DOS CARTAS QUE SE PERDIERON EN EL TIEMPO (Carta 1ª)
(Ficción)
Hace unos días, en un periódico de tirada nacional se publicó una curiosa noticia. En la oficina de correos de un pueblo perdido en algún lugar del sur de España se procedió a la apertura de unas cartas que contaban con más de cincuenta años de antigüedad. Dichas cartas fueron devueltas a la oficina postal por estar equivocada la dirección de la destinataria. No pudieron entregarse a quien las escribió por no llevar el pertinente remite.
Resultaron ser dos cartas de amor. Me tomo la licencia de publicarlas en esta bitácora y las dejo a modo de despedida, volveré cuando agosto se haya agostado en el calendario. Buen verano a todos ( en genérico, no todos y todas que diría Ibarretxe).
......... a veintitrés de julio de 1954
Mi Preciosa Princesa:
¡ Cuán complejas son las cuitas que estos días se vierten sobre mi corazón!. Pasados los idus de julio, cuando está tan próximo mi aniversario, no me parece que sea verano, que sobre las laderas cercanas a la Alcazaba se agoste el pasto y se oiga entre las ramas de los árboles de la calle el canto monótono de la chicharra.
A mis ojos, estos días se visten con el blanco manto del más crudo invierno y los vidrios de mi ventana son azotados por el granizo y el aguacero. Un viento huracanado barre las descarnadas copas de los árboles y muestra los esqueletos de los paraguas que se pliegan ante su furia.
Anida en mi una vieja melancolía. Se sentó a mi vera en cuanto te marchaste, posó sus viejas manos - surcadas de venas que se dibujaban en relieve- sobre las mías. Me miró con ojos de profunda tristeza, en los que se perlaban lágrimas de una pena antigua. Inmediatamente rechacé su presencia, retiré mis manos de las suyas. Me levanté con furia y recorrí la habitación mientras ella torcía el gesto y se giraba para verme. - ¡No quiero que estés aquí!, ¿No ves que lo estás llenando todo con tu hedor a viejas humedades?- le grité con desprecio.
Aún así, fue imposible persuadirla de que se marchase. Traía consigo una vetusta maleta y un hatillo de cartas arrugadas y llenas de manchas. Me dijo que son las cartas que nunca escribí, pero que ella las conserva, atadas con un cordelillo, por si el destino le presta mi mano involuntariamente. De su bolsillo corre el gasto de ponerles el franqueo y el tedioso trabajo de escribir, en cada una de ellas, el nombre y la dirección del remitente, pues yo jamás reconoceré como mías esas cartas.
Es curioso pero nuestra convivencia estos días está siendo pacífica. De vez en cuando alzo la vista del libro que tengo entre manos y la veo allí parada mirándome, mascullando algo entre dientes y dándole vueltas a algo en su mano derecha, mientras parece que sus cansados huesos sienten el mordisco inmisericorde del duro respaldo de la silla.
Cuando me ve coger unos folios para escribirte, muestra cierto disgusto, se levanta trabajosamente y viene a espiarme por encima del hombro. Yo la ignoro, continúo sumido en mis pensamientos, escribiéndote como ahora lo hago. Luego tras farfullar algo en voz baja torna a sentarse nuevamente. Sé que no le gusta que te escriba, no quiere que vivas en mi corazón, ella lo quiere para sí, desea que salga de él tu recuerdo, convertir mi paraíso en un páramo.
Para su desgracia y para mi dicha, cada día que pasa su silueta se hace menos visible. La negra y gruesa pincelada que la dibujaba el día que apareció, es ahora un trazo fino que exhibe una escala de grises herrumbrosos. Sus manos se han vuelto niebla, ya no puede, si quiera acariciar lo que hasta hace nada se empeñaba en dar vueltas en su mano. Aunque conserva lo que quiera que sea en su puño cerrado. Ella parece darse cuenta de que se ha vuelto un fantasma, de que su cuerpo antaño claramente perceptible es ahora el remedo de un feo holograma. No puede si quiera levantarse de la silla, pese a que se ha vuelto liviana, la atan a ella cadenas invisibles y ya no acude a espiarme cuando te escribo.
Cada vez que leía un – Te amo -, un – amor mío-, un – te quiero -, mil veces repetidos, era como si aplicaran sobre ella un difumino y su lóbrego color se aguaba en la acuarela de tu recuerdo.
