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LA COTUBÍA Una muestra de lo que puede hacerse gracias a la criogenización cerebral.
Acerca de
Sobre tu nave - un plinto verde de algas marinas, de moluscos, de conchas, de esmeralda estelar-, capitán de los vientos y de las golondrinas, fuiste condecorado por un golpe de mar. Rafael Alberti


Sindicación
 
A RUFO
A pesar de que hace tiempo que te fuiste. Tu recuerdo aún dormía a la sombra de la higuera joven a la que honrabas cada verano echándote a sus pies, ungiéndote en su sombra en esas tórridas horas del estío, mientras el mundo sestea oyendo la nana monocorde de la chicharra.

Hace tiempo que muerdes el tuétano de una nube marfileña, en ese cielo donde van los perros que nunca tuvieron amo, que vivieron y murieron libres, sin rendir vasallaje, sin conocer mecenas que les llenasen el estómago con las sobras de sus noctámbulos festines.

Aún recuerdo el duro invierno en el que te marchaste. Cuando el tiempo te dejaba romos los colmillos y cubría tu pelaje de un pelo basto de color pajizo. Tu mirada se lleno de éter y asomó una ligera cojera que te hacía andar despacio, sopesando el esfuerzo de cada paso. Yo sabía que no pasarías de ese invierno, me costaba conciliar el sueño, sabiéndote enfermo, aguantado a la intemperie los envites de las heladas nocturnas.

Un día, esa manía tuya de resguardarte bajo los bajos de un automóvil, vino a adelantarte la llegada de la parca. El maestro avicultor te rasgó el níveo vientre al pasarte por encima una de las ruedas de su vehículo. Esa anciana huraña amiga tuya, la que se rodea de perros y gatos y desprecia el trato con los de su especie te llevó al veterinario. Nada se pudo hacer, te fuiste sin hacer ruido, con el silencio que escatimaba ladridos al que nos acostumbraste.

Durante un tiempo me extrañó tu ausencia que yo achaqué a tus paseos al filo de la mañana, cuando acompañabas a otros perros con más suerte y dueño que les llenara la barriga. Hasta que el viejo Elías que se sentaba en su silla de bálago a la puerta de la cochera contigua a la mía, con su mirada perdida tras el agua revuelta de una catarata y su sordera que se empeñaba en añadir ladrillos tapiándole los oídos, me dijo que habías muerto.

Un sentimiento de pérdida me invadió de repente y los ojos se empeñaron en bruñir el espejo de una lágrima. Durante un tiempo extrañé las horas juntos, cuando tu cabeza asomaba al quicio de la puerta y parecías preguntar ¿se puede?. Mis manos extrañaron la caricia de tu lomo lleno siempre del polvo de albero que te servía de lecho.

Hoy viejo amigo, habrás gimoteado desde el cielo, impotente, y habrás movido el rabo frenéticamente como hacías cuando algo te perturbaba. Porque cuando volvía a casa, la piqueta de una excavadora hacía pedazos la higuera que ambos amábamos. No puedes imaginar la rabia, la furia, que me inundó la boca de bilis. La mirada asesina que le lancé al operario que manejaba aquél furioso amasijo de hierros que mordía una y otra vez el tronco vencido de aquél árbol.

No te engaño si te digo que mis ojos otra vez se han llenado de espejos. Quizás sea que me hago mayor, que soy un tonto sentimental, o quizás esa vieja herida que dejáste al marcharte volvió a mostrar sus bordes rosados, haciéndose visible en la piel. Esa higuera, viejo amigo, era el recuerdo vivo de tu ausencia.

Esta tarde, cuando me iba a trabajar, esperaba encontrar los restos esparcidos de esa higuera y poder recoger algún retoño, alguna rama, para llevársela al padre de mi hermano Jesús, que tiene por noble oficio el cuidar de las plantas y los árboles y un terruño en el que con cariño siembra frutos que crecen al amor de sus muchas atenciones. No había nada, ni una hoja que hubiese quedado a modo de nota de despedida, para dar fe de que en aquel sitio una vez se alzó un árbol que nos dio cobijo en su sombra. En su lugar se empieza a levantar un coloso de hierro y hormigón que lleva ya una altura de dos plantas. No te quepa duda amigo mío que cuando ese bloque esté acabado y tenga su pertinente acerado, este que escribe, alguna noche de sábado, de vuelta a casa, echará una meada en el lugar donde se levantó esa higuera, con una pata alzada al aire y aullará a la luna, buscando en el cielo el guiño cómplice de alguna estrella.
 
