ANDAR SOBRE EL POLVO (Primera Parte)
Charles Edward había llegado a la ciudad a través de carreteras secundarias. Enfiló una vieja vía abandonada, llena de baches selénicos, que discurría entre grandes cactus y maleza rala que manchonaba apenas el suelo duro y seco. De vez en cuando la sombra de un coyote corría en paralelo al vehículo, podía vislumbrar el brillo de sus ojos reflejando la luz de los faros del automóvil.
Al cabo de un rato largo fue a salir a una carretera polvorienta, esta vez asfaltada. La radio del viejo Ford Thunderbird color anaranjado vomitaba melodías country de una emisora local, de vez en cuando la emisión se interrumpía para dar paso a una especie de sermones predicados por un tipo de voz chillona que repetía como un mantra ¡Oh Señor, sí Señor, nosotros te amamos!!.
Edward conducía con una sola mano al volante. La otra la tenía apoyada sobre la ventanilla con un Camel que crepitaba arrojando diminutos puntos de luz. Miró la aguja de la gasolina y se percató de que estaba en reserva, pero no pareció preocuparle, conocía aquella carretera y sabía que dentro de poco encontraría las luces parpadeantes del Motel Buck, un sucio agujero en mitad del desierto que ni siquiera figuraba en la guía de moteles de los mapas de carretera.
Al cabo de un rato vislumbró las luces del motel, a un lado de la cuneta, el neón de un color rojo intenso brillaba intermitentemente, algún avispado había arrojado un par de piedras contra el rótulo y había desprendido parte del cartel, que ahora, en lugar de lucir el nombre de su dueño, el viejo Buck, rezaba Fuck. Quizás el nuevo nombre fuera más apropiado que el anterior teniendo en cuenta la clientela que frecuentaba el motel.
Cuando aparcó, levantando una nube de polvo, caminó hacia la recepción. Una chica rubia de ojos color gris, como un día de mar picada, le sonrió y dejó entrever un chicle que mascaba ostensiblemente. Anotó el nombre inventado que le dijo Edward y le entregó la llave de su habitación. Edward caminó por el corredor de madera que conducía a las habitaciones, examinando los números que colgaban de las puertas, hasta que llegó al suyo, el 13.
Era una habitación pequeña, con el suelo de moqueta roja, demasiado agujereada. La cama era larga y estrecha y estaba cubierta de una colcha color marrón que parecía llevar allí toda la vida. Apenas había muebles adicionales, sólo una mesa en un rincón junto a la ventana sobre la que había papel y algunos sobres con el emblema del motel.
Continuará...
FAUNA PISCÍCOLA ESTIVAL
Estos días el Lorenzo brilla en lontano, lanzando una lluvia de flechas doradas de puntas aceradas. Vaciando su carcac con la ansiedad del guerrero, que defiende una muralla, ante la amenaza del enemigo, que tiende sus escalas y corre raudo a embadurnarse de sangre, propia o ajena.
La dictadura del mercurio se ha instalado en esta villa sin Corte. Uno anda arrastrando sombras dibujadas por el Greco, con un peso ingente sobre los hombros, sintiendo el abrazo del bochorno que se pega a la ropa no queriendo marcharse.
Las piscinas públicas y púbicas empiezan a llenarse de ocasionales bañistas. La fauna estival se destapa, pieles lechosas entregándose a un baño de rayos UVA. Me gusta observar esa miríada de nadadores de distancias cortas, de bañistas domingueros con bocata oloroso de chorizo, fiambrera con tortilla de patatas sudorosa y toallas de propaganda que hacen daño a la vista.
En mis escasas comparecencias en este tipo de albercas para disfrute del género humano, he llegado a realizar un catálogo clasificatorio de las distintas especies que se exhiben sin recato, para solaz del mero observador, he aquí algunas de ellas:
El Palomo Piscinero: Individuo que se caracteriza por inflar su pechera y pavonearse en una especie de primitivo cortejo. Andar firme y decidido con leve contoneo de cadera y caída de brazos hacia atrás. Suele tapar sus vergüenzas con un leve suspensorio natatorio que constriñe su zona inguinal. Utiliza colores llamativos, su exigua anatomía puede estar decorada con algún tatuaje carcelario con tinta azul y leyendas del tipo: " Amor de Madre", "Cristo Vive" o el nombre de su amada acompañado de la retórica frase " Para toda la vida".
