La madre Teresa de Calcuta
Calcuta el purgatorio
La mañana que conocí a la madre Teresa de Calcuta fue muy tormentosa. Por entonces, Calcuta no era una ciudad para divertirse, como París o Río de Janeiro, aunque tampoco tan tétrica como el infierno. En todo caso, podría ser comparada con el purgatorio.
Había mucha pobreza, mucho abandono del hombre, lo cual tampoco era un privilegio sino algo común en muchos pueblos del mundo. En Calcuta muchos hombres morían al amanecer y sus cadáveres eran recogidos por camiones carroñeros. No es hablar mal de Calcuta, pero lo que yo vi fue muy desesperante
Mi guía, Shabrir, me condujo por unos caminos abigarrados, calles umbrías, ricones absurdos; pasamos sobre el río Ganges y luego, llegamos al Mirnal Hriday (Corazón Puro) un viejo templo al que arribaban solo los viajeros que se iban al otro mundo. No era un hospital, era un moritorio.
La madre Teresa, una monja que pertenecía a una orden dedicada a enseñar a las niñas de las más altas castas de Calcuta, se rebeló contra ese estado de cosas. Pensó mejor en fundar una orden destinada a un fin más cristiano aunque más insólito: ayudar solo a los moribundos. Le pidió perdón por el ex abrupto a Pío XII, y al mismo tiempo, permiso para fundar una nueva Orden, la de las Misioneras de la Caridad. Y esperó. Diez años después, Pío XII le concedió el permiso. Era el año 1949.
Desde entonces, la madre Teresa se dedicó a ayudar solo a las gentes que se estaban muriendo no por falta de medicinas sino por carencia de amor humano y de Dios, cualquiera que Este fuera. Estableció un lema rotundo y definitivo: "Si el hombre vivió indignamente, por lo menos, que muera dignamente".
Una monja en el desierto
La vi de lejos en Calcuta y la vi de cerca en Etiopía cuando la sequía de los años 80. Entonces, la monja surcaba en un jeep el desierto de Mekele y luego descendía para limpiarles el sudor de la muerte a los moribundos, la saliva que escasamente se resbalaba por sus comisuras, La madre les espantaba las moscas que como nubes hacían más terrible el espectáculo de la muerte por hambre.
De su historia de moribundos, la madre Teresa había pasado a servir a los locos, a los tarados, a los cancerosos, a los minusválidos, a los leprosos, a los tullidos, a los con Sida o con síndrome de Dawn, a los solitarios -porque la pobreza de la soledad es muy amarga, decía ella-; en fin, a todos los desheredados de la Tierra.
La madre Teresa era silenciosa, hablaba muy poco, porque oveja que bala pierde bocado en esta pradera donde los lobos son más que los corderos; otro era el imperativo que constituía su quehacer primordial sobre la Tierra: llevar la esperanza a los hombres que se consideran desprendidos de las manos de Dios.
En mis contactos con el hombre en todas las latitudes de la Tierra, he conocido a muy pocos, tal vez cinco como los dedos de mi mano, capaces de olvidarse de si mismos, hábiles para entregarse a los demás sin esperar recompensa, enemigos del oro y de la plata y del poder. El Abate Pierre en París me conmovió cuando salía a recoger cobijas para los vagabundos infelices que atenazados por el frío invernal se morían en los "metros" de París; y me conmovió el Papa Juan Pablo II cuando apareció ante los periodistas que lo esperábamos -la mañana en que recibiría a Lech Walesa- y nos sonrió como si fuéramos los viejos amigos de un curita de aldea, de pueblos insignificantes; simple Juan Pablo, humilde, sin los aires imperiales de Pio XII, sin poses de divinidad sino poses de este mundo.
Sin embargo, la madre Teresa tenía mucho más virtudes, más carisma, más alma; no se notaba que existía, caminaba como impelida por un viento interior capaz de llevarla a consumar hechos morbosos, como limpiar con sus propias manos los sudores turbios, sacarle los gusanos de las llagas, el miasma o limpiarles las babas a los enfermos.
El rosario, el rosario...
Un hindú ilustre decía que la madre Teresa no le ha hecho ningún bien a Calcuta y en todo caso se convirtió en millonaria con tantos donativos ajenos. Las evidencias son otras habría que decirle con humildad cristiana a ese ilustre hindú. El premio Nobel que recibió la madre Teresa lo distribuyó entre los desheredados de la tierra. Pablo VI le regaló una limoussine blanca para que pudiera movilizarse con facilidad. La monja albanesa sonrió para sus adentros y rifó el regalo. Con lo que obtuvo construyó una aldea donde cobijó a cuatrocientas familias de leprosos, porque solo en Calcuta hay mucho más de 40 mil enfermos.
Se sabe que quien fue beata Teresa, y esperamos que, santa Teresa lo más pronto que puedan los cánones de la Iglesia, no tuvo jamás ni cuentas corrientes en los bancos ni bienes privados ni nada que no fuera amor humano y divino.