AIRE

Se sentó delante del plato vacío, de un mendrugo de pan y unos cubiertos en los que empezaba a hacer mella el óxido. Sentía un nudo en el estómago que le lanzaba dentelladas a su columna. Imaginó el plato lleno, pero enseguida comprendió que sólo podría mojar pan en la yema de sus dedos.

Hacía días que no salía a comprar aprovisionamientos. La nevera era un páramo helado que protestaba con un ruido de fluidos. Los platos sucios se acumulaban en el fregadero. Las macetas languidecían plegando sus hojas, rindiendo vasallaje a una sequía pertinaz que se había instalado de improviso. Las persianas estaban bajadas y a través de las rendijas unas saetas de sol pujaban por abrirse camino entre las sombras.

Había un viejo espejo que apenas devolvía la mirada, un cenicero con overbooking de colillas, una radio cuyo dial señalaba la presintonía del silencio y una puerta, eternamente cerrada, cuyo ojo de cerradura supuraba atravesado por una llave.

La casa olía a humedad, a lugar cerrado. El polvo flotaba en el aire, ascendía por los exiguos rayos de sol que entraban a través de las rendijas, queriendo escapar de su confinamiento.

Se levantó despacio y caminó hacia el baño. Atravesó el estrecho pasillo en sombras, pulsó el interruptor de la luz pero sólo se oyó un clic sordo, el pequeño cuarto siguió en penumbra. Avanzó tanteando hasta llegar al lavabo y abrió el grifo. Le sorprendió el ruido aerofágico de las cañerías. Ni una sola gota mojó la palma de sus manos.

Lanzó una maldición entre dientes y golpeó con furia el pequeño espejo que colgaba sobre el lavabo. Su mano hendió el cristal, que derramó lágrimas afiladas sobre el suelo. Mientras desandaba el pasillo se miró la mano, tenía un corte profundo, la sangre corría resbalando por sus dedos.

De repente oyó pasos afuera en la escalera y unas voces que como arpegios se fueron haciendo gradualmente más audibles. Los pasos se pararon ante el rellano. Oyó un ruido de llaves que se agitaban golpeándose entre sí. Un sudor frío empezó a bañarle el rostro. Vio como giraba el pomo de la puerta, el cerrojo emitió un chirrido al descorrerse. Permaneció paralizado, la herida de la mano palpitaba como un segundo corazón, sintió que toda la sangre de su cuerpo se concentraba en sus extremidades haciéndole sentir pesado.

La puerta se abrió de golpe y una onda expansiva de luz le alcanzó de lleno. Sus pupilas se contrajeron de repente cegándole. Se llevó la palma de su mano izquierda al rostro para protegerse de la metralla lumínica. Cuando sus ojos se acostumbraron a la claridad pudo distinguir tres siluetas que avanzaban por el pasillo hacia el comedor. Un tipo encorbatado parecía estar enseñando la vivienda a una pareja. El tipo se acercó a la ventana del salón y arrancó una tira plástica que rezaba: Policía No Pasar. Abrió los postigos y levantó la persiana.

Entonces lo comprendió todo, notó un picor en la espalda y el ruido de unas alas al desplegarse. Caminó atravesando el pequeño salón y se sentó en el alféizar de la ventana. Observó el tránsito de la gente bajo sus pies, escuchó el ruido de las bocinas de los vehículos, agolpándose en el nudo de una hora punta. Miró hacia las azoteas de los bloques vecinos, vio el bosque de antenas que se cimbreaban con la suave brisa de la tarde. Esperó a que el viento cambiara, entonces se puso en pie y batió sus alas. Un par de plumas de cañones negros se desprendieron de ellas. Cerró los ojos, saltó y se hizo aire.


¡Feliz fin de semana a todos!.
 
