REALITY BITES
Cuadro costumbrista o contexto situacional:
Camino junto a un amigo por una de las avenidas más transitadas de esta urbe en la que nos ha tocado en suerte vivir. De repente una tipa de buen ver que acaba de salir de un portal, arroja al suelo un papel y continúa distraída su camino con paso de jaca jerezana. Pero he aquí que un hombre de cierta edad que caminaba tras la tipa, al ver el objeto arrojado por ésta, le llama la atención y le espeta: "¿Es esto suyo?" - la juncal zagala se vuelve y con voz trémula y deje estupefacto contesta: ¿perdón? y sin más preámbulos el anciano se agacha y recoge del suelo el papel que había arrojado la señorita, se dirige hacia una papelera y lo deposita en ella mientras la chica lo observa con gesto azorado.
Segunda escena: Los dos amigos caminan meditabundos con las manos tras la espalda cual alumnos aventajados de la escuela peripatética. Un nutrido grupo de alborozados gorriones se disputan unas migajas de pan en un céntrico parque, el sol de la fría mañana otoñal puja por abrirse paso entre las copas rojizas de los árboles.
- ¡Oh, qué mirífica lección de civismo hemos presenciado!. Digo emocionado a mi compadre que al igual que yo aún continúa mirando al anciano que se aleja con paso decidido.
- ¡Sí, qué vergüenza ha debido pasar la tipa! - me contesta.
- ¿Y si fueras tú el que hubiera tirado el papel, qué hubieras contestado a la pregunta del anciano?
- Le hubiera dicho: ¡Sí, es mío, pero puede quedárselo!.
Moraleja: El que esperara sacar una enseñanza de esta historia es más inocente que un Clic de Famobil, aunque admito que el rostro del anciano recordaba al de Pablo Coelho. Evidentemente no era él, pues al agacharse a recoger el papel, el olor que llegó hasta nuestros ollares distaba mucho de parecerse al del incienso.
Camino junto a un amigo por una de las avenidas más transitadas de esta urbe en la que nos ha tocado en suerte vivir. De repente una tipa de buen ver que acaba de salir de un portal, arroja al suelo un papel y continúa distraída su camino con paso de jaca jerezana. Pero he aquí que un hombre de cierta edad que caminaba tras la tipa, al ver el objeto arrojado por ésta, le llama la atención y le espeta: "¿Es esto suyo?" - la juncal zagala se vuelve y con voz trémula y deje estupefacto contesta: ¿perdón? y sin más preámbulos el anciano se agacha y recoge del suelo el papel que había arrojado la señorita, se dirige hacia una papelera y lo deposita en ella mientras la chica lo observa con gesto azorado.
Segunda escena: Los dos amigos caminan meditabundos con las manos tras la espalda cual alumnos aventajados de la escuela peripatética. Un nutrido grupo de alborozados gorriones se disputan unas migajas de pan en un céntrico parque, el sol de la fría mañana otoñal puja por abrirse paso entre las copas rojizas de los árboles.
- ¡Oh, qué mirífica lección de civismo hemos presenciado!. Digo emocionado a mi compadre que al igual que yo aún continúa mirando al anciano que se aleja con paso decidido.
- ¡Sí, qué vergüenza ha debido pasar la tipa! - me contesta.
- ¿Y si fueras tú el que hubiera tirado el papel, qué hubieras contestado a la pregunta del anciano?
- Le hubiera dicho: ¡Sí, es mío, pero puede quedárselo!.
Moraleja: El que esperara sacar una enseñanza de esta historia es más inocente que un Clic de Famobil, aunque admito que el rostro del anciano recordaba al de Pablo Coelho. Evidentemente no era él, pues al agacharse a recoger el papel, el olor que llegó hasta nuestros ollares distaba mucho de parecerse al del incienso.
Rewind and Forward
Rewind
Aún recuerdo la lejana primavera de 1982 en la que hice mi Primera Comunión (y la última). Nunca olvidaré el peinado de Yanomami (tribu indígena americana que vive en las selvas del norte de Brasil y el sur de Venezuela) con que quedé inmortalizado en una fotografía de ínfima calidad, con las manos juntas, estrechando un diminuto crucifijo dorado en el que presumo había un Cristo con gesto ojiplático, sorprendido de mi peluca a lo Beatle y mi cara de no haber roto un plato en la vida. Tampoco olvidaré la rebeca azul marino que cubría mi entonces enjuto torso y mi abigarrada lectura, ya en la ceremonia, pidiendo por los pobres del mundo mundial, con voz firme, mientras otros niños peroraban en falsete como el mejor de los Bee-Gees.
Sin embargo, con el paso del tiempo, uno sólo recuerda de esa fecha LOS REGALOS!! que recibió en aquél acontecimiento iniciático. En mi caso, un peluco Citizen Quartz de esfera blanca en acero inoxidable, una diminuta máquina de escribir de la mítica marca Underwood, y sobre todo un magnífico Walkman de marca desconocida, con más metal encima que un Cyborg y CON DOBLE SALIDA DE AURICULARES!!!.
Aquél invento luciférico me abrió las puertas del parnaso musical, que en aquella edad de límpida pureza, era un verdadero páramo. Insaciable caníbal fagocitaba casetes de “ferro” comprados en bazares de nombres con reminiscencias africanas, y reproducía con un sonido “cristalino” mis primeros Max Mix navideños (quién no recuerda aquellas recopilaciones junto a las de Bolero Mix con aquellas portadas dignas de un día del orgullo gay), el Boom 1,2,3, etc… sempiterno recopilatorio de infames tonadas mezcladas en un botijo 4 pistas.
Recuerdo que los botones estaban durísimos y que al presionar el play sonaba un chasquido de Mágnum 7 que ponía en funcionamiento los cabezales. Algunas veces me quedé dormido escuchando música y cuando se terminaba la cara A y saltaba el dichoso botón me despertaba sobresaltado y medio infartado, contrariado de tener que cambiar la cinta en medio de la oscuridad y acertar a colocar el casete entre la maraña de pequeños pinchos que lo mantenían empalado al aparato.
Luego evolucioné o involucioné (según se mire) musicalmente hablando y alimenté su apetito voraz e insaciable con ínfimas cintas de marcas impronunciables, que a la mínima se enrollaban como algas lastimeras, formando una maraña inmunda, imposible de desenroscar sin tener que recurrir a la tijera y al tesafilm. Aquellas autopsias sirvieron para alargar la vida de esas cintas, confiriéndoles innumerables espacios en blanco o pasajes psicofónicos capaces de desvelarte en medio de la noche.
En aquél marcapasos de casetes infartados empecé a horadar mis tímpanos con la voz chillona de Rob Halford y los Judas Priest, con la de Bruce Dickinson y los épicos Iron Maiden, con el soft-rock de Magnum y sus tonadas inspiradas en mundos mágicos de unicornios, espadas y reinos perdidos. Con los cansinos Anthrax y los angelinos Suicidal Tendencies mezclando rap y metal más espeso que el chapapote.
Forward
Estos días atrás, mientras hacía limpieza en la habitación, rescaté del polvo del olvido aquel aparato pleistocénico que dormía el sueño de los justos, en una caja de zapatos junto a otras reliquias faraónicas. Aquella mole de frío metal pesado y descascarillado parecía pedir a gritos unas pilas resucitadoras, ignorante de que el tiempo ha pasado y hay otro corazón de frío litio que hace las delicias de mis pabellones auditivos, con un sonido cristalino, carente de sus arrítmicos latidos, pero desprovisto de alma con cara A y cara B.
El otoño frente al espejo
Se desnudó tan despacio que le pareció que había transcurrido un siglo cuando se colocó frente al espejo.
Afuera oscurecía, unas láminas de oro líquido se derramaban entre nubes púrpuras.
La ciudad parecía prepararse para irse a la cama, y el ruido del tránsito era semejante al murmullo que desprende la radio, cuando la aguja nada en los confines del dial.

