Chema I el Breve
Chema I el Breve no pasará a la historia por ser una persona que toma las grandes decisiones rápido. Puede que ni siquiera tome bien esas decisiones. Chema I el Breve será recordado por las pequeñas cosas, y tal vez por su gran rappidez en adaptarse al medio que le rodea. Asímismo, es un maestro para los pequeños detalles. Se diría que es una persona que no se hace notar, pero que intenta dejar su huella personal en aquello que hace.
Cuando a Chema I el Breve le encomendaron su nueva misión en el departamento comercial, se imaginaba convertido en un ejecutivo con traje de Armani, con secretaria lasciva y un jefe acobardado. La realidad le ha mostrado pronto que para que eso llegue es necesario soportar aún muchos, muchos palos. Las nuevas responsabilidades se le presentan de forma diferente a cómo a él le hubieran gustado. Pero sabe que le servirán para aprender lo necesario, antes de pasar a la acción. Incluso le está cogiendo el gusto a esto de tener un becario al que encargar el trabajo sucio, aunque no es un secreto que nunca sabrá mandar, y que hasta le cuesta pedir. Aún así, piensa que pueden formar un buen equipo.
Y mientras se va acomodando en su nuevo puesto, y teme el día en que tenga que comenzar a usar traje (por lo menos mientras dure el calor), se podría decir que empieza a posicionarse en la oficina como lo que es. Un tío raro. Pero alguien a quién se puede pedir un favor y para el que todo el mundo (aparentemente) tiene una sonrisa. Dejando de un lado la sorpresa que causó su baile vestido de palacagüino, Chema I el Breve ha sorprendido a sus compañeros de la oficina con un regalo literario. Cada viernes, cuando se acerca la hora de salir, deja en el buzón de correo electrónico de cada uno, un microrrelato, que al principio empezó de forma minoritaria, pero que cada vez tiene más seguidores. Otro de sus grandes hitos ha sido la elaboración de la "Super Porra del Mundial", cuyo éxito o fracaso se verá dentro de unos 10 días, pero que ha llegado a enganchar hasta al director comercial.
Y pese a sentirse querido y valorado en su trabajo, no puede evitar volver la vista cuando un trabajo atractivo se cruza con él. Siente que está en cierto modo traicionando esa confianza, pero hay cosas que ahora mismo son más importantes... aunque ni él mismo tenga claro qué es lo más importante en este momento.
Dentro de un mes estará de vacaciones. Puede que para entonces haya cambiado de piso. O puede que no. También es posible que se haya comprado una moto... o puede que no. Y es que con Chema I el Breve nunca se sabe. Lo mismo se tira años para tomar una decisión como se le cruzan los cables y se tira al río.
Pero eso, amigos, sucederá en el próximo episodio.
Cuando a Chema I el Breve le encomendaron su nueva misión en el departamento comercial, se imaginaba convertido en un ejecutivo con traje de Armani, con secretaria lasciva y un jefe acobardado. La realidad le ha mostrado pronto que para que eso llegue es necesario soportar aún muchos, muchos palos. Las nuevas responsabilidades se le presentan de forma diferente a cómo a él le hubieran gustado. Pero sabe que le servirán para aprender lo necesario, antes de pasar a la acción. Incluso le está cogiendo el gusto a esto de tener un becario al que encargar el trabajo sucio, aunque no es un secreto que nunca sabrá mandar, y que hasta le cuesta pedir. Aún así, piensa que pueden formar un buen equipo.
Y mientras se va acomodando en su nuevo puesto, y teme el día en que tenga que comenzar a usar traje (por lo menos mientras dure el calor), se podría decir que empieza a posicionarse en la oficina como lo que es. Un tío raro. Pero alguien a quién se puede pedir un favor y para el que todo el mundo (aparentemente) tiene una sonrisa. Dejando de un lado la sorpresa que causó su baile vestido de palacagüino, Chema I el Breve ha sorprendido a sus compañeros de la oficina con un regalo literario. Cada viernes, cuando se acerca la hora de salir, deja en el buzón de correo electrónico de cada uno, un microrrelato, que al principio empezó de forma minoritaria, pero que cada vez tiene más seguidores. Otro de sus grandes hitos ha sido la elaboración de la "Super Porra del Mundial", cuyo éxito o fracaso se verá dentro de unos 10 días, pero que ha llegado a enganchar hasta al director comercial.