CAROD DE MIS ENTRETELAS
Señor Rovira: Desde esta tribuna abierta me declaro su sincero admirador. Ya me caía usted bien anteriormente, en concreto desde que un día leí en el suplemento dominical del diario que compro habitualmente que usted le daba al Bitter Kas, ese elixir de color sanguíneo al que la quina le concede el privilegio de tener el amargor más dulce que llevarse pueda uno al gaznate.

Me cae usted simpático Sr. Rovira, lo reitero, porque usted vive instalado en los reinos de taifas. Piensa usted que este país nuestro y, por más que le pese, suyo es una amalgama de terruños que aspiran a la secesión, a morder la teta de esa madre patria que a veces es surtidor opíparo y otras, su producción láctea no da ni para un cortado. Considera usted que esta España nuestra es una camisa blanca sin almidonar afeada por lamparones de coágulos producto de la vampírica succión a la que el Estado somete a su amada Cataluña.

Desde hace tiempo ocupa usted un puesto bufonesco en ese gobierno tripartito que rige los destinos de su amada tierra. Pasó usted de ser Conseller en Cap ( o como se diga) a ser defenestrado en plaza pública, le cortaron la cabeza antes de dejarle siquiera ceñirse la corona a la testa. Y todo por el grotesco episodio de su entrevista con la cúpula Etarra, para asegurarse de que Cataluña no se viera salpicada por la sangre de inocentes.

Ha formado usted un binomio sin parangón con el Sr. President Maragall. La bis cómica de la que hacen gala ambos me arranca a menudo carcajadas. Ustedes quieren una Cataluña moderna, industrial, próspera y para conseguirlo en vez de poner la vista en el futuro, se retrotraen a las catacumbas de la España franquista y propalan enconados discursos propios de un cateto con boina enroscada hasta las cejas.

Confieso que me recordaban usted y el ínclito Sr. President a unos personajes de dibujos animados, creo que eran de Hanna y Barbera “Maguila el Gorila” se llamaban. Usted Sr. Carod tiene el mismo careto que el señor Peebles, el dueño de la tienda de animales en la que vivía Maguila gorila y el Sr. Maragall, más que a Maguila podría parecerse al fenecido Copito de Nieve, que al fin al cabo era de la tierra.

El caso es que cuando creía que el amplio catálogo de patochadas de ambos estaba cerrado, me sorprendo leyendo en “El Mundo” que ambos han viajado a Tierra Santa y allí ante una nutrida concurrencia formada por periodistas y curiosos a usted Sr. Rovira no se le ocurre otra cosa que ceñirse en la testa una corona de espinas.

La conferencia episcopal, siempre tan susceptible, ha puesto el grito en el cielo, se ha rasgado públicamente las vestiduras ante este gesto que según su criterio es un insulto a todos los cristianos y una burla hacia los símbolos religiosos.



¡No da usted una Sr. Rovira!, mire que se lo dice un ateo hasta la médula, pero plantarse en Jerusalén en plan Saladino y calzarse la testa con una tiara de espinas clama al cielo. Quizás tenga usted complejo de Ecce Homo, quizás se sienta usted subyugado por el ciclismo de montaña y le guste alcanzar la cima nevada de un coloso de primera categoría. Pero se me antoja que el único monte que usted coronaría en primer lugar, cubriéndose de gloria, sería el Gólgota. No sé por qué, pero me parece a mi que usted cambiaría la corona de laurel y el unísono beso de las dos turgentes doncellas en el rostro del vencedor, por esa otra tiara de espinas, prefiriendo el beso frío de una lanza esgrimida por un Longinos, nacionalista español, que le atravesara el costado y derramara su sangre de mártir en pro de la secesión de Cataluña.

¡Siga haciéndonos reír Sr. Rovira se lo suplico!.
 
EL RECUERDO
A veces el recuerdo es una herida sin cauterizar, que cuando supura sus miasmas nos trae a la memoria que hubo alguien, algo que nos hizo daño. Otras es una cicatriz que se borra con el tiempo, pero que por extrañas circunstancias, llegado el invierno, a veces vuelve a doler, sintiéndose bajo la piel como una larva que horadara la carne. Otras veces el recuerdo es un bálsamo para esas heridas que supuran y nos dibuja sonrisas en el rostro que borran todas nuestras cicatrices.

