¡¡ATENCIÓN: POST ALTAMENTE INFUMABLE!!.
PARENTAL ADVISORY: La lectura de este artículo puede provocar trastornos en personas sensibles e influenciables debido a su alto voltaje sexual y bizarro. Asimismo, se desaconseja su lectura en personas con algún problema cardiaco, en las aquejadas de leves episodios hemorroidales, en personas que padezcan de aerofagia matutina acompañada de intenso aparato eléctrico. A los alérgicos al ácido acetilsalicílico y al sulfúrico. En última instancia, se desaconseja la lectura de esta vírica ponzoña a todas las lectoras habituales de esta bitácora-libelo, que son almas límpidas y no merecen mancharse en la fosa séptica de este escrito. Avisados quedan, sigan leyendo, si es que es ese su propósito, bajo su EXCLUSIVA RESPONSABILIDAD.EL SUPLEMENTO HISTÓRICO “LA OTRA HISTORIA” DEL CIBER LIBELO “LA COTUBÍA”, empeñado en ofrecer una versión alternativa de los hechos históricos más relevantes acontecidos, y que ya publicara el exitoso artículo “Toda la Verdad Sobre Juana De Arco; Se Quemó a lo Bonzo”, hoy nos vuelve a traer una perla biográfica y biodegradable sin parangón, la titulada:
“RASPUTÍN EL TAUMATURGO; LA VERDADERA HISTORIA”
Rasputín, Grígori Yefimovich, conocido como “El Monje Loco” (POKRÓVSKOIE, Rusia 1872, SAN PETERSBURGO 1916). Fue un monje aventurero y cortesano ruso de origen campesino y sin ninguna formación (vamos que en vez de Graduado Escolar tenía una etiqueta de Yurinka colgada en el cuarto). Durante su adolescencia Rasputín tuvo un gran éxito entre las mujeres que adoraban su gran carisma y facilidad verbal, aunque el secreto de su éxito residía en su pene, (¿Quién ha diseñado el corrector ortográfico de Word algún discípulo de Torquemada??,señalándome en rojo PENE. ¡Sí pene!: bálano, ciruelo o pasa, depende de la circunstancia, ¡¡manda huevos, nunca mejor traídos!!), pues el miembro en cuestión medía 35 centímetros de longitud.Sus fans más acérrimas fundaron el colectivo “35 Cms Horizontal Shadow ” y escribieron a los magnates de Hollywood ofreciendo a su héroe para protagonizar películas de planos cortos y guiones escuetos, género: “Ciencia Fricción”. Como la respuesta de la “cópula” hollywoodiense tardaba en llegar, el joven Rasputín tuvo que ganarse la vida desempeñando los más variados y peregrinos oficios, sirva de muestra su trabajo como toallero (con las manos atadas a la espalda) en un afamado hotel de San Petersburgo.
El pueblo donde nació Rasputín alcanzó gran fama, pues las calles estaban sembradas de monedas que nadie se atrevía a recoger cuando Rasputín se encontraba presente. En cierta ocasión, un indigente de origen rumano llamado Vladimiro, desconociendo el peligro que corría, se agachó a recoger un par de rublos ante la mirada lasciva de Rasputín. Después de la dolorosa experiencia, Vladimiro el rumano fue “rebautizado” con el nombre de un antiguo paisano suyo “Vlad Tepes” que no quiere decir, como erróneamente se ha creído hasta ahora “Vlad el Empalador” sino “Vlad el Empalado”.
A la edad de 19 años, Rasputín se casó con Proskovia Fiodórovna, a la que se conoció a partir de entonces con el sobrenombre de “Rasputilla”. Con ella sólo tuvo cuatro hijos, gracias a que el padre de su esposa acudió al lecho conyugal con una lanza de percebeiro y logró “in extremis” separar al efusivo mancebo tras algo menos de media hora de vida marital.
El caso es que tras éste episodio traumático, Rasputín decide viajar por Grecia y Jerusalén, donde vive de las donaciones de los campesinos que encontraba a su paso y trabajando como repartidor de butano ocasional, actividad que tuvo que abandonar ante el acoso de sus clientas, quienes además de bombonas demandaban un bombo, al sentirse ignoradas por sus maridos.
En 1903, Rasputín llega a San Petersburgo, fue recibido como un hombre santo y en 1908 fue presentado a la esposa del Zar, Alejandra Fiódorovna, quien ya había oído hablar de sus supuestos poderes curativos, sobre todo alentada por una buena amiga suya a la que el monje había sanado de un doloroso trastorno de amígdalas.
La confianza de la Zarina y también de Nicolás II fuertemente influenciado por ella, invistió de un inmenso poder a Rasputín, quien designó a muchos altos funcionarios del Gobierno, todos ellos incompetentes redomados. Durante años, su conducta licenciosa escandalizó a la opinión púbica (que no pública) por sus innumerables orgías con multitud de mujeres, en las que hizo célebre el número de “El Pinchito” que consistía en... (CENSURADO!!!)Ejem, sigamos: Algunos miembros de la corte, entre ellos el terceto formado por el príncipe Yussupov ( de quien se decía que tenía más vena que una caja de huevas y que suspiraba por el ariete cárnico de Rasputín), el gran duque Dimitri (apodado “El Caviar” por la tonalidad y diminuto tamaño de su bolsa escrotal) y el Diputado de derechas Purishkiévich, consumaron el torpe asesinato de Rasputín.
¡Ojito porque esto es verídico!!. Primero le dieron dulces con vino con cianuro, pero como no se murió le dispararon en el pecho, le golpearon en la cabeza y le mutilaron para después arrojarlo al río Neva. Cuando su autopsia reveló la causa definitiva de su muerte no había sido otra que la asfixia. ¡¡ Después de todo murió ahogado!!. Con lo fácil que hubiera sido colocarle a primera hora de la mañana un anillo en el miembro viril, durante el preceptivo izado de bandera en mástil mañanero, sin duda hubiese muerto entre estertores por falta de riego cerebral.
CAMBIO DE PLANES ( En homenaje a Enrique Urquijo)
Amanece un lunes con un cielo del color del fondo de un cenicero. Hace horas que rumio ese hueso sin tuétano que es la tristeza. Abro la ventana y una aire frío me hace buscar algo de abrigo. He dormido intermitentemente, asaltado por golpes de calor y de frío.
Me lavo la cara ante el espejo y saludo al tipo que me devuelve la mirada. El ruido de las obras cercanas me sobresalta, martillos neumáticos, poleas de grúas izando material.
Me sirvo un café cargado y enciendo la radio. El boletín informativo se tiñe de necrológicas. - Demasiadas muertes para un lunes de resurrección. – Me digo. Lo cierto es que de camino al centro, tras llevarme tres míseras galletas a las tripas, mientras espero en un semáforo, la radio del coche me sorprende con “Cambio de Planes” de Los Secretos.
- ¡Esto es una conjura!!- pienso en voz alta, pero no puedo quitar la canción, me trae muchos recuerdos y ¡qué coño!, es una de las mejores letras de Enrique Urquijo.
Creo que el lunes sigue su guión, haciéndose eterno con horas que pasan lentas como las letras de crédito de una gran superproducción. Llenándonos de metralla las piernas que se vuelven pesadas como el plomo.
Mal día eligió Jesús para resucitar, cuando el resto de los mortales llevamos prendido en el careto el gesto grave del sepulturero.
Lunes Kamikaze circulando en dirección contraria al fin de semana. Lunes suicida con la “L” del ahorcado por Letra (con pena) Capital. Lunes de taxis libres de la carrera en rojo de los domingos.
Lunes tachados de almanaques seminales. Lunes en coma que son punto y seguido. Lunes esquinados con olor a orines. ¿Lunes de resurrección?, a lo mejor resulta que finalmente hubo “Cambio de Planes”.
UN MARINO EN LA NIEBLA
En la fonda donde vivo hay un viejo marino que tiene por ojos dos charcos de lluvia. Se abraza, con la desesperación del náufrago al madero, a un vaso de vino en cuyo fondo flotan continentes en forma de posos. Toma breves sorbos, mientras se sienta de espaldas a la mesa del resto de comensales.
Cuando la dueña de la fonda asoma con las gábatas(1) que portan esa olorosa agua sucia que ella llama sopa, todos maldecimos nuestra perra suerte. Pero él nunca dice nada, come sin rechistar, llevándose lentamente la cuchara a la boca. Pide más vino, supongo que para enjugar las penas al ver los muchos nervios del filete que hace las veces de segundo plato.
Aquí todos tenemos una historia en el zurrón. Quien más quien menos se ha mojado el culo, persiguiendo bancos de bacalao, en una de esas tormentas del mar del Norte, donde la muerte levanta muros de agua que llevan escritos, como epitafios, el nombre de muchos barcos.
Cuando nos sirven el café, acudimos al bálsamo del calor de una pipa y las fumarolas se levantan en volutas flotando sobre nuestras cabezas. La tertulia se llena de mentiras marineras de peces imposibles, de barcos que nadan en la bruma de un engaño robado al sopor del vino. – De lo que oigas la mitad- me aconsejaron cuando entré en el oficio, cuando aún se me atenazaban los músculos al ver la cubierta llena de la sangre de los atunes, que me miraban entre convulsiones con ojos glaucos.