Hacía tanto tiempo que no se desnudaba ante el espejo que le asombraron los cambios que se habían producido en su anatomía. Su piel era blanca, casi transparente, dejando a la vista un delta de vénulas verdosas buscando la desembocadura de sus muslos, de sus antebrazos, de sus talones casi violáceos.
El pelo le había crecido en exceso y se arremolina sobre sus hombros rígidos, enjutos, dibujando la percha de sus clavículas. Sus senos sin embargo parecían resistirse al paso del tiempo, apenas un asomo de descuelgue, con ojos negros vigilantes. Su vientre era liso, con la impronta de una vieja cicatriz blanquecina semejante a un ciempiés que se hubiera quedado preso en ámbar.
Se oyó el ruido de la puerta cuando se encontraba a medio viaje, un tintineo de llaves sobre el vidrio de un cenicero, luego un bostezo y unos pasos que se aproximaban.
Ni siquiera hizo ademán de cubrirse con el batín de raso, permaneció así, de pie, girada hacia la puerta cuando el entró. No dijo nada, ninguno de ellos parecía querer romper la música del silencio. Él le acarició el pelo y apoyó suavemente su mano en su hombro, luego la atrajo hasta él, rodeándola por la cintura y se dejaron caer en la cama que crujió con una protesta de muelles asmáticos. Sus cuerpos giraron buscando acomodo el uno en el otro; manos exploradoras atisbando horizontes inexplorados –una quimera cuando sus dedos eran doctorados en geografía; se retorcieron.
El aire se volvió denso y una pátina de sudor afloró en sus cuerpos. Corrían los últimos días de septiembre y el verano no era más que un puñado de fotos nadando en el éter de una pantalla de ordenador.
Afuera oscurecía, unas láminas de oro líquido se derramaban entre nubes púrpuras.
La ciudad parecía prepararse para irse a la cama, y el ruido del tránsito era semejante al murmullo que desprende la radio, cuando la aguja nada en los confines del dial.