Sólo a veces. Otras el recuerdo no es más que una foto color sepia que se perdió al caerse detrás de un mueble.

Otras veces el recuerdo es un loco que elevó su cordura al cuadrado.


¡Feliz fin de semana a todos!.
 
VOX POPULI



Segunda sesión del debate sobre el estado de la porción ( de lo que antes fue nación). 09:45 horas. El Presidente del Congreso llama al estrado al portavoz del grupo pisto el Sr. Ito Pérez, representante de la A.C.C ( Agrupación de Cerebros Criogenizados).

- Sr. Marín (Pte. del Congreso), anuncia por la megafonía del hemiciclo: Tiene la palabra el Sr. Ito Pérez.

- Sr. Ito Pérez: Sr. Presidente, Sr. Presidente del Gobierno, Sras. Putadas, Sres. Puteros, señorías todos.

Pausa que aprovecha para colocar los post-it de su discurso, mirando al tendido. Mano derecha llevada con disimulo a la entrepierna, se rasca con furia el adminículo amatorio como queriendo comprobar que todo sigue en su sitio. Murmullos de desaprobación en la cámara. Rajoy le arroja bolitas de papel ensalivadas a Zapatero utilizando la carcasa de un bolígrafo Bic. Cuando Zapatero se gira, Rajoy le saca la lengua y Zaplana y Acebes le hacen cortes de mangas.

- ¡Señorías ruego se comporten en sus correspondientes escarnios! – Dice un abrumado Marín que intenta disimular el especial de crucigramas que se ha traído para aguantar la sesión. – Proceda Sr. Ito.

- Sr. Ito Pérez: ¡Gracias Sr. Indigente!. Sr. Zapatero, ha cumplido usted un año al frente del ejecutivo. Un año en el que hemos echado en falta, desde la agrupación que presido, más medidas sociales, un mayor compromiso para con las demandas que, con carácter urgente, reclama nuestra sociedad. Seguimos asistiendo, cada fin de semana, al lamentable espectáculo de tener que aguantar los abusivos precios de los cubatas ( ovación y en algunos casos ovulación cerrada ).

- ¡Señorías silencio!, ¿ capital de Irak?, con seis letras,- dice volviéndose hacia la Secretaria de la mesa cerrando el micrófono. - ¡Yo qué sé, pregúntaselo a Rajoy! le responde. Prosiga Sr. Ito.

- Sr. Ito Pérez: No contentos con este abuso hacia el ciudadano de a pie (aunque tambaleante), nos vemos obligados a denunciar que pese a los precios abusivos de los derivados del etanol, debemos lidiar también, con la rapiña filibustera de algunos empresarios de la noche, quienes deciden impunemente adulterar los bebedizos con la consabida garrafa. ( Aplausos y vítores de parte del hemiciclo. Joe Cocker que asiste como invitado de la agrupación lanza besos al estrado de los oradores). Exigimos Sr. Zapatero, que con la mayor brevedad posible se cree un ministerio antigarrafa, para salvaguardar el derecho inalienable del ciudadano a “percutirse”* y mantener su hígado impoluto. Esta agrupación que presido propone como Ministra del ramo a la Sra. María Jiménez.
Sr. Zapatero los españoles cada vez se inician antes en la vida sexual, según arroja un estudio llevado a cabo en algunas guarderías de este país. Por eso exigimos la colocación de máquinas de preservativos en las unidades de pediatría de los hospitales y en las susodichas guarderías.

Como país laico que somos, exigimos también que las iglesias se conviertan en centros socioculturales para disfrute del pueblo, que los curas y monjas se vean obligados a convertirse al laicismo so pena de ser enviados, en misión humanitaria, a repúblicas más bananeras que la nación que nos ha tocado en suerte, en las que la lista de enfermedades endémicas requeriría ser recogida en un vademécum de proporciones totémicas.