Cuando, con cierta malicia, la mañana de privilegio en que conversé con ella, le pregunté cuánto dinero llevaba en su bolsita de yute, la madre sorprendida me contestó que nada. Me explicó que las monjas de su Orden nunca llevan dinero. Ahí, supe que solo tienen dos hábitos blancos con bordes celestes: llevan uno pueto mientras lavan el otro.
Tuve curiosidad, entonces, y le pedí que me enseñara lo que había dentro del bolso. Lo abrió, me hizo hurgar. Miré hasta el fondo como a un abismo y luego, la madre metió la mano y sacó algo que resultó ser su rosario. Entonces, se lo pedí. "Obséquiemelo, madre, por favor ", -le pedí con decisión y mando. "Obséquiemelo, madre Teresa", le imprequé por segunda vez ante el estupor de la monja.
No necesité de una tercera vez. Recuerdo el rostro prematuramente zanjado de la madre Teresa, su ternura, su humildad, su voz de fuego apagado, sus ojos disminuidos en fulgor, pero no en fuerza. Hubo una especie de tironeo entre ella - que no me lo quería dar- y yo que se lo pedía enérgicamente. Entonces, me apercibí que su bondad divina pudo más que su orgullo humano: besó su puño que guardaba la joya y me la obsequió.
Toda la ciudad quedó pequeña para que cupiera en mí tanto alborozo.
Nunca podré evaluar si ese fue uno de los momentos espirituales más impresionantes de mi vida: ser dueño del rosario de quien algunos años más tarde será colocada en los altares de Dios. Un sentimiento comparable solo a la primera vez que vi la imagen de la Virgen de la Puerta del pueblo donde nací.
¿Valdrá la pena averiguar cuál sentimiento vale más?.
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Texto de Manuel Jesús Orbegozo
Blog: El Mundo, un día.
http://mjoh.blogspot.com/
Fecha: Noviembre, 30, 2004
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El jardín japonés
Para L.K.
A los nueve años, mi padre me rentaba una puta. Una puta, lógicamente, de nueve años. He olvidado la ropa, los juguetes, la comida, todo lo que era mi vida a los nueve años, pero no he olvidado a la puta.
Fabiana no se acostaba conmigo. O, mejor dicho, se acostaba conmigo y nada más. Mi padre insistía en que durmiéramos juntos y se aseguraba de que nos abrazáramos bajo las cobijas de la cama. Nunca probamos a desnudarnos —cómo me angustiaba a los catorce años, al recordar a Fabiana y mi indiferencia hacia ella—, y apenas si alguna noche nos atrevimos a juntar los labios en algo que sería generoso calificar como beso.
Fabiana llegaba a la casa los viernes, a la hora de la cena, con una mochila de ropa en el hombro y una película en la mano. Pasábamos el fin de semana en mi casa y dormíamos y nos bañábamos en la alberca, pero nunca fuimos juntos a la ducha —cómo lo recordaba, torturándome, a los catorce, al acariciar cada gota de las paredes de la ducha donde nunca estuve con ella.
Mi padre decía que yo no tenía suficientes amigos y se afanaba por reunirme con Fabiana. Yo, de hecho, tenía amigos, pero mi padre no terminaba de resignarse a que jugara con los hijos de la servidumbre y jamás hubiera permitido que durmiera con uno de ellos. “No quiero, Jacobo , que te pienses que la servidumbre juega contigo por amistad”, me decía. “Juegan contigo porque les pago”.
Supe que Fabiana era una puta por boca de un compañero de la escuela. Mauricio había orinado las camas a lo largo de sus nueve años, había mojado camas de primos y hermanos, de hospitales, de terapeutas y de amigos, de hoteles en Mónaco lo mismo que en Tlaxcala. Así que sus padres decidieron probar con Fabiana: los movía la esperanza de que su hijo, atemorizado por una presencia extraña en la cama, se contuviera. No fue así, al menos de entrada. Durante sus primeras noches juntos, Fabiana se encargaba de despertarlo al sentirse inundada, y lo ayudaba a cambiar las sábanas. Nunca salió de su boca un reproche o una queja. Quizá por ello, a la vuelta de unos meses Mauricio dejó de orinarse. “Fabiana tiene algo que ayuda a la gente”, decía mi amigo. “Por eso, mis padres la rentaron para mí”. Mauricio le había preguntado a un primo adolescente cómo podría llamarse a una mujer que se renta para ayudar. El primo lo pensó un momento, e incluso consultó un diccionario. “Una puta”, concluyó. Así que Fabiana era una puta.
Ahora bien, si mi padre había requerido los servicios de Fabiana, era porque pensaba que yo padecía algún mal tan serio, al menos, como la incontinencia de Mauricio. Que yo tuviera o no amigos no podía ser el asunto que lo preocupaba: incluso él debía aceptar que pasarse la tarde jugando al futbol con los hijos de la servidumbre hacía de mí un niño normal. Aunque tuviera que pagar por ello. ¿Cuál sería, entonces, el problema que se esperaba que Fabiana remediara?