Hacía tanto tiempo que no se desnudaba ante el espejo que le asombraron los cambios que se habían producido en su anatomía. Su piel era blanca, casi transparente, dejando a la vista un delta de vénulas verdosas buscando la desembocadura de sus muslos, de sus antebrazos, de sus talones casi violáceos.
El pelo le había crecido en exceso y se arremolina sobre sus hombros rígidos, enjutos, dibujando la percha de sus clavículas. Sus senos sin embargo parecían resistirse al paso del tiempo, apenas un asomo de descuelgue, con ojos negros vigilantes. Su vientre era liso, con la impronta de una vieja cicatriz blanquecina semejante a un ciempiés que se hubiera quedado preso en ámbar.
Se oyó el ruido de la puerta cuando se encontraba a medio viaje, un tintineo de llaves sobre el vidrio de un cenicero, luego un bostezo y unos pasos que se aproximaban.
Ni siquiera hizo ademán de cubrirse con el batín de raso, permaneció así, de pie, girada hacia la puerta cuando el entró. No dijo nada, ninguno de ellos parecía querer romper la música del silencio. Él le acarició el pelo y apoyó suavemente su mano en su hombro, luego la atrajo hasta él, rodeándola por la cintura y se dejaron caer en la cama que crujió con una protesta de muelles asmáticos. Sus cuerpos giraron buscando acomodo el uno en el otro; manos exploradoras atisbando horizontes inexplorados –una quimera cuando sus dedos eran doctorados en geografía; se retorcieron.
El aire se volvió denso y una pátina de sudor afloró en sus cuerpos. Corrían los últimos días de septiembre y el verano no era más que un puñado de fotos nadando en el éter de una pantalla de ordenador.
Paisajes de la memoria
Terminó el verano y es hora de sacar del zurrón algunos paisajes que pululan en la memoria, no vaya a ser que el hastío nos haga olvidar el estío, ¿no?.
Fotos realizadas por el autor del Blog con móvil Nokia N70 y cámara digital Kodak EasyShare CX7525
Puerto de O Grove

