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LA COTUBÍA Una muestra de lo que puede hacerse gracias a la criogenización cerebral.
Acerca de
Sobre tu nave - un plinto verde de algas marinas, de moluscos, de conchas, de esmeralda estelar-, capitán de los vientos y de las golondrinas, fuiste condecorado por un golpe de mar. Rafael Alberti


Sindicación
 
MENS SANA IN CORPORE SEPULTO
Heme aquí, rebozada en el olvido, como mota de polvo que busca un haz de luz para despegarse del sueño.
Las telarañas se han convertido en un telón espeso que se empeña en no dejar que empiece la función, en un hilo con el que remendar los rotos del silencio.

La vida de una bitácora es de un laconismo lacerante. Al principio, mi propietario se empeñaba en desgranar los ingredientes, en vigilar el fuego, en cocinar recetas con el aroma de guisos antiguos.

Fueron tiempos felices, de hojas preñadas de historias y la llegada del otoño - cuando todas las hojas se vuelven blancas- era sólo un eco, a miles de kilómetros, el sonido fugaz de la quilla de un barco rompiendo el oleaje.

Aquel extraño maridaje se ha vuelto mordaza y ha hecho del silencio adalid de vieja milicia, pertrechado tras armas herrumbrosas.

Una bandera blanca ondea en el pabellón de este bergantín goleta que una vez fue redil de galeote.

Quizás sea ese el problema; el anhelo egoísta e irrefrenable que al fin barrunta mi suerte. Ignoré los salientes de roca, navegué por aguas mansas unas veces y otras, prendí de mis mástiles el fuego de San Telmo, rúbrica de atroces tempestades, y estuve a un palmo de irme a pique

Una mañana de verano me trajo el sol del invierno. Yazco desde entonces acodada en el rincón de la memoria, abocada a echar mano de enmohecidas provisiones, a beber del agua turbia del recuerdo y a añorar los tiempos compartidos con el Capitán que ahora navega en pos de nuevos vientos y recela de la galerna de nuestra amistad.

Aquí sigo, no me resigno a mi sino cruel, ni a coger el hatillo y partir dejando buen puerto. Aunque luzca descarnada calavera, aún conservo en el gaznate el regüeldo de mejores pitanzas.

Aquí sigo, aquí seguiré.
 
Canela y limón
Corrían los años ochenta y una nueva hornada de trovadores revitalizaba y mineralizaba la música patria, que hasta entonces vivía de los réditos de ciertos iconos totémicos. Lo llamaron "La Movida" y la villa sin playa de Madrid fue el espigón donde vino a romper "la nueva ola".

Otro tsunami más castizo, estaba teniendo lugar en silencio. Alejado de los nuevos cenáculos de moda donde se daban cita la flor y caspa de la vida vampírica, entre el neón parpadeante de las gasolineras, en los expositores giratorios, sobados por camioneros, nacía una estrella refulgente "El Fary".

Espeleólogo que rescató la copla "atapuerqueña" lanzándole cabos hechos con Casio PT-1, el Fary aparecía en escena arrasando como un vendabal, haciendo sombra al tupé quitinoso del hasta entonces rey de la canción popular; el indespeinable Manolo Escobar.

La primera vez que creo haber escuchado al Fary fue en un viajecillo por el norte de Cáceres, en el 127 amarillo de mi abuelo. En el radiocasete Punto Azul sonaba "Canela y Limón". Me hicieron gracia los gorgoritos de ese tipo que figuraba en la portada descolorida, que parecía un híbrido de Jackie Chan (eso lo supe después) y Juanito Valderrama.

Los años siguientes fueron testigos de la tiranía tonadillera del Fary, con himnos generacionales como "el toro guapo" o "paloma que pierde el vuelo" que sonaban en los chiringuitos playeros, entre plato de paella y jarra de sangría, haciendo bailar como repionas a las hordas de alemanas de la tercera edad.

La música del Fary era una radiografía en color sepia de la España cañí, la de las muñecas flamencas y los toritos entronizados sobre paños de ganchillo, encima de las Telefunken en blanco y negro. La España de los bodorrios, con gambas con dos autopsias, en merenderos que tenían colgadas fotos de toreros y cuadros-espejo de la Coca Cola. La del Seat 850, los bañadores meyba escuetos y paqueteros que lucían los otrora numerosos machos ibéricos.

Se ha ido el Fary y se va una parte de esas imágenes que quedaron en el recuerdo.
¿Alguien se ha preguntado alguna vez por qué los números de los taxímetros son rojos?, porque al final del viaje, siempre nos vamos sin pagar. El cielo debe estar lleno de facturas de taxi.

Descansa en paz, ¡fenómeno!.

 
SOBRE ALIENÍGENAS Y ALIENADOS
Barruntar la hipótesis de que estamos solos en el universo, se me antoja algo aventurado, pero imaginar a seres verdes diminutos correteando impunemente en cueros por las cunetas de nuestra piel de toro, me parece cuanto menos disparatado.

