CADA MAÑANA
Cada mañana, nada más llegar al pueblo, nos paramos en la “avenida principal”. Allí han brotado como hongos un puñado de bares de carretera, con mostradores de zinc, taburetes sin respaldo imitación de madera y ventiladores aspaventeros que al ponerse en marcha dejan en el aire un tufo a fritanga.
“El Sevilla” está sentado en un rincón de la barra, con los pies colgando de un taburete alto, ojeando la gachí ligera de ropa que aparece en la contraportada del As. Cuando nos ve llegar, nos da jovialmente los buenos días y se dirige, diligente, a la cafetera, con un paño colgando de uno de sus hombros.
La cafetera, estación de cafés expresos, lanza bocanadas de vapor furioso, derramando en las tazas un líquido del color de la brea, tan denso que podría masticarse o tapar un bache del asfalto si derramáramos en él el contenido de la taza.
Siempre estamos los mismos; nosotros los forasteros y los parroquianos de siempre. Si miras a través de la gruesa cristalera, en vez de un bar parece que estuvieras en una pescadería con tanto besugo queriendo espabilarse de la merluza que pescaron de madrugada, a esas horas en que se arroja el anzuelo, sobre un tapete verde, -con baraja más sobada que el pasamanos de un prostíbulo- y vuelve más descarnado de lo que se fue si cabe.
Siempre los mismos; acodados en las mesas de publicidad de coca cola, con la mirada perdida trazando secantes en el plano de la nada. Es como si siempre hubiesen estado allí. Como si “El Sevilla” descorriera las persianas metálicas a primera hora de la mañana y ellos ya estuviesen dentro, formando parte del mobiliario, del paisanaje recortado por las siluetas de botellas polvorientas de anisete.
Escenas de un Macondo metido con calzador entre la llanura extremeña. Al que se llega por una carretera que atraviesa dehesas de encinas, campos de cabellos pajizos en los que asoma alguna calva. Mientras el sol bajo de la mañana se derrama sobre los tejados y traza sombras en el suelo con escuadra y cartabón.
“El Sevilla” está sentado en un rincón de la barra, con los pies colgando de un taburete alto, ojeando la gachí ligera de ropa que aparece en la contraportada del As. Cuando nos ve llegar, nos da jovialmente los buenos días y se dirige, diligente, a la cafetera, con un paño colgando de uno de sus hombros.
La cafetera, estación de cafés expresos, lanza bocanadas de vapor furioso, derramando en las tazas un líquido del color de la brea, tan denso que podría masticarse o tapar un bache del asfalto si derramáramos en él el contenido de la taza.
Siempre estamos los mismos; nosotros los forasteros y los parroquianos de siempre. Si miras a través de la gruesa cristalera, en vez de un bar parece que estuvieras en una pescadería con tanto besugo queriendo espabilarse de la merluza que pescaron de madrugada, a esas horas en que se arroja el anzuelo, sobre un tapete verde, -con baraja más sobada que el pasamanos de un prostíbulo- y vuelve más descarnado de lo que se fue si cabe.
Siempre los mismos; acodados en las mesas de publicidad de coca cola, con la mirada perdida trazando secantes en el plano de la nada. Es como si siempre hubiesen estado allí. Como si “El Sevilla” descorriera las persianas metálicas a primera hora de la mañana y ellos ya estuviesen dentro, formando parte del mobiliario, del paisanaje recortado por las siluetas de botellas polvorientas de anisete.
Escenas de un Macondo metido con calzador entre la llanura extremeña. Al que se llega por una carretera que atraviesa dehesas de encinas, campos de cabellos pajizos en los que asoma alguna calva. Mientras el sol bajo de la mañana se derrama sobre los tejados y traza sombras en el suelo con escuadra y cartabón.
¡ NUNCA MÁS!