Y pese a sentirse querido y valorado en su trabajo, no puede evitar volver la vista cuando un trabajo atractivo se cruza con él. Siente que está en cierto modo traicionando esa confianza, pero hay cosas que ahora mismo son más importantes... aunque ni él mismo tenga claro qué es lo más importante en este momento.
Dentro de un mes estará de vacaciones. Puede que para entonces haya cambiado de piso. O puede que no. También es posible que se haya comprado una moto... o puede que no. Y es que con Chema I el Breve nunca se sabe. Lo mismo se tira años para tomar una decisión como se le cruzan los cables y se tira al río.
Pero eso, amigos, sucederá en el próximo episodio.
Estrecheces y brevedades (15)
SATISFACCIÓN
Nada más cruzar la puerta se dio cuenta de que algo no encajaba. El aire que salió a recibirle era menos familiar que de costumbre. Menos acogedor. Había entrado cientos de veces en aquella casa, puede que una decena en el último mes, y nunca hasta ese día notó nada fuera de lo normal. Si es que algo de lo que en ella sucedía podía considerarse normal. Le sorprendía cómo había conseguido engancharse a esa mierda. Nunca había sido adicto a nada. "Los tiempos cambian. La forma de conseguir satisfacción también", se decía. En el fondo sabía que nada le justificaba. Pero claro, la seguía culpando a ella. No porque le enseñara el camino a aquella casa, sino por darle motivos para volver.
"¿Lo de siempre, Gus?" Aquella frase de tendera no encajaba en aquel tipo alto y triste, que la utilizaba como si se conociesen de toda la vida. Lo detestaba. Cogió su mercancía y dejó el dinero en la mesa. Salió de la casa, sin que aquella sensación de extrañeza le abandonara.
Fue la última vez que notó aquella sensación extraña. También sería la última vez que entraba a aquella casa. La última vez que tenía que soportar el incómodo trato familiar de aquel camello. Su última dosis. Su última satisfacción...
Nada más cruzar la puerta se dio cuenta de que algo no encajaba. El aire que salió a recibirle era menos familiar que de costumbre. Menos acogedor. Había entrado cientos de veces en aquella casa, puede que una decena en el último mes, y nunca hasta ese día notó nada fuera de lo normal. Si es que algo de lo que en ella sucedía podía considerarse normal. Le sorprendía cómo había conseguido engancharse a esa mierda. Nunca había sido adicto a nada. "Los tiempos cambian. La forma de conseguir satisfacción también", se decía. En el fondo sabía que nada le justificaba. Pero claro, la seguía culpando a ella. No porque le enseñara el camino a aquella casa, sino por darle motivos para volver.
"¿Lo de siempre, Gus?" Aquella frase de tendera no encajaba en aquel tipo alto y triste, que la utilizaba como si se conociesen de toda la vida. Lo detestaba. Cogió su mercancía y dejó el dinero en la mesa. Salió de la casa, sin que aquella sensación de extrañeza le abandonara.
Fue la última vez que notó aquella sensación extraña. También sería la última vez que entraba a aquella casa. La última vez que tenía que soportar el incómodo trato familiar de aquel camello. Su última dosis. Su última satisfacción...
Muchas gracias, alcalde
Creo que es la primera vez que voy a hablar de política en mi blog. Bueno, no es realmente de política. Será sobre un político en cuestión. O ya no sé como llamarlo. No es nada personal, pero señor Gallard.on, está usted consiguiendo que sí lo sea.
Por partes. Bien es conocida la afición de este minero frustrado por perforar cualquier superficie cual si estuviese en busca del Arca Perdida. Desde que este hombre es alcalde de Madrid la ciudad está patas arriba. No acaba una obra sin empezar dos. Yo puedo entender que son obras necesarias, y que para ser una ciudad moderna y cosmopolita Madrid necesita este tipo de arreglos. Pero es que no se le ve final a esto. Y menos ahora en verano, que como los políticos se tocan aún más la polla que de costumbre se piensan que los demás no tenemos nada que hacer, y que podemos prescindir de nuestro único medio de transporte.
Desde hace unas semanas estoy levantandome 15 minutos antes (sé que no es mucho, no me importa), para llegar a tiempo al trabajo. 15 de ida y 15 de vuelta ya es media hora perdida al día. A lo que hay que sumar más empujones, calor, sudor y olores ajenos no autorizados que un día normal en metro. Porque no hay nada más divertido que te corten la única línea que va directa a tu trabajo. Lo que antes era un viaje rutinario de dos trasbordos, ahora es algo así: a las 8 cojo la línea 7, hago dos paradas, bajo, cojo la línea 6, hago otras dos, cojo la 8, hago una parada, salgo de la estación, cojo un autobús, vuelvo a entrar en la línea 8 y continúo mi viaje hasta el trabajo. Me canso sólo de pensarlo.
