A RUFO
A pesar de que hace tiempo que te fuiste. Tu recuerdo aún dormía a la sombra de la higuera joven a la que honrabas cada verano echándote a sus pies, ungiéndote en su sombra en esas tórridas horas del estío, mientras el mundo sestea oyendo la nana monocorde de la chicharra.
Hace tiempo que muerdes el tuétano de una nube marfileña, en ese cielo donde van los perros que nunca tuvieron amo, que vivieron y murieron libres, sin rendir vasallaje, sin conocer mecenas que les llenasen el estómago con las sobras de sus noctámbulos festines.
Aún recuerdo el duro invierno en el que te marchaste. Cuando el tiempo te dejaba romos los colmillos y cubría tu pelaje de un pelo basto de color pajizo. Tu mirada se lleno de éter y asomó una ligera cojera que te hacía andar despacio, sopesando el esfuerzo de cada paso. Yo sabía que no pasarías de ese invierno, me costaba conciliar el sueño, sabiéndote enfermo, aguantado a la intemperie los envites de las heladas nocturnas.
Un día, esa manía tuya de resguardarte bajo los bajos de un automóvil, vino a adelantarte la llegada de la parca. El maestro avicultor te rasgó el níveo vientre al pasarte por encima una de las ruedas de su vehículo. Esa anciana huraña amiga tuya, la que se rodea de perros y gatos y desprecia el trato con los de su especie te llevó al veterinario. Nada se pudo hacer, te fuiste sin hacer ruido, con el silencio que escatimaba ladridos al que nos acostumbraste.
Durante un tiempo me extrañó tu ausencia que yo achaqué a tus paseos al filo de la mañana, cuando acompañabas a otros perros con más suerte y dueño que les llenara la barriga. Hasta que el viejo Elías que se sentaba en su silla de bálago a la puerta de la cochera contigua a la mía, con su mirada perdida tras el agua revuelta de una catarata y su sordera que se empeñaba en añadir ladrillos tapiándole los oídos, me dijo que habías muerto.
Un sentimiento de pérdida me invadió de repente y los ojos se empeñaron en bruñir el espejo de una lágrima. Durante un tiempo extrañé las horas juntos, cuando tu cabeza asomaba al quicio de la puerta y parecías preguntar ¿se puede?. Mis manos extrañaron la caricia de tu lomo lleno siempre del polvo de albero que te servía de lecho.
Hoy viejo amigo, habrás gimoteado desde el cielo, impotente, y habrás movido el rabo frenéticamente como hacías cuando algo te perturbaba. Porque cuando volvía a casa, la piqueta de una excavadora hacía pedazos la higuera que ambos amábamos. No puedes imaginar la rabia, la furia, que me inundó la boca de bilis. La mirada asesina que le lancé al operario que manejaba aquél furioso amasijo de hierros que mordía una y otra vez el tronco vencido de aquél árbol.
No te engaño si te digo que mis ojos otra vez se han llenado de espejos. Quizás sea que me hago mayor, que soy un tonto sentimental, o quizás esa vieja herida que dejáste al marcharte volvió a mostrar sus bordes rosados, haciéndose visible en la piel. Esa higuera, viejo amigo, era el recuerdo vivo de tu ausencia.
Esta tarde, cuando me iba a trabajar, esperaba encontrar los restos esparcidos de esa higuera y poder recoger algún retoño, alguna rama, para llevársela al padre de mi hermano Jesús, que tiene por noble oficio el cuidar de las plantas y los árboles y un terruño en el que con cariño siembra frutos que crecen al amor de sus muchas atenciones. No había nada, ni una hoja que hubiese quedado a modo de nota de despedida, para dar fe de que en aquel sitio una vez se alzó un árbol que nos dio cobijo en su sombra. En su lugar se empieza a levantar un coloso de hierro y hormigón que lleva ya una altura de dos plantas. No te quepa duda amigo mío que cuando ese bloque esté acabado y tenga su pertinente acerado, este que escribe, alguna noche de sábado, de vuelta a casa, echará una meada en el lugar donde se levantó esa higuera, con una pata alzada al aire y aullará a la luna, buscando en el cielo el guiño cómplice de alguna estrella.
Hace tiempo que muerdes el tuétano de una nube marfileña, en ese cielo donde van los perros que nunca tuvieron amo, que vivieron y murieron libres, sin rendir vasallaje, sin conocer mecenas que les llenasen el estómago con las sobras de sus noctámbulos festines.
