SOBRE ALIENÍGENAS Y ALIENADOS
Barruntar la hipótesis de que estamos solos en el universo, se me antoja algo aventurado, pero imaginar a seres verdes diminutos correteando impunemente en cueros por las cunetas de nuestra piel de toro, me parece cuanto menos disparatado.
Es posible, que haya otros planetas en los que existan otras formas de vida que no tienen necesariamente que parecerse a nosotros. Quizás pequeñas amebas, paramecios u otros anélidos, fluctuando en un sabroso caldo, buceando despreocupados sin saber quién es Karmele Marchante o el nuevo efebo testosterónico que apaga el furor uterino de la Obregón. Preparándose para que una conjunción de factores, más o menos fortuitos, les sean propicios para evolucionar hacia organismos más complejos.
Pero de ahí a que haya ejemplares fisiológicamente parecidos a los humanos, que lleven piercings en el ombligo u osculten su cavidad nasal, mientras esperan pacientemente que se ponga en verde un semáforo en plena Vía Láctea, hay un trecho.
Sin embargo, no voy a hablar de alienígenas sino más bien de alienados. De una rara especie en vías de extinción: "El investigador Paranormal".
El investigador paranormal:
Para un observador poco avezado, el investigador paranormal puede parecerse sospechosamente a un ornitólogo. Suelen ir ataviados con chalecos de múltiples bolsillos donde ubicar su instrumental de trabajo, (igual que el gremio anteriormente referido). Pantalón desmontable igualmente provisto de una cantidad de bolsillos, cremalleras, aberturas, imposibles de inventariar. De hecho la única diferencia que generalmente existe entre un ornitólogo y un investigador reside en una prenda tan proletaria y vulgar como la camiseta.
Mientras los primeros llevan dibujos de, por ejemplo, cogutas albinas en actitud concupiscente y el nombre de alguna asociación ecologista, por ejemplo: “Asociación de amigos del gran simio de escroto plateado”, el investigador paranormal lleva serigrafiada la silueta de un alienígena o de un platillo volante acompañado de alguna leyenda del tipo “Asociación ufológica de Minglanilla de la Calzada; 24/11/05 alerta ovni; como siempre, no vimos ná, sigue buscando”.

Otra coincidencia entre estos gremios es su natural querencia hacia los “cuadernos de campo”, los unos para dejar constancia de, por ejemplo, el número de garcillas bueyeras que nidifican sobre la copa de un sauce llorón. Los otros para dar fe de sus encuentros con diminutos alienígenas domingueros que, por ejemplo, pudieran estar haciendo una paella o bebiendo sangría, como templarios, a la sombra de una frondosa encina mientras escuchan “Carrusel deportivo” y juegan una partidita a las siete y media apostándose sus pistolas desintegradoras.
Para un ser humano convencional, el cuento de caperucita puede resultar de una idiotez infantiloide. Por el contrario, para un investigador paranormal puede ser la plasmación palmaria de que la transmutación de los cuerpos es un hecho impepinable, creyendo a pies juntillas que el lobo del cuento era una “entidad” capaz de adoptar la fisonomía de otra especie engañando así a la inocente zagala encarnada.
También para un ser humano equipado con un cerebro de serie meridianamente lubricado, un “fantasma” no es más que la descripción literal del vecino que estrena coche esperando dejar atrás al cobrador del frac o del presuntuoso y efervescente mancebo que presume entre sus amistades de tener un currículo copulatorio comparable al de un chimpancé de zoológico.

Sin embargo, para un investigador paranormal, un fantasma es un ente que no tenía calderilla con que pagar a Caronte y, por ende, ha quedado atrapado en nuestro mundo y pena eternamente en busca de algún alma cándida que le ayude a expiar sus pecados.
Para el común de los mortales una psicofonía es el ruido que produce la escucha de, por ejemplo, el “Powerslave” de los Iron Maiden grabado en un casete de ferro II marca Sanyo sonando en un radiocasete comprado en el bazar Marrakech.
Para un investigador paranormal, una psicofonía es el compendio de improperios, amenazas portuarias y quejidos quejumbrosos que exhalan los muertos para acongojar (suavizando el término) a los que estamos vivos y recordarnos lo malo que es haberse muerto sabiendo que ha entrado en la partición de tu herencia, ese hijo tuyo que te dejó abandonado en una gasolinera durante unas vacaciones de verano.
Dejando el tema de estos investigadores y volviendo al hilo conductor con el que empezaba esta diatriba, no niego que alguna vez me interesaron estos temas, pero que uno, cuando se hace mayor, se da cuenta que siempre hablan de los mismos asuntos, sobados hasta límites insospechados y que la credibilidad de todos estos personajes, es equiparable a la declaración de inocencia que tan fervientemente defienden los imputados del caso “Malaya”.
Por último, todos estos temas transitan por la delgada línea que separa la pseudociencia del burdo y manido sensacionalismo, haciéndose, a veces, tan angosta la senda que, a menudo, una y otra cosa caminan de la mano fundiéndose un fraternal abrazo.
Sin embargo, yo sigo creyendo que hay fenómenos que la ciencia aún no ha logrado explicar, espacios in albis a los que no se les ha podido encontrar explicación.
Hay uno de ellos que me atormenta estos días, al que doy vueltas y vueltas y aún no he logrado dar respuesta que sacie mi curiosidad insana, mis ansias de conocer. No me importa saber si existe vida en otros planetas, si hay vida más allá de la vida, si existe vida inteligente en La Tierra, o son reales el Yeti o el monstruo del Lago Ness, pero por Dios!!, que alguien me explique COMO DIABLOS PUEDE IKER JIMÉNEZ MANTENER EN PIE ESE FLEQUILLO ALOPÉCICO. ¡¡ Mi reino, mi puñetero reino entrego a quien sepa la respuesta!!.
Es posible, que haya otros planetas en los que existan otras formas de vida que no tienen necesariamente que parecerse a nosotros. Quizás pequeñas amebas, paramecios u otros anélidos, fluctuando en un sabroso caldo, buceando despreocupados sin saber quién es Karmele Marchante o el nuevo efebo testosterónico que apaga el furor uterino de la Obregón. Preparándose para que una conjunción de factores, más o menos fortuitos, les sean propicios para evolucionar hacia organismos más complejos.
Pero de ahí a que haya ejemplares fisiológicamente parecidos a los humanos, que lleven piercings en el ombligo u osculten su cavidad nasal, mientras esperan pacientemente que se ponga en verde un semáforo en plena Vía Láctea, hay un trecho.
Sin embargo, no voy a hablar de alienígenas sino más bien de alienados. De una rara especie en vías de extinción: "El investigador Paranormal".
El investigador paranormal:
Para un observador poco avezado, el investigador paranormal puede parecerse sospechosamente a un ornitólogo. Suelen ir ataviados con chalecos de múltiples bolsillos donde ubicar su instrumental de trabajo, (igual que el gremio anteriormente referido). Pantalón desmontable igualmente provisto de una cantidad de bolsillos, cremalleras, aberturas, imposibles de inventariar. De hecho la única diferencia que generalmente existe entre un ornitólogo y un investigador reside en una prenda tan proletaria y vulgar como la camiseta.
Mientras los primeros llevan dibujos de, por ejemplo, cogutas albinas en actitud concupiscente y el nombre de alguna asociación ecologista, por ejemplo: “Asociación de amigos del gran simio de escroto plateado”, el investigador paranormal lleva serigrafiada la silueta de un alienígena o de un platillo volante acompañado de alguna leyenda del tipo “Asociación ufológica de Minglanilla de la Calzada; 24/11/05 alerta ovni; como siempre, no vimos ná, sigue buscando”.