- Más vale que te arrimes a marrajo viejo.- también me advirtieron. A esos que llevan prendidas escamas en brazos y piernas, esos que nadan en círculo en la isla de su silencio antiguo. Esos que se tragaron tantas lágrimas que sus corazones quedaron varados entre salinas.
Brulote (2), que así llamábamos al tipo del que antes hablaba, se sienta en una silla de bálago junto al fuego. Enciende su pipa y sonríe a los boquirrubios que manotean el aire exageradamente para hacerse oír. Tiene la nariz atravesada por un costurón feo que al menos le tapa las muchas vénulas que le levantó el vino.
Dicen que su hermano, que viajaba con él en el mismo barco, perdió la vida al engancharse en una red de arrastre. Un golpe de mar le convirtió en pez y lo arrastró hacia la maraña de cuerda donde murió ahogado.
No sé si será verdad, ya he dicho que aquí cada cual hace de un chisme leyenda, se llena los hombros de galones y refiere las deudas contraídas por otros que le deben la vida. En cualquier caso, Brulote sigue siendo boya marinera, aunque sólo flote en el mar azul en calma de sus ojos, a pesar de que se quede en tierra para poner sus penas a secar y las que se mojen sean sus alegrías.
- (1) Gábata: Escudilla en la que se echaba la comida que se repartía a cada soldado o galeote.
- (2) Brulote: Barco cargado de materias combustibles e inflamables que se dirigía sobre los buques enemigos para incendiarlos.
YO ME BENDIGO, YO ME MALDIGO ( O LA ANTÍTESIS DEL NARCISISMO)
Yo me bendigo por abrir tanto los ojos para ver siempre lo mismo.
Yo me bendigo por haber muerto tantas veces para estar ahora vivo.
Yo me bendigo porque empecé a leer al olvidarme de escribir.
Yo me bendigo por desbrozar la senda de mis pasos perdidos.
Yo me bendigo por pasear por la sala de los espejos de un sin sentido.
Yo me maldigo porque aprendí que una pesadilla es un sueño que se muerde la cola.
Yo me maldigo por querer ser plañidera en mi propio entierro.
Yo me maldigo por perder las llaves de mi oficina de objetos perdidos.
Yo me maldigo porque los ríos de mis venas buscan el delta de un corazón marino.
Yo me maldigo por querer ser la pelusa del centro de mi ombligo.
Yo me bendigo, yo me maldigo, depende de los días que me queden conmigo.
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Me marcho a tomar unas vacaciones de mi mismo. Huyo a una casa de campo con grata compaña, espero que seáis felices en estos días de asueto, que encontréis el sitio de vuestro recreo. Que la felicidad irrumpa en vuestras vidas abriendo ventanas y no cerrando puertas. Parto con la sonrisa del que va a la guerra con una lira a la espalda, queriendo oír la música entre el fragor de la batalla. Enarbolando el pendón de los clanes amigos, los que siempre me acompañan, los que están ahí y aquí, que es lo mismo. Lo dicho nos vemos pronto, cuando el lunes nos calze pies de barro y no haya alfarero que modelarnos pueda, pero eso al menos será el lunes.
UN TIPO SOEZ.
Lunes por la mañana, reunión de profesores en la sala de profesores (valga la repugnancia). Caretos con ángulos obtusos, ojeras trazando semicircunferencias bajo los párpados de besugo desprendiendo el tufo del fin de semana que ha muerto. En un rincón, el director, un tipo calvo cuya barriga amenaza con machacarle los pies, empeñándose en desafiar la ley de la gravedad de su semblante. Es más feo que pegarle a un padre con un calcetín sucio en el hocico, pero como es el puto amo, todos le respetan. Todos menos Juantxo que como siempre ha llegado tarde. Todavía no había cruzado la puerta de la sala y ya sabían que estaba de camino por el rebufo que van dejando sus alerones. Eso cuando no abre la boca, porque cuando te echa el aliento mañanero es capaz de plantar un pino en el mismo desierto del Sahara.
Cuando Juantxo llega a estas reuniones siempre se pone al lado de su palmero Luisito. Así le llaman, es más inocente que el guionista de los Lunnis. Tiene gafas y creo que tras ellas hay unos ojos. Fuma compulsivamente porque es muy nervioso, no tiembla, se expande, cada vez que se le da una voz más alta de lo normal. Como digo, los dos se sientan juntos y se escarban sus respectivos bajos mientras el director se entrega a una oratoria infumable. Sestean, se meten los dedos en los ollares con el tesón del gemólogo que espera hallar una piedra preciosa, en vez de lo de siempre.
- Míralo – dijo Juantxo a Luisito señalando con un movimiento de cabeza al director- Este tío te digo yo que llora de emoción viendo el anuncio de espárragos carretilla, sólo que a él le gustaría que el espárrago tuviera venas.
Una risa de hiena taimada afloró de la tráquea de Luisito, que casi se ahoga con el humo. ¡jo tío, eres la leche!.
- Mira como lo mira la pava de la sita de lengua – hay que quitarle las babas con un punzón, mira que es fea la pobre, su marido está abonado a las pesadillas, sólo tiene que volverse en la cama y verle el careto, ¡imposible conciliar el sueño!, ja, ja, ja.
Luisito volvió a reírse de las gracietas de su compañero, como buen palmero, tras un comentario del maestro, tenía que quitarle el polvo de los hombros.
El director miró en la dirección donde estaban los dos y dijo: - Martínez ( por Luisito), ¿le hace gracia lo que digo?, quizás luego le pase lo de siempre y venga con las orejas gachas a preguntarme sobre lo que acabo de contar. – La vergüenza le enfundó a Luisito un fular rojo bermellón en el rostro.
Luego el director siguió con la charla y mientras Luisito se recuperaba de la certera mojada, el que reía ahora por lo bajini era el cabronazo de Juantxo. Luisito le dirigió una mirada torva con olor a pólvora, aunque mojada.
¿No te conté lo que me pasó el viernes en clase, no? – dijo Juantxo a su amigo aún llevándose la mano a la boca para tapar la sonrisa – estábamos en clase de ciencias naturales, tocaba el tema de la reproducción humana y cuando iba a empezar a exponerlo, va y me dice el “tontoelculo” del Valentín – profe, mi padre me ha contado que se necesita una semilla... – le corté en redondo y le digo: ¡mira niño, para semillas las que se fuma tu padre, dile que pase al empirismo y te enseñe las revistas que tiene guardadas tras la cisterna del retrete!.
- ¡joer que bestia eres!,- lo miró sorprendido Luisito, y paró en seco un esbozo de sonrisa, cuando vio que el director de nuevo miraba en su dirección.
- Bueno señores, termina la reunión.- Dijo el director mientras sonaba de fondo el timbre que señalaba el comienzo de las clases. Juantxo fue el primero en levantarse de golpe, se ajustó al cuello una horrible pajarita roja de lazos barrocos y se dispuso a cruzar el primero la puerta. Creía que detrás suya iba el palmero, por eso se echó el calzón a un lado con un dedo y se peyó largamente.
- ¡Te lo has comío entero compadre!, dijo mofándose, pero cuando se dio la vuelta encontró el rostro de la profesora de lengua en vez del de su compañero.
- ¡Nunca he visto una mierda tan grande envuelta en papel de regalo! – le espetó la sita mirando el adefesio de pajarita que Juantxo llevaba colgado. Esta vez fue él, el que se enfundó el fular bermellón en el careto, y la risa hiriente de Luisito le acompañó por las escaleras, mientras rumiaba una maldición gitana para la sita de lengua.
Cuando Juantxo llega a estas reuniones siempre se pone al lado de su palmero Luisito. Así le llaman, es más inocente que el guionista de los Lunnis. Tiene gafas y creo que tras ellas hay unos ojos. Fuma compulsivamente porque es muy nervioso, no tiembla, se expande, cada vez que se le da una voz más alta de lo normal. Como digo, los dos se sientan juntos y se escarban sus respectivos bajos mientras el director se entrega a una oratoria infumable. Sestean, se meten los dedos en los ollares con el tesón del gemólogo que espera hallar una piedra preciosa, en vez de lo de siempre.
- Míralo – dijo Juantxo a Luisito señalando con un movimiento de cabeza al director- Este tío te digo yo que llora de emoción viendo el anuncio de espárragos carretilla, sólo que a él le gustaría que el espárrago tuviera venas.
Una risa de hiena taimada afloró de la tráquea de Luisito, que casi se ahoga con el humo. ¡jo tío, eres la leche!.
- Mira como lo mira la pava de la sita de lengua – hay que quitarle las babas con un punzón, mira que es fea la pobre, su marido está abonado a las pesadillas, sólo tiene que volverse en la cama y verle el careto, ¡imposible conciliar el sueño!, ja, ja, ja.
Luisito volvió a reírse de las gracietas de su compañero, como buen palmero, tras un comentario del maestro, tenía que quitarle el polvo de los hombros.
El director miró en la dirección donde estaban los dos y dijo: - Martínez ( por Luisito), ¿le hace gracia lo que digo?, quizás luego le pase lo de siempre y venga con las orejas gachas a preguntarme sobre lo que acabo de contar. – La vergüenza le enfundó a Luisito un fular rojo bermellón en el rostro.