Aún recuerdo el duro invierno en el que te marchaste. Cuando el tiempo te dejaba romos los colmillos y cubría tu pelaje de un pelo basto de color pajizo. Tu mirada se lleno de éter y asomó una ligera cojera que te hacía andar despacio, sopesando el esfuerzo de cada paso. Yo sabía que no pasarías de ese invierno, me costaba conciliar el sueño, sabiéndote enfermo, aguantado a la intemperie los envites de las heladas nocturnas.
Un día, esa manía tuya de resguardarte bajo los bajos de un automóvil, vino a adelantarte la llegada de la parca. El maestro avicultor te rasgó el níveo vientre al pasarte por encima una de las ruedas de su vehículo. Esa anciana huraña amiga tuya, la que se rodea de perros y gatos y desprecia el trato con los de su especie te llevó al veterinario. Nada se pudo hacer, te fuiste sin hacer ruido, con el silencio que escatimaba ladridos al que nos acostumbraste.
Durante un tiempo me extrañó tu ausencia que yo achaqué a tus paseos al filo de la mañana, cuando acompañabas a otros perros con más suerte y dueño que les llenara la barriga. Hasta que el viejo Elías que se sentaba en su silla de bálago a la puerta de la cochera contigua a la mía, con su mirada perdida tras el agua revuelta de una catarata y su sordera que se empeñaba en añadir ladrillos tapiándole los oídos, me dijo que habías muerto.
Un sentimiento de pérdida me invadió de repente y los ojos se empeñaron en bruñir el espejo de una lágrima. Durante un tiempo extrañé las horas juntos, cuando tu cabeza asomaba al quicio de la puerta y parecías preguntar ¿se puede?. Mis manos extrañaron la caricia de tu lomo lleno siempre del polvo de albero que te servía de lecho.
Hoy viejo amigo, habrás gimoteado desde el cielo, impotente, y habrás movido el rabo frenéticamente como hacías cuando algo te perturbaba. Porque cuando volvía a casa, la piqueta de una excavadora hacía pedazos la higuera que ambos amábamos. No puedes imaginar la rabia, la furia, que me inundó la boca de bilis. La mirada asesina que le lancé al operario que manejaba aquél furioso amasijo de hierros que mordía una y otra vez el tronco vencido de aquél árbol.
No te engaño si te digo que mis ojos otra vez se han llenado de espejos. Quizás sea que me hago mayor, que soy un tonto sentimental, o quizás esa vieja herida que dejáste al marcharte volvió a mostrar sus bordes rosados, haciéndose visible en la piel. Esa higuera, viejo amigo, era el recuerdo vivo de tu ausencia.
Esta tarde, cuando me iba a trabajar, esperaba encontrar los restos esparcidos de esa higuera y poder recoger algún retoño, alguna rama, para llevársela al padre de mi hermano Jesús, que tiene por noble oficio el cuidar de las plantas y los árboles y un terruño en el que con cariño siembra frutos que crecen al amor de sus muchas atenciones. No había nada, ni una hoja que hubiese quedado a modo de nota de despedida, para dar fe de que en aquel sitio una vez se alzó un árbol que nos dio cobijo en su sombra. En su lugar se empieza a levantar un coloso de hierro y hormigón que lleva ya una altura de dos plantas. No te quepa duda amigo mío que cuando ese bloque esté acabado y tenga su pertinente acerado, este que escribe, alguna noche de sábado, de vuelta a casa, echará una meada en el lugar donde se levantó esa higuera, con una pata alzada al aire y aullará a la luna, buscando en el cielo el guiño cómplice de alguna estrella.
Comentario:
Me has puesto los pelos de punta, ya no me acordaba de él pero me ha venido a la mente su imagen claramente...
Comentario:
Captain...
tu tropa espera órdenes.
tu tropa espera órdenes.
Comentario:
Hola capitan Cerumen
Cuanto tiempo hacia que no te escribía
pero no te preocupes porque pronto estaré libre para poder leerte (los exámenes son una obligación)
te acuerdas de que me hablaste de Acetre, pues no he podido todavía hacerme con la musica(pero no te preocupes que pienso enmendarme).
De momento me gustaría mucho que me contases cómo es esa poesía de la que tanto me hablabas "lux herética" es que me picaste la curiosidad y no he podido encontrarlo por ningún sitio.