Antes de que pudiera resolver el enigma, o antes de que el influjo benéfico de Fabiana hiciera inútil la resolución, mi padre sufrió un ataque y murió. “No dejes de traerle a la niña”, alcanzó a decirle a mi tío antes de expirar. Mi tío, en cierta medida, fue ejemplar. Custodió con honradez mi herencia, y se encargó de aumentar mi robusto patrimonio con inversiones prudentes y certeras. Cuando estuve en edad de administrarlo, era claro que jamás tendría que estudiar ninguna carrera productiva o rebajarme a buscar un empleo. Sin embargo, al asumir mi tutela, mi tío decidió que el hecho de que yo durmiera con una niña —y más todavía, una niña rentada— resultaba inadmisible. Así que Fabiana dejó de ir a la casa. A veces la veía en los jardines comunes del fraccionamiento —su casa estaba a unos metros de la mía—, acompañando siempre a algún niño con pinta de muestrario de taras psiquiátricas. Cuando nuestras miradas se cruzaban, Fabiana sonreía con anhelo. Probablemente, estaba insatisfecha por no haber tenido suficiente tiempo para acabar con mi problema, cualquiera que fuese.
Un par de años después, la familia de Fabiana vendió la casa y los muebles y desapareció. El ama de llaves comentó que el padre de la niña seguramente había cometido algún delito, porque decenas de agentes policiacos llegaron al fraccionamiento después de la arrebatada mudanza para hacer preguntas sobre la familia.
De Fabiana sólo conservé una lapicera de colorines que había olvidado en mi recámara en nuestra última noche juntos. Durante años, fantaseé con la idea de buscarla, y caminar hasta ella y apartarla un momento del paranoico o hiperactivo o esquizoide en turno y decirle: “Esta es tu lapicera”. A los catorce años, mi fantasía incluía un largo beso de reconciliación.
Cuando fui mayor de edad y la custodia de mi tío llegó a su fin, contraté un detective para que localizara a Fabiana. El detective era un ex policía grasiento, que había sido guardaespaldas del padre de Mauricio. Administró con talento mi esperanza y mi desesperación: a lo largo de tres años, me hizo creer que se aproximaba cada día más a Fabiana, y que ésta, convertida en alguna suerte de astuta y elusiva espía, lograba escapar en el último momento. Un día contraté a otro detective —un tal Santa Marina, a quien elegí al azar en la guía telefónica—, para apalear al primero. Se metió a su oficina una noche y le pegó tanto que le provocó un derrame cerebral. Santa Marina me trajo el archivo correspodiente a Fabiana que el primer detective había compilado, unos pocos apuntes sobre la desaparición de la familia —asunto que yo conocía mejor que él— y una tarjeta de presentación en la que se leía: “Revista Caras. Fabiana Urrutia, colaboradora”. La tarjeta era lo suficientemente lustrosa para permitirme albergar esperanzas de que esa dirección y ese teléfono fueran los adecuados.
Pasé unos días decidiéndome a marcar el número de la tarjeta. Temblaba durante el día y me estremecía durante la noche. Soñaba con la escena de la entrega de la lapicera y la modificaba en decenas de variantes épicas, sexuales o meramente sentimentales. Santa Marina se tomó la libertad de investigar a la familia de Fabiana y me trajo un informe: sus padres habían muerto por inhalación de gas, poco después de que se supiera que habían sido demandados por una pareja extranjera que reclamaba haberles hecho un fuerte préstamo. “Iban a abrir una clínica. Pero el dinero fue retirado del banco y la familia escapó”. Las muertes se habían producido unos meses después de la mudanza del fraccionamiento.
Esa noche cené con mi tío en su estudio y le referí el asunto. “Eran una pareja peculiar”, dijo con su acostumbrada voz de barítono. “Rentaban a la hija para que hiciera cosas raras con los enfermos. Tú quizá no lo recordarás, pero durante un tiempo tu padre la rentó y ella iba a tu casa todos los viernes”.
“Así que mi padre pensaba que yo tenía alguna enfermedad”.
Mi tío me miró sin alarma.
“No: sólo pensaba que te hacían falta amigos”.
Cobardemente, le pedí a Santa Marina que la llamara por mí. A su lado, yo trataba de adivinar la voz de Fabiana en la bocina. Caras era una revista de sociales y Santa Marina, presentándose como mi secretario, la invitó a conocer el nuevo jardín japonés de mi casa, para hacer unas fotografías “y quizá platicar con el licenciado”. Mi casa no tenía un jardín japonés. Yo no tenía un título de licenciado.
Perdimos la tarde en buscar plantas y bambúes, y terminamos por comprar unos quimonos para la servidumbre. Un poco avergonzado, Santa Marina improvisó un hipotético compromiso y se abstuvo de asistir a la entrevista. “Trataré de llegar después, y la seguiré al irse”, prometió.
Fabiana estaba bellísima, mucho más de lo que aparecía en mis nostalgias de ducha y fantasías de lapicera. La vi detrás de la cortina del estudio, mientras el ama de llaves —incómoda y restirada dentro de su quimono—, la invitaba a pasar.
“El licendiado la recibirá en su estudio cuando usted termine de retratar el jardín”, le dijo la mujer, según lo convenido. Fabiana dio una mirada perezosa al remedo oriental —que había quedado espantoso, pese a los afanes de Santa Marina por darle alguna estética—, y emprendió el camino al estudio. Respiré profundamente y bajé a su encuentro, aferrando la lapicera en la mano como un crucifijo.