Exigimos como portavoces que somos del pueblo que se retire de forma urgente de la parrilla televisiva “Ana y las Liendres” por la naturaleza perniciosa de dicho producto que ha provocado un incremento sustancial del número de suicidios el día en que ésta se emite y ha disparado los gastos sanitarios de atención psiquiátrica y de logopedia infantil, debido a que los niños imitan el habla de Javivi, a quien el equipo de guionistas de la serie le escribe los guiones en morse.

Sr. Zapatero, el grupo que presido aplaude las medidas que desde el gobierno se han tomado para regular el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero dichas medidas se nos antojan escasas. Desde mi agrupación exigimos la regularización del matrimonio entre metrosexuales y barcosexuales ( los que están a dos velas). Exigimos también que se regularice la prostitución y se erradique el proxenetismo, ¡ ya somos muchos!. ( De nuevo ovación cerrada de la sala).

Exigimos también Sr. Zapatero una amplia reforma de la educación, que se ha visto asolada por una política conformista que ha eliminado materias educativas que se nos antojan imprescindibles a todas luces. La pobreza léxica de nuestros estudiantes ha quedado reflejada en un reciente estudio de la Universidad de Ceclavín en el que se preguntaba a un nutrido grupo de alumnos qué les sugería el significado de la palabra mingitorio. Todos ellos contestaron que era el nombre de un antiguo amigo de Concha Velasco, quien se lamentaba de su pérdida en un anuncio televisivo. (Murmullo de asombro generalizado)

- Sr. Pte. del Congreso: Sr. Ito, le ruego vaya concluyendo.

Por último señorías, este grupo político exige que se subvencione por parte del Estado vacaciones pagadas a la tercera edad en la localidad de Palomares, visto el efecto de perdurabilidad en el tiempo que el baño en las aguas de dicha villa ha producido en Manuel Fraga, y que se cambie el nombre de Palomares por el de Cocoon, que se ajusta más a la realidad.

Eso es todo, gracias Sr. Presidente, Sr. Zapatero, Sras. Putadas y Sres. Puteros.

Aplausos de los presentes, mientras el Sr. Ito Pérez se dirige al escarnio que ocupa habitualmente, es felicitado por su grupo parlamentario. Leve reverencia a los presentes que siguen aclamándole. Se le escapa un cuesco.

- Bien, ¡señorías por favor!. El Sr. Zapatero tiene derecho al turno de réplica.

Zapatero avanza hacia el púlpito de los oradores, Rajoy se levanta y le intenta poner una zancadilla, Zapatero la esquiva y le da una colleja de refilón, a Rajoy se le caen las gafas.

Ya en la tribuna.

- Sr. Zapatero: Sr. Ito Pérez

Respuesta generalizada de la Cámara: ZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZ-P!.

(*) Percutirse: V. En el dialecto cerumítico: Emborracharse, intoxicación etílica, coger una papa, una merluza.

Buceando en la actualidad del día a día, con el traje de neopreno de la ironía: La Cotubía.

Buen fin de semana a todos. Nos "olemos" ( vemos) la próxima semana.
 
EL BLUES DEL BAR DE JOSU Y UN POEMA

Hace algunos años, cada viernes por la noche, nos reuníamos para tomar unas virolas* en el bar de Josu. Ni siquiera se llama así, su nombre real es José, Josu es un mote arrancado al amargor de unos cuantos botellines y al aceite abundante de sus sempiternas patatas. Patatas con carne, patatas bravas, patatas con chistorra, patatas y chorizo frito, patatas y patatas, siempre patatas, como si acabara de salir de la hambruna, que a mediados del siglo XIX, asoló Irlanda por la mala cosecha de este tubérculo.

Josu es un tipo con cara vulgar, no así su hija que está como un queso y que fue icono referencial de la Orden en su etapa pubescente. A veces nos delataban esos silencios cuando “la niña” entraba contoneándose para plantarle un beso a su padre en la mejilla, mientras entre los parroquianos se oían murmullos y algunos apuraban rápidos la copa de vino, como si acabaran de llevarse a la boca la guindilla de los callos CON PATATAS que tenían como tapa.