Luego el director siguió con la charla y mientras Luisito se recuperaba de la certera mojada, el que reía ahora por lo bajini era el cabronazo de Juantxo. Luisito le dirigió una mirada torva con olor a pólvora, aunque mojada.
¿No te conté lo que me pasó el viernes en clase, no? – dijo Juantxo a su amigo aún llevándose la mano a la boca para tapar la sonrisa – estábamos en clase de ciencias naturales, tocaba el tema de la reproducción humana y cuando iba a empezar a exponerlo, va y me dice el “tontoelculo” del Valentín – profe, mi padre me ha contado que se necesita una semilla... – le corté en redondo y le digo: ¡mira niño, para semillas las que se fuma tu padre, dile que pase al empirismo y te enseñe las revistas que tiene guardadas tras la cisterna del retrete!.
- ¡joer que bestia eres!,- lo miró sorprendido Luisito, y paró en seco un esbozo de sonrisa, cuando vio que el director de nuevo miraba en su dirección.
- Bueno señores, termina la reunión.- Dijo el director mientras sonaba de fondo el timbre que señalaba el comienzo de las clases. Juantxo fue el primero en levantarse de golpe, se ajustó al cuello una horrible pajarita roja de lazos barrocos y se dispuso a cruzar el primero la puerta. Creía que detrás suya iba el palmero, por eso se echó el calzón a un lado con un dedo y se peyó largamente.
- ¡Te lo has comío entero compadre!, dijo mofándose, pero cuando se dio la vuelta encontró el rostro de la profesora de lengua en vez del de su compañero.
- ¡Nunca he visto una mierda tan grande envuelta en papel de regalo! – le espetó la sita mirando el adefesio de pajarita que Juantxo llevaba colgado. Esta vez fue él, el que se enfundó el fular bermellón en el careto, y la risa hiriente de Luisito le acompañó por las escaleras, mientras rumiaba una maldición gitana para la sita de lengua.
ARDE LA NOCHE
El jueves se arrojó a los brazos de una noche de rock ´n´ roll. Conducía hacia el centro de la urbe, sorteando mariposas con bolsos de charol por la carretera de circunvalación. Poco tráfico, sólo unos cuantos vehículos dejando estelas amarillas a su paso. En la radio del coche suena el “Last Goodbye” del disco “Grace” de Jeff Buckley, un tipo que cantaba desgarrando el corazón. Lástima que su estrella decidiera apagarse antes de tiempo, una tarde mientras nadaba con un amigo en el río Mississippi , moría ahogado a la edad de 30 años, uno de los talentos más prometedores de la música de los noventa. Hubo un tiempo oscuro en que esa canción (Last Goodbye), ese disco (Grace –1994) no paró de sonar en mi equipo de música, necesitaba escuchar aquella voz a ratos hipnótica, a ratos desgarrada desgranando aquel puñado de canciones que no te dejaban indiferente.
Pero esa noche eran otras leyendas las que guiaban mis pasos hacia ese lugar que frecuento y del que ya os hablé. Fue ese ángel amigo, ese que siempre sabe aconsejarme y del que me dejo llevar, quien me invitó a acompañarle en aquel viaje a las entrañas del viejo rock ´n´roll. No supe decir no; es más, no sé decirle no. Además esa noche iba escoltado por un ramillete de hermosas flores y no estaban dispuestas a que faltara el capullo.
Son las once en punto cuando cruzamos la puerta y nos recibe un humo denso, un escenario escueto al que no se le había escatimado ni un solo centímetro.
Sobre el teclado Yamaha, que bien podría haber sido un Hammond, una botella de Jack Daniel´s se recorta a la luz de los focos. Un breve introito, una salutación con la boca escorada lanzando el humo de un cigarrillo al micrófono – ¡¡Esta noche vamos a arder como el puto edificio Windsor de Madrid!! y no es una pose, suena tan real que nos quedamos con ganas de oler el humo del incendio. Johnny Cifuentes acomete el teclado arrancándole unas notas de puro blues y en el aire se percibe el humo al baño maría de un par de petas. Ronda de cervezas, Paulaner bien frías sobre la parca mesa justo enfrente del escenario.
Señores, señoras Burning desgrana su nuevo repertorio a un público entregado. Surgieron de Elipa (barrio madrileño) un lejano 1974, se llamaron Burning porque el día que se pusieron el nombre, mientras daban una vuelta por Madrid en un seiscientos, casi se quedan pajaritos por el calor que pasaron. Estos tipos celebran 30 años dándole al rock.Son momias desenterradas de montañas de humo y alcohol, cicatrices indelebles de aquella herida luminosa que fue “la movida”. Muchos de aquellos abanderados del rock pagaron el peaje de su sumisión a las drogas. La noche cayó por las venas de tantos antihéroes enganchados a su heroína, insectos que quedaron atrapados en el ámbar de unos ojos que se alejaban a caballo.
Ellos también pagaron ese carísimo peaje (Toño –1987, Pepe Risi –1997, ¡el mismo día y mes ambos!!) por viajar por autopistas azules, pero supieron sobreponerse. Ese jueves noche, aunque la formación se ha renovado, se llenó de espectros arrancando acordes a una Fender Stratocaster, cabalgando en la escala de un bajo omnipresente. Vimos a Kacho Casal arrancarle astillas a sus baquetas al ritmo de alguno de los himnos de la banda. Sonaron, para catarsis de los acérrimos ¿Qué hace una chica como tú en un lugar como este?, “Mueve tus caderas”, “Una noche sin ti”.
Cuando nos dirigíamos a la calle, atravesamos el estrecho pasillo de la puerta, entre el olor del cuero de las zamarras, del humo de los cigarrillos, del sudor y los petas, de las pavesas de habernos quemado al fuego lento de una noche de rock ‘n’ roll.
Mientras bajábamos la calle silenciosa, nos mirábamos sonrientes, habíamos borrado otra muesca de la culata del herrumbroso revólver de las noches en blanco.
De camino a casa Alphaville acometían el estribillo de “Forever Young”, ¡cómo pasa el tiempo!, pero los años no se pesan en la báscula del espíritu, al menos este jueves noche.
LA PRIMAVERA DEL AFILADOR
La primavera ha dejado su tarjeta de visita sobre la mesilla de noche. El invierno abandona sus lóbregos cuarteles y la ciudad lo despide arrojándole claveles.Una suave brisa se cuela por una rendija de mi ventana, como la polilla que busca entrar a la luz del hogar. Ayer el sol al fin hizo horas extras, después de un invierno viviendo de los réditos del subsidio de desempleo.
Vuelven, querida Des, a asomar brillos recónditos, a escucharse la alegre cancioncilla de las fuentes verdinosas. Vuelven las noches vírgenes de la carcoma del frío, en las que la luna anda descalza por los tejados, arrancando racimos de estrellas.
Hay gente que charla animadamente, sentadas en los cafés del parque, dándose baños de sol, secando las llagas aún frescas del invierno.
Afloran los primeros hombros desnudos para solaz de la parroquia masculina. Huele a geranios y a tierra mojada y en los jardines hay caracoles que huyen dejando estelas de espejo.
La primavera se escribe en libros de hojas verdes. Sestea sobre las azoteas en donde ondea la ropa blanca, como banderas de rendición, en la batalla de cada atardecer. Nos obliga a plegarnos a su ritmo, nos envuelve en su cadencia, nos hace creer que las sábanas son mortaja, que el sueño, lejos de ser revitalizador, es un ensayo de la muerte.
El invierno dejó cadáveres a los que sólo lloró el rocío.
Vuelven los recuerdos, con camiseta de tirantes, al asomarme a la ventana de la mañana, al abrir a cal y canto los postigos de madera. En la vieja calle el olor recio del vino antiguo durmiendo en las cubas de la cercana bodega. Los aleros del tejado del edificio de enfrente, por donde resbalaba la tarde que se encajaba entre las tejas como el balón de un niño y luego bajaba, dejándose caer por los canalones.
Los gorrioncillos que caían al suelo atontados por el calor asfixiante del barro de las tejas. Las mañanas de sábado en que me despertaba el chillido de los vencejos, que realizaban piruetas imposibles en el aire.
Mi abuela cantando por lo bajini, mientras zurcía unas medias. El unicornio que dormía en el fondo del estanque sobre un lecho de hojarasca podrida.
Pero si hay un recuerdo indeleble asociado a la primavera, era la melodía del afilador, a primera hora de la mañana. Música divina para sacarle punta a los cuchillos romos que dejó el invierno.
ANATOMÍA DE UNA OLA(*)
Ese dios que no existe, que revolotea en un hálito hediondo, tendría que plegarse ante tu sola presencia. Venerarte porque en ti, encontró el único ser que le superaba en belleza. Yo tuve la suerte de encontrarte en una ciudad que no era la mía, cuando estaba cansado de lanzar las redes y recoger solamente morralla, apareciste tú, mujer baliza en la cerrada noche oceánica.
Hay mujeres que se pusieron en este mundo para salvarnos de todas las tormentas. Encontrarlas es la mejor de las recompensas, porque no hay vil metal o piedra preciosa que comparárseles pueda.