“Fabiana”.
“Jacobo . Eres tú. Y esa es mi lapicera”.
No pude negarlo. Se la acerqué con un murmullo. Las palabras de la fantasía se atoraban entre mis dientes.
“Esta es tu lapicera”.
“Jacobo . Llevo esperando este día hace años”.
“Esta es tu lapicera y...”.
“Llevo esperando este día toda mi vida”.
“Esta es tu lapicera y...”.
“Jacobo”.
Su boca era húmeda como las paredes de la ducha.
Por mi mente pasó la imagen de mi padre, sonriente, espiándonos como solía espiarnos bajo la manta para asegurarse de que estuviéramos abrazados.
“¿Todavía te gusta que te abrace?”.
“Todavía”.
“¿Quieres hacerlo de nuevo?”
“Quiero”.
“Muy bien. Serán quinientos pesos. ¿O quieres algo especial?”
“¿Qué sabes hacer?”.
“Lo que sea. Sé ayudar a la gente”.
“¿Podrías...?”.
“Sí”.
Por la mañana, mandé que Santa Marina desmontara el jardín japonés. Parecía irritado. Me dijo que el primer detective usó mi dinero en pagarse decenas de noches con Fabiana. “Si mi dinero acabó en sus manos, estuvo bien empleado”, le arguí. “¿Y qué más puedo hacerle al tipo, si ya usted lo dejó en estado vegetal?”.
Le ofrecí un sueldo fijo para que siguiera a Fabiana y me informara de sus actividades. El detective se rehusó pero recomendó a un colega competente. Nos estrechamos las manos como generales victoriosos y él emprendió el camino a la puerta, cargado de macetas y bambúes.
Yo subí al estudio y me senté a esperar la llegada del viernes.
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Texto de antonio ortuño.
Blog: El arte de la guerra.
http://www.elartedelaguerra.blogspot.com/
Fecha: viernes.
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Mesoamérica
En Monterrey acabé ligando a una regia después de una noche de farra. Luego de unas copas le dije que nos fuéramos a otro lado. La chica sonrió y aceptó de buena gana. Mientras intentaba parar un taxi que nos llevara a un hotel, dije algo que le pareció extraño. La verdad no recuerdo expresamente que era, pero se volteo a verme muy sería. Luego me preguntó “¿Pues de donde eres cabrón?” Me quedé callado un rato. Pensé muchos estados, Yucatán, Veracruz, Sinaloa, en decir que era de Los Ángeles, que había nacido en una embajada en Tombuctú, cualquier cosa, menos que era del DF.
De Tlaxcala, dije como tres veces, como para no dejar lugar a dudas. “Chilango, contestó lapidariamente. Pinches chilangos. A mi no me gustan los chilangos.”
“No, de Tlaxcala, cerca de Puebla, de Hidalgo, de Veracruz.” Comencé a tartamudear, ante la posibilidad de perder la buena presa, sintiéndome como negro frente al Ku Kux Klan, como judío huyendo de las SS, como palestino huyendo del Gobierno Sionista de Ocupación.
“Por eso, chilango. Todos esos son chilangos morro. Lárgate y no me molestes.” Si, soy de Mesoámerica, pinche chichimeca, pensé para mis adentros.
Y me quedé con la calentura entre las piernas. inemdiatamente sentí una ira tremenda sobre el accidente geográfico que me llevó a nacer en la ciudad de México y que me traicionaría todos los días de mi existencia.
Bueno, cuando menos no nací negro y musulmán en Alemania.
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Texto de ivan
Blog: Villachica blog
http://luzdefosfeno.blogspot.com/
Fecha: septiembre 27, 2004
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porque
porque ya no tengo preguntas, porque ya no tengo respuestas
porque ahora estás más lejos que antes, porque ahora estás más cerca que siempre
porque tuve miedo de dejar de quererte y empezar a amarte
porque tuve agallas para dejar de quererte y empezar a amarte
porque te admiro por lo que eres, porque me caes mal, porque me heriste, porque me decepcionaste
porque lo sigues haciendo
por lo que sigues haciendo
porque me sigues esperando
porque ahora hay cada vez menos "por qués" y más "porqués"
porque sigues viendo boas indigestadas en vez sombreros
porque ya no levantas murallas, porque ya no se pasean tus fantasmas en mi delante
porque me dejaste que te hiciera el amor, y aunque no me hubieses dejado...
porque te dejé que me hagas el amor, y aunque no te hubiese dejado...
