logotipo

img_google
.
.
Acerca de
Y la cabeza sigue dando vueltas. Y cada vuelta que da, encuentra un motivo para dar otra. Con el impulso de las dudas y el propósito de elegir lo correcto ¿y eso que es? Muchas veces se detiene a inventar historias, dejando la mía a medio escribir. No sé qué haría yo sin mi cabeza. Donde la vida es más interesante que fuera de ella.
Sindicación
 
Punto y...
... aparte, espero.

En vista del poco cuidado que le voy a poder proporcionar a la Cabeza, me veo obligado a echar el cierre temporal. No sé por cuanto tiempo. Me espera un verano de cambios. Cambios que no sé donde me van a llevar. Supongo que todo irá bien. De hecho, sé que así será. Para empezar, dentro de unos días me cambio de casa y de compañeros de piso. Allí, por el momento, no hay conexión a Internet. Si a esto le sumo que me voy las últimas tres semanas de agosto de vacaciones para Elche, preveo que voy a estar un largo tiempo sin poder actualizar, pero sin tan siquiera poder leer el correo, ni entrar al messenger. Lo voy a echar mucho de menos...

A estas alturas ya no sé si me lee mucha o poca gente. A l@s que todavía seguís pasando por aquí, primero pediros perdón por dejar la historia a medias. Os invito a seguir entrando a La Cabeza de la Langosta. Algún modo encontraremos para terminarla. Por lo demás, has sido un placer compartir con vosotros esta absurda película que es mi vida. Seguro que pronto encuentro el modo de seguir contándola. Le debo muchas cosas a este blog como para acabar con él de esta forma.

La Cabeza de Chema (y Chema) os desean el mejor de los veranos.
 
Consumir preferentemente antes del fin del mundo
1.

Philip Shabert nunca se dejaba engañar. Eran demasiados años yendo a hacer la compra como para caer en los sucios trucos del marketing. ¿Ellos preparan los carros para que se vayan a la derecha? No hay problema, él lo llevaba al revés. ¿Que Ellos ponían los productos más caros a la altura de las manos? Fácil, basta con agacharse o alzar un poco la mano para conseguir los mejores precios. Y por supuesto, nada de comprar cualquier cosa de al lado de las cajas. Es lo que Ellos están esperando. Un centro comercial no es más que una jaula de cobayas gigantesca. Basta un cebo para que todos los animalillos se lancen a la compra más voraz. Miles de cámaras no sirven más que para comprobar que los cebos cumplen su función. Ellos quieren que estemos allí, en ese momento y en esas circunstancias. Si les fuera de utilidad sabrían hasta el momento en el que uno se va a rascar el trasero, qué mano utilizaría y hasta el grado de satisfacción que este gesto va a provocar.

Pero aquello no iba con Phil. Tenía demasiada experiencia, y una mente que, de no haber sido por su extrema vagancia, le podría haber conducido a un puesto importante en una importante agencia que se dedicase a tareas no menos importantes. Sin otra ocupación interesante, el viejo Phil dedicaba sus horas a pasearse por los pasillos del centro comercial. Conocía cada estantería como si hubiera estado presente desde el día que forjaron el hierro de sus tornillos. Detectaba al vuelo cualquier novedad. Cualquier bajada o aumento de precio, cualquier cambio en el envase, era rápido analizado y almacenado. Nunca le engañarían. "Ellos" no iban a poder con él.

Así era la vida del viejo Phil. O por lo menos, así era para el viejo Phil. Al dueño de la pequeña tienda no le importaba tenerlo por allí merodeando, fijandose en cada producto como si fuera nuevo, buscando un complot en cada estante, y escrutando a los compradores con su mirada, mezcla de compasión y odio. Siempre era de ayuda tener a alguien que le recordara cuando había etiquetado mal un precio o tenía que retirar la oferta de los yogures. Y, por otra parte, se había acostumbrado a su compañía, que no venía mal en aquellos días en los que ningún habitante del pueblo se dignaba a pasar por su sucia tienda.

A punto de cerrar, Phil seguía en medio del pasillo con un paquete de pan de molde en la mano...

- Phil, deja eso, que ya es demasiado tarde. Rose se va a enfadar si no... ¿Phil?

El viejo se dio la vuelta, le miró con cara apocalíptica, y sentenció:

- ¿En qué año estamos, Tom?

- 10 de agosto de 2006. El día que me quedé sin cenar por culpa de un viejo tarado. - respondió el tendero sin mirarle.

- Pues... este pan de molde caducó hace 327 años...



Continúa próximamente en La Cabeza de la Langosta
 
Estrecheces y brevedades (16)
DECISIÓN

“A través de la copa de vino la vida se ve de otra manera. No hay blanco ni negro, todo es rojo. La vida sería mucho más fácil si todo fuera del mismo color.” Semejantes reflexiones filosóficas no eran fruto del licor, al que apenas había arrebatado dos sorbos. Algo rondaba su cabeza. El día había llegado. Nunca una decisión le había parecido tan difícil. Con su cabeza ladeada, casi apoyada sobre el blanco mantel, meditaba sobre su destino…

Pensaba en lo gracioso de la situación. Habría matado a más de cincuenta hombres en su vida, sin nunca dudar un solo segundo. Aquello era trabajo, claro. Pero cuando llegó el momento de tomar una decisión que le afectaba personalmente, se empequeñecía. Se quedaba totalmente bloqueado. Dio un trago más a la copa y se levantó con decisión…

Miró alrededor. Sólo dos personas más ocupaban la terraza del hotel.
Pero inmediatamente se volvió a sentar.

“A la mierda. Ya me apuntaré al gimnasio mañana.”