Pues aquí no acaban las hazañas del héroe del agroman. Para el mes de septiembre está previsto el cierre total de la línea 7 (traducción: la ÚNICA que pasa por mi casa). Con lo que tengo varias opciones para ir al trabajo. A saber:
a) Irme andando hasta la parada de la línea 6. O sea: sumar 30 minutos a mi recorrido diario.
b) Irme en la línea de autobuses que pondrán como sustitutos, cuya eficacia a esas horas puede ser nula, dado el tráfico que va a haber
c) Dejar el trabajo, directamente
d) OPCIÓN ELEGIDA: buscarme un medio de transporte alternativo.
Así que en esas estoy. El señor Gallard.ón acaba de provocar que me compre una moto, con lo que el nivel de endeudamiento aumenta a límites insospechados, al mismo tiempo que aumenta mi inversión en juegos de azar. A ver qué me recorto ahora para llegar a fin de mes. Pero eso sí. Que se olvide de que le pague los impuestos de circulación. La moto me la compro en Elche, y ese dinero irá para el Erario de mi ciudad. Por un lado, paso de financiar obras con mi dinero, y por otro, las posibles multas de aparcamiento que me pongan en Madrid difícilmente o nunca me llegarán.
Y como no hay mal que por bien no venga, me la voy a comprar cuanto antes para disfrutar del fresquillo motero. Hace más de cinco años que no cojo una moto. Ya lo echo de menos.
Wed on the moon
Me voy a quedar soltero. Es la conclusión a la que he llegado después de la boda de un amigo este fin de semana. La verdad es que no es una decisión que haya tomado, ni nada de eso. Pero pensándolo bien, las posibilidades de encontrar alguien que se quiera casar conmigo son realmente escasas. Me explico. Más allá de todo ese rollo de encontrar a mi media naranja y todo eso (cosa que aún no he dejado de creer que ocurrirá), creo que difícilmente encontraré a nadie que quiera casarse conmigo "de la manera que a mí me gustaría".
Lo siento, pero tengo que decirlo. No me gustan las bodas. No me gustan esas ceremonias aburridas, predecibles y con un guión más rígido que las matrimoniadas de J.L. Moreno. Y no me pongo a analizar el contenido religioso, porque viene el Papa y me cierra el blog. Quiero decir: se supone que una boda se celebra porque dos personas han decidido formalizar su relación para siempre (vamos a dejar esta última palabra como válida, pero tampoco me acaba de convencer). Y digo yo... si ese amor es tan grande como para decirlo delante de tu familia y tus personas queridas, y para armar semejante revuelo... ¿porqué carajo dejas que te digan como tienes que hacerlo? Ver a dos personas decir versos absurdos como "en la salud y en la enfermedad" me parece casi triste. Que encima, con los nervios, suena hasta falso. Vamos, que en ese momento les pones delante el discurso de Zapatero en el Congreso y lo proclaman a los cuatro vientos sin enterarse de qué están diciendo. No. Por lo menos en esto los americanos nos llevan cierta ventaja. Si algo nos ha enseñado Hollywood es que los novios preparan sus votos, o una parte de ellos. Yo incluso voy más allá. Cambiaría la iglesia por un auditorio, más informal, incluso temático. Los protagonistas absolutos serían los novios. No los apóstoles o San Pedro en chanclas. Si una ceremonia dura una hora, estaría una hora hablando de la pareja. Y ya para acabar, hasta cambiaría al cura por un presentador. O tomaría yo mismo el micrófono. ¿Por qué no? No quiero decir transformarlo en una pantomima, o un circo, pero sí cambiaría un poco el enfoque. Una ceremonia seria, con la trascendencia que tiene que tener, pero eso no quiere decir que tenga que ser aburrida, o simple. Se pueden hacer mil cosas: él hablando de ella, ella hablando de él, vídeos de los novios, momentos memorables, agradecimientos, palabras de algún familiar o amigo.. en este sentido, lo más parecido que he visto fue una boda civil en la que, dentro de la ceremonia, mi amiga recibió un regalo en forma de canción por parte de su hermano. Fue muy emocionante para todos, por el significado que tenía. A eso me refiero. Es el día de los novios. Es el momento de decir las cosas como cada uno sienta y quiera decirlas, no como un "rito ancestral" dice que debemos hacerlas. Y, por desgracia o por fortuna, mi forma de decirlas no encaja nada con lo que estamos acostumbrados a ver en las bodas al uso. Mi idea se parece más al funeral de Andy Kaufman en "Man on the moon", que a todas las bodas peliculeras. en esta película, el personaje de Jim Carrey hace un vídeo musical para que todos sus amigos canten con él. "It's a friendly world". Nada de lágrimas, ni tristezas. Si se trata de que tus invitados se emocionen o rían contigo, que lo hagan de verdad. Sorprendiéndolos con cosas que no esperen. Manejando cada momento.