Esa noche el reloj marcó mi hora, me llenó de minutos los bolsillos de la paciencia que suelen ser los que antes rebosan. Me diste un beso que ahogó un piropo en mi garganta y acariciaste mi rostro arrancado al bronce de una vieja estatua y me dejaste modelar el barro de tu cuerpo de ánfora, rescatado del pecio de mil noches de naufragio.
Y me mostraste tu lecho de río, y te abrazabas a mí como quien teme que venga a llevárselo la parca y susurrabas en un eco proferido mi nombre, que jamás sonó tan limpio. Cartografíe cada rincón de tu anatomía, apunté cabos, ensenadas, puse nombre a esas cumbres de nieve rosada donde mis manos hicieron cima. Recorrí cada nudo de tu espalda, cada peldaño de tu salomónica columna. Al fin bajé al valle poblado de un vello hirsuto, que más que bosque era bosquejo.
-No te pares,- me rogaste con un hilo de voz durmiendo en mis oídos y entregué mi corazón desbocado a la herrumbre del salitre de tus lágrimas. Tirabas de mis cabellos esperando soltar lastre y llevarme a tu dulce piélago de aguas límpidas. Quise abrir cada uno de tus poros, derramarme como vieja esencia sobre tu cuerpo de ínsula aislada. Y cuando jadeaba vi en tus ojos al niño que fui, despidiéndose alzando su mano, y una sonrisa vino a pintarle el gesto. Yo también me fui, sin salir de ti.
(*) Es el segundo título que tomo prestado del Maestro Antonio Vega, supongo que algo tendría que ver el que sonara de fondo esta canción mientras lo escribía y para que engañarnos, tampoco se me ocurría un título mejor.
A MI AMIGO, A MI HERMANO.
Tengo un amigo, ¡qué digo! un hermano, que por llamarse Jesús fue a caerle en desgracia un Barrabás que le hace las veces de sombra. Que lo lleva condenando a 31 años (los que tenemos sobre la espalda) de galeras y los que queden, si es que me dejas, y la santa paciencia que escancias en el grial de tu nobleza, no se vence ante mi torpe insistencia.
¡Qué gusto y qué bálsamo el haberte encontrado en este páramo!. Que sólo el haberte conocido justifica una existencia aún siendo errática como lo es la mía. Báculo, cayado, hombro dispuesto a llevar las parihuelas de mis horas bajas. Confesor de cuestiones inconfensables, brazo fuerte que sostiene decidido la balanza de una justicia verdadera. Caballero intachable que antes prefiere ofrecer a un necio un vendaje, que clavarle un dardo que termine de fulminarlo.
Durante algunos años la gente nos tuvo por hermanos. Al principio les referimos que no éramos tales, pero ante la insistencia, hasta a nuestros ojos aquella mentira se tornó verosímil.
Hermano del alma, hermosa camisa con chorreras que adorna mis chorradas. Actor con voz de trueno asolando la platea de los teatros que tuvieron la suerte de verlo. Escritor excelso aunque él se enroque en esa humildad antigua que atesora. MAESTRO con las mayúsculas mayores de la vocación verdadera. Habla de sus alumnos con el cariño de un padre y a veces les reprende llevándose al rostro una careta. Lector voraz de Tácito, Plutarco. Los clásicos hace años que duermen en la biblioteca rebosante de su cerebro. Aprendiz incansable de lenguas embozadas en la arena del desierto y de otras de viejos enemigos de esta nuestra patria.
Tertuliano de cafés al caer el telón de la tarde. El que se ríe con rima consonante de mi supuesto ingenio. Has visto mundo y el mundo ha tenido el infinito privilegio de verte.
Gigante plantado al pairo de molinos, sombra que lejos de dar umbría ilumina. Voluntad y tesón, ínsula virgen del hedor de la codicia. Calma que precede a mi tempestad. Blasón que campea en el escudo heráldico de la más alta nobleza.
Hermano pese a ser hijo de otra madre. Hermano porque hace años que quedó atrás la estela plateada de nuestra amistad. Todos estos años que hemos pasado juntos, los guardo ya como un tesoro. Que tengas larga vida y que yo al menos pueda verlo.
MI VERDAD, LA VERDAD.
¡Hola!, disculpen la intromisión, sé que esperaban al Capitán por aquí, pero... ¡no puedo aguantar más esta impostura!. Mi nombre es Feliciano Papioco, ( aunque el hijo de la liendre del Capitán me llama Papión como si fuera un simio) y soy el "negro" del Capitán. El negro literario, se entiende, el que le escribe los artículos que publica en esta bitácora.
Disculpen de nuevo, pero vengo a echar abajo la imagen de lobo de mar que forjaron ustedes, en sus cabezas, sobre ese engreído. Él sería incapaz de escribir algo meridianamente digno, aunque me consta que ha escrito algún guión para una película de Arnold Schwarzenegger, ¡como sólo son dos folios!. Este tipo, créanme tiene el intelecto de un mandril de barraca de feria.
Al mismo tiempo que les estoy contando la verdadera historia de quién es el autor de esta bitácora, lo estoy grabando todo en una cinta magnetofónica, sí, ¡es triste!, pero temo por mi vida. El Capitán me amenaza diciendo que últimamente sólo escribo sobre musas, amor, nostalgia, él dice que quiere humor, pero bueno al fin y al cabo soy yo el que escribe y tengo mis preferencias literarias.
Miren, éste tipo no ha visto el mar en su vida, es más, no ha visto el agua en su vida, huele, eso sí, a pescado, cada vez que pasa por el puesto de la ONCE que hay en su calle el ciego lo huele y dice: - ¡Tía buena!. Tengo que contener a ese energúmeno para que no lo mate allí mismo. Mire doña Lola, usted que me cae tan bien, lo de los tatuajes marineros es mentira, tiene tatuajes, sí, pero son carcelarios; uno de una señorita justo en la axila, haciendo coincidir el sexo de la misma con el pliegue del sobaco y el otro es el rostro de uno de los componentes de Los Amaya, en concreto el de gafas, para más inri!. A usted señora Desordenada a quien tanto estimo, decirle que este tío no ha leído poesía en su vida, que la única literatura que se ha llevado a los tres ojos, son las frases obscenas que ha leído en los retretes.
A ustedes señores Wolffo, Dockof y Joan, decirle que se me caen lágrimas como puños cuando leo las cosas que le escriben a este tarado, tienen que ver como se pavonea, mostrándome el pecho hirsuto como un gallo de corrala. A las señoras/itas Agua de brisa, que ¡vaya nombre bonito que tiene! , Susana y Amélie Poulain, decirles que me encanta que vengan a visitarme, aunque estén igualmente engañadas, espero que aún así, sigan viniendo ahora que saben la verdad.
En cuanto a los señores El Fei y El Oscar (Cuñaos) y Javierdebe, deben saber que el Capitán les guarda cierta simpatía, al menos, cuando está delante del ordenador magreándose el ciruelo viendo páginas asiáticas de chicas orientales, alterna la lectura de sus posts y se le oye reír con esa risa traqueotomizada.
Si han creído algo de la supuesta amistad que tiene con esos dos andobas a los que llama camaradas, ¡son ustedes más inocentes que un capítulo de Ana y los siete!, estos juegan a la cuatrola con navaja portuaria en mano, sólo se les ve calmados cuando se quedan hasta las tantas viendo las películas porno del plus con un peine en la mano ( dicen que si se mueve rápidamente el peine la imagen codificada se ve con más claridad porque se solapan las rayitas). Una vez incluso tuve que dormir en el sillón del salón porque metió en mi cuarto a esos dos gaznapiros.
Miren, tengo un cuadro de un Cristo de la santa espina, del que soy muy devoto, en mi cuarto, cuando se quitaron los zapatos los amigos del Capitán, al Cristo se le cayeron dos lágrimas como puños, ¡ se lo juro!. Desde entonces vienen excursiones del IMSERSO a ver la imagen y el Capitán los recibe en la puerta de casa con una escudilla en mano, fingiendo ser un tullido.
Quiero que sepan que vivo esclavizado en el tabuco del Capitán, que me obliga a escribir día y noche, que la única vez que he salido en meses fue para documentarme sobre el aspecto del Mercantil. Por cierto, es lo único que le envidio a este gañán, las mujeres que allí ha conocido. Hay que reconocerle cierta labia y hasta puede resultar simpático cuando quiere el muy cabrón, pero conoce a mujeres muy hermosas como las señoritas Thelma y Louis, que no sé cómo lo soportan, es más, ¡parece que hasta les interesa lo que les dice! y a las no menos hermosas Supernenas, ¡ qué pareja!. Una de ellas la señorita Alicia, que es un encanto, ¡hasta se ha ofrecido para hacerle la cabecera de la bitácora!
A mi me deja junto a la puerta del bar, con su apestoso abrigo en la mano mientras él habla con esas mujeres que a mi me gustaría tanto conocer.
Por eso quiero que sepan la verdad, pese a que pongo en grave peligro mi vida y...
Un momento... oigo ruidos, parece que ya está aquí, hoy ha llegado pronto, ¡son sólo las siete de la mañana!
- ¡Papión!, ¿cómo llevas el artículo de hoy? - el Capitán dixit.