Ahora que tu vuelta está próxima, ha cambiado el viento, que estos días apenas flotaba pesadamente volviendo la atmósfera enrarecida. Hoy al abrir la ventana, el ábrego trajo una brisa fresca. Respiré a pleno pulmón y creí percibir el olor suave de la mar, de la brea que aísla el armazón de las barcazas. Está escrito en el aire, tu regreso es inminente. Otra vez ha vuelto el sol a columpiarse en el horizonte y un cielo azul y limpio se extiende más allá de los confines que puedan ver mis ojos.
Después de todo, he sentido pena. Le he dado a la vieja un bastón de caña para cuando decida marcharse. Hoy particularmente está triste, me ha visto sonreír, bajar a la calle a comprar unas carpetas en donde he ordenado cronológicamente tus amables misivas. He contado cuarenta y cuatro cartas. Cartas que van desde el formalismo de un “Hola amigo”, hasta la emoción de un “Buenos días mi amor”. Creo que éste hecho, el que yo inventariara tus cartas, la ha trastocado finalmente. Hoy al fin, su torpe mano dejó ver lo que durante estos días estuvo acariciando. Fue en un descuido, algo cayó al suelo y no pudo recogerlo porque al doblarse se oyó un ruido de hojas secas que se desmenuzan. Recogí el objeto, lo tuve en mi mano, era un pañuelo blanco de un tejido parecido al raso, cuando lo abrí vi, para mi sorpresa, que tenía tu nombre grabado en letras doradas.
– Lo guardaba para tus lágrimas.- Me dijo la vieja con una mueca en la boca que pretendía vestirse de sonrisa. – No me hará falta – le respondí – un pañuelo sin lágrimas no es más que un desierto, yo guardo las mías para las manos que más amo en este mundo.
Te quiero Princesa millones de besos y abrazos.
Hace unos días, en un periódico de tirada nacional se publicó una curiosa noticia. En la oficina de correos de un pueblo perdido en algún lugar del sur de España se procedió a la apertura de unas cartas que contaban con más de cincuenta años de antigüedad. Dichas cartas fueron devueltas a la oficina postal por estar equivocada la dirección de la destinataria. No pudieron entregarse a quien las escribió por no llevar el pertinente remite.
Resultaron ser dos cartas de amor. Me tomo la licencia de publicarlas en esta bitácora y las dejo a modo de despedida, volveré cuando agosto se haya agostado en el calendario. Buen verano a todos ( en genérico, no todos y todas que diría Ibarretxe).
......... a veintitrés de julio de 1954
Mi Preciosa Princesa:
¡ Cuán complejas son las cuitas que estos días se vierten sobre mi corazón!. Pasados los idus de julio, cuando está tan próximo mi aniversario, no me parece que sea verano, que sobre las laderas cercanas a la Alcazaba se agoste el pasto y se oiga entre las ramas de los árboles de la calle el canto monótono de la chicharra.
A mis ojos, estos días se visten con el blanco manto del más crudo invierno y los vidrios de mi ventana son azotados por el granizo y el aguacero. Un viento huracanado barre las descarnadas copas de los árboles y muestra los esqueletos de los paraguas que se pliegan ante su furia.
Anida en mi una vieja melancolía. Se sentó a mi vera en cuanto te marchaste, posó sus viejas manos - surcadas de venas que se dibujaban en relieve- sobre las mías. Me miró con ojos de profunda tristeza, en los que se perlaban lágrimas de una pena antigua. Inmediatamente rechacé su presencia, retiré mis manos de las suyas. Me levanté con furia y recorrí la habitación mientras ella torcía el gesto y se giraba para verme. - ¡No quiero que estés aquí!, ¿No ves que lo estás llenando todo con tu hedor a viejas humedades?- le grité con desprecio.
Aún así, fue imposible persuadirla de que se marchase. Traía consigo una vetusta maleta y un hatillo de cartas arrugadas y llenas de manchas. Me dijo que son las cartas que nunca escribí, pero que ella las conserva, atadas con un cordelillo, por si el destino le presta mi mano involuntariamente. De su bolsillo corre el gasto de ponerles el franqueo y el tedioso trabajo de escribir, en cada una de ellas, el nombre y la dirección del remitente, pues yo jamás reconoceré como mías esas cartas.
