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LA COTUBÍA Una muestra de lo que puede hacerse gracias a la criogenización cerebral.
Acerca de
Sobre tu nave - un plinto verde de algas marinas, de moluscos, de conchas, de esmeralda estelar-, capitán de los vientos y de las golondrinas, fuiste condecorado por un golpe de mar. Rafael Alberti


Sindicación
 
CUENTOS AL AMOR DE LA HERRUMBRE II (Cuentos para una ola de frío)
La última noche.

A Nick Ryan le quedaban unas horas de vida. Esa misma noche, cuando el reloj señalara las doce en punto, lo freirían como un pajarito.

Por la tarde el alcaide había venido a visitarlo. Era un tipo grueso, con cara de llevar demasiado apretado el nudo de la corbata. A Ryan no le gustaba ese tipo. Olía a sudor, un sudor rancio como el olor que deja en los dedos los snacks de trigo aromatizado.

El caso es que aquél tipo le preguntó qué querría para cenar esa noche. Ryan lo pensó un instante y luego se lo fue recitando al guardia que acompañaba al alcaide, que lo apuntó todo en un bloc.

Aquella tarde también había recibido la visita de su hermano Ben. Ben era el hermano pequeño y nunca se había llevado excesivamente bien con Nick. Quizás se debiera a que cierto día, su madre había comentado en casa, que el médico había dicho que Ben estaba "falto de hierro". Esa misma tarde Nick, con la mejor de sus intenciones, le puso a su hermano la cara hecha un Cristo con un puño americano. Ben nunca le perdonó el pasarse la pubertad comiendo papillas, ni que sus compañeros de instituto le llamaran "Papillón", entre las carcajadas de las chicas. Fue duro cumplir los 18 teniendo la boca de un sexagenario.

Pero el tiempo lima las asperezas. Ben lucía ahora una sonrisa de anuncio de dentífrico. La vida no lo trataba mal. Tenía un pequeño negocio de electrodomésticos, una casa con piscina y una esposa maravillosa. Claro que algo tuvo que ver el hecho de que fuese el único beneficiario de la cuantiosa herencia de sus padres, y el hecho también, de que Nick, tras una noche de farra, llenara de plomo a sus progenitores vaciándoles el tambor de un viejo revólver.

Los dos hermanos estuvieron hablando un rato de cosas triviales. Nick fumaba lentamente, no oía la voz de su hermano, sólo el tic tac del reloj de la sala, como un metrónomo marcando el compás de una pieza que aún debía ejecutarse.
Cuando Ben se marchó, Nick pidió poder salir al patio. Arrastró sus grilletes hasta el otro extremo del estrecho recinto de cemento y estuvo largo tiempo acurrucado, recostado sobre la pared. Se rió al ver una paloma posarse en uno de los muros, entre el alambre de espino -¡tiempos difíciles!- pensó. Cuando un pajarraco que simboliza la libertad acude voluntariamente a la cárcel es que afuera no deben ir muy bien las cosas.

El sol se ponía en el horizonte. Por un instante sintió su calor, ese calor agradable que parece sacudir la sangre. Cerró los ojos y pensó en el mar, en su arrullo y en aquella chica que amó un verano en una playa desierta. Pensó también que su vida había transcurrido entre sombras, y que quizás aquella noche, cuando la corriente eléctrica atravesara todo su cuerpo, se haría al fin la luz.
 
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