porque nunca hicimos el amor
por todas la veces que hicimos el amor
te estoy viendo
ya no te imagino
porque no me resisto a repetirte cosas:
ya nunca te veré igual
todo está bien hasta que te apareces
me es imposible matarte
tu pupo siempre me pertenecerá
porque ahora eres varón y no mujer
porque contigo no perdí nada, porque contigo lo perdí todo
porque se puede estar muy triste y muy alegre a la vez
porque eres todos los amigos que no conozco
por todo eso, te quiero
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Texto de B612
Blog: B612
http://b612-blog.com/
Fecha: noviembre, 16, 2004
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Diarios
Nunca pude imaginar, cuando conocí a Eloisa que todo fuera a terminar como ha terminado. Todos conocemos el procedimiento. Al principio la emoción del momento. Esas declaraciones de amor desesperadas y nada sensatas. Volver a sentirte como un adolescente, aunque tu barriga cervecera y tu historial de fracasos no sean tan juveniles. Sin darme cuenta en menos de un mes ya me había mudado a su casa y estabamos viviendo juntos. Todo fue muy rápido. Después, claro, llega la rutina, el aburrimiento. Normal en toda relación de pareja. Y también en este caso fue muy rápido. Empecé a sentir la asfixia y claustrofobia que producen los lugares cerrados. No veía oportunidad para desaparecer. Es tan difícil decir ciertas cosas. Pero también esta sensación desapareció. El día en el que empecé con mi pequeña afición, toda esta necesidad de evadirme de aquella casa se disipó. Fue el día que encontré su diario. No voy a argumentar en mi defensa que en principio intentara por todos los medios no leerlo, que intenté doblegar mi voluntad para no ser desleal con la persona con la que estaba durmiendo. No, eso sería demasiado mezquino. Tan sólo estaba buscando un par de calcetines que ella necesitaba y lo encontré oculto bajo su ropa interior. Nada más ver aquella tapa roja, limpia, sin nigún tipo de señal o título, supe que se trataba de un diario, y lo abrí, mientras podía oír su voz preguntándome si los encontraba.
Es imposible describir con palabras la sensación que sentí aquella primera vez. Podría compararse tal vez con el primer orgasmo o con esa sensación infantil que produce el descubrimiento de un nuevo juego. Sin embargo, a pesar de recordar con todo detalle aquella sensación, soy incapaz de traer a mi memoria lo primero que leí.
Me dije que necesitaba leerlo con más calma. Lo guardé donde lo había encontrado y actué como si no se me hubiera revelado uno de los mayores secretos de ella.
Nunca sentí ningún tipo de remordimiento por leerlo. Ella me había ocultado su escritura, yo le ocultaba su lectura. Era así de simple. En mi vida había conocido a nadie como conocí a Eloisa. Aquellos escritos suyos me desvelaban cada recodo en su cabeza, cada manera de actuar, de sentir, de pensar. Y sin embargo, continuaba sorprendiéndome. Pronto abandoné aquella estúpida intención de abandonarla. Es más, me mortificaba la idea de la distancia. Ahora me había convertido en el mejor de los amantes. Odiaba separarme de ella, aunque fuera por viajes de trabajo. En realidad odiaba separarme de sus diarios, o que fuera ella la que se alejaba de ellos. Durante esos días no tenía aquella dosis de lectura que mi cuerpo necesitaba e, incluso, notaba cómo mi carácter cambiaba y se volvía más agrio. El día que conoció a Guillermo fue un día especial para ambos. Para ella por enamorarse al instante, como confesaba. Para mi por darme cuenta de que no me importaba lo más mínimo que se hubiera enamorado de otra persona. Aquellos días fueron los mejores de todo el tiempo que he vivido con ella. Me encantaba repasar las confidencias que se hacían a escondidas, lo que le contaba de mi, la manera en que se citaban a escondidas. El día que hicieron el amor por primera vez quise hacérselo yo también, con la única finalidad de leer al día siguiente si se lo había dicho a él o no. Pero la angustia volvió pronto. Sus reflexiones pronto abandonaron a Guillermo y se centraban en cómo iba a decirme que quería dejarme, que quería irse a vivir con su nuevo amante, que quería que abandonara su vida. Hasta hoy.
Cuando he vuelto de trabajar, como todos los días he buscado en su cajón, y como todos los días ahí estaba lo que había escrito en mi ausencia. Hoy era más escueto que otras veces, tan sólo decía: "Adiós, nunca volveré. Puedes quedarte mi diario porque, en realidad, es lo único que quieres de mi". Todavía la estoy esperando aquí sentado. No creo que sea capaz de irse sin su libreta de tapas rojas.
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Texto de Puagh
Blog:Donde viven los camiones de basura
http://www.blogs.ya.com/donde/
Fecha: Junio, 16, 2004
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Modelo
Diana era una mente inquieta, que necesitaba llenar sus tardes con algo interesante. Compró el periódico, buscó en los anuncios y, tras tachar unos, subrayar otros, encontró unas palabras que le llamaron la atención:
Se necesita mujer expresiva.
Y a continuación un número de teléfono y una dirección. Ya que no tenía nada que hacer, decidió acercarse al lugar, que estaba a sólo unas calles de allí.
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Curioseó un poco a través del escaparate de aquella tienda de pintura, de dos pisos. Cuadros colgados en aquella primera planta, muñequitos articulables, pinceles y pinturas, un perchero con varios abrigos, y una mujer al otro lado del mostrador, que la miraba sorprendida. La saludó a través del cristal, y entró.
-“Hola, venía por el anuncio del periódico.”
-“Eres perfecta. Baja por las escaleras, y entra en la primera puerta, allí, mi marido te explicará en que consiste el trabajo.”