Es curioso pero nuestra convivencia estos días está siendo pacífica. De vez en cuando alzo la vista del libro que tengo entre manos y la veo allí parada mirándome, mascullando algo entre dientes y dándole vueltas a algo en su mano derecha, mientras parece que sus cansados huesos sienten el mordisco inmisericorde del duro respaldo de la silla.
Cuando me ve coger unos folios para escribirte, muestra cierto disgusto, se levanta trabajosamente y viene a espiarme por encima del hombro. Yo la ignoro, continúo sumido en mis pensamientos, escribiéndote como ahora lo hago. Luego tras farfullar algo en voz baja torna a sentarse nuevamente. Sé que no le gusta que te escriba, no quiere que vivas en mi corazón, ella lo quiere para sí, desea que salga de él tu recuerdo, convertir mi paraíso en un páramo.
Para su desgracia y para mi dicha, cada día que pasa su silueta se hace menos visible. La negra y gruesa pincelada que la dibujaba el día que apareció, es ahora un trazo fino que exhibe una escala de grises herrumbrosos. Sus manos se han vuelto niebla, ya no puede, si quiera acariciar lo que hasta hace nada se empeñaba en dar vueltas en su mano. Aunque conserva lo que quiera que sea en su puño cerrado. Ella parece darse cuenta de que se ha vuelto un fantasma, de que su cuerpo antaño claramente perceptible es ahora el remedo de un feo holograma. No puede si quiera levantarse de la silla, pese a que se ha vuelto liviana, la atan a ella cadenas invisibles y ya no acude a espiarme cuando te escribo.
Cada vez que leía un – Te amo -, un – amor mío-, un – te quiero -, mil veces repetidos, era como si aplicaran sobre ella un difumino y su lóbrego color se aguaba en la acuarela de tu recuerdo.
Ahora que tu vuelta está próxima, ha cambiado el viento, que estos días apenas flotaba pesadamente volviendo la atmósfera enrarecida. Hoy al abrir la ventana, el ábrego trajo una brisa fresca. Respiré a pleno pulmón y creí percibir el olor suave de la mar, de la brea que aísla el armazón de las barcazas. Está escrito en el aire, tu regreso es inminente. Otra vez ha vuelto el sol a columpiarse en el horizonte y un cielo azul y limpio se extiende más allá de los confines que puedan ver mis ojos.
Después de todo, he sentido pena. Le he dado a la vieja un bastón de caña para cuando decida marcharse. Hoy particularmente está triste, me ha visto sonreír, bajar a la calle a comprar unas carpetas en donde he ordenado cronológicamente tus amables misivas. He contado cuarenta y cuatro cartas. Cartas que van desde el formalismo de un “Hola amigo”, hasta la emoción de un “Buenos días mi amor”. Creo que éste hecho, el que yo inventariara tus cartas, la ha trastocado finalmente. Hoy al fin, su torpe mano dejó ver lo que durante estos días estuvo acariciando. Fue en un descuido, algo cayó al suelo y no pudo recogerlo porque al doblarse se oyó un ruido de hojas secas que se desmenuzan. Recogí el objeto, lo tuve en mi mano, era un pañuelo blanco de un tejido parecido al raso, cuando lo abrí vi, para mi sorpresa, que tenía tu nombre grabado en letras doradas.
– Lo guardaba para tus lágrimas.- Me dijo la vieja con una mueca en la boca que pretendía vestirse de sonrisa. – No me hará falta – le respondí – un pañuelo sin lágrimas no es más que un desierto, yo guardo las mías para las manos que más amo en este mundo.
Te quiero Princesa millones de besos y abrazos.
DOS CARTAS QUE SE PERDIERON EN EL TIEMPO (Carta 2ª)
.......... a 25 de julio de 1954
Mi querida Princesa:
Hoy, bien temprano, cuando el sol no se adivinaba aún en el horizonte, acompañé a la estación de trenes a la anciana que estos días ha estado hospedada en casa.
La contemplé mientras hacía la maleta, plegando su escasa y triste ropa. Parecía ausente, sus gestos delataban que había repetido hasta la saciedad aquella liturgia.
