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LA COTUBÍA Una muestra de lo que puede hacerse gracias a la criogenización cerebral.
Acerca de
Sobre tu nave - un plinto verde de algas marinas, de moluscos, de conchas, de esmeralda estelar-, capitán de los vientos y de las golondrinas, fuiste condecorado por un golpe de mar. Rafael Alberti


Sindicación
 
Canela y limón
Corrían los años ochenta y una nueva hornada de trovadores revitalizaba y mineralizaba la música patria, que hasta entonces vivía de los réditos de ciertos iconos totémicos. Lo llamaron "La Movida" y la villa sin playa de Madrid fue el espigón donde vino a romper "la nueva ola".

Otro tsunami más castizo, estaba teniendo lugar en silencio. Alejado de los nuevos cenáculos de moda donde se daban cita la flor y caspa de la vida vampírica, entre el neón parpadeante de las gasolineras, en los expositores giratorios, sobados por camioneros, nacía una estrella refulgente "El Fary".

Espeleólogo que rescató la copla "atapuerqueña" lanzándole cabos hechos con Casio PT-1, el Fary aparecía en escena arrasando como un vendabal, haciendo sombra al tupé quitinoso del hasta entonces rey de la canción popular; el indespeinable Manolo Escobar.

La primera vez que creo haber escuchado al Fary fue en un viajecillo por el norte de Cáceres, en el 127 amarillo de mi abuelo. En el radiocasete Punto Azul sonaba "Canela y Limón". Me hicieron gracia los gorgoritos de ese tipo que figuraba en la portada descolorida, que parecía un híbrido de Jackie Chan (eso lo supe después) y Juanito Valderrama.

Los años siguientes fueron testigos de la tiranía tonadillera del Fary, con himnos generacionales como "el toro guapo" o "paloma que pierde el vuelo" que sonaban en los chiringuitos playeros, entre plato de paella y jarra de sangría, haciendo bailar como repionas a las hordas de alemanas de la tercera edad.

La música del Fary era una radiografía en color sepia de la España cañí, la de las muñecas flamencas y los toritos entronizados sobre paños de ganchillo, encima de las Telefunken en blanco y negro. La España de los bodorrios, con gambas con dos autopsias, en merenderos que tenían colgadas fotos de toreros y cuadros-espejo de la Coca Cola. La del Seat 850, los bañadores meyba escuetos y paqueteros que lucían los otrora numerosos machos ibéricos.

Se ha ido el Fary y se va una parte de esas imágenes que quedaron en el recuerdo.
¿Alguien se ha preguntado alguna vez por qué los números de los taxímetros son rojos?, porque al final del viaje, siempre nos vamos sin pagar. El cielo debe estar lleno de facturas de taxi.

Descansa en paz, ¡fenómeno!.