- Bien, bien, mi Capitán, ya casi está.
- De qué mariconada hablas hoy, ¿del color de las nubes?.
- No, no, sigo con el rollo del mar, de sus viajes, de su lado dulce, de su infancia, en fin, la puritita verdad.
- A ver, déjame ver lo que llevas escrito - ( se asoma a la pantalla del ordenador)
- Pero, ¡qué coño es esto!, ¿mi verdad?, ¿qué..., que soy un gañán?, ¿qué mis tatuajes son de pega...?
- No, no hablo figuradamente.
- ¡Te vuelves con Ana Rosa Quintana!, me has oído, pedazo de lerdo!.
- No, no, por favor, con la Quintana no, que ahora tiene gemelos y si antes pagaba poco...!!
- Pero antes pruebas a la arponera*, ¡ por mis muertos más frescos!
- ¡ No, por su padre, no, Capitáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaggggh!!!!.
Ssssshhhhhhhhhhhh ( ruido de la cinta magnetofónica)
... pero este cabrón, lo estaba grabando todo!!.
Ssssshhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
Clic.
(silencio).
(*) Arponera es la navaja portuaria de 14 muelles que el Capitán compró a un viejo pirata turco ( eso dice él) aunque resulta sospechoso que ponga "made in Albacete" y en el filo de la hoja haya garabateado algo así como: " la que me devolverá la libertad ". En fin, piensen lo que quieran.
PD: Queridos todos me piro hasta el lunes, mañana no es día para escribir, La Cotubía quiere rendir homenaje con su silencio, en cualquier caso, nos vemos el lunes, si es que aún me aguantáis. ¡ Buen fin de semana a todos y que las musas y los hados os sean propicios!.
UN TANGO CON ESQUINA
Hay una esquina, cerca de donde trabajo, a la que nunca le han presentado al sol. Se asoma a la avenida con la cautela del que teme ser atropellado. Frente a ella hay un edificio que vomita gente, como un infierno pintado por el Bosco. Pero todos los viandantes, en su mayoría hombres, evitan pasar por esa esquina, buscan alternativas, circunnavegan para salvar el escollo, incluso vuelven sobre sus pasos.
Algunas veces cuando me asomo al ventanal que está junto al viejo archivador, miro en esa dirección pero no veo pasar gente, sólo una figura sentada en una diminuta silla de playa. Es un tipo grueso con una gorra algo gastada, toca un acordeón enorme, tiene un rostro noble, barba de tres días. Sonríe a pesar de que la gente rehuye la acera. Todo esto observo desde esa atalaya improvisada, mientras en la acera de enfrente el mercurio desciende por los rápidos de la larga avenida. Cuatro grados y bajando y un aire frío que te atraviesa y te prensa el corazón.
Cuando salgo, con las solapas del abrigo hasta las cejas, con los periódicos bajo el brazo y me despido en la calle de mi jefe, mis pies, indefectiblemente, me llevan hacia ese rincón . Cruzo el paso de peatones y me adentro en el paseo que discurre por el centro de la avenida, junto al puesto de castañas y las pérgolas de las que cuelgan los brazos helados de un árbol que reza porque llegue la primavera. Y oigo sobre mi cabeza el murmullo de los gorriones, discutiendo por llevarse el mejor trozo de rama donde pasar la noche.
Luego vuelvo a cruzar el siguiente paso de cebra y finalmente llego a la esquina, me sorprende su amplitud, sus soportales donde aún permanecen encendidas las luces de algunos comercios. Finalmente llego hasta el tipo. Mentiría si digo que siempre lo hago, que siempre paso por allí, pero esa noche había que echarle un pulso al General invierno y no se me ocurrió mejor manera que rascarme el bolsillo y ayudar a aquél hombre empeñado en desafiarlo. Deposité la moneda en la escudilla y él me respondió con una leve inclinación de cabeza, me dispuse a cruzar a la otra acera, pero a mi espalda, empezó a sonar un tango, bellísimo, por un momento creí estar en un arrabal bonaerense con una gachí colgada a mi cuello, mirándome a los ojos y buscándome el alma – viejo esta noche sos mío, ¿viste?- me habló al oído. Y vi en sus labios dibujarse una sonrisa de triunfo, de mujer fatal. Entonces me fijé que todos los hombres con los que me cruzaba me miraban compasivos y al ver al tipo del acordeón agachaban la cabeza y apretaban el paso esquivándolo. No sé por qué, pero creo que ellos también tuvieron su ración de tango.
Algunas veces cuando me asomo al ventanal que está junto al viejo archivador, miro en esa dirección pero no veo pasar gente, sólo una figura sentada en una diminuta silla de playa. Es un tipo grueso con una gorra algo gastada, toca un acordeón enorme, tiene un rostro noble, barba de tres días. Sonríe a pesar de que la gente rehuye la acera. Todo esto observo desde esa atalaya improvisada, mientras en la acera de enfrente el mercurio desciende por los rápidos de la larga avenida. Cuatro grados y bajando y un aire frío que te atraviesa y te prensa el corazón.
Cuando salgo, con las solapas del abrigo hasta las cejas, con los periódicos bajo el brazo y me despido en la calle de mi jefe, mis pies, indefectiblemente, me llevan hacia ese rincón . Cruzo el paso de peatones y me adentro en el paseo que discurre por el centro de la avenida, junto al puesto de castañas y las pérgolas de las que cuelgan los brazos helados de un árbol que reza porque llegue la primavera. Y oigo sobre mi cabeza el murmullo de los gorriones, discutiendo por llevarse el mejor trozo de rama donde pasar la noche.
Luego vuelvo a cruzar el siguiente paso de cebra y finalmente llego a la esquina, me sorprende su amplitud, sus soportales donde aún permanecen encendidas las luces de algunos comercios. Finalmente llego hasta el tipo. Mentiría si digo que siempre lo hago, que siempre paso por allí, pero esa noche había que echarle un pulso al General invierno y no se me ocurrió mejor manera que rascarme el bolsillo y ayudar a aquél hombre empeñado en desafiarlo. Deposité la moneda en la escudilla y él me respondió con una leve inclinación de cabeza, me dispuse a cruzar a la otra acera, pero a mi espalda, empezó a sonar un tango, bellísimo, por un momento creí estar en un arrabal bonaerense con una gachí colgada a mi cuello, mirándome a los ojos y buscándome el alma – viejo esta noche sos mío, ¿viste?- me habló al oído. Y vi en sus labios dibujarse una sonrisa de triunfo, de mujer fatal. Entonces me fijé que todos los hombres con los que me cruzaba me miraban compasivos y al ver al tipo del acordeón agachaban la cabeza y apretaban el paso esquivándolo. No sé por qué, pero creo que ellos también tuvieron su ración de tango.
2000 VISITAS A ESTA FONDA PORTUARIA.(*)
El día que abrí esta oficina de objetos perdidos. Esta colección de botellas que arrojé a la mar. Este anaquel donde procuro no duerma jamás el polvo del olvido, no pude imaginar, ni por asomo, que hubiese tanto náufrago amigo.
2000 razones para desprenderse del lastre, para surcar el mar de los Sargazos de vuestros abrazos. Para seguir escribiendo, olvidándome de leer.
Esta ventana abierta a la mar, al ábrego, que arrastra el aroma de la salmuera. Este sol que antes fue sombra, esta sombra sin silueta.
Esta cepa de uva ubérrima, del cáliz de un vino que descansará bajo la tierra. Este patio andaluz, este carmen abierto a las laderas de la Alhambra.
Este espigón reino de cangrejos, este anzuelo abierto al cielo. Esta eterna sed de los desiertos. Este abrazo, esta hiel.
Esta lágrima arrancada al rostro de una estatua, este esbozo de sonrisa, esta flor seca en mi repisa, nada vale sin vosotros.
Dos mil gracias por seguir la estela de este navío, que gravita en el vacío de las cosas que aún no he dicho. Lo dicho, ¡dos mil gracias!, ¡dos mil abrazos libertarios!.
(*) Había otra flor de un día preparada, pero prefiero que aguante al agua negra de un tintero, quizás mañana haya echado raíces y sea más fácil plantarla en este erial. En todo caso, de bien nacidos es ser agradecido y la cifra de visitantes alcanzada merecía una salva marinera.
UN VIERNES AL SOCAIRE DE MIS COMPADRES
Ya os dije una vez que soy capitán de agua dulce. Pese a ello, cuando está en puertas el fin de semana, me gusta rodearme de los antiguos camaradas que aún siguen en el oficio. Suelen ser dos, pero esta vez faltó uno, un capitán de corbeta, sabio por viejo, que hasta lo lleva en el apellido. Dijo que el viernes escollado le abrió una vía de agua y que aún andaba achicando, con el líquido elemento hasta las corvas.
El otro capitán, vino a fondear al puerto de esta ciudad sin mar, después de haber recorrido mundo. Conoció ciudades de las que habla con un nudo de bruma en los ojos y a veces se le quiebra la voz recordando a alguna hembra a la que robó un beso, a la que vio, pañuelo en mano, despidiéndolo en el espigón del puerto. Un día para su suerte o desdicha la mar brava, los vientos benignos, le hicieron ver las gaviotas que presagian la línea de costa de la ciudad que nacer le vio.