Al llegar a la estación, nos sentamos en un banco cerca del andén. Encendí un pitillo y ella me miró e improvisó unos versos:
Se fue a ver la flor
que crece en los andenes,
esa que perdió su primavera
persiguiendo el humo negro de los trenes.
- ¿ Adónde irás? - Le pregunté.
- Al lugar de dónde vengo. - Me respondió sin desviar la vista de los raíles.
- ¿ Y qué lugar es ese?.
Me miró entonces y pareció agradarle mi curiosidad.
Vengo de un lugar en el que la tristeza, cada día, sube y baja los peldaños de la vida. Un lugar donde el corazón de los hombres está atravesado por alfileres como los insectos de la colección de un entomólogo. Un lugar desde el que diariamente se envían telegramas de una sola frase, con el punto y final de una lágrima. Un lugar, en fin, donde las ramas no orean jamás el aire.
- Y, ¿ qué harás allí?, volví a interrogarla.
- Lo mismo que he hecho desde el principio de los días. Volveré a recorrer las sucias trincheras, allí donde la vida excava túneles como un topo. Donde sólo hay ruina y muerte, donde el barro se mezcla con la sangre de los inocentes, bajo un cielo gris y vacío y hay también soldados temerosos que llevan en los bolsillos fotografías de sus seres amados. Volveré a llevar de la mano a los mendigos, a ensuciarme con la orina del miedo de saberse solos. Volveré a recorrer los pasillos de los orfanatos y los asilos, arrastrando un olor de linimento para las heridas. -
- ¡ Ojalá estés allí por mucho tiempo!. Le dije mirándola a los ojos. Ella con un gesto parecido a una sonrisa exclamó: ¡ Siempre hay alguien que llama!, una guerra, un viaje que se prolonga en el tiempo, el llanto de un niño en mitad del silencio de la noche... yo voy dejando mi tarjeta de visita bajo las rendijas de las puertas. -
Mientras hablaba, el tren que debía coger hizo su entrada en la estación. Se levantó y se sacudió el polvo del traje negro raído.
- Es extraño.- Me dijo mientras andábamos hacia la escalerilla de su vagón. - En estos pocos días nunca te tuve entre mis brazos, ni siquiera mientras dormías y parecías feliz entre las brumas del sueño. ¿ La quieres mucho verdad?. -
- Nunca se fue, ha estado aquí todo el tiempo. Sí, la amo.
Entonces tardaremos en volvernos a ver, al menos de momento. No has sido precisamente hospitalario conmigo, me has sentado en la silla más dura de tu casa y te has empeñado en no olvidarla nunca escribiéndole esas cartas. ¡Adiós!.
- ¡Adiós pues!.- Le dije mientras le ayudaba a levantar la pequeña maleta. Su parca silueta pasó como un fantasma por el estrecho pasillo del vagón, iluminado por una tenue luz amarillenta. La vi colocarse detrás de una muchacha que estaba sentada junto a la ventana y que lo miraba todo con ojos de profunda tristeza. La anciana le acarició la cabeza, se sentó a su lado y le cogió una mano. La muchacha pareció no darse cuenta de su presencia. Luego entre una densa humareda el tren se puso en marcha lentamente, con un ruido de engranajes oxidados. Al cabo, fue sólo una breve pincelada negra en el lienzo de vivos colores del horizonte, en el amanecer recién estrenado.
Regresé a casa contento, braceando al andar como un mozo al que acaban de concederle un permiso. Mañana, ¡ al fin!, estarás aquí de nuevo.
Mi querida Princesa:
Hoy, bien temprano, cuando el sol no se adivinaba aún en el horizonte, acompañé a la estación de trenes a la anciana que estos días ha estado hospedada en casa.
La contemplé mientras hacía la maleta, plegando su escasa y triste ropa. Parecía ausente, sus gestos delataban que había repetido hasta la saciedad aquella liturgia.
Al llegar a la estación, nos sentamos en un banco cerca del andén. Encendí un pitillo y ella me miró e improvisó unos versos:
Se fue a ver la flor
que crece en los andenes,
esa que perdió su primavera
persiguiendo el humo negro de los trenes.
- ¿ Adónde irás? - Le pregunté.
- Al lugar de dónde vengo. - Me respondió sin desviar la vista de los raíles.
- ¿ Y qué lugar es ese?.
Me miró entonces y pareció agradarle mi curiosidad.