Es posible, que haya otros planetas en los que existan otras formas de vida que no tienen necesariamente que parecerse a nosotros. Quizás pequeñas amebas, paramecios u otros anélidos, fluctuando en un sabroso caldo, buceando despreocupados sin saber quién es Karmele Marchante o el nuevo efebo testosterónico que apaga el furor uterino de la Obregón. Preparándose para que una conjunción de factores, más o menos fortuitos, les sean propicios para evolucionar hacia organismos más complejos.

Pero de ahí a que haya ejemplares fisiológicamente parecidos a los humanos, que lleven piercings en el ombligo u osculten su cavidad nasal, mientras esperan pacientemente que se ponga en verde un semáforo en plena Vía Láctea, hay un trecho.

Sin embargo, no voy a hablar de alienígenas sino más bien de alienados. De una rara especie en vías de extinción: "El investigador Paranormal".

El investigador paranormal:

Para un observador poco avezado, el investigador paranormal puede parecerse sospechosamente a un ornitólogo. Suelen ir ataviados con chalecos de múltiples bolsillos donde ubicar su instrumental de trabajo, (igual que el gremio anteriormente referido). Pantalón desmontable igualmente provisto de una cantidad de bolsillos, cremalleras, aberturas, imposibles de inventariar. De hecho la única diferencia que generalmente existe entre un ornitólogo y un investigador reside en una prenda tan proletaria y vulgar como la camiseta.

Mientras los primeros llevan dibujos de, por ejemplo, cogutas albinas en actitud concupiscente y el nombre de alguna asociación ecologista, por ejemplo: “Asociación de amigos del gran simio de escroto plateado”, el investigador paranormal lleva serigrafiada la silueta de un alienígena o de un platillo volante acompañado de alguna leyenda del tipo “Asociación ufológica de Minglanilla de la Calzada; 24/11/05 alerta ovni; como siempre, no vimos ná, sigue buscando”.


Otra coincidencia entre estos gremios es su natural querencia hacia los “cuadernos de campo”, los unos para dejar constancia de, por ejemplo, el número de garcillas bueyeras que nidifican sobre la copa de un sauce llorón. Los otros para dar fe de sus encuentros con diminutos alienígenas domingueros que, por ejemplo, pudieran estar haciendo una paella o bebiendo sangría, como templarios, a la sombra de una frondosa encina mientras escuchan “Carrusel deportivo” y juegan una partidita a las siete y media apostándose sus pistolas desintegradoras.

Para un ser humano convencional, el cuento de caperucita puede resultar de una idiotez infantiloide. Por el contrario, para un investigador paranormal puede ser la plasmación palmaria de que la transmutación de los cuerpos es un hecho impepinable, creyendo a pies juntillas que el lobo del cuento era una “entidad” capaz de adoptar la fisonomía de otra especie engañando así a la inocente zagala encarnada.

También para un ser humano equipado con un cerebro de serie meridianamente lubricado, un “fantasma” no es más que la descripción literal del vecino que estrena coche esperando dejar atrás al cobrador del frac o del presuntuoso y efervescente mancebo que presume entre sus amistades de tener un currículo copulatorio comparable al de un chimpancé de zoológico.


Sin embargo, para un investigador paranormal, un fantasma es un ente que no tenía calderilla con que pagar a Caronte y, por ende, ha quedado atrapado en nuestro mundo y pena eternamente en busca de algún alma cándida que le ayude a expiar sus pecados.

Para el común de los mortales una psicofonía es el ruido que produce la escucha de, por ejemplo, el “Powerslave” de los Iron Maiden grabado en un casete de ferro II marca Sanyo sonando en un radiocasete comprado en el bazar Marrakech.

Para un investigador paranormal, una psicofonía es el compendio de improperios, amenazas portuarias y quejidos quejumbrosos que exhalan los muertos para acongojar (suavizando el término) a los que estamos vivos y recordarnos lo malo que es haberse muerto sabiendo que ha entrado en la partición de tu herencia, ese hijo tuyo que te dejó abandonado en una gasolinera durante unas vacaciones de verano.

Dejando el tema de estos investigadores y volviendo al hilo conductor con el que empezaba esta diatriba, no niego que alguna vez me interesaron estos temas, pero que uno, cuando se hace mayor, se da cuenta que siempre hablan de los mismos asuntos, sobados hasta límites insospechados y que la credibilidad de todos estos personajes, es equiparable a la declaración de inocencia que tan fervientemente defienden los imputados del caso “Malaya”.

Por último, todos estos temas transitan por la delgada línea que separa la pseudociencia del burdo y manido sensacionalismo, haciéndose, a veces, tan angosta la senda que, a menudo, una y otra cosa caminan de la mano fundiéndose un fraternal abrazo.

Sin embargo, yo sigo creyendo que hay fenómenos que la ciencia aún no ha logrado explicar, espacios in albis a los que no se les ha podido encontrar explicación.