Plaza del Obradoiro

Rosa de los vientos, a los pies del faro de Hércules

Fotos realizadas por el autor del Blog con móvil Nokia N70 y cámara digital Kodak EasyShare CX7525
Puerto de O Grove

Plaza del Obradoiro

Rosa de los vientos, a los pies del faro de Hércules

MENS SANA IN CORPORE SEPULTO
Heme aquí, rebozada en el olvido, como mota de polvo que busca un haz de luz para despegarse del sueño.
Las telarañas se han convertido en un telón espeso que se empeña en no dejar que empiece la función, en un hilo con el que remendar los rotos del silencio.
La vida de una bitácora es de un laconismo lacerante. Al principio, mi propietario se empeñaba en desgranar los ingredientes, en vigilar el fuego, en cocinar recetas con el aroma de guisos antiguos.
Fueron tiempos felices, de hojas preñadas de historias y la llegada del otoño - cuando todas las hojas se vuelven blancas- era sólo un eco, a miles de kilómetros, el sonido fugaz de la quilla de un barco rompiendo el oleaje.
Aquel extraño maridaje se ha vuelto mordaza y ha hecho del silencio adalid de vieja milicia, pertrechado tras armas herrumbrosas.
Una bandera blanca ondea en el pabellón de este bergantín goleta que una vez fue redil de galeote.
Quizás sea ese el problema; el anhelo egoísta e irrefrenable que al fin barrunta mi suerte. Ignoré los salientes de roca, navegué por aguas mansas unas veces y otras, prendí de mis mástiles el fuego de San Telmo, rúbrica de atroces tempestades, y estuve a un palmo de irme a pique
Una mañana de verano me trajo el sol del invierno. Yazco desde entonces acodada en el rincón de la memoria, abocada a echar mano de enmohecidas provisiones, a beber del agua turbia del recuerdo y a añorar los tiempos compartidos con el Capitán que ahora navega en pos de nuevos vientos y recela de la galerna de nuestra amistad.
Aquí sigo, no me resigno a mi sino cruel, ni a coger el hatillo y partir dejando buen puerto. Aunque luzca descarnada calavera, aún conservo en el gaznate el regüeldo de mejores pitanzas.
Aquí sigo, aquí seguiré.
Las telarañas se han convertido en un telón espeso que se empeña en no dejar que empiece la función, en un hilo con el que remendar los rotos del silencio.
La vida de una bitácora es de un laconismo lacerante. Al principio, mi propietario se empeñaba en desgranar los ingredientes, en vigilar el fuego, en cocinar recetas con el aroma de guisos antiguos.
Fueron tiempos felices, de hojas preñadas de historias y la llegada del otoño - cuando todas las hojas se vuelven blancas- era sólo un eco, a miles de kilómetros, el sonido fugaz de la quilla de un barco rompiendo el oleaje.
Aquel extraño maridaje se ha vuelto mordaza y ha hecho del silencio adalid de vieja milicia, pertrechado tras armas herrumbrosas.
Una bandera blanca ondea en el pabellón de este bergantín goleta que una vez fue redil de galeote.
Quizás sea ese el problema; el anhelo egoísta e irrefrenable que al fin barrunta mi suerte. Ignoré los salientes de roca, navegué por aguas mansas unas veces y otras, prendí de mis mástiles el fuego de San Telmo, rúbrica de atroces tempestades, y estuve a un palmo de irme a pique
Una mañana de verano me trajo el sol del invierno. Yazco desde entonces acodada en el rincón de la memoria, abocada a echar mano de enmohecidas provisiones, a beber del agua turbia del recuerdo y a añorar los tiempos compartidos con el Capitán que ahora navega en pos de nuevos vientos y recela de la galerna de nuestra amistad.
Aquí sigo, no me resigno a mi sino cruel, ni a coger el hatillo y partir dejando buen puerto. Aunque luzca descarnada calavera, aún conservo en el gaznate el regüeldo de mejores pitanzas.
Aquí sigo, aquí seguiré.