Desde entonces, y gracias a un encuentro casual, seguimos viéndonos cada vez que la semana echa el ancla en los días de asueto. Nos reunimos y ponemos a cero el contador de los naufragios. Nos enseñamos los tatuajes que nos ha dejado grabados la semana mercenaria y sentados me muestra los cartapacios en donde guarda sus mapas. Despliega lápiz, compás sobre la mesa y traza paralelas y me habla de nuevos viajes. Nos reímos cuando entran dos mujeres cañón y el acude a pecho descubierto a llenarse de metralla – yo le digo, ¡compadre conténgase! – y él me dice: ¡antes pulpo que merluza, capitán!.
Y la camarera que tiene talle de junco y balconada rebosante, nos sonríe al percatarse de su fatuo propósito, y llena de cerveza, turbia como mi alma, nuestras jarras y se marcha cimbreándose como brizna de hierba doblada por la galerna.
Luego, tras largo rato de palique, de mentar compadres que ahora viven lejos, pero que sabemos cercanos por llevarlos siempre en la memoria, de hablarme de las mujeres que se plantaron en su vida como escollos, y que salvó con la destreza del que lleva años de gaviero, y suelta trapo sabiendo que es el último clavo al que aferrarse, nos dejamos llevar por la corriente de las olas, flotando en la cresta de espuma de otras cervezas.
Yo lo escucho con la atención que merecen los sabios, los hombres de mundo, y él me dice que me lee, que le gusta lo que escribo, y en los labios de un camarada, con el amargor de la cerveza reverberando en la tráquea, las mentiras vienen ungidas en vaselina y hasta saben a verdad. Para mí es un placer que busque en mis vacuos escritos la línea escarpada de costa de la semana. Mi madre, que es sabia, un día me dijo: – los tontos que te intuyan – y eso intento. Pese a ser un zote, procuro rodearme de tipos como estos dos capitanes capaces de llenar con su sapiencia los folios en blanco que acumulo en mi cabeza.
Pero a pesar de todo, la alegría de verlo de nuevo entre nosotros, presume él que será corta, dice que en cuanto pueda clava el trinquete en un alisio y nos condena a ver su popa. Hasta que ese infausto día llegue y nos deje en tierra con un nudo marinero en la garganta, el capitán de corbeta y yo disfrutamos con él de las noches tabernarias y salimos abrazados de las tascas oyendo como nos maldicen las fulanas despechadas. Después de todo, aun lejos del rumor de las olas, la casaca, gracias a ellos, me sigue oliendo a salitre.
EL NIÑO QUE AÚN VIVE EN MÍ ( Pequeño decálogo para una vida)
Tengo un doctorado en tropezar dos veces con la misma piedra. La experiencia – dicen – es un peine que te regalan cuando ya estás calvo. A mis años cuento primaveras tapando las goteras de mis otoños. No he madurado todavía, pendo del árbol, gravitando en el vacío, implorando no tener el corazón agusanado.
Me miro en los ojos de las mujeres que amo, y sigo viendo al niño que se empeña en disfrazarse de hombre. A pesar de mi republicanismo me adorno el careto con monárquica perilla. Siempre prendida en los labios una sonrisa, aunque amanezca un lunes camino del cadalso. Son cuatro días, mejor vivirlos instalado en la ironía.
Vivo el presente mirando de reojo a mi futuro. No me marco metas imposibles, o a lo mejor lo imposible es que me marque metas. Sé lo que soy y lo que querría ser, me gusta pensar que camino en la estrecha línea que separa ambos conceptos.
Algunos ven putas, yo veo mariposas que rondan la luz de una farola. Tengo siete vidas y todas las empeñé, para pagar la hipoteca del paso de los años. Busco la felicidad en cada soplo de aire que me llevo a los pulmones, necesito de la música de una risa para saberme vivo.
Puede que a estas alturas aún sea un boceto, un proyecto que se empezó hace tiempo pero al que es difícil dar forma, acabarlo.
En todos estos años que he vivido, he sacado algo en claro, si siendo esperma le ganamos a tres millones de rivales la carrera de la vida, ya al parirnos nuestras madres, llevamos prendida en la cabeza, la corona de laurel de la victoria, aunque sólo se haya dado el pistoletazo de salida.
¡Feliz fin de semana a todos!, dejad anzuelos por si decide picar la felicidad. Ya me contaréis como os trata la vida el lunes. Un abrazo libertario.
EL CAFÉ DE LA INSPIRACIÓN
Cada mañana llegaba puntual al café cercano a la estación de ferrocarril. Siempre envuelto en una gabardina gris algo raída. Ejecutaba el mismo ritual todos los días. Se sentaba en la última mesa, junto a la ventana de cristales biselados que da al andén de la estación. Pedía un café corto de leche y miraba a través del amplio cristal. Luego, cuando le servían, vertía el sobre de azúcar, casi sin mirar la taza y mientras removía con la cucharilla aquél café negro y espeso, como brea, se llevaba una mano a uno de los bolsillos de la gabardina y sacaba un papel algo arrugado y una pluma. Una vieja parker negra con su saeta de plata reluciente en el capuchón. Mientras la megafonía de la estación anunciaba las llegadas y salidas de trenes y la gente acudía a los andenes arrastrando sus pesadas maletas, él escribía absorto, ajeno al ajetreo de almas y ruido, de vidas siempre errantes.
Así cada mañana, durante algo más de dos años. Hoy cuando llegó, hacía tiempo que no le veíamos por aquí, se había ausentado durante una temporada, supongo que por motivos de trabajo o quizás por algún problema de salud. A pesar del tiempo que llevaba siendo cliente habitual, jamás intercambié con él otra palabra que no fuera hola o adiós, a pesar de que intuía que era un tipo afable, reconocía en su mirada un temor profundo ante la idea de darse a conocer a los demás.
Pidió su café y se mostró contrariado al ver que su mesa estaba ocupada por una pareja joven que hablaba en voz alta. Por un momento hizo ademán de dar la vuelta, pero se paró sobre sus pasos, se metió las manos en los bolsillos y carraspeo levemente. La pareja lo miró, pero ninguno de los dos tenía intención de levantarse. Ella se acercó al oído del chico y pareció decirle algo en voz baja, los dos rieron en el silencio casi absoluto de la cafetería, roto únicamente por el ruido de las cucharillas al tocarse con la porcelana.
Con un movimiento nervioso se sentó en una mesa contigua, demasiado esquinada para poder ver el trasiego de la gente. Cuando le llevé el café pude ver que pese al frío del local, unas gotas de sudor asomaban en su frente. Apenas abrió los labios para musitar algo, yo intuía que quería decir –gracias, muy amable- pero era una interpretación demasiado aventurada, demasiado subjetiva.
Cuando volví a la barra, le estuve observando un tiempo, mientras limpiaba unos cubiertos. Se le notaba nervioso, fuera de lugar. Pese a todo, continuó con su ritual y sacó de un bolsillo el papel y la pluma, pero esta vez sólo extendió la cuartilla sobre la mesa y se limitó a juguetear con la estilográfica. Estuvo leyendo un rato. Luego la pareja de al lado volvió a romper el silencio con sus carcajadas.
Se levantó súbitamente, casi tiró la pequeña mesa al tropezar con ella. La taza rodó y fue a quedarse junto al servilletero, el escaso café se derramó y empezó a gotear por el borde de la mesa. Acudí de inmediato con un paño, pero él ya cruzaba el umbral de la puerta, se adentraba en el andén, donde siempre lo veía desaparecer entre la maraña humana.
Cuando me dispuse a limpiar la mesa, vi que había olvidado el papel que estaba leyendo. Se había manchado de café, manchas aisladas. Sin que nadie me viera lo guardé en un bolsillo y volví tras la barra.
Hoy cuando echaba el telón a este teatro de actores secundarios, cerré el cierre metálico de la puerta y me senté en la misma mesa en la que se sentaba aquél tipo. Cogí el papel arrugado en el que él había escrito y me dispuse a leerlo, esto es lo que decía:
"Puede que nunca te haya gustado. Que me mires y veas el polvo de a lo que tú aspirabas. Que te acostumbraras a no acostumbrarte de verme garabatear bosquejos que nunca llegan a buen puerto. Puede que te hayas perdido en el mapamundi de manchas de tinta de mis puñetas. Soy tan zafio, lo sé, tan vulgar, tan previsible, tan yermo para una diosa fecunda como tú.
Me miras y sólo ves el páramo helado que intenta el sol de un verso y se estrella en el espejo, sabiéndose un remedo.
Sé que me observas con la benevolencia de una madre, cuando rompo la escarcha de lo escrito, entonces veo tu mano siempre cálida coger la mía nerviosa y fría y llevarla a tus labios y curar mis estigmas con un beso.
Cuando no te tengo cerca me derrumbo en pavesas de vulgaridad, me dejo arrastrar por el viento, me vuelvo comida de peces iletrados. Diosa a la que elevo a los altares del que nunca ha creído en dioses. Vela trémula que alumbra mi oscuridad y que me aleja del Horror Vacui.