Un poco extrañada, Diana dio media vuelta, y comenzó a bajar por las escaleras. La mujer, mientras tanto, sonreía y asentía con la cabeza.
La puerta estaba entreabierta, y pudo escuchar como alguien explicaba las diversas tonalidades de sombras que se pueden realizar con un carboncillo.
Llamó, y entró.
Se trataba de una sala enorme, con unas veinte personas de pie, frente a sus respectivos trípodes y lienzos, y un hombre, paseando entre ellos, con un pincel en su mano, haciendo gestos.
Éste se le acercó, mientras la miraba de arriba abajo, aprobatoriamente.
-“Sabes de que va el trabajo?”
-“No, me dijeron arriba que usted me lo explicaría.”
-“Modelo.”
-“Modelo?”
-“Sí, no estarías más de tres horas todas las tardes, y se paga bien. Quieres empezar ya?”
-“Ya? Y que tengo que hacer?”
-“Desnudarte y sentarte sobre ese cubo.”
Diana lo miró curiosa. Él tenía muy claro lo que quería, y ella también.
Pasó detrás de un biombo, se desnudó, y salió a enfrentarse con todas aquellas miradas, que buscaban acallar con sus trazos los temores.
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Texto de Galatea
Blog: Galatea
http://blogia.com/galatea/
Fecha: Noviembre, 19, 2004
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Los huérfano de Paterna
Ayer estuve con mi padre y mi hermano en el cementerio de Paterna. Allí hay enterrados miles de republicanos fusilados desde que acabó la guerra hasta el año 1957. En su mayoría se encuentran en fosas comunes como la de mi abuelo, en donde hay del orden de varios centenares enterrados.
Cada año, mi padre, como los miles de hijos e hijas que dejaron visitan estas fosas comunes. La tristeza es inmensa, incluso después de 60 años, pues los que se acercan a visitarlas eran entonces niños de 7, 8 ó 9 años, como mi padre. Jamás podrán olvidar el dolor de ese niño, o niña, cuando le arrebataron a su padre de forma brutal.
Allí hay de todos los pueblos de Valencia y de otros sitios de España, desde muchachos de 17 o 18 años hasta abuelos de 70, muchos de ellos campesinos como mi abuelo.
Ayer había una mujer que había venido desde Gandía, nos decía que todos los años, mientras pueda, vendrá a visitar la tumba de su padre. Con lágrimas en los ojos recordaba que era una niña de 8 años cuando lo juzgaron, y pasó todo el juicio escondida escuchándolo todo detrás de la silla de su padre.
Ella como nosotros sacaría de la fosa a su padre, pero se preguntaba cómo lo iba a hacer si en la misma fosa, de apenas 4 metros cuadrados, había varios centenares de personas.
Con ese dolor morirán todos los huérfanos de Paterna como la mayoría de los huérfanos de las fosas comunes de uno y otro bando.
Los huérfanos de Paterna lo serán hasta que mueran. Me sobrecoge pensar en los nuevos huérfanos de Paterna que aparecen cada día en el mundo, y en los años que les quedan para sobrellevar su tragedia.
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Texto de salvador
Blog: Mensaje en una botella
http://mensajenabotella.blogspot.com/
Fecha: Noviembre, 10, 2004
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Comment (1)
La educación sentimental (2)
Walt Disney fue el inventor de la orfandad como género cinematográfico. Sus heroes, todos, desde Hugo, Paco y Luis hasta el Rey León, pasando por Pinocho y la Cenicienta, son huérfanos. Disney lo era, de una forma confusa y ominosa: el único certificado de nacimiento con su nombre tiene una fecha de 11 años anterior a su nacimiento, y en él figuran nombres distintos a los de sus padres oficiales. A cambio de las delaciones que hizó antes la Comisión de Actividades Artinorteamericanas, Edward Hoover pusó a su disposición la maquinaria de la CIA para aclarar el tema, y el resultado de las investigaciones no pudo ser peor: su padre había tenido dos hijos con otra mujer en su Málaga natal, uno era su hermano mayor y el otro un tal José que había nacido once años antes que Walt. Aquella mujer sirvió a los Disney como criada 35 años después de que se mudarán a los Estados Unidos en busca de oro. La decepción fue tal que Disney paró la producción de Pinocho, y rehizó la historia eliminando a la mujer de Gepetto.
Probablemente, dos de las muertes más terribles que se han presentado en la pantalla tienen su firma (aunque los dibujantes fueron otros, y muy mal pagados). Una era la de la mamá de Bambi a manos de un cazador, y que se resolvía con el lejano estruendo de un disparo y un río de aguas oscuras que fluía a los pies del cervatillo. La otra, más dura, era la del padre de Simba, en el Rey León, quien cae desde lo alto de una montaña y muere aplastado por una estampida de caribúes. Ante su cuerpo exánime, el leoncito lo llama, lo empuja, intentando reanimarlo y diciendo suavemente "Papá..."
En la sala de cine, mi sobrino Damián (6 años) le dice a mi hermano (30):
-Papí, se va a levantar, ¿verdad?
