MENS SANA IN CORPORE SEPULTO
Heme aquí, rebozada en el olvido, como mota de polvo que busca un haz de luz para despegarse del sueño.
Las telarañas se han convertido en un telón espeso que se empeña en no dejar que empiece la función, en un hilo con el que remendar los rotos del silencio.
La vida de una bitácora es de un laconismo lacerante. Al principio, mi propietario se empeñaba en desgranar los ingredientes, en vigilar el fuego, en cocinar recetas con el aroma de guisos antiguos.
Fueron tiempos felices, de hojas preñadas de historias y la llegada del otoño - cuando todas las hojas se vuelven blancas- era sólo un eco, a miles de kilómetros, el sonido fugaz de la quilla de un barco rompiendo el oleaje.
Aquel extraño maridaje se ha vuelto mordaza y ha hecho del silencio adalid de vieja milicia, pertrechado tras armas herrumbrosas.
Una bandera blanca ondea en el pabellón de este bergantín goleta que una vez fue redil de galeote.
Quizás sea ese el problema; el anhelo egoísta e irrefrenable que al fin barrunta mi suerte. Ignoré los salientes de roca, navegué por aguas mansas unas veces y otras, prendí de mis mástiles el fuego de San Telmo, rúbrica de atroces tempestades, y estuve a un palmo de irme a pique
Una mañana de verano me trajo el sol del invierno. Yazco desde entonces acodada en el rincón de la memoria, abocada a echar mano de enmohecidas provisiones, a beber del agua turbia del recuerdo y a añorar los tiempos compartidos con el Capitán que ahora navega en pos de nuevos vientos y recela de la galerna de nuestra amistad.
Aquí sigo, no me resigno a mi sino cruel, ni a coger el hatillo y partir dejando buen puerto. Aunque luzca descarnada calavera, aún conservo en el gaznate el regüeldo de mejores pitanzas.
Aquí sigo, aquí seguiré.
Las telarañas se han convertido en un telón espeso que se empeña en no dejar que empiece la función, en un hilo con el que remendar los rotos del silencio.
La vida de una bitácora es de un laconismo lacerante. Al principio, mi propietario se empeñaba en desgranar los ingredientes, en vigilar el fuego, en cocinar recetas con el aroma de guisos antiguos.
Fueron tiempos felices, de hojas preñadas de historias y la llegada del otoño - cuando todas las hojas se vuelven blancas- era sólo un eco, a miles de kilómetros, el sonido fugaz de la quilla de un barco rompiendo el oleaje.
Aquel extraño maridaje se ha vuelto mordaza y ha hecho del silencio adalid de vieja milicia, pertrechado tras armas herrumbrosas.
Una bandera blanca ondea en el pabellón de este bergantín goleta que una vez fue redil de galeote.
Quizás sea ese el problema; el anhelo egoísta e irrefrenable que al fin barrunta mi suerte. Ignoré los salientes de roca, navegué por aguas mansas unas veces y otras, prendí de mis mástiles el fuego de San Telmo, rúbrica de atroces tempestades, y estuve a un palmo de irme a pique
Una mañana de verano me trajo el sol del invierno. Yazco desde entonces acodada en el rincón de la memoria, abocada a echar mano de enmohecidas provisiones, a beber del agua turbia del recuerdo y a añorar los tiempos compartidos con el Capitán que ahora navega en pos de nuevos vientos y recela de la galerna de nuestra amistad.
Aquí sigo, no me resigno a mi sino cruel, ni a coger el hatillo y partir dejando buen puerto. Aunque luzca descarnada calavera, aún conservo en el gaznate el regüeldo de mejores pitanzas.
Aquí sigo, aquí seguiré.