Es fácil reconocerlo porque además de los andares característicos y la indumentaria paquetera llevará un radiocasete de exagerado tamaño que vomitará, en horas propicias para sestear, alguna tonada de Camela o El Barrio en su defecto. Abstenerse de colocar la toalla a su vera porque llegada la hora de la comida nos regalará los oídos con todo tipo de exabruptos, además de una amplia panoplia de onomatopeyas escatológicas que en nada ayudarían a nuestra ulterior digestión.
Existe una amplia bibliografía sobre este personaje y la filmografía casposa patria tiene ya algunos "clásicos" que han loado esta especie como "Manolito Piscinas" y otras magnas obras que le llenan los ojos de lágrimas de emoción a José Manuel Parada.
El Guiri despistado: Siempre hay uno de ellos y es el más fácil de reconocer. Suelen ser individuos que no planifican excesivamente sus viajes y que una vez llegados a su destino descubren, para su desgracia, que la ciudad hasta donde han llevado sus posaderas no tiene playa. No les queda más remedio que exhibirse en las piscinas de los hoteles, con menos estrellas que el paseo de la fama de Algete, en los que se alojan. Se les conoce por su indumentaria y por una fisonomía muy peculiar.
Ellos: Camiseta hawaiana de colores estridentes, abierta hasta medio pecho, bermudas color beige, calcetines negros o marrones y sandalias modelo "Pilatos". Suelen llevar gafas de ver que se oscurecen al darles el sol y sus testas suelen estar coronadas con gorras de propaganda de sus países de origen. Algunos llevan camisetas que hacen referencia a los tópicos de los países que visitan, del tipo: "Spain is diferent", "Sol y Playa", "Torremolinos en el corazón", " Chipiona y Olé", etc...
De anatomía ventral algo rotunda y un albinismo incipiente, después de horas de exposición al Lorenzo suelen adquirir la tonalidad de una nécora con urticaria.
Ellas: Pamela o gorrita playera, biquini de los restos de Simago o de Harrod´s según el caso que suelen enfundar en una camiseta larga hasta las corvas, también llevan sandalias con adminículos colgantes con forma de flores o frutas. Bolso playero donde cabría el mueble bar de Joe Cocker.
Igualmente exhiben un blanco nuclear, son estilizadas aunque de caderas rotundas y piernas algo fláccidas.
El/La Elefante marino: Individuo/a caracterizado por exhibir sus redondeces sin pudor alguno, pliegues de carne que rebosan por las costuras de sus bañadores y biquinis. De andar pesado se desenvuelven fenomenalmente en el agua ya que flotan.
Bañarse al lado de ellos es poner en serio peligro la vida de uno, pues son sumamente aficionados a tirarse haciendo "la bomba" y vacíar media alberca en cada nueva incursión natatoria.
La/ El Sirena/o: Suelen ser los que más juego dan, son conscientes de su rotunda anatomía forjada al fuego de horas y horas de sudorosa entrega en gimnasios de baja catadura. Ellas llevarán microbikinis y al arrojarse al agua irán dejando un estela de aceite que riánse ustedes de la del Prestige.
Ellos realizan ejercicios gimnásticos elevando los pezones alternativamente entre espasmos musculares, llevan bañadores de nadador que deben ponerse y quitarse con calzador.
El/ La Dormilón/a: Paga la entrada para dormir, se tira en su toalla y es digno de observar la escena "Gulliveriana" de las hormigas subiéndose por los pies, piernas, barrigas níveas. Son los únicos que no mueven un dedo para espantar una mosca. Ya puede caer una bomba nuclear a sus pies que no van a mover una pestaña. Algunas veces los trabajadores de las piscinas, cuando van a cerrar, tienen que pincharles con la varilla de las sombrillas para cerciorarse de que siguen vivos.
El Niño de la pelotita: Hay dos imágenes que uno tiene grabadas a fuego en la memoria y que representan la inocencia de la infancia: Una es el niño vestido de marinerito en su Primera Comunión, con gesto arrobado, manos juntas y ojos perdidos en éxtasis místico teresiano y otra la del " niño de la pelotita piscinero", ser empecinado en dar patadas a un balón playero de un tamaño que dobla el de su perímetro craneal. Por mucho que le reprendras, sus frágiles conexiones neuronales únicamente le permitirán articular su piernecilla derecha para golpear el referido balón y a ser posible impactar en algún bañista que dormita, cual lechón en lodazal, cómodamente en su toalla.
