Epílogo
Mi nombre es Claudia, tengo 25 años y escribo.
Hace no sé cuanto ya, empecé a escribir este diario un día cualquiera de agosto como un intento inocente de contar algunas cosas mías (hayan sido reales o no, todo lo contado aquí han sido cosas mías).
Pero a la larga esto pasó de ser inocente a convertirse en tinta vertida con malicia, con premeditación y alevosía, a sentarme frente a un folio en blanco e incendiarlo o llenarlo de golpes, o de guiños y saliva, esto entonces pasó a ser el lugar donde cometí crímenes perfectos y resucité muertos, doble cucharas, redimí asesinos; aquí he sido juez y parte, he sido exhibicionista y a la vez he visto por los ojos de la cerradura; he sido yo, he sido nadie, he sido dios y he sido una línea finísma de tinta en medio de mis propios borrones.
Escribir aquí ha sido una experiencia que disfruté mucho y alguna vez, al final y sin querer, (como todo lo bonito) resultó siendo algo que me ha servido tanto, casi como hacer un hoyo en el suelo y dar un grito de dolor o de desesperación, pero al fin y al cabo un grito al vacío, un grito como tantos que vuelan a nuestro alrederor a cada instante (recuerdo que una vez escribí sobre los gritos y era yo quien gritaba entonces).
Al escribir un diario -de ficción pero también con páginas de mucha realidad- he podido decir verdades a secas, pero también he mentido, he escrito entre líneas pero también he escrito las cosas clarísimas sin fondo ni revés.
Como esté epílogo: clarísimo, sincero, abierto, sin temblor en las letras, el primero que escribo yo misma, Claudia y no vesania.
Yo.
Cerrar este blog fue un portazo.
No pensé cerrarlo. De hecho lo dejé en hibernación pues pensaba escribir otra vez al volver de unas vacaciones las cuales esperaba que fuesen como cualquier otra.
Pero debí saber que no sería así.
Cada vez que hago un viaje, veo las cosas desde otra perspectiva, se me cambian mis propios esquemas personales, a veces llego convertida en otra persona, alguien a quien miro en el espejo y no reconozco o que quizás empiezo a reconocer y a meterme en su piel y de pronto soy yo la del espejo y dejo de ser la del otro lado. Quizás así fue cuando un buen día en mi adolescencia empecé a ser vesania y empecé a escribir.
Hacer un viaje es remover cajitas de recuerdos, de cristales rotos, de olores de madrugadas, de insomnios, hacer un viajes es vaciar esas cajitas, llenarse de otros nuevos, es un movimiento constante de todo a la vez, como todo viaje lo es en si mismo.
Embarcarte, hacer escalas, esperar, atravesar pasillos, volar, hacer maletas, despedirte, deshacer maletas, aterrizar.
Así pues me he movido por los aeropuertos de mi alma, me he deslizado por los pasillos del olvido, he hecho las maletas del reencuentro y he deshecho las maletas de la tristeza, he hecho escalas en la sorpresa, el impacto, la alegría intensa y me he saltado el control de la inmigración de mis pasiones más profundas e ilegales cruzando fronteras clandestinas y de paso, me he movido de un lado a otro, me he sentado en salas de espera con personajes que me han marcado, y he perdido el vuelo de la esperanza y por eso me he cansado y me he quedado hecha polvo pues me he despedido de pedazos de mi alma que se quedaron en tantas partes y en tantas piezas.
Por eso he dado un portazo. Un portazo no de salida, sino de llegada a la nada.
He volado muy alto, pero también he aterrizado, de esto hace no mucho y he tocado fondo.
Así, este último viaje caótico me cambió la mirada, la voz, el pulso, me cambió los adjetivos, el ritmo, las horas, el acento, me cambió hasta por un momento el color de mi tinta y las palabras.
Sin embargo sigo siendo la misma, la misma que escribía aquí.
Siento de la misma manera, hago las mismas cosas, tengo la misma vida, sigo tomando café en las mañanas y leyendo el periódico y pierdo la misma línea del autobus donde aún el chofer no me saluda pero ya me conoce.
Portazos he dado miles en mi vida. Me he ido de tantos lugares y tantas veces, algunas sonriente y sin equipaje otras hecha trizas y triste arrastrando toneladas de todo y de nada, pero cada vez que me he ido de algun lugar, cada vez que he cerrado una puerta, siempre he abierto otra nueva.
Así vengo viviendo de un tiempo a esta parte.
Decidí escribir este epílogo, esta noche y de pronto al volver tarde de ninguna parte; cuando releí algunas palabras dejadas a raíz del portazo que dí hace días–con el grito de Alberti- en este sitio, esas sus palabras las que releí hoy sólo las pude entender de una manera distinta: las sentí tan cercanas a pesar de las pantallas, las distancias, las ficciones y los anonimatos.
Este epílogo va para todos aquellos que me han venido leyendo, que me han dejado algunas palabras, visibles o invisibles, para todos aquellos que me ha hecho preguntas en voz alta o en silencio, este epílogo es una respuesta para todos ustedes.
Y este epílogo es también una respuesta a mis propios silencios.
Gracias.
Y ahora sí cierro esta puerta definitivamente y dejo abierta esta otra...
sábado, febrero 12, 2005
Epílogo
Mi nombre es Claudia, tengo 25 años y escribo.