Vengo de un lugar en el que la tristeza, cada día, sube y baja los peldaños de la vida. Un lugar donde el corazón de los hombres está atravesado por alfileres como los insectos de la colección de un entomólogo. Un lugar desde el que diariamente se envían telegramas de una sola frase, con el punto y final de una lágrima. Un lugar, en fin, donde las ramas no orean jamás el aire.
- Y, ¿ qué harás allí?, volví a interrogarla.
- Lo mismo que he hecho desde el principio de los días. Volveré a recorrer las sucias trincheras, allí donde la vida excava túneles como un topo. Donde sólo hay ruina y muerte, donde el barro se mezcla con la sangre de los inocentes, bajo un cielo gris y vacío y hay también soldados temerosos que llevan en los bolsillos fotografías de sus seres amados. Volveré a llevar de la mano a los mendigos, a ensuciarme con la orina del miedo de saberse solos. Volveré a recorrer los pasillos de los orfanatos y los asilos, arrastrando un olor de linimento para las heridas. -
- ¡ Ojalá estés allí por mucho tiempo!. Le dije mirándola a los ojos. Ella con un gesto parecido a una sonrisa exclamó: ¡ Siempre hay alguien que llama!, una guerra, un viaje que se prolonga en el tiempo, el llanto de un niño en mitad del silencio de la noche... yo voy dejando mi tarjeta de visita bajo las rendijas de las puertas. -
Mientras hablaba, el tren que debía coger hizo su entrada en la estación. Se levantó y se sacudió el polvo del traje negro raído.
- Es extraño.- Me dijo mientras andábamos hacia la escalerilla de su vagón. - En estos pocos días nunca te tuve entre mis brazos, ni siquiera mientras dormías y parecías feliz entre las brumas del sueño. ¿ La quieres mucho verdad?. -
- Nunca se fue, ha estado aquí todo el tiempo. Sí, la amo.
Entonces tardaremos en volvernos a ver, al menos de momento. No has sido precisamente hospitalario conmigo, me has sentado en la silla más dura de tu casa y te has empeñado en no olvidarla nunca escribiéndole esas cartas. ¡Adiós!.
- ¡Adiós pues!.- Le dije mientras le ayudaba a levantar la pequeña maleta. Su parca silueta pasó como un fantasma por el estrecho pasillo del vagón, iluminado por una tenue luz amarillenta. La vi colocarse detrás de una muchacha que estaba sentada junto a la ventana y que lo miraba todo con ojos de profunda tristeza. La anciana le acarició la cabeza, se sentó a su lado y le cogió una mano. La muchacha pareció no darse cuenta de su presencia. Luego entre una densa humareda el tren se puso en marcha lentamente, con un ruido de engranajes oxidados. Al cabo, fue sólo una breve pincelada negra en el lienzo de vivos colores del horizonte, en el amanecer recién estrenado.
Regresé a casa contento, braceando al andar como un mozo al que acaban de concederle un permiso. Mañana, ¡ al fin!, estarás aquí de nuevo.
EL NO SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO
Martes 19 de julio del año en curso. Lugar mi tabuco ( mi cuarto para los no iniciados). Hora las 02.16 de la madrugada, se entiende. El menda, o sea, el que suscribe estirado en su lecho como lechón en lodazal. 1,90 cms ( dependiendo de si esa semana toca acicalado de uñas de los "pieses" o no), desparramados en una cama de 2,00 x 1,50, (primero metieron la cama y luego me hicieron el cuarto).
Morfea ( la llaman así porque es un callo) me acuna en sus brazos. Una pompa de mucosidad aflora de mis fosas abisales. Me encuentro en plena fase R.E.M. ( Rapid Eye Movement) y por mi criogenizada mente desfilan toda clase de sueños estrambóticos, el último que recuerdo es uno en el que King África es sodomizado por un ejército de boy scouts mientras suena de fondo " Paquito el Chocolatero", interpretado por un grupo de tunos ataviados solamente con una capa y un calzón, imitación Kalvin Klein de esos que se les despelecha la gomita de la cintura al tercer lavado.