A lo que mi hermano, con la barbilla temblando, le responde:
-¡NO!
Y rompe a llorar.
El resto de la película, Damián le sostuvo la mano.
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Texto de La oruga gritona
Blog: La oruga gritona
http://laorugagritona.blogspot.com/
Fecha: Noviembre, 5, 2004
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1.10.04
Un prestigioso psiquiatra hablaba el otro día acerca del valor terapéutico de la palabra. Decía que el potencial curativo de la palabra es tan alto que incluso hablarle a las plantas, o hacerlo a uno mismo frente a un espejo, o el simple monólogo interior, son beneficiosos para la paz de espíritu. Yo me hablo mucho. Ahora, como estoy en una etapa en la que me siento más sociable, estoy ampliando mi círculo de relaciones. Ayer tuve una jugosa conversación con el microondas, y esta mañana he cambiado unas palabras con la tostadora. Pero lo que me ha abierto nuevos horizontes es lo de hablar con los contestadores telefónicos. Eso sí que me produce una gran paz interior.
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Texto de Bart
Blog: Bartleby el escribiente
http://bartlebyelescribiente.blogspot.com/
Fecha: Octubre, 1, 2004
Tangencial
Siempre he admirado a la gente empeñada en nadar a contracorriente. A los principios a prueba de agua. Impermeables. Azul marino, con capucha. Con capucha para días como hoy. Llueve en una ciudad con mar y jornaleros como él siguen creyendo que una tarifa es un eufemismo borroso. Para apoyar en un cajón de lustrar. El suyo guarda las huellas de abogados que no aprecian que la historia en boca de los implicados suele ser un veredicto culpable para conciencias transversales. Que prefieren leer la prensa. Sucesos. Alguien que se ahogó ayer en un río en calma. No sabía nadar. No es un caso aislado.
Como su padre. Como el padre de su padre. Una herencia sin genes. Que se extingue. Y con muchas púas. Totalmente elásticas. A una recesión. Pese al monopolio. Cientos de arrugas en unas manos veteadas de negro. Algunas cremas sólo hidratan la piel. De unos zapatos. Los Oxford full-brogue que señalan la ocupación de su dueño. Tráfico en dos colores. Marrón y blanco. Eres lo que calzas. Lo que abarcan unos cordones que con frecuencia aprietan demasiado. Y él lo sabe mejor que nadie. Mientas cepilla asintóticamente piensa que ese cliente tan generoso también necesitará un abogado.
Lo confieso. He estado observando al limpiabotas. Llevo haciéndolo todas las mañanas durante siete años de cafés sin azúcar. Grecia, Roma. En las grandes culturas nunca hubo limpiabotas. Seguro que no fueron tan grandes. A veces he hablado con él. Y sólo lo recuerdo encorvado. Porque la dignidad también mira al pavimento. Mientras transita en busca de antítesis de sí mismo que le están permitiendo pagar la carrera a su único hijo. La de abogado.
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Texto de Nakazanius.
Blog: Piezas de una espiral
http://piezasdeunaespiral.blogspot.com/
Fecha: Octubre 27, 2004
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Más allá de la piel
Si hurgaras un poco en tu cuerpo, sin lastimarte, ejerciendo una leve presión con la yema de los dedos para palpar qué es lo que hay debajo, descubrirás que hay un esqueleto. Tu esqueleto. Un amasijo de 206 huesos que al juntarse puede ser tan entretenido como armar un rompecabezas.
Si te encontraran, digo, si descubrieran tus huesos al término de un par de millones de años serías la curiosidad de un paleontólogo, la sospecha de un antropólogo, quizá un hito evolutivo o la significativa reseña de un historiador.
Dirán que eras un homínido sorprendente, superior a tus primos chimpancés, orangutanes y gorilas con los que compartiste la misma época. Dirán que, con un cerebro de 1, 250 gramos, eras un primate sobresaliente que había logrado domesticar el cero y correr en nueve segundos los cien metros planos.
Pero, los que te encuentren algún día no sabrán jamás que te gustaba contemplar los atardeceres y las estrellas, leer los poemas de Rilke, fabricar sueños y sentir la orilla del mar en los pies. No sabrán que solías preguntarte quién eras, de dónde venías y hacia donde ibas. Por más que hurguen en tus huesos fosilizados, nunca sabrán lo que te supo el primer beso o el llanto de tu hijo al nacer. No sabrán jamás que un día, palpándote los labios y la frente, descubriste que después de todo lo único que el hombre deja es una calavera.
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Texto de Batcat
Blog: Escritos de un Murcielagato
http://escritosdeunmurcielagato.blogspot.com/
Fecha: Octubre 12, 2004
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¿Y si el cuerpo no fuese alma, qué es el alma?
Ésta es una habitación donde caben muchos libros. Y también ella.
Un petate basta para mí; el resto es una fauna de dibujos,
de fotografías con su cuerpo entero, con su rostro sonriente.
Hay, por cierto, un violín que a veces pulso para
resucitar al bueno de Bach. Así él nos hace compañía.
Y fumo, es verdad. Algo que a ella no le gusta. Sin embargo,
sé que su vanidad se azucara cuando le digo que aparece
entre las volutas de humo.
