logotipo

img_google
LA COTUBÍA Una muestra de lo que puede hacerse gracias a la criogenización cerebral.
Acerca de
Sobre tu nave - un plinto verde de algas marinas, de moluscos, de conchas, de esmeralda estelar-, capitán de los vientos y de las golondrinas, fuiste condecorado por un golpe de mar. Rafael Alberti


Sindicación
 
El otoño frente al espejo
Se desnudó tan despacio que le pareció que había transcurrido un siglo cuando se colocó frente al espejo.
Afuera oscurecía, unas láminas de oro líquido se derramaban entre nubes púrpuras.
La ciudad parecía prepararse para irse a la cama, y el ruido del tránsito era semejante al murmullo que desprende la radio, cuando la aguja nada en los confines del dial.


Hacía tanto tiempo que no se desnudaba ante el espejo que le asombraron los cambios que se habían producido en su anatomía. Su piel era blanca, casi transparente, dejando a la vista un delta de vénulas verdosas buscando la desembocadura de sus muslos, de sus antebrazos, de sus talones casi violáceos.

El pelo le había crecido en exceso y se arremolina sobre sus hombros rígidos, enjutos, dibujando la percha de sus clavículas. Sus senos sin embargo parecían resistirse al paso del tiempo, apenas un asomo de descuelgue, con ojos negros vigilantes. Su vientre era liso, con la impronta de una vieja cicatriz blanquecina semejante a un ciempiés que se hubiera quedado preso en ámbar.

Se oyó el ruido de la puerta cuando se encontraba a medio viaje, un tintineo de llaves sobre el vidrio de un cenicero, luego un bostezo y unos pasos que se aproximaban.

Ni siquiera hizo ademán de cubrirse con el batín de raso, permaneció así, de pie, girada hacia la puerta cuando el entró. No dijo nada, ninguno de ellos parecía querer romper la música del silencio. Él le acarició el pelo y apoyó suavemente su mano en su hombro, luego la atrajo hasta él, rodeándola por la cintura y se dejaron caer en la cama que crujió con una protesta de muelles asmáticos. Sus cuerpos giraron buscando acomodo el uno en el otro; manos exploradoras atisbando horizontes inexplorados –una quimera cuando sus dedos eran doctorados en geografía; se retorcieron.

El aire se volvió denso y una pátina de sudor afloró en sus cuerpos. Corrían los últimos días de septiembre y el verano no era más que un puñado de fotos nadando en el éter de una pantalla de ordenador.