Te bendigo, espero que no salgas nunca a por tabaco, que sigas despertándome soplándome en la cara, metiéndote en el tintero y bailando sobre el papel. Que cojas un pedazo de hilo y enhebres un verso perfecto, aun siendo en mis manos una quimera. Y que me des masajes cuando estoy exhausto y creo que todo lo que escribo ya está dicho.
Que te sientes conmigo a tomar un café recién hecho, mientras miramos a través de la ventana y me susurres en el oído que no está todo perdido ( un pareado), y lo mejor; ¡que yo me lo crea!".
Terminé de leer el papel y procedí a guardarlo de nuevo. Empezó a llover, al principio levemente, pero luego el aguacero trazó rutas sinuosas en el cristal de la ventana. Iba a levantarme cuando sentí algo extraño, fue como si alguien me soplase en la cara, y de repente, no sé por qué, sentí unas ganas irrefrenables de escribir.
Así cada mañana, durante algo más de dos años. Hoy cuando llegó, hacía tiempo que no le veíamos por aquí, se había ausentado durante una temporada, supongo que por motivos de trabajo o quizás por algún problema de salud. A pesar del tiempo que llevaba siendo cliente habitual, jamás intercambié con él otra palabra que no fuera hola o adiós, a pesar de que intuía que era un tipo afable, reconocía en su mirada un temor profundo ante la idea de darse a conocer a los demás.
Pidió su café y se mostró contrariado al ver que su mesa estaba ocupada por una pareja joven que hablaba en voz alta. Por un momento hizo ademán de dar la vuelta, pero se paró sobre sus pasos, se metió las manos en los bolsillos y carraspeo levemente. La pareja lo miró, pero ninguno de los dos tenía intención de levantarse. Ella se acercó al oído del chico y pareció decirle algo en voz baja, los dos rieron en el silencio casi absoluto de la cafetería, roto únicamente por el ruido de las cucharillas al tocarse con la porcelana.
Con un movimiento nervioso se sentó en una mesa contigua, demasiado esquinada para poder ver el trasiego de la gente. Cuando le llevé el café pude ver que pese al frío del local, unas gotas de sudor asomaban en su frente. Apenas abrió los labios para musitar algo, yo intuía que quería decir –gracias, muy amable- pero era una interpretación demasiado aventurada, demasiado subjetiva.
Cuando volví a la barra, le estuve observando un tiempo, mientras limpiaba unos cubiertos. Se le notaba nervioso, fuera de lugar. Pese a todo, continuó con su ritual y sacó de un bolsillo el papel y la pluma, pero esta vez sólo extendió la cuartilla sobre la mesa y se limitó a juguetear con la estilográfica. Estuvo leyendo un rato. Luego la pareja de al lado volvió a romper el silencio con sus carcajadas.
Se levantó súbitamente, casi tiró la pequeña mesa al tropezar con ella. La taza rodó y fue a quedarse junto al servilletero, el escaso café se derramó y empezó a gotear por el borde de la mesa. Acudí de inmediato con un paño, pero él ya cruzaba el umbral de la puerta, se adentraba en el andén, donde siempre lo veía desaparecer entre la maraña humana.
Cuando me dispuse a limpiar la mesa, vi que había olvidado el papel que estaba leyendo. Se había manchado de café, manchas aisladas. Sin que nadie me viera lo guardé en un bolsillo y volví tras la barra.
Hoy cuando echaba el telón a este teatro de actores secundarios, cerré el cierre metálico de la puerta y me senté en la misma mesa en la que se sentaba aquél tipo. Cogí el papel arrugado en el que él había escrito y me dispuse a leerlo, esto es lo que decía:
"Puede que nunca te haya gustado. Que me mires y veas el polvo de a lo que tú aspirabas. Que te acostumbraras a no acostumbrarte de verme garabatear bosquejos que nunca llegan a buen puerto. Puede que te hayas perdido en el mapamundi de manchas de tinta de mis puñetas. Soy tan zafio, lo sé, tan vulgar, tan previsible, tan yermo para una diosa fecunda como tú.
Me miras y sólo ves el páramo helado que intenta el sol de un verso y se estrella en el espejo, sabiéndose un remedo.
Sé que me observas con la benevolencia de una madre, cuando rompo la escarcha de lo escrito, entonces veo tu mano siempre cálida coger la mía nerviosa y fría y llevarla a tus labios y curar mis estigmas con un beso.
Cuando no te tengo cerca me derrumbo en pavesas de vulgaridad, me dejo arrastrar por el viento, me vuelvo comida de peces iletrados. Diosa a la que elevo a los altares del que nunca ha creído en dioses. Vela trémula que alumbra mi oscuridad y que me aleja del Horror Vacui.
Te bendigo, espero que no salgas nunca a por tabaco, que sigas despertándome soplándome en la cara, metiéndote en el tintero y bailando sobre el papel. Que cojas un pedazo de hilo y enhebres un verso perfecto, aun siendo en mis manos una quimera. Y que me des masajes cuando estoy exhausto y creo que todo lo que escribo ya está dicho.
Que te sientes conmigo a tomar un café recién hecho, mientras miramos a través de la ventana y me susurres en el oído que no está todo perdido ( un pareado), y lo mejor; ¡que yo me lo crea!".
Terminé de leer el papel y procedí a guardarlo de nuevo. Empezó a llover, al principio levemente, pero luego el aguacero trazó rutas sinuosas en el cristal de la ventana. Iba a levantarme cuando sentí algo extraño, fue como si alguien me soplase en la cara, y de repente, no sé por qué, sentí unas ganas irrefrenables de escribir.
LOS PRINCIPIOS DE UN HOMBRE SIEMPRE ACABAN EN PUNTO Y APARTE.
Harold Drexler caminaba arrastrando sus pies por un sucio callejón paralelo a la gran avenida ( la llamaban así no porque fuera grande, sino porque era la única avenida de la ciudad). Husmeó entre los cubos de basura pero no pareció agradarle el contenido, se limpió las manos en el abrigo de un color indefinido. Siguió andando con la esperanza de encontrar otros cubos rebosantes como cornucopia. Había llegado a la altura de una hilera de contenedores, eran del restaurante italiano de la avenida, cuya cocina daba al callejón. Una chimenea pegada a la pared mugrienta vomitaba un humo espeso y blanco, como si hubiera muerto un papa y hubiesen elegido sucesor.
Drexler se inclinó sobre la tapa de uno de los contenedores, la abrió y olisqueó su interior, examinó algunas bolsas pero no parecía haber nada apetecible, sólo raspas de pescado, demasiado afiladas incluso para un gato. El ulular de una sirena le asustó y estuvo a punto de dejarse caer la tapa encima, miró en dirección a la entrada del callejón, pero el ruido seguía reverberando en el aire, cada vez más distante.
Continuó manoseando las bolsas. Cerró el primero de los contenedores y pasó al siguiente. Otra vez pareció consternado, levantando la tapa sobre su cabeza, mientras con la otra mano revolvía algo en el bolsillo del abrigo. Pasó al siguiente y cuando abrió la tapa un hedor nauseabundo casi le hizo vomitar. Una masa deforme y blanca resplandecía bajo la luz mortecina de la farola. Eran tripas de cordero, desperdicios de la carnicería musulmana de la avenida. Se dispuso a dejar caer la tapa de golpe cuando vio algo que llamó su atención, era el brazo de un hombre, sobresalía de una bolsa negra enorme. Rápidamente empujó la tapa hacia atrás y casi saltó sobre la bolsa, a duras penas logró sacar parte de ella del contenedor, luego en un último esfuerzo al fin consiguió dejarla caer al suelo.
Miró nuevamente hacia la entrada del callejón, se paró a escuchar un momento, pero la noche era fría y parecía que todas las almas de la ciudad hacía rato que esperaban en el purgatorio. Una risa nerviosa asomó en su garganta, casi como un murmullo al principio, luego ganó en intensidad hasta romper en una sonora carcajada. Se asustó de su propia inconsciencia. Sacó al muerto de su sudario y lo extendió en el suelo. Era un tipo con rostro patibulario con la boca torcida hacia un extremo, tenía los labios morados. Rebuscó en los bolsillos del abrigo del muerto, encontró unas llaves, un paquete arrugado de cigarrillos, un mechero de gasolina con la mecha demasiado corta. Lo tiró todo y se maldijo. Empezó con el pantalón, encontró un reloj sin pulsera, se lo guardó en un bolsillo, una cartera imitación de piel con cien pavos en billetes viejos. -¡ Hijo de puta! – dijo furioso y le lanzó un escupitajo a la cara al muerto.
De pronto el chirrido de unos neumáticos le asustó, luego el ruido hiriente de unos frenos parando en seco. De repente vio recortada su sombra en la pared a la luz de unos faros.
- ¡Vaya, vaya!, mirad qué tenemos aquí, una rata que ha abandonado su alcantarilla.
La voz le resultó terriblemente familiar. Era Joe Fratello y su camarilla, los dueños de media ciudad.
- ¿Buscabas algo ratita?- le preguntó la misma voz con tono irónico – ¡Traedme a ese puto parásito antes de que lo mate aquí mismo!. Cuatro sombras se abalanzaron sobre Drexler, una lluvia de puñetazos le hizo retroceder. Sintió como la sangre inundaba su boca. Luego lo arrastraron a escasos centímetros de Fratello, le hicieron arrodillarse, mientras un tipo le retorcía el brazo derecho sobre la espalda.