Entonces escucho su risa que me contagia, igual
que me ilumina el trino de los pájaros fuera de mi celda.
Pero no rezo, no, ya no. Para mí es suficiente el milagro
de sorprenderla dormida, o contemplando una araña que teje
y desteje, esperando.
En ese momento ella cree que no me doy cuenta, que no logro comprender
tanta delicadeza. Piensa que un petate, un violín y unos cuantos libros
no me ayudan en nada a conocerla. Y quizá sea cierto.
Pero entiendo a través de mis deseos. Y, por lo mismo, sé
que nada es bastante real para un fantasma.
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Texto de César Silva Santisteban
Blog: A propósito de
http://fabulaciones.blogspot.com/
Fecha: noviembre, 10, 2004
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miércoles, noviembre 17, 2004
"El relato de las cosas que nos cuentan perdura más que el de las imágenes que vemos." Esa frase, pronunciada por Javier Marías el lunes pasado en la presentación de su último libro, trajo a mi memoria lo que me contó una noche de invierno Silvia, una compañera de trabajo, mientras permanecíamos atrapadas en la M-30 y la penumbra del coche nos envolvía.
Silvia, que era hija de militar, me refirió un suceso ocurrido años atrás en una de las torres de viviendas para militares que hay al principio del Pº de Extremadura. Un vecino y su hijo, ambos militares, regresaron una tarde juntos a su casa, en el octavo piso de una de esas torres, y al entrar se dieron de bruces con un ladrón. Entre los dos lograron reducirlo y avisaron a la policía. Mientras esperaban su llegada el ladrón empezó a amenazarles. Les decía que lo mejor que podían hacer era dejarle marchar, que si no lo hacían se iban a arrepentir, que como sabía donde vivían una vez que le soltaran, que sería al día siguiente, se iba a dedicar a hacerles la vida imposible. "Sé que no os gustaría encontrar a ese chucho blanco que tenéis colgado en el portal de la casa, pero me vais a obligar a hacerlo", dijo desafiante. Esperó la reacción de los hombres y como seguían en silencio continuó: "Sé que tienes una hija -le dijo al hombre mayor, señalando una foto de una joven que había sobre una mesita-, la esperaré y no respondo de lo que pueda hacer con ella como no dejéis que me marche". El padre se levantó y abrió la ventana del salón de par en par.
La versión oficial fue que se cayó al vacío al intentar huir, pero mi colega, que vivía un piso más abajo, me decía que aún resonaban en sus oídos los gritos del que pedía clemencia y las voces del militar que fuera de sí no dejaba de repetir: cabrón, hijoputa, cabrón...
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Texto de Bo Peep
Blog: Chica con falda roja
http://chicaconfaldaroja.blogspot.com/
Fecha: noviembre, 17
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Película en blanco y negro
Él la acarició lentamente empezando por la nuca, deslizándose a lo largo de su espalda, siguió por sus costados, subió por el centro de su cuerpo hasta llegar a los pechos de ella.
Ella se volvió. Él ahora dibujó su perfil empezando desde la frente, bajando por su nariz quedándose en sus labios.
- Me gustaría que todo esto ahora quedase grabado, que fuese una película.
- ¿Como qué película?
- Una muy buena, una muy bonita, la mejor que haya visto.
- A lo mejor tendría que ser esas en blanco y negro, esas películas mudas donde sin decir palabra te hacían reir o llorar.
Se miraron ambos en el espejo y se vieron hechos de luz, una luz que contrastaba con la penumbra de la habitación. El pelo oscuro de ella, la piel blanca de él, la sombras que se hundían en sus clavículas, entre sus cejas y sus pómulos, sus miradas de un sólo color, la oscuridad entre sus dedos recorriendo la claridad de los cuerpos blanquísimos ambos tendidos sobre un lienzo de sábanas grises y el silencio del universo.
Se miraron y sin decir palabara hicieron el amor otra vez con los ojos abiertos. Las pupilas de ambos grabaron ese momento, una película que se dibujó cuadro a cuadro en sus pieles, en blanco y negro.
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Texto de Vesania.
Blog: Aqui cabe toda la vesania
htpp://vesania.blospot.com/
Fecha: junio, 21,2004
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No Disponible
No soy lo que escribo.
Escribo porque en ese momento estoy lo suficientemente despierta como para capturar el instante y darle forma con palabras.
Es un reflejo efímero, un eco evanescente de quien soy, pero no soy yo.
Lo que escribo hoy no es más que eso: lo que escribo hoy.
Cada instante que vivo me modifica.
Cada palabra que escribo es historia.
Hoy podría escribir sobre el hastío, sin sentir que lo immortalizo.
Estaría convencida de que al plasmarlo me libero de ello.
Estaría segura de que al vestirlo de palabras le doy otra apariencia más objetiva, y lo vería con otra perspectiva.
Hoy podría escribir sobre el hastío.
Pero no estoy lo suficientemente despierta como para capturarlo.
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Texto de MaRía:
Blog: Bumblecat.-http://bumblecat.blogspot.com
Fecha: Septiembre, 28, 2004.