Quien crea que todo esto no es más que una exageración producto de la sobreexposición a la radiación ultravioleta, no estará falto de razón, aunque no tendrá más que plantar su albar anatomía en una de estas piscinas públicas y limitarse a observar a la nutrida concurrencia, no tardará en darme la razón.
EL ADIÓS
Fue hace unos días, un amanecer, cuando el sol se desperezaba y se derramaba por la línea azul del horizonte. En los árboles de la calle los gorriones, en pleno alborozo, despertaban del letargo de la noche y piaban ansiosamente, como sorprendiéndose de seguir vivos, como bendiciendo la llegada del nuevo día.
Yo acababa de llegar a casa, arrastrando un olor a arenque ahumado en la barra de un bar, con los ojos de un brillo duro, hundidos, de un besugo que lleva varios días en el cristal expositor de una pescadería. Ni siquiera te oí trastear en el cuarto de baño, mientras te duchabas. Noté la cama revuelta, tu ropa interior tirada junto a la silla donde doblo la ropa. Tu perfume flotaba en el aire enrarecido de la habitación, ese suave olor a flores de otro mundo que se abren al caer la noche.
Estaba demasiado cansado y me tumbé en la cama y encendí el aire acondicionado. Un soplo mecánico puso a funcionar la consola, las rendijas se plegaron en alabanza, volvieron a alzarse y se detuvieron expectantes. Cerré los ojos y me entregué al sueño. Al principio noté bajo los párpados gusanos de luz deslizándose en la penumbra, pequeñas estrellas de brillos intermitentes. Luego la espiral de la inconsciencia me sumió en el sopor.
Desperté hacia el mediodía, una tos ronca me dio los buenos días. Me lavé la cara y me enjuagué la boca para quitarme el aliento dulzón del alcohol. Me tomé un café bien cargado sentado frente a la ventana del patio, mirando las azoteas y al perro del vecino que sentado a la sombra meneaba la lengua frenéticamente. Hacía calor, un calor extenuante, que envolvía los poros de la piel volviéndolos pozos ciegos. Entonces vi la nota en la alacena, doblada a la mitad, junto al bote donde guardo las pastas del café.
Desplegué el papel y reconocí tu preciosa letra, esa grafía de efes y ges pronunciadas, el trazo inclinado. Leí atentamente lo que habías escrito:
" Sé que esta no es la forma más indicada de despedirse. Sé que lamentarás no haberlo oído de mis labios, haberlo leído en mis ojos mientras las palabras fluían y se hacían eco en el silencio. Pero estoy segura de que no las encontraría, tú eres quien juega a juntarlas, yo sólo soy la mano inspiradora, el soplo del hálito, cuando tus fuerzas flaquean.
Ha sido una suerte el haberte conocido, el haber compartido contigo este tiempo, el que me dejaras guiar tu mano sobre el papel mientras escribías con ese gesto distraído, balanceando la pluma sobre el folio iluminado de un albor de luna sobre las dunas de un desierto.
He llegado a quererte, a desear estar siempre a tu lado, a gozar de mi mecenazgo y no esperar recompensa alguna más que tu dicha. Amarte en el frío del invierno, odiarte al llegar la primavera y verte inspirarte en otras fuentes, buscar otros susurros que convulsionaran, que alimentaran tu ingenio, que movieran los resortes lubricados de tu imaginación. Me has hecho reír y llorar, pero ahora te empeñas en escribir cada vez menos, ¡ahora que tienes tantas cosas que contar!, te vuelves arisco y arrinconas los folios en blanco que antes escribías con fruición. Ha dejado de sonar esa vieja Underwood que heredaste de tu abuelo, ya no martillea el silencio imprimiéndole en el rostro un carácter manchonado de tinta negra.
No sé quién de los dos deja a quién, sólo quiero que sepas que he sido feliz, que viví por ti mientras necesitaste de mí, pero llegó el verano y te has perdido en un mar interior donde no hay islas para náufragos donde hallar cobijo. Quizás vuelva en otoño, cuando los árboles deshojan sus cuadernos de bitácora, con las anotaciones de viajes inventados que hubieran querido hacer de no tener raíces.