Josu, digo, es un camarero de la vieja escuela. En su tasca no se hablaba de mujeres (aunque conociendo a la suya, era perfectamente comprensible), ni de política, ni de fútbol. Te servía una cerveza con la misma asepsia con que un cirujano se lava las manos antes de una intervención. Los ojos perdidos en algún punto imaginario y en la boca llevaba pintado un cheque, impreso en números rojos, mostrando la cifra total de sus sonrisas. Tiene la testa coronada de una amplia tonsura que amenazaba con extenderse circunnavegando por su cráneo morueco de arco de medio punto. No hablaba mucho, es de los que levanta altares al silencio, pero de vez en cuando dejaba caer una frase legendaria que nos hacía desternillarnos de risa, sentados en la mesa del fondo, siempre al fondo, junto a la mesa de billar.

Una de estas frases que sirvió de chanza durante algún tiempo fue la que le espetó a uno de sus parroquianos más ilustres “El Txapela”.

El Txapela iba siempre acompañado de su palmero. Un tipo taciturno que se reía con risa de cojinete oxidado de las gracietas de su mentor y se aprovechaba del mecenazgo etílico con el que éste le obsequiaba. A cambio, claro, de aplaudir las gracias que eran dardos envenados, impactando en la línea de flotación de Josu, que aguantaba estoico el chaparrón, pese a que por dentro una enredadera de ortigas se abrazara a la cucaña engrasada que tiene por columna vertebral.

Pero aquél día algo debió crepitar en su cerebro, alguna metamorfosis kafkiana obró el milagro de hacerle dar una voz que acalló por un momento a los presentes: - ¡Tú eres de los que tira el brazo y esconde la piedra!. Casi le gritó a la cara al Txapela, con la vena del cuello como la de la frente de Maria Patiño.

Y la risa estruendosa de David arrancó las telarañas de las esquinas y yo estuve a punto de abrasarme los ojos con el cigarro, conteniendo el vaso, al tiempo que un reguero de cerveza me caía por la barbilla.

Cuadro de costumbres, ese mesón donde nos dábamos cita. Había superhéroes de barrio acodados en la barra de zinc, esperando la llamada de algún alma indefensa que les pagara otro botellín por sus paupérrimos servicios.

El “JR” otro de los fijos, con pinta de capo venido a menos y una cara que no se lleva ni en los mangos de los paraguas, siempre avinagrado, exigiendo, los domingos por la tarde, algo caliente que llevarse al gaznate aun a sabiendas de que la cocina estaba cerrada. “Er guiki” se prodigó poco, era escandaloso y se plantaba “a puerta gayola” cada vez que el Madrid horadaba la portería contraria. Su leyenda aún perdura revoloteando como polvo en el aire. El “poeta” eternamente sentado en la misma mesa, con una sempiterna copa de coñac, un vaso de agua y un ducados consumiéndose en su acostumbrado silencio, mientras garabateaba con grafía de médico de cabecera algunas frases o números ( nunca lo supimos) en una servilleta.

El boticario acodado en perfecto ángulo de 90 º sobre la barra, sentado en un taburete, fija la vista en la tele encendida, mientras se autorecetaba jarabe escocés, como linimento para el alma. Y entre el murmullo de la clientela, la melodía cantarina de la tragaperras animando a los presentes a jugarse el cambio, y el ruido de las bebidas que salían a trompicones de un atasco de cuello de botella, la mesa era un cementerio de botellines vacíos, de cadavéricas colillas con cuellos truncados pidiendo auxilio, desde el fondo del cenicero, con señales de humo.

- ¡José, ponnos otra ronda!. Y Josu circunspecto miraba hacia el fondo, contaba mentalmente y mientras ponía en fila india los botellines sobre la barra, gritaba a la cocina ¡ponme pa´ cinco!, racionando las tapas según los presentes.

Hace años que ya no nos reunimos en el bar de Josu que ahora luce nueva cartelería, mobiliario, salón comedor y se anuncia como mesón asador a los nuevos clientes. El Txapela hace tiempo que da la brasa a San Pedro, imagino que lanzándole pullas ardorosas y, aprovechando un descuido, mangándole las llaves de entrada al cielo. A su palmero ya no se le ve por el barrio, habrá encontrado otro hombro al que sacar brillo y un bolsillo generoso dispuesto a pagar su sombra. Al “JR” ni se le ve ni puñetera falta que hace desde que le tocaron los millones en la lotería. Pero el cabrón, antes de desaparecer, se llevó la cesta de Navidad que era una pura cornucopia, provocando entre la clientela fija un cisma con ruido de sables.

