BYE BYE ALELUYAH!!!
Soy, lo reconozco, uno de esos buitres execrables que trazan círculos concéntricos en las alturas, atraídos por el olor a cadaverina que exhala el televisor al emitirse "Ellas y el sexo débil".
Una de esas alimañas que ríen, con aullidos de hiena taimada, enseñando el colmillo, ávido de carroña catódica, y que contemplan, henchidas de gozo, como ese gran depredador llamado "share" destroza a dentelladas la nueva inmundicia hecha serie de la polipatética bióloga.
No voy a pronunciarme sobre el personaje, más conocido por episodios de "empañing" con nocturnidad y alevosía en urbanizaciones de lujo y por sus archiconocidos posados veraniegos (sin los cuales resulta imposible imaginarse la época estival), que por su bagaje como actriz en producciones patrias perfectamente olvidables.
Sin embargo, una actuación de la Obregón no se borrará jamás de mis purulentas pupilas, aconteció en el Equipo A, aquella serie de culto precursora del fenómeno "tunning". Ana hacía de "hispana" (cómo no!) y compartía escena con Anibal, ese prócer con albinismo escrotal y sempiterno puro ensalivado entre los labios. Impagable la escena; los disparos de Anita cerrando los ojos.
Creo que mi animadversión hacia esta fémina está intrínsecamente relacionada con su aparición en esta serie bonancible donde las haya. Bueno eso y las retransmisiones a dúo con Ramontxu, capa toledana incluida, en algún final de año. Imposible no atragantarse con las uvas ante el esperpento de tanto chillido y aspaviento.
No veo prácticamente la televisión, algo me llevo a mis cansados ojos buceando en la fosa séptica de la parrilla. Poco o nada puede salvarse. Reconozco que hay series foráneas que alguna vez me engancharon, pero que me han dejado de interesar por lo reiterado del argumento y por tanta sucesión de hemoglobina y vísceras expuestas en impolutas mesas de autopsia. No es muy aconsejable ver estos sórdidos y reiterativos espectáculos cuando uno se lleva a la boca, por ejemplo, un filete de hígado poco hecho.
Decíamos en los ochenta que la tele era un "pozo ciego", una ciénaga con fuegos fatuos a modo de concursos que buscaban la coletilla fácil y el humor blanco como la caspa. Pero ahora, echando la vista atrás, aún a riesgo de convertirnos en estatua de sal, solemos mirar con cierto deje de nostalgia aquellos años.
Y si algún crédulo creyó intuir el advenimiento de una televisión mejor con la llegada de las cadenas digitales, habrá dejado el suelo sembrado con sus dientes, pues el invento, anunciado a bombo y platillo, no deja de ser un reducto de series que no triunfaron, una balsa de aceite herrumbroso donde nadan los refritos que nadie se atreve a reponer.
Me alegra que “Ellas y el Sexo débil” tenga los días contados y que pronto no sea más que la mancha de una deyección columbina en la solapa de un par de miles ingenuos espectadores. Le auguro a la serie de la Obregón un funeral del calibre de los que se celebran en Nueva Orleans con fanfarria de trombones y trompetas y orondas plañideras de pega lanzando gritos "anaobregonianos" lamentando la corta existencia que tuvo la criatura. Tras el cortejo, muy al fondo, algunos bailaremos abrazados, entrechocando nuestros vasos de bourbon y repitiendo como una eterna letanía “Bye bye Aleluyah”.
Una de esas alimañas que ríen, con aullidos de hiena taimada, enseñando el colmillo, ávido de carroña catódica, y que contemplan, henchidas de gozo, como ese gran depredador llamado "share" destroza a dentelladas la nueva inmundicia hecha serie de la polipatética bióloga.
No voy a pronunciarme sobre el personaje, más conocido por episodios de "empañing" con nocturnidad y alevosía en urbanizaciones de lujo y por sus archiconocidos posados veraniegos (sin los cuales resulta imposible imaginarse la época estival), que por su bagaje como actriz en producciones patrias perfectamente olvidables.
Sin embargo, una actuación de la Obregón no se borrará jamás de mis purulentas pupilas, aconteció en el Equipo A, aquella serie de culto precursora del fenómeno "tunning". Ana hacía de "hispana" (cómo no!) y compartía escena con Anibal, ese prócer con albinismo escrotal y sempiterno puro ensalivado entre los labios. Impagable la escena; los disparos de Anita cerrando los ojos.
Creo que mi animadversión hacia esta fémina está intrínsecamente relacionada con su aparición en esta serie bonancible donde las haya. Bueno eso y las retransmisiones a dúo con Ramontxu, capa toledana incluida, en algún final de año. Imposible no atragantarse con las uvas ante el esperpento de tanto chillido y aspaviento.
No veo prácticamente la televisión, algo me llevo a mis cansados ojos buceando en la fosa séptica de la parrilla. Poco o nada puede salvarse. Reconozco que hay series foráneas que alguna vez me engancharon, pero que me han dejado de interesar por lo reiterado del argumento y por tanta sucesión de hemoglobina y vísceras expuestas en impolutas mesas de autopsia. No es muy aconsejable ver estos sórdidos y reiterativos espectáculos cuando uno se lleva a la boca, por ejemplo, un filete de hígado poco hecho.
Decíamos en los ochenta que la tele era un "pozo ciego", una ciénaga con fuegos fatuos a modo de concursos que buscaban la coletilla fácil y el humor blanco como la caspa. Pero ahora, echando la vista atrás, aún a riesgo de convertirnos en estatua de sal, solemos mirar con cierto deje de nostalgia aquellos años.
Y si algún crédulo creyó intuir el advenimiento de una televisión mejor con la llegada de las cadenas digitales, habrá dejado el suelo sembrado con sus dientes, pues el invento, anunciado a bombo y platillo, no deja de ser un reducto de series que no triunfaron, una balsa de aceite herrumbroso donde nadan los refritos que nadie se atreve a reponer.
Me alegra que “Ellas y el Sexo débil” tenga los días contados y que pronto no sea más que la mancha de una deyección columbina en la solapa de un par de miles ingenuos espectadores. Le auguro a la serie de la Obregón un funeral del calibre de los que se celebran en Nueva Orleans con fanfarria de trombones y trompetas y orondas plañideras de pega lanzando gritos "anaobregonianos" lamentando la corta existencia que tuvo la criatura. Tras el cortejo, muy al fondo, algunos bailaremos abrazados, entrechocando nuestros vasos de bourbon y repitiendo como una eterna letanía “Bye bye Aleluyah”.