rojos o ir de vacaciones a Tumbuctú. Te mirará, suspirará y con aire condesciente dirá “es que tú llevas una máscara puesta”. Variaciones: “por fin te has retirado la máscara”, “detrás de esa máscara estás realmente tú” o “quítate la máscara y no temas ser tú mismo.”
En algún momento sin venir a cuento también te hablará de que “tú aparentas ser fuerte, pero en realidad eres vulnerable”. Aquí también hay cientos de variables, pero siempre con las palabras “fuerte” y “débil” o “vulnerable”. Si es un pseudopsicólogo de esos que se entrenan con libros de autoayuda de títulos tipo “la luz está al final del camino” (bueno, en mi casa la tengo detrás de la estantaría, qué le vamos a hacer) y “aprende a amarte a ti mismo como amas a tu vecino” (pues como para odiarme profundamente estoy yo ahora) será más atrevido y te dirá cosas como “te han hecho mucho daño en la vida” o “llora si tienes ganas, es bueno.”
Por supuesto en su vocabulario no faltarán nunca las palabras “empatía”, “padre” y “soledad”.
La primera la utilizará a troche y moche, bien para sí mismo (“es que yo siempre uso empatía para estas cosas”) bien dirigido a ti (“es que tú tienes mucha empatía”). Lo de “padre” vendrá a cuento de cualquier cosa que hagas: “en realidad, el cariño que no te dio TU PADRE es lo que te lleva a ser como eres ahora.” Y con “soledad” se pondrá las botas: “entiendo que estás SOLO”, “todo lo haces para huir de la soledad”, “soledad, divino tesoro” (no, esta la digo yo.)
Por último todo lo solucionará con el dolor: "el dolor te hace sentir sola por culpa de tu padre que no tenía empatía y por eso no eres tan fuerte que tú eres vulnerable y necesitas la luz en tu camino y quitarte la máscara."
Cojonudo.
Si alguna vez has ejercido de pseudopsicólogo con tu amigo, tu madre, tu hermano pequeño o con tu perro, haznos un favor al resto de los mortales y deja de leer ese bodrio titulado “la respuesta está en ti mismo: manual para conseguir la felicidad en tres pasos.”
Invitanos a unas copas y déjate de rollos, pesao.
Afortunado eres.
Pero no cantes victoria.
El día menos pensado, uno de ellos irrumpirá en tu vida. Pero al menos tú tendrás la suerte de haber leído antes este post y saber todas aquellas artimañas para hundirles en su propia misera y descartarlos de tu existencia de un plumazo.
Otros, todavía tienen que aguantar sus pseudoanálisis clínicos, sus pseudointerpretaciones baratas y sus pseudodiagnósticos de pastel.
¿Temes no reconocerles a tiempo?
Es fácil.
Un pseudopsicólogo te dirá que tienes una máscara puesta en algún momento de tu conversación con él. Generalmente irá unido al tema de la pareja, de tu último novio o del polvo que tienes ganar de echar. Pero puede que sea porque le estés hablando de que te apetecen unos zapatos rojos o ir de vacaciones a Tumbuctú. Te mirará, suspirará y con aire condesciente dirá “es que tú llevas una máscara puesta”. Variaciones: “por fin te has retirado la máscara”, “detrás de esa máscara estás realmente tú” o “quítate la máscara y no temas ser tú mismo.”
En algún momento sin venir a cuento también te hablará de que “tú aparentas ser fuerte, pero en realidad eres vulnerable”. Aquí también hay cientos de variables, pero siempre con las palabras “fuerte” y “débil” o “vulnerable”. Si es un pseudopsicólogo de esos que se entrenan con libros de autoayuda de títulos tipo “la luz está al final del camino” (bueno, en mi casa la tengo detrás de la estantaría, qué le vamos a hacer) y “aprende a amarte a ti mismo como amas a tu vecino” (pues como para odiarme profundamente estoy yo ahora) será más atrevido y te dirá cosas como “te han hecho mucho daño en la vida” o “llora si tienes ganas, es bueno.”
Por supuesto en su vocabulario no faltarán nunca las palabras “empatía”, “padre” y “soledad”.
La primera la utilizará a troche y moche, bien para sí mismo (“es que yo siempre uso empatía para estas cosas”) bien dirigido a ti (“es que tú tienes mucha empatía”). Lo de “padre” vendrá a cuento de cualquier cosa que hagas: “en realidad, el cariño que no te dio TU PADRE es lo que te lleva a ser como eres ahora.” Y con “soledad” se pondrá las botas: “entiendo que estás SOLO”, “todo lo haces para huir de la soledad”, “soledad, divino tesoro” (no, esta la digo yo.)
Por último todo lo solucionará con el dolor: "el dolor te hace sentir sola por culpa de tu padre que no tenía empatía y por eso no eres tan fuerte que tú eres vulnerable y necesitas la luz en tu camino y quitarte la máscara."
Cojonudo.
Si alguna vez has ejercido de pseudopsicólogo con tu amigo, tu madre, tu hermano pequeño o con tu perro, haznos un favor al resto de los mortales y deja de leer ese bodrio titulado “la respuesta está en ti mismo: manual para conseguir la felicidad en tres pasos.”
Invitanos a unas copas y déjate de rollos, pesao.
Las 25 veces que he mentido:
1. ¡Uy, qué bebé más mono!
2. Qué va, tú no estás gorda.
3. Te sienta de fábula.
4. Pues claro que me he corrido, ¿no lo has notado?
5. Sólo tengo ojos para ti, cariño.
6. Yo nunca te seré infiel.
7. Tienes la polla más grande que he visto nunca.
8. Te llamaré.
9. Es que me robaron el móvil.
10. En cinco minutos estoy allí.
11. Eres el mejor jefe que he tenido.
12. Yo no trabajo por dinero, lo hago porque me gusta de verdad.
13. No tiene ninguna importancia querido: ¡quién no ha tenido un gatillazo alguna vez!
14. No iré hoy a la consulta: tengo fiebre.
15. ¿Estos dos morados justo en las caderas? Me di un golpe al salir de la ducha.
16. No, no he ido a la peluquería, mi cabello es así.
17. Me he puesto el primer trapito que he encontrado.
18. Eres el mejor.
19. Sólo miraba la marca del vaquero que lleva puesto.
20. Uys, me tengo que ir, que me acaban de llamar con una urgencia.
21. Yo nunca me maquillo.
22. Mañana mismo empiezo.
23. Es que tengo novio.
24. Me gustas mucho, de verdad, pero no es un buen momento.
25. Sólo he estado con dos hombres en toda mi vida. Y uno de ellos fue un error.





