EL CAFÉ DE LA INSPIRACIÓN
Cada mañana llegaba puntual al café cercano a la estación de ferrocarril. Siempre envuelto en una gabardina gris algo raída. Ejecutaba el mismo ritual todos los días. Se sentaba en la última mesa, junto a la ventana de cristales biselados que da al andén de la estación. Pedía un café corto de leche y miraba a través del amplio cristal. Luego, cuando le servían, vertía el sobre de azúcar, casi sin mirar la taza y mientras removía con la cucharilla aquél café negro y espeso, como brea, se llevaba una mano a uno de los bolsillos de la gabardina y sacaba un papel algo arrugado y una pluma. Una vieja parker negra con su saeta de plata reluciente en el capuchón. Mientras la megafonía de la estación anunciaba las llegadas y salidas de trenes y la gente acudía a los andenes arrastrando sus pesadas maletas, él escribía absorto, ajeno al ajetreo de almas y ruido, de vidas siempre errantes.
Así cada mañana, durante algo más de dos años. Hoy cuando llegó, hacía tiempo que no le veíamos por aquí, se había ausentado durante una temporada, supongo que por motivos de trabajo o quizás por algún problema de salud. A pesar del tiempo que llevaba siendo cliente habitual, jamás intercambié con él otra palabra que no fuera hola o adiós, a pesar de que intuía que era un tipo afable, reconocía en su mirada un temor profundo ante la idea de darse a conocer a los demás.
Pidió su café y se mostró contrariado al ver que su mesa estaba ocupada por una pareja joven que hablaba en voz alta. Por un momento hizo ademán de dar la vuelta, pero se paró sobre sus pasos, se metió las manos en los bolsillos y carraspeo levemente. La pareja lo miró, pero ninguno de los dos tenía intención de levantarse. Ella se acercó al oído del chico y pareció decirle algo en voz baja, los dos rieron en el silencio casi absoluto de la cafetería, roto únicamente por el ruido de las cucharillas al tocarse con la porcelana.
Con un movimiento nervioso se sentó en una mesa contigua, demasiado esquinada para poder ver el trasiego de la gente. Cuando le llevé el café pude ver que pese al frío del local, unas gotas de sudor asomaban en su frente. Apenas abrió los labios para musitar algo, yo intuía que quería decir –gracias, muy amable- pero era una interpretación demasiado aventurada, demasiado subjetiva.
Cuando volví a la barra, le estuve observando un tiempo, mientras limpiaba unos cubiertos. Se le notaba nervioso, fuera de lugar. Pese a todo, continuó con su ritual y sacó de un bolsillo el papel y la pluma, pero esta vez sólo extendió la cuartilla sobre la mesa y se limitó a juguetear con la estilográfica. Estuvo leyendo un rato. Luego la pareja de al lado volvió a romper el silencio con sus carcajadas.
Se levantó súbitamente, casi tiró la pequeña mesa al tropezar con ella. La taza rodó y fue a quedarse junto al servilletero, el escaso café se derramó y empezó a gotear por el borde de la mesa. Acudí de inmediato con un paño, pero él ya cruzaba el umbral de la puerta, se adentraba en el andén, donde siempre lo veía desaparecer entre la maraña humana.
Cuando me dispuse a limpiar la mesa, vi que había olvidado el papel que estaba leyendo. Se había manchado de café, manchas aisladas. Sin que nadie me viera lo guardé en un bolsillo y volví tras la barra.
Hoy cuando echaba el telón a este teatro de actores secundarios, cerré el cierre metálico de la puerta y me senté en la misma mesa en la que se sentaba aquél tipo. Cogí el papel arrugado en el que él había escrito y me dispuse a leerlo, esto es lo que decía:
"Puede que nunca te haya gustado. Que me mires y veas el polvo de a lo que tú aspirabas. Que te acostumbraras a no acostumbrarte de verme garabatear bosquejos que nunca llegan a buen puerto. Puede que te hayas perdido en el mapamundi de manchas de tinta de mis puñetas. Soy tan zafio, lo sé, tan vulgar, tan previsible, tan yermo para una diosa fecunda como tú.
Me miras y sólo ves el páramo helado que intenta el sol de un verso y se estrella en el espejo, sabiéndose un remedo.