Un beso muy fuerte y hasta pronto
La Dama de Shalott
Cuanto tiempo hacia que no te escribía
pero no te preocupes porque pronto estaré libre para poder leerte (los exámenes son una obligación)
te acuerdas de que me hablaste de Acetre, pues no he podido todavía hacerme con la musica(pero no te preocupes que pienso enmendarme).
De momento me gustaría mucho que me contases cómo es esa poesía de la que tanto me hablabas "lux herética" es que me picaste la curiosidad y no he podido encontrarlo por ningún sitio.
Un beso muy fuerte y hasta pronto
La Dama de Shalott
Comentario:
He vuelto a ver si me encontraba con otra historia y no me he podido resistir a la tentación de volver a leer ésta. Fíjate, me metí tanto en ella en mi primera lectura que no me dí cuenta que se llamaba Rufo. No es un nombre común para un perro, sin embargo nosotros tuvimos un pastor alemán que se llamaba así: Rufo. En realidad era de el que ahora es mi marido, entonces novio. Cuando se hizo viejo tuvo que sacrificarlo porque no podía soportar verlo ciego, sordo y casi postrado sin poder andar. Creo que es una de las veces que le ví llorar con más sentimiento, fue como si enterrase a su mejor amigo. Mi albúm de fotos está lleno de su imagen saltando y jugando.
Te extraño, Capitán.
Un beso.
Te extraño, Capitán.
Un beso.
Comentario:
Tu rufo era merecedor de su amo.
Abrazos conventuales
Abrazos conventuales
Comentario:
Se te echa de menos, Captain.
Comentario:
Genial historia, Capi, con los ojos llorosos te doy las gracias en nombre de los perros que me han cuidado en esta perra vida que a veces arrastro, a veces me lleva y algunas he podido dominar, el recuerdo y el homenaje a quienes me han salvado de mi misma y de mi desesperación más de una y más de dos veces, se puede decir que le debo la vida a mi madre, a mi hijo y a alguno de "mis mejores amigos" de 4 patas, dulce mirada y alma libre... pero eso os lo contaré algún día.
Comentario:
Regresar aquí y leerte. Y encontrar esto. Y no tener ganas de marcharme. Y es este lugar al que le han crecido ramas y se ha convertido en mi higuera.
Comentario:
Mearé y aullaré contigo, compañero. Tengo perro, o él me tiene a mí. Y es lo mínimo que haría por él si desapareciera.
Le leeré este post a Chispo, mi negro can, por si su comunidad decide tomar medidas contra los cabrones que tiraron la higuera.
Un abrazo corrosivamente libertario, Cap.
Le leeré este post a Chispo, mi negro can, por si su comunidad decide tomar medidas contra los cabrones que tiraron la higuera.
Un abrazo corrosivamente libertario, Cap.
Comentario:
Es curioso, pero desde la primera palabra sabia que hablabas de un perro. LLamame rara, sera porque adoro a los mios y es asi como los recuerdo. Seguro que esta bien en su cielo y muy satisfecho por tu meada reinvindicatiba.
Un besazo, querido Capitan.
Un besazo, querido Capitan.
Comentario:
sigues siendo un mostruo, criogenico, pero un mostruo al fin y al cabo tio!
De lo mejorcito que ha caido en mis ojos en mucho tiempo.
cuidate.
De lo mejorcito que ha caido en mis ojos en mucho tiempo.
cuidate.
Comentario:
Impresionante tu modo de contar dos historias a un tiempo, entretejidas de cariños y de ausencias. Quisiera ser una higuera o un perro vagabundo, sólo porque alguien escribiera una historia así recordándome.
Un beso.
Un beso.
Comentario:
Oh, qué bonito homenaje... y maldita excavadora!
Comentario:
Querido Cap:
Es asombrosso lo dentro que se nos meten algunos seres. Quizá la clave sea que su amor, si puede llamarse así, es tan incondicional, tan sin preguntar ni pedir nada a cambio... que nuestro recuerdo de ellos acaba siendo igual. Un abrazo, Cap. Y un enérgico rasque de lomo para tu amigo.
Es asombrosso lo dentro que se nos meten algunos seres. Quizá la clave sea que su amor, si puede llamarse así, es tan incondicional, tan sin preguntar ni pedir nada a cambio... que nuestro recuerdo de ellos acaba siendo igual. Un abrazo, Cap. Y un enérgico rasque de lomo para tu amigo.