Hay tipos que pese a tener vinagre en las venas y ser aborrecidos por el común de los mortales, tienen una flor asomándole de las posaderas.

Donde manda patrón no manda marinero y Josu, como dueño que es del bar, se deja ver por las mañanas únicamente y las tardes y noches las deja a sus subordinados. Ahora ya no veo su tonsura reluciente dorándose al sol del mediodía en la terraza de su casa enorme. La vendió a una constructora, hizo el negocio del siglo e imagino que su cuenta corriente habrá recibido un sustancial refuerzo. Lo que sigue en rojo sanguíneo es la cifra de sus sonrisas.

... y el poema.



¡Otra cerveza José!.
Se me escapan las ideas.
No logro recomponer
los versos que se pelean.

¡Pon otra caña José!
y otro plato de patatas,
que el aceite manche el papel,
que se llene de tu salsa.

Bebo un trago de cerveza
y ya me afloran las ideas
ahora se pelean todas,
por ver quién sale primera.

En el efímero beso de un verso,
bañado de blanca espuma
una musa de rostro perverso,
hizo tremolar la pluma,
como pendón del perdón,
ondeando en el viento.


(*) Virola: S. F. En jerga cerumítica: Caña, tubo o botellín de cerveza.

Feliz fin de semana a todos.
 
EL LATIDO DE LA ESPERA
Tu voz suena distante a través del teléfono, como si estuvieras a miles de kilómetros, al otro lado del océano. Hay un cierto y connatural temor, y una ironía con traje de domingo y clavel en la solapa, plantada en el quicio de la puerta de la esperanza.

Tu risa es un torrente que deja romas las esquinas del silencio. La siento llegar a mis oídos, derramarse de punta a punta sin tocar el suelo. Ruido mágico de papel desplegando el mapa de la alegría, donde no existen carreteras secundarias.

Plantado al contraluz de un atardecer con reflejos de cobre, me cuesta imaginarte ataviado con tu pijama tristemente azul, sentado al borde de la cama. Te pido que mires por la ventana, en el cielo hay prendidas nubes de alcanfor para alejar la negra polilla de la noche.

La paciencia, te digo, se sirve en vaso pequeño, por eso a menudo rebosa manchándonos la camisa sin almidonar de la espera.

Aunque el reloj que cuelga de tu habitación haya cambiado sus manillas por los regueros de plata de un caracol que avanza lento, el tiempo transcurre inexorable, dejando un resto de minutos a su paso, vaciando de arena sus bolsillos desfondados.

Siente el pálpito de otra ciudad que ahora te acoge en su seno, aunque sólo lleves como equipaje las maletas de la memoria que son, con diferencia, las más livianas pese a los muchos recuerdos que asoman por los bordes a modo de mangas de camisa estampadas de aforismos, de bolsas de plástico que contienen zapatos de suelas gastadas.

Tu corazón se hace un disfraz hilvanando retales con hilo de sutura, óyelo tocando el xilófono de tus costillas, óyelo musitar sus latidos, contraerse y expandirse en tu pecho, queriendo hablarte.

Mañana es el día. – ¡Soy el primero!. – Me dices con cierto deje entre teatral y triunfal. Te deseo toda la suerte del mundo, nos vemos en casa, vuelve pronto. – ¡Eso está hecho!, contestas risueño y el ¡adiós! conversacional que dices al colgar me sabe más que nunca a un ¡hasta pronto!. ¡Hasta pronto! pues, a la espera, esperanzados, estamos.

¡Suerte!.

Gracias a todos por los comentarios que habéis dejado, por los ánimos, por el calor. Quería también dar las gracias a mi buena amiga Alicia por haber hecho esa cabecera que engalana la testa de esta bitácora, por su empeño y su paciencia, por los cafés y las charlas. Espero que luzca orgullosa por mucho tiempo.