- No me hagas repetirte la pregunta, ¿eh? - dijo encendiendo un cigarrillo – soy ¡todoooo oídos!.
Uno de los tipos que acompañaba al capo pareció sorprendido al ver el rostro de Drexler bajo la luz de la farola
- ¡Es Lou Cara cortada!, ¡sí, es ese puto chivato!- y zarandeó a Drexler violentamente – trabajaba para Toni Lucano cuando intentaron el atraco al casino, murieron todos como perros pero éste cabrón logró salir indemne y con el dinero encima. Luego se pasó a la banda de Frankie Lucciano pero les traicionó contándole a la poli dónde guardaban la droga, los acribillaron a todos menos a Leone – y volvió el rostro hacia el fiambre que yacía en el suelo.
- ¿Te gusta hacer amigos, eh?- dijo otra vez Fratello y le estampó un puñetazo en pleno rostro. -¿Sabes quién coño es ese tío, eh?, pues ese cabrón era el marido de mi hermana, ¡ojalá se pudra en el infierno!, pero no me gusta que manoseen a mis parientes y menos cuando tienen una del nueve incrustada en el cerebro. Giaccomo registra a ese idiota – señaló hacia el muerto.
El tal Giaccomo se avalanzó sobre el cadáver, rasgó sus ropas con una navaja automática, palpó el forro de la chaqueta y lo rompió con las manos, sacó una bolsa grande y blanca – ¡aquí está jefe! – y le dio la bolsa a Fratello.
-¿Era ésto lo que buscabas ratita?, ¿ querías tu parte del negocio, no?, lo que te prometió la bofia y luego te negaron, te dijeron que matarían a Leone esta noche en el callejón del vómito y que encontrarías la droga en un bolsillo. Lo que ignoras es que nos llamaron a nosotros también, dos por uno, debieron pensar, a pesar de todo tienen principios y nos les gustan los chivatos.
¡Levántate perro! – le gritó tirándole del cuello de la camisa - ¡Despídete de este puto mundo! Dijo martilleando un viejo Colt 45. El disparo restalló como un trueno, un grupo de palomas que dormitaban sobre un tejado, emprendieron el vuelo asustadas. Drexler cayó cuan largo era sobre el húmedo asfalto y un reguero de sangre asomó bajo su cabeza.
El coche salió disparado del callejón, el conductor y el copiloto de Fratello murmuraban contrariados, parecían disgustados con su jefe. En la parte trasera Luca, el hermano de Fratello le hablaba quedamente a éste.
- Debíste dejar que los chicos se divirtieran con él, necesitan desconectar de vez en cuando.
- Lo sé Luca – dijo Fratello mirando a los ojos de su hermano – lo que pasa es que me acordé de un consejo que padre me dio de pequeño.
- ¿ Y qué te dijo el viejo?
- Hijo mío – empezó Fratello con voz solemne mirando a su hermano – un hombre puede cambiar mil veces de abrigo en está vida, pero jamás debe cambiarse de chaqueta – No me gustan los traidores Luca – dijo quiñándole un ojo a su hermano.
Drexler se inclinó sobre la tapa de uno de los contenedores, la abrió y olisqueó su interior, examinó algunas bolsas pero no parecía haber nada apetecible, sólo raspas de pescado, demasiado afiladas incluso para un gato. El ulular de una sirena le asustó y estuvo a punto de dejarse caer la tapa encima, miró en dirección a la entrada del callejón, pero el ruido seguía reverberando en el aire, cada vez más distante.
Continuó manoseando las bolsas. Cerró el primero de los contenedores y pasó al siguiente. Otra vez pareció consternado, levantando la tapa sobre su cabeza, mientras con la otra mano revolvía algo en el bolsillo del abrigo. Pasó al siguiente y cuando abrió la tapa un hedor nauseabundo casi le hizo vomitar. Una masa deforme y blanca resplandecía bajo la luz mortecina de la farola. Eran tripas de cordero, desperdicios de la carnicería musulmana de la avenida. Se dispuso a dejar caer la tapa de golpe cuando vio algo que llamó su atención, era el brazo de un hombre, sobresalía de una bolsa negra enorme. Rápidamente empujó la tapa hacia atrás y casi saltó sobre la bolsa, a duras penas logró sacar parte de ella del contenedor, luego en un último esfuerzo al fin consiguió dejarla caer al suelo.
Miró nuevamente hacia la entrada del callejón, se paró a escuchar un momento, pero la noche era fría y parecía que todas las almas de la ciudad hacía rato que esperaban en el purgatorio. Una risa nerviosa asomó en su garganta, casi como un murmullo al principio, luego ganó en intensidad hasta romper en una sonora carcajada. Se asustó de su propia inconsciencia. Sacó al muerto de su sudario y lo extendió en el suelo. Era un tipo con rostro patibulario con la boca torcida hacia un extremo, tenía los labios morados. Rebuscó en los bolsillos del abrigo del muerto, encontró unas llaves, un paquete arrugado de cigarrillos, un mechero de gasolina con la mecha demasiado corta. Lo tiró todo y se maldijo. Empezó con el pantalón, encontró un reloj sin pulsera, se lo guardó en un bolsillo, una cartera imitación de piel con cien pavos en billetes viejos. -¡ Hijo de puta! – dijo furioso y le lanzó un escupitajo a la cara al muerto.
De pronto el chirrido de unos neumáticos le asustó, luego el ruido hiriente de unos frenos parando en seco. De repente vio recortada su sombra en la pared a la luz de unos faros.
- ¡Vaya, vaya!, mirad qué tenemos aquí, una rata que ha abandonado su alcantarilla.
La voz le resultó terriblemente familiar. Era Joe Fratello y su camarilla, los dueños de media ciudad.
- ¿Buscabas algo ratita?- le preguntó la misma voz con tono irónico – ¡Traedme a ese puto parásito antes de que lo mate aquí mismo!. Cuatro sombras se abalanzaron sobre Drexler, una lluvia de puñetazos le hizo retroceder. Sintió como la sangre inundaba su boca. Luego lo arrastraron a escasos centímetros de Fratello, le hicieron arrodillarse, mientras un tipo le retorcía el brazo derecho sobre la espalda.
- No me hagas repetirte la pregunta, ¿eh? - dijo encendiendo un cigarrillo – soy ¡todoooo oídos!.
Uno de los tipos que acompañaba al capo pareció sorprendido al ver el rostro de Drexler bajo la luz de la farola
- ¡Es Lou Cara cortada!, ¡sí, es ese puto chivato!- y zarandeó a Drexler violentamente – trabajaba para Toni Lucano cuando intentaron el atraco al casino, murieron todos como perros pero éste cabrón logró salir indemne y con el dinero encima. Luego se pasó a la banda de Frankie Lucciano pero les traicionó contándole a la poli dónde guardaban la droga, los acribillaron a todos menos a Leone – y volvió el rostro hacia el fiambre que yacía en el suelo.
- ¿Te gusta hacer amigos, eh?- dijo otra vez Fratello y le estampó un puñetazo en pleno rostro. -¿Sabes quién coño es ese tío, eh?, pues ese cabrón era el marido de mi hermana, ¡ojalá se pudra en el infierno!, pero no me gusta que manoseen a mis parientes y menos cuando tienen una del nueve incrustada en el cerebro. Giaccomo registra a ese idiota – señaló hacia el muerto.
El tal Giaccomo se avalanzó sobre el cadáver, rasgó sus ropas con una navaja automática, palpó el forro de la chaqueta y lo rompió con las manos, sacó una bolsa grande y blanca – ¡aquí está jefe! – y le dio la bolsa a Fratello.
-¿Era ésto lo que buscabas ratita?, ¿ querías tu parte del negocio, no?, lo que te prometió la bofia y luego te negaron, te dijeron que matarían a Leone esta noche en el callejón del vómito y que encontrarías la droga en un bolsillo. Lo que ignoras es que nos llamaron a nosotros también, dos por uno, debieron pensar, a pesar de todo tienen principios y nos les gustan los chivatos.
¡Levántate perro! – le gritó tirándole del cuello de la camisa - ¡Despídete de este puto mundo! Dijo martilleando un viejo Colt 45. El disparo restalló como un trueno, un grupo de palomas que dormitaban sobre un tejado, emprendieron el vuelo asustadas. Drexler cayó cuan largo era sobre el húmedo asfalto y un reguero de sangre asomó bajo su cabeza.
El coche salió disparado del callejón, el conductor y el copiloto de Fratello murmuraban contrariados, parecían disgustados con su jefe. En la parte trasera Luca, el hermano de Fratello le hablaba quedamente a éste.
- Debíste dejar que los chicos se divirtieran con él, necesitan desconectar de vez en cuando.
- Lo sé Luca – dijo Fratello mirando a los ojos de su hermano – lo que pasa es que me acordé de un consejo que padre me dio de pequeño.
- ¿ Y qué te dijo el viejo?
- Hijo mío – empezó Fratello con voz solemne mirando a su hermano – un hombre puede cambiar mil veces de abrigo en está vida, pero jamás debe cambiarse de chaqueta – No me gustan los traidores Luca – dijo quiñándole un ojo a su hermano.