logotipo

img_google
LA COTUBÍA Una muestra de lo que puede hacerse gracias a la criogenización cerebral.
Acerca de
Sobre tu nave - un plinto verde de algas marinas, de moluscos, de conchas, de esmeralda estelar-, capitán de los vientos y de las golondrinas, fuiste condecorado por un golpe de mar. Rafael Alberti


Sindicación
 
Rewind and Forward


Rewind

Aún recuerdo la lejana primavera de 1982 en la que hice mi Primera Comunión (y la última). Nunca olvidaré el peinado de Yanomami (tribu indígena americana que vive en las selvas del norte de Brasil y el sur de Venezuela) con que quedé inmortalizado en una fotografía de ínfima calidad, con las manos juntas, estrechando un diminuto crucifijo dorado en el que presumo había un Cristo con gesto ojiplático, sorprendido de mi peluca a lo Beatle y mi cara de no haber roto un plato en la vida. Tampoco olvidaré la rebeca azul marino que cubría mi entonces enjuto torso y mi abigarrada lectura, ya en la ceremonia, pidiendo por los pobres del mundo mundial, con voz firme, mientras otros niños peroraban en falsete como el mejor de los Bee-Gees.

Sin embargo, con el paso del tiempo, uno sólo recuerda de esa fecha LOS REGALOS!! que recibió en aquél acontecimiento iniciático. En mi caso, un peluco Citizen Quartz de esfera blanca en acero inoxidable, una diminuta máquina de escribir de la mítica marca Underwood, y sobre todo un magnífico Walkman de marca desconocida, con más metal encima que un Cyborg y CON DOBLE SALIDA DE AURICULARES!!!.

Aquél invento luciférico me abrió las puertas del parnaso musical, que en aquella edad de límpida pureza, era un verdadero páramo. Insaciable caníbal fagocitaba casetes de “ferro” comprados en bazares de nombres con reminiscencias africanas, y reproducía con un sonido “cristalino” mis primeros Max Mix navideños (quién no recuerda aquellas recopilaciones junto a las de Bolero Mix con aquellas portadas dignas de un día del orgullo gay), el Boom 1,2,3, etc… sempiterno recopilatorio de infames tonadas mezcladas en un botijo 4 pistas.

Recuerdo que los botones estaban durísimos y que al presionar el play sonaba un chasquido de Mágnum 7 que ponía en funcionamiento los cabezales. Algunas veces me quedé dormido escuchando música y cuando se terminaba la cara A y saltaba el dichoso botón me despertaba sobresaltado y medio infartado, contrariado de tener que cambiar la cinta en medio de la oscuridad y acertar a colocar el casete entre la maraña de pequeños pinchos que lo mantenían empalado al aparato.

Luego evolucioné o involucioné (según se mire) musicalmente hablando y alimenté su apetito voraz e insaciable con ínfimas cintas de marcas impronunciables, que a la mínima se enrollaban como algas lastimeras, formando una maraña inmunda, imposible de desenroscar sin tener que recurrir a la tijera y al tesafilm. Aquellas autopsias sirvieron para alargar la vida de esas cintas, confiriéndoles innumerables espacios en blanco o pasajes psicofónicos capaces de desvelarte en medio de la noche.

En aquél marcapasos de casetes infartados empecé a horadar mis tímpanos con la voz chillona de Rob Halford y los Judas Priest, con la de Bruce Dickinson y los épicos Iron Maiden, con el soft-rock de Magnum y sus tonadas inspiradas en mundos mágicos de unicornios, espadas y reinos perdidos. Con los cansinos Anthrax y los angelinos Suicidal Tendencies mezclando rap y metal más espeso que el chapapote.

Forward

Estos días atrás, mientras hacía limpieza en la habitación, rescaté del polvo del olvido aquel aparato pleistocénico que dormía el sueño de los justos, en una caja de zapatos junto a otras reliquias faraónicas. Aquella mole de frío metal pesado y descascarillado parecía pedir a gritos unas pilas resucitadoras, ignorante de que el tiempo ha pasado y hay otro corazón de frío litio que hace las delicias de mis pabellones auditivos, con un sonido cristalino, carente de sus arrítmicos latidos, pero desprovisto de alma con cara A y cara B.