Antes de "empiltrarme" (yacer en decúbito supino sobre el camastro, boca arriba se entiende, nuevamente para los no iniciados), he tenido que cerrar puerta y ventana porque el calor es insoportable. He encendido mi consola de aire criogenizado y procedo como mi admirada Sigourney Weaver en "Alien" a meterme en el sarcófago de nitrógeno líquido que hace las veces de cama. Hora las 00:25 minutos, con un cuarto creciente filtrándose por la ventana que sólo tiene la persiana bajada a media altura.
Primer paso: Buscar la postura, sobre el lado izquierdo con el brazo derecho sobre el hombro izquierdo y el brazo izquierdo por debajo de la almohada justo a la altura de la cabeza, ¡sí que pasa, complicado que es uno!.
Segundo paso: Llamar al sueño, reseteo de cerebelo, esto lleva generalmente poco tiempo porque no hay mucha información acumulada.
Tercer paso: Caída de párpados al más puro estilo de película muda interpretada por un lumpenactor que sobreactúa más que Robin Williams, ¡que ya es decir!.
Cuarto paso: ¿Hay cuarto paso?, en fin, creo que aquí viene el sueño concedámosle unas palabritas aunque sean monosílabos: ZZzzzzzzzzz, ZZzzzzzzz.
Silencio de biblioteca sólo interrumpido por el roce de las uñas de los pies con las sábanas y algún que otro episodio de "perla" intestinal (creo que esta vez no hace falta aclaración para los no iniciados).
Por fin, la antes mencionada fase R.E.M. Por mis tres ojos ( ¡mal pensados, incluyo el de la percepción!!), pasan como fotogramas de una película, escenas de mi corta existencia; el corte de pelo que llevé en mi Primera ( y última) Comunión y que me llevó a fabricar una muñeca vudú, pintándole el careto de la peluquera y clavándole sistemáticamente las agujas de punto de mi abuela. El día en que Parra, un amigo de la infancia, me tiró un tocón de madera a la cabeza y me salió un chichón con meta volante puntuable de montaña. El día que me vengué de Parra y le salpiqué con un "mojicón" de vaca su camisa blanca, ( yo tendría una meta volante de montaña en la quijotera, pero ese día le enfundé el maillot de la montaña, aunque las máculas eran marrones y no rojas). En fin, todos esos episodios que uno guarda en la recámara de la memoria y que repasa mentalmente al menos una vez cada cierto tiempo.
Hora, la mencionada anteriormente las 02:16, vencido por el sueño con los ojos girando como los de Leticia Sabater siendo juez de silla en un partido de tenis, aislado del mundanal rüido, perdido en la espiral del tiempo y el espacio, en algún lugar entre el cielo y la tierra. Indefenso como un niño de San Ildefonso que sólo canta la pedrea, ¡ VAMOS DORMIDO, JOER, COMO UN LIRÓN CARETO!!.
De repente un zumbido restalla en mi pabellón auditivo, suena como el vuelo bajo de una avioneta turbohélice (nunca he sabido que es esto, pero ¡qué bien suena!). Inmediatamente salgo de mi ensoñación, abro ligeramente los ojos, espero unos segundos y al cabo de unos instantes vuelve a sonar el mismo zumbido, esta vez más cerca, como un vuelo kamikaze dirigido hacia mi testa. Inconscientemente doy un manotazo al aire, luego una palmada. Espero un poco por si se oye el ¡Mayday!, ¡Mayday! del aterrado piloto informando a la base. Me palpo las palmas de las manos para encontrar los restos de la carnicería, el reguero sanguinolento extendiéndose, paradójicamente, por la línea de la vida de mis manos. No hay nada. Seguramente una última maniobra desesperada de tirabuzón del experimentado piloto evitó el desastre y ahora ríe como un poseso en la diminuta cabina del aparato, mientras enfila de nuevo hacia mi escueta anatomía. Lo guía la estela de dióxido de carbono que expele mi aliento. - ¡ Lástima que no sea sábado, si te lanzo el vaho del Absolut te quedas más tieso que el rollo de primavera de un restaurante chino!! - me digo mentalmente.
El terror sicológico se propaga, la piel se vuelve extremadamente sensible y la mínima presión, el mínimo cosquilleo sobre su superficie es interpretado como un asalto en todo regla, con bayoneta calada entre los dientes del mosquito de marras. Muevo frenéticamente los brazos y las piernas, como si experimentara un episodio de epilepsia repentino.