Otra coincidencia entre estos gremios es su natural querencia hacia los “cuadernos de campo”, los unos para dejar constancia de, por ejemplo, el número de garcillas bueyeras que nidifican sobre la copa de un sauce llorón. Los otros para dar fe de sus encuentros con diminutos alienígenas domingueros que, por ejemplo, pudieran estar haciendo una paella o bebiendo sangría, como templarios, a la sombra de una frondosa encina mientras escuchan “Carrusel deportivo” y juegan una partidita a las siete y media apostándose sus pistolas desintegradoras.
Para un ser humano convencional, el cuento de caperucita puede resultar de una idiotez infantiloide. Por el contrario, para un investigador paranormal puede ser la plasmación palmaria de que la transmutación de los cuerpos es un hecho impepinable, creyendo a pies juntillas que el lobo del cuento era una “entidad” capaz de adoptar la fisonomía de otra especie engañando así a la inocente zagala encarnada.
También para un ser humano equipado con un cerebro de serie meridianamente lubricado, un “fantasma” no es más que la descripción literal del vecino que estrena coche esperando dejar atrás al cobrador del frac o del presuntuoso y efervescente mancebo que presume entre sus amistades de tener un currículo copulatorio comparable al de un chimpancé de zoológico.

Sin embargo, para un investigador paranormal, un fantasma es un ente que no tenía calderilla con que pagar a Caronte y, por ende, ha quedado atrapado en nuestro mundo y pena eternamente en busca de algún alma cándida que le ayude a expiar sus pecados.
Para el común de los mortales una psicofonía es el ruido que produce la escucha de, por ejemplo, el “Powerslave” de los Iron Maiden grabado en un casete de ferro II marca Sanyo sonando en un radiocasete comprado en el bazar Marrakech.
Para un investigador paranormal, una psicofonía es el compendio de improperios, amenazas portuarias y quejidos quejumbrosos que exhalan los muertos para acongojar (suavizando el término) a los que estamos vivos y recordarnos lo malo que es haberse muerto sabiendo que ha entrado en la partición de tu herencia, ese hijo tuyo que te dejó abandonado en una gasolinera durante unas vacaciones de verano.
Dejando el tema de estos investigadores y volviendo al hilo conductor con el que empezaba esta diatriba, no niego que alguna vez me interesaron estos temas, pero que uno, cuando se hace mayor, se da cuenta que siempre hablan de los mismos asuntos, sobados hasta límites insospechados y que la credibilidad de todos estos personajes, es equiparable a la declaración de inocencia que tan fervientemente defienden los imputados del caso “Malaya”.
Por último, todos estos temas transitan por la delgada línea que separa la pseudociencia del burdo y manido sensacionalismo, haciéndose, a veces, tan angosta la senda que, a menudo, una y otra cosa caminan de la mano fundiéndose un fraternal abrazo.
Sin embargo, yo sigo creyendo que hay fenómenos que la ciencia aún no ha logrado explicar, espacios in albis a los que no se les ha podido encontrar explicación.
Hay uno de ellos que me atormenta estos días, al que doy vueltas y vueltas y aún no he logrado dar respuesta que sacie mi curiosidad insana, mis ansias de conocer. No me importa saber si existe vida en otros planetas, si hay vida más allá de la vida, si existe vida inteligente en La Tierra, o son reales el Yeti o el monstruo del Lago Ness, pero por Dios!!, que alguien me explique COMO DIABLOS PUEDE IKER JIMÉNEZ MANTENER EN PIE ESE FLEQUILLO ALOPÉCICO. ¡¡ Mi reino, mi puñetero reino entrego a quien sepa la respuesta!!.