Hace no sé cuanto ya, empecé a escribir este diario un día cualquiera de agosto como un intento inocente de contar algunas cosas mías (hayan sido reales o no, todo lo contado aquí han sido cosas mías).
Pero a la larga esto pasó de ser inocente a convertirse en tinta vertida con malicia, con premeditación y alevosía, a sentarme frente a un folio en blanco e incendiarlo o llenarlo de golpes, o de guiños y saliva, esto entonces pasó a ser el lugar donde cometí crímenes perfectos y resucité muertos, doble cucharas, redimí asesinos; aquí he sido juez y parte, he sido exhibicionista y a la vez he visto por los ojos de la cerradura; he sido yo, he sido nadie, he sido dios y he sido una línea finísma de tinta en medio de mis propios borrones.
Escribir aquí ha sido una experiencia que disfruté mucho y alguna vez, al final y sin querer, (como todo lo bonito) resultó siendo algo que me ha servido tanto, casi como hacer un hoyo en el suelo y dar un grito de dolor o de desesperación, pero al fin y al cabo un grito al vacío, un grito como tantos que vuelan a nuestro alrederor a cada instante (recuerdo que una vez escribí sobre los gritos y era yo quien gritaba entonces).
Al escribir un diario -de ficción pero también con páginas de mucha realidad- he podido decir verdades a secas, pero también he mentido, he escrito entre líneas pero también he escrito las cosas clarísimas sin fondo ni revés.
Como esté epílogo: clarísimo, sincero, abierto, sin temblor en las letras, el primero que escribo yo misma, Claudia y no vesania.
Yo.
Cerrar este blog fue un portazo.
No pensé cerrarlo. De hecho lo dejé en hibernación pues pensaba escribir otra vez al volver de unas vacaciones las cuales esperaba que fuesen como cualquier otra.
Pero debí saber que no sería así.
Cada vez que hago un viaje, veo las cosas desde otra perspectiva, se me cambian mis propios esquemas personales, a veces llego convertida en otra persona, alguien a quien miro en el espejo y no reconozco o que quizás empiezo a reconocer y a meterme en su piel y de pronto soy yo la del espejo y dejo de ser la del otro lado. Quizás así fue cuando un buen día en mi adolescencia empecé a ser vesania y empecé a escribir.
Hacer un viaje es remover cajitas de recuerdos, de cristales rotos, de olores de madrugadas, de insomnios, hacer un viajes es vaciar esas cajitas, llenarse de otros nuevos, es un movimiento constante de todo a la vez, como todo viaje lo es en si mismo.
Embarcarte, hacer escalas, esperar, atravesar pasillos, volar, hacer maletas, despedirte, deshacer maletas, aterrizar.
Así pues me he movido por los aeropuertos de mi alma, me he deslizado por los pasillos del olvido, he hecho las maletas del reencuentro y he deshecho las maletas de la tristeza, he hecho escalas en la sorpresa, el impacto, la alegría intensa y me he saltado el control de la inmigración de mis pasiones más profundas e ilegales cruzando fronteras clandestinas y de paso, me he movido de un lado a otro, me he sentado en salas de espera con personajes que me han marcado, y he perdido el vuelo de la esperanza y por eso me he cansado y me he quedado hecha polvo pues me he despedido de pedazos de mi alma que se quedaron en tantas partes y en tantas piezas.
Por eso he dado un portazo. Un portazo no de salida, sino de llegada a la nada.
He volado muy alto, pero también he aterrizado, de esto hace no mucho y he tocado fondo.
Así, este último viaje caótico me cambió la mirada, la voz, el pulso, me cambió los adjetivos, el ritmo, las horas, el acento, me cambió hasta por un momento el color de mi tinta y las palabras.
Sin embargo sigo siendo la misma, la misma que escribía aquí.
Siento de la misma manera, hago las mismas cosas, tengo la misma vida, sigo tomando café en las mañanas y leyendo el periódico y pierdo la misma línea del autobus donde aún el chofer no me saluda pero ya me conoce.
Portazos he dado miles en mi vida. Me he ido de tantos lugares y tantas veces, algunas sonriente y sin equipaje otras hecha trizas y triste arrastrando toneladas de todo y de nada, pero cada vez que me he ido de algun lugar, cada vez que he cerrado una puerta, siempre he abierto otra nueva.
Así vengo viviendo de un tiempo a esta parte.
Decidí escribir este epílogo, esta noche y de pronto al volver tarde de ninguna parte; cuando releí algunas palabras dejadas a raíz del portazo que dí hace días–con el grito de Alberti- en este sitio, esas sus palabras las que releí hoy sólo las pude entender de una manera distinta: las sentí tan cercanas a pesar de las pantallas, las distancias, las ficciones y los anonimatos.
Este epílogo va para todos aquellos que me han venido leyendo, que me han dejado algunas palabras, visibles o invisibles, para todos aquellos que me ha hecho preguntas en voz alta o en silencio, este epílogo es una respuesta para todos ustedes.
Y este epílogo es también una respuesta a mis propios silencios.
Gracias.
Y ahora sí cierro esta puerta definitivamente y dejo abierta esta otra...
http://septimamadrugada.blogspot.com
Autor: Vesania
Blog: Aqui cabe toda la Vesania
http://vesania.blogspot.com
sábado, febrero 12, 2005