Sé que me observas con la benevolencia de una madre, cuando rompo la escarcha de lo escrito, entonces veo tu mano siempre cálida coger la mía nerviosa y fría y llevarla a tus labios y curar mis estigmas con un beso.
Cuando no te tengo cerca me derrumbo en pavesas de vulgaridad, me dejo arrastrar por el viento, me vuelvo comida de peces iletrados. Diosa a la que elevo a los altares del que nunca ha creído en dioses. Vela trémula que alumbra mi oscuridad y que me aleja del Horror Vacui.
Te bendigo, espero que no salgas nunca a por tabaco, que sigas despertándome soplándome en la cara, metiéndote en el tintero y bailando sobre el papel. Que cojas un pedazo de hilo y enhebres un verso perfecto, aun siendo en mis manos una quimera. Y que me des masajes cuando estoy exhausto y creo que todo lo que escribo ya está dicho.
Que te sientes conmigo a tomar un café recién hecho, mientras miramos a través de la ventana y me susurres en el oído que no está todo perdido ( un pareado), y lo mejor; ¡que yo me lo crea!".
Terminé de leer el papel y procedí a guardarlo de nuevo. Empezó a llover, al principio levemente, pero luego el aguacero trazó rutas sinuosas en el cristal de la ventana. Iba a levantarme cuando sentí algo extraño, fue como si alguien me soplase en la cara, y de repente, no sé por qué, sentí unas ganas irrefrenables de escribir.
Así cada mañana, durante algo más de dos años. Hoy cuando llegó, hacía tiempo que no le veíamos por aquí, se había ausentado durante una temporada, supongo que por motivos de trabajo o quizás por algún problema de salud. A pesar del tiempo que llevaba siendo cliente habitual, jamás intercambié con él otra palabra que no fuera hola o adiós, a pesar de que intuía que era un tipo afable, reconocía en su mirada un temor profundo ante la idea de darse a conocer a los demás.
Pidió su café y se mostró contrariado al ver que su mesa estaba ocupada por una pareja joven que hablaba en voz alta. Por un momento hizo ademán de dar la vuelta, pero se paró sobre sus pasos, se metió las manos en los bolsillos y carraspeo levemente. La pareja lo miró, pero ninguno de los dos tenía intención de levantarse. Ella se acercó al oído del chico y pareció decirle algo en voz baja, los dos rieron en el silencio casi absoluto de la cafetería, roto únicamente por el ruido de las cucharillas al tocarse con la porcelana.
Con un movimiento nervioso se sentó en una mesa contigua, demasiado esquinada para poder ver el trasiego de la gente. Cuando le llevé el café pude ver que pese al frío del local, unas gotas de sudor asomaban en su frente. Apenas abrió los labios para musitar algo, yo intuía que quería decir –gracias, muy amable- pero era una interpretación demasiado aventurada, demasiado subjetiva.
Cuando volví a la barra, le estuve observando un tiempo, mientras limpiaba unos cubiertos. Se le notaba nervioso, fuera de lugar. Pese a todo, continuó con su ritual y sacó de un bolsillo el papel y la pluma, pero esta vez sólo extendió la cuartilla sobre la mesa y se limitó a juguetear con la estilográfica. Estuvo leyendo un rato. Luego la pareja de al lado volvió a romper el silencio con sus carcajadas.
Se levantó súbitamente, casi tiró la pequeña mesa al tropezar con ella. La taza rodó y fue a quedarse junto al servilletero, el escaso café se derramó y empezó a gotear por el borde de la mesa. Acudí de inmediato con un paño, pero él ya cruzaba el umbral de la puerta, se adentraba en el andén, donde siempre lo veía desaparecer entre la maraña humana.
Cuando me dispuse a limpiar la mesa, vi que había olvidado el papel que estaba leyendo. Se había manchado de café, manchas aisladas. Sin que nadie me viera lo guardé en un bolsillo y volví tras la barra.
Hoy cuando echaba el telón a este teatro de actores secundarios, cerré el cierre metálico de la puerta y me senté en la misma mesa en la que se sentaba aquél tipo. Cogí el papel arrugado en el que él había escrito y me dispuse a leerlo, esto es lo que decía:
"Puede que nunca te haya gustado. Que me mires y veas el polvo de a lo que tú aspirabas. Que te acostumbraras a no acostumbrarte de verme garabatear bosquejos que nunca llegan a buen puerto. Puede que te hayas perdido en el mapamundi de manchas de tinta de mis puñetas. Soy tan zafio, lo sé, tan vulgar, tan previsible, tan yermo para una diosa fecunda como tú.