Un beso, siempre tuya: tu Musa.
Esto es sólo un cuento, amenazo con seguir por estos mares, sólo me tomé un tiempo para estudiar mapas, para seguir líneas de derrota nuevas, para buscar amaneceres y atardeceres en otras tierras cuyos mares la estela de mi bajel aún no había conocido. Os eché de menos amigos, supongo que nos veremos en el Sunset. Abrazos y besos libertarios.
Yo acababa de llegar a casa, arrastrando un olor a arenque ahumado en la barra de un bar, con los ojos de un brillo duro, hundidos, de un besugo que lleva varios días en el cristal expositor de una pescadería. Ni siquiera te oí trastear en el cuarto de baño, mientras te duchabas. Noté la cama revuelta, tu ropa interior tirada junto a la silla donde doblo la ropa. Tu perfume flotaba en el aire enrarecido de la habitación, ese suave olor a flores de otro mundo que se abren al caer la noche.
Estaba demasiado cansado y me tumbé en la cama y encendí el aire acondicionado. Un soplo mecánico puso a funcionar la consola, las rendijas se plegaron en alabanza, volvieron a alzarse y se detuvieron expectantes. Cerré los ojos y me entregué al sueño. Al principio noté bajo los párpados gusanos de luz deslizándose en la penumbra, pequeñas estrellas de brillos intermitentes. Luego la espiral de la inconsciencia me sumió en el sopor.
Desperté hacia el mediodía, una tos ronca me dio los buenos días. Me lavé la cara y me enjuagué la boca para quitarme el aliento dulzón del alcohol. Me tomé un café bien cargado sentado frente a la ventana del patio, mirando las azoteas y al perro del vecino que sentado a la sombra meneaba la lengua frenéticamente. Hacía calor, un calor extenuante, que envolvía los poros de la piel volviéndolos pozos ciegos. Entonces vi la nota en la alacena, doblada a la mitad, junto al bote donde guardo las pastas del café.
Desplegué el papel y reconocí tu preciosa letra, esa grafía de efes y ges pronunciadas, el trazo inclinado. Leí atentamente lo que habías escrito:
" Sé que esta no es la forma más indicada de despedirse. Sé que lamentarás no haberlo oído de mis labios, haberlo leído en mis ojos mientras las palabras fluían y se hacían eco en el silencio. Pero estoy segura de que no las encontraría, tú eres quien juega a juntarlas, yo sólo soy la mano inspiradora, el soplo del hálito, cuando tus fuerzas flaquean.
Ha sido una suerte el haberte conocido, el haber compartido contigo este tiempo, el que me dejaras guiar tu mano sobre el papel mientras escribías con ese gesto distraído, balanceando la pluma sobre el folio iluminado de un albor de luna sobre las dunas de un desierto.
He llegado a quererte, a desear estar siempre a tu lado, a gozar de mi mecenazgo y no esperar recompensa alguna más que tu dicha. Amarte en el frío del invierno, odiarte al llegar la primavera y verte inspirarte en otras fuentes, buscar otros susurros que convulsionaran, que alimentaran tu ingenio, que movieran los resortes lubricados de tu imaginación. Me has hecho reír y llorar, pero ahora te empeñas en escribir cada vez menos, ¡ahora que tienes tantas cosas que contar!, te vuelves arisco y arrinconas los folios en blanco que antes escribías con fruición. Ha dejado de sonar esa vieja Underwood que heredaste de tu abuelo, ya no martillea el silencio imprimiéndole en el rostro un carácter manchonado de tinta negra.
No sé quién de los dos deja a quién, sólo quiero que sepas que he sido feliz, que viví por ti mientras necesitaste de mí, pero llegó el verano y te has perdido en un mar interior donde no hay islas para náufragos donde hallar cobijo. Quizás vuelva en otoño, cuando los árboles deshojan sus cuadernos de bitácora, con las anotaciones de viajes inventados que hubieran querido hacer de no tener raíces.
Un beso, siempre tuya: tu Musa.
Esto es sólo un cuento, amenazo con seguir por estos mares, sólo me tomé un tiempo para estudiar mapas, para seguir líneas de derrota nuevas, para buscar amaneceres y atardeceres en otras tierras cuyos mares la estela de mi bajel aún no había conocido. Os eché de menos amigos, supongo que nos veremos en el Sunset. Abrazos y besos libertarios.