Hay uno de ellos que me atormenta estos días, al que doy vueltas y vueltas y aún no he logrado dar respuesta que sacie mi curiosidad insana, mis ansias de conocer. No me importa saber si existe vida en otros planetas, si hay vida más allá de la vida, si existe vida inteligente en La Tierra, o son reales el Yeti o el monstruo del Lago Ness, pero por Dios!!, que alguien me explique COMO DIABLOS PUEDE IKER JIMÉNEZ MANTENER EN PIE ESE FLEQUILLO ALOPÉCICO. ¡¡ Mi reino, mi puñetero reino entrego a quien sepa la respuesta!!.

 
UN PAISAJE
Las lluvias de estos días pasados han propiciado el milagro. Los esqueletos de las jaras retorcidos y secos, como brazos de un anciano enjuto, lucen ahora pequeños ramilletes de hojas tiernas.

Hay, colgado del horizonte un cielo azul limpio surcado de nubes de formas alargadas. El campo luce un verdor exultante, salpicado de encinas frondosas, acebuches de troncos en eterna pirueta.

Un mar verde de juncos se extiende más allá del lindero que marca nuestra vista, acariciándose a la mínima ráfaga de viento.

Hay un tractor que estampa su alargada rúbrica, extendiendo surcos que acaban en un punto y aparte.

En el cielo vuelan alcotanes y milanos, garcillas, cigüeñas, buitres leonados al husmo del cadáver de alguna oveja.

La gente del campo se arremolina a hora temprana en la tasca, con las manos del color de la tierra, con las uñas mal recortadas, y negras como una antigua pena, apurando el carajillo para amedrentar el frío que quedó preso en los surcos durante la noche.

Se les ve felices adentrarse por los caminos que circundan las huertas. Parecen hormigas recorriendo satisfechas los ramales de un angosto hormiguero, aunque con un ojo clavado en las nubes, por si la lluvia decide abandonar el armisticio y salir en desbandada de la trinchera.


 
BYE BYE ALELUYAH!!!
Soy, lo reconozco, uno de esos buitres execrables que trazan círculos concéntricos en las alturas, atraídos por el olor a cadaverina que exhala el televisor al emitirse "Ellas y el sexo débil".

Una de esas alimañas que ríen, con aullidos de hiena taimada, enseñando el colmillo, ávido de carroña catódica, y que contemplan, henchidas de gozo, como ese gran depredador llamado "share" destroza a dentelladas la nueva inmundicia hecha serie de la polipatética bióloga.

No voy a pronunciarme sobre el personaje, más conocido por episodios de "empañing" con nocturnidad y alevosía en urbanizaciones de lujo y por sus archiconocidos posados veraniegos (sin los cuales resulta imposible imaginarse la época estival), que por su bagaje como actriz en producciones patrias perfectamente olvidables.

Sin embargo, una actuación de la Obregón no se borrará jamás de mis purulentas pupilas, aconteció en el Equipo A, aquella serie de culto precursora del fenómeno "tunning". Ana hacía de "hispana" (cómo no!) y compartía escena con Anibal, ese prócer con albinismo escrotal y sempiterno puro ensalivado entre los labios. Impagable la escena; los disparos de Anita cerrando los ojos.



Creo que mi animadversión hacia esta fémina está intrínsecamente relacionada con su aparición en esta serie bonancible donde las haya. Bueno eso y las retransmisiones a dúo con Ramontxu, capa toledana incluida, en algún final de año. Imposible no atragantarse con las uvas ante el esperpento de tanto chillido y aspaviento.

No veo prácticamente la televisión, algo me llevo a mis cansados ojos buceando en la fosa séptica de la parrilla. Poco o nada puede salvarse. Reconozco que hay series foráneas que alguna vez me engancharon, pero que me han dejado de interesar por lo reiterado del argumento y por tanta sucesión de hemoglobina y vísceras expuestas en impolutas mesas de autopsia. No es muy aconsejable ver estos sórdidos y reiterativos espectáculos cuando uno se lleva a la boca, por ejemplo, un filete de hígado poco hecho.

Decíamos en los ochenta que la tele era un "pozo ciego", una ciénaga con fuegos fatuos a modo de concursos que buscaban la coletilla fácil y el humor blanco como la caspa. Pero ahora, echando la vista atrás, aún a riesgo de convertirnos en estatua de sal, solemos mirar con cierto deje de nostalgia aquellos años.

Y si algún crédulo creyó intuir el advenimiento de una televisión mejor con la llegada de las cadenas digitales, habrá dejado el suelo sembrado con sus dientes, pues el invento, anunciado a bombo y platillo, no deja de ser un reducto de series que no triunfaron, una balsa de aceite herrumbroso donde nadan los refritos que nadie se atreve a reponer.

Me alegra que “Ellas y el Sexo débil” tenga los días contados y que pronto no sea más que la mancha de una deyección columbina en la solapa de un par de miles ingenuos espectadores. Le auguro a la serie de la Obregón un funeral del calibre de los que se celebran en Nueva Orleans con fanfarria de trombones y trompetas y orondas plañideras de pega lanzando gritos "anaobregonianos" lamentando la corta existencia que tuvo la criatura. Tras el cortejo, muy al fondo, algunos bailaremos abrazados, entrechocando nuestros vasos de bourbon y repitiendo como una eterna letanía “Bye bye Aleluyah”.