Lo bueno de este asunto es que, al paso que voy, tengo tiempo de escribir el guión de mi boda. Lo malo es que, el día que encuentre alguien con quién compartir ese momento, sus gustos no van a coincidir con los míos y vamos a tener que reescribir todo. O me va a tocar ceder y entrar a la casa de Dios a fingir que soy cristiano. Que todos sabemos cómo va esto...
Lo siento, pero tengo que decirlo. No me gustan las bodas. No me gustan esas ceremonias aburridas, predecibles y con un guión más rígido que las matrimoniadas de J.L. Moreno. Y no me pongo a analizar el contenido religioso, porque viene el Papa y me cierra el blog. Quiero decir: se supone que una boda se celebra porque dos personas han decidido formalizar su relación para siempre (vamos a dejar esta última palabra como válida, pero tampoco me acaba de convencer). Y digo yo... si ese amor es tan grande como para decirlo delante de tu familia y tus personas queridas, y para armar semejante revuelo... ¿porqué carajo dejas que te digan como tienes que hacerlo? Ver a dos personas decir versos absurdos como "en la salud y en la enfermedad" me parece casi triste. Que encima, con los nervios, suena hasta falso. Vamos, que en ese momento les pones delante el discurso de Zapatero en el Congreso y lo proclaman a los cuatro vientos sin enterarse de qué están diciendo. No. Por lo menos en esto los americanos nos llevan cierta ventaja. Si algo nos ha enseñado Hollywood es que los novios preparan sus votos, o una parte de ellos. Yo incluso voy más allá. Cambiaría la iglesia por un auditorio, más informal, incluso temático. Los protagonistas absolutos serían los novios. No los apóstoles o San Pedro en chanclas. Si una ceremonia dura una hora, estaría una hora hablando de la pareja. Y ya para acabar, hasta cambiaría al cura por un presentador. O tomaría yo mismo el micrófono. ¿Por qué no? No quiero decir transformarlo en una pantomima, o un circo, pero sí cambiaría un poco el enfoque. Una ceremonia seria, con la trascendencia que tiene que tener, pero eso no quiere decir que tenga que ser aburrida, o simple. Se pueden hacer mil cosas: él hablando de ella, ella hablando de él, vídeos de los novios, momentos memorables, agradecimientos, palabras de algún familiar o amigo.. en este sentido, lo más parecido que he visto fue una boda civil en la que, dentro de la ceremonia, mi amiga recibió un regalo en forma de canción por parte de su hermano. Fue muy emocionante para todos, por el significado que tenía. A eso me refiero. Es el día de los novios. Es el momento de decir las cosas como cada uno sienta y quiera decirlas, no como un "rito ancestral" dice que debemos hacerlas. Y, por desgracia o por fortuna, mi forma de decirlas no encaja nada con lo que estamos acostumbrados a ver en las bodas al uso. Mi idea se parece más al funeral de Andy Kaufman en "Man on the moon", que a todas las bodas peliculeras. en esta película, el personaje de Jim Carrey hace un vídeo musical para que todos sus amigos canten con él. "It's a friendly world". Nada de lágrimas, ni tristezas. Si se trata de que tus invitados se emocionen o rían contigo, que lo hagan de verdad. Sorprendiéndolos con cosas que no esperen. Manejando cada momento.
Lo bueno de este asunto es que, al paso que voy, tengo tiempo de escribir el guión de mi boda. Lo malo es que, el día que encuentre alguien con quién compartir ese momento, sus gustos no van a coincidir con los míos y vamos a tener que reescribir todo. O me va a tocar ceder y entrar a la casa de Dios a fingir que soy cristiano. Que todos sabemos cómo va esto...