Me miras y sólo ves el páramo helado que intenta el sol de un verso y se estrella en el espejo, sabiéndose un remedo.
Sé que me observas con la benevolencia de una madre, cuando rompo la escarcha de lo escrito, entonces veo tu mano siempre cálida coger la mía nerviosa y fría y llevarla a tus labios y curar mis estigmas con un beso.
Cuando no te tengo cerca me derrumbo en pavesas de vulgaridad, me dejo arrastrar por el viento, me vuelvo comida de peces iletrados. Diosa a la que elevo a los altares del que nunca ha creído en dioses. Vela trémula que alumbra mi oscuridad y que me aleja del Horror Vacui.
Te bendigo, espero que no salgas nunca a por tabaco, que sigas despertándome soplándome en la cara, metiéndote en el tintero y bailando sobre el papel. Que cojas un pedazo de hilo y enhebres un verso perfecto, aun siendo en mis manos una quimera. Y que me des masajes cuando estoy exhausto y creo que todo lo que escribo ya está dicho.
Que te sientes conmigo a tomar un café recién hecho, mientras miramos a través de la ventana y me susurres en el oído que no está todo perdido ( un pareado), y lo mejor; ¡que yo me lo crea!".
Terminé de leer el papel y procedí a guardarlo de nuevo. Empezó a llover, al principio levemente, pero luego el aguacero trazó rutas sinuosas en el cristal de la ventana. Iba a levantarme cuando sentí algo extraño, fue como si alguien me soplase en la cara, y de repente, no sé por qué, sentí unas ganas irrefrenables de escribir.
Comentario:
Es genial llegar a tu espacio y encontrarme con este post...
simplemente espectacular...disfrute leyendote sin prisas...seguire por aqui...
Un beso en la punta de la nariz!
simplemente espectacular...disfrute leyendote sin prisas...seguire por aqui...
Un beso en la punta de la nariz!
Comentario:
A pesar de que es mi primer comentario, sé que sabes que me encanta lo que escribes, sobre todo si lo reconozco porque ya me has hablado de ello...
Comentario:
Fantástico, ¿cómo lo haces? Sólo te digo que istamos inganchados y necisitamos más maravillas de estas. Hasta mañana.
Comentario:
muy bueno! .. enhorabuena
Comentario:
Captain:
esta vez, ni un juego; ni una broma; ni un intentar ser la décima parte de ingenioso de lo que él ha sido; Esta vez, te has pasado. Te has salido de la raya. Te has pasado, digo, al otro lado. En ese lado en el que sólo están los elegidos. ¿Qué haces aquí? Y, a la vez, qué gusto que estés aquí.
Con toda la envidia del mundo, te saluda Wolffo, una admiradora.
O sea.
esta vez, ni un juego; ni una broma; ni un intentar ser la décima parte de ingenioso de lo que él ha sido; Esta vez, te has pasado. Te has salido de la raya. Te has pasado, digo, al otro lado. En ese lado en el que sólo están los elegidos. ¿Qué haces aquí? Y, a la vez, qué gusto que estés aquí.
Con toda la envidia del mundo, te saluda Wolffo, una admiradora.
O sea.
Comentario:
Capitán, estaba ansiosa por pasarme por aqui, pero no esperaba encontrar algo tan bueno. No sabes qué gusto me da haberte encontrado.
Beso en susurro.
Beso en susurro.
Comentario:
Buenos días :
Una maravilla (de las que la protagonista del cuento busca en su país encantado). Leyendo estas líneas a primera hora parece que se endulza la mente y la rutina diaria cambia de color.
Mejoras por momento, un placer leerte.
Muac.
Una maravilla (de las que la protagonista del cuento busca en su país encantado). Leyendo estas líneas a primera hora parece que se endulza la mente y la rutina diaria cambia de color.
Mejoras por momento, un placer leerte.
Muac.
Comentario:
Acojonante! Sin palabras. Llevas unos días espléndidos. Saludos.
Comentario:
Que bien escribes, que placer leerte. Tal vez habla de Caliope? Musa fumadora compulsiva que nunca tiene tabaco.
Un beso
Un beso