¡A tus doce!, me advierte el aletargado cerebelo mientras mis oídos perciben nuevamente el rebufo sonoro de una nueva pasada. Desesperado me levanto al fin, enciendo la luz de la habitación. Brazos en jarra como un baturro a punto de interpretar una jota. Miro en derredor; nada por babor, ni por estribor, me pongo de cuclillas, miro debajo de la cama, cojo un folio de la impresora y lo zarandeo en el aire para que el huracán doméstico aplaste al heminóptero.
Finalmente, decido emprender el "Plan B", apago la luz general y enciendo el flexo, dirijo el chorro de claridad hacia la pared haciendo que se concentre en un diminuto círculo blanco. Me siento sobre la cama, muevo la cabeza 360 grados como la niña del exorcista. Espero y desespero, son cerca de las tres y cuarto de la madrugada.
Por fin, tras una larga espera vislumbro la silueta del mosquito justo en el centro del círculo de luz del flexo. Me levanto sigilosamente, adopto una postura de acecho con la espalda ligeramente encorvada, levanto el brazo derecho, la palma de la mano abierta y en un rápido movimiento ¡zas!! le alcanzo de lleno aplastándolo contra la pared. Una risa mefistofélica me asoma de las fauces mientras despego de la pared el cadáver que se ha quedado más plano que un escáner cerebral de Mariah Carey. Lo sostengo en el aire con gesto triunfante y lo deposito con mimo en el cenicero de cristal que tengo sobre la mesilla.
Me vuelvo a emplitrar, entre pitos y flautas son casi las cuatro. Eso sí, mi piel está impoluta, ni una sola roncha y mientras Morfea acude nuevamente a acunarme me entrego al sueño con una sonrisa prendida en el careto. Por esta vez ganan los buenos, me dije.
Morfea ( la llaman así porque es un callo) me acuna en sus brazos. Una pompa de mucosidad aflora de mis fosas abisales. Me encuentro en plena fase R.E.M. ( Rapid Eye Movement) y por mi criogenizada mente desfilan toda clase de sueños estrambóticos, el último que recuerdo es uno en el que King África es sodomizado por un ejército de boy scouts mientras suena de fondo " Paquito el Chocolatero", interpretado por un grupo de tunos ataviados solamente con una capa y un calzón, imitación Kalvin Klein de esos que se les despelecha la gomita de la cintura al tercer lavado.
Antes de "empiltrarme" (yacer en decúbito supino sobre el camastro, boca arriba se entiende, nuevamente para los no iniciados), he tenido que cerrar puerta y ventana porque el calor es insoportable. He encendido mi consola de aire criogenizado y procedo como mi admirada Sigourney Weaver en "Alien" a meterme en el sarcófago de nitrógeno líquido que hace las veces de cama. Hora las 00:25 minutos, con un cuarto creciente filtrándose por la ventana que sólo tiene la persiana bajada a media altura.
Primer paso: Buscar la postura, sobre el lado izquierdo con el brazo derecho sobre el hombro izquierdo y el brazo izquierdo por debajo de la almohada justo a la altura de la cabeza, ¡sí que pasa, complicado que es uno!.
Segundo paso: Llamar al sueño, reseteo de cerebelo, esto lleva generalmente poco tiempo porque no hay mucha información acumulada.
Tercer paso: Caída de párpados al más puro estilo de película muda interpretada por un lumpenactor que sobreactúa más que Robin Williams, ¡que ya es decir!.
Cuarto paso: ¿Hay cuarto paso?, en fin, creo que aquí viene el sueño concedámosle unas palabritas aunque sean monosílabos: ZZzzzzzzzzz, ZZzzzzzzz.
Silencio de biblioteca sólo interrumpido por el roce de las uñas de los pies con las sábanas y algún que otro episodio de "perla" intestinal (creo que esta vez no hace falta aclaración para los no iniciados).
Por fin, la antes mencionada fase R.E.M. Por mis tres ojos ( ¡mal pensados, incluyo el de la percepción!!), pasan como fotogramas de una película, escenas de mi corta existencia; el corte de pelo que llevé en mi Primera ( y última) Comunión y que me llevó a fabricar una muñeca vudú, pintándole el careto de la peluquera y clavándole sistemáticamente las agujas de punto de mi abuela. El día en que Parra, un amigo de la infancia, me tiró un tocón de madera a la cabeza y me salió un chichón con meta volante puntuable de montaña. El día que me vengué de Parra y le salpiqué con un "mojicón" de vaca su camisa blanca, ( yo tendría una meta volante de montaña en la quijotera, pero ese día le enfundé el maillot de la montaña, aunque las máculas eran marrones y no rojas). En fin, todos esos episodios que uno guarda en la recámara de la memoria y que repasa mentalmente al menos una vez cada cierto tiempo.
