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LA COTUBÍA Una muestra de lo que puede hacerse gracias a la criogenización cerebral.
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Sobre tu nave - un plinto verde de algas marinas, de moluscos, de conchas, de esmeralda estelar-, capitán de los vientos y de las golondrinas, fuiste condecorado por un golpe de mar. Rafael Alberti


Sindicación
 
CUENTOS AL AMOR DE LA HERRUMBRE
EL MATADOR

Cinco de la tarde. Plaza de toros de la Maestranza, Sevilla. Día 16 de abril. Bajo un sol de justicia que hacía hervir los cerebelos del público asistente, Juan Díaz “El Macareno” se despedía de los ruedos.
El matador de 43 años, había decidido cortarse la coleta en la plaza donde 20 años atrás había tomado la alternativa, de manos del gran diestro Julián Venegas “Boquerón”.
El clarín cortó el aire escaso, enrarecido por el calor asfixiante, impropio para aquellas alturas del calendario. La banda empezó a tocar un pasodoble y el bueno del “Macareno” hizo su aparición en el coso junto con el resto de su cuadrilla. Traje gris ceniza y oro, el rostro compungido, entre el fervor religioso y el miedo royéndole las entrañas. En el corto camino que separa la puerta de chiqueros del centro del ruedo, pasaron por sus ojos imágenes de su dilatada y sufrida vida de matador.
Recordó como una tarde, tras una meritoria faena, un toro bragao de mirada torva le hundió una cuarta de un pitón en una pierna. Fue un milagro que no le hubiese tocado la femoral. Aquella tarde sintió por primera vez el aliento de la parca y un sudor frío lo bañó de pies a cabeza mientras era llevado en hombros a la enfermería por su cuadrilla.
Hasta el instante de la cogida, la faena fue magnífica, así la calificó uno de esos críticos de pelo aceitado, habano cubano, bigotito recortado y olor a aftershave barato, que escribe para la prensa especializada. Uno de esos bocones que te da palmadas en la espalda en el burladero, después de la lidia y luego te apuñala en su columna taurina.
Recordó también el rostro de aquél aristócrata, gran latifundista, dueño de casi toda la España rural, que había intercambiado una mirada de desprecio con su séquito de afeminados señoritingos, unos ríe la gracia, cuando aquél morlaco le hundía su puñal de nácar.
Pero el bueno de “El Macareno” disfrutaba con aquella visión de la España profunda, reunida en un gallinero oval. Veía a los señoritos perfumados y pensaba que eran una pandilla de cobardes, que esperaban ver al desheredado bregar con la bestia, dejarse la vida en el trapo, empaparse de la sangre del animal.
El clarín volvió a sonar. El Macareno ya estaba tras el burladero y desde allí vio salir al primero de su lote, un toro negro, negrísimo, como su fortuna, y descomunal.
Se lanzó al ruedo y allí se topó con el animal que lo miraba con profunda extrañeza. Empezó el maestro lanzando unos pases ajustados de pecho, llevándose el toro a los medios. Luego continúo con una serie de verónicas enlazadas y unas manoletinas de bella factura. Entre la respiración volcánica del animal pudo oír los olés del público. Luego llegaron las banderillas y El Macareno puso un par en todo lo alto, en el hoyo de las agujas y saludó al tendido que lo ovacionó largamente. Después de picar al toro, el animal no sólo no perdió fuerza sino que arremetía al trapo con más ímpetu. Cada muletazo del maestro era una invitación al aplauso. Cada vez se arrimaba más al toro, embadurnándose de su sangre, sintiendo en sus ingles los golpes del sufrido corazón del animal. Luego el clarín anunció el primer aviso. El Macareno había dilatado la faena en vista de las excelencias del morlaco. El diestro miró el tendido que empezaba a hacer corrillos y a murmurar. Se dirigió al burladero y su mozo de espada le entregó el acero.
Volvió el maestro a dar unos pases, arrimando al animal a los tendidos, hasta que lo colocó en el sitio preciso. Adoptó la postura propia del matador: pierna izquierda adelantada, ligeramente flexionada, brazo derecho extendido en el aire, brazo izquierdo bajo, sosteniendo el capote a ras de suelo, frente al rostro del animal.
La faz crispada, con un nudo asomándole entre las cejas, el corazón palpitando desbocado y un sudor copioso casi nublándole la vista. El segundo aviso restalló como un trueno y parte del público silbó protestando, mientras otra parte, los puristas los mandaban callar.
El tiempo pareció detenerse en aquél instante. El Macareno miraba el rostro noble de su oponente, sus ojos negros como el azogue parecían mirarlo con profundo respeto. Aquél toro no estaba dispuesto a dejarse la vida en el albero aunque rezumaba sangre por los cuatro costados.
Al fin El Macareno osciló en el aire inclinándose levemente frente al animal que siguió estático. Los rostros estaban fijos en el matador y ante el estupor de la concurrencia, realizando un giro casi imposible, el torero arrojó su estoque hacia el tendido con una fuerza inusitada.
El acero voló emitiendo un leve silbido y fue a incrustarse en la frente del aristócrata latifundista. Un gran caño de sangre asomó de la herida y puso perdido el traje de los señoritos que lo rodeaban, mientras la víctima se ahogaba en un vómito sanguíneo entre espasmos.
Después lo único que recuerda El Macareno fue la visión de los cuatro orondos guardias civiles que saltaron al coso torpemente, corriendo en su dirección, mientras los monosabios se llevaban el toro a los chiqueros, y que le llovieron muchas ostias. Pero él no sentía dolor. Estaba en un estado cercano al trance, con el rostro lleno de sudor, el pelo pegado sobre la frente, la sangre asomándole de las heridas que le hacían las porras de los civiles. Y él se reía mostrando sus dientes ensangrentados, levantando los brazos en señal de triunfo, y pensó en su abuelo, el estaría orgulloso de verlo cuajar aquella gran faena.
Aún hoy cuando alguien de su cuadrilla llega a visitarlo al manicomio y lo saca al patio y le recuerda sus días de gloria, una sonrisa asoma en su rostro. La misma sonrisa que llevaba prendida en los labios aquella tarde, mientras los picoletos le cosían a palos, antes de perder la conciencia, antes de verlo todo negro, negro como aquél toro.
 
No