Hora, la mencionada anteriormente las 02:16, vencido por el sueño con los ojos girando como los de Leticia Sabater siendo juez de silla en un partido de tenis, aislado del mundanal rüido, perdido en la espiral del tiempo y el espacio, en algún lugar entre el cielo y la tierra. Indefenso como un niño de San Ildefonso que sólo canta la pedrea, ¡ VAMOS DORMIDO, JOER, COMO UN LIRÓN CARETO!!.
De repente un zumbido restalla en mi pabellón auditivo, suena como el vuelo bajo de una avioneta turbohélice (nunca he sabido que es esto, pero ¡qué bien suena!). Inmediatamente salgo de mi ensoñación, abro ligeramente los ojos, espero unos segundos y al cabo de unos instantes vuelve a sonar el mismo zumbido, esta vez más cerca, como un vuelo kamikaze dirigido hacia mi testa. Inconscientemente doy un manotazo al aire, luego una palmada. Espero un poco por si se oye el ¡Mayday!, ¡Mayday! del aterrado piloto informando a la base. Me palpo las palmas de las manos para encontrar los restos de la carnicería, el reguero sanguinolento extendiéndose, paradójicamente, por la línea de la vida de mis manos. No hay nada. Seguramente una última maniobra desesperada de tirabuzón del experimentado piloto evitó el desastre y ahora ríe como un poseso en la diminuta cabina del aparato, mientras enfila de nuevo hacia mi escueta anatomía. Lo guía la estela de dióxido de carbono que expele mi aliento. - ¡ Lástima que no sea sábado, si te lanzo el vaho del Absolut te quedas más tieso que el rollo de primavera de un restaurante chino!! - me digo mentalmente.
El terror sicológico se propaga, la piel se vuelve extremadamente sensible y la mínima presión, el mínimo cosquilleo sobre su superficie es interpretado como un asalto en todo regla, con bayoneta calada entre los dientes del mosquito de marras. Muevo frenéticamente los brazos y las piernas, como si experimentara un episodio de epilepsia repentino.
¡A tus doce!, me advierte el aletargado cerebelo mientras mis oídos perciben nuevamente el rebufo sonoro de una nueva pasada. Desesperado me levanto al fin, enciendo la luz de la habitación. Brazos en jarra como un baturro a punto de interpretar una jota. Miro en derredor; nada por babor, ni por estribor, me pongo de cuclillas, miro debajo de la cama, cojo un folio de la impresora y lo zarandeo en el aire para que el huracán doméstico aplaste al heminóptero.
Finalmente, decido emprender el "Plan B", apago la luz general y enciendo el flexo, dirijo el chorro de claridad hacia la pared haciendo que se concentre en un diminuto círculo blanco. Me siento sobre la cama, muevo la cabeza 360 grados como la niña del exorcista. Espero y desespero, son cerca de las tres y cuarto de la madrugada.
Por fin, tras una larga espera vislumbro la silueta del mosquito justo en el centro del círculo de luz del flexo. Me levanto sigilosamente, adopto una postura de acecho con la espalda ligeramente encorvada, levanto el brazo derecho, la palma de la mano abierta y en un rápido movimiento ¡zas!! le alcanzo de lleno aplastándolo contra la pared. Una risa mefistofélica me asoma de las fauces mientras despego de la pared el cadáver que se ha quedado más plano que un escáner cerebral de Mariah Carey. Lo sostengo en el aire con gesto triunfante y lo deposito con mimo en el cenicero de cristal que tengo sobre la mesilla.
Me vuelvo a emplitrar, entre pitos y flautas son casi las cuatro. Eso sí, mi piel está impoluta, ni una sola roncha y mientras Morfea acude nuevamente a acunarme me entrego al sueño con una sonrisa prendida en el careto. Por esta vez ganan los buenos, me dije.





